Ludwig Wittgenstein: la filosofía como forma de vida
Introducción
Cuando se estudia la historia de la filosofía del siglo XX aparecen nombres inmensos como Husserl, Heidegger, Russell, Frege o Sartre. Sin embargo, pocos filósofos despiertan tanta admiración y desconcierto como Ludwig Wittgenstein.
Bertrand Russell llegó a afirmar que era el hombre más genial que había conocido. John Maynard Keynes escribió una frase que se hizo célebre: "Dios ha llegado. Lo conocí en el tren de las cinco y cuarto". Con esas palabras describía la impresión que causaba Wittgenstein entre quienes lo conocían.
Pero detrás de ese genio existía una personalidad atormentada, profundamente religiosa, extremadamente exigente consigo misma y convencida de que la filosofía no debía limitarse a resolver problemas intelectuales, sino transformar radicalmente la vida.
Una de las familias más ricas de Europa
Ludwig Josef Johann Wittgenstein nació el 26 de abril de 1889 en Viena, cuando el Imperio austrohúngaro se encontraba en uno de sus momentos de mayor esplendor cultural.
Su padre, Karl Wittgenstein, era uno de los grandes industriales del acero de Europa y posiblemente el hombre más rico del Imperio Austrohúngaro.
Su madre, Leopoldine Kalmus, procedía de una familia culta y profundamente interesada por las artes.
La casa familiar era frecuentada por figuras extraordinarias.
Johannes Brahms interpretaba música en el salón.
Gustav Mahler era un visitante habitual.
Richard Strauss también pertenecía al círculo de amistades.
Los hermanos Wittgenstein recibieron una educación privada de altísimo nivel.
Todo hacía pensar que Ludwig viviría una existencia cómoda.
Ocurrió exactamente lo contrario.
Una familia marcada por el sufrimiento
Los Wittgenstein eran brillantes.
También profundamente infelices.
Tres de sus hermanos se suicidaron.
Hans desapareció misteriosamente durante un viaje por Estados Unidos y se cree que puso fin a su vida.
Rudolf se suicidó en Berlín.
Kurt se disparó durante los últimos días de la Primera Guerra Mundial.
Este ambiente familiar dejó una huella inmensa en Ludwig.
Durante toda su vida confesó sentir la tentación del suicidio.
En varias cartas escribió que sólo continuaba viviendo porque consideraba que todavía tenía una tarea moral por realizar.
Para él, el suicidio no era simplemente un problema psicológico.
Era una cuestión filosófica.
¿Cómo vivir cuando la existencia parece carecer de sentido?
Toda su filosofía puede entenderse como un intento de responder a esa pregunta.
Un ingeniero fascinado por las matemáticas
En un primer momento Wittgenstein no estudió filosofía.
Se formó como ingeniero mecánico en Berlín.
Posteriormente se trasladó a la Universidad de Manchester para investigar sobre aeronáutica y el diseño de hélices para aviones.
Mientras estudiaba matemáticas comenzó a interesarse por los fundamentos lógicos de esta disciplina.
Leyó a Gottlob Frege.
Aquella lectura cambió completamente su vida.
Frege comprendió inmediatamente que estaba ante un talento extraordinario.
Le recomendó marchar a Cambridge para estudiar con Bertrand Russell.
Cambridge y el encuentro con Russell
En 1911 llegó al Trinity College.
Russell quedó desconcertado.
El joven austríaco discutía cada argumento con una intensidad poco común.
Las conversaciones se prolongaban durante horas.
En ocasiones Russell terminaba completamente agotado.
Poco después escribió:
"Es quizá el ejemplo más perfecto de genio que he conocido."
Sin embargo, la relación fue compleja.
Wittgenstein admiraba profundamente a Russell.
Pero no dudaba en señalar aquello que consideraba errores en su pensamiento.
Con el paso del tiempo la admiración terminó siendo mutua.
David Hume Pinsent
Entre todas sus amistades sobresale David Hume Pinsent.
Compartían excursiones, conversaciones filosóficas y viajes.
Pinsent poseía una personalidad serena que equilibraba el temperamento volcánico de Wittgenstein.
Cuando murió en un accidente aéreo en 1918, Wittgenstein quedó devastado.
El Tractatus Logico-Philosophicus fue dedicado precisamente a su memoria.
La experiencia de Noruega
Uno de los rasgos más llamativos de Wittgenstein era su necesidad absoluta de soledad.
En 1913 viajó al pequeño pueblo de Skjolden, en Noruega.
Mandó construir una sencilla cabaña frente a un lago.
Vivía prácticamente aislado.
Sin teléfono.
Sin electricidad.
Sin vida social.
Allí escribía durante horas.
Paseaba por las montañas.
Pensaba.
Reescribía.
Destruía manuscritos.
Volvía a comenzar.
Regresó varias veces durante su vida.
Consideraba aquel lugar indispensable para poder pensar.
La Primera Guerra Mundial
Cuando estalló la guerra se alistó voluntariamente en el ejército austrohúngaro.
Pidió ser enviado al frente más peligroso.
No buscaba heroísmo.
Buscaba enfrentarse cara a cara con la muerte.
Durante la guerra llevaba siempre consigo un pequeño libro:
El Evangelio abreviado de León Tolstói.
