domingo, 16 de agosto de 2026

Domingo 20 (A) del tiempo ordinario



Hoy contemplamos la escena de la cananea: una mujer pagana, no israelita, que tenía la hija muy enferma, endemoniada, y oyó hablar de Jesús. Sale a su encuentro y con gritos le dice: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo» (Mt 15,22). No le pide nada, solamente le expone el mal que sufre su hija, confiando en que Jesús ya actuará.


Jesús “se hace el sordo”. ¿Por qué? Quizá porque había descubierto la fe de aquella mujer y deseaba acrecentarla. Ella continúa suplicando, de tal manera que los discípulos piden a Jesús que la despache. La fe de esta mujer se manifiesta, sobre todo, en su humilde insistencia, remarcada por las palabras de los discípulos: «Atiéndela, que viene detrás gritando» (Mt 15,23).


La mujer sigue rogando; no se cansa. El silencio de Jesús se explica porque solamente ha venido para la casa de Israel. Sin embargo, después de la resurrección, dirá a sus discípulos: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15).


Este silencio de Dios, a veces, nos atormenta. ¿Cuántas veces nos hemos quejado de este silencio? Pero la cananea se postra, se pone de rodillas. Es la postura de adoración. Él le responde que no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los perros. Ella le contesta: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos» (Mt 15,26-27).


Esta mujer es muy espabilada. No se enfada, no le contesta mal, sino que le da la razón. Tienes razón, Señor! Parece como si le dijera: —Soy como un perro, pero el perro está bajo la protección de su amo.


La cananea nos ofrece una gran lección: da la razón al Señor, que siempre la tiene. —No quieras tener la razón cuando te presentas ante el Señor. No te quejes nunca y, si te quejas, acaba diciendo: «Señor, que se haga tu voluntad».


Pensamientos para el Evangelio de hoy

«Aprendamos la humildad o, mejor, aferrémosla. Si aún no la poseemos, aprendámosla. Si la poseemos, no la perdamos» (San Agustín)


«El Señor no cierra los ojos ante las necesidades de sus hijos y, si a veces parece insensible a sus peticiones, es sólo para ponerlos a prueba y templar su fe» (Benedicto XVI)


«Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: ‘todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido’ (Mc 11,24) (…). Tanto como Jesús se entristece por la “falta de fe” de los de Nazaret y la “poca fe” de sus discípulos, así se admira ante la “gran fe” del centurión romano y de la cananea» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.610)

La historia del Corpus Biblicus



EL CORPUS BIBLICUS

Formación, estructura, transmisión y significado histórico-teológico de la Biblia

Introducción: ¿qué entendemos por Corpus Biblicus?

Hablar del Corpus Biblicus significa hablar de la Biblia no simplemente como un libro, sino como una biblioteca de libros que fueron compuestos, transmitidos, recopilados, interpretados y finalmente reconocidos como Escritura por comunidades religiosas concretas.

La palabra «Biblia» procede del griego biblía, plural de biblíon, «libro» o «librito». La expresión terminó designando no un único volumen originario, sino una colección de escritos considerados normativos para la fe.

Por eso existe una paradoja fundamental:

la Biblia es un libro que originalmente no fue un libro.

Es una biblioteca.

Contiene narraciones, leyes, genealogías, poemas, himnos, literatura sapiencial, profecía, literatura apocalíptica, evangelios, cartas, discursos y otros géneros.

Además, estos textos fueron escritos a lo largo de muchos siglos, por autores y comunidades diferentes, en contextos políticos, sociales y religiosos distintos.

Por ello, cuando hablamos del Corpus Biblicus, debemos distinguir al menos cuatro realidades:

los textos individuales;

las colecciones de textos;

el canon reconocido por una comunidad;

y el texto bíblico transmitido materialmente.

La Biblia que hoy sostiene un creyente entre sus manos es el resultado final de un larguísimo proceso histórico.


I. Biblia, Escritura y canon

Conviene distinguir tres conceptos.

Biblia designa el conjunto de libros.

Escritura designa aquellos escritos considerados normativos y sagrados por una comunidad religiosa.

Canon procede del griego kanṓn, «regla», «medida» o «norma».

En la historia cristiana, el canon terminó designando la lista de libros reconocidos como Escritura inspirada.

Esto significa que no debemos imaginar que primero existió una Biblia perfectamente delimitada y posteriormente las comunidades simplemente decidieron utilizarla.


Históricamente ocurrió algo más complejo:

se escribieron textos → se utilizaron en comunidades → se copiaron → se recopilaron → se interpretaron → adquirieron autoridad → fueron reconocidos progresivamente como Escritura.

