viernes, 7 de agosto de 2026

Ludwig Wittgenstein: la filosofía como forma de vida



Ludwig Wittgenstein: la filosofía como forma de vida

Introducción


Cuando se estudia la historia de la filosofía del siglo XX aparecen nombres inmensos como Husserl, Heidegger, Russell, Frege o Sartre. Sin embargo, pocos filósofos despiertan tanta admiración y desconcierto como Ludwig Wittgenstein.


Bertrand Russell llegó a afirmar que era el hombre más genial que había conocido. John Maynard Keynes escribió una frase que se hizo célebre: "Dios ha llegado. Lo conocí en el tren de las cinco y cuarto". Con esas palabras describía la impresión que causaba Wittgenstein entre quienes lo conocían.


Pero detrás de ese genio existía una personalidad atormentada, profundamente religiosa, extremadamente exigente consigo misma y convencida de que la filosofía no debía limitarse a resolver problemas intelectuales, sino transformar radicalmente la vida.


Una de las familias más ricas de Europa


Ludwig Josef Johann Wittgenstein nació el 26 de abril de 1889 en Viena, cuando el Imperio austrohúngaro se encontraba en uno de sus momentos de mayor esplendor cultural.


Su padre, Karl Wittgenstein, era uno de los grandes industriales del acero de Europa y posiblemente el hombre más rico del Imperio Austrohúngaro.


Su madre, Leopoldine Kalmus, procedía de una familia culta y profundamente interesada por las artes.


La casa familiar era frecuentada por figuras extraordinarias.


Johannes Brahms interpretaba música en el salón.


Gustav Mahler era un visitante habitual.


Richard Strauss también pertenecía al círculo de amistades.


Los hermanos Wittgenstein recibieron una educación privada de altísimo nivel.


Todo hacía pensar que Ludwig viviría una existencia cómoda.


Ocurrió exactamente lo contrario.


Una familia marcada por el sufrimiento


Los Wittgenstein eran brillantes.


También profundamente infelices.


Tres de sus hermanos se suicidaron.


Hans desapareció misteriosamente durante un viaje por Estados Unidos y se cree que puso fin a su vida.


Rudolf se suicidó en Berlín.


Kurt se disparó durante los últimos días de la Primera Guerra Mundial.


Este ambiente familiar dejó una huella inmensa en Ludwig.


Durante toda su vida confesó sentir la tentación del suicidio.


En varias cartas escribió que sólo continuaba viviendo porque consideraba que todavía tenía una tarea moral por realizar.


Para él, el suicidio no era simplemente un problema psicológico.


Era una cuestión filosófica.


¿Cómo vivir cuando la existencia parece carecer de sentido?


Toda su filosofía puede entenderse como un intento de responder a esa pregunta.


Un ingeniero fascinado por las matemáticas


En un primer momento Wittgenstein no estudió filosofía.


Se formó como ingeniero mecánico en Berlín.


Posteriormente se trasladó a la Universidad de Manchester para investigar sobre aeronáutica y el diseño de hélices para aviones.


Mientras estudiaba matemáticas comenzó a interesarse por los fundamentos lógicos de esta disciplina.


Leyó a Gottlob Frege.


Aquella lectura cambió completamente su vida.


Frege comprendió inmediatamente que estaba ante un talento extraordinario.


Le recomendó marchar a Cambridge para estudiar con Bertrand Russell.


Cambridge y el encuentro con Russell


En 1911 llegó al Trinity College.


Russell quedó desconcertado.


El joven austríaco discutía cada argumento con una intensidad poco común.


Las conversaciones se prolongaban durante horas.


En ocasiones Russell terminaba completamente agotado.


Poco después escribió:


"Es quizá el ejemplo más perfecto de genio que he conocido."


Sin embargo, la relación fue compleja.


Wittgenstein admiraba profundamente a Russell.


Pero no dudaba en señalar aquello que consideraba errores en su pensamiento.


Con el paso del tiempo la admiración terminó siendo mutua.


David Hume Pinsent


Entre todas sus amistades sobresale David Hume Pinsent.


Compartían excursiones, conversaciones filosóficas y viajes.


Pinsent poseía una personalidad serena que equilibraba el temperamento volcánico de Wittgenstein.


Cuando murió en un accidente aéreo en 1918, Wittgenstein quedó devastado.


El Tractatus Logico-Philosophicus fue dedicado precisamente a su memoria.


La experiencia de Noruega


Uno de los rasgos más llamativos de Wittgenstein era su necesidad absoluta de soledad.


En 1913 viajó al pequeño pueblo de Skjolden, en Noruega.


Mandó construir una sencilla cabaña frente a un lago.


Vivía prácticamente aislado.


Sin teléfono.


Sin electricidad.


Sin vida social.


Allí escribía durante horas.


Paseaba por las montañas.


Pensaba.


Reescribía.


Destruía manuscritos.


Volvía a comenzar.


Regresó varias veces durante su vida.


Consideraba aquel lugar indispensable para poder pensar.


La Primera Guerra Mundial


Cuando estalló la guerra se alistó voluntariamente en el ejército austrohúngaro.


Pidió ser enviado al frente más peligroso.


No buscaba heroísmo.


