viernes, 2 de octubre de 2026

¿Qué significa «Palestina»?

 


¿Qué significa «Palestina»?

Aquí hay que ser particularmente precisos porque el término tiene una historia lingüística antiquísima y posteriormente adquirió significados políticos y geográficos diferentes.

El nombre Palestina está relacionado con el término utilizado para los filisteos.

La cadena histórica es aproximadamente:


Peleset → Peleshet → Philistia → Palaestina → Palestina


En hebreo bíblico aparece el término פְּלֶשֶׁת (Pĕlešet), «Filistea», es decir, la tierra de los filisteos.

La Septuaginta griega utiliza formas relacionadas con Philistie/Philistim.

Posteriormente, en latín, Palaestina se convirtió en una denominación geográfica.


Los romanos utilizaron oficialmente Syria Palaestina después de la revuelta de Bar Kojba (132–135 d. C.), cuando la provincia romana de Judea fue reorganizada administrativamente.


Aquí hay que introducir una precisión importante: no es correcto decir simplemente que Roma «inventó Palestina» después de la revuelta de Bar Kojba.


El término ya existía mucho antes.

Heródoto, por ejemplo, utiliza una forma griega relacionada con Palaistinē en el siglo V a. C. para referirse a una región del Levante.

Es decir, el término tiene una historia anterior a Roma.

Lo que Roma hizo fue convertir Palaestina en una denominación administrativa provincial de enorme importancia histórica.


¿«Palestina» significa «tierra de los filisteos»?

En su origen etimológico, la conexión es muy fuerte.


Pĕlešet = Filistea.


Palaistinē = denominación griega relacionada.


Palaestina = forma latina.


Por eso es razonable explicar «Palestina» como un nombre históricamente relacionado con Filistea/los filisteos.


Pero hay que evitar una conclusión equivocada:

Palestina no significa que toda la región estuviera habitada exclusivamente por filisteos.

Filistea era originalmente una región concreta de la costa meridional, mientras que con el tiempo «Palestina» pasó a designar un territorio geográfico mucho más amplio.

Es exactamente el tipo de fenómeno que ocurre cuando un nombre inicialmente asociado a una población termina convirtiéndose en el nombre de una región.


El mapa conceptual completo

Si ponemos todo junto, aparece un panorama extraordinariamente rico:


EL


↓

divinidad suprema del antiguo Levante

↓

Aserá/Athirat, consorte

↓

asamblea divina / hijos de El

↓

entre ellos, diversas divinidades

↓

Baal, dios de la tormenta


Paralelamente, en el plano histórico:


CANAÁN


↓

amplio mundo cultural semítico noroccidental


De ese mundo encontramos:


fenicios → ciudades costeras septentrionales

israelitas/hebreos → comunidades cananeas que desarrollan identidad israelita

moabitas → al este del Jordán

amonitas → Transjordania

edomitas → al sur/sureste

filisteos → costa meridional, con una importante aportación egea inicial


Y posteriormente:


Pĕlešet / Filistea


↓


Palaistinē


↓


Palaestina


↓


Palestina


Aquí aparece una de las cuestiones más fascinantes de la historia de las religiones: el Israel bíblico no aparece fuera del mundo cananeo, sino dentro de él, y precisamente por eso resulta tan interesante estudiar cómo Yahvé acaba diferenciándose de El, Baal, Aserá y las demás divinidades del entorno hasta llegar a la afirmación bíblica del monoteísmo.

¿Qué relación existe entre fenicios y cananeos?



¿Qué relación existe entre fenicios y cananeos?

Aquí debemos introducir una distinción histórica fundamental.

Los fenicios eran cananeos.

«Fenicio» es principalmente una denominación posterior, de origen griego, para las poblaciones cananeas de la franja costera septentrional del Levante.

Los propios habitantes de las ciudades fenicias no constituían necesariamente una nación unificada llamada «Fenicia».

Existían ciudades-estado como:

Biblos

Sidón

Tiro

Arvad


Cada una poseía sus propias estructuras políticas.

Los griegos utilizaron el término Phoinikes, que los romanos latinizaron como Phoenices. De ahí procede «fenicios».

Los fenicios hablaban lenguas cananeas. Su religión también pertenece al ámbito religioso cananeo.


Por tanto:

Cananeo = categoría cultural y lingüística más amplia.

Fenicio = denominación histórica de determinados pueblos cananeos, especialmente los de las ciudades de la costa levantina septentrional.

Y esto explica por qué encontramos tantas semejanzas entre la religión fenicia y la religión de Ugarit, Israel, Moab, Amón y otros pueblos del Levante.

Todos ellos pertenecen, con sus diferencias, a un amplio mundo cultural semítico noroccidental.


¿Y qué relación tenían los cananeos con los hebreos?

Aquí la cuestión es todavía más interesante.

Los antiguos israelitas/hebreos formaron parte del mundo cananeo, especialmente en las primeras etapas de su historia.

Esto no significa que «hebreos = cananeos» sin más.

Significa que Israel surgió dentro del mismo espacio cultural, lingüístico y religioso del Levante.

El hebreo es una lengua cananea dentro de la familia de las lenguas semíticas noroccidentales.

El fenicio también pertenece a las lenguas cananeas.

El moabita también presenta una relación muy estrecha con el hebreo.

Por eso la inscripción de la estela de Mesa, del siglo IX a. C., escrita en moabita, resulta tan importante: lingüísticamente se encuentra extraordinariamente cerca del hebreo bíblico.

Podemos imaginar el panorama así:

Lenguas semíticas noroccidentales

→ grupo cananeo

→ hebreo

→ fenicio

→ moabita

→ amonita

→ edomita

→ otras variedades levantinas


No significa que todos fueran una sola población.

Significa que compartían una familia lingüística y una matriz cultural común.


¿Entonces Israel apareció dentro de Canaán?

Históricamente, la respuesta más razonable es sí: el antiguo Israel surgió dentro del mundo cananeo.

La arqueología del período de transición entre la Edad del Bronce y la Edad del Hierro muestra una continuidad considerable entre poblaciones cananeas anteriores y las nuevas comunidades identificadas como israelitas.

Esto resulta especialmente importante porque obliga a matizar una lectura excesivamente simplificada del relato bíblico de la conquista.

El texto bíblico presenta a Israel entrando en la tierra y enfrentándose a los cananeos.

La arqueología, sin embargo, muestra una realidad más compleja: parte importante de la población que acabó formando Israel procedía de las propias poblaciones locales de Canaán.

La identidad israelita se fue formando progresivamente.

Esto no invalida automáticamente el relato bíblico; significa que debemos distinguir entre la memoria teológica y literaria de Israel y la reconstrucción histórica y arqueológica de sus orígenes.

¿Quiénes eran los filisteos?



Los filisteos fueron un pueblo que se estableció en la franja meridional de la costa de Canaán, aproximadamente en la zona que comprende las ciudades bíblicas de Gaza, Ascalón, Asdod, Ecrón y Gat.

Estas cinco ciudades constituyen la conocida pentápolis filistea.

Los filisteos aparecen repetidamente en la Biblia como adversarios de los israelitas, especialmente durante el período de los Jueces y los primeros tiempos de la monarquía.

