miércoles, 11 de febrero de 2026

Profeta y los Libros Proféticos



Vamos a hablar de los libros proféticos.

Los libros proféticos representan la cuarta parte del Antiguo Testamento si fuesen 1000 páginas serían 250 páginas. Para la Iglesia cristiana primitiva son los libros más importantes, para un judío lo importante es el Pentateuco. Sin embargo para un cristiano de la primera época en los libros proféticos ven un anuncio del Mesías. Sin embargo el hecho de que sean los más importantes no significa que sean los más fáciles, al contrario son los más difíciles de todo el Antiguo Testamento, por un motivo muy sencillo, son libros que responden a problemas de la actualidad de aquel tiempo y entonces requiere conocer la historia y no solo la historia de Israel sino a veces también la historia de Asiria, de Babilonia, de Egipto, del Antiguo Oriente en general. 

Por otra parte es importante tener en cuenta que los libros proféticos no son obra de un solo autor. Por ejemplo, el libro de Isaías no lo escribió Isaías, ni el de Jeremías lo escribió Jeremías, ni siquiera un libro tan pequeño como el de Abdías procede exclusivamente de él, porque en la Biblia no hay el derecho de propiedad intelectual. Por ejemplo,  hoy día si alguien quiere editar las obras de García Lorca no puede meter entre los poemas algo que a él se le ocurre ni lo de otro autor, a lo sumo puede poner una nota a pie de página o puede escribir una introducción pero desde luego no puede cambiar lo que ha escrito el autor. En cambio en la Biblia los transmisores de su mensaje iban añadiendo continuamente nuevos poemas, nuevas composiciones, a lo que ya había escrito el maestro.

El libro de Isaías es fruto de 500 años de profecía no es de obra de un único autor del siglo VIII antes de Cristo, sino que es fruto de años de actividad literaria y profética.


Desde un punto de vista antropológico,

el profeta forma parte de los mediadores, en el ámbito religioso se piensa que el hombre normal no tiene acceso directo a lo divino sino que necesita de alguien que haga de mediador entre él y Dios. Los mediadores de los pueblos antiguos son muy distintos están por ejemplo: los chamanes, los adivinos, los astrólogos, están los sacerdotes y están los profetas.

Pero lo típico del profeta del Antiguo Oriente es que a diferencia del adivino no recurre a medios técnicos. El adivino, por ejemplo, inspecciona las vísceras de un animal, el hígado, los riñones... sobre todo el hígado era muy frecuente. Eso lo hacían los babilonios, los asirios, lo hicieron también los romanos, pero un profeta nunca hace eso. Nunca recurre a un medio técnico. 

Los profetas en Mesopotamia pueden ser dioses o diosas. Por eso en Babilonia y en Asiria hay muchas profetisas.


El mensaje del profeta,

generalmente es muy breve, no es un gran discurso, sino que es una cosa tremendamente práctica y concreta. Por ejemplo, que se abra la puerta en el templo, una nueva puerta en el templo, que se ofrezca un sacrificio...


El profetismo en Israel no es un fenómeno exclusivo del pueblo de Israel.

 La profecía de Israel forma parte de un fenómeno común, pero llegó a alcanzar en Israel una importancia que no tiene ningún otro pueblo del Antiguo Oriente. Por ejemplo, en la Biblia existe unas 250 páginas de escritos proféticos, esto no ocurre ni en Asiria, ni en Mesopotamia, ni en Siria, ni en el Líbano.


Diferencias con otros pueblos de Oriente:

La primera diferencia que encontramos entre los profetas es en el tiempo que dedican a la actividad. Los profetas dedican toda su vida a esa actividad.

La segunda diferencia, Dios busca comunicarse y no al revés. El profeta Amós dice que él era un pastor y un cultivador de sicomoros y se convierte en profeta por una acción de Dios.

El contacto con Dios se establece por visiones. Isaías cuenta una visión impresionante que tiene lugar en el templo de Jerusalén y ve una escena grandiosa: el señor rodeado de de serafines.

Ezequiel describe una visión impresionante: la de los huesos secos que cobran vida.

Otra forma de entrar en contacto con Dios es la audición. Algo que escuchan. Por ejemplo,  la vocación de Jeremías comienza diciendo: el Señor me dijo.

Otra forma es a través de la música y de la danza. Lo que acontece es el trance profético. Prácticamente se pierde la conciencia. Pero no es lo más usual.

El modo de transmitir más común es la palabra hablada y escrita. Es parecido a lo que hace un cantautor.

Pero el profeta no se limita a transmitir su mensaje con la palabra sino que muchas veces utiliza la acción simbólica.

Por ejemplo en Isaías hay un momento en el que está tremendamente preocupado por la situación política y está convencido de que si la situación sigue así van a venir los asirios y los van a deportar. Entonces se desnuda, se quita las sandalias, se ponde un taparrabo y  comienza a recorrer Jerusalén de punta a punta. Isaías es un personaje muy conocido en Jerusalén y cuando la gente lo ve recorriendo la ciudad desnudo, pues se burlan de él o escandalizan, o se interrogan, desde luego se cuestionan. Isaias no dice nada, sino que continúa con su acción simbólica hasta que ya por fin dice que eso le va a ocurrir al pueblo si continúan con su política.

Jeremías quiere expresar la desgracia que va a caer sobre Jerusalén. Y en vez de soltar un discurso pues lo que hace es comprar un cacharro de losa y se presenta ante el pueblo. Cuando toda la gente se reúne allí sacerdotes y seglares a ver qué hace Jeremías con ese cacharro de losa, este lo estrella contra el suelo y dice: de esa manera tratará el señor a Jerusalén si no se convierten. 


Hay dos tipos fundamentales de profecía:  la profecía central (toda la nación)  y la profecía periférica (del maestro a sus discípulos).


La imagen del profeta  más antigua es también la más actual: La de adivino.

Esta imagen del profeta como adivino tiene un fundamento bíblico enorme. Por ejemplo el de Samuel a Saúl. Al padre de Saúl se le pierden unas asnas. Entonces manda a su hijo a buscar las asnas, las están buscando un día, dos días, tres días... Dice Saul: llevamos ya mucho tiempo y mi papá se va a preocupar por nosotros, más vale volver allí aunque no encontremos las asnas... El criado le dice: Mira hay aquí un hombre de Dios (es el título que se utiliza para el profeta)  que la gente va a consultar y que seguro que nos dice dónde están las asnas. El hombre al que van es Samuel. Y les dice: no os preocupéis por las asnas porque ya han aparecido. Y entonces es cuando unge Rey a Saúl.

El profeta es un hombre capaz de adivinar cosas ocultas.


