domingo, 4 de octubre de 2026

Domingo 27 (A) del tiempo ordinario



Hoy contemplamos el misterio del rechazo de Dios en general, y de Cristo en particular. Sorprende la reiterada resistencia de los hombres ante el amor de Dios.

Pero la parábola hoy se refiere más específicamente al rechazo que los judíos tuvieron con Cristo: «Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron» (Mt 21,37-39). No es fácil entender esto: es porque Cristo vino a redimir al mundo entero, y los judíos esperan a su “mesías” particular que les dé a ellos el dominio de todo el mundo…

Cuando estuve en Tierra Santa me dieron un prospecto turístico de Israel donde están los judíos más famosos de la historia: desde Moisés, Gedeón y Josué hasta Ben Gurión, que fue el realizador del Estado de Israel. Sin embargo, en ese prospecto no está Jesucristo. Y Jesús ha sido el judío más conocido de la historia: hoy se le conoce en el mundo entero, y ya hace dos mil años que murió…

A los grandes personajes, al cabo del tiempo, se les admira, pero no se les ama. Hoy nadie ama a Cervantes o a Miguel Ángel. Sin embargo, Jesús es el más amado de la historia. Hombres y mujeres dan la vida por amor a Él. Unos de golpe en el martirio, y otros “gota a gota”, viviendo sólo para Él. Son miles y miles en el mundo entero.

Y Jesús es el que más ha influido en la historia. Valores hoy aceptados en todas partes, son de origen cristiano. No sólo eso, sino que además se constata que hoy hay un acercamiento a Jesucristo, también entre judíos (“nuestros hermanos mayores en la fe”, como dijera San Juan Pablo II). Pidamos a Dios particularmente por la conversión de los judíos, pues este pueblo, de grandes valores, convertido al catolicismo, puede ser un gran beneficio para la humanidad entera.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

«Ama la Sagrada Escritura, y la sabiduría te amará; ámala tiernamente, y te custodiará; hónrala y recibirás sus caricias. Que sea para ti como tus collares y tus pendientes» (San Jerónimo)

«En la Cruz Jesús ya no nos habla en comparaciones: es Él mismo» (Benedicto XVI)

«(…) Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: ‘Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?’, Jesús ha respondido: ‘Vosotros lo decís: Yo soy’ (Lc 22,70). Ya mucho antes, Él se designó como el ‘Hijo’ que conoce al Padre (cf. Mt 11,27), que es distinto de los ‘siervos’ que Dios envió antes a su pueblo (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 443)

sábado, 3 de octubre de 2026

El Olimpo: doce dioses para comprender una civilización

 


La arquitectura divina del mundo griego


Cuando imaginamos la mitología griega, probablemente la primera imagen que aparece es la del monte Olimpo: una montaña elevada sobre las nubes, habitada por dioses inmortales que contemplan el mundo de los hombres. Zeus sentado en su trono; Hera a su lado; Atenea armada con casco y lanza; Apolo con su lira; Artemisa cazando; Afrodita nacida de la espuma; Ares cubierto de armas; Hermes atravesando los caminos; Hefesto trabajando el metal; Deméter vinculada a la tierra; Poseidón dominando el mar; y Hestia guardando el fuego doméstico.

Sin embargo, esta imagen, aunque profundamente arraigada en nuestra cultura, es el resultado de una larga elaboración religiosa, literaria y artística.

El Olimpo no es simplemente «el lugar donde viven los dioses». Es la expresión simbólica de una determinada concepción griega del cosmos: un mundo ordenado después de una sucesión de conflictos divinos, donde las fuerzas primordiales, los Titanes y finalmente los dioses olímpicos ocupan diferentes posiciones dentro de una genealogía sagrada.

Para comprender a los olímpicos debemos comenzar antes de ellos.


1. Del caos al Olimpo

En la Teogonía de Hesíodo, compuesta probablemente entre finales del siglo VIII y comienzos del VII a. C., el origen de los dioses comienza con entidades primordiales.


Hesíodo escribe:

«En primer lugar existió Caos; luego Gea, de amplio pecho, sede siempre segura de todos los inmortales que habitan el Olimpo nevado…»

(Teogonía, vv. 116 ss.; traducción variable según edición).