Buscaba enfrentarse cara a cara con la muerte.


Durante la guerra llevaba siempre consigo un pequeño libro:


El Evangelio abreviado de León Tolstói.


Aquella lectura marcó profundamente su espiritualidad.


En las trincheras comenzó a redactar las ideas que después formarían el Tractatus.


El Tractatus


Publicado en 1921.


Es uno de los libros más influyentes del siglo XX.


Su famosa última proposición dice:


"De lo que no se puede hablar, es mejor callar."


Muchos interpretan esta frase como una negación de Dios.


Es exactamente lo contrario.


Wittgenstein sostiene que existen realidades tan profundas que el lenguaje científico no puede captarlas.


La ética.


La belleza.


El sentido de la vida.


Dios.


No son falsas.


Simplemente pertenecen a otro ámbito.


Renunciar a la fortuna


Tras la guerra tomó una decisión extraordinaria.


Renunció voluntariamente a toda su inmensa herencia.


Entregó millones de coronas a sus hermanos.


Quería vivir sin riqueza.


Consideraba que el dinero constituía una distracción para la búsqueda de la verdad.


Pocos filósofos han llevado sus convicciones éticas tan lejos.


Maestro rural


Entre 1920 y 1926 ejerció como profesor en pequeñas escuelas rurales de Austria.


Pensaba que enseñar a los niños era una forma más auténtica de servir a la sociedad que impartir clases universitarias.


No obstante, su carácter severo provocó numerosos conflictos.


Llegó incluso a ser acusado de castigar excesivamente a algunos alumnos.


Aquella experiencia terminó profundamente frustrado.


Arquitecto


Diseñó junto con Paul Engelmann la casa de su hermana Margaret.


Cada detalle fue supervisado personalmente.


Una ventana podía retrasarse meses porque consideraba incorrecta una bisagra.


El edificio continúa siendo una obra maestra del racionalismo arquitectónico.


Regreso a Cambridge


En 1929 volvió definitivamente a Cambridge.


Su pensamiento había cambiado.


Ahora comprendía que el lenguaje no funciona únicamente mediante una lógica perfecta.


El significado depende del uso.


Así nacieron las Investigaciones filosóficas.


Con esta obra cambió nuevamente la historia de la filosofía.


Sus grandes amistades intelectuales


Además de Russell mantuvo relaciones intelectuales con:


G. E. Moore.


Frank Ramsey.


John Maynard Keynes.


Piero Sraffa.


Norman Malcolm.


Elizabeth Anscombe.


Georg Henrik von Wright.


Cada uno influyó en la evolución de su pensamiento.


Especialmente Piero Sraffa, cuyas críticas contribuyeron decisivamente al abandono de algunas tesis del Tractatus.


¿Padecía síndrome de Asperger?


Muchos investigadores actuales han planteado esta posibilidad.


Los argumentos suelen ser:


Extraordinaria inteligencia.


Dificultades sociales.


Necesidad extrema de aislamiento.


Rigidez intelectual.


Honestidad radical.


Intereses obsesivos.


Sensibilidad sensorial.


No obstante, ningún diagnóstico retrospectivo puede considerarse definitivo.


Resulta más prudente afirmar que presentó rasgos compatibles con un trastorno del espectro autista, sin convertir esa hipótesis en una certeza clínica.


La muerte y el suicidio


Toda su vida convivió con la idea de la muerte.


Paradójicamente, ello no lo condujo al nihilismo.


Lo llevó a buscar una existencia auténtica.


Escribió una frase que resume admirablemente su pensamiento:


"El mundo del hombre feliz es distinto del mundo del hombre infeliz."


No cambia el universo.


Cambia la manera de habitarlo.


Cuando enfermó de cáncer de próstata afrontó el final con serenidad.


Sus últimas palabras fueron:


"Díganles que he tenido una vida maravillosa."


Quien conocía sus sufrimientos quedó profundamente impresionado por esa afirmación.


La dimensión religiosa


Aunque nunca perteneció plenamente a una escuela teológica, Wittgenstein fue un hombre profundamente religioso.


Leía con frecuencia a San Agustín.


Admiraba a Kierkegaard.


Le fascinaba Dostoievski.


Sentía una profunda admiración por Francisco de Asís.


No pretendía demostrar racionalmente la existencia de Dios.


Consideraba que Dios pertenece al ámbito del sentido último de la existencia.


En cierta ocasión escribió:


"Creer en Dios significa comprender la cuestión sobre el sentido de la vida."


Esta frase resume probablemente toda su filosofía.


Conclusión


Ludwig Wittgenstein no quiso construir un sistema filosófico definitivo.


Quiso enseñar a pensar con honestidad.


Su vida demuestra que la filosofía puede convertirse en una forma radical de existencia.


Renunció a la riqueza.


Vivió en el aislamiento.


Sirvió como soldado.


Fue maestro, arquitecto y profesor universitario.


Transformó dos veces la filosofía contemporánea.


Pero quizá su mayor enseñanza sea otra.


Nos recordó que los problemas más importantes del ser humano no siempre encuentran solución mediante conceptos.


Hay preguntas que sólo pueden responderse viviendo.