En el Nuevo Testamento 

se mantiene esta idea de que el profeta es un adivino. Por ejemplo: El diálogo de Jesús con la samaritana. La mujer responde: veo señor que eres un profeta tú no me conoces de nada, es la primera vez que pasas por el pueblo y sin embargo sabes lo que es mi vida pasada. Eres un profeta.

Pero el profeta habla muchas veces del futuro, pero habla del futuro para avisar de que hay que cambiar en el presente.

El profeta habla del futuro, pero porque está en relación con el presente. O muchas veces los profetas hablan del futuro para consolar en el presente.

El profeta denuncia las injusticias y las desigualdades, pero también consuela a esa gente.

El profeta por tanto también anuncia la esperanza del Mesías.

La figura del profeta como anunciador del mesías fue creada por los evangelistas. Por ejemplo, el evangelio de Mateo comienza el relato de la infancia de Jesús, cuando el Ángel le anuncia a José que María está embarazada va a dar a luz un hijo y dice y así se cumplió lo anunciado por el profeta por Isaías: de que la virgen dará luz un hijo. Luego vienen los magos de Oriente y cuando preguntan dónde tenía que nacer el mesías le responden inmediatamente que en Belén de Judá porque así está escrito en el profeta Miqueas. Más tarde la familia tiene que huir a Egipto. Y esa huida servirá para que al volver de Egipto se cumpla lo dicho por el profeta Oseas: de Egipto llamé a mí hijo. Pero antes de que vuelvan de Egipto, Herodes ha mandado matar a los niños inocentes de Belén y se cumple lo que dijo el profeta Jeremías de que Raquel está llorando a sus hijos porque ya no existen... y todo el relato de la infancia termina diciendo que la familia se traslada a Nazaret para que se cumpliese lo dicho por los profetas: que se llamaría Nazareno.

Es decir que en los dos capítulos de la infancia del Evangelio de Mateo tenemos cinco alusiones a los profetas en la vida de Jesús.

¿Qué es un profeta para las primeras comunidades cristianas? El que anunciaba la venida del mesías. 

Cuando uno sigue leyendo el evangelio de Mateo y se encuentra la figura de Juan Bautista resulta que también comienza a predicar por eso mismo porque se cumple lo dicho por Isaías: de la voz que clama en el desierto ... y cuando Jesús actúa en Galilea también se cumple lo anunciado por Isaías: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz... es decir que todo el evangelio, toda la vida de Jesús, prácticamente está construida por ese cumplimiento de lo dicho en los profetas.

En el evangelio de Lucas ocurre algo por el estilo. San Lucas da importancia a los profetas en determinados momentos. Para S. Lucas el gran problema es el de la muerte y resurrección de Jesús, o sea aceptar que el asesinato de Jesús tenga un sentido, que esa muerte no sea una muerte absurda, que sirva para algo y entonces a la hora de explicar ese misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús al final del Evangelio, Lucas recurre expresamente a los profetas. El evangelista dice que Jesús cuando se aparece a los 11, a partir de los profetas, le fue explicando ese misterio, de que Él tenía que morir y resucitar. Y al comienzo del libro de los Hechos repite exactamente lo mismo. Jesús vuelve a acudir a los profetas para explicar el misterio de su muerte y resurrección. Después de la ascención de Jesús ocurre el gran fenómeno que para Lucas es fundamental: Pentecostés. La venida del Espíritu es lo que va a poner en marcha a toda la Iglesia. Eso es algo capital y en esa venida del Espíritu se cumple lo anunciado por el profeta Joel: de que al final de los tiempos derramaré mi Espíritu sobre todos mis siervos y siervas... 

Para la Iglesia primitiva, los profetas son los que anuncian al Mesías. Pero esta imagen del profeta también tiene sus fallos. Porque si aquí tuviésemos 250 páginas no encontraríamos más de cinco páginas proféticas referidas al Mesías, que se pudiesen aplicar a Jesús.

Por consiguiente no podemos decir el profeta es simplemente el anunciador del mesías, es una imagen que para los cristianos resulta muy agradable pero no es toda la verdad. El profeta es algo más. Pero esta imagen del profeta como anunciador del mesías va a durar en la Iglesia Católica y protestante hasta que llegamos al siglo XVIII y en el siglo XIX, el siglo del romanticismo se va a imponer una imagen del profeta como individuo solitario 

En el siglo XIX el individuo solitario se ve también en relación con la teoría darwiniana. El que llega a esa meta más alta es un Solitario, desde el punto de vista religioso y profético. Por ejemplo, Jeremías en un momento determinado de su vida cuando está en crisis le dice a Dios: no me senté a disfrutar con los que se divertían forzado por tu me senté Solitario. Él se refiere al momento de su vocación cuando era muy joven todavía. Elías en el Monte Carmelo está completamente rodeado de gente, está el rey, están 450 sacerdotes de baal, están el pueblo y sin embargo él se siente completamente solo. 

El romanticismo entra en crisis en el siglo XX. No se puede decir que el profeta sea un individuo que solo en la soledad con Dios descubre todos los valores. Los protestantes se darán cuenta que el profeta tiene un influjo enorme de las tradiciones del norte y del sur, según se mueve en Israel o en Judá. Tiene un influjo enorme del culto, tiene un influjo enorme de la sabiduría popular, porque sus padres desde pequeñitos le están inculcando una serie de valores: Los mandamientos de la ley mosaica.  Eso no lo descubre el profeta en la soledad con Dios, eso se lo dicen desde niño. Entonces no se puede considerar al profeta un individuo aislado de la sociedad. Sin duda Dios se le comunica y Dios le revela cosas importantísimas, pero tiene un sustrato, una base totalmente social.

En el siglo XX surge con fuerza la imagen del profeta como un reformador social o como un revolucionario social y de nuevo la base bíblica es enorme. Por ejemplo, todo el libro de Amós.

Otro ejemplo es el profeta Natán que se enfrenta a rey David por haber cometido adulterio y asesinado al marido de la adultera,  Urías. Lo mismo ocurre cuando Elías acusa a Jezabel de mandar a ejecutar un asesinato, para apoderarse de una finca.

Por consiguiente esta imagen del profeta como reformador social o como revolucionario social, tiene una base muy grande pero hay que reconocer también que a veces esta imagen está motivada por la expansión de las obras de Marx. 

También la imagen del profeta como reformador social y crítico, sirve a los protestantes para criticar a la institución religiosa católica. Diciendo que solo se preocupan del culto y no se preocupan de la justicia. Eso mismo van a hacer también muchos Católicos en el siglo XX, van a recoger esa idea y van a utilizar a los profetas como los portavoces de que lo fundamental es la justicia no el culto.

