domingo, 6 de septiembre de 2026

Domingo 23 (A) del tiempo ordinario



Hoy, el Evangelio propone que consideremos algunas recomendaciones de Jesús a sus discípulos de entonces y de siempre. También en la comunidad de los primeros cristianos había faltas y comportamientos contrarios a la voluntad de Dios.


El versículo final nos ofrece el marco para resolver los problemas que se presenten dentro de la Iglesia durante la historia: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Jesús está presente en todos los períodos de la vida de su Iglesia, su “Cuerpo místico” animado por la acción incesante del Espíritu Santo. Somos siempre hermanos, tanto si la comunidad es grande como si es pequeña.


«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15). ¡Qué bonita y leal es la relación de fraternidad que Jesús nos enseña! Ante una falta contra mí o hacia otro, he de pedir al Señor su gracia para perdonar, para comprender y, finalmente, para tratar de corregir a mi hermano.


Hoy no es tan fácil como cuando la Iglesia era menos numerosa. Pero, si pensamos las cosas en diálogo con nuestro Padre Dios, Él nos iluminará para encontrar el tiempo, el lugar y las palabras oportunas para cumplir con nuestro deber de ayudar. Es importante purificar nuestro corazón. San Pablo nos anima a corregir al prójimo con intención recta: «Cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Gal 6,1).


El afecto profundo y la humildad nos harán buscar la suavidad. «Obrad con mano maternal, con la delicadeza infinita de nuestras madres, mientras nos curaban las heridas grandes o pequeñas de nuestros juegos y tropiezos infantiles» (San Josemaría). Así nos corrige la Madre de Jesús y Madre nuestra, con inspiraciones para amar más a Dios y a los hermanos.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

«En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables» (San Juan Bosco)


«Es necesario ante todo evitar el clamor de la crónica y los chismes en la comunidad. Esto es lo primero que hay que evitar, evitando las palabras que puedan herir y asesinar al hermano» (Francisco)


«Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.445)

Wittgenstein: Las «Investigaciones filosóficas»



Las «Investigaciones filosóficas» no como un tratado técnico, sino como una especie de conversación que Wittgenstein mantiene con nosotros acerca de algo que utilizamos todos los días sin detenernos a pensar: el lenguaje.

La idea central que debe quedar al final de la disertación es muy sencilla: para el segundo Wittgenstein, muchas de nuestras dificultades filosóficas aparecen porque hacemos que las palabras funcionen fuera del contexto en el que tienen sentido. Wittgenstein quiere enseñarnos a mirar cómo usamos realmente las palabras.


WITTGENSTEIN Y LAS INVESTIGACIONES FILOSÓFICAS

Una introducción sencilla al segundo Wittgenstein

Introducción

Cuando hablamos de Ludwig Wittgenstein solemos encontrarnos con una dificultad: parece que existen dos Wittgenstein. El primero escribió el Tractatus logico-philosophicus, una obra extraordinariamente concentrada en la estructura lógica del lenguaje y del mundo. El segundo aparece sobre todo en las Investigaciones filosóficas, publicadas después de su muerte en 1953.

Entre ambos existe una transformación profunda.

En el primer Wittgenstein encontramos una preocupación fundamental: ¿cómo puede el lenguaje representar la realidad?

En el segundo encontramos otra pregunta: ¿cómo utilizamos realmente el lenguaje?

Esta diferencia parece pequeña, pero cambia prácticamente toda su filosofía.

En el Tractatus, Wittgenstein busca comprender la estructura lógica que permite que una proposición diga algo sobre el mundo. En las Investigaciones filosóficas, en cambio, comienza a observar el lenguaje cotidiano: preguntar, ordenar, saludar, describir, bromear, prometer, rezar, contar una historia, dar una explicación, jugar, enseñar, etc.

Y descubre algo fundamental: no existe una única función del lenguaje.

El lenguaje es mucho más parecido a una ciudad que a una máquina.

Una ciudad tiene calles, plazas, edificios antiguos, edificios modernos, barrios, caminos que se cruzan y otros que terminan. No todo cumple la misma función. De manera semejante, nuestras palabras tienen diferentes usos.

Por eso Wittgenstein escribe una de sus frases más importantes:

«El significado de una palabra es su uso en el lenguaje».

Esta afirmación, aparentemente sencilla, constituye una de las grandes claves para comprender las Investigaciones filosóficas.

Del lenguaje como representación al lenguaje como actividad

Imaginemos que digo:

«Hay una mesa en la habitación».

Aquí parece que el lenguaje está describiendo una realidad. Tengo una habitación, existe una mesa y utilizo una frase para decir que esa mesa está allí.

Pero ahora imaginemos que digo:

«¡Cuidado!»

No estoy describiendo necesariamente un objeto. Estoy advirtiendo.

Si digo:

«Pásame el vaso».

Estoy dando una orden o haciendo una petición.

Si digo:

«Te prometo que regresaré».

Estoy realizando una promesa.

Si digo:

«¡Buenos días!»

No estoy describiendo meteorológicamente que el día sea bueno. Estoy saludando.

Si digo:

«Lo siento».

Estoy expresando algo dentro de una determinada relación humana.

Tenemos entonces una primera conclusión:

El lenguaje no solamente sirve para describir cosas.

También sirve para preguntar, ordenar, prometer, saludar, agradecer, bromear, rezar, expresar dolor, pedir ayuda, enseñar, jugar y realizar innumerables actividades.

Por eso el segundo Wittgenstein deja de preguntar únicamente «¿qué representa esta palabra?» y comienza a preguntar:

«¿Qué estamos haciendo con esta palabra?»

Esta pregunta es fundamental.

El significado como uso

Podemos utilizar una palabra muy sencilla para comprenderlo: «agua».

Supongamos que estoy sentado en un restaurante y digo:

«Agua».

El camarero probablemente entenderá que estoy solicitando agua.

Pero imaginemos ahora que estoy en una clase de química y digo:

«El agua está compuesta por hidrógeno y oxígeno».

Aquí la palabra «agua» aparece dentro de una explicación científica.

Ahora imaginemos que una persona se está ahogando y grita:

«¡Agua!»

La palabra tiene otra función.

O imaginemos que alguien escribe en un poema:

«Agua de mi memoria».

Ahora estamos ante un uso poético.

La palabra es prácticamente la misma, pero su funcionamiento cambia.

Por eso Wittgenstein nos invita a abandonar la idea de que cada palabra posee un significado fijo que permanece idéntico en todas las circunstancias.

Una palabra adquiere significado dentro de una práctica.