Tal vez por eso su pensamiento continúa fascinando a filósofos, científicos, psicólogos y teólogos más de setenta años después de su muerte. En un tiempo dominado por la velocidad y la información, Wittgenstein sigue invitándonos a una tarea mucho más exigente: aprender a mirar con claridad, hablar con precisión y vivir con autenticidad.

jueves, 6 de agosto de 2026

Roma: la ciudad donde dialogan los dioses - Reflexión del Símbolo



Roma: la ciudad donde dialogan los dioses

Introducción


Cuando caminamos por las calles de Roma solemos pensar que estamos recorriendo la capital del antiguo Imperio o el centro de la Iglesia católica. Sin embargo, ambas afirmaciones resultan insuficientes. Roma es, ante todo, un inmenso lenguaje simbólico. Sus plazas, templos, columnas, iglesias, obeliscos y monumentos constituyen una conversación ininterrumpida entre civilizaciones que se prolonga desde hace casi tres mil años.


En Roma no desaparecen completamente los símbolos antiguos. Se transforman. Cada época recibe la herencia de la anterior y la reinterpreta desde un nuevo horizonte cultural y religioso. Comprender este proceso significa descubrir que la historia de las religiones no es únicamente una sucesión de rupturas, sino también de continuidades.


Esta primera sesión pretende responder una pregunta fundamental: ¿por qué los símbolos sobreviven incluso cuando cambian las religiones?


¿Qué es un símbolo?


La palabra símbolo proviene del griego symbolon, que designaba originalmente dos fragmentos de un mismo objeto que, al unirse, permitían reconocer una alianza o una identidad compartida. Con el tiempo, el término pasó a designar cualquier realidad visible capaz de remitir a otra realidad invisible.


El símbolo no sustituye la realidad; la hace presente de un modo distinto.


Por ello, el ser humano nunca ha vivido únicamente de conceptos. Necesita imágenes, gestos, colores, sonidos y espacios capaces de expresar aquello que las palabras, por sí solas, no alcanzan a comunicar.


El símbolo habla simultáneamente a la inteligencia, a la memoria, a la imaginación y a la experiencia religiosa.


Diferencia entre signo, mito y símbolo


Aunque solemos emplearlos como sinónimos, conviene distinguir tres conceptos.


El signo posee un significado preciso y convencional. Un semáforo en rojo significa detenerse. Una señal de tráfico indica una dirección determinada. Su función consiste en informar.


El mito es un relato que expresa una verdad profunda mediante un lenguaje narrativo. No pretende describir necesariamente un hecho histórico, sino ofrecer una interpretación del mundo, del origen del ser humano o del sentido de la existencia.


El símbolo, en cambio, es una realidad concreta que remite continuamente a un significado mayor que nunca se agota. Una cruz es madera o metal; sin embargo, para un cristiano representa el amor llevado hasta el extremo. Un obelisco es un bloque de piedra; pero para los antiguos egipcios era un rayo petrificado del sol.


Como afirmaba Paul Ricoeur, "el símbolo da que pensar". Su riqueza consiste precisamente en que nunca termina de decir todo lo que contiene.


Roma como síntesis religiosa del Mediterráneo


Roma nunca fue una cultura cerrada sobre sí misma.


Su grandeza consistió en absorber tradiciones muy diversas y convertirlas en una nueva síntesis.


Los primeros romanos heredaron numerosos elementos de los etruscos.


Posteriormente incorporaron el universo religioso griego.


Más tarde recibieron cultos procedentes de Egipto, Siria, Persia y Asia Menor.


En sus calles convivieron templos dedicados a Júpiter, Isis, Mitra, Cibeles y Serapis.


Finalmente llegaron el judaísmo y el cristianismo.


Roma terminó convirtiéndose en un verdadero laboratorio donde las religiones dialogaban, competían y, en ocasiones, se transformaban mutuamente.


La influencia etrusca


Antes del predominio romano, la civilización etrusca ejerció una enorme influencia sobre el Lacio.


De los etruscos heredó Roma muchas prácticas religiosas.


Los sacerdotes consultaban el vuelo de las aves para interpretar la voluntad divina.


Los rayos y los fenómenos atmosféricos eran considerados mensajes de los dioses.


Los templos comenzaron a ocupar un lugar central dentro de la ciudad.


Incluso algunos símbolos del poder político poseen raíces etruscas.


La religión era inseparable de la vida pública.


La influencia griega


Cuando Roma conquistó Grecia, ocurrió una paradoja descrita por el poeta Horacio:


"La Grecia conquistada conquistó a su feroz vencedor."


Los dioses romanos comenzaron a identificarse con los dioses griegos.


Júpiter con Zeus.


Venus con Afrodita.


Marte con Ares.


Mercurio con Hermes.


Pero la influencia griega fue mucho más profunda.


Roma adoptó su filosofía, su arte, su arquitectura y su manera de representar visualmente lo divino.


Por ello, gran parte del lenguaje artístico del cristianismo primitivo será también heredero de Grecia.


La influencia oriental


Durante el Imperio llegaron nuevos cultos procedentes del Oriente.


La diosa Isis ofrecía esperanza de vida después de la muerte.


Mitra proponía una religión de iniciación muy difundida entre los soldados.