Por consiguiente, esta imagen del profeta tiene una base muy seria. Pero no se puede interpretar al profeta simplemente como un reformador social o como un revolucionario social, porque cabe un peligro: el de silenciar la profunda experiencia religiosa de los profetas y como uno se descuide está hablando de los profetas igual que puede hablar de un periodista, de un novelista, de un director de cine que hace una película de crítica social. No se trata de que simplemente que eso está mal, sino que también ofende a Dios 

Surge una imagen del profeta entre el siglo XX y el siglo XXI. El profeta es un funcionario. Es un funcionario del culto. Esta imagen la propuso la Iglesia protestante de Noruega, que analizando los salmos se dió cuenta de que en los salmos hay oraciones que recita la persona que ayuda al templo. Entonces entona la mayor parte del salmo, que es una especie como de súplica de petición a Dios, esperando una respuesta. Se desarrolla la idea que en el templo de Jerusalén había profetas, pero muchos profetas, y que los que nosotros consideramos los grandes profetas Isaías, Miqueas, Jeremías... estaban en confrontación con esos profetas del culto del templo. Algunos han llevado esta idea al extremo y terminan diciendo que todos los profetas eran funcionarios del culto. Se establece una relación del profeta con el culto, como funcionarios del culto. 

Algo interesante es que los protestantes terminan asimilando lo que siempre han criticado a los católicos, la unidad del culto a la denuncia social.  


Características de un profeta del Antiguo Testamento

Se considera el portavoz de Dios: él habla en nombre de Dios y en esto se diferencia del historiador.

La palabra de Dios es clara y no son complicados como los oráculos de delfos.

Siempre se refieren en la siguiente manera: Así dice el Señor Dios. Porque es el portavoz de Dios.

El profeta vive la vida de la gente, pero también de la corte y por eso sabe las tramas de los políticos.

El profeta es incómodo y muchas veces asesinado.

La profecía rompe todas las barreras, por ejemplo, rompe la barrera del género. Porque hay profetas y profetisas. No hay sacerdotisas, hay sacerdotes y sin embargo sí hay profetisas.

Se rompe la barrera de la cultura, no hacen falta estudios especiales para ser profeta. Un sacerdote tiene que estudiar las prácticas rituales, el profeta no tiene que estudiar nada. Puede ser un campesino inculto o puede ser una persona de mucha cultura.

El profeta rompe la barrera de las clases sociales. Porque puede ser muy pobre y puede ser muy rico, no hay obstáculo ninguno.

Rompe la barrera religiosa. Porque no hay que ser sacerdote de la tribu de Leví. 


lunes, 9 de febrero de 2026

Los Sacramentos en los Concilios



1. Concilios de la Iglesia antigua (siglos IV–V)

Los sacramentos como praxis viva, aún no sistematizada


Nicea I (325)

No ofrece una teología sistemática de los sacramentos, pero presupone su validez y centralidad, especialmente: el Bautismo como condición de pertenencia eclesial, la Eucaristía como acto central del culto cristiano.

La preocupación principal es cristológica, pero sin una cristología correcta no hay sacramentos válidos: si Cristo no es verdadero Dios, los sacramentos pierden eficacia salvífica.


Constantinopla I (381)

Refuerza la doctrina trinitaria, esencial para la comprensión sacramental:

Los sacramentos son acciones trinitarias: del Padre, por el Hijo, en el Espíritu.

Se consolida la fórmula bautismal trinitaria (cf. Mt 28,19).

Aquí se afianza la idea —todavía implícita— de que el sacramento no es solo símbolo, sino acción real de Dios.


Éfeso (431) y Calcedonia (451)

No tratan directamente los sacramentos, pero aportan un fundamento decisivo: la unidad de la persona de Cristo (divina y humana).

Esto es clave:

los sacramentos actúan porque Cristo actúa en ellos. Sin Calcedonia no hay teología sacramental coherente.


2. Alta Edad Media

Clarificación progresiva del lenguaje sacramental


Concilio Lateranense IV (1215)

Aquí ocurre un salto cualitativo.

Aportaciones decisivas:

Afirmación clara de la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Uso oficial del término transubstanciación para explicar el cambio del pan y del vino.

Aunque aún no enumera formalmente los siete sacramentos, la estructura sacramental ya está prácticamente asumida.


3. Baja Edad Media

Primera definición explícita del número de sacramentos


Concilio de Lyon II (1274)

Por primera vez en un documento conciliar se enumeran explícitamente los siete sacramentos:


Bautismo

Confirmación

Eucaristía

Penitencia

Unción de los enfermos

Orden

Matrimonio


Aquí no se desarrolla todavía una teología detallada, pero se fija un consenso doctrinal.


Concilio de Florencia (1439)

Este concilio ofrece la primera síntesis sacramental completa: reafirma los siete sacramentos, explica su institución por Cristo, distingue materia y forma, afirma su eficacia objetiva (ex opere operato).

Florencia es clave porque recoge la teología escolástica madura y la presenta de forma orgánica.


4. Concilio de Trento (1545–1563)

La gran definición dogmática sacramental

Este es el concilio sacramental por excelencia, convocado en respuesta a la Reforma protestante.

Afirmaciones centrales:

Los sacramentos no son meros símbolos, sino signos eficaces de la gracia.

Son siete y solo siete, instituidos por Cristo.

Actúan ex opere operato, no por la santidad del ministro.

Definición precisa de:

la Eucaristía (presencia real, sacrificio),

la Penitencia (confesión auricular, absolución),

el Orden (sacerdocio ministerial),

el Matrimonio (sacramentalidad e indisolubilidad).


Trento fija la doctrina clásica que permanece vigente hasta hoy.


5. Concilios contemporáneos

Profundización pastoral y teológica, no ruptura


Vaticano I (1869–1870)

No trata directamente los sacramentos.

Refuerza el marco doctrinal: fe, razón y autoridad magisterial.


Concilio Vaticano II (1962–1965)

No redefine dogmas sacramentales, pero ofrece una relectura teológica y pastoral profunda.


Textos clave:

Sacrosanctum Concilium: los sacramentos como acciones de Cristo y de la Iglesia, orientados a la participación activa.

Lumen Gentium: la Iglesia misma como sacramento universal de salvación.

Gaudium et Spes: especial desarrollo del matrimonio como comunidad de vida y amor.

Vaticano II no cambia la doctrina, pero la sitúa en una clave:

más bíblica, más eclesiológica, más existencial.


Síntesis final

En forma cronológica y teológica:

I–V siglos: los sacramentos se viven antes de definirse.