Podríamos decirlo de una manera todavía más sencilla:

No comprendemos completamente una palabra cuando conocemos solamente su definición. También tenemos que comprender cómo se utiliza.

Los juegos de lenguaje

Aquí aparece uno de los conceptos más famosos de las Investigaciones filosóficas: el «juego de lenguaje» o Sprachspiel.

Wittgenstein utiliza esta expresión porque quiere mostrar que hablar es una actividad.

Pensemos en un juego.

En el fútbol existen determinadas reglas. En el ajedrez existen otras. En el tenis existen otras.

No podemos jugar al ajedrez utilizando las reglas del fútbol.

Algo parecido ocurre con el lenguaje.

Existe el lenguaje científico.

Existe el lenguaje jurídico.

Existe el lenguaje religioso.

Existe el lenguaje cotidiano.

Existe el lenguaje poético.

Existe el lenguaje de una broma.

Existe el lenguaje de una oración.

Existe el lenguaje de una orden.

Existe el lenguaje de una declaración de amor.

Todos son lenguajes humanos, pero funcionan de maneras diferentes.

Por eso Wittgenstein habla de «juegos de lenguaje».

La palabra «juego» es importante porque cada práctica lingüística tiene reglas, contextos y objetivos.

Veamos un ejemplo muy sencillo.

Un profesor entra en una clase y dice:

«Silencio».

Un alumno podría responder:

«¿Qué significa silencio?»

Pero probablemente esa pregunta no tiene sentido en ese contexto.

El profesor no está ofreciendo una definición académica de la palabra «silencio».

Está utilizando la palabra para producir una determinada acción.

El alumno tiene que comprender el juego en el que está participando.

El ejemplo de los constructores

Uno de los ejemplos más conocidos de las Investigaciones filosóficas aparece al comienzo de la obra.

Wittgenstein imagina una situación en la que dos trabajadores están construyendo una estructura.

Uno de ellos dice:

«Ladrillo».

El otro trae un ladrillo.

El primero dice:

«Pilar».

El segundo trae el objeto correspondiente.

Después:

«Losa».

Y el otro lleva la losa.

Para nosotros, una palabra como «ladrillo» puede parecer simplemente el nombre de un objeto.

Pero en ese contexto la palabra funciona como una orden.

Esto es muy importante.

El significado de «ladrillo» no puede comprenderse completamente separándolo de la actividad que están realizando los trabajadores.

La palabra forma parte de una práctica.

Wittgenstein utiliza este ejemplo para mostrarnos que el lenguaje puede ser extraordinariamente sencillo y, al mismo tiempo, tener múltiples funciones.

Las palabras no son etiquetas pegadas a las cosas

Una de nuestras tendencias naturales consiste en imaginar que las palabras son etiquetas.

Tenemos una cosa y le colocamos un nombre.

Por ejemplo:

«Esto es una silla».

Entonces pensamos:

objeto → nombre.

Pero Wittgenstein quiere mostrarnos que el lenguaje es mucho más complejo.

La palabra «silla» puede utilizarse para identificar un objeto.

Pero también puedo decir:

«Siéntate en la silla».

Puedo decir:

«Esta silla es incómoda».

Puedo decir:

«La silla presidencial».

Puedo utilizar «silla» en una metáfora.

Puedo enseñar a un niño qué es una silla.

El funcionamiento de la palabra depende de la actividad.

Por eso Wittgenstein compara el lenguaje con una caja de herramientas.

En una caja encontramos martillos, destornilladores, clavos, alicates y tornillos.

Todos son herramientas, pero no sirven para lo mismo.

Del mismo modo, las palabras son herramientas lingüísticas.

No todas sirven para hacer el mismo trabajo.

El problema de buscar una esencia común

Aquí aparece otra idea importante.

Wittgenstein nos pregunta qué tienen en común todos los juegos.

Pensemos en fútbol, ajedrez, cartas, juegos infantiles, juegos de mesa y juegos de palabras.

¿Existe una característica única presente en absolutamente todos ellos?

Quizás inicialmente intentemos encontrarla.

Pero Wittgenstein nos dice que no necesariamente existe una esencia común.

Utiliza entonces una comparación extraordinariamente conocida: el parecido familiar.

Pensemos en una familia.

Un hijo puede tener los ojos de su madre.

Otro puede tener la nariz del padre.

Otro puede tener la sonrisa de la abuela.

Otro puede tener la forma del rostro de un tío.

No existe necesariamente una característica física idéntica en todos.

Sin embargo, reconocemos cierto «aire de familia».

Algo semejante ocurre con los juegos.

No existe necesariamente una propiedad única que defina todos los juegos.

Existen semejanzas, relaciones, conexiones y superposiciones.

Wittgenstein llama a esto «semejanzas de familia».

Este concepto es muy importante porque muestra que no todo concepto funciona mediante una definición rígida.

El lenguaje y las reglas

Ahora podemos comprender otra cuestión.

Cuando aprendemos a utilizar una palabra, normalmente no aprendemos primero una teoría filosófica sobre ella.

Aprendemos a utilizarla.

Un niño no necesita estudiar una teoría del significado para aprender qué significa «dame».

Aprende mediante la práctica.

Alguien le dice:

«Dame la pelota».

El niño observa.

Poco a poco aprende cuándo utilizar esa expresión y qué conducta corresponde a ella.

Aprender un lenguaje es, en gran medida, aprender a participar en determinadas prácticas.

Por eso Wittgenstein relaciona profundamente lenguaje y actividad humana.

El lenguaje no está suspendido sobre la vida.

Está dentro de la vida.

«Seguir una regla»

Una de las cuestiones más profundas de las Investigaciones filosóficas aparece cuando Wittgenstein analiza qué significa seguir una regla.

Supongamos que un profesor enseña a un niño a sumar.

Le dice:

2 + 2 = 4.

Después:

3 + 3 = 6.

Después:

10 + 10 = 20.

Podríamos pensar que el niño ha descubierto una regla abstracta.

Pero surge una pregunta:

¿Cómo sabemos que ha comprendido realmente la regla?

La cuestión puede complicarse mucho más.

Supongamos que le pedimos:

«Continúa la serie: 2, 4, 6, 8...»

El niño responde:

«10».

Parece correcto.

Pero ¿qué garantiza que seguirá correctamente después?

La filosofía de Wittgenstein muestra que seguir una regla no consiste simplemente en tener una imagen mental privada.

Una regla se aprende y se aplica dentro de una práctica compartida.

Aprendemos qué significa «seguir correctamente» una regla mediante formas de enseñanza, corrección y uso.