Cibeles representaba la gran madre de la naturaleza.


Estos cultos introdujeron ceremonias de iniciación, banquetes sagrados, purificaciones y un fuerte simbolismo relacionado con la salvación.


Aunque el cristianismo no deriva de ellos, sí se desarrolló en un ambiente donde esas experiencias religiosas eran conocidas por muchos habitantes del Imperio.


La llegada del judaísmo


Mucho antes del nacimiento de Jesús existían importantes comunidades judías en Roma.


Traían consigo una característica completamente distinta del resto de las religiones mediterráneas.


Mientras la mayoría de los pueblos aceptaba numerosos dioses, Israel afirmaba la existencia de un único Dios creador.


Su símbolo central no era una imagen, sino la Palabra revelada.


El judaísmo aportó a Roma una nueva comprensión del tiempo, de la historia y de la alianza entre Dios y la humanidad.


La irrupción del cristianismo


El cristianismo nace dentro del judaísmo, pero se expresa rápidamente en un mundo profundamente grecorromano.


Los primeros cristianos no destruyen el lenguaje simbólico existente.


Lo reinterpretan.


El Buen Pastor recuerda al antiguo Hermes Crióforo, pero ahora representa a Cristo.


El pavo real deja de simbolizar únicamente la inmortalidad para convertirse en imagen de la resurrección.


Los obeliscos egipcios terminan coronados por una cruz.


La basílica, que había sido un edificio civil romano, se transforma en espacio litúrgico.


El símbolo permanece.


Su significado cambia.


Algunos símbolos de Roma


El águila imperial representaba el poder universal de Roma y el triunfo del emperador. Más tarde, el cristianismo conservará el águila como símbolo de san Juan, cuyo Evangelio se eleva hacia el misterio de Dios.


El lobo capitolino expresa el origen legendario de Roma mediante la figura de Rómulo y Remo. Es una imagen de protección, maternidad y fundación.


El fuego de Vesta simbolizaba la permanencia de la ciudad. Mientras el fuego permaneciera encendido, Roma viviría. El cristianismo reinterpretará posteriormente la luz como signo de Cristo resucitado y de la presencia permanente de Dios.


El templo constituía la morada de la divinidad. Sin embargo, el cristianismo afirmará progresivamente que el verdadero templo es Cristo y, por participación, la comunidad de los creyentes.


El altar era el lugar del sacrificio. En la liturgia cristiana conservará su centralidad, aunque el sacrificio ya no consistirá en animales, sino en la actualización sacramental del único sacrificio de Cristo.


El incienso era utilizado tanto en los templos paganos como en el Templo de Jerusalén. La Iglesia conservará este elemento para expresar honor, oración y la presencia de lo sagrado.


La procesión, presente en prácticamente todas las religiones antiguas, será asumida por el cristianismo como signo del pueblo de Dios que camina hacia la plenitud del Reino.


Conclusión


La historia de Roma demuestra que las religiones no viven únicamente de doctrinas.


Viven también de imágenes, espacios, gestos y símbolos.


Cuando cambia una religión, no siempre desaparecen los símbolos anteriores.


Con frecuencia son purificados, reinterpretados y orientados hacia un nuevo significado.


Quizá esta sea una de las grandes lecciones de Roma.


Las civilizaciones pueden cambiar de dioses, pero el ser humano continúa necesitando un lenguaje capaz de expresar aquello que supera las palabras.


Por eso Roma sigue siendo, aún hoy, una ciudad donde dialogan los dioses.


Pregunta para la reflexión


¿Por qué el cristianismo nunca eliminó completamente el lenguaje simbólico romano?


Tal vez porque comprendió que los símbolos no pertenecen exclusivamente a una religión determinada, sino a la estructura misma del ser humano. Un símbolo puede nacer en una cultura concreta y, sin perder su belleza, recibir un significado completamente nuevo. La historia de Roma es, precisamente, la historia de esa extraordinaria capacidad de transformación.

lunes, 3 de agosto de 2026

Domingo 18 (A) del tiempo ordinario


Domingo 18 (A) del tiempo ordinario

Hoy, Jesús nos muestra lo mucho que desea involucrarnos en su trabajo de redención. Él, que ha creado el cielo y la tierra de la nada, hubiese podido —de igual forma— haber fácilmente creado un opíparo banquete para saciar a aquella multitud.


Pero prefirió hacer el milagro partiendo de lo único que sus discípulos podían entregarle. «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces» (Mt 14,17), le dijeron. «Traédmelos» (Mt 14,18), les respondió Jesús. Y el Señor llevó a cabo la multiplicación de tan exiguo recurso —ni tan sólo suficiente para alimentar a una familia normal— para dar de comer a unas 5000 familias.


El Señor procedió de igual forma en el festín de las bodas de Caná. Él, que creó todos los mares, podía fácilmente haber llenado con el vino más selecto aquellas tinajas de más de 100 litros, partiendo de cero. Pero, de nuevo, prefirió involucrar a sus criaturas en el milagro, haciendo que, primero, llenasen los recipientes de agua.


Y, el mismo principio, podemos apreciarlo en la celebración de la Eucaristía. Jesús empieza no de la nada, ni tampoco de cereales o de uvas, sino del pan y del vino, que ya conllevan en sí el trabajo de manos humanas.