Sansón, Saúl y David aparecen relacionados con conflictos filisteos. El episodio de David y Goliat, por ejemplo, pertenece precisamente a este contexto.

Pero la arqueología ha complicado considerablemente la imagen bíblica.

Durante mucho tiempo se pensó que los filisteos eran simplemente «cananeos» que habitaban la costa. Actualmente existe evidencia considerable de que su cultura presenta elementos procedentes del Mediterráneo oriental y del mundo egeo, aunque se mezclaron rápidamente con las poblaciones locales.

Su aparición se relaciona habitualmente con los denominados Pueblos del Mar, aunque hay que evitar afirmar que «los filisteos = los Pueblos del Mar». La relación histórica existe, pero la identificación no es tan sencilla.

Los egipcios de época de Ramsés III mencionan a los Peleset, generalmente relacionados con los filisteos. Las representaciones de Medinet Habu muestran a estos grupos dentro de las migraciones y conflictos del Mediterráneo oriental de finales de la Edad del Bronce.

La arqueología filistea también muestra elementos egeos en cerámica, arquitectura, alimentación y prácticas culturales, particularmente durante las primeras fases de asentamiento.

Sin embargo, con el paso del tiempo los filisteos se levantinizaron.

Es decir, no permanecieron culturalmente «europeos» o «egeos». Adoptaron progresivamente lengua, prácticas religiosas, costumbres y estructuras locales.

Por eso debemos pensar en ellos como una población que llegó al Levante y se integró en el mundo cananeo, conservando inicialmente determinados rasgos propios.


¿Y dónde quedan los filisteos dentro de este mapa?

Aquí podemos establecer una distinción muy útil:


Cananeos: población autóctona del Levante meridional y septentrional, con una cultura semítica noroccidental.

Fenicios: poblaciones cananeas de las ciudades costeras septentrionales.

Hebreos/israelitas: población que surgió dentro del ámbito cananeo y desarrolló progresivamente una identidad propia alrededor de Israel y Yahvé.

Filisteos: población establecida principalmente en la costa meridional de Canaán, con elementos culturales inicialmente relacionados con el Mediterráneo oriental/egeo, que posteriormente se integró profundamente en el mundo levantino.


Por eso no debemos colocarlos como cuatro pueblos completamente aislados.

Había contacto, comercio, guerras, matrimonios, intercambio cultural y asimilación.


¿Qué significa «Palestina»?

Aquí hay que ser particularmente precisos porque el término tiene una historia lingüística antiquísima y posteriormente adquirió significados políticos y geográficos diferentes.

El nombre Palestina está relacionado con el término utilizado para los filisteos.

La cadena histórica es aproximadamente:

Peleset → Peleshet → Philistia → Palaestina → Palestina


En hebreo bíblico aparece el término פְּלֶשֶׁת (Pĕlešet), «Filistea», es decir, la tierra de los filisteos.


La Septuaginta griega utiliza formas relacionadas con Philistie/Philistim.

Posteriormente, en latín, Palaestina se convirtió en una denominación geográfica.

Los romanos utilizaron oficialmente Syria Palaestina después de la revuelta de Bar Kojba (132–135 d. C.), cuando la provincia romana de Judea fue reorganizada administrativamente.

Aquí hay que introducir una precisión importante: no es correcto decir simplemente que Roma «inventó Palestina» después de la revuelta de Bar Kojba.


El término ya existía mucho antes.

Heródoto, por ejemplo, utiliza una forma griega relacionada con Palaistinē en el siglo V a. C. para referirse a una región del Levante.

Es decir, el término tiene una historia anterior a Roma.

Lo que Roma hizo fue convertir Palaestina en una denominación administrativa provincial de enorme importancia histórica.


¿«Palestina» significa «tierra de los filisteos»?


En su origen etimológico, la conexión es muy fuerte.


Pĕlešet = Filistea.


Palaistinē = denominación griega relacionada.


Palaestina = forma latina.


Por eso es razonable explicar «Palestina» como un nombre históricamente relacionado con Filistea/los filisteos.

Pero hay que evitar una conclusión equivocada:

Palestina no significa que toda la región estuviera habitada exclusivamente por filisteos.

Filistea era originalmente una región concreta de la costa meridional, mientras que con el tiempo «Palestina» pasó a designar un territorio geográfico mucho más amplio.

Es exactamente el tipo de fenómeno que ocurre cuando un nombre inicialmente asociado a una población termina convirtiéndose en el nombre de una región.


El mapa conceptual completo

Si ponemos todo junto, aparece un panorama extraordinariamente rico:


EL


↓

divinidad suprema del antiguo Levante

↓

Aserá/Athirat, consorte

↓

asamblea divina / hijos de El

↓

entre ellos, diversas divinidades

↓

Baal, dios de la tormenta


Paralelamente, en el plano histórico:


CANAÁN


↓

amplio mundo cultural semítico noroccidental


De ese mundo encontramos:


fenicios → ciudades costeras septentrionales

israelitas/hebreos → comunidades cananeas que desarrollan identidad israelita

moabitas → al este del Jordán

amonitas → Transjordania

edomitas → al sur/sureste

filisteos → costa meridional, con una importante aportación egea inicial


Y posteriormente:


Pĕlešet / Filistea


↓


Palaistinē


↓


Palaestina


↓


Palestina


Aquí aparece una de las cuestiones más fascinantes de la historia de las religiones: el Israel bíblico no aparece fuera del mundo cananeo, sino dentro de él, y precisamente por eso resulta tan interesante estudiar cómo Yahvé acaba diferenciándose de El, Baal, Aserá y las demás divinidades del entorno hasta llegar a la afirmación bíblica del monoteísmo.

¿Quién es Baal?



Baal (hebreo בַּעַל, baʿal) significa literalmente «señor», «amo» o «dueño». Al principio es un título que podía aplicarse a distintas divinidades; posteriormente se convirtió en la designación característica de una importante divinidad del Levante, especialmente del dios de la tormenta conocido en los textos de Ugarit como Baʿlu.

La principal documentación procede de Ugarit, ciudad situada en la costa septentrional de la actual Siria, destruida hacia finales del siglo XIII a. C. Sus textos, escritos en una lengua semítica estrechamente relacionada con el hebreo, permiten reconstruir buena parte de la mitología cananea.

En el ciclo ugarítico, Baal es fundamentalmente el dios de la tormenta, la lluvia, la fertilidad y el poder regio. Su arma característica es el rayo. Su dominio sobre la lluvia tiene una importancia evidente en sociedades agrícolas dependientes de las precipitaciones.

Pero Baal no es «el dios supremo» del panteón ugarítico. Ese lugar corresponde a El.

La estructura aproximada sería:

El → padre y autoridad suprema del panteón

Athirat/Aserá → consorte de El

Baal → poderoso dios de la tormenta

Asamblea divina → conjunto de divinidades vinculadas a El

El relato mítico más importante es el denominado Ciclo de Baal, donde se narran sus conflictos con Yam, asociado al mar y al caos, y con Mot, relacionado con la muerte y la esterilidad.

Esto resulta especialmente interesante para la Biblia porque algunos atributos de Baal —tormenta, nubes, lluvia, dominio sobre las aguas— aparecen también atribuidos a Yahvé. El Salmo 29 constituye un ejemplo particularmente significativo, aunque la cuestión de si procede directamente de un antiguo himno a Baal sigue siendo discutida.