XIII–XV siglos: se clarifican, enumeran y sistematizan.

Trento: se definen dogmáticamente frente al error.

Vaticano II: se profundizan desde la liturgia, la Iglesia y la persona.

La enseñanza conciliar muestra un principio constante:

la Iglesia no inventa los sacramentos, los custodia, discierne y explica a medida que la historia lo exige.

domingo, 8 de febrero de 2026

Diferencia y Semejanzas entre los Profetas del Antiguo Testamento

 




Punto de partida común


Tanto profetas mayores como menores comparten el mismo estatuto teológico:

Todos son נְבִיאִים (nevi’ím), portavoces de YHWH.

Todos hablan desde la alianza (בְּרִית, berît).

Todos interpretan la historia a la luz de la fidelidad o infidelidad del pueblo.

Todos articulan juicio y esperanza, nunca uno sin el otro.

En este nivel no hay diferencia esencial.


Semejanzas fundamentales

En ambos grupos encontramos:

Una comprensión relacional de Dios: YHWH no es una idea, es un Dios que entra en conflicto con su pueblo cuando la alianza es traicionada (cf. Os 4; Is 1).

La centralidad de la justicia: el término מִשְׁפָּט (mišpāṭ) atraviesa tanto a Amós como a Isaías.

La crítica al culto vacío: sacrificios sin conversión son rechazados (Am 5,21–24; Is 1,11–17).

La esperanza escatológica: incluso en los textos más duros, el juicio no es la última palabra (Is 11; Mi 4).

Desde el punto de vista teológico, los profetas menores no “dicen menos”: dicen lo mismo con menos palabras.


Diferencias reales (no jerárquicas)

Las diferencias se sitúan en tres niveles: extensión literaria, perspectiva histórica y densidad teológica desarrollada.


1. Extensión y estructura literaria

Los profetas mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel, y en la tradición cristiana Daniel) poseen obras extensas, complejas y estructuralmente variadas: oráculos, narraciones biográficas, visiones, poemas, acciones simbólicas.

Los profetas menores (los Doce) presentan libros breves, a veces compuestos casi exclusivamente de oráculos, con menor desarrollo narrativo.

Esta diferencia explica la clasificación, no la calidad del contenido.


2. Horizonte histórico y duración de la misión

Los profetas mayores suelen acompañar largos procesos históricos:

Isaías atraviesa varias generaciones y contextos políticos.

Jeremías vive el colapso de Jerusalén.

Ezequiel profetiza en el exilio, con una teología de reconstrucción.

Muchos profetas menores actúan en contextos más delimitados, respondiendo a crisis concretas: corrupción (Amós), infidelidad cultual (Oseas), injusticia social (Miqueas), crisis postexílica (Malaquías).

No son menos profundos, pero más focalizados.


3. Desarrollo conceptual

En los profetas mayores se observa un despliegue teológico más sistemático:

Isaías desarrolla la santidad de Dios (קָדוֹשׁ, qādôš) y la esperanza mesiánica.

Jeremías articula la nueva alianza interior (לֵב, lēb).

Ezequiel elabora una teología de la gloria (כָּבוֹד, kābôd) y del Espíritu vivificante.

En los profetas menores, las categorías teológicas aparecen de forma más concentrada e incisiva:

Oseas introduce el ḥéṣed (amor fiel).

Amós radicaliza la justicia social.

Habacuc formula la fe como confianza en medio del absurdo histórico (Hb 2,4).

Aquí la teología no es menos profunda, sino más aforística.


Diferencia inexistente (pero muy difundida)

Conviene desmontar un error común:

los profetas menores no son “menores” por su importancia, ni por su autoridad, ni por su cercanía a Cristo.

De hecho, varios textos clave del Nuevo Testamento provienen de ellos:

– Os 6,6 (Mt 9,13)

– Mi 5,1 (Mt 2,6)

– Hab 2,4 (Rm 1,17)

La brevedad no reduce la densidad revelatoria.


Síntesis final

Los profetas mayores y menores:

– comparten la misma misión y autoridad,

– difieren en extensión, estilo y alcance histórico,

– se complementan en la revelación progresiva de Dios.

Los mayores construyen grandes catedrales teológicas;

los menores lanzan sentencias que resuenan como martillazos.

Ambos son indispensables. Sin los mayores faltaría arquitectura; sin los menores faltaría filo.

Análisis Teológico de los Libros Proféticos



En la Biblia hebrea, el profeta no es ante todo un adivino. El término נָבִיא (nābî’) designa al “llamado” o “portavoz”. El profeta es quien habla desde Dios y para Dios, insertado en la historia concreta de Israel. Su palabra no nace de la especulación, sino del encuentro. Por eso la fórmula recurrente “כֹּה אָמַר יְהוָה (koh ’āmar YHWH)” —“así dice el Señor”— no es retórica: expresa autoridad delegada.

Teológicamente, los libros proféticos se entienden solo desde la alianza (בְּרִית, berît). El profeta es el fiscal de la alianza: recuerda a Israel las cláusulas aceptadas en el Sinaí (cf. Ex 19–24) y denuncia su ruptura. De ahí que la profecía tenga siempre un carácter ético, histórico y relacional, nunca abstracto.

Los profetas mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel) y los menores no se distinguen por importancia, sino por extensión literaria. Todos comparten un mismo núcleo teológico, aunque con acentos diversos.

En Isaías, la teología gira en torno a la santidad de Dios. El término קָדוֹשׁ (qādôš) no significa solo “moralmente puro”, sino “radicalmente otro”. La visión de Is 6 —“Santo, santo, santo es el Señor”— funda toda la misión profética: quien ha visto la santidad divina no puede tolerar la injusticia estructural. Isaías articula con fuerza la esperanza mesiánica: el ‘almâ (Is 7,14), el Siervo sufriente (Is 52–53) y el reinado de la justicia (Is 11). Aquí la profecía se abre explícitamente al futuro sin evadirse del presente.

Jeremías introduce una teología del fracaso histórico asumido por Dios. El profeta vive el colapso de Jerusalén y del Templo. Su aporte decisivo es la promesa de una nueva alianza: “pondré mi ley en su interior” (Jr 31,33). El hebreo לֵב (lēb, corazón) indica el centro de la persona, no la emoción. La ley deja de ser externa para volverse interior. Jeremías desmonta cualquier confianza mágica en las instituciones religiosas (cf. Jr 7): Dios no se deja instrumentalizar.