El difunto Cardenal Francisco Javier Nguyen van Thuan, prisionero de los comunistas vietnamitas desde 1975 al 1988, se preguntaba cómo podría favorecer el Reino de Cristo y preocuparse de su rebaño mientras intentaba sobreponerse al brutal sufrimiento de su solitario confinamiento. Y, dándose cuenta de lo poco que podía hacer desde la celda de su cárcel, pensó que, al menos, cada día, podría ofrecer al Señor sus “cinco panes y dos peces” y dejar que Dios hiciese el resto. Y el Señor multiplicó aquellos pequeños esfuerzos convirtiéndolos en un testimonio que ha inspirado no sólo a los vietnamitas, sino a toda la Iglesia.


Hoy, el Señor nos pide a nosotros, sus modernos discípulos, que “demos a las multitudes algo de comer” (cf. Mt 14,16). No importa lo mucho o poco que tengamos: démoslo al Señor y dejemos que Él continúe a partir de ahí.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

«Caminaba sólo al atardecer, me paseaba a la orilla del mar, porque así es como ordinariamente busco un solaz después de mis trabajos» (San Gregorio Nacianceno)


«La creación se dirige hacia el sábado, hacia el día en que el hombre y la creación entera participan en el descanso de Dios, en su libertad» (Benedicto XVI)


«Así como Dios ‘cesó el día séptimo de toda la tarea que había hecho’ (Gn 2,2), la vida humana sigue un ritmo de trabajo y descanso (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.184)

sábado, 1 de agosto de 2026

Aserá ¿La Esposa de YHWH?


Principales referencias bíblicas a Aserá


La palabra hebrea אֲשֵׁרָה (ʾăšērāh) puede referirse tanto a la diosa como al tronco o árbol sagrado que la representaba.


Pentateuco

Éxodo 34, 13

Deuteronomio 7, 5

Deuteronomio 12, 3

Deuteronomio 16, 21


En estos textos se ordena destruir las Aserás y prohibir plantarlas junto al altar de YHWH.


Libro de los Jueces

Jueces 3, 7

Jueces 6, 25-30


Gedeón destruye el altar de Baal y la Aserá asociada.


Primer y Segundo Libro de los Reyes

1 Reyes 14, 15

1 Reyes 14, 23

1 Reyes 15, 13

1 Reyes 16, 33

1 Reyes 18, 19

2 Reyes 13, 6

2 Reyes 17, 10

2 Reyes 17, 16

2 Reyes 18, 4

2 Reyes 21, 3

2 Reyes 21, 7

2 Reyes 23, 4

2 Reyes 23, 6

2 Reyes 23, 7

2 Reyes 23, 14

2 Reyes 23, 15


Aquí aparecen las grandes reformas religiosas de Ezequías y, sobre todo, de Josías, que destruyen sistemáticamente el culto a Aserá.


Segundo Libro de las Crónicas

2 Crónicas 14, 3

2 Crónicas 15, 16

2 Crónicas 17, 6

2 Crónicas 19, 3

2 Crónicas 24, 18

2 Crónicas 31, 1

2 Crónicas 33, 3

2 Crónicas 34, 3-7


Libros proféticos

Isaías 17, 8

Isaías 27, 9

Jeremías 17, 2

Miqueas 5, 14


Todos denuncian el culto a Aserá.


¿Quién era Aserá?

En la religión cananea, Aserá (Athirat en los textos de Ugarit) era la gran diosa madre.


Era:

esposa del dios supremo El;

madre de los setenta dioses;

símbolo de fecundidad;

asociada a árboles sagrados, troncos y pilares  de madera.


Los textos de Ugarit (siglos XIV-XIII a. C.) describen claramente este papel.


¿Cómo entra Aserá en Israel?

Israel no surgió en un vacío cultural.

Los primeros israelitas compartían gran parte del mundo religioso cananeo.

Durante siglos coexistieron distintas formas de religiosidad.

Por eso la Biblia muestra continuamente una lucha entre:

el culto exclusivo a YHWH;

el culto a Baal;

el culto a Aserá.


¿Fue Aserá esposa de YHWH?

Aquí la arqueología aporta datos muy importantes.

Las inscripciones de Kuntillet Ajrud (siglo VIII a. C.) dicen:

"Yo te bendigo por YHWH de Samaria y por su Aserá."

Otra inscripción semejante aparece en Khirbet el-Qom.


¿Qué significa "su Aserá"?

Existen tres interpretaciones principales:

Que Aserá era realmente considerada esposa de YHWH por algunos israelitas.

Que "Aserá" designa únicamente un objeto sagrado (un tronco ritual).

Que ambas cosas coexistieron según los lugares y las épocas.

Hoy muchos especialistas consideran que la primera interpretación refleja, al menos, la religiosidad popular de algunos sectores de Israel.


¿Cómo evolucionó esta creencia?

Podemos distinguir cuatro etapas.


Primera etapa

Israel comparte numerosas creencias con Canaán.

YHWH convive con otras divinidades.


Segunda etapa

Muchos israelitas identifican a YHWH con El.