Caos no debe entenderse exactamente como «desorden» en el sentido moderno. El término griego Khaos designa primordialmente una abertura, hendidura o espacio abierto. Después aparecen Gea, la Tierra; Tártaro; Eros y otras potencias primordiales.

Gea engendra a Urano, el Cielo, y de la unión entre Gea y Urano nace una nueva generación divina: los Titanes.

Entre ellos encontramos a Crono y Rea.

Aquí aparece una estructura fundamental de la mitología griega: el poder divino se transmite mediante conflictos generacionales.

Urano es destronado por Crono.

Crono, a su vez, teme ser destronado por sus propios hijos.

Y precisamente de ese temor nace uno de los episodios más célebres de la mitología griega.

Crono devora a sus hijos.

Hestia, Deméter, Hera, Hades y Poseidón son tragados por su padre. Pero Rea consigue salvar al último: Zeus.

Crono recibe una piedra envuelta en pañales creyendo que es el niño.

Zeus crece en secreto.

Finalmente regresa, obliga a Crono a devolver a sus hermanos y comienza una guerra cósmica.

Los Titanes se enfrentan a Zeus y a sus aliados.

Es la Titanomaquia.

Después de diez años de conflicto, Zeus y los olímpicos vencen.

Y aquí aparece una cuestión fundamental: el Olimpo representa una nueva configuración del orden divino.

No significa que los Titanes desaparezcan. Algunos continúan existiendo. Pero el centro del poder cósmico cambia.

El universo queda distribuido entre los principales hermanos masculinos:

Zeus recibe el cielo.

Poseidón recibe el mar.

Hades recibe el mundo subterráneo.

La tierra, en cambio, no pertenece exclusivamente a ninguno de ellos.

Esta división aparece de forma particularmente significativa en la Ilíada:

«Tres somos los hermanos nacidos de Rea y Crono: Zeus, yo y el tercero, Hades, señor de los muertos.»

(Ilíada, XV, 187 ss., en paráfrasis de la división de poderes).

El Olimpo comienza así a configurarse como una comunidad divina.


2. ¿Quiénes son realmente los doce olímpicos?

Aquí debemos introducir una precisión histórica.

No existió una lista única y absolutamente fija de «los doce dioses olímpicos» válida para todos los griegos, épocas y ciudades.

La tradición posterior consolidó normalmente un grupo compuesto por:

Zeus, Hera, Poseidón, Deméter, Atenea, Apolo, Artemisa, Ares, Afrodita, Hefesto, Hermes y Hestia.

Pero existe una variante fundamental: en algunas tradiciones Dioniso ocupa el lugar que normalmente corresponde a Hestia.

Por eso, cuando hablamos de «los doce olímpicos», estamos hablando de una categoría religiosa y cultural que se fue configurando progresivamente.

Además, Hades, pese a ser hermano de Zeus, Poseidón, Hera, Deméter y Hestia, normalmente no aparece entre los doce olímpicos propiamente dichos, porque su reino es el inframundo y no el Olimpo.

Esto resulta muy interesante.

Ser olímpico no significa simplemente «ser un dios importante».

Significa pertenecer a un determinado centro de organización del mundo divino.


3. Zeus: el soberano del Olimpo

Zeus es el dios principal de la religión olímpica.

Su nombre procede de una antiquísima raíz indoeuropea relacionada con el cielo luminoso. Está emparentado lingüísticamente con el Dyaus Pitar védico y con el latino Iuppiter —Iovis pater, «padre Júpiter».

Zeus es dios del cielo, del trueno, del rayo y de la soberanía.

Pero reducirlo a «dios del rayo» sería demasiado pobre.

Zeus representa fundamentalmente la soberanía y el establecimiento del orden.

Su arma característica es el rayo.

Su animal es el águila.

Su atributo es el cetro.

Y su poder se relaciona también con la xenia, la hospitalidad, y con el mantenimiento del orden jurídico y social.

Aquí encontramos una característica fundamental de la religión griega: los dioses no gobiernan únicamente fenómenos naturales. También representan estructuras fundamentales de la existencia humana.

Zeus es, en cierto sentido, el garante del orden.

Pero no es un dios moralmente perfecto.