La canonización fue, por tanto, un proceso.


II. El Antiguo Testamento y las Escrituras de Israel

Para comprender el Corpus Biblicus cristiano debemos comenzar por Israel.

Jesús no nació en una sociedad sin Escrituras.

Nació dentro del judaísmo del Segundo Templo.

Cuando Jesús habla de las Escrituras, está hablando fundamentalmente de las Escrituras de Israel.

El conjunto hebreo tradicional terminó estructurándose en tres grandes secciones:

Torá — Ley

Nevi'im — Profetas

Ketuvim — Escritos


De ahí procede la conocida expresión:

TaNaJ

formada por las iniciales de:

T — Torá

N — Nevi'im

K — Ketuvim.


La estructura del Tanaj no coincide exactamente con la estructura del Antiguo Testamento cristiano.

Y esto es muy importante.


III. La Torá

La primera gran colección es la Torá, término hebreo que significa fundamentalmente «instrucción», «enseñanza» o «ley».

Está constituida por cinco libros:

Génesis

Éxodo

Levítico

Números

Deuteronomio.


En griego reciben el nombre de Pentateuco, «cinco rollos» o «cinco libros».

La tradición judía los considera la parte fundamental de la Escritura.

Desde el punto de vista cristiano, constituyen también el comienzo del Antiguo Testamento.


IV. El Pentateuco como corpus

El Pentateuco presenta una extraordinaria unidad narrativa:

Creación → patriarcas → éxodo → alianza → Sinaí → desierto → llegada ante la tierra prometida.

Pero esta unidad literaria no significa necesariamente que los cinco libros hayan sido escritos por una única persona.

La investigación histórico-crítica ha identificado diferentes tradiciones, fuentes, capas literarias y procesos redaccionales.


Durante mucho tiempo se habló de la llamada:

Hipótesis Documentaria.


La clasificación clásica distinguía:

J — Yahvista

E — Elohista

D — Deuteronomista

P — Sacerdotal


Aunque la reconstrucción documental clásica ha sido ampliamente revisada y discutida, sigue siendo fundamental para comprender cómo la investigación moderna ha intentado explicar la complejidad interna del Pentateuco.

Hoy existe mayor pluralidad de modelos.

No existe consenso absoluto sobre el proceso exacto de composición.

Pero existe un amplio acuerdo en que el Pentateuco es el resultado de una larga historia de tradiciones y redacciones.


V. Los Profetas

La segunda gran sección del Tanaj es:

Nevi'im — los Profetas.

Se divide tradicionalmente en:


Profetas anteriores:

Josué

Jueces

Samuel

Reyes.


Profetas posteriores:

Isaías

Jeremías

Ezequiel

Los Doce Profetas.


Aquí encontramos otra diferencia importante respecto de las Biblias cristianas.

Samuel y Reyes son considerados parte de los Profetas en el canon hebreo.

En el Antiguo Testamento cristiano suelen aparecer entre los libros históricos.

Esto demuestra que el canon no consiste solamente en una lista, sino también en una determinada interpretación de la historia.

Para el judaísmo, la historia de Israel puede ser leída proféticamente.


VI. Los Escritos

La tercera sección es:

Ketuvim — Escritos.


Aquí encontramos una colección mucho más heterogénea:

Salmos

Proverbios

Job

Cantar de los Cantares

Rut

Lamentaciones

Eclesiastés

Ester

Daniel

Esdras-Nehemías

Crónicas.


Aquí aparecen poesía, sabiduría, narración, literatura apocalíptica y reflexión histórica.

El Corpus Biblicus demuestra así que «Escritura» no es un género literario.

Un poema puede ser Escritura.

Una genealogía puede ser Escritura.

Una narración histórica puede ser Escritura.

Una profecía puede ser Escritura.

Una carta puede ser Escritura.

Una visión apocalíptica puede ser Escritura.


VII. La Biblia hebrea no nació de una vez

Este punto es fundamental para los alumnos.

No podemos imaginar a Moisés escribiendo el Génesis, entregándolo al pueblo y produciendo automáticamente la Biblia.

La formación del corpus fue progresiva.


Podemos representarla esquemáticamente:

tradición oral



tradición escrita



colecciones



ediciones y redacciones



uso litúrgico



reconocimiento comunitario



canonización


Esta secuencia no debe entenderse como un mecanismo rígido idéntico para todos los libros.

Cada escrito tiene su propia historia.


VIII. Oralidad y escritura

Las sociedades antiguas eran profundamente orales.

La transmisión de una tradición no requería necesariamente un libro.