El lenguaje privado

Aquí llegamos a una de las partes más famosas y difíciles de las Investigaciones filosóficas: el argumento contra la posibilidad de un lenguaje estrictamente privado.

Imaginemos que invento una palabra secreta:

«S».

Decido que «S» significa una sensación interior que solamente yo puedo experimentar.

Cada vez que tengo esa sensación, escribo «S» en un cuaderno.

Parece que he creado un lenguaje privado.

Pero Wittgenstein pregunta:

¿Cómo puedo saber que estoy utilizando «S» correctamente?

Si nadie puede distinguir entre usar correctamente la palabra y creer que la estoy usando correctamente, entonces la idea de una regla puramente privada se vuelve problemática.

Esto no significa que Wittgenstein niegue que tengamos experiencias interiores.

No está diciendo:

«No existen los sentimientos privados».

Lo que cuestiona es otra cosa:

La idea de que el significado de una palabra pueda depender exclusivamente de una relación absolutamente privada, inaccesible a cualquier criterio de uso.

Para Wittgenstein, el lenguaje posee una dimensión pública y práctica.

Aprendemos a utilizar palabras dentro de formas de vida compartidas.

El famoso ejemplo del dolor

Aquí Wittgenstein nos ofrece una reflexión extraordinariamente importante.

Supongamos que digo:

«Me duele».

¿Cómo sé que otra persona siente dolor?

No puedo entrar literalmente en su cuerpo y experimentar su dolor.

Sin embargo, aprendemos a utilizar expresiones como «dolor» mediante comportamientos, lenguaje, educación y formas de vida.

Un niño aprende a decir «me duele» cuando siente determinadas experiencias y aprende también a reconocer expresiones de dolor en otras personas.

Por tanto, el lenguaje del dolor no funciona simplemente como una etiqueta colocada sobre un objeto interior.

Forma parte de una conducta humana.

Cuando alguien grita, llora y dice:

«Me duele muchísimo»,

no necesitamos construir una teoría metafísica completa para comprender la situación.

La palabra funciona dentro de una práctica humana.

«No pienses, mira»

Quizás una de las mejores maneras de resumir las Investigaciones filosóficas sea esta invitación de Wittgenstein:

«No pienses, ¡mira!»

No quiere decir que debamos abandonar el pensamiento.

Quiere decir que muchas veces el filósofo se equivoca porque empieza a construir teorías antes de observar cómo funcionan realmente nuestras palabras.

Por ejemplo, podemos preguntarnos:

«¿Qué es el significado?»

Y comenzar inmediatamente a construir una teoría abstracta.

Wittgenstein propone algo diferente:

«Miremos cómo utilizamos la palabra significado».

Observemos cómo preguntamos.

Cómo respondemos.

Cómo enseñamos.

Cómo corregimos.

Cómo damos órdenes.

Cómo hacemos promesas.

Cómo expresamos sentimientos.

Cómo utilizamos las palabras en diferentes circunstancias.

La filosofía debe mirar el funcionamiento efectivo del lenguaje.

La filosofía como terapia

Aquí llegamos a una de las características más profundas de Wittgenstein.

Para él, muchos problemas filosóficos no son problemas científicos que necesiten una nueva teoría.

Son problemas producidos por nuestra manera de utilizar el lenguaje.

Por eso la filosofía puede funcionar como una terapia.

Imaginemos que una persona está atrapada en una habitación porque no encuentra la salida.

El filósofo no necesariamente tiene que construir una nueva habitación.

Quizás solamente tiene que mostrarle dónde está la puerta.

Algo parecido hace Wittgenstein.

La filosofía no siempre debe descubrir una nueva verdad sobre el universo.

A veces debe liberarnos de una confusión.

Un ejemplo sencillo: «¿Dónde está la mente?»

Supongamos que preguntamos:

«¿Dónde está la mente?»

Podríamos imaginar que la mente es una especie de objeto invisible situado dentro de nuestro cuerpo.

Entonces comenzamos a buscarla conceptualmente.

Pero Wittgenstein podría preguntarnos:

«¿Qué función cumple aquí la palabra mente?»

Porque hablamos de «mente» de muchas maneras:

«Tiene una mente brillante».

«He cambiado de opinión».

«No puedo sacarme esa idea de la cabeza».

«Tiene la mente en otra parte».

«Está fuera de sí».

No necesariamente estamos hablando de un objeto llamado «mente».

Podemos estar utilizando diferentes expresiones dentro de diferentes juegos de lenguaje.

La filosofía puede comenzar a crear problemas cuando convierte una palabra funcional en una especie de objeto misterioso.

El filósofo como quien desata nudos

Podemos utilizar una metáfora para comprender a Wittgenstein.

Imaginemos un hilo lleno de nudos.

Una persona podría intentar cortar el hilo.

Otra podría intentar fabricar un hilo completamente nuevo.

Wittgenstein hace algo diferente.

Intenta desatar los nudos.

Muchos problemas filosóficos son, para él, nudos lingüísticos.

Por ejemplo:

«¿Qué es exactamente el tiempo?»

«¿Dónde está el yo?»

«¿Qué es realmente la conciencia?»

«¿Cómo sé que existe el mundo exterior?»

«¿Cómo sé que otra persona tiene mente?»

Son preguntas que pueden ser legítimas, pero Wittgenstein nos obliga a examinar cómo han sido formuladas.

Quizás alguna de ellas surge porque estamos utilizando una palabra fuera del juego de lenguaje en el que normalmente funciona.

La forma de vida

Uno de los conceptos fundamentales que debemos conservar es el de «forma de vida».

El lenguaje no existe separado de las personas.

Existe dentro de determinadas formas de vivir.

Por ejemplo, la palabra «promesa» solamente tiene sentido dentro de un mundo humano en el que existen compromisos, relaciones, responsabilidades y expectativas.

La palabra «misa» tiene sentido dentro de una determinada práctica religiosa.

La palabra «jaque» tiene sentido dentro del ajedrez.

La palabra «culpable» funciona dentro de determinadas prácticas jurídicas.

La palabra «gracias» funciona dentro de nuestras prácticas sociales.

Comprender una palabra implica comprender, en cierta medida, la práctica en la que esa palabra tiene vida.

Por eso lenguaje y forma de vida están profundamente relacionados.

«Una palabra es una herramienta»

Podemos resumir una parte importante de Wittgenstein mediante una imagen.

Imaginemos una caja de herramientas.

Hay un martillo.

Un destornillador.

Una sierra.

Un metro.

Un alicate.

No preguntamos:

«¿Cuál es la verdadera función de una herramienta?»