Aquella lectura marcó profundamente su espiritualidad.
En las trincheras comenzó a redactar las ideas que después formarían el Tractatus.
El Tractatus
Publicado en 1921.
Es uno de los libros más influyentes del siglo XX.
Su famosa última proposición dice:
"De lo que no se puede hablar, es mejor callar."
Muchos interpretan esta frase como una negación de Dios.
Es exactamente lo contrario.
Wittgenstein sostiene que existen realidades tan profundas que el lenguaje científico no puede captarlas.
La ética.
La belleza.
El sentido de la vida.
Dios.
No son falsas.
Simplemente pertenecen a otro ámbito.
Renunciar a la fortuna
Tras la guerra tomó una decisión extraordinaria.
Renunció voluntariamente a toda su inmensa herencia.
Entregó millones de coronas a sus hermanos.
Quería vivir sin riqueza.
Consideraba que el dinero constituía una distracción para la búsqueda de la verdad.
Pocos filósofos han llevado sus convicciones éticas tan lejos.
Maestro rural
Entre 1920 y 1926 ejerció como profesor en pequeñas escuelas rurales de Austria.
Pensaba que enseñar a los niños era una forma más auténtica de servir a la sociedad que impartir clases universitarias.
No obstante, su carácter severo provocó numerosos conflictos.
Llegó incluso a ser acusado de castigar excesivamente a algunos alumnos.
Aquella experiencia terminó profundamente frustrado.
Arquitecto
Diseñó junto con Paul Engelmann la casa de su hermana Margaret.
Cada detalle fue supervisado personalmente.
Una ventana podía retrasarse meses porque consideraba incorrecta una bisagra.
El edificio continúa siendo una obra maestra del racionalismo arquitectónico.
Regreso a Cambridge
En 1929 volvió definitivamente a Cambridge.
Su pensamiento había cambiado.
Ahora comprendía que el lenguaje no funciona únicamente mediante una lógica perfecta.
El significado depende del uso.
Así nacieron las Investigaciones filosóficas.
Con esta obra cambió nuevamente la historia de la filosofía.
Sus grandes amistades intelectuales
Además de Russell mantuvo relaciones intelectuales con:
G. E. Moore.
Frank Ramsey.
John Maynard Keynes.
Piero Sraffa.
Norman Malcolm.
Elizabeth Anscombe.
Georg Henrik von Wright.
Cada uno influyó en la evolución de su pensamiento.
Especialmente Piero Sraffa, cuyas críticas contribuyeron decisivamente al abandono de algunas tesis del Tractatus.
¿Padecía síndrome de Asperger?
Muchos investigadores actuales han planteado esta posibilidad.
Los argumentos suelen ser:
Extraordinaria inteligencia.
Dificultades sociales.
Necesidad extrema de aislamiento.
Rigidez intelectual.
Honestidad radical.
Intereses obsesivos.
Sensibilidad sensorial.
No obstante, ningún diagnóstico retrospectivo puede considerarse definitivo.
Resulta más prudente afirmar que presentó rasgos compatibles con un trastorno del espectro autista, sin convertir esa hipótesis en una certeza clínica.
La muerte y el suicidio
Toda su vida convivió con la idea de la muerte.
Paradójicamente, ello no lo condujo al nihilismo.
Lo llevó a buscar una existencia auténtica.
Escribió una frase que resume admirablemente su pensamiento:
"El mundo del hombre feliz es distinto del mundo del hombre infeliz."
No cambia el universo.
Cambia la manera de habitarlo.
Cuando enfermó de cáncer de próstata afrontó el final con serenidad.
Sus últimas palabras fueron:
"Díganles que he tenido una vida maravillosa."
Quien conocía sus sufrimientos quedó profundamente impresionado por esa afirmación.
La dimensión religiosa
Aunque nunca perteneció plenamente a una escuela teológica, Wittgenstein fue un hombre profundamente religioso.
Leía con frecuencia a San Agustín.
Admiraba a Kierkegaard.
Le fascinaba Dostoievski.
Sentía una profunda admiración por Francisco de Asís.
No pretendía demostrar racionalmente la existencia de Dios.
Consideraba que Dios pertenece al ámbito del sentido último de la existencia.
En cierta ocasión escribió:
"Creer en Dios significa comprender la cuestión sobre el sentido de la vida."
Esta frase resume probablemente toda su filosofía.
Conclusión
Ludwig Wittgenstein no quiso construir un sistema filosófico definitivo.
Quiso enseñar a pensar con honestidad.
Su vida demuestra que la filosofía puede convertirse en una forma radical de existencia.
Renunció a la riqueza.
Vivió en el aislamiento.
Sirvió como soldado.
Fue maestro, arquitecto y profesor universitario.
Transformó dos veces la filosofía contemporánea.
Pero quizá su mayor enseñanza sea otra.
Nos recordó que los problemas más importantes del ser humano no siempre encuentran solución mediante conceptos.
Hay preguntas que sólo pueden responderse viviendo.
Tal vez por eso su pensamiento continúa fascinando a filósofos, científicos, psicólogos y teólogos más de setenta años después de su muerte. En un tiempo dominado por la velocidad y la información, Wittgenstein sigue invitándonos a una tarea mucho más exigente: aprender a mirar con claridad, hablar con precisión y vivir con autenticidad.