Historias familiares, genealogías, leyes, poemas, himnos y relatos religiosos podían conservarse oralmente durante generaciones.

La escritura comenzó a fijar determinadas tradiciones.

Pero una tradición escrita tampoco quedaba necesariamente congelada.


Podía ser:

copiada;

ampliada;

interpretada;

combinada con otras tradiciones;

adaptada a nuevas circunstancias.


Por eso encontramos dentro de la Biblia diferentes perspectivas sobre acontecimientos similares.


IX. Un ejemplo: los dos relatos de la creación

Génesis 1 y Génesis 2 ofrecen dos relatos diferentes de la creación.

En Génesis 1 encontramos una estructura ordenada:

día uno;

día dos;

día tres;

etc.

Dios crea mediante su palabra.

En Génesis 2 encontramos una narración mucho más antropomórfica.

Dios forma al ser humano del polvo.

Planta un jardín.

Forma animales.

Forma a la mujer.

No se trata de un problema que la Biblia tenga que «resolver».

Son dos tradiciones que fueron conservadas dentro del mismo corpus.

La Biblia no eliminó la diversidad.

La integró.

Esto constituye una de las características más fascinantes del Corpus Biblicus.


X. El problema de la inspiración

Desde la teología católica debemos introducir aquí una distinción esencial.

Decir que la Biblia es inspirada no significa necesariamente afirmar que Dios haya dictado literalmente cada palabra.

La doctrina cristiana clásica sostiene que Dios actuó mediante autores humanos reales.

La Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II afirma que:

«En la redacción de los libros sagrados Dios eligió a hombres, de los que se valió usando de sus propias facultades y medios».

Esto significa que la inspiración no elimina:

personalidad;

cultura;

lenguaje;

contexto histórico;

género literario;

limitaciones humanas.

La inspiración es compatible con la historicidad concreta del proceso de composición.


XI. Las lenguas del Corpus Biblicus

La Biblia no fue escrita originalmente en una sola lengua.

Fundamentalmente encontramos:

Hebreo

Arameo

Griego.

La mayor parte del Antiguo Testamento está escrita en hebreo.

Algunas secciones están en arameo.

Entre ellas destacan partes de:

Daniel 2–7

y

Esdras.

El Nuevo Testamento está escrito en griego koiné, aunque contiene numerosas expresiones y conceptos provenientes del hebreo y del arameo.

Esto tiene consecuencias enormes.

La Biblia que leemos en español ya es una traducción.

Por tanto:

Biblia española → traducción

Biblia latina → traducción

Septuaginta → traducción griega de las Escrituras hebreas

Texto masorético → tradición textual hebrea.


XII. La Septuaginta

La Septuaginta, generalmente abreviada LXX, es la antigua traducción griega de las Escrituras judías.

Su origen se sitúa principalmente entre los siglos III y II a. C., aunque diferentes libros fueron traducidos en momentos diferentes.

Según la tradición de la Carta de Aristeas, setenta y dos traductores produjeron la traducción.

Históricamente, esa narración posee elementos legendarios.

Pero la importancia de la Septuaginta es indiscutible.

Fue la Escritura de numerosos judíos de lengua griega.

Y tuvo una importancia extraordinaria para el cristianismo primitivo.


XIII. La Septuaginta y el cristianismo

Cuando el Nuevo Testamento cita las Escrituras de Israel, frecuentemente encontramos formulaciones más próximas a la Septuaginta que al texto hebreo masorético posterior.


Esto es especialmente importante en:

Mateo;

Lucas;

Hechos;

Pablo;

Hebreos.

El cristianismo primitivo recibió, por tanto, las Escrituras de Israel a través de un mundo textual plural.

Esto explica determinadas diferencias entre:

texto hebreo

y

texto griego.

No se trata necesariamente de «errores».

Son testimonios de una historia textual compleja.


XIV. El texto masorético

La tradición hebrea que conocemos como Texto Masorético fue transmitida y fijada especialmente por los maestros conocidos como masoretas, principalmente entre los siglos VI y X d. C.

Entre las familias textuales destacan tradiciones asociadas con centros como Tiberíades.


Los masoretas conservaron cuidadosamente:

consonantes;

vocalización;

acentos;

notas marginales;

variantes;

indicaciones de lectura.


El texto consonántico hebreo era mucho más antiguo.

Los masoretas no «inventaron» la Biblia hebrea.

Conservaron y sistematizaron una tradición textual anterior.


XV. Los manuscritos del Mar Muerto

El descubrimiento de los manuscritos del Mar Muerto, especialmente a partir de 1947, transformó el estudio textual de la Biblia.