La Biblia polemiza constantemente contra el culto a Baal. En 1 Reyes 18, por ejemplo, la confrontación entre Elías y los profetas de Baal representa una disputa por la identidad del verdadero Dios de Israel.

Por tanto, cuando la Biblia habla de «Baal», no está hablando simplemente de «un demonio» en el sentido cristiano posterior. Baal fue originalmente una divinidad del antiguo Levante. La demonización posterior de divinidades extranjeras constituye un proceso histórico-teológico diferente.

¿El Dios El (ʾIl/Ilu) es el padre de los 72 Elohim y los Baales?



Sí, pero aquí conviene hacer una precisión importante porque estás tocando un punto real de la religión cananea, aunque la formulación de «72 Elohim» requiere matices.

En la mitología cananea de Ugarit, El (ʾIl/Ilu) ocupa efectivamente la posición de divinidad suprema y aparece como padre o progenitor de numerosas divinidades. Athirat (Aserá) aparece como su consorte. El es presentado como una figura patriarcal del panteón: anciano, creador/padre de los dioses y cabeza de la asamblea divina.

Los textos ugaríticos utilizan expresiones como «los hijos de El» (bn ʾil) para referirse al ámbito de las divinidades que constituyen su corte o familia divina. Baal pertenece a ese mundo divino y aparece en relación genealógica y política con El, aunque su posición exacta dentro de la genealogía varía según los textos y las reconstrucciones académicas.

Ahora bien, la afirmación de que «El era el padre de los 72 Elohim» necesita una corrección histórica.

No tenemos en los textos cananeos conservados una doctrina explícita según la cual El tuviera exactamente 72 hijos llamados Elohim. El número 72 procede de una combinación posterior de tradiciones y de determinadas interpretaciones del material bíblico y ugarítico, pero no podemos presentarlo como una doctrina cananea documentada.

Hay, sin embargo, un dato extraordinariamente interesante que probablemente está detrás de tu planteamiento.

En Deuteronomio 32,8, la tradición textual más antigua conservada en Qumrán y reflejada también en la Septuaginta presenta una lectura que difiere del texto masorético.

La reconstrucción suele ser:

«Cuando Elyón repartió las naciones,

cuando separó a los hijos de Adán,

fijó las fronteras de los pueblos

según el número de los hijos de Dios (bene ʾelohim).»

El texto masorético, en cambio, tiene:

«según el número de los hijos de Israel.»

Esto es importantísimo porque muestra una antigua concepción según la cual Elyón distribuye las naciones entre seres divinos.

Además, Deuteronomio 32,9 continúa:

«Pero la porción de Yahvé fue su pueblo,

Jacob, la parte de su heredad.»

La estructura conceptual que aparece aquí es muy antigua:

Elyón → hijos divinos → naciones → Yahvé → Israel.

Esto guarda un notable paralelismo con la concepción de una asamblea divina presente en la literatura ugarítica.

Pero aquí hay que distinguir cuidadosamente El, Elyón, Elohim y Yahvé, porque si los fusionamos demasiado pronto perdemos precisamente el fenómeno histórico que queremos estudiar.


En Ugarit:

El = divinidad suprema, padre de los dioses.

Athirat/Aserá = consorte de El.

Baal = importante divinidad de la tormenta, perteneciente al mundo de los hijos/divinidades de El.

«Hijos de El» = colectivo divino asociado a la corte de El.


En la Biblia hebrea:

El/Eloah/Elohim = vocabulario semítico de «Dios/dios».

Elyón = «Altísimo», título divino.

Yahvé = nombre propio del Dios de Israel.

bene ʾelohim / bene elim = «hijos de Dios/divinidad», expresión que puede designar seres de la esfera divina.


Y aquí ocurre algo teológicamente fascinante: la Biblia conserva elementos de la antigua estructura semítica de la asamblea divina, pero los reorganiza progresivamente alrededor de Yahvé.

Por ejemplo, Salmo 82,1 dice:

«Elohim se levanta en la asamblea divina;

en medio de los elohim juzga.»

Aquí el mismo término elohim puede funcionar en dos niveles: Elohim como designación del Dios supremo y elohim como designación de otros seres divinos.

Esto demuestra por qué no debemos traducir automáticamente todos los elohim por «Dios».

Y hay otro elemento extraordinariamente importante: el número 70/72.

En el mundo bíblico antiguo existe una tradición sobre las naciones del mundo relacionada con 70. Génesis 10 presenta la llamada «tabla de las naciones», y en la tradición hebrea el número de naciones suele contabilizarse como 70, mientras que la Septuaginta de Deuteronomio 32,8 conserva una lectura asociada a «ángeles de Dios» y la tradición textual griega puede conducir al número 72 dependiendo de cómo se contabilicen las naciones.

Por eso algunos investigadores relacionan:

70/72 naciones → 70/72 seres celestiales → distribución divina de las naciones.

Pero eso no equivale a demostrar que la religión cananea poseyera una doctrina formal de «72 Elohim».

La formulación históricamente más segura sería:

En la antigua religión semítica occidental, El aparece como la divinidad suprema y padre de la familia divina, acompañado por Athirat/Aserá como consorte. Los textos ugaríticos hablan de los «hijos de El», dentro de una asamblea divina en la que se encuentra Baal. La Biblia hebrea conserva vestigios de una concepción semejante de la asamblea divina, particularmente en Deuteronomio 32 y Salmo 82, pero posteriormente reinterpreta esta estructura en una dirección monoteísta centrada en Yahvé. La asociación exacta con un grupo de 72 Elohim no está documentada de manera directa en las fuentes cananeas conservadas.

Y esto nos permite hacer una reconstrucción mucho más interesante que simplemente decir «los cananeos eran politeístas».

Tenemos, esquemáticamente:

EL + ASERÁ

↓

familia/asamblea divina

↓

hijos de El / seres divinos

↓

Baal y otras divinidades

↓

dominios y pueblos


Mientras que en determinados estratos bíblicos podemos observar una transformación:


EL / ELYÓN

↓

asamblea de seres divinos

↓

YAHVÉ

↓

Israel como heredad


Y posteriormente:


YAHVÉ = EL = ELYÓN = único Dios

↓

los demás elohim dejan de ser dioses verdaderos y pasan a ser seres celestiales, ángeles o poderes subordinados.

Este proceso es fundamental para comprender cómo se pasa del paisaje divino del antiguo Levante a la afirmación bíblica del monoteísmo. No se trata simplemente de que «Israel rechazó a los dioses cananeos», sino de una compleja transformación de categorías religiosas que la propia Biblia conserva parcialmente en sus textos.


¿Podemos asociar a Elohim» (אֱלֹהִים, ʾĕlōhîm) con Baal» (בַּעַל, baʿal)?



La respuesta rigurosa es: no, «Elohim» y «Baal» no son términos equiparables, aunque en determinados contextos del antiguo Levante pueden referirse a realidades divinas dentro del mismo universo religioso semítico y, en algunos textos bíblicos, pueden entrar en competencia o incluso superponerse funcionalmente. La distinción lingüística, histórica y teológica es fundamental.

