domingo, 20 de septiembre de 2026

Domingo 25 (A) del tiempo ordinario



Hoy el evangelista continúa haciendo la descripción del Reino de Dios según la enseñanza de Jesús, tal como va siendo proclamado durante estos domingos de verano en nuestras asambleas eucarísticas.

En el fondo del relato de hoy, la viña, imagen profética del pueblo de Israel en el Primer Testamento, y ahora del nuevo pueblo de Dios que nace del costado abierto del Señor en la cruz. La cuestión: la pertenencia a este pueblo, que viene dada por una llamada personal hecha a cada uno: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15,16), y por la voluntad del Padre del cielo, de hacer extensiva esta llamada a todos los hombres, movido por su voluntad generosa de salvación.

Resalta, en esta parábola, la protesta de los trabajadores de primera hora. Son la imagen paralela del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. Los que viven su trabajo por el Reino de Dios (el trabajo en la viña) como una carga pesada («hemos aguantado el peso del día y el bochorno»: Mt 20,12) y no como un privilegio que Dios les dispensa; no trabajan desde el gozo filial, sino con el malhumor de los siervos.

Para ellos la fe es algo que ata y esclaviza y, calladamente, tienen envidia de quienes “viven la vida”, ya que conciben la conciencia cristiana como un freno, y no como unas alas que dan vuelo divino a la vida humana. Piensan que es mejor permanecer desocupados espiritualmente, antes que vivir a la luz de la palabra de Dios. Sienten que la salvación les es debida y son celosos de ella. Contrasta notablemente su espíritu mezquino con la generosidad del Padre, que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4), y por eso llama a su viña, «Él que es bueno con todos, y ama con ternura todo lo que ha creado» (Sal 145,9).


Pensamientos para el Evangelio de hoy

«Corramos, prosigamos, estamos en el camino; que la seguridad venturosa de las cosas pasadas, no nos haga ser menos diligentes para las que aún no hemos alcanzado» (San Agustín)


«El diálogo es nuestro método, no por astuta estrategia sino por fidelidad a Aquel que nunca se cansa de pasar una y otra vez por las plazas de los hombres hasta la undécima hora para proponer su amorosa invitación» (Francisco)


«El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.445)

sábado, 19 de septiembre de 2026

Ludmila Javorová: la mujer detrás de una ordenación clandestina



Ludmila Javorová: la mujer detrás de una ordenación clandestina


1. Introducción: una vida situada en el subsuelo de la Iglesia

Hay vidas que se desarrollan en los márgenes de la historia oficial. Ludmila Javorová pertenece a esa categoría.

Su nombre quedó asociado a uno de los episodios más singulares de la historia reciente del catolicismo: la afirmación de que una mujer había recibido clandestinamente la ordenación sacerdotal dentro de la Iglesia católica durante el régimen comunista de Checoslovaquia.

Pero reducir a Javorová a la expresión «la primera mujer sacerdote» sería históricamente pobre.

Javorová no apareció de repente como protagonista de un movimiento contemporáneo de reivindicación femenina. Su historia nació en circunstancias completamente distintas: una Iglesia sometida a vigilancia estatal, sacerdotes encarcelados, comunidades clandestinas y una estructura eclesial paralela que intentaba mantener la vida sacramental bajo un régimen ateo.

Su historia, por tanto, no comienza con la cuestión de la mujer.

Comienza con la persecución.

Y precisamente por eso resulta teológicamente mucho más compleja.


2. La Checoslovaquia comunista y la Iglesia clandestina

Después del golpe comunista de 1948, Checoslovaquia quedó integrada en el sistema político socialista bajo una fuerte influencia soviética.

El régimen ejerció un control considerable sobre las Iglesias. La formación de sacerdotes, los nombramientos eclesiásticos, la actividad pastoral y la relación de los obispos con sus comunidades fueron sometidos a diversas formas de vigilancia y regulación.

La situación se agravó especialmente después de la llamada «Primavera de Praga» de 1968 y la posterior invasión soviética.

En este contexto surgió y se desarrolló lo que posteriormente se denominaría la Iglesia clandestina.

No se trataba simplemente de una Iglesia «secreta» en sentido conspirativo. Era una red de personas que intentaban conservar la vida cristiana cuando las estructuras ordinarias no podían funcionar con libertad.

Aquí aparece una figura fundamental:

Felix Maria Davídek.


3. Felix Maria Davídek: el hombre detrás de la historia

Davídek era sacerdote y posteriormente fue consagrado obispo en circunstancias clandestinas.

Su actividad estuvo marcada por una preocupación concreta: ¿cómo mantener una estructura sacramental y pastoral cuando el Estado controla o bloquea la estructura pública de la Iglesia?

La respuesta de Davídek fue extraordinariamente audaz.

Participó en la construcción de una estructura eclesial clandestina mediante la formación de personas, la ordenación de sacerdotes y la creación de redes destinadas a sobrevivir a una eventual persecución.

Pero Davídek tenía además una preocupación pastoral específica.

Existían mujeres que se encontraban en situaciones en las que el acceso ordinario de sacerdotes varones era extremadamente difícil o incluso imposible. Las cárceles femeninas son un ejemplo particularmente importante.

Y es dentro de este contexto donde aparece Ludmila Javorová.


4. ¿Quién era Ludmila Javorová?

Ludmila Javorová nació en Brno, en 1932, en una familia católica.

No comenzó su vida pensando en convertirse en una figura histórica.

Participó activamente en ambientes católicos durante el período comunista y estuvo vinculada a la red clandestina que rodeaba a Davídek.

Javorová tenía una relación de confianza con él y desempeñó distintas funciones pastorales dentro de ese entorno.