Los manuscritos procedentes de Qumrán y otros lugares contienen textos bíblicos y no bíblicos.

Su cronología se sitúa aproximadamente entre los siglos III a. C. y I d. C.

Su importancia es extraordinaria porque proporcionan testimonios anteriores en muchos siglos al texto masorético medieval.


Y aquí aparece un descubrimiento fascinante:

el texto bíblico antiguo ya presentaba diversidad textual.

Algunos manuscritos están muy próximos al texto masorético.

Otros presentan afinidades con formas textuales relacionadas con la Septuaginta.

Otros muestran características propias.

Esto demuestra que el texto bíblico fue transmitido dentro de una pluralidad textual.


XVI. El canon judío y el canon cristiano

Aquí aparece una de las grandes cuestiones.

El judaísmo rabínico terminó reconociendo el Tanaj con:

24 libros.


El número es menor que los 39 libros del Antiguo Testamento protestante porque algunos libros que la Biblia cristiana cuenta separadamente son considerados un único libro en el canon hebreo.

Por ejemplo:

Los Doce Profetas = un solo libro.

Samuel = un libro.

Reyes = un libro.

Crónicas = un libro.

Esdras-Nehemías = un libro.


Por tanto:

24 libros hebreos ≠ 39 libros protestantes

en cuanto al contenido básico del canon hebreo.

La diferencia es principalmente de división y organización.


XVII. Los libros deuterocanónicos

Aquí entramos en una cuestión fundamental para comprender el canon católico.

La Biblia católica incluye libros que no forman parte del canon hebreo rabínico:

Tobías

Judit

Sabiduría

Eclesiástico/Sirácida

Baruc

1 Macabeos

2 Macabeos

además de determinadas secciones griegas de Ester y Daniel.


La Iglesia católica los denomina:

deuterocanónicos.

No significa que sean «menos inspirados».

Significa históricamente que su reconocimiento canónico fue objeto de discusión o de un proceso diferente respecto de otros libros.


XVIII. Protestantes y católicos

Las Biblias protestantes normalmente contienen:

39 libros del Antiguo Testamento

y

27 del Nuevo Testamento.

Total:

66 libros.

Las Biblias católicas contienen:

46 libros del Antiguo Testamento

y

27 del Nuevo Testamento.


Total:

73 libros.

La diferencia principal se encuentra en el Antiguo Testamento.

Las Iglesias ortodoxas pueden poseer cánones aún más amplios o diferentes según la tradición concreta.

Por tanto, no existe históricamente una única lista cristiana universal de libros bíblicos idéntica en todas las confesiones.


XIX. ¿Cuándo nació el canon del Nuevo Testamento?

Aquí debemos abandonar otra concepción simplista.

Jesús no dejó una lista de los 27 libros del Nuevo Testamento.

Tampoco los apóstoles dejaron un volumen titulado:


«Nuevo Testamento».

Primero existió la predicación apostólica.

Después comenzaron a circular escritos:

cartas de Pablo;

evangelios;

otros textos apostólicos;

literatura cristiana primitiva.

Algunas comunidades tenían determinados textos.

Otras tenían otros.

Con el tiempo se fue produciendo un consenso creciente.


XX. Pablo y las primeras colecciones cristianas

Las cartas de Pablo son algunos de los documentos cristianos más antiguos conservados.

Las cartas auténticamente paulinas suelen situarse aproximadamente entre los años:

50-60 d. C.

Eso significa que algunos textos del Nuevo Testamento fueron escritos apenas dos o tres décadas después de la muerte de Jesús.

Las cartas circularon.

Fueron copiadas.

Fueron reunidas en colecciones.

Y comenzaron a ser leídas públicamente en las comunidades.

2 Pedro 3,15-16 es especialmente interesante porque habla de las cartas de Pablo y parece colocarlas en relación con «las demás Escrituras».

Esto constituye un indicio temprano de la autoridad creciente de los escritos apostólicos.


XXI. Los cuatro Evangelios

Los evangelios canónicos son:

Mateo

Marcos

Lucas

Juan.


La tradición cristiana los atribuyó a determinadas figuras apostólicas o vinculadas con los apóstoles.

La investigación moderna distingue entre:

autor tradicional

y

proceso histórico de composición.

Marcos suele situarse aproximadamente hacia los años 65-75.

Mateo y Lucas, aproximadamente entre 80-90, aunque existen debates cronológicos.

Juan suele situarse hacia finales del siglo I.

Estas fechas son aproximadas.

No deben convertirse en dogmas históricos.