Al desaparecer El como figura independiente, algunas tradiciones populares parecen transferir a Aserá hacia YHWH.


Es decir:

El + Aserá

pasa a convertirse popularmente en

YHWH + Aserá.


Tercera etapa

Los profetas combaten esa práctica.

Elías.

Oseas.

Isaías.

Jeremías.

Miqueas.

Todos denuncian la idolatría.


Cuarta etapa

Después del exilio de Babilonia (siglo VI a. C.) el judaísmo abandona definitivamente cualquier rastro oficial de Aserá.

A partir de entonces el monoteísmo será mucho más estricto.


Una reflexión teológica

Desde la perspectiva de la historia de las religiones, resulta muy probable que algunos israelitas concibieran a YHWH acompañado de una consorte, del mismo modo que los pueblos vecinos concebían a sus dioses.

Sin embargo, desde la perspectiva de la teología bíblica, esa situación representa precisamente aquello que la revelación fue corrigiendo progresivamente.

Podría decirse que la Biblia conserva el recuerdo de una larga purificación de la fe de Israel.

La originalidad del monoteísmo bíblico no consiste en haber aparecido completamente formado desde el comienzo.

Consiste en haber transformado lentamente una cultura compartida con Canaán hasta afirmar que:

YHWH no posee esposa.

YHWH no engendra otros dioses.

YHWH no forma parte de un panteón.

YHWH es el único Dios creador del cielo y de la tierra.


En ese sentido, la historia de Aserá no debilita la Biblia; más bien pone de manifiesto el carácter histórico de la revelación. Israel no recibió de una vez una comprensión plenamente desarrollada de Dios, sino que fue purificando progresivamente su fe en diálogo —y muchas veces en conflicto— con las religiones del antiguo Oriente Próximo. Esa evolución es uno de los aspectos más estudiados y mejor documentados por la exégesis y la arqueología contemporáneas.

domingo, 26 de julio de 2026

Domingo 17 (A) del tiempo ordinario



Domingo 17 (A) del tiempo ordinario

Hoy, el Evangelio nos quiere ayudar a mirar hacia dentro, a encontrar algo escondido: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo» (Mt 13,44). Cuando hablamos de tesoro nos referimos a algo de valor excepcional, de la máxima apreciación, no a cosas o situaciones que, aunque amadas, no dejan de ser fugaces y chatarra barata, como son las satisfacciones y placeres temporales: aquello con lo que tanta gente se extenúa buscando en el exterior, y con lo que se desencanta una vez encontrado y experimentado.


El tesoro que propone Jesús está enterrado en lo más profundo de nuestra alma, en el núcleo mismo de nuestro ser. Es el Reino de Dios. Consiste en encontrarnos amorosamente, de manera misteriosa, con la Fuente de la vida, de la belleza, de la verdad y del bien, y en permanecer unidos a la misma Fuente hasta que, cumplido el tiempo de nuestra peregrinación, y libres de toda bisutería inútil, el Reino del cielo que hemos buscado en nuestro corazón y que hemos cultivado en la fe y en el amor, se abra como una flor y aparezca el brillo del tesoro escondido.


Algunos, como san Pablo o el mismo buen ladrón, se han topado súbitamente con el Reino de Dios o de manera impensada, porque los caminos del Señor son infinitos, pero normalmente, para llegar a descubrir el tesoro, hay que buscarlo intencionadamente: «También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas» (Mt 13,45). Quizá este tesoro sólo es encontrado por aquellos que no se dan por satisfechos fácilmente, por los que no se contentan con poca cosa, por los idealistas, por los aventureros.


En el orden temporal, de los inquietos e inconformistas decimos que son personas ambiciosas, y en el mundo del espíritu, son los santos. Ellos están dispuestos a venderlo todo con tal de comprar el campo, como lo dice san Juan de la Cruz: «Para llegar a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada».



Pensamientos para el Evangelio de hoy

«Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro» (San Juan Mª Vianney)


«La persona de Jesús es el tesoro escondido, es Él la perla de gran valor. Él es el descubrimiento fundamental, que puede dar un giro decisivo a nuestra vida, llenándola de significado» (Francisco).


«(…) La fe de los fieles es la fe de la Iglesia recibida de los Apóstoles, tesoro de vida que se enriquece cuando se comparte» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.117)

lunes, 20 de julio de 2026

La transfiguración ontológica de la persona: hacia una ontología de la resurrección



La transfiguración ontológica de la persona: hacia una ontología de la resurrección en diálogo entre Xavier Zubiri, Joseph Ratzinger, Tomás de Aquino y la analogía física contemporánea


Subtítulo

Una propuesta filosófico-teológica sobre la unidad de la persona, la corporeidad, la resurrección y la continuidad de la identidad en diálogo con la escatología cristiana y las ciencias físicas contemporáneas


Resumen

El presente ensayo propone una reflexión filosófico-teológica sobre la resurrección cristiana entendida como una transfiguración ontológica de la persona, evitando tanto el dualismo antropológico como el materialismo reduccionista. El trabajo parte de la filosofía de Xavier Zubiri, del hilemorfismo aristotélico-tomista, de la escatología de Joseph Ratzinger y del pensamiento de Karl Rahner, Hans Urs von Balthasar y Wolfhart Pannenberg, dialogando de manera analógica con algunas categorías de la física contemporánea, especialmente con la propuesta de John Archibald Wheeler (It from Bit). Se sostiene que la identidad personal no depende de la permanencia numérica de los átomos, sino de la continuidad ontológica de la persona, cuya realidad encuentra su plenitud en Cristo resucitado. Las analogías provenientes de la física no pretenden demostrar el misterio cristiano, sino ofrecer un lenguaje contemporáneo que facilite su inteligibilidad filosófica.