Este punto es importantísimo para una clase seria de mitología.

Los dioses griegos no son modelos de perfección moral.

Zeus engaña, seduce, castiga, favorece, amenaza y entra constantemente en conflictos.

La mitología griega no construye una divinidad omniperfecta semejante al Dios de la teología cristiana.

Construye una familia divina antropomórfica, poderosa e inmortal, pero profundamente atravesada por pasiones.


4. Hera: matrimonio, soberanía y contradicción

Hera es hermana y esposa de Zeus.

Es la diosa del matrimonio y de la legitimidad matrimonial.

Su figura aparece estrechamente relacionada con la gynē —la esposa— y con la estructura institucional del matrimonio.

Pero Hera presenta una de las paradojas más interesantes del mundo olímpico.

La diosa protectora del matrimonio está casada con el dios más infiel del panteón.

Gran parte de sus mitos están marcados por los conflictos provocados por las relaciones de Zeus con otras mujeres.

Hera persigue a Io.

Persigue a Leto.

Persigue a Heracles.

Y, sin embargo, no debemos interpretar estos relatos simplemente como «historias sobre una mujer celosa».

Hera representa una dimensión institucional del orden matrimonial y regio, mientras que Zeus encarna una soberanía mucho más amplia y expansiva.

Su relación expresa una tensión entre poder, matrimonio, sexualidad y legitimidad.


5. Poseidón: el dios del mar

Poseidón es hermano de Zeus y señor del mar.

Su arma es el tridente.

También está relacionado con los terremotos y con los caballos.

Los griegos, pueblo profundamente vinculado al Mediterráneo, tenían razones evidentes para otorgar una enorme importancia religiosa a Poseidón.

El mar podía proporcionar riqueza, comercio y comunicación.

Pero también podía destruir una ciudad, hundir una embarcación o impedir durante meses el regreso de un ejército.

Poseidón es, por tanto, una divinidad de poder indomable.

En la Odisea, su enemistad con Odiseo constituye uno de los grandes motores narrativos de la obra.

Poseidón no representa un mar romántico.

Representa el mar como fuerza imprevisible.


6. Deméter: la tierra que alimenta

Deméter es la diosa de la agricultura, de los cereales y de la fertilidad de la tierra cultivada.

Pero su importancia religiosa va mucho más allá.

Su mito fundamental es el rapto de Perséfone.

Hades lleva a Perséfone al inframundo.

Deméter, desesperada por la desaparición de su hija, abandona sus funciones y la tierra deja de producir.

El universo entra en crisis.

Finalmente se establece un acuerdo: Perséfone pasará una parte del año con Hades y otra con su madre.

El mito proporciona una explicación simbólica del ciclo de la vegetación y de las estaciones.

Pero existe otra dimensión.

El Himno homérico a Deméter está relacionado con los Misterios de Eleusis, uno de los grandes cultos iniciáticos del mundo antiguo.

Aquí Deméter aparece vinculada no solamente al alimento terrestre, sino también a una esperanza religiosa relacionada con la muerte.

El mito agrícola se transforma así en una reflexión sobre pérdida, separación, retorno y esperanza.


7. Atenea: inteligencia, estrategia y ciudad

Atenea es una de las divinidades más extraordinarias del panteón griego.

Según el mito, nace de la cabeza de Zeus.

No nace de una mujer.

Zeus había devorado a Metis, diosa asociada a la inteligencia y la prudencia, porque existía una profecía relacionada con sus descendientes.

Posteriormente Atenea emerge de la cabeza de Zeus completamente armada.

La imagen es extraordinariamente significativa.

Atenea representa la inteligencia estratégica, la prudencia, el pensamiento racional aplicado a la acción y la protección de la ciudad.

Es también patrona de Atenas.

Su símbolo es la lechuza.

Su árbol es el olivo.

Y su contraste con Ares es particularmente interesante.

Ambos están relacionados con la guerra.

Pero Ares representa principalmente la violencia, la furia y el combate.

Atenea representa la estrategia, la disciplina y la inteligencia militar.

La mitología griega establece así dos formas diferentes de experimentar la guerra.


8. Apolo: luz, música, profecía y medida

Apolo es uno de los dioses más complejos de la religión griega.