«Elohim» (אֱלֹהִים, ʾĕlōhîm) es, ante todo, una forma hebrea plural de ʾĕlōah, relacionada con la raíz semítica ʾl, «dios/deidad». Su morfología es plural, pero cuando designa al Dios de Israel suele acompañarse de verbos y adjetivos en singular. Así ocurre, por ejemplo, en Génesis 1,1: «En el principio creó [בָּרָא, bārāʾ, singular] Dios [אֱלֹהִים, ʾĕlōhîm] los cielos y la tierra». Por tanto, traducir automáticamente Elohim como «dioses» es incorrecto. El término puede tener distintos valores según el contexto: puede designar al Dios de Israel, a dioses/deidades en sentido plural, o incluso a determinados seres celestiales.

«Baal» (בַּעַל, baʿal), en cambio, significa literalmente «señor», «amo» o «dueño». Es inicialmente un título y no necesariamente un nombre propio. En las religiones cananeas, Baal llegó a funcionar como designación de una divinidad concreta, especialmente el dios de la tormenta y la fertilidad, conocido en los textos de Ugarit como Baʿlu. Su ciclo mitológico aparece principalmente en los textos ugaríticos de Ras Shamra, del segundo milenio a. C.

Por tanto, ya lingüísticamente tenemos una diferencia:

ʾĕlōhîm = categoría/designación de divinidad o, en determinados contextos, nombre/título del Dios de Israel.

Baʿal = «señor», título que llegó a identificar a una divinidad específica del ámbito cananeo, particularmente el dios de la tormenta.


Ahora bien, hay una cuestión mucho más interesante.


El problema de El y Elohim

Si queremos comprender correctamente la relación entre la religión israelita y la religión cananea, no debemos empezar por Baal, sino por El.

En la religión del antiguo Levante, El (אֵל) era una deidad suprema del panteón cananeo. En Ugarit aparece como Ilu/El, padre de los dioses, asociado a la autoridad y la ancianidad divina. Su consorte es Athirat, conocida en otros contextos como Aserá.

Y aquí encontramos uno de los puntos más importantes para la historia de la religión israelita.


El término hebreo ʾel significa «Dios/dios» y pertenece al mismo ámbito lingüístico que ʾĕlōhîm. También aparece en nombres teofóricos israelitas: Isra-el, Dani-el, Gabri-el, Samu-el, etc.

Además, determinados textos bíblicos conservan rasgos que permiten observar una antigua concepción de Yahvé dentro del lenguaje religioso de El.


Un ejemplo extraordinariamente importante es Deuteronomio 32,8-9. El texto masorético dice:

«Cuando el Altísimo (ʿElyôn) dio a las naciones su heredad... estableció las fronteras de los pueblos según el número de los hijos de Israel.»


Pero la tradición textual más antigua presenta una lectura diferente. Los manuscritos de Qumrán y la Septuaginta conservan una lectura que suele reconstruirse como:

«según el número de los hijos de Dios»

(bene ʾelohim / una forma equivalente).


La importancia histórica de este pasaje es enorme porque refleja una concepción de un Dios Altísimo rodeado por seres divinos o celestiales, dentro de una antigua cosmovisión semítica.

El Salmo 82 proporciona otro ejemplo:

«Dios (Elohim) se levanta en la asamblea divina; en medio de los dioses (elohim) juzga.»

(Sal 82,1).

Aquí elohim claramente no significa exclusivamente «Yahvé» en todos sus usos. El término puede referirse a seres divinos.


Esto demuestra algo fundamental:

«Elohim» no es originalmente el nombre exclusivo de Yahvé.

Es un término semítico relacionado con «dios/deidad» que, en la Biblia hebrea, termina funcionando de manera privilegiada como designación del Dios de Israel.


Entonces, ¿Elohim y Baal son «dioses» del mismo tipo?

En sentido estrictamente histórico-religioso, no.

Baal pertenece a una determinada tradición divina cananea y aparece como una divinidad específica, especialmente asociada a la tormenta, la lluvia, la fertilidad y la realeza.


Elohim, en cambio, es una categoría lingüística y religiosa mucho más amplia.


La comparación correcta sería aproximadamente:

Elohim : dios/deidad :: Baal : una determinada divinidad/título divino.


Es decir, sería parecido a comparar «divinidad» con «Zeus». No son categorías equivalentes.


Sin embargo, existe una complicación histórica fascinante: la religión de Israel surgió dentro del mismo ambiente cultural semítico occidental en el que existían las tradiciones de El, Baal, Aserá y otras divinidades.


Por eso la Biblia conserva huellas de una historia religiosa compleja.


Yahvé y Baal: aquí sí existe una oposición explícita


La verdadera contraposición bíblica no es «Elohim contra Baal», sino fundamentalmente Yahvé contra Baal.


Esto aparece con enorme claridad en el ciclo de Elías.


En 1 Reyes 18, los profetas de Baal invocan a su dios en el monte Carmelo, mientras Elías invoca a Yahvé.


El relato presenta deliberadamente una confrontación:


«¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yahvé es Dios, seguidle; si lo es Baal, seguidle.»

(1 Re 18,21).


En hebreo, el juego conceptual es todavía más interesante porque aparece ʾĕlōhîm:


אִם־יְהוָה הָאֱלֹהִים לְכוּ אַחֲרָיו

«Si Yahvé es ha-Elohim, seguidle.»


La cuestión no es que Yahvé sea «un Elohim más» en el sentido de que simplemente compita con Baal como una divinidad entre otras.

El relato está afirmando progresivamente que Yahvé es el verdadero Dios frente a Baal.


¿Existió una identificación entre Yahvé y El?

Aquí entramos en un problema histórico mucho más complejo.

Una parte importante de la investigación contemporánea sostiene que la religión israelita experimentó un proceso de identificación entre Yahvé y la antigua figura de El.

Hay indicios bíblicos relevantes.

Por ejemplo, Éxodo 6,2-3 afirma:

«Yo soy Yahvé. Me aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como El Shaddai, pero mi nombre Yahvé no se lo di a conocer.»

(Ex 6,2-3).

Y Génesis 14,18-22 presenta a El Elyon, «Dios Altísimo», en relación con Abraham.

Además, algunos nombres divinos antiguos parecen haber sido integrados en la concepción israelita de Yahvé:


El Elyon — Dios Altísimo.

El Shaddai — Dios Todopoderoso/El Shaddai.

El Olam — Dios eterno.

El Roi — Dios que ve.


Con el desarrollo de la religión israelita, estos títulos terminan integrándose en la comprensión de Yahvé.

Esto es históricamente significativo porque muestra que el monoteísmo israelita no aparece necesariamente como una construcción instantánea y completamente acabada.

Existe un proceso histórico de concentración de la identidad divina en Yahvé.


¿Y dónde queda Baal?

Baal pertenece a otro linaje teológico.

En Ugarit, Baal es el dios de la tormenta. Su dominio sobre la lluvia y las aguas resulta fundamental para una sociedad agrícola.

Esto explica algo que resulta especialmente interesante cuando se lee la Biblia.

Muchas funciones que en la literatura cananea están vinculadas con Baal aparecen atribuidas a Yahvé en textos bíblicos.

Yahvé domina la tormenta, las nubes, el mar, el rayo y la lluvia.