XXII. ¿Por qué cuatro evangelios?

La Iglesia no conservó un único relato de Jesús.

Conservó cuatro.

Esto es teológicamente significativo.

Mateo presenta a Jesús en profunda continuidad con Israel.

Marcos ofrece una narración dinámica y marcada por el sufrimiento del Mesías.

Lucas presenta una perspectiva particularmente sensible a la universalidad de la salvación.


Juan desarrolla una cristología extraordinariamente elevada:

«En el principio existía el Logos».

La Iglesia no eliminó estas diferencias.

Las conservó juntas.

La pluralidad se convirtió en riqueza.


XXIII. El canon de Muratori

Uno de los testimonios antiguos más importantes sobre el canon del Nuevo Testamento es el llamado:

Fragmento Muratoriano.

Su datación exacta es discutida, pero suele situarse hacia finales del siglo II.

El fragmento menciona diversos escritos considerados autorizados y proporciona información sobre los libros recibidos por determinadas comunidades cristianas.

No es todavía una lista idéntica al canon actual.

Pero demuestra que el proceso de delimitación estaba avanzado.


XXIV. Ireneo de Lyon

A finales del siglo II, Ireneo de Lyon defiende con fuerza la existencia de cuatro evangelios.

Su argumento es significativo.

La Iglesia no tiene un solo evangelio.

Tiene cuatro.

Para Ireneo, esta pluralidad posee un significado simbólico y teológico.

Esto muestra que hacia aproximadamente 180 d. C. los cuatro evangelios canónicos ya gozaban de una autoridad extraordinaria.


XXV. Atanasio y la lista de los 27 libros

Uno de los hitos más importantes es la Carta Festal 39 de Atanasio de Alejandría, del año 367 d. C.

En ella encontramos la lista de los 27 libros del Nuevo Testamento exactamente como aparecen en las Biblias cristianas actuales.

Esto no significa que en 367 «se inventara» el canon.

Significa que tenemos un testimonio antiguo particularmente claro de una lista que había ido consolidándose durante los siglos anteriores.


XXVI. Los concilios y el canon

En la tradición católica suele hablarse de concilios como:

Roma, 382

Hipona, 393

Cartago, 397 y 419.

Estos testimonios muestran listas canónicas cercanas al canon católico actual.


Pero conviene evitar una afirmación demasiado simple:

«El Concilio de Hipona decidió qué libros había que introducir en la Biblia».

La historia fue más gradual.

Los concilios formalizaron un consenso eclesial que ya se estaba desarrollando.


XXVII. El Concilio de Trento

En el contexto de la Reforma protestante, el Concilio de Trento, en 1546, definió solemnemente el canon católico.

La Iglesia católica confirmó como Escritura inspirada los libros que forman su canon actual, incluidos los deuterocanónicos.

Aquí aparece una cuestión histórica importante:

Trento no creó los deuterocanónicos.

La Iglesia latina los había utilizado durante muchos siglos.

Lo que hizo Trento fue formular dogmáticamente la posición católica en un contexto de controversia confesional.


XXVIII. El corpus como biblioteca

Podemos comprender ahora la verdadera naturaleza del Corpus Biblicus.

No es un texto homogéneo.

Es una biblioteca.

Dentro de ella encontramos:

mito teológico y narración histórica;

poesía;

sabiduría;

ley;

profecía;

literatura sapiencial;

apocalíptica;

evangelio;

carta;

genealogía;

himno;

oración.


Por eso no podemos leer todos los textos bíblicos de la misma manera.

Leer el Salmo 22 como si fuera un informe policial sería absurdo.

Leer Apocalipsis como si fuera un calendario cronológico de acontecimientos políticos contemporáneos sería igualmente absurdo.

Leer Génesis 1 ignorando su género literario produce problemas innecesarios.


XXIX. Canon y género literario

La interpretación correcta requiere preguntar:

¿Qué tipo de texto estoy leyendo?

Un salmo utiliza poesía.

Una ley utiliza lenguaje jurídico.

Una genealogía utiliza estructuras familiares.

Una profecía emplea imágenes.

Una apocalipsis utiliza símbolos.

Una carta argumenta.

Un evangelio narra e interpreta.

La verdad de un texto no depende de que todos los textos utilicen el mismo género.

Esta cuestión fue especialmente desarrollada por la exégesis contemporánea.


XXX. Historia y teología

Aquí llegamos a una cuestión esencial para una Facultad de Teología.

La Biblia contiene afirmaciones sobre acontecimientos históricos, pero no es simplemente una colección moderna de documentos históricos.