Es hijo de Zeus y Leto y hermano gemelo de Artemisa.

Está relacionado con la música, la poesía, la profecía, la medicina, el arco, la purificación y determinados ideales de orden y medida.

Su santuario más famoso estaba en Delfos.

Allí se encontraba el célebre oráculo de Apolo.

La sacerdotisa, la Pitia, pronunciaba respuestas que eran interpretadas como mensajes procedentes del dios.

Delfos nos permite comprender algo fundamental: la religión griega no estaba separada de la política.

Reyes, ciudades y particulares consultaban al oráculo.

Apolo aparece también relacionado con el ideal griego de sōphrosynē: moderación, autocontrol, equilibrio.

No es casual que Delfos transmitiera el célebre:

«Conócete a ti mismo».

La frase no debe atribuirse sin matices exclusivamente a Apolo, pues pertenece a la tradición délfica de máximas inscritas en el santuario. Pero el vínculo con Delfos resulta fundamental para comprender el ideal griego de autoconocimiento.


9. Artemisa: naturaleza, caza y límite

Artemisa es hermana gemela de Apolo.

Es diosa de la caza, de los espacios salvajes y de determinados aspectos de la protección de jóvenes y parturientas.

Su arco es su atributo.

El ciervo aparece frecuentemente asociado a ella.

Artemisa representa una dimensión que la civilización urbana griega no puede dominar completamente: la naturaleza salvaje.

El bosque frente a la ciudad.

El animal frente al ciudadano.

Lo indómito frente al orden político.

Por eso Artemisa ocupa una posición liminal.

Protege determinados procesos de transición de la vida humana, especialmente relacionados con la juventud y la sexualidad.


10. Ares: la violencia de la guerra

Ares es hijo de Zeus y Hera.

Es el dios de la guerra.

Pero aquí encontramos una distinción importante.

Ares no es simplemente «el equivalente griego de Marte».

El Marte romano terminará adquiriendo una dignidad política y cívica mucho mayor.

En la mitología griega, Ares suele representar el aspecto brutal, sanguinario y caótico de la guerra.

Es violencia.

Es furia.

Es combate.

Es sangre.

Su relación con Afrodita constituye uno de los episodios más conocidos de la mitología.

Y es precisamente allí donde aparece otra característica del panteón griego: incluso los dioses están sometidos a deseo, pasión, rivalidad y contradicción.


11. Afrodita: deseo, belleza y poder erótico

Afrodita es la diosa del amor, la belleza y el deseo sexual.

Su genealogía posee dos tradiciones.

En Hesíodo, Afrodita nace de la espuma generada cuando los genitales de Urano, mutilado por Crono, caen al mar.

En Homero aparece como hija de Zeus y Dione.

Estas diferencias son importantes porque nos muestran que la mitología griega no es una Biblia mitológica única y homogénea.

Existen tradiciones diferentes.

Afrodita representa el poder del deseo.

Y el deseo, para los griegos, no es simplemente una emoción privada.

Puede desencadenar guerras.

Puede destruir matrimonios.

Puede enfrentar dioses.

Puede modificar destinos.

El ejemplo paradigmático es Helena y la guerra de Troya.

La belleza y el deseo aparecen así como fuerzas capaces de alterar el orden político.


12. Hefesto: el dios que transforma la materia

Hefesto es el dios de la metalurgia, de la forja y de la técnica artesanal.

Es el herrero de los dioses.

Fabrica armas, armaduras, objetos preciosos y artefactos extraordinarios.

Su figura es especialmente interesante porque rompe con el ideal de belleza física que domina buena parte de la representación olímpica.

En diversas tradiciones aparece cojo o físicamente vulnerable.

Pero posee una capacidad extraordinaria: transformar la materia.

Hefesto representa algo que los griegos comprendieron profundamente: la technē.

La capacidad humana y divina de transformar una materia determinada mediante conocimiento y habilidad.

Su taller es casi un laboratorio mítico.

En él se fabrican objetos que ningún ser humano podría producir.


13. Hermes: el dios de las fronteras

Hermes es uno de los dioses más fascinantes.