Su formación y actividad religiosa se desarrollaron, por tanto, en una situación radicalmente distinta de la que conocemos en una Iglesia institucional funcionando públicamente.

La clandestinidad transformaba las categorías ordinarias.

Sacerdotes que oficialmente no podían ejercer, obispos cuya existencia episcopal no podía ser reconocida públicamente y comunidades que tenían que funcionar discretamente constituían una realidad paralela.

En este contexto, según el propio testimonio de Javorová, Davídek decidió conferirle la ordenación sacerdotal.


5. La ordenación de Ludmila

Aquí debemos detenernos.

La cuestión históricamente controvertida no es simplemente si Javorová «quería ser sacerdote».

La cuestión es que ella afirmó haber sido ordenada sacerdote por Felix Davídek.

La fecha generalmente asociada con su ordenación es 1970.

Según su propio testimonio, la decisión estuvo relacionada con necesidades pastorales concretas, particularmente con el ministerio hacia mujeres que se encontraban bajo condiciones de especial vulnerabilidad.

Javorová recibió la ordenación en un contexto clandestino.

Durante años, prácticamente nadie fuera del círculo correspondiente conoció públicamente su situación.

Esto es fundamental.

La figura pública de Javorová es posterior a la propia experiencia.

Su historia salió a la luz décadas después, cuando el régimen comunista ya había desaparecido.


6. Un problema fundamental: ¿qué quiso hacer Davídek?

Aquí comienza la verdadera cuestión teológica.

Hay dos maneras muy diferentes de interpretar el acontecimiento.

La primera sería convertirlo en un antecedente directo del movimiento contemporáneo por la ordenación de mujeres.

La segunda consiste en situarlo dentro de la lógica excepcional de la Iglesia clandestina de Checoslovaquia.

La segunda interpretación es históricamente más prudente.

Davídek estaba intentando resolver problemas concretos de supervivencia eclesial.

No tenemos que imaginar necesariamente una especie de programa moderno de emancipación femenina.

Su pensamiento era más complejo.

La situación política había llevado a la Iglesia clandestina a experimentar con formas extraordinarias de organización, formación y ministerio.

Y dentro de ese mundo aparece la decisión respecto a Javorová.


7. El elemento femenino adquiere una importancia particular

Aquí aparece una cuestión que me parece especialmente interesante desde la antropología teológica.

La Iglesia clandestina descubrió algo que las estructuras institucionales ordinarias habían mantenido relativamente oculto: determinados espacios pastorales eran inaccesibles para los hombres.

Las mujeres encarceladas, por ejemplo, podían encontrarse en una situación pastoral completamente diferente de la de los hombres.

Una mujer que pudiera ejercer funciones sacerdotales habría podido acceder a determinados espacios sin producir las mismas sospechas o resistencias.

De esta manera, la cuestión de Javorová no puede comprenderse solamente mediante la categoría «igualdad entre hombres y mujeres».

Hay también una cuestión de acceso sacramental, pastoral y antropológico.

El cuerpo femenino aparece aquí como una condición concreta de presencia pastoral.

Y esto introduce una pregunta teológica mucho más profunda:

¿Hasta qué punto la estructura ministerial de la Iglesia depende de la naturaleza sacramental del ministerio y hasta qué punto depende de circunstancias históricas, culturales y pastorales?

La historia de Javorová coloca esta pregunta sobre la mesa, aunque no la resuelva.


8. ¿Fue realmente «sacerdote» según la Iglesia católica?

Aquí debemos ser muy precisos.

Desde el punto de vista de la doctrina católica oficial, la Iglesia no reconoce la ordenación sacerdotal de mujeres como válida.

La enseñanza contemporánea está expresada de manera especialmente clara en Ordinatio sacerdotalis de san Juan Pablo II, de 1994:

«Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar a los hermanos, declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.»

Por tanto, desde la perspectiva magisterial católica, no podemos presentar simplemente a Javorová como «sacerdote católica reconocida por Roma».

No lo fue.

Y aquí conviene distinguir dos cuestiones:

una cosa es que se haya realizado físicamente un rito de ordenación;

otra cosa es que la Iglesia reconozca que ese rito produjo sacramentalmente el efecto pretendido.

Son cuestiones diferentes.


9. La cuestión de la validez sacramental

Aquí entramos en una cuestión clásica de teología sacramental.

En la tradición católica, un sacramento no depende exclusivamente de que alguien pronuncie determinadas palabras y realice determinados gestos.

Existe una cuestión relacionada con el ministro, la materia, la forma y las condiciones requeridas por la Iglesia.

En el caso de Javorová, la cuestión fundamental no es simplemente si Davídek pronunció la fórmula ritual.

La cuestión es si una mujer puede recibir válidamente el sacramento del Orden.

La posición doctrinal católica contemporánea responde negativamente.

Por ello, desde la perspectiva oficial de la Iglesia católica, la ordenación de Javorová no constituye una ordenación sacerdotal válida reconocida por la Iglesia.

Esto no elimina el interés histórico del acontecimiento.

Al contrario.

Lo hace más interesante.


10. Pero existe otra cuestión: ¿qué pensaba Davídek?

Aquí debemos evitar un error frecuente.

No debemos proyectar automáticamente sobre Davídek las categorías actuales.

Davídek no fue simplemente un precursor contemporáneo de la ordenación femenina.

Su pensamiento estaba condicionado por una situación excepcional.

La Iglesia clandestina estaba intentando garantizar la continuidad sacramental frente a una estructura política que pretendía controlar la vida religiosa.

En ese contexto, Davídek desarrolló posiciones que fueron extraordinariamente innovadoras y, en algunos casos, conflictivas con otros miembros de la jerarquía clandestina.

La propia organización de aquella Iglesia clandestina fue objeto de tensiones.