Preguntamos:

«¿Para qué sirve esta herramienta?»

Wittgenstein nos propone algo parecido con las palabras.

No debemos preguntar siempre:

«¿Cuál es la esencia absoluta de esta palabra?»

Muchas veces debemos preguntar:

«¿Cómo funciona esta palabra aquí?»

¿Qué ocurre entonces con la verdad?

Esto no significa que Wittgenstein diga que todo sea relativo.

Este punto es muy importante.

Wittgenstein no está diciendo:

«Cada persona puede inventar el significado que quiera».

Eso sería una interpretación demasiado simplista.

Los juegos de lenguaje tienen reglas y prácticas compartidas.

Si yo entro en un partido de ajedrez y digo:

«Para mí, el caballo puede moverse como quiera»,

los demás jugadores probablemente me dirán que estoy jugando incorrectamente.

El lenguaje también posee normas.

No somos dueños absolutos de las palabras.

Participamos en prácticas que ya existen antes de nosotros.

El lenguaje como una ciudad

Wittgenstein utiliza una imagen magnífica para explicar la naturaleza del lenguaje.

Podemos imaginar el lenguaje como una ciudad.

En el centro encontramos edificios antiguos, calles pequeñas y estructuras históricas.

Pero alrededor han aparecido nuevos barrios.

Hay avenidas.

Hay calles.

Hay casas.

Hay edificios modernos.

Hay conexiones entre unas zonas y otras.

El lenguaje humano se parece a esto.

No fue construido de una sola vez.

Se desarrolló históricamente.

Tiene usos antiguos y modernos.

Algunas palabras cambian de significado.

Otras desaparecen.

Otras adquieren nuevos usos.

Por eso no podemos reducir el lenguaje a una única estructura rígida.

¿Por qué esto es importante para la filosofía?

Porque Wittgenstein considera que muchos filósofos han sido engañados por el lenguaje.

No porque el lenguaje sea malo.

Precisamente porque es extraordinariamente poderoso.

Podemos utilizar una palabra correctamente en la vida cotidiana y después trasladarla a una pregunta filosófica donde deja de funcionar de la misma manera.

Por ejemplo:

«¿Dónde está el significado?»

La pregunta parece perfectamente comprensible.

Pero quizá estamos tratando «significado» como si fuera una cosa que pudiéramos localizar.

Wittgenstein nos obliga a detenernos.

Quizás el significado no es un objeto escondido detrás de las palabras.

Quizás debemos mirar el uso de las palabras.

Wittgenstein y la filosofía como actividad

Las Investigaciones filosóficas no ofrecen una teoría filosófica tradicional.

No encontramos una gran construcción sistemática.

No encontramos capítulos que conduzcan ordenadamente hacia una conclusión definitiva.

Encontramos observaciones.

Preguntas.

Ejemplos.

Diálogos imaginarios.

Correcciones.

Experimentos mentales.

Wittgenstein piensa que la filosofía debe trabajar de esta manera porque nuestro problema no es simplemente falta de información.

Nuestro problema puede ser una confusión.

Por eso la filosofía es una actividad.

No consiste únicamente en aprender respuestas.

Consiste en aprender a mirar.

Una comparación con el primer Wittgenstein

Podemos resumir la diferencia entre el primer y el segundo Wittgenstein de esta manera.

El primer Wittgenstein pregunta:

«¿Cuál es la estructura lógica que permite que el lenguaje represente el mundo?»

El segundo pregunta:

«¿Cómo funciona realmente nuestro lenguaje dentro de nuestras prácticas?»

El primero busca una estructura lógica profunda.

El segundo observa la diversidad de los usos lingüísticos.

El primero está muy interesado en la proposición.

El segundo está interesado en el uso.

El primero se aproxima a una concepción del lenguaje como representación.

El segundo desarrolla una concepción mucho más dinámica del lenguaje como actividad humana.

No significa que el segundo Wittgenstein simplemente destruya al primero.

Significa que ha cambiado profundamente la pregunta filosófica.

¿Qué nos enseña Wittgenstein hoy?

Las Investigaciones filosóficas siguen siendo importantes porque vivimos rodeados de lenguaje.

Las discusiones políticas utilizan palabras.

Las religiones utilizan palabras.

La ciencia utiliza palabras.

La publicidad utiliza palabras.

Las redes sociales utilizan palabras.

La psicología utiliza palabras.

El derecho utiliza palabras.

La filosofía utiliza palabras.

Y muchas veces discutimos no porque tengamos necesariamente ideas completamente opuestas, sino porque estamos utilizando las mismas palabras dentro de juegos de lenguaje diferentes.

Pensemos en palabras como:

«libertad».

«verdad».

«Dios».

«naturaleza».

«persona».

«identidad».

«justicia».

«democracia».

«amor».

Estas palabras pueden tener usos diferentes dependiendo del contexto.

Un jurista puede utilizar «persona» de una manera.

Un teólogo puede utilizarla de otra.

Un biólogo puede utilizarla de otra.

Un filósofo puede utilizarla de otra.

Esto no significa que todos estén hablando de cosas completamente diferentes.

Significa que debemos comprender primero cómo funciona el concepto dentro de cada práctica.

Wittgenstein y la religión

Aquí aparece una cuestión particularmente interesante para nosotros.

Wittgenstein tuvo una relación profundamente compleja con la religión.

No podemos convertirlo simplemente en un filósofo religioso ni en un filósofo ateo.

Su pensamiento obliga a distinguir diferentes tipos de discurso.

Una afirmación científica y una expresión religiosa pueden utilizar el lenguaje de maneras diferentes.

Por ejemplo:

«El agua hierve aproximadamente a 100 °C al nivel del mar»

es una proposición científica.

«Dios es mi refugio»

no funciona simplemente como una proposición científica.

Es una expresión que pertenece a una forma de vida religiosa.

Esto no demuestra que la afirmación religiosa sea verdadera.

Pero sí nos obliga a preguntar qué estamos haciendo cuando pronunciamos esa frase.

¿Estamos describiendo un objeto?

¿Estamos confesando una fe?

¿Estamos rezando?

¿Estamos expresando confianza?

¿Estamos interpretando nuestra existencia?

La filosofía de Wittgenstein puede ayudarnos a formular mejor estas preguntas.

Un ejemplo con la palabra «amor»

Supongamos que digo:

«Te amo».

Podemos intentar analizar esta frase científicamente.

Podemos estudiar las hormonas.

La actividad cerebral.

La conducta.

La evolución.

La psicología.

Todo eso puede ser legítimo.

