Las «Investigaciones filosóficas» no como un tratado técnico, sino como una especie de conversación que Wittgenstein mantiene con nosotros acerca de algo que utilizamos todos los días sin detenernos a pensar: el lenguaje.
La idea central que debe quedar al final de la disertación es muy sencilla: para el segundo Wittgenstein, muchas de nuestras dificultades filosóficas aparecen porque hacemos que las palabras funcionen fuera del contexto en el que tienen sentido. Wittgenstein quiere enseñarnos a mirar cómo usamos realmente las palabras.
WITTGENSTEIN Y LAS INVESTIGACIONES FILOSÓFICAS
Una introducción sencilla al segundo Wittgenstein
Introducción
Cuando hablamos de Ludwig Wittgenstein solemos encontrarnos con una dificultad: parece que existen dos Wittgenstein. El primero escribió el Tractatus logico-philosophicus, una obra extraordinariamente concentrada en la estructura lógica del lenguaje y del mundo. El segundo aparece sobre todo en las Investigaciones filosóficas, publicadas después de su muerte en 1953.
Entre ambos existe una transformación profunda.
En el primer Wittgenstein encontramos una preocupación fundamental: ¿cómo puede el lenguaje representar la realidad?
En el segundo encontramos otra pregunta: ¿cómo utilizamos realmente el lenguaje?
Esta diferencia parece pequeña, pero cambia prácticamente toda su filosofía.
En el Tractatus, Wittgenstein busca comprender la estructura lógica que permite que una proposición diga algo sobre el mundo. En las Investigaciones filosóficas, en cambio, comienza a observar el lenguaje cotidiano: preguntar, ordenar, saludar, describir, bromear, prometer, rezar, contar una historia, dar una explicación, jugar, enseñar, etc.
Y descubre algo fundamental: no existe una única función del lenguaje.
El lenguaje es mucho más parecido a una ciudad que a una máquina.
Una ciudad tiene calles, plazas, edificios antiguos, edificios modernos, barrios, caminos que se cruzan y otros que terminan. No todo cumple la misma función. De manera semejante, nuestras palabras tienen diferentes usos.
Por eso Wittgenstein escribe una de sus frases más importantes:
«El significado de una palabra es su uso en el lenguaje».
Esta afirmación, aparentemente sencilla, constituye una de las grandes claves para comprender las Investigaciones filosóficas.
Del lenguaje como representación al lenguaje como actividad
Imaginemos que digo:
«Hay una mesa en la habitación».
Aquí parece que el lenguaje está describiendo una realidad. Tengo una habitación, existe una mesa y utilizo una frase para decir que esa mesa está allí.
Pero ahora imaginemos que digo:
«¡Cuidado!»
No estoy describiendo necesariamente un objeto. Estoy advirtiendo.
Si digo:
«Pásame el vaso».
Estoy dando una orden o haciendo una petición.
Si digo:
«Te prometo que regresaré».
Estoy realizando una promesa.
Si digo:
«¡Buenos días!»
No estoy describiendo meteorológicamente que el día sea bueno. Estoy saludando.
Si digo:
«Lo siento».
Estoy expresando algo dentro de una determinada relación humana.
Tenemos entonces una primera conclusión:
El lenguaje no solamente sirve para describir cosas.
También sirve para preguntar, ordenar, prometer, saludar, agradecer, bromear, rezar, expresar dolor, pedir ayuda, enseñar, jugar y realizar innumerables actividades.
Por eso el segundo Wittgenstein deja de preguntar únicamente «¿qué representa esta palabra?» y comienza a preguntar:
«¿Qué estamos haciendo con esta palabra?»
Esta pregunta es fundamental.
El significado como uso
Podemos utilizar una palabra muy sencilla para comprenderlo: «agua».
Supongamos que estoy sentado en un restaurante y digo:
«Agua».
El camarero probablemente entenderá que estoy solicitando agua.
Pero imaginemos ahora que estoy en una clase de química y digo:
«El agua está compuesta por hidrógeno y oxígeno».