Su finalidad es teológica.


Por ejemplo:

El Éxodo no solamente pretende decir:

«un grupo salió de Egipto».


Pretende afirmar:

YHWH liberó a Israel.

La historia es interpretada teológicamente.


Del mismo modo:

La caída de Jerusalén no es solamente un acontecimiento militar.

Es interpretada como crisis de la alianza.


La resurrección de Cristo no es solamente presentada como acontecimiento.

Es proclamada como acontecimiento salvífico.

La Biblia interpreta la historia.


XXXI. El problema de la historicidad

Esto no significa que todo sea inventado.


La crítica histórica pregunta:

¿Qué ocurrió?

¿Qué fuentes tenemos?

¿Cuándo fueron redactadas?

¿Qué tradiciones contienen?

¿Qué elementos pueden corroborarse externamente?

¿Qué elementos pertenecen a la interpretación religiosa?


La fe puede afirmar una verdad teológica sin convertir cada detalle narrativo en una proposición historiográfica moderna.

Esta distinción es especialmente importante para una enseñanza universitaria.


XXXII. El Nuevo Testamento como relectura del Antiguo

El cristianismo interpreta las Escrituras de Israel a partir de Cristo.

Esto es fundamental.

Los autores del Nuevo Testamento leen:

Génesis;

Éxodo;

Salmos;

Isaías;

Jeremías;

Ezequiel;

Daniel;

y otros textos,

desde el acontecimiento de Jesús.

Por eso encontramos fórmulas como:

«para que se cumpliera lo dicho por el profeta».

El cristianismo no comienza con un libro completamente nuevo.

Comienza interpretando las Escrituras de Israel desde Jesús.


XXXIII. La unidad cristiana del Corpus

Aquí aparece uno de los conceptos centrales de la teología cristiana:

la unidad de los dos Testamentos.

El Antiguo Testamento no sería simplemente un libro antiguo sustituido por el Nuevo.

Para el cristianismo, existe una relación de:

promesa → cumplimiento

figura → realidad

alianza → nueva alianza

sombra → plenitud

aunque estas categorías deben utilizarse con cuidado para evitar desvalorizar el judaísmo.

La tradición cristiana afirma que Cristo es la clave hermenéutica del conjunto.


XXXIV. Cristo como centro del Corpus Biblicus

Desde una perspectiva cristiana, la Biblia posee una estructura cristológica.

Juan comienza:

«En el principio existía el Logos».

Lucas presenta a Cristo explicando las Escrituras después de la resurrección.

Pablo interpreta la historia de Israel desde Cristo.

Hebreos interpreta sacerdocio, sacrificio y templo desde Cristo.

Apocalipsis retoma imágenes de Daniel, Ezequiel, Isaías y otros profetas.


La Biblia cristiana puede ser entendida, por tanto, como una gran historia:

Creación → alianza → promesa → Israel → profetas → espera mesiánica → Cristo → Iglesia → consumación.


XXXV. El Apocalipsis como culminación

El último libro cristiano es Apocalipsis.

No termina con la restauración del templo de Jerusalén.

Termina con una imagen sorprendente:

«No vi en ella templo alguno, porque su templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero».

La Nueva Jerusalén no necesita templo.

¿Por qué?

Porque la presencia de Dios lo llena todo.

Esta afirmación puede ponerse en relación con toda la historia que estudiamos anteriormente:

Tabernáculo → Templo → destrucción → Cristo → Iglesia → Nueva Jerusalén.


La historia del Corpus Biblicus termina llevando la cuestión del templo hasta su radicalización escatológica:

Dios mismo es el templo.


XXXVI. La transmisión material

La Biblia no nos ha llegado como un manuscrito original escrito por Moisés, Isaías, Pablo o Juan.

No conservamos los autógrafos.

Tenemos copias.

Y esas copias contienen variantes.

Esto no significa que el texto sea «inservible».

Al contrario.

La crítica textual compara manuscritos para reconstruir, con el mayor grado de probabilidad posible, el texto más antiguo alcanzable.


Entre las fuentes fundamentales tenemos:

Manuscritos hebreos

Manuscritos griegos

Manuscritos del Mar Muerto

Papiros del Nuevo Testamento

Códices antiguos

Vulgata latina

Siríaca Peshitta

Copto

y otras versiones antiguas.


XXXVII. Los grandes códices cristianos

Entre los manuscritos griegos más importantes encontramos:

Codex Vaticanus

siglo IV.


Codex Sinaiticus

siglo IV.


Codex Alexandrinus

siglo V.


Codex Bezae

siglo V.