Pero ninguna de esas investigaciones agota necesariamente el uso de la expresión «te amo».

Porque la frase también puede funcionar como promesa, compromiso, expresión afectiva o declaración dentro de una relación.

La palabra adquiere sentido dentro de una forma de vida.

Esto es exactamente el tipo de observación que Wittgenstein quiere que hagamos.

La filosofía no elimina el misterio

Una de las grandes equivocaciones sería pensar que Wittgenstein quiere convertir toda la realidad en algo puramente lingüístico.

No necesariamente.

Más bien quiere mostrar que debemos ser cuidadosos con aquello que decimos.

Hay cosas que podemos describir científicamente.

Hay cosas que podemos expresar mediante el lenguaje cotidiano.

Hay experiencias que podemos narrar.

Y hay cuestiones que pueden llevarnos hasta los límites de lo que podemos formular claramente.

Aquí aparece una continuidad interesante con el primer Wittgenstein.

El Wittgenstein maduro no abandona completamente la preocupación por los límites del lenguaje.

Lo que cambia es la manera de comprender esos límites.

La gran lección de las Investigaciones filosóficas

Podríamos resumir toda la obra en una pregunta:

«¿Cómo estás utilizando esta palabra?»

Cuando alguien diga:

«Eso es imposible»,

preguntemos:

«¿Qué significa aquí imposible?»

Cuando alguien diga:

«Eso es verdad»,

preguntemos:

«¿Qué función cumple aquí la palabra verdad?»

Cuando alguien diga:

«Eso es una persona»,

preguntemos:

«¿En qué contexto estamos utilizando persona?»

Cuando alguien diga:

«Dios existe»,

podemos preguntar:

«¿Qué tipo de afirmación estamos realizando? ¿Qué significa aquí existir? ¿Qué juego de lenguaje estamos utilizando?»

No para destruir la afirmación.

Sino para comprenderla mejor.

Conclusión

Las Investigaciones filosóficas son, en cierto sentido, una invitación a abandonar la obsesión por encontrar detrás de cada palabra una esencia misteriosa.

Wittgenstein nos dice:

Miremos cómo hablamos.

Miremos cómo actuamos.

Miremos cómo aprendemos las palabras.

Miremos cómo las utilizamos.

Miremos cómo cambian según el contexto.

Miremos las reglas que seguimos.

Miremos las formas de vida en las que nuestras palabras adquieren sentido.

El lenguaje no es solamente un espejo que refleja el mundo.

Es también una actividad humana.

Por eso una de las grandes enseñanzas de Wittgenstein puede expresarse de una manera extremadamente sencilla:

«El significado está en el uso».

Una palabra no vive aislada.

Vive en una frase.

Una frase vive en una práctica.

Y una práctica vive dentro de una forma de vida.

Por eso comprender el lenguaje es, en buena medida, comprender cómo vivimos.

Y aquí aparece la grandeza de las Investigaciones filosóficas.

Wittgenstein no pretende entregarnos una nueva teoría sobre el mundo.

Pretende enseñarnos a mirar de otra manera.

La filosofía, entonces, deja de ser únicamente una búsqueda de respuestas y se convierte también en una disciplina de clarificación.

El filósofo no siempre tiene que descubrir algo que estaba oculto.

A veces tiene que mostrarnos algo que estaba delante de nuestros ojos y que, precisamente por ser tan cotidiano, no éramos capaces de ver.

«No pienses, ¡mira!»

Esta pequeña frase resume extraordinariamente bien el espíritu de las Investigaciones filosóficas.

Wittgenstein nos invita a mirar el lenguaje tal como realmente funciona.

Y al hacerlo descubrimos algo sorprendente:

que detrás de nuestras palabras no siempre hay una esencia escondida.

Muchas veces hay una vida humana.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Fronteras actuales del Estado de Israel



El Estado de Israel cuenta con fronteras internacionales formalmente ratificadas con solo dos de sus vecinos, mientras que el resto de sus límites territoriales siguen fijados por líneas de armisticio y permanecen bajo disputa internacional. Sus límites geográficos actuales se estructuran de la siguiente manera: 


Fronteras Ratificadas por Tratados de PazEgipto (Suroeste): Es una frontera oficial y reconocida internacionalmente desde el tratado de paz de 1979. Va desde la costa del mar Mediterráneo hasta el golfo de Áqaba en el mar Rojo. 

Jordania (Este): Definida formalmente en el tratado de paz de 1994. Sigue principalmente el curso del río Jordán, el mar Muerto y el valle de Aravá. 

Líneas de Demarcación y Fronteras en DisputaLíbano (Norte): Delimitada por la Línea Azul, una demarcación establecida por las Naciones Unidas en el año 2000 tras la retirada militar israelí, basada en las líneas de armisticio de 1949. Ambos países continúan técnicamente en estado de guerra. 

Siria (Noreste): Separada por la línea de alto el fuego de 1974 supervisada por la ONU tras la guerra de Yom Kipur. Esta zona incluye los Altos del Golán, un territorio capturado por Israel en 1967 y anexado unilateralmente en 1981, movimiento con un reconocimiento internacional muy limitado.


Límites con los Territorios Palestinos

Cisjordania (Este): El límite formal está marcado por la Línea Verde de 1949. Sin embargo, la presencia de asentamientos israelíes y la barrera de seguridad de Cisjordania alteran el control del terreno en la práctica.

Franja de Gaza (Oeste): Una frontera hermética y fuertemente militarizada fijada inicialmente por el armisticio de 1949.

Dinámica política del estado de Israel



Conviene desmontar una idea frecuente: “la política de Israel” no es una política monolítica ni existe un bloque político judío uniforme. Israel es una democracia parlamentaria profundamente plural, pero también extraordinariamente polarizada. Además, el conflicto palestino no explica por sí solo todas las divisiones internas.


Israel tiene un sistema parlamentario unicameral. La Knéset tiene 120 escaños y los ciudadanos votan listas de partidos, no directamente a un primer ministro. Para entrar en la distribución de escaños, una lista necesita superar el umbral electoral del 3,25 %. El presidente del Estado tiene principalmente funciones ceremoniales; quien concentra el poder ejecutivo es el primer ministro, que necesita formar una coalición parlamentaria.


La característica fundamental es que prácticamente ningún partido gobierna solo. Israel funciona mediante coaliciones.


En términos muy simplificados, el mapa político actual puede entenderse así:


Likud, dirigido por Benjamin Netanyahu, es la principal fuerza de la derecha nacional-conservadora. 