En Ezequiel, la categoría clave es la gloria (כָּבוֹד, kābôd). La gloria de YHWH abandona el Templo (Ez 10), señal de que Dios no está prisionero de ningún espacio. Sin embargo, esa misma gloria regresa (Ez 43). Ezequiel articula una teología de la responsabilidad personal (“el alma que peca morirá”, Ez 18) y de la recreación: el corazón de piedra sustituido por un corazón de carne (Ez 36). La visión de los huesos secos (Ez 37) no es un relato de resurrección individual, sino de restauración nacional, aunque la tradición cristiana leerá aquí una apertura escatológica.

Los profetas menores radicalizan aspectos concretos. Amós proclama con dureza que el culto sin justicia es abominable: “que el derecho corra como agua” (Am 5,24). El término מִשְׁפָּט (mišpāṭ) no es solo legalidad, sino orden justo conforme a Dios. Oseas, en cambio, introduce la teología del amor herido: חֶסֶד (ḥéṣed), fidelidad amorosa, vale más que sacrificios (Os 6,6). Aquí la relación con Dios se expresa en términos esponsales, preparando una lectura decisiva para el Nuevo Testamento.

Miqueas resume magistralmente la ética profética: “practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios” (Mi 6,8). Habacuc introduce la cuestión del mal histórico y afirma que “el justo vivirá por su fe” (Hb 2,4), texto clave para Pablo. Zacarías y Daniel (este último ya en clave apocalíptica) desplazan el horizonte hacia la intervención definitiva de Dios en la historia.

Desde una lectura cristiana, los profetas no son solo anunciadores de eventos futuros, sino testigos del modo de actuar de Dios. Jesús mismo se inscribe en esta tradición: denuncia, consuela, llama a la conversión y anuncia el Reino. No en vano afirma: “no he venido a abolir, sino a dar plenitud” (Mt 5,17).

En síntesis, la teología de los libros proféticos afirma tres ejes inseparables:

Dios es fiel a su alianza; la historia es el lugar de esa fidelidad; y la palabra profética juzga, hiere y sana. La profecía bíblica no tranquiliza conciencias: las despierta. Y precisamente por eso sigue siendo uno de los núcleos más incómodos y más actuales de la Sagrada Escritura.

Domingo 5 (A) del tiempo ordinario



Hoy, el Evangelio nos hace una gran llamada a ser testimonios de Cristo. Y nos invita a serlo de dos maneras, aparentemente, contradictorias: como la sal y como la luz.


La sal no se ve, pero se nota; se hace gustar, paladear. Hay muchas personas que “no se dejan ver”, porque son como “hormiguitas” que no paran de trabajar y de hacer el bien. A su lado se puede paladear la paz, la serenidad, la alegría. Tienen —como está de moda decir hoy— “buenas radiaciones”.


La luz no se puede esconder. Hay personas que “se las ve de lejos”: Santa Teresa de Calcuta, el Papa, el Párroco de un pueblo. Ocupan puestos importantes por su liderazgo natural o por su ministerio concreto. Están “encima del candelero”. Como dice el Evangelio de hoy, «en la cima de un monte» o en «el candelero» (cf. Mt 5,14.15).


Todos estamos llamados a ser sal y luz. Jesús mismo fue “sal” durante treinta años de vida oculta en Nazaret. Dicen que san Luis Gonzaga, mientras jugaba, al preguntarle qué haría si supiera que al cabo de pocos momentos habría de morir, contestó: «Continuaría jugando». Continuaría haciendo la vida normal de cada día, haciendo la vida agradable a los compañeros de juego.


A veces estamos llamados a ser luz. Lo somos de una manera clara cuando profesamos nuestra fe en momentos difíciles. Los mártires son grandes lumbreras. Y hoy, según en qué ambiente, el solo hecho de ir a misa ya es motivo de burlas. Ir a misa ya es ser “luz”. Y la luz siempre se ve; aunque sea muy pequeña. Una lucecita puede cambiar una noche.


Pidamos los unos por los otros al Señor para que sepamos ser siempre sal. Y sepamos ser luz cuando sea necesario serlo. Que nuestro obrar de cada día sea de tal manera que viendo nuestras buenas obras la gente glorifique al Padre del cielo (cf. Mt 5,16).



Pensamientos para el Evangelio de hoy

«De nuevo se refiere al mundo, al orbe entero; luz que hay que entenderla en sentido espiritual. Con estas palabras, insiste el Señor en la perfección de vida que han de llevar sus discípulos» (San Juan Crisóstomo)


«Vosotros, que habéis acogido en vuestro corazón el mensaje salvador de Cristo, sois, pues, sal de la tierra porque habéis de contribuir a evitar que la vida del hombre se deteriore o que se corrompa persiguiendo los falsos valores» (San Juan Pablo II)


«La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.044)

sábado, 7 de febrero de 2026

¿Qué es la Revelación de Dios?



La Revelación, en sentido teológico estricto, no es la comunicación de ideas religiosas ni la transmisión de verdades abstractas sobre Dios. La Revelación es, ante todo, autocomunicación de Dios. Dios no revela “algo”, sino que se revela a sí mismo en la historia. Esta afirmación, hoy clásica, hunde sus raíces en la Escritura y encuentra su formulación sistemática en el Magisterio contemporáneo.

La Sagrada Escritura testimonia que la Revelación acontece siempre como iniciativa divina. En Ex 3,14, Dios no ofrece una definición conceptual, sino una presencia: “Yo soy el que soy”, expresión que indica fidelidad, cercanía y acción histórica. El Deuteronomio lo expresa con claridad: “El Señor habló con vosotros cara a cara, desde el fuego” (Dt 5,4). Revelar es entrar en relación.

Los profetas profundizan esta lógica relacional. La Revelación no se agota en la ley ni en el oráculo, sino que compromete la vida misma de Dios con su pueblo. “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo” (Jer 31,33). Aquí la Revelación adopta forma de alianza, no de información.

Esta dinámica alcanza su plenitud cristológica en el Nuevo Testamento. El prólogo del Evangelio de Juan es decisivo: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer” (Jn 1,18). La Revelación ya no es solo palabra inspirada, sino Persona encarnada. Cristo no transmite un mensaje separado de sí mismo: Él es la Revelación.

Desde aquí se comprende la afirmación central de Dei Verbum (Concilio Vaticano II):

“Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos y trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía” (DV 2).

Este texto marca un punto de inflexión: la Revelación es diálogo, iniciativa amorosa y comunión.

Desde la teología sacramental, esta autocomunicación divina posee una estructura profundamente significativa: la Revelación acontece mediante signos visibles que comunican una realidad invisible. Este principio, que san Agustín formuló en términos de signum et res, atraviesa toda la economía salvífica. La historia, los gestos, las palabras y, en último término, los sacramentos, son lugares reales de la Revelación.