Esto es importante porque demuestra que la Iglesia clandestina no era una estructura homogénea.

Existían diferentes concepciones sobre autoridad, jurisdicción, ordenación y relación con Roma.


11. Ludmila y el silencio

Quizá uno de los aspectos más humanos de la historia de Javorová sea el silencio.

Durante años no ocupó un espacio público equivalente al que posteriormente adquiriría.

La clandestinidad exigía silencio.

Pero hay una dimensión todavía más profunda.

Cuando una persona recibe una identidad ministerial que no puede ejercer públicamente, aparece una paradoja existencial.

Ser sacerdote y no poder decirlo.

Recibir una misión y no poder ejercerla abiertamente.

Pertenecer a una estructura religiosa que oficialmente no puede reconocer públicamente la propia situación.

Aquí la historia de Javorová deja de ser únicamente una cuestión canónica.

Se convierte en una cuestión fenomenológica.

¿Qué significa recibir una identidad que permanece invisible?


12. El cuerpo, el ministerio y la identidad

Y aquí creo que la historia de Javorová puede dialogar muy bien con algunos de los temas que hemos trabajado anteriormente.

La identidad ministerial no es simplemente una etiqueta administrativa.

En la teología católica, el sacramento del Orden pretende producir una transformación ontológica mediante el carácter sacramental.

Pero justamente por eso el caso Javorová es tan complejo.

Si la Iglesia considera que no existe ordenación válida, entonces la cuestión del «carácter sacerdotal» no puede resolverse simplemente apelando a la experiencia subjetiva de la persona.

Tenemos aquí un conflicto entre tres niveles:

la identidad subjetiva;

el reconocimiento eclesial;

y la realidad sacramental tal como la entiende la teología católica.

Esto nos conduce a una pregunta filosófica muy poderosa:

¿puede una identidad religiosa existir plenamente cuando la institución que define sacramentalmente esa identidad no la reconoce?

La respuesta no es sencilla.

Una persona puede experimentar una determinada vocación.

Puede haber realizado actos religiosos.

Puede haber sido públicamente considerada ministro por una comunidad.

Pero eso no significa necesariamente que la Iglesia reconozca que ha recibido sacramentalmente aquello que afirma haber recibido.


13. El caso Javorová y la autoridad de la Iglesia

Existe además una segunda tensión.

La Iglesia clandestina fue precisamente una respuesta a la imposibilidad de ejercer normalmente la autoridad eclesial.

Esto plantea un problema casi paradójico:

para sobrevivir, la Iglesia clandestina necesitaba tomar decisiones extraordinarias;

pero esas decisiones extraordinarias podían entrar posteriormente en conflicto con la autoridad institucional de la Iglesia universal.

Por eso el caso Javorová constituye una especie de laboratorio histórico de la relación entre:

autoridad;

jurisdicción;

sacramento;

conciencia;

necesidad pastoral;

y obediencia eclesial.

La clandestinidad obliga a formular preguntas que una Iglesia funcionando normalmente puede mantener latentes.


14. Javorová después de la caída del comunismo

Después de la Revolución de Terciopelo de 1989, Checoslovaquia dejó atrás el régimen comunista.

La Iglesia pudo recuperar progresivamente una existencia pública.

Y entonces apareció un problema inevitable:

¿qué hacer con las personas que habían participado en las estructuras clandestinas?

Algunos sacerdotes fueron reconocidos.

Otros casos fueron examinados de diferentes maneras.

Pero el caso de Javorová era particularmente delicado porque tocaba directamente la cuestión de la ordenación femenina.

Roma no reconoció su ordenación como sacerdotal.

Javorová, sin embargo, continuó siendo una figura vinculada a la historia de la Iglesia clandestina checa.


15. La historia de una mujer, no solamente «la primera mujer sacerdote»

Aquí quisiera hacer una precisión conceptual.

Cuando los medios presentan a Javorová como «la primera mujer sacerdote católica», están utilizando una formulación periodística que puede resultar atractiva, pero teológicamente es problemática.

Una formulación históricamente más rigurosa sería:

«Ludmila Javorová fue una mujer católica checa que afirmó haber recibido clandestinamente la ordenación sacerdotal de Felix Maria Davídek alrededor de 1970, en el contexto de la Iglesia clandestina durante el régimen comunista.»

Esta formulación tiene una ventaja enorme.

No decide previamente la cuestión sacramental.

Describe el acontecimiento.

Después podemos estudiar su interpretación.

Eso es historia.


16. El caso desde la teología católica

Desde el punto de vista católico, hay que incorporar además Inter insigniores de 1976 y Ordinatio sacerdotalis de 1994, junto con la posterior recepción doctrinal de esta enseñanza.

La argumentación católica no se reduce a decir:

«Jesús eligió hombres, por tanto las mujeres no pueden ser sacerdotes».

La cuestión es mucho más compleja.

La teología católica relaciona el ministerio sacerdotal con la representación sacramental de Cristo y con la continuidad de la praxis apostólica.

Aquí entra también la comprensión sacramental del cuerpo.

El sacerdote actúa in persona Christi Capitis.

La cuestión, por tanto, no es simplemente quién puede realizar determinadas funciones.

Es una cuestión sobre qué significa sacramentalmente representar a Cristo en el ministerio ordenado.

Naturalmente, esta argumentación ha sido ampliamente discutida en la teología contemporánea.

Pero para comprender a Javorová debemos exponer primero correctamente la posición católica antes de criticarla o defenderla.


17. Una lectura desde la historia de las mujeres

Desde la historia de las mujeres, Javorová presenta otro problema.

Durante siglos, muchas mujeres realizaron funciones fundamentales para la supervivencia del cristianismo sin ocupar posiciones institucionales equivalentes a las masculinas.