El Salmo 29, por ejemplo, describe una «voz de Yahvé» que resuena sobre las aguas, mientras las imágenes recuerdan poderosamente el lenguaje de las tradiciones semíticas de la tormenta.

La investigación académica ha discutido ampliamente si el Salmo 29 contiene una apropiación israelita de un antiguo himno cananeo de Baal o si simplemente utiliza un repertorio poético semítico común. La primera hipótesis ha sido influyente, pero no debe presentarse como una certeza absoluta.

Lo que sí podemos afirmar con seguridad es que Yahvé acaba asumiendo características que en el entorno cananeo podían asociarse al dios de la tormenta.

Esto es parte de la progresiva afirmación de la supremacía de Yahvé.


El caso de Aserá

Aquí aparece otro elemento indispensable para comprender la cuestión.

En la religión cananea, Aserá era una importante figura divina asociada a El.

La arqueología de Kuntillet Ajrud y las inscripciones de Khirbet el-Qom han generado un debate muy importante sobre la relación entre Yahvé y Aserá.


Algunas inscripciones contienen fórmulas que han sido interpretadas como referencias a «Yahvé y su Aserá».

Pero hay que ser extremadamente cuidadosos.


No significa que podamos afirmar sin más:

«Los antiguos israelitas adoraban a Yahvé y Aserá como una pareja divina.»


La evidencia es mucho más compleja y su interpretación continúa siendo objeto de debate académico.

Lo que sí podemos decir es que la religión israelita antigua estuvo históricamente en contacto con formas de religiosidad en las que Yahvé podía ser comprendido dentro de un paisaje religioso mucho más plural que el monoteísmo bíblico posterior.


Entonces, ¿los Elohim son Baales?


No.


Y aquí podemos formular la respuesta con precisión académica:


Los Elohim no son los Baales.


Elohim es una designación hebrea de amplio campo semántico relacionada con «Dios/dioses» y, dependiendo del contexto, puede referirse al Dios de Israel o a seres divinos.


Baal significa «señor» y llegó a designar particularmente a una divinidad cananea, especialmente al dios de la tormenta.


Lo que sí comparten es el contexto religioso semítico del antiguo Levante.


Más aún: la historia de Israel muestra una progresiva diferenciación entre Yahvé y las divinidades del entorno cananeo, acompañada por procesos de identificación de Yahvé con antiguas categorías de El y por la apropiación de atributos que otras religiones asociaban a divinidades como Baal.


Desde la perspectiva de la historia de las religiones, podemos visualizar el proceso de manera esquemática:


El / Elohim → lenguaje semítico de la divinidad


Yahvé → divinidad nacional de Israel → identificación progresiva con El → afirmación de Yahvé como único Dios


Baal → divinidad cananea de la tormenta → principal rival cultual de Yahvé en determinados períodos y regiones


Y aquí se encuentra una de las claves para comprender la Biblia: el monoteísmo bíblico no debe proyectarse mecánicamente sobre todas las etapas anteriores de la religión israelita. La Biblia es el resultado de una larga historia religiosa, literaria y teológica.


Desde la teología católica, naturalmente, podemos afirmar posteriormente que la Revelación alcanza en Israel su comprensión monoteísta culminante y que Yahvé es el único Dios verdadero. Pero eso constituye una afirmación teológica distinta de la reconstrucción histórico-religiosa de cómo se desarrollaron las categorías mediante las cuales Israel expresó esa fe.


Las dos perspectivas pueden dialogar, pero no deben confundirse.


Fuentes primarias y bibliografía académica


La investigación debería partir de los textos bíblicos y ugaríticos:


Génesis 1,1; 14,18-22; 32,29-30.

Éxodo 3; 6,2-3.

Deuteronomio 32,8-9.

Salmos 29; 82; 89.

1 Reyes 18.

Textos ugaríticos del ciclo de Baal (KTU 1.1–1.6).


Para el estudio académico:Mark S. Smith, The Early History of God: Yahweh and the Other Deities in Ancient Israel, Eerdmans, 2002.


Mark S. Smith, The Origins of Biblical Monotheism: Israel's Polytheistic Background and the Ugaritic Texts, Oxford University Press, 2001.


John Day, Yahweh and the Gods and Goddesses of Canaan, Sheffield Academic Press, 2002.


Patrick D. Miller, The Religion of Ancient Israel, Westminster John Knox, 2000.


Frank Moore Cross, Canaanite Myth and Hebrew Epic, Harvard University Press, 1973.


Karel van der Toorn, Bob Becking y Pieter W. van der Horst (eds.), Dictionary of Deities and Demons in the Bible, Brill/Eerdmans, 1999.


Theodore J. Lewis, The Origin and Character of God: Ancient Israelite Religion through the Lens of Deuteronomy, Oxford University Press, 2020.


La conclusión más importante, por tanto, es esta: si queremos estudiar históricamente la relación entre Yahvé, Elohim y Baal, la pareja conceptual más significativa no es «Elohim/Baal», sino «Yahvé/El/Baal». Elohim pertenece al vocabulario de la divinidad; El constituye una figura divina específica del antiguo Levante; Baal otra; y Yahvé atraviesa históricamente un proceso mediante el cual acaba identificándose con el Dios único de Israel y absorbiendo funciones y títulos que anteriormente pertenecían al paisaje religioso semítico más amplio.

Prejuicio, tradición e historicidad de la comprensión


Prejuicio, tradición e historicidad de la comprensión

Una disertación sobre Hans-Georg Gadamer


La hermenéutica filosófica de Hans-Georg Gadamer representa uno de los desplazamientos decisivos de la filosofía contemporánea: la pregunta deja de ser simplemente «¿cómo podemos interpretar correctamente un texto?» para convertirse en una cuestión mucho más radical: «¿qué significa comprender?».

Esta transformación tiene consecuencias epistemológicas, ontológicas e históricas. Comprender no constituye, para Gadamer, una operación técnica mediante la cual un sujeto situado frente a un objeto consigue reproducir correctamente su significado. La comprensión pertenece a la estructura misma de nuestra existencia histórica. Antes de interpretar un texto, una obra de arte, una tradición o incluso una acción humana, ya nos encontramos situados en un mundo de significados.

Por eso, tres conceptos adquieren una importancia fundamental: prejuicio, tradición e historicidad. No son tres temas independientes. Forman una estructura unitaria: comprendemos desde determinados prejuicios; esos prejuicios se encuentran configurados por una tradición; y tanto el intérprete como aquello que interpreta están insertos en la historicidad.


La hermenéutica gadameriana pretende mostrar, en definitiva, que no existe comprensión desde ningún lugar.


1. El problema hermenéutico: de la metodología a la ontología

Gadamer desarrolla su proyecto fundamentalmente en Wahrheit und Methode (Verdad y método, 1960). Su propósito no consiste en elaborar un nuevo método para las ciencias humanas equivalente al método de las ciencias naturales.

El propio título resulta significativo. Gadamer no pretende proporcionar «el método» mediante el cual podamos garantizar objetivamente la verdad de una interpretación. Su pregunta es anterior: ¿hay experiencias de verdad que no puedan ser reducidas al modelo metodológico de las ciencias?

De ahí su diálogo con la tradición filosófica alemana, especialmente con Dilthey, Husserl y Heidegger.