Es un partido judío predominantemente secular-tradicional, aunque mantiene una alianza política muy estrecha con partidos religiosos. Defiende una concepción nacional del Estado de Israel, una posición generalmente dura respecto a la seguridad y una fuerte oposición a concesiones territoriales que considere peligrosas.


A su derecha encontramos partidos como Otzma Yehudit (Poder Judío), asociado a Itamar Ben-Gvir, de nacionalismo religioso radical, y Partido Sionista Religioso, vinculado a Bezalel Smotrich. Estos sectores tienen una concepción mucho más fuerte del carácter judío de la soberanía israelí y son particularmente relevantes en la cuestión de los asentamientos y de Judea y Samaria/Cisjordania.


Después están los partidos ultraortodoxos.

Shas representa principalmente a judíos ultraortodoxos sefardíes y mizrajíes. Su tradición religiosa está vinculada al mundo rabínico sefardí y a la autoridad espiritual de grandes rabinos. Aunque es un partido religioso, su política social y económica no puede reducirse simplemente al nacionalismo de derechas.


United Torah Judaism (Judaísmo Unido de la Torá) representa fundamentalmente a sectores ultraortodoxos ashkenazíes. Es una coalición de partidos haredíes, tradicionalmente muy preocupados por la educación religiosa, las instituciones ultraortodoxas, la exención del servicio militar para estudiantes de yeshivá y la financiación de sus comunidades.


Jabad-Lubavitch: distinción fundamental:

Jabad-Lubavitch no es un partido político israelí.

Y tampoco debemos identificar automáticamente a los haredim con Jabad. Jabad constituye una corriente jasídica particular dentro del universo ultraortodoxo, mientras que los partidos haredíes tienen otras procedencias y estructuras rabínicas.


En el centro y centro-derecha encontramos partidos como National Unity, asociado históricamente con Benny Gantz y otros sectores centristas de seguridad nacional. Su posición suele ser menos ideológica que la de la derecha religiosa.


También existen fuerzas de centro liberal, como Yesh Atid, de Yair Lapid. Representa buena parte del electorado secular, urbano y liberal israelí y ha sido uno de los principales adversarios de Netanyahu.


A la izquierda y centroizquierda encontramos partidos como Labor, aunque su peso parlamentario ha disminuido enormemente respecto al Israel histórico del Partido Laborista.


Y existen partidos árabes israelíes, que son absolutamente fundamentales para comprender el sistema.


Entre ellos encontramos Ra'am, de orientación islamista árabe, y Hadash-Ta'al, una alianza que reúne elementos de izquierda y representación árabe. También han existido otras formaciones árabes a lo largo de la historia parlamentaria.


Esto significa que en la Knéset no todos los diputados son judíos.


Hay ciudadanos árabes de Israel, musulmanes, cristianos y drusos, entre otros. Los ciudadanos árabes tienen derecho a votar y ser elegidos. Ha habido diputados árabes desde los primeros años del Estado.


Por tanto, cuando surge la pregunta: qué “tipos de judíos” están presentes en el Parlamento, debemos distinguir al menos:


judíos seculares;


judíos tradicionales (masortim);


judíos religiosos sionistas;


judíos ultraortodoxos (haredim);


judíos jasídicos;


judíos sefardíes y mizrajíes;


judíos ashkenazíes;


y judíos pertenecientes a distintas corrientes religiosas o culturales.


Pero estas categorías se superponen. Un judío puede ser mizrají y secular; ashkenazí y ultraortodoxo; sefardí y sionista religioso; etc.


Hay además una fractura política particularmente importante: secularismo frente a religión.


Una parte considerable de la sociedad israelí quiere que el Estado sea predominantemente judío en sentido nacional, pero relativamente secular en sus instituciones.


Otra parte considera que el carácter judío del Estado debe expresarse mucho más profundamente en la legislación, el calendario, la educación, el matrimonio, la conversión, el Shabat y otras dimensiones de la vida pública.


Esta tensión es enorme.


Por ejemplo, Israel no posee matrimonio civil interno de la misma manera que muchos países europeos. El matrimonio judío está tradicionalmente bajo autoridad rabínica reconocida por el Estado, lo que genera fuertes críticas entre sectores seculares.


También existe una enorme controversia sobre el servicio militar.


Durante décadas, determinados sectores ultraortodoxos han recibido exenciones o aplazamientos para estudiar Torá en yeshivá. La cuestión se ha convertido en uno de los conflictos políticos más explosivos de la sociedad israelí, especialmente porque una parte de la población considera injusto que unos ciudadanos combatan y otros queden exentos.


Aquí se produce una fractura muy interesante:


el conflicto no es solamente judíos contra palestinos; también existe una disputa entre judíos sobre qué significa ser judío en un Estado judío.


Y existe otra fractura fundamental: Israel secular-liberal frente a Israel nacional-religioso.


Esto fue particularmente visible durante las grandes protestas de 2023 contra la reforma judicial impulsada por el gobierno de Netanyahu.


Millones de israelíes participaron durante meses en manifestaciones contra la reforma. Los partidarios del gobierno argumentaban que el sistema judicial había adquirido un poder excesivo y que era necesario devolver autoridad a los representantes electos. Sus adversarios consideraban que la reforma amenazaba los controles institucionales y podía conducir a una concentración excesiva del poder.


Fue uno de los momentos de mayor polarización política de la historia reciente de Israel.


Y después llegó el 7 de octubre de 2023.


El ataque de Hamás produjo inicialmente un enorme efecto de unidad nacional, pero posteriormente reaparecieron las divisiones: conducción de la guerra, responsabilidad política y militar por los fallos de seguridad, negociación sobre los rehenes, relación con Estados Unidos, futuro de Gaza, asentamientos y eventual solución de dos Estados.


Por eso actualmente pueden coexistir dos fenómenos aparentemente contradictorios:


una sociedad israelí extremadamente cohesionada en torno a determinadas cuestiones de seguridad y, al mismo tiempo, profundamente enfrentada sobre cómo debe gobernarse el país.


Y aquí llegamos a una cuestión que conecta directamente con nuestra conversación anterior sobre Jabad y el sionismo.


Hay, simplificando mucho, tres concepciones distintas de Israel que compiten entre sí:


El Israel nacional-secular, donde ser israelí significa fundamentalmente pertenecer a una nación judía soberana moderna.


El Israel religioso-nacional, donde la soberanía sobre la Tierra de Israel posee además una dimensión religiosa y bíblica.


Y el Israel haredí, donde la prioridad no es necesariamente construir un Estado teocrático, sino preservar una sociedad judía gobernada por la Torá y las autoridades rabínicas, manteniendo una relación pragmática con el Estado.