Catequesis.

Educación.

Cuidado de enfermos.

Vida monástica.

Misión.

Espiritualidad.

Dirección de comunidades.

Escritura teológica y mística.

Pero el acceso al sacerdocio sacramental permaneció reservado a los varones dentro de la tradición católica.

Javorová introduce una anomalía dentro de esa historia.

No fue simplemente una mujer que deseaba ocupar una función.

Fue una mujer a la que un obispo clandestino decidió conferir un ministerio que la Iglesia universal no reconocería como sacramentalmente posible.

Por eso su figura posee un enorme valor histórico.


18. La paradoja de Javorová

Y aquí encontramos la paradoja central.

Ludmila Javorová puede ser simultáneamente:

una mujer profundamente vinculada al catolicismo;

una participante de la Iglesia clandestina;

una persona que afirmó haber recibido la ordenación;

una figura histórica relevante para la cuestión del sacerdocio femenino;

y, al mismo tiempo, alguien cuya ordenación no es reconocida como válida por la Iglesia católica.

Estas afirmaciones no se contradicen necesariamente porque pertenecen a niveles diferentes.

La historia pregunta:

¿Qué ocurrió?

La biografía pregunta:

¿Qué experimentó Javorová?

La antropología pregunta:

¿Qué significó para ella aquella identidad?

El derecho canónico pregunta:

¿Qué efectos jurídicos tuvo?

La teología sacramental pregunta:

¿se produjo realmente el sacramento?

El magisterio pregunta:

¿puede la Iglesia conferir el Orden a una mujer?

Son preguntas distintas.


19. La dimensión trágica

Hay también algo profundamente trágico en esta historia.

La clandestinidad creó una situación en la que personas concretas tuvieron que tomar decisiones extraordinarias.

Cuando desapareció la persecución, algunas de esas decisiones quedaron expuestas a la luz pública.

Y entonces apareció la institución.

La institución tuvo que distinguir entre aquello que podía integrar y aquello que no podía reconocer.

Javorová quedó precisamente en ese límite.

No es simplemente una heroína feminista.

Tampoco es simplemente una infractora de la disciplina eclesial.

Es una mujer situada en una zona fronteriza de la historia de la Iglesia.

Y las zonas fronterizas son siempre las más incómodas.


20. Javorová como símbolo

Si abandonamos momentáneamente la valoración jurídica y observamos su figura simbólicamente, Javorová puede representar algo mucho más amplio.

Representa la tensión entre la Iglesia visible y la Iglesia oculta.

Entre institución y carisma.

Entre norma y necesidad.

Entre cuerpo femenino y autoridad sacramental.

Entre experiencia personal y reconocimiento institucional.

Entre memoria y silencio.

Y, sobre todo, entre lo que una comunidad cree haber recibido y aquello que la institución universal está dispuesta a reconocer como recibido.

En este sentido, Ludmila Javorová pertenece a una genealogía mucho más antigua que la discusión contemporánea sobre sacerdocio femenino.

Es la genealogía de las personas que aparecen en las fronteras de las instituciones religiosas.


21. Una conclusión teológica

Yo no definiría a Ludmila Javorová simplemente como «la primera mujer sacerdote».

Esa expresión simplifica demasiado su historia.

La definiría más bien como una figura liminal de la Iglesia del siglo XX: una mujer católica que, en el contexto excepcional de la persecución comunista y de la Iglesia clandestina checoslovaca, recibió de Felix Maria Davídek una ordenación que ella consideró sacerdotal, pero que no fue reconocida como válida por la Iglesia católica.

Y precisamente ahí está la fuerza de su historia.

Javorová obliga a la teología a enfrentarse con una pregunta que no puede resolverse mediante consignas:

¿qué ocurre cuando una experiencia religiosa, una conciencia vocacional, una necesidad pastoral y una decisión de autoridad eclesial entran en conflicto con la comprensión sacramental y doctrinal de la Iglesia universal?

La respuesta católica oficial está clara respecto a la ordenación sacerdotal de mujeres.

Pero la existencia de esa respuesta no hace desaparecer el acontecimiento histórico.

Javorová sigue siendo un testimonio de una época en la que la Iglesia tuvo que vivir en la clandestinidad, cuando la necesidad pastoral llevó a algunos de sus miembros a experimentar soluciones extraordinarias.

Por eso su historia merece ser estudiada no solamente desde la controversia sobre las mujeres sacerdotes.

Merece ser estudiada desde una pregunta mucho más profunda:

¿Dónde termina la institución y dónde comienza el misterio de la Iglesia cuando la Iglesia se ve obligada a vivir oculta?

Y quizá esa sea la verdadera importancia histórica de Ludmila Javorová.

No solamente porque una mujer afirmara haber recibido el sacerdocio.

Sino porque su existencia revela hasta qué punto, bajo condiciones extremas, la Iglesia puede convertirse en un territorio de tensión entre sacramento, autoridad, conciencia, clandestinidad y necesidad pastoral.

Una tensión que todavía no ha terminado de ser pensada.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Roma Invisible: Simbología Romana



ROMA INVISIBLE

Hay ciudades que se contemplan.

Y hay ciudades que se leen.

Roma pertenece a las segundas.

Quien llega a Roma por primera vez cree encontrarse ante una acumulación extraordinaria de ruinas, iglesias, columnas, fuentes, templos, palacios y monumentos. Pero después de algunos días comienza a suceder algo extraño: las piedras dejan de parecer simplemente piedras.

Una columna ya no es solamente una columna.

Una puerta ya no es solamente una puerta.

Una plaza ya no es solamente una plaza.

Una procesión, una estatua, una cruz, una cúpula, un obelisco, una inscripción, una tumba o incluso la dirección de una calle comienzan a adquirir un significado que excede su materialidad.