Dilthey había establecido una distinción fundamental entre explicar (Erklären) y comprender (Verstehen). Las ciencias naturales explicarían causalmente los fenómenos, mientras que las ciencias del espíritu intentarían comprender las expresiones de la vida histórica.

Gadamer considera insuficiente esta formulación porque todavía conserva demasiado del ideal moderno de fundamentación metodológica. El problema no consiste solamente en encontrar el método adecuado para comprender, sino en reconocer que la comprensión acontece antes de cualquier metodología consciente.

Aquí aparece la influencia decisiva de Heidegger.

En Ser y tiempo, Heidegger había mostrado que la comprensión no es primordialmente una actividad intelectual realizada ocasionalmente por un sujeto. El Dasein existe ya comprendiendo.


Heidegger afirma:

«El comprender es el ser existencial del propio poder-ser del Dasein mismo.»

(Heidegger, Ser y tiempo, §31).


Gadamer trasladará esta intuición desde la analítica existencial hacia la hermenéutica filosófica.

No comprendemos porque hayamos aprendido primero un método hermenéutico. Comprendemos porque nuestra existencia es ya interpretativa.


2. El prejuicio: rehabilitación de un concepto desacreditado

Probablemente ninguna afirmación de Gadamer haya resultado más provocadora que su defensa del concepto de «prejuicio».

En la modernidad, especialmente bajo el influjo de la Ilustración, el prejuicio adquirió una connotación predominantemente negativa.

Prejuicio significa aparentemente un juicio formulado antes de disponer de una justificación suficiente.

La Ilustración pretende sustituir el prejuicio por la razón.

Gadamer considera que aquí se produce un problema fundamental: si para comprender debemos eliminar todos nuestros prejuicios, ¿desde dónde comenzamos a comprender?

La pregunta es decisiva.

El intérprete no llega al texto como una conciencia absolutamente vacía. Llega con lenguaje, educación, cultura, experiencias, conceptos, expectativas, valores, memoria y tradiciones.

Por eso Gadamer afirma:

«Los prejuicios no son necesariamente injustificados y erróneos, ni por ello distorsionan inevitablemente la verdad.»

(Gadamer, Verdad y método, II, especialmente la discusión sobre la rehabilitación del prejuicio).

La tesis es mucho más profunda de lo que parece.

Gadamer no afirma que todos los prejuicios sean verdaderos. Afirma algo diferente: el hecho de poseer prejuicios es inevitable.

Por tanto, debemos distinguir entre dos cuestiones:


prejuicio ≠ error.


Y también:


prejuicio ≠ verdad.


El prejuicio es una precomprensión desde la cual comenzamos a interpretar.


3. La crítica gadameriana a la Ilustración

Gadamer analiza históricamente la lucha contra el prejuicio y encuentra en la Ilustración una determinada concepción de la razón.

La Ilustración sospecha de aquello que procede de la autoridad, la tradición y la costumbre.

La razón debería examinar críticamente todo aquello que hemos recibido.

Esta exigencia posee, evidentemente, una legitimidad. Gadamer no propone regresar ingenuamente a una sociedad donde la tradición sea incuestionable.

Su crítica se dirige a una consecuencia extrema de la Ilustración: creer que la razón puede comenzar desde cero.

La razón histórica no comienza desde cero.

El sujeto que critica una tradición ya ha sido formado por alguna tradición.

Incluso la crítica de la tradición necesita conceptos, lenguaje y categorías que históricamente hemos recibido.

Por eso Gadamer escribe:

«En realidad no es la historia la que nos pertenece, sino que nosotros pertenecemos a ella.»

(Gadamer, Verdad y método, Parte II, sección sobre los fundamentos para una teoría de la experiencia hermenéutica).

Esta frase constituye una de las claves de toda su filosofía.


Normalmente pensamos:

«Yo estudio la historia.»


Gadamer invierte la relación:

la historia también me constituye a mí.


4. La tradición no es simplemente el pasado

Aquí aparece el segundo concepto fundamental.

¿Qué es la tradición?

Desde una perspectiva superficial, tradición podría significar aquello que procede del pasado y que una generación transmite a la siguiente.


Para Gadamer, esta definición resulta insuficiente.


La tradición no es simplemente un objeto que tenemos delante de nosotros.

La tradición es aquello dentro de lo cual ya estamos.

No existe primero un sujeto neutral y posteriormente una tradición que dicho sujeto decide estudiar.

El sujeto ya está formado lingüística, cultural e históricamente.

Cuando un cristiano lee el Evangelio, por ejemplo, no lo hace desde una neutralidad absoluta. Su comprensión está atravesada por siglos de lenguaje teológico, liturgia, dogma, espiritualidad, filosofía, arte, instituciones y experiencias históricas.


Pero tampoco significa que la tradición determine mecánicamente la interpretación.

Aquí aparece una tensión fundamental.

La tradición nos condiciona, pero no nos determina completamente.

La tradición es condición de posibilidad de la comprensión.


5. Tradición y autoridad

Uno de los puntos más delicados de Gadamer es su rehabilitación del concepto de autoridad.

La modernidad tendió a establecer una oposición:


autoridad ↔ razón.


Gadamer considera que esta oposición es demasiado simplista.

La autoridad no tiene necesariamente su fundamento en la coerción.

Puede existir una autoridad reconocida porque alguien posee una experiencia, conocimiento o comprensión que nosotros todavía no poseemos.

Reconocer autoridad no implica renunciar a la razón.

Significa admitir que otro puede saber algo que yo todavía no sé.


Gadamer afirma:

«La autoridad no tiene nada que ver con obediencia ciega a una orden.»

(Gadamer, Verdad y método, discusión sobre autoridad y tradición).


La cuestión adquiere especial importancia en ámbitos como la religión, la filosofía, el derecho o la educación.

Una tradición puede ejercer autoridad sin convertirse por ello en una instancia absolutamente incuestionable.


6. El círculo hermenéutico

Aquí debemos introducir uno de los conceptos clásicos de la hermenéutica: el círculo hermenéutico.

Comprendemos las partes desde el todo y el todo desde las partes.

Por ejemplo, para comprender una frase necesitamos comprender el texto; pero para comprender el texto necesitamos comprender las frases.

Esto no constituye necesariamente un círculo vicioso.

Es una estructura dinámica.

Gadamer recibe esta problemática de la tradición hermenéutica anterior, pero la radicaliza mediante Heidegger.

Antes de interpretar conscientemente ya tenemos una determinada anticipación de sentido.

Comprendemos algo desde algo que previamente creemos comprender.

La interpretación modifica nuestra comprensión inicial.

Y esa nueva comprensión vuelve a transformar nuestra lectura.


Podemos representarlo así:

precomprensión → interpretación → revisión de la comprensión → nueva interpretación.

Por eso la comprensión no es un acto instantáneo.

Es un proceso.


7. La anticipación de sentido

El intérprete se aproxima al texto esperando encontrar algo.

Tiene preguntas.

Tiene expectativas.

Tiene hipótesis.

Tiene conocimientos previos.

Estas anticipaciones no constituyen necesariamente obstáculos.

Son precisamente las condiciones que permiten comenzar a comprender.

Pero aquí Gadamer introduce una exigencia crítica fundamental: debemos permitir que el texto cuestione nuestras anticipaciones.