Aquí la palabra «agua» aparece dentro de una explicación científica.
Ahora imaginemos que una persona se está ahogando y grita:
«¡Agua!»
La palabra tiene otra función.
O imaginemos que alguien escribe en un poema:
«Agua de mi memoria».
Ahora estamos ante un uso poético.
La palabra es prácticamente la misma, pero su funcionamiento cambia.
Por eso Wittgenstein nos invita a abandonar la idea de que cada palabra posee un significado fijo que permanece idéntico en todas las circunstancias.
Una palabra adquiere significado dentro de una práctica.
Podríamos decirlo de una manera todavía más sencilla:
No comprendemos completamente una palabra cuando conocemos solamente su definición. También tenemos que comprender cómo se utiliza.
Los juegos de lenguaje
Aquí aparece uno de los conceptos más famosos de las Investigaciones filosóficas: el «juego de lenguaje» o Sprachspiel.
Wittgenstein utiliza esta expresión porque quiere mostrar que hablar es una actividad.
Pensemos en un juego.
En el fútbol existen determinadas reglas. En el ajedrez existen otras. En el tenis existen otras.
No podemos jugar al ajedrez utilizando las reglas del fútbol.
Algo parecido ocurre con el lenguaje.
Existe el lenguaje científico.
Existe el lenguaje jurídico.
Existe el lenguaje religioso.
Existe el lenguaje cotidiano.
Existe el lenguaje poético.
Existe el lenguaje de una broma.
Existe el lenguaje de una oración.
Existe el lenguaje de una orden.
Existe el lenguaje de una declaración de amor.
Todos son lenguajes humanos, pero funcionan de maneras diferentes.
Por eso Wittgenstein habla de «juegos de lenguaje».
La palabra «juego» es importante porque cada práctica lingüística tiene reglas, contextos y objetivos.
Veamos un ejemplo muy sencillo.
Un profesor entra en una clase y dice:
«Silencio».
Un alumno podría responder:
«¿Qué significa silencio?»
Pero probablemente esa pregunta no tiene sentido en ese contexto.
El profesor no está ofreciendo una definición académica de la palabra «silencio».
Está utilizando la palabra para producir una determinada acción.
El alumno tiene que comprender el juego en el que está participando.
El ejemplo de los constructores
Uno de los ejemplos más conocidos de las Investigaciones filosóficas aparece al comienzo de la obra.
Wittgenstein imagina una situación en la que dos trabajadores están construyendo una estructura.
Uno de ellos dice:
«Ladrillo».
El otro trae un ladrillo.
El primero dice:
«Pilar».
El segundo trae el objeto correspondiente.
Después:
«Losa».
Y el otro lleva la losa.
Para nosotros, una palabra como «ladrillo» puede parecer simplemente el nombre de un objeto.
Pero en ese contexto la palabra funciona como una orden.
Esto es muy importante.
El significado de «ladrillo» no puede comprenderse completamente separándolo de la actividad que están realizando los trabajadores.
La palabra forma parte de una práctica.
Wittgenstein utiliza este ejemplo para mostrarnos que el lenguaje puede ser extraordinariamente sencillo y, al mismo tiempo, tener múltiples funciones.
Las palabras no son etiquetas pegadas a las cosas
Una de nuestras tendencias naturales consiste en imaginar que las palabras son etiquetas.
Tenemos una cosa y le colocamos un nombre.
Por ejemplo:
«Esto es una silla».
Entonces pensamos:
objeto → nombre.
Pero Wittgenstein quiere mostrarnos que el lenguaje es mucho más complejo.
La palabra «silla» puede utilizarse para identificar un objeto.
Pero también puedo decir:
«Siéntate en la silla».
Puedo decir:
«Esta silla es incómoda».
Puedo decir:
«La silla presidencial».
Puedo utilizar «silla» en una metáfora.
Puedo enseñar a un niño qué es una silla.
El funcionamiento de la palabra depende de la actividad.
Por eso Wittgenstein compara el lenguaje con una caja de herramientas.
En una caja encontramos martillos, destornilladores, clavos, alicates y tornillos.
