martes, 25 de octubre de 2016

Auto comprensión de la tarea ecuménica entre luteranos y católicos / Por Ronald Rivera



Auto comprensión de la tarea ecuménica entre luteranos y católicos

Como cristianos la autocomprensión de nuestra identidad tiene como punto de partida en la lectura, meditación y aplicación del Evangelio.

Es necesario en el camino ecuménico recordar constantemente que el Evangelio implica libertad, respeto y apoyo mutuo.

La libertad evangélica es una libertad moldeada por el servicio, que reconoce que los seres humanos no experimentan la libertad absoluta. Por tanto, a pesar de las diferencias entre Iglesias, la libertad no puede ser interpretada aislada del compromiso con el prójimo y el medio ambiente (Lucas 10, 25-37). A veces tales situaciones, las Iglesias pueden ser llamadas a apoyarse unas a otras respetando diferentes opciones como expresiones de su propia libertad. Este apoyarse y respetarse implica dos cosas: por un lado, no aceptamos afirmar la decisión como nuestra (Gálatas 5,1) y por el otro, nos apoyamos mutuamente en la medida que podemos.

Dado que utilizamos nuestra libertad en nuestros propios contextos, es inevitable que surjan desacuerdos. En la medida que nos apoyemos mutuamente respetando la libertad de los/las demás igual que la nuestra, entenderemos que podemos soportar las diferencias cuando nos relacionamos mutuamente en el servicio humilde. Se recomienda a las Iglesias que todas son, de diferentes maneras, fuertes y débiles. Además, se nos llama a prestar atención a la verdad del Evangelio de que la Cruz altera nuestras definiciones de ser fuerte o débil en la medida  que las usamos para nuestro beneficio. Servirnos mutuamente es nuestro antídoto para el orgullo y nuestro camino a soportarnos mutuamente en amor. Esta relación de respetuoso apoyo a los/las demás y reconocer respetuosamente su libertad no implica diferencia a la integridad, sino nos encomienda a escuchar y servir por sobre todo (Gálatas 6, 2).

En el respeto a la otra persona reconocemos que la libertad implica que cada persona tiene el derecho a una opinión diferente. Apoyamos el derecho de la otra persona a pensar y vivir de una manera distinta, incluso si no reconocemos nuestras propias convicciones en su comportamiento.

Esto no es indiferencia sino una elección costosa: Es costosa  porque sufrimos al reconocer la libertad del otro a escoger otra actitud, sin olvidar para quienes tienen convicciones firmes. La comunión necesitará explorar espacios saludables para la mutua corrección, exhortación, y aliento.

La Comunión es un don

De acuerdo al Nuevo Testamento, comunión/koinonia señala la importancia de la “comunión de los santos” como la comunión de creyentes que comparten Palabra y Sacramento, la liturgia y la oración, y los dones de Dios.

La noción de San Pablo de koinonia demuestra la formación de  un cuerpo de relaciones basadas en la invitación del Evangelio y la comunión de la mesa. En 1 Co 10, 16 y 1 Co 11, 23-25, le cuerpo y la sangre de Jesucristo, en y mediante el vino y el pan del sacramento, llegan a ser fundamentales para demostrar y fortalecer la koinonia. Esta es la razón por la que todos los días debemos orar para que entre luteranos y católicos logremos algún día celebrar la comunión de púlpito y altar. Llegar a ser una comunión es un don para las Iglesias.

Esta comunión con Cristo a través de la fe y la participación en su obra salvadora implica una profunda solidaridad entre unos y otros e intrínsecamente incluye el compartir de recursos materiales y espirituales.  Además, impulsa al compromiso mutuo y la vida y acción en común. La comunión se vive.

El don de la identidad se vive en unidad y diversidad

La comprensión básica de la Iglesia como comunión incluye la idea de que la unidad existe en medio de las diferencias. Vivir en unidad es el resultado del Espíritu Santo actuando entre nosotros a través de la oración de Jesús: “Que sean uno. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti y que se mantengan unidos en nosotros” (Juan 17, 21), lo cual fortalece nuestras relaciones como Iglesias cristianas en el mundo. El diálogo ecuménico nos da la oportunidad de discernir la comprensión conjunta de ser comunión.

Los diálogos ecuménicos han comenzado a describir su forma de ser comunidad como unidad visible, diversa y dinámica. La comunión llega a ser históricamente manifiesta, visible y reconocida por el mundo. Como cristianos identificamos esto como diakonia, que es parte integral de nuestra identidad y nos une en la vida de la comunión.

Autonomía y responsabilidad

 El lenguaje de San Pablo que identifica a la Iglesia con un cuerpo no es sino una manera de conceptualizar la responsabilidad (1 Co 12, 12-31). También somos conscientes de la importancia del tema de las relaciones para la Iglesia como Pueblo de Dios y templo del Espíritu Santo (1 Pe 2, 9; 1 Co 3,16). Entonces, la autonomía no se entiende como independencia con la vida de otras Iglesias. En este sentido, la autonomía y la responsabilidad son inseparables.

Al ser llamados a dar cuenta de la esperanza que está en nosotros (1 Pe  3, 15) somos responsables de rendir cuentas en nuestros contextos como también a los miembros de la comunión. Por tanto, sabemos que nuestra responsabilidad con las otras Iglesias debe también considerar  nuestros contextos socio-culturales y nuestra responsabilidad por el medio ambiente.

De esta manera llegamos al final de los artículos introductorios, en el contexto de los 500 años de la reforma.



Ronald Rivera 

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