Estos códices son fundamentales para la crítica textual del Nuevo Testamento y de la Septuaginta.

El Codex Sinaiticus es especialmente importante porque contiene una de las colecciones más antiguas de gran parte de la Biblia cristiana.


XXXVIII. ¿Existen contradicciones en el Corpus?

La respuesta académica debe ser:

existen diferencias, tensiones y aparentes contradicciones entre determinados textos.


Por ejemplo:

las genealogías de Jesús en Mateo y Lucas no coinciden completamente.

Los relatos de la resurrección presentan diferencias narrativas.

Samuel y Crónicas pueden presentar perspectivas diferentes sobre acontecimientos similares.

Los relatos de Reyes y Crónicas ofrecen interpretaciones diferentes de la historia de la monarquía.

La cuestión teológica consiste en decidir qué hacemos con esas diferencias.

La respuesta cristiana madura no necesita negar su existencia.


Puede reconocer que:

la inspiración no exige uniformidad literaria absoluta.


XXXIX. Unidad dentro de la diversidad

La grandeza del Corpus Biblicus reside precisamente en esta tensión:

unidad y diversidad.


Diversidad:

autores;

épocas;

lenguas;

géneros;

comunidades;

perspectivas.


Unidad:

creación;

alianza;

pecado;

llamada;

promesa;

liberación;

juicio;

misericordia;

esperanza;

salvación.


Desde la teología cristiana, esta unidad alcanza su centro en Cristo.

Desde la historia de las religiones, podemos hablar de una tradición que se interpreta progresivamente a sí misma.


XL. Una perspectiva filosófica

Desde la filosofía de la religión podemos formular una pregunta todavía más profunda:

¿Qué significa que un texto histórico sea considerado revelado?

Un texto bíblico posee simultáneamente varias dimensiones:

histórica: nació en un contexto determinado;

literaria: posee una forma concreta;

lingüística: utiliza lenguas humanas;

comunitaria: fue transmitido por comunidades;

canónica: fue reconocido como Escritura;

teológica: pretende hablar de Dios;

hermenéutica: cada generación vuelve a interpretarlo.

La revelación cristiana no consiste simplemente en la entrega de un libro.

La revelación es primariamente Dios mismo comunicándose en la historia.

El libro es el testimonio normativo de esa revelación.

Esta distinción es esencial.


XLI. Cristo no es simplemente un personaje de la Biblia

Aquí encontramos uno de los puntos centrales de la teología cristiana.

Para el cristianismo:

la revelación no es fundamentalmente un texto.

Es una Persona.

Cristo es el Logos.


El Evangelio de Juan lleva esta afirmación hasta sus últimas consecuencias:

«Y el Logos se hizo carne».


Por tanto:

Escritura → testimonio de la revelación

pero

Cristo → plenitud de la revelación cristiana.


La Biblia cristiana apunta más allá de sí misma.


XLII. El Corpus Biblicus y la Iglesia

La Iglesia tampoco nació simplemente después de la Biblia.

Históricamente ocurrió lo contrario.


Primero encontramos:

Israel → Escrituras → Jesús → apóstoles → comunidades cristianas → escritos apostólicos → canon del Nuevo Testamento.


Por eso existe una relación histórica muy profunda:

la comunidad contribuyó a transmitir y reconocer los textos que posteriormente formarían el canon.

La Iglesia no «inventó» la revelación.

Pero sí participó históricamente en el reconocimiento y transmisión de los escritos que constituyen el Nuevo Testamento.


XLIII. El canon como memoria colectiva

Desde una perspectiva antropológica podemos comprender el canon como una forma de memoria colectiva normativizada.

Una comunidad decide qué textos deben ser conservados porque considera que contienen su identidad fundamental.


Israel conserva:

Abraham;

Moisés;

David;

éxodo;

alianza;

profetas;

exilio;

restauración.


La Iglesia conserva:

Jesús;

apóstoles;

pasión;

resurrección;

Espíritu;

Iglesia;

esperanza escatológica.


El canon es, en este sentido, una memoria que ha adquirido autoridad normativa.


XLIV. El Corpus Biblicus como biblioteca de la memoria occidental

La influencia de la Biblia excede completamente las fronteras religiosas.


Ha configurado:

filosofía;

literatura;

pintura;

música;

derecho;

política;

arquitectura;

ética;

antropología;

lenguaje.


Sin conocer la Biblia es imposible comprender adecuadamente una parte enorme de la cultura europea y americana.

Adán y Eva.

Caín y Abel.

Noé.

Abraham.

Moisés.

David.

Job.

Jonás.

Jesús.