La buena interpretación no consiste en encontrar en el texto aquello que ya pensábamos.

Consiste en exponernos a la posibilidad de que el texto tenga algo que decirnos.

Esta es una diferencia decisiva.

El intérprete dogmático utiliza el texto para confirmar sus prejuicios.

El intérprete hermenéutico permite que el texto ponga a prueba sus prejuicios.

Por eso Gadamer considera fundamental la experiencia de la alteridad.


8. El encuentro con lo diferente

Comprender no significa simplemente proyectar nuestra propia visión sobre aquello que interpretamos.

Si el texto no puede decirnos nada nuevo, realmente no hemos comprendido al otro.

La comprensión exige que exista una diferencia.

El otro debe poder resistirse a nuestra interpretación.

Por eso Gadamer habla de la necesidad de estar abierto a aquello que puede cuestionar nuestras expectativas.

Aquí aparece una dimensión ética de la hermenéutica.

Comprender implica escuchar.

No solamente mirar.

No solamente clasificar.

No solamente dominar conceptualmente.

Escuchar significa aceptar la posibilidad de que aquello que tenemos delante pueda tener razón en algo que nosotros no habíamos visto.


9. La historicidad de la comprensión

Llegamos así al tercer concepto central: la historicidad.

El ser humano es histórico no solamente porque viva después de otros seres humanos.

Es histórico porque su propia comprensión está constituida por una historia.

Tenemos un lenguaje que no inventamos.

Tenemos conceptos que no inventamos.

Tenemos símbolos que no inventamos.

Tenemos instituciones que no inventamos.

Tenemos tradiciones religiosas, filosóficas, jurídicas y culturales que nos preceden.

Nuestra conciencia está situada.

Gadamer desarrolla aquí el concepto de conciencia de la historia efectual (wirkungsgeschichtliches Bewusstsein).

No somos simplemente conscientes de la historia.

Somos también resultado de los efectos que la historia ha producido sobre nosotros.

Por eso la historia no es solamente aquello que ocurrió.

Es aquello que continúa actuando en nuestro presente.


10. La historia efectual

La expresión alemana Wirkungsgeschichte puede traducirse como «historia efectual» o «historia de los efectos».

Una obra del pasado no existe únicamente en el momento en que fue producida.

Continúa produciendo efectos mediante las interpretaciones posteriores.

Pensemos en Platón.

Platón no pertenece exclusivamente al siglo IV a. C.

Existe también el Platón interpretado por Aristóteles, Plotino, Agustín, el neoplatonismo, el Renacimiento, Heidegger y la filosofía contemporánea.

Cada época descubre determinados aspectos de Platón.

Pero Platón también modifica a cada época.

La relación funciona en ambas direcciones.

Por eso la historia de la filosofía no consiste únicamente en reconstruir objetivamente lo que un filósofo «realmente quiso decir».

También implica comprender cómo sus textos han llegado hasta nosotros y qué preguntas contemporáneas hacen posible determinadas interpretaciones.


11. La famosa «fusión de horizontes»

Este concepto es quizá el más conocido de Gadamer.

El intérprete posee un horizonte.

El texto pertenece a otro horizonte histórico.

Pero estos horizontes no permanecen necesariamente separados.

Puede producirse una fusión de horizontes (Horizontverschmelzung).

El horizonte no es una frontera rígida.

Es el campo de visión desde el cual algo puede aparecer como significativo.

Gadamer afirma:

«Horizonte es el ámbito de visión que abarca y encierra todo lo que es visible desde un determinado punto.»

(Gadamer, Verdad y método, Parte II).


Comprender significa ampliar nuestro horizonte mediante el encuentro con otro horizonte.

Por eso la comprensión no consiste en abandonar nuestro presente para convertirnos artificialmente en personas del pasado.

Tampoco consiste en imponer nuestro presente al pasado.

Consiste en establecer una relación entre ambos.


12. Comprender no es reconstruir psicológicamente al autor

Aquí Gadamer se distancia de determinadas formas de hermenéutica romántica, especialmente de Schleiermacher.

La hermenéutica romántica podía considerar que comprender significaba reconstruir la intención del autor.

Gadamer considera que esto no basta.

Cuando interpretamos una obra, no necesitamos simplemente reconstruir psicológicamente la mente de quien la escribió.

La obra puede decir más de lo que su autor conscientemente pretendía decir.

Esto resulta especialmente importante para los textos filosóficos, jurídicos, literarios y religiosos.

Un texto puede adquirir nuevas posibilidades de significado dentro de nuevos horizontes históricos.

No porque cualquier interpretación sea válida, sino porque el sentido puede actualizarse históricamente.


13. El lenguaje como casa de la comprensión

Aquí llegamos a una de las tesis más profundas de Gadamer:

el ser que puede ser comprendido es lenguaje.

La frase aparece al final de Verdad y método:

«El ser que puede ser comprendido es lenguaje.»

(Gadamer, Verdad y método, Parte III).


No significa simplemente que todo sea palabras.

Significa que aquello que puede entrar en el ámbito de nuestra comprensión lo hace dentro de una estructura lingüística.

El lenguaje no es únicamente una herramienta que utilizamos.

Es el medio en el que acontece nuestra comprensión.

Por eso Gadamer considera que comprender es fundamentalmente un acontecimiento lingüístico.


14. Comprender como conversación

Esta concepción lleva a Gadamer a utilizar la metáfora del diálogo.

Interpretar es conversar con aquello que interpretamos.

Una conversación auténtica tiene una característica fundamental: ninguno de los interlocutores controla completamente de antemano hacia dónde llegará.

Si ya sé exactamente qué voy a decir y qué responderá el otro, no estoy realmente conversando.

La conversación acontece cuando permitimos que el otro transforme nuestro horizonte.

Por eso Gadamer vincula hermenéutica y diálogo.

Comprender significa entrar en una conversación con una tradición, un texto, una obra, una persona o una cuestión.


15. La pregunta como estructura fundamental

La hermenéutica gadameriana otorga una importancia extraordinaria a la pregunta.

Una pregunta verdadera abre un espacio.

Cuando preguntamos:

«¿Qué significa este texto?»

ya estamos mostrando que no poseemos completamente su significado.

Pero además, nuestras preguntas están históricamente condicionadas.

Una época pregunta determinadas cosas que otra época no preguntaba.

Por ejemplo, la filosofía medieval preguntó con intensidad por la relación entre fe y razón.

La modernidad preguntó por la autonomía del sujeto.

La filosofía contemporánea ha formulado con particular intensidad preguntas sobre lenguaje, historicidad, existencia, poder, interpretación y pluralidad.

La historia transforma nuestras preguntas.

Y cuando cambian nuestras preguntas, cambian también las posibilidades de comprensión.


16. Prejuicio, tradición e historicidad: una estructura única

Podemos reunir ahora los tres conceptos.


El prejuicio es nuestra precomprensión.


La tradición es el horizonte histórico-lingüístico que configura esa precomprensión.


La historicidad es la condición por la cual tanto intérprete como tradición se encuentran en un proceso histórico de efectos y transformaciones.


Por tanto:

no hay comprensión sin precomprensión;

no hay precomprensión sin tradición;

no hay tradición fuera de la historia;

y no hay comprensión histórica sin transformación del horizonte.