Es entonces cuando aparece la otra Roma.

La Roma invisible.

No estamos hablando necesariamente de fantasmas, espíritus o fuerzas sobrenaturales. La invisibilidad de Roma es, ante todo, simbólica.

Es aquello que no podemos tocar, pero que organiza aquello que podemos tocar.

Y aquí comienza nuestra última pregunta:

¿qué hace que una piedra se convierta en símbolo?


I. LA CIUDAD VISIBLE Y LA CIUDAD INVISIBLE

La antropología religiosa nos ha enseñado algo fundamental: el ser humano jamás habita únicamente un espacio físico.

Habita un espacio interpretado.

Una montaña puede ser una montaña.

Pero también puede ser un lugar sagrado.

Una cueva puede ser simplemente una cavidad geológica.

Pero puede convertirse en entrada al inframundo.

Un río puede transportar agua.

Pero también puede separar dos mundos.

Y una ciudad puede ser un conjunto de edificios.

O puede convertirse en el centro del universo.

Roma hizo precisamente eso.

Transformó el territorio en cosmología.

El pomerium, las fronteras sagradas, los templos, los altares, las vías procesionales, los espacios de los muertos y los lugares de poder no eran una organización puramente administrativa.

El espacio romano estaba cargado.

Tenía memoria.

Tenía jerarquía.

Tenía orientación.

Tenía significado.

Por eso Roma puede ser entendida como una ciudad que constantemente convertía el espacio en relato.

El romano no solamente caminaba por Roma.

Caminaba dentro de una interpretación del mundo.


II. EL CENTRO

Toda cosmología necesita un centro.

El centro no es simplemente el lugar que ocupa una cosa en un mapa.

Es el lugar desde el cual adquiere sentido el resto.

En muchas culturas antiguas encontramos esta estructura: el centro del mundo, el monte sagrado, el templo, el árbol cósmico, la ciudad primordial.

Roma construyó su propio centro.

El mundus.

Según la tradición romana, en el espacio originario de la ciudad existía un lugar llamado mundus, asociado simbólicamente con el mundo subterráneo y con la comunicación entre dimensiones.

Aquí encontramos una idea extraordinariamente poderosa.

La ciudad tiene un arriba.

Tiene un aquí.

Y tiene un abajo.

Roma no está solamente sobre la tierra.

Roma está entre mundos.

Y esta estructura resulta fundamental para comprender la imaginación romana.

El cielo pertenece a los dioses.

La tierra pertenece a los vivos.

El subsuelo pertenece a los muertos y a las potencias ctónicas.

Roma se encuentra en medio.

Por eso el centro no es simplemente geográfico.

Es ontológico.

Es un lugar de comunicación.


III. ARRIBA, AQUÍ Y ABAJO

Podemos representar la estructura simbólica de Roma mediante tres dimensiones:

Caelum — Terra — Inferi.

Cielo.

Tierra.

Mundo inferior.

Esta estructura aparece de distintas maneras en la religión romana.

El augur levanta la mirada hacia el cielo.

El sacerdote realiza el rito sobre la tierra.

El muerto desaparece bajo ella.

El emperador puede ser elevado simbólicamente después de la muerte.

Y el templo establece una relación entre lo humano y lo divino.

El símbolo funciona precisamente porque une aquello que normalmente permanece separado.

De hecho, la palabra «símbolo» procede del griego sýmbolon, relacionado con symbállein: reunir, lanzar conjuntamente.

El símbolo une.

El signo puede señalar.

El símbolo, en cambio, reúne.

Y Roma fue una extraordinaria civilización de símbolos porque constantemente intentó reunir:

dioses y hombres,

vida y muerte,

cielo y tierra,

pasado y presente,

poder y eternidad.


IV. ROMA Y LOS MUERTOS

Quizá ninguna ciudad comprende tan bien la importancia de los muertos como Roma.

Los muertos no desaparecen completamente.

Se convierten en antepasados.

El mos maiorum —la costumbre de los antepasados— convierte el pasado en autoridad.

La memoria de los muertos legitima el presente.

Por eso las tumbas romanas situadas a lo largo de las vías no son una casualidad.

El viajero entra y sale de Roma acompañado por los muertos.

La ciudad de los vivos está rodeada por la ciudad de los muertos.

Es casi una pedagogía silenciosa:

«Recuerda que estás caminando sobre una historia que comenzó antes de ti y continuará después de ti».

La muerte, entonces, no se encuentra completamente fuera de Roma.

Está en sus márgenes.

Y precisamente por eso define su centro.


V. EL ROSTRO Y LA MÁSCARA

Existe aquí otro símbolo fundamental: el rostro.

Los romanos conservaron la memoria de sus antepasados mediante las imagines maiorum, representaciones de los familiares muertos que podían ser exhibidas en determinados contextos.

La persona muerta continúa apareciendo.

Pero aparece como imagen.

Aquí podemos introducir una pregunta profundamente antropológica:

¿cuándo una imagen deja de representar a alguien y comienza, simbólicamente, a hacerlo presente?

Esta pregunta nos acompañará durante toda la historia occidental.

La encontramos en Roma.

La encontramos después en los iconos cristianos.

La encontramos en las reliquias.

La encontramos en los retratos.

Y, en cierto sentido, también la encontramos hoy.

Una fotografía de alguien que amamos no es solamente papel.

Podemos saber perfectamente que no contiene físicamente a la persona.

Y, sin embargo, la tratamos de otra manera.

La imagen despierta una presencia.

Aquí aparece una de las paradojas fundamentales del símbolo:

sabemos que no es la realidad y, sin embargo, nos relacionamos con ella como si algo de la realidad estuviera allí.