Jabad ocupa una posición peculiar respecto de estas tres categorías. Su pensamiento mesiánico y su relación con la Tierra de Israel pueden acercarlo a determinados sectores nacional-religiosos, pero su estructura internacional y su propia tradición no lo convierten simplemente en un partido del nacionalismo religioso.


Y existe todavía una cuarta posición: el Israel liberal-secular, que defiende un Estado judío pero con instituciones democráticas, pluralismo religioso y una separación considerable entre religión y Estado.


Es precisamente el choque entre estas concepciones lo que hace que la política israelí sea tan interesante.


En otras palabras: Israel no está solamente luchando por la definición de sus fronteras; también está luchando por definir qué significa ser un Estado judío.

Jabad-Lubavitch: mística, mesianismo y poder religioso transnacional



Jabad-Lubavitch: mística, mesianismo y poder religioso transnacional

Jabad-Lubavitch —חב״ד ליובאוויטש— pertenece al jasidismo y tiene sus raíces en la Rusia imperial de finales del siglo XVIII. Su nombre, Jabad (Chabad), procede de las iniciales hebreas de tres facultades intelectuales: jojmá (sabiduría), biná (entendimiento) y daat (conocimiento). Esto ya permite distinguirlo de una concepción puramente emocional del jasidismo: Jabad concede una importancia extraordinaria a la comprensión intelectual de Dios, de la Torá y de la experiencia religiosa.

Su fundador fue Shneur Zalman de Liadí (1745-1812), discípulo de Dov Ber de Mezeritch, uno de los grandes continuadores de Israel ben Eliezer, el Baal Shem Tov. Shneur Zalman elaboró una síntesis particularmente sofisticada entre el jasidismo y la tradición cabalística, especialmente la recepción de la Cábala de Isaac Luria.

Aquí aparece el primer elemento importante para nuestra investigación: Jabad no es simplemente una organización religiosa; es una forma de interpretar la realidad mediante categorías cabalísticas.

En el pensamiento de Jabad, la existencia posee una dimensión oculta. Dios no está simplemente “en algún lugar” trascendente, sino que la creación depende continuamente de la acción divina. El mundo visible constituye, por tanto, una realidad que debe ser elevada hacia su origen.

La finalidad religiosa no consiste únicamente en escapar del mundo, sino en transformar el mundo en un lugar capaz de revelar la presencia divina.

Esta idea resulta fundamental para comprender la extraordinaria actividad misionera de Jabad.


1. De la Cábala a la acción

En la tradición cabalística luriana aparece el concepto de tikkun, la reparación o restauración. La creación contiene una dimensión de ruptura, dispersión y ocultamiento. El ser humano participa en el proceso de reparación mediante el cumplimiento de los mandamientos (mitzvot).

Jabad convierte esta estructura mística en una praxis.

Un judío que coloca los tefilín, enciende las velas de Shabat, observa las leyes alimentarias o estudia Torá no está realizando simplemente una actividad ritual. Está participando, desde la perspectiva cabalístico-jasídica, en una transformación de la realidad.

Aquí encontramos algo intelectualmente interesante: la acción cotidiana adquiere una dimensión cosmológica.

La frontera entre el acto religioso y la transformación del mundo se vuelve extremadamente estrecha.

Esto explica en parte la estrategia contemporánea de Jabad: localizar comunidades judías allí donde existan judíos, incluso cuando sean pocos, y proporcionarles infraestructura religiosa.

El famoso principio práctico de enviar shluchim —emisarios— constituye uno de los mecanismos más eficaces de expansión.


2. El fenómeno del Rebe de Lubavitch

La figura decisiva del Jabad contemporáneo fue Menachem Mendel Schneerson (1902-1994), conocido simplemente como el Rebe.

Su importancia supera considerablemente la de un dirigente religioso ordinario.

Schneerson convirtió Jabad en una estructura global extraordinariamente organizada.

Durante su liderazgo se multiplicaron los emisarios enviados a ciudades de todo el mundo. Estos emisarios establecieron sinagogas, escuelas, centros comunitarios, restaurantes kosher, programas educativos y actividades para jóvenes.

El resultado fue una especie de infraestructura religiosa transnacional.

En términos sociológicos, Jabad desarrolló algo extraordinariamente eficiente:

una red mundial basada en pequeños nodos locales conectados a una identidad espiritual común.

No necesita necesariamente conquistar instituciones existentes. Puede crear una institución nueva.

Por eso encontramos casas de Jabad en lugares tan diversos como Madrid, París, Buenos Aires, Bangkok, Nueva York, Tenerife, São Paulo, Mumbai o pequeñas comunidades universitarias.

La estrategia es notable: el movimiento no depende exclusivamente de grandes templos.

Depende de personas capaces de crear comunidad allí donde se encuentren judíos.


3. La cuestión mesiánica

Aquí entramos en el aspecto más delicado.

Schneerson desarrolló una intensa conciencia mesiánica. Para una parte importante de sus seguidores, el Rebe llegó a ser considerado potencialmente el Mashíaj —Mesías—.

Después de su muerte en 1994 surgió una división dentro de Jabad.

Algunos seguidores sostuvieron que Schneerson era el Mesías y que su muerte no anulaba su condición mesiánica. Otros rechazaron esa identificación o evitaron pronunciarse.

Este fenómeno produjo una situación extraordinaria en el judaísmo contemporáneo.

Un movimiento puede funcionar simultáneamente como:

una comunidad religiosa,

una red educativa,

una estructura misionera,

una organización internacional

y un movimiento con fuertes componentes mesiánicos.

Eso merece atención porque el mesianismo modifica la percepción histórica del presente.

Si se considera que la historia se encuentra próxima a una culminación redentora, entonces las acciones presentes adquieren una importancia escatológica.


4. Jabad y el Estado de Israel

Hay que evitar aquí una simplificación frecuente.

Jabad no es simplemente equivalente al sionismo.

Históricamente, el movimiento jasídico y particularmente sectores de Jabad mantuvieron posiciones complejas frente al sionismo político.

La razón es teológica.

El sionismo político sostiene, en términos generales, que el pueblo judío puede construir una soberanía nacional en la Tierra de Israel mediante procesos históricos y políticos.

La tradición mesiánica clásica plantea otra cuestión: ¿puede el ser humano producir políticamente la redención que corresponde al Mesías?

Por eso encontramos una tensión interesante:

Israel puede ser considerado central para la identidad judía sin que ello implique aceptar toda la teología política del sionismo.