Esta estructura impide concebir al intérprete como una conciencia absolutamente neutral.


17. Una consecuencia epistemológica decisiva

Gadamer introduce así una crítica profunda al ideal moderno de objetividad.

No significa que Gadamer rechace la verdad.

Todo lo contrario.

Su proyecto se titula precisamente Verdad y método.


Lo que cuestiona es la identificación de la verdad con aquello que puede ser producido mediante un procedimiento metodológico universal.

Existen experiencias de verdad en el arte, la filosofía, la historia, la conversación y la tradición que no pueden ser reducidas al modelo de las ciencias naturales.

La verdad puede acontecer como una transformación de nuestra comprensión.

A veces comprendemos algo verdaderamente cuando descubrimos que nuestra interpretación anterior era insuficiente.

Por eso la hermenéutica tiene una dimensión de experiencia.

No solamente adquirimos información.

Podemos ser transformados por aquello que comprendemos.


18. La hermenéutica y la teología

Para tu ámbito teológico, Ronald, este planteamiento posee una importancia enorme.

Un teólogo no se aproxima a la Escritura como una conciencia absolutamente neutral.

Lee desde una tradición.

La Iglesia posee una historia interpretativa.

Existe una tradición patrística, conciliar, litúrgica, dogmática y espiritual.

La Escritura misma ha sido transmitida mediante una comunidad histórica.

Por tanto, la interpretación teológica no puede consistir simplemente en extraer del texto una información objetiva eliminando toda tradición.

Pero tampoco puede consistir en afirmar que cualquier interpretación tradicional es automáticamente verdadera.

La hermenéutica gadameriana permite formular una posición intermedia mucho más sofisticada:

la tradición constituye una condición de posibilidad de la comprensión, pero también debe permanecer abierta a ser interrogada por aquello que transmite.

Esto resulta especialmente importante para la relación entre Escritura y Tradición.

La Tradición no debería entenderse simplemente como una colección de afirmaciones antiguas.

Es un proceso vivo de transmisión, interpretación y actualización.

Aquí encontramos una afinidad interesante con la concepción católica de la Tradición viva.


El Concilio Vaticano II afirma en Dei Verbum 8:

«Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo.»


Y añade:

«Crece, en efecto, la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas.»

(Dei Verbum, 8).


Desde una perspectiva hermenéutica, esta afirmación resulta extraordinariamente fecunda.

La tradición no cambia simplemente porque cada generación invente una nueva interpretación.

Hay crecimiento de comprensión dentro de una continuidad histórica.


19. Gadamer y la tradición católica: una cautela necesaria

Sin embargo, sería intelectualmente incorrecto afirmar que Gadamer simplemente confirma la teología católica.

No es así.

Gadamer desarrolla una hermenéutica filosófica, no una teoría dogmática de la Revelación.

La tradición gadameriana y la Tradición apostólica católica son conceptos relacionados, pero no idénticos.

En la teología católica, la Tradición posee una dimensión constitutiva vinculada a la Revelación divina.

En Gadamer, «tradición» pertenece fundamentalmente a la estructura histórica de la comprensión.

La analogía es, por tanto, fecunda, pero no debe convertirse en identificación.


20. Una paradoja fundamental

La filosofía de Gadamer puede formularse mediante una paradoja:

para comprender críticamente nuestros prejuicios necesitamos ya estar dentro de una tradición que nos proporcione los instrumentos para criticarlos.

No podemos escapar completamente de la historia para juzgar la historia.

No podemos salir completamente del lenguaje para juzgar el lenguaje.

No podemos eliminar absolutamente todos nuestros prejuicios para comenzar a comprender.

La verdadera madurez hermenéutica consiste entonces no en alcanzar una conciencia sin prejuicios, sino en hacer conscientes nuestros prejuicios y permitir que entren en diálogo con aquello que queremos comprender.


21. La hermenéutica como educación

Esto tiene una enorme importancia pedagógica.

Educar no significa simplemente transmitir información.

Significa transformar horizontes de comprensión.

Un buen profesor no entrega únicamente respuestas.

También enseña a formular mejores preguntas.

En este sentido, Gadamer recupera algo profundamente socrático.

Sócrates no educaba principalmente proporcionando información.

Educaba mostrando que aquello que creíamos saber podía ser problemático.

La hermenéutica comparte esa estructura.

Comprender verdaderamente algo implica estar dispuesto a descubrir que nuestra comprensión inicial era limitada.


22. Conclusión: comprender es pertenecer

La tesis fundamental de Gadamer podría condensarse de esta manera:

no somos sujetos situados fuera de la historia que posteriormente interpretan la historia; somos seres históricos cuya propia capacidad de comprender ha sido formada históricamente.

Por eso el prejuicio no constituye simplemente un enemigo de la razón.

Es el punto de partida inevitable de toda comprensión.

La tradición no es simplemente aquello que debemos conservar.

Es aquello desde lo cual podemos comprender y aquello que podemos reinterpretar.

La historicidad no es un accidente de nuestra existencia.

Es la estructura misma dentro de la cual acontece nuestra comprensión.

Y la hermenéutica, finalmente, no consiste en conquistar un punto de vista absolutamente neutral.

Consiste en entrar en diálogo con aquello que nos precede, reconocer los límites de nuestro propio horizonte y permitir que el encuentro con otro horizonte transforme nuestra comprensión.

La grandeza de Gadamer está precisamente aquí: la comprensión deja de ser una técnica que un sujeto aplica a un objeto y se convierte en un acontecimiento en el que el propio sujeto puede ser transformado.

Comprender, entonces, no significa simplemente saber más.

Significa llegar a ser otro sin dejar de ser uno mismo.

Y quizá esa sea la formulación más radical de la historicidad hermenéutica: nuestra identidad intelectual no es una posesión estática, sino una identidad capaz de transformarse mediante aquello que heredamos, interrogamos y comprendemos.

Fuentes fundamentales

Gadamer, Hans-Georg. Verdad y método I. Fundamentos de una hermenéutica filosófica. Salamanca: Sígueme, 1993. Especialmente las secciones sobre la rehabilitación del prejuicio, tradición, conciencia de la historia efectual, fusión de horizontes y lenguaje.

Gadamer, Hans-Georg. Verdad y método II. Salamanca: Sígueme, 1998. Especialmente los ensayos sobre hermenéutica, historicidad y aplicación.

Gadamer, Hans-Georg. El giro hermenéutico. Madrid: Cátedra, 1998.

Gadamer, Hans-Georg. Los caminos de Heidegger. Barcelona: Herder, 2002.

Heidegger, Martin. Ser y tiempo. Madrid: Trotta, 2003, especialmente §§31–34 y la problemática de la comprensión, interpretación y precomprensión.

Dilthey, Wilhelm. Introducción a las ciencias del espíritu. Madrid: Alianza.

Schleiermacher, Friedrich D. E. Los discursos sobre hermenéutica. Madrid: Istmo.

Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Dei Verbum, especialmente nn. 8–10.

Ricoeur, Paul. Del texto a la acción. Ensayos de hermenéutica II. México: Fondo de Cultura Económica, 2002.

Grondin, Jean. Introducción a Gadamer. Barcelona: Herder, 2003.