Palabras clave: Persona, Resurrección, Ontología, Xavier Zubiri, Ratzinger, Wheeler, Encarnación, Escatología.


Objetivo general

Proponer una interpretación ontológica de la resurrección cristiana que integre la tradición filosófica y teológica con un uso analógico de las ciencias físicas contemporáneas, preservando la unidad constitutiva de la persona y la continuidad entre la historia y la escatología.


Objetivos específicos

Analizar la unidad ontológica entre corporeidad e identidad personal desde la filosofía de Xavier Zubiri y el hilemorfismo clásico.

Interpretar la resurrección de Cristo y la resurrección universal a la luz de la escatología de Ratzinger, Rahner, Balthasar y Pannenberg.

Explorar el valor heurístico de la teoría de Wheeler (It from Bit) como analogía epistemológica para comprender la continuidad de la identidad personal más allá del soporte biológico.


Justificación

La escatología cristiana continúa enfrentando una dificultad filosófica permanente: explicar cómo puede afirmarse simultáneamente la continuidad de la persona, la realidad del cuerpo resucitado y la permanencia del cadáver histórico.


Las categorías heredadas del dualismo platónico resultan insuficientes para responder a esta cuestión. Del mismo modo, una comprensión exclusivamente biologicista termina reduciendo la identidad humana a procesos físico-químicos.


La presente reflexión intenta construir un puente entre metafísica, antropología filosófica, cristología y ciencias contemporáneas sin confundir los distintos niveles epistemológicos.


Desarrollo

1. La persona como unidad ontológica


La tradición aristotélico-tomista comprendió al ser humano como una unidad de materia y forma. Sin embargo, la filosofía contemporánea, particularmente Xavier Zubiri, permitió reformular esta comprensión desde la categoría de sustantividad.


La persona no posee un cuerpo.


La persona es corporal.


El cuerpo no constituye un recipiente accidental del alma, sino la forma histórica mediante la cual la persona se actualiza en la realidad.


Esta afirmación permite superar el dualismo tradicional sin caer en un monismo materialista.


La identidad personal no consiste en un conjunto de átomos determinados.


Durante la vida, prácticamente toda la materia del organismo cambia.


Sin embargo, permanece la misma persona.


La continuidad ontológica no depende de la permanencia material sino de la estructura personal que actualiza continuamente aquella corporeidad.


2. La Encarnación como continuidad de la humanidad


El Concilio de Calcedonia definió que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, sin confusión ni separación de naturalezas.


La naturaleza humana de Cristo comienza históricamente en la Encarnación.


La Persona que la asume es eterna.


Esta afirmación obliga a preguntarse qué significa exactamente "verdadera humanidad".


Desde la biología contemporánea, la reproducción humana ordinaria supone la unión de un óvulo y un espermatozoide.


La fe, sin embargo, afirma que la Encarnación constituye un acto creador singular de Dios.


Filosóficamente permanece abierta la cuestión acerca del modo biológico de dicha acción creadora.


Lo decisivo consiste en afirmar que Cristo asumió una naturaleza plenamente humana y no una humanidad disminuida o híbrida.


La Encarnación inaugura una continuidad absoluta con toda la humanidad y, simultáneamente, una absoluta novedad ontológica.


3. La muerte como transformación estructural


La comprensión tradicional presenta la muerte como separación entre cuerpo y alma.


Una ontología inspirada en Zubiri permite comprenderla más bien como una transformación del modo de actualización de la persona.


La muerte no destruye la realidad personal.


Transforma el modo mediante el cual esa realidad permanece presente.


La identidad no desaparece.


Tampoco permanece localizada dentro del cadáver.


La persona deja de actualizar aquella estructura biológica.


Lo que permanece es una realidad física perteneciente ya al orden de la historia.


En este sentido puede hablarse de una persistencia fenomenológica del cadáver.


El cadáver continúa siendo observable.


Pero aquello que observamos ya no constituye la actualidad de la persona.


Constituye únicamente su última actualización histórica.


4. Ontología de la percepción


Toda percepción humana permanece condicionada por el espacio y el tiempo.


No accedemos inmediatamente al ser de las cosas.


Accedemos a su actualización dentro de nuestro horizonte perceptivo.


Esta afirmación resulta compatible con la fenomenología y con numerosos desarrollos de la física contemporánea.


Desde esta perspectiva, el cadáver constituye una realidad observable.


Pero la observabilidad no agota el estatuto ontológico de aquello que contemplamos.


La Eucaristía ofrece aquí una analogía epistemológica significativa.


En la transubstanciación permanecen los accidentes mientras cambia la sustancia.


No se pretende afirmar una transubstanciación del cadáver.