Todos son herramientas, pero no sirven para lo mismo.
Del mismo modo, las palabras son herramientas lingüísticas.
No todas sirven para hacer el mismo trabajo.
El problema de buscar una esencia común
Aquí aparece otra idea importante.
Wittgenstein nos pregunta qué tienen en común todos los juegos.
Pensemos en fútbol, ajedrez, cartas, juegos infantiles, juegos de mesa y juegos de palabras.
¿Existe una característica única presente en absolutamente todos ellos?
Quizás inicialmente intentemos encontrarla.
Pero Wittgenstein nos dice que no necesariamente existe una esencia común.
Utiliza entonces una comparación extraordinariamente conocida: el parecido familiar.
Pensemos en una familia.
Un hijo puede tener los ojos de su madre.
Otro puede tener la nariz del padre.
Otro puede tener la sonrisa de la abuela.
Otro puede tener la forma del rostro de un tío.
No existe necesariamente una característica física idéntica en todos.
Sin embargo, reconocemos cierto «aire de familia».
Algo semejante ocurre con los juegos.
No existe necesariamente una propiedad única que defina todos los juegos.
Existen semejanzas, relaciones, conexiones y superposiciones.
Wittgenstein llama a esto «semejanzas de familia».
Este concepto es muy importante porque muestra que no todo concepto funciona mediante una definición rígida.
El lenguaje y las reglas
Ahora podemos comprender otra cuestión.
Cuando aprendemos a utilizar una palabra, normalmente no aprendemos primero una teoría filosófica sobre ella.
Aprendemos a utilizarla.
Un niño no necesita estudiar una teoría del significado para aprender qué significa «dame».
Aprende mediante la práctica.
Alguien le dice:
«Dame la pelota».
El niño observa.
Poco a poco aprende cuándo utilizar esa expresión y qué conducta corresponde a ella.
Aprender un lenguaje es, en gran medida, aprender a participar en determinadas prácticas.
Por eso Wittgenstein relaciona profundamente lenguaje y actividad humana.
El lenguaje no está suspendido sobre la vida.
Está dentro de la vida.
«Seguir una regla»
Una de las cuestiones más profundas de las Investigaciones filosóficas aparece cuando Wittgenstein analiza qué significa seguir una regla.
Supongamos que un profesor enseña a un niño a sumar.
Le dice:
2 + 2 = 4.
Después:
3 + 3 = 6.
Después:
10 + 10 = 20.
Podríamos pensar que el niño ha descubierto una regla abstracta.
Pero surge una pregunta:
¿Cómo sabemos que ha comprendido realmente la regla?
La cuestión puede complicarse mucho más.
Supongamos que le pedimos:
«Continúa la serie: 2, 4, 6, 8...»
El niño responde:
«10».
Parece correcto.
Pero ¿qué garantiza que seguirá correctamente después?
La filosofía de Wittgenstein muestra que seguir una regla no consiste simplemente en tener una imagen mental privada.
Una regla se aprende y se aplica dentro de una práctica compartida.
Aprendemos qué significa «seguir correctamente» una regla mediante formas de enseñanza, corrección y uso.
El lenguaje privado
Aquí llegamos a una de las partes más famosas y difíciles de las Investigaciones filosóficas: el argumento contra la posibilidad de un lenguaje estrictamente privado.
Imaginemos que invento una palabra secreta:
«S».
Decido que «S» significa una sensación interior que solamente yo puedo experimentar.
Cada vez que tengo esa sensación, escribo «S» en un cuaderno.
Parece que he creado un lenguaje privado.
Pero Wittgenstein pregunta:
¿Cómo puedo saber que estoy utilizando «S» correctamente?
Si nadie puede distinguir entre usar correctamente la palabra y creer que la estoy usando correctamente, entonces la idea de una regla puramente privada se vuelve problemática.
Esto no significa que Wittgenstein niegue que tengamos experiencias interiores.
No está diciendo:
«No existen los sentimientos privados».