Es mensajero de los dioses, protector de viajeros, comerciantes y pastores, y también conductor de las almas hacia el mundo de los muertos, en su función de psychopompos.

Su carácter es esencialmente liminal.

Hermes atraviesa fronteras.

Cielo y tierra.

Ciudad y campo.

Vida y muerte.

Dioses y hombres.

Legalidad y astucia.

Por eso es también el dios de los engaños, la habilidad y determinadas formas de inteligencia práctica.

Su caduceo y sus sandalias aladas se convirtieron posteriormente en algunos de los símbolos más conocidos de la iconografía occidental.

Hermes representa una inteligencia que no permanece quieta.


Es movimiento.

Comunicación.

Intercambio.

Tránsito.


14. Hestia: el fuego del hogar

Hestia es quizá la menos espectacular de los doce.

Y precisamente por eso resulta filosóficamente interesante.

Es la diosa del hogar y del fuego doméstico.

En la casa griega, el fuego del hogar no era simplemente una fuente de calor.

Era un centro simbólico.

El hogar representaba permanencia, familia, identidad y continuidad.

Hestia constituye así el centro inmóvil frente al movimiento de Hermes.

Hermes atraviesa el mundo.

Hestia permanece.

Esta oposición puede utilizarse pedagógicamente para mostrar que el panteón griego no es simplemente una colección de personajes, sino una estructura simbólica.

Hermes representa el tránsito.

Hestia representa el centro.


15. ¿Y Dioniso?

Aquí encontramos una de las cuestiones más interesantes.

Dioniso es hijo de Zeus y Sémele.

Es el dios del vino, del éxtasis, del teatro, de la transformación y de determinadas formas de ruptura de los límites ordinarios de la identidad.

En muchas representaciones modernas aparece como uno de los doce olímpicos.

Pero tradicionalmente Hestia ocupa ese puesto en muchas listas.

Por eso es más correcto decir que la composición de los «doce» presenta variaciones.

Dioniso introduce además una dimensión que parece difícil de integrar en el orden olímpico tradicional.

El vino altera la conciencia.

El teatro transforma la identidad.

El éxtasis rompe temporalmente las estructuras sociales.

Las fiestas dionisíacas permiten al individuo experimentar otra forma de existencia.

Dioniso es, en cierto sentido, el dios del límite que se rompe.


16. ¿Por qué doce?

El número doce adquiere progresivamente una enorme importancia simbólica en la organización del panteón.

Existen grupos de doce divinidades en distintos contextos griegos, y posteriormente encontramos numerosos sistemas duodecimales en la cultura mediterránea.

Pero debemos evitar afirmar que los griegos poseían desde el comienzo una doctrina universal según la cual «exactamente doce dioses gobernaban el Olimpo».

La evidencia histórica es más compleja.

En distintos lugares y épocas encontramos diferentes agrupaciones.

Atenas, Olimpia, Delfos y otras ciudades podían privilegiar divinidades diferentes.

La religión griega era profundamente local.

No existía una «Iglesia griega» centralizada que estableciera oficialmente un canon mitológico.

Por eso resulta más exacto hablar de una tradición panhelénica que fue creando ciertos consensos culturales.


17. El Olimpo como espejo de la humanidad

Y aquí llegamos quizá al núcleo filosófico de la cuestión.

¿Por qué los dioses griegos se parecen tanto a los seres humanos?

Porque, en gran medida, son humanos llevados a una dimensión superior.

Aman.

Odian.

Desean.

Traicionan.

Compiten.

Tienen hijos.

Se enfadan.

Sufren.

Celebran.

Se equivocan.

Pero no mueren como los humanos.

La diferencia fundamental no es la ausencia de pasiones.

Es la inmortalidad.

Por eso Nietzsche encontró en Grecia algo profundamente distinto de la moral moderna: los dioses olímpicos no son jueces trascendentes de la existencia humana, sino figuras que permiten afirmar y representar las múltiples dimensiones de la vida.

Apolo y Dioniso constituirán posteriormente, en El nacimiento de la tragedia, una de las grandes oposiciones interpretativas de Nietzsche.

Apolo representa, en su lectura, forma, medida, apariencia ordenadora.

Dioniso representa desbordamiento, embriaguez, ruptura de la individualidad.