Cristo mismo es definido por el Magisterio como el “sacramento primordial del Padre”. San Juan Pablo II afirma que “Cristo es el signo visible del Dios invisible” (Redemptor Hominis, 7). Esta afirmación es clave: la Revelación no se opone a la sacramentalidad; la funda. Donde Dios se revela, lo hace encarnándose en lo sensible, lo histórico y lo humano.

Benedicto XVI, en Verbum Domini, profundiza esta visión al afirmar que la Palabra de Dios no es solo texto escrito, sino acontecimiento vivo:

“La Revelación cristiana no es una palabra escrita y muda, sino el Verbo encarnado y vivo” (VD 7).

Esto impide reducir la Revelación a un fundamentalismo bíblico o a una pura experiencia subjetiva.

Desde esta perspectiva, la Revelación posee tres rasgos esenciales. Primero, es histórica: acontece en el tiempo, culminando en Cristo (cf. Heb 1,1–2). Segundo, es sacramental: se comunica mediante signos eficaces. Tercero, es eclesial: no se da al individuo aislado, sino a un pueblo convocado. San Pablo lo expresa con claridad: “La fe viene de la predicación” (Rom 10,17).

El Magisterio es explícito al afirmar que la Revelación quedó definitivamente concluida en Cristo, aunque no agotada en su comprensión. Dei Verbum afirma: “No hay que esperar ninguna revelación pública antes de la manifestación gloriosa de nuestro Señor Jesucristo” (DV 4). Esto preserva a la fe tanto del progresismo doctrinal como del inmovilismo estéril.

Francisco, en continuidad, subraya la dimensión existencial de esta verdad cuando afirma que la Revelación no es un sistema cerrado, sino una llamada viva que interpela la libertad humana (Evangelii Gaudium, 36). La Revelación no se impone: se ofrece.

En síntesis, la realidad conceptual de la Revelación, desde la teología sacramental, puede formularse así: la Revelación es el acto por el cual Dios se comunica a sí mismo en la historia mediante signos visibles, culminando en Cristo, para introducir al ser humano en la comunión trinitaria. No es información sobre Dios, sino participación en su vida. Por eso, toda auténtica comprensión de la Revelación conduce necesariamente al sacramento, a la Iglesia y a la vida concreta del creyente.

Teología del Sacramento del Matrimonio



El matrimonio no nace en el cristianismo. Es una institución humana universal, anterior a la fe bíblica, presente en prácticamente todas las culturas conocidas. En las civilizaciones mesopotámicas, egipcias, indoeuropeas y semíticas, el matrimonio aparece como un pacto social y familiar, orientado a la descendencia, la transmisión patrimonial y la estabilidad del clan. En muchas de estas culturas, el elemento religioso ya estaba presente: los dioses eran invocados como garantes del vínculo, aunque el consentimiento personal no siempre era central. La mujer, en numerosos contextos, quedaba jurídicamente subordinada.

La Revelación bíblica no niega esta realidad cultural previa, sino que la purifica, la corrige y la eleva progresivamente. En el Génesis encontramos el fundamento teológico decisivo: el ser humano es creado “varón y mujer” (Gn 1,27), no como yuxtaposición biológica, sino como relación constitutiva. El texto de Gn 2,24 —“por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne”— establece tres elementos que atraviesan toda la teología posterior: la libre adhesión, la unidad corporal-espiritual y la prioridad del vínculo conyugal sobre otros lazos.

En el Antiguo Testamento, el matrimonio conserva aún rasgos culturales imperfectos (poligamia, repudio), pero adquiere una densidad simbólica nueva: se convierte en imagen de la alianza entre Dios e Israel. Los profetas, especialmente Oseas (Os 2) e Isaías (Is 54), interpretan la relación de Dios con su pueblo en términos nupciales. Aquí ocurre un giro decisivo: el matrimonio deja de ser solo una institución funcional y se convierte en lenguaje teológico, capaz de expresar fidelidad, misericordia y amor irrevocable.

En el Nuevo Testamento, Cristo introduce una ruptura cualitativa. En Mt 19,3–9, Jesús remite explícitamente al “principio”, superando la concesión mosaica del repudio. No se limita a legislar: revela el sentido originario del matrimonio como designio divino, marcado por la indisolubilidad. Esta indisolubilidad no es una carga jurídica, sino la consecuencia de un amor que participa de la fidelidad misma de Dios.

San Pablo da el paso decisivo en Efesios 5,21–33: el matrimonio es leído a la luz del misterio de Cristo y la Iglesia. Aquí el vínculo conyugal se inscribe explícitamente en la economía de la salvación. El amor entre los esposos no solo imita el amor de Cristo; lo hace presente sacramentalmente. Por eso la tradición católica afirmará que el matrimonio entre bautizados no es solo una realidad natural, sino un sacramento del Nuevo Testamento.

El Magisterio de la Iglesia sistematiza esta comprensión. El Concilio de Trento define el matrimonio como uno de los siete sacramentos, afirmando su carácter indisoluble frente a las interpretaciones reformadas. El Concilio Vaticano II, especialmente en Gaudium et Spes (nn. 47–52), ofrece una síntesis madura: el matrimonio es una íntima comunidad de vida y amor, fundada en el consentimiento personal y ordenada tanto al bien de los cónyuges como a la generación y educación de los hijos. Aquí se supera definitivamente una visión meramente procreativa o jurídica.

San Juan Pablo II profundiza esta línea en Familiaris Consortio (1981), donde presenta a la familia como “Iglesia doméstica”, y en su teología del cuerpo, donde el cuerpo humano es leído como lugar de revelación, capaz de expresar el don total de la persona. El Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 1601–1666) recoge esta tradición y afirma con claridad que los ministros del sacramento son los propios esposos, subrayando la centralidad del consentimiento libre.

En continuidad, Amoris Laetitia (Francisco, 2016) no modifica la doctrina, pero la sitúa en clave pastoral: reconoce la fragilidad histórica de los vínculos sin renunciar al ideal teológico. El matrimonio cristiano aparece así no como una utopía moral, sino como una vocación concreta, sostenida por la gracia.

En síntesis, el sacramento del matrimonio es el resultado de un largo proceso de purificación cultural, iluminación bíblica y formulación eclesial. Desde pacto social hasta signo eficaz de la gracia, el matrimonio cristiano no niega lo humano: lo asume, lo sana y lo eleva. Por eso sigue siendo uno de los lugares teológicos más exigentes y más reveladores para comprender cómo la fe cristiana se encarna en la historia concreta de los hombres y mujeres.