Lo que cuestiona es otra cosa:
La idea de que el significado de una palabra pueda depender exclusivamente de una relación absolutamente privada, inaccesible a cualquier criterio de uso.
Para Wittgenstein, el lenguaje posee una dimensión pública y práctica.
Aprendemos a utilizar palabras dentro de formas de vida compartidas.
El famoso ejemplo del dolor
Aquí Wittgenstein nos ofrece una reflexión extraordinariamente importante.
Supongamos que digo:
«Me duele».
¿Cómo sé que otra persona siente dolor?
No puedo entrar literalmente en su cuerpo y experimentar su dolor.
Sin embargo, aprendemos a utilizar expresiones como «dolor» mediante comportamientos, lenguaje, educación y formas de vida.
Un niño aprende a decir «me duele» cuando siente determinadas experiencias y aprende también a reconocer expresiones de dolor en otras personas.
Por tanto, el lenguaje del dolor no funciona simplemente como una etiqueta colocada sobre un objeto interior.
Forma parte de una conducta humana.
Cuando alguien grita, llora y dice:
«Me duele muchísimo»,
no necesitamos construir una teoría metafísica completa para comprender la situación.
La palabra funciona dentro de una práctica humana.
«No pienses, mira»
Quizás una de las mejores maneras de resumir las Investigaciones filosóficas sea esta invitación de Wittgenstein:
«No pienses, ¡mira!»
No quiere decir que debamos abandonar el pensamiento.
Quiere decir que muchas veces el filósofo se equivoca porque empieza a construir teorías antes de observar cómo funcionan realmente nuestras palabras.
Por ejemplo, podemos preguntarnos:
«¿Qué es el significado?»
Y comenzar inmediatamente a construir una teoría abstracta.
Wittgenstein propone algo diferente:
«Miremos cómo utilizamos la palabra significado».
Observemos cómo preguntamos.
Cómo respondemos.
Cómo enseñamos.
Cómo corregimos.
Cómo damos órdenes.
Cómo hacemos promesas.
Cómo expresamos sentimientos.
Cómo utilizamos las palabras en diferentes circunstancias.
La filosofía debe mirar el funcionamiento efectivo del lenguaje.
La filosofía como terapia
Aquí llegamos a una de las características más profundas de Wittgenstein.
Para él, muchos problemas filosóficos no son problemas científicos que necesiten una nueva teoría.
Son problemas producidos por nuestra manera de utilizar el lenguaje.
Por eso la filosofía puede funcionar como una terapia.
Imaginemos que una persona está atrapada en una habitación porque no encuentra la salida.
El filósofo no necesariamente tiene que construir una nueva habitación.
Quizás solamente tiene que mostrarle dónde está la puerta.
Algo parecido hace Wittgenstein.
La filosofía no siempre debe descubrir una nueva verdad sobre el universo.
A veces debe liberarnos de una confusión.
Un ejemplo sencillo: «¿Dónde está la mente?»
Supongamos que preguntamos:
«¿Dónde está la mente?»
Podríamos imaginar que la mente es una especie de objeto invisible situado dentro de nuestro cuerpo.
Entonces comenzamos a buscarla conceptualmente.
Pero Wittgenstein podría preguntarnos:
«¿Qué función cumple aquí la palabra mente?»
Porque hablamos de «mente» de muchas maneras:
«Tiene una mente brillante».
«He cambiado de opinión».
«No puedo sacarme esa idea de la cabeza».
«Tiene la mente en otra parte».
«Está fuera de sí».
No necesariamente estamos hablando de un objeto llamado «mente».
Podemos estar utilizando diferentes expresiones dentro de diferentes juegos de lenguaje.
La filosofía puede comenzar a crear problemas cuando convierte una palabra funcional en una especie de objeto misterioso.
El filósofo como quien desata nudos
Podemos utilizar una metáfora para comprender a Wittgenstein.
Imaginemos un hilo lleno de nudos.
Una persona podría intentar cortar el hilo.
Otra podría intentar fabricar un hilo completamente nuevo.
Wittgenstein hace algo diferente.