VI. EL PODER TAMBIÉN ES UN SÍMBOLO

Roma comprendió algo que todos los grandes sistemas políticos han comprendido después:

el poder necesita ser visible.

Pero necesita también parecer eterno.

Por eso el emperador no podía ser simplemente un hombre con ejército.

Debía convertirse en imagen.

La púrpura.

La corona.

El águila.

El triunfo.

Las monedas.

Las estatuas.

Los templos.

Los títulos.

Todo construía una semántica del poder.

El emperador era un hombre.

Pero el sistema necesitaba representarlo como algo más que un hombre.

Aquí aparece una cuestión filosófica extraordinaria:

¿qué diferencia existe entre el poder que alguien posee y el poder que los demás reconocen?

La respuesta nos conduce directamente a la filosofía del símbolo.

Una corona no posee poder físico.

No golpea.

No dispara.

No alimenta.

Y, sin embargo, puede conseguir que miles de personas obedezcan.

¿Por qué?

Porque el símbolo puede producir efectos reales sin ser materialmente aquello que representa.

Una bandera es tela.

Pero un ejército puede morir por ella.

Una moneda es metal o papel.

Pero puede ordenar una sociedad.

Una corona es un objeto.

Pero puede convertir a un individuo en soberano.

La realidad humana está llena de entidades invisibles que producen consecuencias absolutamente visibles.


VII. EL LOGOS OCULTO

Aquí podemos acercarnos a una cuestión que conecta Roma con la filosofía del lenguaje.

El mundo humano está tejido de palabras.

Imperator.

Caesar.

Augustus.

Pax.

Roma.

Senatus.

Deus.

Estas palabras no son simplemente sonidos.

Organizan realidades.

Nombrar es clasificar.

Clasificar es ordenar.

Y ordenar es construir mundo.

Wittgenstein nos enseñará muchos siglos después que el significado de una palabra está vinculado a su uso.

Pero Roma ya sabía, de manera práctica, que las palabras hacen cosas.

Un juramento obliga.

Una sentencia condena.

Una proclamación transforma la condición pública de una persona.

Un nombre puede otorgar dignidad.

Otro puede destruirla.

El lenguaje posee una dimensión performativa.

La palabra no solamente describe la realidad.

Puede producir una nueva situación dentro de la realidad humana.

Por eso la Roma invisible es también una Roma lingüística.

Una ciudad construida con palabras.


VIII. EL NOMBRE SECRETO

Y aquí aparece una de las dimensiones más fascinantes de la religión antigua: el poder del nombre.

En numerosas culturas tradicionales existe la convicción de que conocer el verdadero nombre de algo proporciona un determinado acceso a su identidad.

No debemos convertir esto automáticamente en «magia» en sentido moderno.

Hay algo más profundo.

El nombre establece una relación.

Nombrar es sacar algo del anonimato.

En el pensamiento religioso antiguo, el nombre puede participar de la identidad.

Y esto permite comprender por qué el secreto tiene tanta importancia en las religiones mistéricas y en determinados rituales.

Lo secreto no es simplemente aquello que nadie conoce.

Es aquello cuyo conocimiento está reservado porque se considera peligroso, sagrado o transformador.

El secreto protege una frontera.

Entre iniciado y no iniciado.

Entre profano y sagrado.

Entre visible e invisible.


IX. ROMA Y LO OCULTO

Cuando hablamos de ocultismo debemos ser intelectualmente rigurosos.

No podemos proyectar sobre Roma todas las doctrinas esotéricas desarrolladas muchos siglos después.

La cábala, por ejemplo, es una tradición judía medieval y no podemos atribuir a los romanos antiguos una «cábala romana» histórica sin caer en anacronismo.

Pero sí podemos establecer una comparación filosófica.

Porque existen estructuras simbólicas que reaparecen en diferentes culturas:

la correspondencia entre arriba y abajo;

la relación entre nombre y realidad;

la búsqueda de un centro;

la interpretación del cosmos;

el número como estructura;

la luz como símbolo de conocimiento;

la oscuridad como símbolo de ignorancia o misterio;

la iniciación como transformación del individuo.

En este sentido, Roma puede dialogar posteriormente con la tradición hermética, con el neoplatonismo y, más tarde, con la cábala cristiana.

Pero debemos distinguir:

influencia histórica no es lo mismo que analogía simbólica.

Esta distinción es esencial para cualquier aproximación seria al esoterismo.


X. EL NÚMERO

Roma también puede ser leída mediante el número.

El número organiza.

Cuenta.

Divide.

Jerarquiza.

Ordena.

Pero las culturas tradicionales frecuentemente hicieron algo más: otorgaron al número un valor cualitativo.

Uno puede representar unidad.

Dos, dualidad.

Tres, totalidad o mediación.

Cuatro, orden terrestre.

Siete, plenitud.

Estos significados no deben atribuirse automáticamente a cada monumento romano.

Sin embargo, el pensamiento simbólico permite comprender por qué arquitectura, ritual y número pudieron relacionarse.

La geometría puede convertirse en cosmología.

La proporción puede convertirse en belleza.

Y la belleza puede convertirse en teología.


XI. LA LUZ

Y llegamos a uno de los símbolos más poderosos de nuestra historia:

la luz.

La luz hace visible.

Por eso se convierte naturalmente en símbolo del conocimiento.

La oscuridad oculta.

Por eso puede convertirse en símbolo del misterio, de la ignorancia, del peligro o de lo desconocido.

Pero aquí debemos tener cuidado.

La oscuridad no es necesariamente mala.

Hay una oscuridad fecunda.

La oscuridad del vientre.

La oscuridad de la noche.

La oscuridad del templo.

La oscuridad del misterio.

En francés existe una palabra preciosa: clair-obscur.