Aunque no debemos convertir automáticamente la interpretación de Nietzsche en una descripción histórica de la religión griega, su lectura muestra la extraordinaria fecundidad filosófica que adquirió posteriormente el panteón olímpico.


18. Los dioses no son simplemente «dioses de algo»

Un error frecuente en la enseñanza de mitología consiste en presentar una tabla:

Zeus = cielo.

Poseidón = mar.

Hades = inframundo.

Atenea = sabiduría.

Afrodita = amor.

Apolo = música.

Artemisa = caza.

Y así sucesivamente.

Esto sirve como introducción, pero resulta insuficiente.

Un dios griego no funciona exactamente como una etiqueta conceptual.

Atenea no es simplemente «la sabiduría».

Apolo no es simplemente «la música».

Afrodita no es simplemente «el amor».

Poseidón no es simplemente «el mar».

Cada divinidad constituye una red de asociaciones religiosas, rituales, lugares, genealogías, epítetos, relatos y prácticas cultuales.

Por eso los griegos utilizaban epítetos.

Zeus podía ser Zeus Xenios, protector de la hospitalidad.

Zeus Ktesios, asociado a la propiedad y al patrimonio.

Atenea Polias, protectora de la ciudad.

Apolo Pythios, vinculado a Delfos.

Artemisa podía recibir múltiples epítetos según su función y culto local.

La divinidad griega es, por tanto, mucho más dinámica de lo que permite una simple definición escolar.


19. Olimpo y antropología religiosa

Si queremos interpretar filosóficamente el Olimpo, podemos decir que los doce olímpicos representan una especie de cartografía simbólica de la existencia humana.

Zeus: soberanía y orden.

Hera: matrimonio y legitimidad.

Poseidón: poder del mar y de la naturaleza.

Deméter: alimento y fecundidad.

Atenea: inteligencia estratégica y ciudad.

Apolo: medida, música, profecía y purificación.

Artemisa: naturaleza salvaje y tránsito vital.

Ares: violencia y guerra.

Afrodita: deseo y belleza.

Hefesto: técnica y transformación material.

Hermes: comunicación, tránsito y frontera.

Hestia: hogar, permanencia y centro.

Dioniso, cuando aparece: éxtasis, transformación y ruptura de límites.

Esta lectura no significa que los griegos formularan conscientemente un «sistema psicológico» como el que acabamos de describir. Es una interpretación antropológica posterior que permite comprender por qué estos dioses pudieron conservar tanta fuerza simbólica.


20. Del mito al pensamiento filosófico

Finalmente aparece una cuestión fundamental para una clase de mitología griega: ¿qué sucede cuando Grecia comienza a pasar del mythos al logos?

No debemos presentar esto como si un día los griegos creyeran en mitos y al día siguiente abandonaran la religión para convertirse en filósofos.

La transición fue mucho más compleja.

Homero y Hesíodo no desaparecen cuando aparecen Tales, Anaximandro, Heráclito o Parménides.

El pensamiento filosófico nace dentro de una cultura profundamente religiosa.

Lo que cambia es la forma de preguntar.

Hesíodo pregunta:

¿De dónde proceden los dioses?

¿Quién engendró a quién?

¿Cómo se estableció el orden cósmico?

Los filósofos comienzan progresivamente a preguntar:

¿Cuál es el principio de todas las cosas?

¿Qué es la naturaleza?

¿Qué significa ser?

¿Qué permanece detrás del cambio?

¿Qué es el archē?

El relato genealógico empieza a coexistir con una investigación racional sobre la estructura del cosmos.

Y esto resulta fundamental para comprender la historia de la filosofía occidental.

El Olimpo no es simplemente algo que la filosofía tuvo que destruir.

Es uno de los horizontes culturales desde los cuales nació la filosofía griega.


Conclusión

El Olimpo es mucho más que una montaña poblada por doce personajes mitológicos.

Es una representación simbólica del mundo.

Los olímpicos constituyen una familia divina que organiza diferentes dimensiones de la existencia: poder, matrimonio, guerra, agricultura, deseo, inteligencia, técnica, comunicación, naturaleza, música, profecía, hogar y transformación.

Pero existe una paradoja profunda.