Intenta desatar los nudos.
Muchos problemas filosóficos son, para él, nudos lingüísticos.
Por ejemplo:
«¿Qué es exactamente el tiempo?»
«¿Dónde está el yo?»
«¿Qué es realmente la conciencia?»
«¿Cómo sé que existe el mundo exterior?»
«¿Cómo sé que otra persona tiene mente?»
Son preguntas que pueden ser legítimas, pero Wittgenstein nos obliga a examinar cómo han sido formuladas.
Quizás alguna de ellas surge porque estamos utilizando una palabra fuera del juego de lenguaje en el que normalmente funciona.
La forma de vida
Uno de los conceptos fundamentales que debemos conservar es el de «forma de vida».
El lenguaje no existe separado de las personas.
Existe dentro de determinadas formas de vivir.
Por ejemplo, la palabra «promesa» solamente tiene sentido dentro de un mundo humano en el que existen compromisos, relaciones, responsabilidades y expectativas.
La palabra «misa» tiene sentido dentro de una determinada práctica religiosa.
La palabra «jaque» tiene sentido dentro del ajedrez.
La palabra «culpable» funciona dentro de determinadas prácticas jurídicas.
La palabra «gracias» funciona dentro de nuestras prácticas sociales.
Comprender una palabra implica comprender, en cierta medida, la práctica en la que esa palabra tiene vida.
Por eso lenguaje y forma de vida están profundamente relacionados.
«Una palabra es una herramienta»
Podemos resumir una parte importante de Wittgenstein mediante una imagen.
Imaginemos una caja de herramientas.
Hay un martillo.
Un destornillador.
Una sierra.
Un metro.
Un alicate.
No preguntamos:
«¿Cuál es la verdadera función de una herramienta?»
Preguntamos:
«¿Para qué sirve esta herramienta?»
Wittgenstein nos propone algo parecido con las palabras.
No debemos preguntar siempre:
«¿Cuál es la esencia absoluta de esta palabra?»
Muchas veces debemos preguntar:
«¿Cómo funciona esta palabra aquí?»
¿Qué ocurre entonces con la verdad?
Esto no significa que Wittgenstein diga que todo sea relativo.
Este punto es muy importante.
Wittgenstein no está diciendo:
«Cada persona puede inventar el significado que quiera».
Eso sería una interpretación demasiado simplista.
Los juegos de lenguaje tienen reglas y prácticas compartidas.
Si yo entro en un partido de ajedrez y digo:
«Para mí, el caballo puede moverse como quiera»,
los demás jugadores probablemente me dirán que estoy jugando incorrectamente.
El lenguaje también posee normas.
No somos dueños absolutos de las palabras.
Participamos en prácticas que ya existen antes de nosotros.
El lenguaje como una ciudad
Wittgenstein utiliza una imagen magnífica para explicar la naturaleza del lenguaje.
Podemos imaginar el lenguaje como una ciudad.
En el centro encontramos edificios antiguos, calles pequeñas y estructuras históricas.
Pero alrededor han aparecido nuevos barrios.
Hay avenidas.
Hay calles.
Hay casas.
Hay edificios modernos.
Hay conexiones entre unas zonas y otras.
El lenguaje humano se parece a esto.
No fue construido de una sola vez.
Se desarrolló históricamente.
Tiene usos antiguos y modernos.
Algunas palabras cambian de significado.
Otras desaparecen.
Otras adquieren nuevos usos.
Por eso no podemos reducir el lenguaje a una única estructura rígida.
¿Por qué esto es importante para la filosofía?
Porque Wittgenstein considera que muchos filósofos han sido engañados por el lenguaje.
No porque el lenguaje sea malo.
Precisamente porque es extraordinariamente poderoso.
Podemos utilizar una palabra correctamente en la vida cotidiana y después trasladarla a una pregunta filosófica donde deja de funcionar de la misma manera.
Por ejemplo:
«¿Dónde está el significado?»
La pregunta parece perfectamente comprensible.
Pero quizá estamos tratando «significado» como si fuera una cosa que pudiéramos localizar.