Claroscuro.

No se trata simplemente de luz contra oscuridad.

Se trata de una realidad en la que ambas necesitan existir para que podamos percibir la forma.

Y quizá Roma sea eso:

un gran clair-obscur.


XII. EL CRISTIANISMO ENTRA EN ROMA

Después llega el cristianismo.

Y sucede algo extraordinario.

El cristianismo no destruye simplemente el universo simbólico romano.

Lo reinterpreta.

Este fenómeno será decisivo.

El Sol.

La luz.

El agua.

La cruz.

El cordero.

El pastor.

La victoria.

El templo.

La tumba.

La resurrección.

Muchos símbolos anteriores adquieren un significado nuevo.

No porque todos procedan directamente del paganismo, sino porque las culturas reutilizan constantemente sus lenguajes simbólicos.

El cristianismo introduce una afirmación radical:

el símbolo ya no apunta únicamente hacia un mundo divino distante.

En Cristo, Dios mismo entra en la historia.

Aquí aparece la categoría cristiana por excelencia:

la encarnación.

El invisible se hace visible.

El eterno entra en el tiempo.

El trascendente asume materia.

El Logos se hace carne.

Y esta afirmación transforma radicalmente la relación entre símbolo y realidad.


XIII. EL LOGOS Y LA CARNE

Podríamos formularlo así:

En la filosofía antigua, buscamos el Logos.

En el cristianismo, el Logos se hace persona.

Esto cambia completamente la antropología simbólica.

El cristianismo no afirma simplemente que Dios dejó mensajes ocultos en el universo.

Afirma algo mucho más perturbador:

que la materia puede convertirse en lugar de presencia.

El agua bautismal.

El pan.

El vino.

El aceite.

La imposición de manos.

La cruz.

El cuerpo.

La tumba.

La carne.

La materia ya no es simplemente materia.

Puede convertirse en sacramento.

Y aquí Roma vuelve a ser extraordinariamente importante.

Porque la ciudad que había construido un universo de símbolos paganos se convierte progresivamente en uno de los grandes escenarios de la simbología cristiana.


XIV. LAS CATACUMBAS

Las catacumbas constituyen quizá una de las mejores imágenes de nuestra «Roma invisible».

Debajo de la ciudad visible existe otra ciudad.

Pasillos.

Nichos.

Tumbas.

Inscripciones.

Símbolos.

El pez.

El ancla.

El buen pastor.

La paloma.

La vid.

Jonás.

Y, progresivamente, la cruz.

Es fascinante pensar que mientras el poder imperial construía monumentos gigantescos sobre la tierra, una comunidad perseguida construía su memoria en las profundidades.

Arriba estaba el Imperio.

Abajo, los muertos cristianos.

Pero finalmente sería la memoria de esos muertos la que conquistaría simbólicamente la ciudad.

Aquí aparece una paradoja histórica:

Roma quiso hacer eterna su autoridad; los cristianos quisieron hacer eterna su esperanza.

Y ganó la segunda.


XV. EL SÍMBOLO COMO MEMORIA

Un símbolo sobrevive cuando una comunidad lo recuerda.

Por eso ningún símbolo es completamente individual.

Necesita una tradición.

Necesita interpretación.

Necesita repetición.

Una cruz abandonada en un desierto puede convertirse simplemente en un objeto arqueológico.

Una cruz ante la cual una comunidad reza es otra cosa.

La materia puede ser idéntica.

El significado cambia.

Esto nos lleva nuevamente a la filosofía del lenguaje.

El significado no está encerrado dentro del objeto como una sustancia.

Se produce dentro de una forma de vida.

Y aquí Wittgenstein vuelve a hablarnos desde el siglo XX:

el símbolo vive dentro de una práctica.

Una cruz no «habla» por sí sola.

Habla dentro de una tradición.


XVI. ROMA COMO PALIMPSESTO

Quizá ésta sea la mejor manera de comprender Roma.

Roma es un palimpsesto.

Una escritura sobre otra escritura.

Debajo de la Roma cristiana encontramos la Roma imperial.

Debajo de la Roma imperial encontramos la Roma republicana.

Debajo de ella encontramos las tradiciones arcaicas.

Y debajo de las tradiciones históricas encontramos capas todavía más antiguas de religiosidad itálica.

Nada desaparece completamente.

Se transforma.

Un templo puede convertirse en iglesia.

Una vía puede conservar su trazado.

Una fiesta puede sobrevivir cambiando de significado.

Una imagen puede recibir una nueva interpretación.

Una ciudad puede cambiar de religión sin dejar de ser la misma ciudad.

Roma es memoria acumulada.


XVII. EL EROTISMO DEL SÍMBOLO

Y aquí quiero introducir una dimensión menos habitual.

El símbolo también posee una dimensión erótica.

No necesariamente sexual.

Éros, en su sentido filosófico, es deseo de unión.

Deseo de acercarse a aquello que nos falta.

Por eso el símbolo seduce.

No entrega completamente su significado.

Lo promete.

Una puerta entreabierta es más simbólica que una puerta completamente abierta.

La penumbra puede ser más sugestiva que la iluminación absoluta.

Un rostro parcialmente oculto puede producir más deseo que un rostro completamente expuesto.

El símbolo conserva algo.

Y aquello que conserva nos llama.

Por eso existe una relación profunda entre símbolo, deseo y misterio.

El símbolo nos dice:

«Hay algo aquí que todavía no has visto».

Y nosotros nos acercamos.


XVIII. EL MISTERIO

La modernidad ha desarrollado una enorme capacidad para explicar.

Pero explicar no siempre significa comprender.

Podemos conocer la composición química de una rosa y seguir preguntándonos por qué la belleza nos conmueve.