Schneerson, sin embargo, mostró una preocupación extraordinaria por la seguridad territorial de Israel y mantuvo relaciones con numerosos políticos israelíes.

Su posición respecto de territorios como Judea y Samaria fue particularmente firme: consideraba que determinadas concesiones territoriales podían poner en peligro vidas humanas.

Esto hizo que sus enseñanzas fueran enormemente influyentes en sectores religiosos y políticos de la derecha israelí.

Pero Jabad no puede reducirse a un partido político.

Su proyecto es mucho más amplio.


5. Jabad y la diáspora

Aquí aparece quizá la dimensión más poderosa de su influencia.

El sionismo tiende a pensar la concentración del pueblo judío en Israel como una solución histórica.

Jabad, en cambio, ha demostrado que la diáspora puede convertirse en un campo extraordinariamente fértil para la expansión religiosa.

El shaliach —emisario— no necesita abandonar la identidad judía para integrarse en la sociedad donde vive.

Hace precisamente lo contrario:

lleva una microestructura judía al interior de la sociedad.

Esto produce una geografía religiosa peculiar.

Una persona puede encontrarse en una ciudad europea, africana, asiática o americana y descubrir que existe una Casa de Jabad.

La red produce continuidad.

Y esa continuidad tiene consecuencias culturales, económicas y políticas.


6. Jabad y las élites

También es importante estudiar la relación de Jabad con empresarios, políticos, intelectuales y grandes donantes.

El movimiento ha desarrollado históricamente relaciones con personas de enorme capacidad económica.

Esto no constituye por sí mismo algo sospechoso. Es habitual que las instituciones religiosas dependan de donaciones privadas.

Pero sociológicamente resulta significativo porque Jabad combina dos niveles aparentemente contradictorios:

una presencia extremadamente popular y cotidiana

y

una capacidad de relacionarse con individuos pertenecientes a las élites económicas y políticas.

El mismo movimiento puede estar presente en una pequeña comunidad judía y, simultáneamente, mantener relaciones con empresarios multimillonarios o dirigentes políticos.

Esa elasticidad institucional explica parte de su eficacia.


7. ¿Existe relación entre Jabad, Cábala, masonería y rosacrucismo?

Aquí debemos ser muy rigurosos.

La relación entre Jabad y la Cábala es directa y documentable.

Jabad nace dentro del jasidismo y desarrolla una teología profundamente influida por la tradición cabalística.

La relación con el rosacrucismo y la masonería es completamente diferente.

Existen históricamente numerosos contactos entre intelectuales europeos interesados en la Cábala, el ocultismo cristiano, el hermetismo, la masonería y el rosacrucismo. La llamada Cabala cristiana del Renacimiento —Pico della Mirandola, Johannes Reuchlin y posteriormente diversos autores esotéricos— produjo una circulación real de conceptos cabalísticos en ambientes cristianos y ocultistas.

Pero de ahí no se deduce que Jabad sea una continuación de los rosacruces o de la masonería.

Sería una confusión histórica importante.

Podemos representar mejor las relaciones así:

Cábala judía → jasidismo → Jabad

y, paralelamente:

Cábala judía → recepción cristiana → hermetismo/ocultismo → determinados ambientes rosacruces y masónicos

Hay zonas de contacto intelectual, pero no una línea institucional continua demostrada.


8. ¿Y la “hechicería judía”?

Aquí también conviene distinguir.

La tradición judía posee literatura sobre magia, amuletos, exorcismos, nombres divinos, ángeles, demonios y prácticas apotropaicas. Existen testimonios antiguos y medievales de magia judía.

Pero Cábala no significa hechicería.

La Cábala es fundamentalmente una tradición mística y teosófica. Algunas corrientes cabalísticas incorporaron prácticas que hoy podrían clasificarse como mágicas, pero sería anacrónico convertir toda la Cábala en magia.

Jabad, además, tiende a interpretar la Cábala en un marco teológico y espiritual, no como un sistema de hechicería.

Por tanto, si queremos construir nuestra investigación anterior sobre Dan, Cábala, esoterismo y masonería, debemos separar cuidadosamente tres fenómenos:

mística judía; magia judía; ocultismo occidental.

Son fenómenos relacionados históricamente en algunos puntos, pero no equivalentes.


9. La gran paradoja de Jabad

A mi juicio, esta es la cuestión más interesante.

Jabad parece simultáneamente tradicionalista y extremadamente moderno.

Es profundamente tradicional porque reivindica:

Torá,

Halajá,

Mitzvot,

Cábala,

mesianismo,

identidad judía.

Pero utiliza instrumentos extraordinariamente modernos:

comunicación internacional,

redes sociales,

publicidad,

educación global,

organización empresarial,

tecnología,

logística transnacional.

Podríamos decir que Jabad realiza una operación histórica muy sofisticada:

utiliza la modernidad para conservar una forma radical de tradición.

Y aquí reside buena parte de su fuerza.

No intenta secularizar la tradición para hacerla atractiva al mundo moderno.

Hace algo diferente:

moderniza los medios sin modernizar necesariamente el contenido.

Ese fenómeno merece ser estudiado con mucha más atención de la que habitualmente recibe.


10. Jabad como fenómeno de poder blando

Si utilizamos una categoría de ciencia política, podríamos hablar de soft power religioso.

Jabad no posee un Estado.

No posee un ejército.

No necesita controlar territorialmente una población.

Su influencia se produce mediante:

educación,

identidad,

relaciones personales,

asistencia comunitaria,

ritual,

información,

redes económicas,

liderazgo religioso

y presencia internacional.

Es una forma de poder cultural descentralizado.

Y precisamente por eso puede resultar más resistente que una estructura jerárquica convencional.


Conclusión

Si retomamos nuestra investigación sobre sionismo, Cábala, mesianismo, masonería y rosacrucismo, yo situaría a Jabad-Lubavitch en un lugar específico: no como una supuesta “organización secreta” heredera del ocultismo occidental, sino como uno de los grandes laboratorios contemporáneos donde mística judía, mesianismo, identidad, organización transnacional y política se encuentran.

Su importancia histórica es real y suficientemente grande como para no necesitar teorías conspirativas.

Y hay una cuestión todavía más profunda que podríamos investigar: la transformación del concepto cabalístico de tikkun en una estrategia mundial de presencia religiosa.

Ahí encontramos un puente muy interesante entre Isaac Luria, Shneur Zalman, Schneerson y la actual red mundial de shluchim. Ese recorrido permitiría estudiar cómo una idea mística del siglo XVI terminó convirtiéndose, cuatro siglos después, en una de las redes religiosas judías más eficientes del planeta.