Wittgenstein nos obliga a detenernos.
Quizás el significado no es un objeto escondido detrás de las palabras.
Quizás debemos mirar el uso de las palabras.
Wittgenstein y la filosofía como actividad
Las Investigaciones filosóficas no ofrecen una teoría filosófica tradicional.
No encontramos una gran construcción sistemática.
No encontramos capítulos que conduzcan ordenadamente hacia una conclusión definitiva.
Encontramos observaciones.
Preguntas.
Ejemplos.
Diálogos imaginarios.
Correcciones.
Experimentos mentales.
Wittgenstein piensa que la filosofía debe trabajar de esta manera porque nuestro problema no es simplemente falta de información.
Nuestro problema puede ser una confusión.
Por eso la filosofía es una actividad.
No consiste únicamente en aprender respuestas.
Consiste en aprender a mirar.
Una comparación con el primer Wittgenstein
Podemos resumir la diferencia entre el primer y el segundo Wittgenstein de esta manera.
El primer Wittgenstein pregunta:
«¿Cuál es la estructura lógica que permite que el lenguaje represente el mundo?»
El segundo pregunta:
«¿Cómo funciona realmente nuestro lenguaje dentro de nuestras prácticas?»
El primero busca una estructura lógica profunda.
El segundo observa la diversidad de los usos lingüísticos.
El primero está muy interesado en la proposición.
El segundo está interesado en el uso.
El primero se aproxima a una concepción del lenguaje como representación.
El segundo desarrolla una concepción mucho más dinámica del lenguaje como actividad humana.
No significa que el segundo Wittgenstein simplemente destruya al primero.
Significa que ha cambiado profundamente la pregunta filosófica.
¿Qué nos enseña Wittgenstein hoy?
Las Investigaciones filosóficas siguen siendo importantes porque vivimos rodeados de lenguaje.
Las discusiones políticas utilizan palabras.
Las religiones utilizan palabras.
La ciencia utiliza palabras.
La publicidad utiliza palabras.
Las redes sociales utilizan palabras.
La psicología utiliza palabras.
El derecho utiliza palabras.
La filosofía utiliza palabras.
Y muchas veces discutimos no porque tengamos necesariamente ideas completamente opuestas, sino porque estamos utilizando las mismas palabras dentro de juegos de lenguaje diferentes.
Pensemos en palabras como:
«libertad».
«verdad».
«Dios».
«naturaleza».
«persona».
«identidad».
«justicia».
«democracia».
«amor».
Estas palabras pueden tener usos diferentes dependiendo del contexto.
Un jurista puede utilizar «persona» de una manera.
Un teólogo puede utilizarla de otra.
Un biólogo puede utilizarla de otra.
Un filósofo puede utilizarla de otra.
Esto no significa que todos estén hablando de cosas completamente diferentes.
Significa que debemos comprender primero cómo funciona el concepto dentro de cada práctica.
Wittgenstein y la religión
Aquí aparece una cuestión particularmente interesante para nosotros.
Wittgenstein tuvo una relación profundamente compleja con la religión.
No podemos convertirlo simplemente en un filósofo religioso ni en un filósofo ateo.
Su pensamiento obliga a distinguir diferentes tipos de discurso.
Una afirmación científica y una expresión religiosa pueden utilizar el lenguaje de maneras diferentes.
Por ejemplo:
«El agua hierve aproximadamente a 100 °C al nivel del mar»
es una proposición científica.
«Dios es mi refugio»
no funciona simplemente como una proposición científica.
Es una expresión que pertenece a una forma de vida religiosa.
Esto no demuestra que la afirmación religiosa sea verdadera.
Pero sí nos obliga a preguntar qué estamos haciendo cuando pronunciamos esa frase.
¿Estamos describiendo un objeto?
¿Estamos confesando una fe?
¿Estamos rezando?
¿Estamos expresando confianza?
¿Estamos interpretando nuestra existencia?
La filosofía de Wittgenstein puede ayudarnos a formular mejor estas preguntas.