En la teología sacramental católica, el matrimonio posee una estructura singular: a diferencia de los demás sacramentos, los ministros son los propios contrayentes, y el sacerdote o diácono actúa como testigo cualificado de la Iglesia (cf. CIC, n. 1630).


Materia y forma

Desde esta clave, la materia del sacramento del matrimonio no es un objeto externo, sino los mismos esposos en cuanto capaces de darse y recibirse mutuamente. Más concretamente, la tradición teológica habla de una materia próxima y una materia remota.

La materia remota es la persona misma del varón y de la mujer, bautizados, libres de impedimentos dirimentes y capaces jurídicamente de consentir. Esta condición no es meramente canónica: tiene un fundamento teológico, pues el sacramento requiere sujetos capaces de significar sacramentalmente la alianza de Cristo con la Iglesia.

La materia próxima es el derecho mutuo sobre el cuerpo y la vida conyugal, es decir, la entrega real y recíproca de los esposos para constituir una comunión de vida y amor ordenada al bien de los cónyuges y a la generación y educación de los hijos. Este punto fue subrayado por la teología clásica y asumido críticamente por el Magisterio contemporáneo, que integra esta dimensión en una visión personalista más amplia.

La forma del sacramento es el consentimiento matrimonial legítimamente manifestado, expresado mediante palabras o signos equivalentes, por el cual los esposos se entregan y aceptan mutuamente de modo irrevocable. El Catecismo es explícito:

“El consentimiento es un acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente” (CIC, n. 1627).

Este consentimiento constituye el acto sacramental propiamente dicho. Sin él, no hay matrimonio, aunque existan cohabitación, afecto o convivencia prolongada. De ahí la afirmación clásica: consensus facit nuptias.

Desde el punto de vista bíblico, esta forma encuentra su raíz en la lógica de la alianza, que no se impone, sino que se acepta libremente (cf. Dt 30,19; Os 2,21–22). En el Nuevo Testamento, esta alianza alcanza su plenitud en Cristo, cuyo amor es libre, total y fiel hasta el extremo (cf. Ef 5,25).

El efecto sacramental que brota de esta materia y forma es doble: el vínculo conyugal indisoluble, que no es una creación jurídica de la Iglesia, sino una realidad ontológica sostenida por Dios mismo (cf. Mt 19,6); la gracia sacramental, que perfecciona el amor humano, fortalece la unidad y capacita a los esposos para vivir su vocación cristiana en la historia.

Así, la materia y la forma del matrimonio revelan su profunda coherencia teológica: el amor humano, asumido libremente y expresado corporal y espiritualmente, se convierte en signo eficaz del amor fiel de Dios. El sacramento no añade algo artificial al vínculo: lo transfigura desde dentro, haciéndolo lugar estable de gracia y salvación.

lunes, 2 de febrero de 2026

Domingo 4 (A) del tiempo ordinario



Hoy leemos este Evangelio tan conocido para todos nosotros, pero siempre tan sorprendente. Con este fragmento de las bienaventuranzas, Jesús nos ofrece un modelo de vida, unos valores, que según Él son los que nos pueden hacer felices de verdad.

La felicidad, seguramente, es la meta principal que todos buscamos en la vida. Y si preguntásemos a la gente cómo buscan ser felices, o dónde buscan su propia felicidad, nos encontraríamos con respuestas muy distintas. Algunos nos dirían que en una vida de familia bien fundamentada; otros que en tener salud y trabajo; otros, que en gozar de la amistad y del ocio..., y los más influidos quizá por esta sociedad tan consumista, nos dirían que en tener dinero, en poder comprar el mayor número posible de cosas y, sobre todo, en lograr ascender a niveles sociales más altos.

Estas bienaventuranzas que nos propone Jesús no son, precisamente, las que nos ofrece nuestro mundo de hoy. El Señor nos dice que serán «bienaventurados» los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que buscan la paz, los perseguidos por causa de la justicia... (cf. Mt 5,3-11).

Este mensaje del Señor es para los que quieren vivir unas actitudes de desprendimiento, de humildad, de deseo de justicia, de preocupación e interés por los problemas del prójimo, y todo lo demás lo dejan en un segundo término.

¡Cuánto bien podemos hacer rezando, o practicando alguna corrección fraterna, cuando nos critiquen por creer en Dios y por pertenecer a la Iglesia! Nos lo dice claramente Jesús en su última bienaventuranza: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa» (Mt 5,11).

San Basilio nos dice que «no se debe tener al rico por dichoso sólo por sus riquezas; ni al poderoso por su autoridad y dignidad; ni al fuerte por la salud de su cuerpo... Todas estas cosas son instrumentos de la virtud para los que las usan rectamente; pero ellas, en sí mismas, no contienen la felicidad».


Pensamientos para el Evangelio de hoy

«Lo que hay que temer no es el mal que digan contra vosotros, sino la simulación de vuestra parte; entonces sí que perderíais vuestro sabor y seríais pisoteados. Porque lo propio de la sal es morder y escocer a los que llevan una vida de molicie» (San Juan Crisóstomo)

«La palabra bienaventurados. Es como un estribillo que nos recuerda la llamada del Señor a recorrer con Él un camino que, a pesar de todas las dificultades, conduce a la verdadera felicidad» (Francisco)

«‘Bienaventurados los pobres en el espíritu’ (Mt 5,3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres, a quienes pertenece ya el Reino» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.546)

viernes, 30 de enero de 2026

Teología: Su Historia y Misión

 


Teología: su misión e historia


Introducción

Hablar de teología no es hablar de una disciplina más entre otras. Es hablar del acto reflexivo de la fe cuando esta se toma en serio a sí misma. La teología no nace en la academia; nace en la escucha. Antes de ser ciencia, es obediencia: fides ex auditu (Rm 10,17).

Desde el inicio, la teología ha vivido en una tensión fecunda: entre la fe recibida y la inteligencia que busca comprenderla; entre la revelación que se da y la razón que pregunta; entre el misterio que supera y la palabra que intenta decirlo sin traicionarlo.

San Anselmo lo expresó con una fórmula que sigue siendo insuperable: fides quaerens intellectum. No una fe que duda de sí, sino una fe que no se conforma con callar.


I. La misión de la teología

La misión de la teología no es inventar a Dios, ni domesticarlo, ni hacerlo funcional. Su misión es servir a la verdad revelada, ayudando a la Iglesia a comprender, custodiar y anunciar lo que ha recibido.

La Sagrada Escritura ya establece esta dinámica. San Pedro exhorta:

“Estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3,15).

Dar razón no es justificar ideológicamente, sino hacer inteligible la fe sin vaciarla.