Judas.

El Apocalipsis.


Todos ellos han penetrado profundamente en la imaginación occidental.


XLV. La Biblia como texto vivo

La Biblia ha sobrevivido porque ha sido continuamente reinterpretada.

Una comunidad lee un texto antiguo y encuentra en él nuevas preguntas.

Eso no significa que cualquier interpretación sea legítima.


La hermenéutica necesita:

contexto histórico + lengua + género literario + tradición textual + contexto canónico + tradición interpretativa.


La interpretación responsable debe evitar dos extremos:

fundamentalismo ingenuo

y

relativismo absoluto.


El primero convierte todos los textos en reportajes modernos.

El segundo considera que cualquier interpretación tiene el mismo valor.

Ninguno de los dos hace justicia al corpus.


XLVI. El Corpus Biblicus como proceso

Podemos resumir todo el proceso de la siguiente manera:

Tradición



Oralidad



Escritura



Redacción



Colección



Uso litúrgico



Transmisión manuscrita



Reconocimiento comunitario



Canon



Traducción



Interpretación



Tradición teológica


La Biblia que conocemos es el resultado de este extraordinario proceso.


XLVII. Una cronología general

Como esquema pedagógico para los alumnos:

c. 1200-1000 a. C.

Formación y consolidación de Israel en Canaán.



siglo X a. C.

Monarquía y Jerusalén.



siglos VIII-VI a. C.

Gran desarrollo de la literatura profética.



586/587 a. C.

Destrucción de Jerusalén y exilio babilónico.



siglos VI-IV a. C.

Período persa y reconstrucción del templo.



siglos IV-II a. C.

Período helenístico y desarrollo de la literatura sapiencial y apocalíptica.



siglos III-I a. C.

Traducción y expansión de la Septuaginta.



siglo II-I a. C.

Diversidad textual atestiguada por los manuscritos del Mar Muerto.



c. 50-60 d. C.

Cartas paulinas.



c. 65-100 d. C.

Evangelios y demás escritos del Nuevo Testamento.



finales del siglo I

Consolidación progresiva de las comunidades apostólicas y de sus colecciones literarias.



siglo II

Mayor reconocimiento de los cuatro Evangelios y de buena parte del corpus paulino.



siglos III-IV

Proceso avanzado de delimitación del canon.



367 d. C.

Carta Festal 39 de Atanasio: lista de los 27 libros del Nuevo Testamento.



siglos IV-V

Consolidación de listas canónicas occidentales.



1546

Concilio de Trento y definición dogmática del canon católico.


XLVIII. Conclusión: un libro que nació como biblioteca

El Corpus Biblicus es uno de los fenómenos culturales, religiosos y literarios más extraordinarios de la historia humana.

No nació de una sola pluma.

No fue escrito en una sola lengua.

No apareció en una sola época.

No posee un único género literario.

No fue transmitido mediante un único manuscrito.

No fue canonizado simultáneamente por todas las comunidades.

Y, sin embargo, llegó a constituir para millones de personas una unidad religiosa extraordinariamente poderosa.

Desde la perspectiva histórica, es una biblioteca formada durante siglos.

Desde la perspectiva literaria, es una colección de géneros diversos.

Desde la perspectiva antropológica, es la memoria normativa de comunidades religiosas.

Desde la perspectiva filosófica, plantea cuestiones fundamentales sobre verdad, historia, lenguaje, memoria y revelación.

Desde la perspectiva judía, constituye el testimonio fundamental de la alianza y de la historia de Israel.

Desde la perspectiva cristiana, constituye el testimonio escrito de una historia cuyo centro es Cristo.

Y desde la teología cristiana podemos formular finalmente la afirmación más radical:

la Biblia no es Dios.

La Biblia es Escritura.

La Escritura da testimonio de la revelación.

Y para el cristianismo, la plenitud de esa revelación no es un libro, sino una Persona:

el Logos hecho carne.


Por eso el Corpus Biblicus comienza con:

«En el principio creó Dios...»


y el Nuevo Testamento alcanza su centro en:

«Y el Logos se hizo carne».


Y termina, finalmente, no con una biblioteca, ni con un templo, ni siquiera con un texto, sino con la presencia de Dios:

«He aquí la morada de Dios con los hombres».

La historia del Corpus Biblicus puede contemplarse así como el largo recorrido mediante el cual una tradición humana aprende a conservar, interpretar y transmitir una pregunta fundamental:


¿cómo puede lo eterno entrar en la historia sin dejar de ser eterno?

Para la fe cristiana, la respuesta última no es un concepto.

Es Cristo.