Un ejemplo con la palabra «amor»
Supongamos que digo:
«Te amo».
Podemos intentar analizar esta frase científicamente.
Podemos estudiar las hormonas.
La actividad cerebral.
La conducta.
La evolución.
La psicología.
Todo eso puede ser legítimo.
Pero ninguna de esas investigaciones agota necesariamente el uso de la expresión «te amo».
Porque la frase también puede funcionar como promesa, compromiso, expresión afectiva o declaración dentro de una relación.
La palabra adquiere sentido dentro de una forma de vida.
Esto es exactamente el tipo de observación que Wittgenstein quiere que hagamos.
La filosofía no elimina el misterio
Una de las grandes equivocaciones sería pensar que Wittgenstein quiere convertir toda la realidad en algo puramente lingüístico.
No necesariamente.
Más bien quiere mostrar que debemos ser cuidadosos con aquello que decimos.
Hay cosas que podemos describir científicamente.
Hay cosas que podemos expresar mediante el lenguaje cotidiano.
Hay experiencias que podemos narrar.
Y hay cuestiones que pueden llevarnos hasta los límites de lo que podemos formular claramente.
Aquí aparece una continuidad interesante con el primer Wittgenstein.
El Wittgenstein maduro no abandona completamente la preocupación por los límites del lenguaje.
Lo que cambia es la manera de comprender esos límites.
La gran lección de las Investigaciones filosóficas
Podríamos resumir toda la obra en una pregunta:
«¿Cómo estás utilizando esta palabra?»
Cuando alguien diga:
«Eso es imposible»,
preguntemos:
«¿Qué significa aquí imposible?»
Cuando alguien diga:
«Eso es verdad»,
preguntemos:
«¿Qué función cumple aquí la palabra verdad?»
Cuando alguien diga:
«Eso es una persona»,
preguntemos:
«¿En qué contexto estamos utilizando persona?»
Cuando alguien diga:
«Dios existe»,
podemos preguntar:
«¿Qué tipo de afirmación estamos realizando? ¿Qué significa aquí existir? ¿Qué juego de lenguaje estamos utilizando?»
No para destruir la afirmación.
Sino para comprenderla mejor.
Conclusión
Las Investigaciones filosóficas son, en cierto sentido, una invitación a abandonar la obsesión por encontrar detrás de cada palabra una esencia misteriosa.
Wittgenstein nos dice:
Miremos cómo hablamos.
Miremos cómo actuamos.
Miremos cómo aprendemos las palabras.
Miremos cómo las utilizamos.
Miremos cómo cambian según el contexto.
Miremos las reglas que seguimos.
Miremos las formas de vida en las que nuestras palabras adquieren sentido.
El lenguaje no es solamente un espejo que refleja el mundo.
Es también una actividad humana.
Por eso una de las grandes enseñanzas de Wittgenstein puede expresarse de una manera extremadamente sencilla:
«El significado está en el uso».
Una palabra no vive aislada.
Vive en una frase.
Una frase vive en una práctica.
Y una práctica vive dentro de una forma de vida.
Por eso comprender el lenguaje es, en buena medida, comprender cómo vivimos.
Y aquí aparece la grandeza de las Investigaciones filosóficas.
Wittgenstein no pretende entregarnos una nueva teoría sobre el mundo.
Pretende enseñarnos a mirar de otra manera.
La filosofía, entonces, deja de ser únicamente una búsqueda de respuestas y se convierte también en una disciplina de clarificación.
El filósofo no siempre tiene que descubrir algo que estaba oculto.
A veces tiene que mostrarnos algo que estaba delante de nuestros ojos y que, precisamente por ser tan cotidiano, no éramos capaces de ver.
«No pienses, ¡mira!»
Esta pequeña frase resume extraordinariamente bien el espíritu de las Investigaciones filosóficas.
Wittgenstein nos invita a mirar el lenguaje tal como realmente funciona.
Y al hacerlo descubrimos algo sorprendente:
que detrás de nuestras palabras no siempre hay una esencia escondida.
Muchas veces hay una vida humana.