El Concilio Vaticano II lo expresa con claridad en Dei Verbum 10:

“La sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia están tan unidos que ninguno puede subsistir sin los otros”.

La teología, por tanto, no es un cuarto poder. No está por encima del Magisterio, ni al margen de la Escritura, ni desligada de la Tradición viva. Es mediación crítica y fiel.


Su misión concreta puede formularse en tres verbos:

Escuchar la Palabra de Dios.

Comprenderla con rigor racional.

Comunicarla de modo inteligible a cada época.

Cuando la teología deja de escuchar, se vuelve ideología.

Cuando deja de pensar, se vuelve repetición estéril.

Cuando deja de comunicar, se vuelve irrelevante.


II. Breve historia de la teología


1. Teología bíblica y apostólica

La primera teología es la del Nuevo Testamento. San Pablo es ya un teólogo cuando interpreta la cruz como sabiduría de Dios (cf. 1 Co 1,18-25). El Evangelio de Juan es teología en forma narrativa: “El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14). Aquí se fija el núcleo: Dios se revela en la historia, no al margen de ella.


2. Teología patrística

Los Padres de la Iglesia no separan teología, liturgia y vida. Para ellos, pensar a Dios es adorarlo correctamente. Ireneo de Lyon resume esta visión: “La gloria de Dios es el hombre vivo” (Adversus haereses IV,20,7).

La teología patrística es defensiva y contemplativa a la vez: combate las herejías, pero nunca pierde el sentido del misterio. Aquí nace la teología como servicio eclesial.


3. Teología medieval

Con la escolástica, la teología se convierte en ciencia, sin dejar de ser fe. Tomás de Aquino afirmará que la teología es scientia subalternata, una ciencia que parte de principios recibidos por revelación (cf. Summa Theologiae I, q.1, a.2).

Razón y fe no se oponen; se ordenan. Esta síntesis sigue siendo normativa. Fides et Ratio lo reafirma:

“La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad” (FR, Introducción).


4. Crisis moderna y renovación

La modernidad pone en cuestión la posibilidad misma de la teología. La razón se vuelve autosuficiente; la fe, sospechosa. La respuesta de la Iglesia no fue el repliegue, sino el discernimiento.

El Concilio Vaticano II marca una renovación profunda. Gaudium et Spes 62 exhorta a una teología atenta a los signos de los tiempos, sin diluir el contenido de la fe.

Benedicto XVI lo expresó con precisión:

“La fe no es un conjunto de prohibiciones, sino una opción positiva” (Deus Caritas Est, 1).


III. Teología hoy: desafíos y responsabilidades

Hoy la teología enfrenta desafíos inéditos: secularización, relativismo, tecnocracia, fragmentación del saber. Pero su misión no ha cambiado.

El Papa Francisco, en Veritatis Gaudium (2017), señala cuatro criterios para la renovación de los estudios teológicos: centralidad del kerygma, diálogo, interdisciplinariedad y cultura del encuentro. No es una rebaja doctrinal; es una exigencia de profundidad mayor.

La teología debe ser:

Eclesial, no individualista.

Crítica, no servil.

Misionera, no autorreferencial.

Humilde, consciente de que el misterio siempre excede el concepto.

San Pablo lo recuerda con sobriedad:

“Ahora vemos como en un espejo, confusamente” (1 Co 13,12).


Conclusión

La teología no salva, pero sirve a la salvación. No sustituye la fe, pero la purifica. No agota el misterio, pero lo protege del silencio y de la banalización.

En un mundo que sospecha de la verdad y desconfía del sentido, la teología sigue teniendo una misión insustituible: pensar la fe para que la fe siga siendo pensable, sin dejar de ser adoración.

Como afirmó San Juan Pablo II:

“La Iglesia necesita de la teología para anunciar el Evangelio de modo creíble” (Fides et Ratio, 92).

Mientras haya fe que busque comprender, la teología seguirá viva. Y mientras haya misterio que se revele, la teología seguirá siendo necesaria.

miércoles, 28 de enero de 2026

Domingo 3 (A) del tiempo ordinario



Hoy, Jesús nos da una lección de “santa prudencia”, perfectamente compatible con la audacia y la valentía. En efecto, Él —que no teme proclamar la verdad— decide retirarse, al conocer que —tal como ya habían hecho con Juan Bautista— sus enemigos quieren matarlo a Él: «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte» (Lc 13,31). —Si a quien pasó haciendo el bien, sus detractores intentaron dañarle, no te extrañe que también tú sufras persecuciones, como nos anunció el Señor.


«Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea» (Mt 4,12). Sería imprudente desafiar los peligros sin un motivo proporcionado. Solamente en la oración discernimos cuándo el silencio o inactividad —dejar pasar el tiempo— son síntomas de sabiduría, o de cobardía y falta de fortaleza. La paciencia, ciencia de la paz, ayuda a decidir con serenidad en los momentos difíciles, si no perdemos la visión sobrenatural.


«Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4,23). Ni las amenazas, ni el miedo al qué dirán o las posibles críticas pueden retraernos de hacer el bien. Quienes estamos llamados a ser sal y luz, operadores del bien y de la verdad, no podemos ceder ante el chantaje de la amenaza, que tantas veces no pasará de ser un peligro hipotético o meramente verbal.


Decididos, audaces, sin buscar excusas para postergar la acción apostólica para “después”. Dicen que «el “después” es el adverbio de los vencidos». Por eso, san Josemaría recomendaba «una receta eficaz para tu espíritu apostólico: planes concretos, no de sábado a sábado, sino de hoy a mañana (...)».


Cumplir la voluntad de Dios, ser justos en cualquier ambiente, y seguir el dictamen de la conciencia bien formada exige una fortaleza que hemos de pedir para todos, porque el peligro de la cobardía es grande. Pidamos a nuestra Madre del Cielo que nos ayude a cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios, imitando su fortaleza al pie de la Cruz.



Pensamientos para el Evangelio de hoy

«No seré pobre en méritos, mientras Él no lo sea en misericordia. Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia. Y, si la misericordia del Señor dura siempre, yo también cantaré eternamente las misericordias del Señor» (San Bernardo)


«¡Navegad mar adentro, y echad las redes! También vosotros estáis llamados a convertiros en “pescadores de hombres”. No dudéis en emplear vuestra vida para testimoniar con alegría el Evangelio, especialmente a vuestros coetáneos» (Francisco)


«Quienes con la ayuda de Dios han acogido la llamada de Cristo y han respondido libremente a ella, se sienten por su parte urgidos por el amor de Cristo a anunciar por todas partes en el mundo la Buena Nueva (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 3)