martes, 28 de junio de 2016

La lógica de la mentira Por Félix Palazzi

Cuando una sociedad se encuentra confundida debe crear canales y espacios de diálogo

La mentira suele ser usada como una herramienta política con la intención de alcanzar objetivos específicos que permitan a los gobernantes su permanencia en el poder. Cuando un político miente está desvirtuando la realidad para obtener alguna ventaja o imponer una idea o acción que le sería imposible de proponer a la sociedad por la vía del diálogo o los canales institucionales. Cuando son muchos los discursos construidos sobre mentiras, se puede tener la percepción que tal conducta asegura el éxito y la eficacia en materia de políticas y gestión pública. Sin embargo, como herramienta política ésta siempre ha implicado un costo muy alto y una efectividad a muy corto plazo. ¿Será este nuestro caso? Los sistemas totalitarios hacen uso de este recurso del lenguaje como una especie de meta discurso que busca unificar a la población en torno a un argumento que no existe, a un dato falseado de la realidad. Por ello, en los sistemas democráticos existe el contrapeso que ofrece la independencia de los poderes y la libertad de prensa.
¿Es posible distinguir la verdad de la mentira en una realidad tan compleja como la nuestra? Discernamos la estrecha relación que existe entre la mentira y el poder. Miente quien tiene poder para sostener la mentira, o quien busca mantener una situación que le favorece. Se transmite bajo la forma de un “slogan colectivo” que debe ser repetido continuamente sin alterarse. Así es capaz de ir más allá de lo civil y político, y entrar en el terreno de lo mítico, e incluso lo virtualmente ético, implorando ideales nobles y justos.
Toda mentira implica, de alguna u otra forma, una verdad creída por quien la profiere, aunque desvirtuada porque necesita falsear las causas de los problemas presentes para poder convertirse en argumento a debatir. Para ello, recurre a la distorsión del pasado, logrando crear confusión sobre el estado actual de las cosas y proclamando como lo únicamente cierto al mero presente que vivimos, como puro hecho que se impone ante la memoria, anulando así el análisis y el diálogo. La memoria histórica es el primer enemigo de quien miente, ya que necesita falsear el pasado para poder controlar las posibles reacciones ante el presente.
El estado de confusión que introduce la mentira no hace otra cosa que inhabilitar y asediar toda fuerza de reacción que pueda surgir en contra de la misma. Por ello, quien miente recurre, tarde o temprano, a la violencia, pues sabe que ha perdido su eficacia y su valor, y tendrá que acudir al uso desnudo del poder para mantenerse.
El problema es grave porque debemos aprender, tanto individual como socialmente, a distinguir la mentira de la verdad, a no usar la mentira como herramienta. La verdad siempre busca el diálogo y reconoce las diferencias. Aún más, necesita del diálogo y la pluralidad de opiniones para verificar su veracidad y demostrar su autenticidad. Cuando una sociedad se encuentra confundida debe, por todos los medios, incentivar y crear canales y espacios de diálogo que permitan sanar la visión distorsionada de la realidad que llega mediante tantos discursos que no honran a la verdad.
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