Se propone únicamente reconocer que la percepción sensible no constituye criterio suficiente para determinar el estatuto último del ser.


La realidad excede siempre aquello que nuestros sentidos pueden verificar.


5. Cristo como acontecimiento escatológico


Joseph Ratzinger insiste en que la resurrección no constituye una reanimación biológica.


Representa el ingreso definitivo de la humanidad en una nueva modalidad del ser.


Karl Rahner comprende la muerte como consumación de la libertad personal.


Hans Urs von Balthasar interpreta el descenso de Cristo a la muerte como la transformación interna del límite absoluto de la existencia humana.


Wolfhart Pannenberg entiende la resurrección como anticipación histórica del destino final del universo.


Estas perspectivas convergen en un punto común.


Cristo no regresa simplemente a esta historia.


Inaugura la historia definitiva.


Su sepulcro vacío manifiesta sacramentalmente que la nueva creación ya ha irrumpido dentro del mundo antiguo.


6. El purgatorio como encuentro transformador


La tradición católica afirma la existencia del purgatorio.


Sin embargo, Ratzinger propone comprenderlo principalmente como el encuentro purificador con Cristo.


El fuego purificador no constituye necesariamente un fuego material.


Es la verdad absoluta del amor divino que transforma definitivamente toda relación deformada por el pecado.


Desde esta perspectiva, la muerte, el juicio, la purificación y la glorificación pueden comprenderse como diversas dimensiones de un único acontecimiento ontológico.


La estructura relacional de la persona queda definitivamente reconfigurada para participar plenamente en la comunión trinitaria.


7. Wheeler y la analogía de la información


John Archibald Wheeler formuló la conocida expresión It from Bit, sugiriendo que la información ocupa un lugar fundamental en la comprensión de la realidad física.


Este ensayo no identifica la información física con la identidad personal.


Sin embargo, utiliza esta teoría como una analogía epistemológica.


Así como la física contemporánea reconoce que la información desempeña un papel estructurante, la filosofía puede preguntarse si la identidad personal constituye una realidad ontológica que trasciende el soporte material sin separarse de él.


La información personal no se reduce al cerebro.


La identidad no se reduce al ADN.


La persona constituye una unidad irreductible cuya plenitud encuentra su fundamento último en Dios.


8. La transfiguración ontológica


La hipótesis central puede formularse así:


La resurrección consiste en la transfiguración ontológica de la identidad personal.


No supone la sustitución de la persona.


No representa una copia.


No implica la reconstrucción de un organismo biológico a partir de los mismos átomos.


Consiste en la actualización definitiva de la misma realidad personal en la comunión plena con Cristo resucitado.


Los restos materiales permanecen como huella histórica.


No constituyen ya la identidad.


La materia puede reincorporarse a los ciclos del universo.


La identidad permanece fundada en Dios.


La resurrección no destruye la historia.


La lleva a su plenitud.


Conclusión


La escatología cristiana puede dialogar fecundamente con la filosofía contemporánea sin renunciar al contenido dogmático recibido por la Iglesia.


La antropología de Zubiri, el hilemorfismo clásico, la escatología de Ratzinger y las intuiciones de Rahner, Balthasar y Pannenberg permiten comprender la persona como una realidad unitaria cuya identidad no depende exclusivamente del soporte biológico.


Las analogías tomadas de la física contemporánea —particularmente de Wheeler— no pretenden explicar científicamente la resurrección, sino ofrecer un lenguaje renovado para pensar filosóficamente la continuidad de la identidad.


La transfiguración ontológica de la persona constituye, en esta perspectiva, una hipótesis de trabajo que busca integrar la Revelación cristiana, la metafísica y el conocimiento científico sin reducir unas disciplinas a las otras.


En consecuencia, el misterio pascual de Cristo aparece como el acontecimiento fundante en el que la historia, la materia, la persona y la comunión trinitaria encuentran su síntesis definitiva.


Referencias bibliográficas (APA 7.ª edición)


Aristóteles. (2014). De anima (T. Calvo Martínez, Trad.). Gredos. (Obra original del siglo IV a. C.).


Balthasar, H. U. von. (1990). Mysterium Paschale. Ignatius Press.


Concilio de Calcedonia. (451/1999). Definición dogmática sobre las dos naturalezas de Cristo. En H. Denzinger & P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia.


Pannenberg, W. (1994). Systematic Theology (Vol. 3). Eerdmans.


Rahner, K. (1978). Foundations of Christian Faith. Seabury Press.


Ratzinger, J. (1988). Escatología: muerte y vida eterna. Herder.


Ratzinger, J. (1997). En el principio creó Dios. Eunsa.


Teilhard de Chardin, P. (1959). El fenómeno humano. Taurus.


Tomás de Aquino. (2001). Suma Teológica. Biblioteca de Autores Cristianos. (Obra original del siglo XIII).


Wheeler, J. A. (1990). Information, physics, quantum: The search for links. En W. Zurek (Ed.), Complexity, Entropy and the Physics of Information. Addison-Wesley.


Zubiri, X. (1986). El hombre y Dios. Alianza Editorial.


Zubiri, X. (1989). Sobre el hombre. Alianza Editorial.