Podemos conocer la anatomía del cuerpo humano y seguir preguntándonos qué significa amar un cuerpo.

Podemos estudiar arqueológicamente un templo y continuar preguntándonos por qué los seres humanos construyeron templos.

La explicación científica describe mecanismos.

El símbolo pregunta por significados.

No debemos enfrentar ambos conocimientos.

Debemos distinguirlos.

La ciencia pregunta:

«¿Cómo funciona?»

El símbolo pregunta:

«¿Qué significa para nosotros?»

Y la filosofía pregunta:

«¿Qué queremos decir cuando hacemos esta pregunta?»


XIX. ROMA INVISIBLE

Ahora podemos regresar al título.

¿Qué es Roma invisible?

No es una ciudad fantasmal.

Es la ciudad de los significados.

Es la Roma que permanece cuando desaparecen los edificios.

Es la memoria de los muertos.

Es el poder de los nombres.

Es el lenguaje de los monumentos.

Es el miedo de los hombres ante los dioses.

Es el deseo de eternidad de los emperadores.

Es la esperanza de resurrección de los cristianos.

Es el misterio de la luz.

Es la oscuridad de las catacumbas.

Es la ciudad que continúa hablando después de que sus habitantes han muerto.

Y quizá por eso Roma tiene una cualidad inquietante.

Porque allí comprendemos que las civilizaciones pueden desaparecer físicamente y, sin embargo, continuar viviendo dentro de nosotros.


XX. LA GRAN PREGUNTA

Pero entonces aparece una última pregunta.

¿Qué ocurre cuando nosotros mismos nos convertimos en símbolos?

Porque también nosotros somos leídos.

Nuestro cuerpo.

Nuestra ropa.

Nuestra casa.

Nuestra manera de hablar.

Nuestros gestos.

Nuestros silencios.

Nuestros muertos.

Nuestro nombre.

Todo puede convertirse en símbolo.

El ser humano nunca está completamente desnudo ante los demás.

Incluso cuando creemos mostrar simplemente «lo que somos», estamos siendo interpretados.

Somos cuerpos materiales habitados por significados.

Y aquí la antropología se encuentra con la teología.

Porque el cristianismo afirma algo extraordinario:

el ser humano no es simplemente materia.

Es imagen.

Imago Dei.

Imagen de Dios.

Y quizá ésa sea la última gran arquitectura invisible.

No somos únicamente habitantes de un mundo lleno de símbolos.

Nosotros mismos somos símbolos.


XXI. ROMA Y LA ETERNIDAD

Roma quiso ser eterna.

Lo proclamó.

Lo representó.

Lo grabó en piedra.

Lo puso en sus monedas.

Lo convirtió en mito.

Pero ninguna ciudad humana es eterna.

Las piedras se rompen.

Los imperios desaparecen.

Las lenguas cambian.

Los dioses dejan de recibir sacrificios.

Los emperadores mueren.

Sin embargo, algo permanece.

El significado.

La memoria.

La pregunta.

La imagen.

La búsqueda.

Por eso quizá la verdadera eternidad de Roma no consiste en que Roma no haya muerto.

Consiste en que todavía podemos conversar con ella.


XXII. EL ÚLTIMO SÍMBOLO

Imaginemos Roma al anochecer.

El Foro está casi vacío.

Las columnas proyectan sombras largas.

El mármol conserva todavía el calor del día.

Una iglesia cercana hace sonar sus campanas.

En algún lugar, bajo la tierra, descansan los muertos.

Sobre la ciudad, el cielo comienza a oscurecerse.

Y entonces comprendemos que la ciudad que vemos no es toda Roma.

Hay otra.

Una Roma hecha de memoria.

De deseo.

De miedo.

De fe.

De sangre.

De belleza.

De poder.

De muerte.

De esperanza.

Una Roma que no puede localizarse completamente en un mapa porque no está solamente en el espacio.

Está en la conciencia de Occidente.

Y quizá ésa sea la razón por la que seguimos regresando.

No regresamos únicamente a Roma.

Regresamos a nosotros mismos.

Porque Roma conserva una pregunta que ninguna arqueología puede resolver:

¿qué parte de nosotros sobrevive cuando desaparece aquello que construimos?

Tal vez los romanos respondieron construyendo monumentos.

Los cristianos respondieron construyendo memoria.

Los filósofos respondieron construyendo conceptos.

Los amantes respondieron construyendo recuerdos.

Y los muertos...

los muertos simplemente guardaron silencio.

Pero ese silencio también se convirtió en símbolo.


EPÍLOGO: ROMA, CIUDAD DEL CLARO-OSCURO

Quizá podamos terminar nuestra travesía romana con una imagen francesa:

le clair-obscur.

El claroscuro.

Roma no es solamente luz.

Tampoco es solamente oscuridad.

Es la tensión entre ambas.

El templo y la catacumba.

El emperador y el mártir.

El triunfo y la muerte.

El deseo y la culpa.

El cuerpo y el espíritu.

El paganismo y el cristianismo.

La piedra y la memoria.

La historia y el mito.

Lo visible y lo invisible.

Y quizá toda civilización sea finalmente eso:

una tentativa de iluminar aquello que teme y de dar forma a aquello que no puede comprender.

Roma lo hizo con piedra.

Nosotros lo hacemos con palabras.

Pero seguimos buscando lo mismo.

Un centro.

Un significado.

Una permanencia.

Una respuesta al hecho insoportable de estar vivos.

Por eso, cuando caminemos por Roma, no miremos solamente sus monumentos.

Escuchemos.

Porque debajo de cada piedra hay una pregunta.

Y detrás de cada símbolo,

un misterio.

Roma no termina donde termina la ciudad visible.

Roma comienza allí donde la piedra empieza a significar.