Los dioses son inmortales, pero no son perfectos.

Poseen poder, pero no omnipotencia.

Conocen muchas cosas, pero no necesariamente todo.

Pueden intervenir en el destino humano, pero tampoco escapan completamente al moira, al orden del destino.

Y quizá ahí reside una de las diferencias más profundas entre el mundo religioso griego y las concepciones monoteístas posteriores.

El dios olímpico no es el Ser absoluto.

Es una potencia divina dentro de un cosmos.

El Olimpo, por tanto, no representa simplemente «el cielo».

Representa un universo en el que la realidad está poblada de fuerzas, deseos, conflictos y poderes que poseen rostro humano.

Y cuando los griegos contemplaron a sus dioses, quizá no estaban simplemente imaginando seres sobrenaturales.

Estaban contemplando, proyectadas hacia el ámbito divino, las grandes fuerzas que experimentaban dentro de sí mismos y dentro del mundo:

el poder de Zeus,

la pasión de Afrodita,

la violencia de Ares,

la inteligencia de Atenea,

la medida de Apolo,

la naturaleza de Artemisa,

el hambre de Deméter,

la técnica de Hefesto,

el movimiento de Hermes,

la permanencia de Hestia,

el desbordamiento de Dioniso

y el inmenso e imprevisible poder de Poseidón.

Por eso el Olimpo continúa hablándonos.

No porque sus dioses existan como los imaginaron los antiguos griegos, sino porque los problemas humanos que esos dioses personificaron —poder, deseo, muerte, naturaleza, inteligencia, violencia, identidad, comunidad y trascendencia— continúan siendo nuestros.

viernes, 2 de octubre de 2026

¿Qué significa «Palestina»?

 


¿Qué significa «Palestina»?

Aquí hay que ser particularmente precisos porque el término tiene una historia lingüística antiquísima y posteriormente adquirió significados políticos y geográficos diferentes.

El nombre Palestina está relacionado con el término utilizado para los filisteos.

La cadena histórica es aproximadamente:


Peleset → Peleshet → Philistia → Palaestina → Palestina


En hebreo bíblico aparece el término פְּלֶשֶׁת (Pĕlešet), «Filistea», es decir, la tierra de los filisteos.

La Septuaginta griega utiliza formas relacionadas con Philistie/Philistim.

Posteriormente, en latín, Palaestina se convirtió en una denominación geográfica.


Los romanos utilizaron oficialmente Syria Palaestina después de la revuelta de Bar Kojba (132–135 d. C.), cuando la provincia romana de Judea fue reorganizada administrativamente.


Aquí hay que introducir una precisión importante: no es correcto decir simplemente que Roma «inventó Palestina» después de la revuelta de Bar Kojba.


El término ya existía mucho antes.

Heródoto, por ejemplo, utiliza una forma griega relacionada con Palaistinē en el siglo V a. C. para referirse a una región del Levante.

Es decir, el término tiene una historia anterior a Roma.

Lo que Roma hizo fue convertir Palaestina en una denominación administrativa provincial de enorme importancia histórica.


¿«Palestina» significa «tierra de los filisteos»?

En su origen etimológico, la conexión es muy fuerte.


Pĕlešet = Filistea.


Palaistinē = denominación griega relacionada.


Palaestina = forma latina.


Por eso es razonable explicar «Palestina» como un nombre históricamente relacionado con Filistea/los filisteos.


Pero hay que evitar una conclusión equivocada:

Palestina no significa que toda la región estuviera habitada exclusivamente por filisteos.

Filistea era originalmente una región concreta de la costa meridional, mientras que con el tiempo «Palestina» pasó a designar un territorio geográfico mucho más amplio.

Es exactamente el tipo de fenómeno que ocurre cuando un nombre inicialmente asociado a una población termina convirtiéndose en el nombre de una región.


El mapa conceptual completo

Si ponemos todo junto, aparece un panorama extraordinariamente rico:


EL


↓

divinidad suprema del antiguo Levante

↓

Aserá/Athirat, consorte

↓

asamblea divina / hijos de El

↓

entre ellos, diversas divinidades

↓

Baal, dios de la tormenta


Paralelamente, en el plano histórico:


CANAÁN


↓

amplio mundo cultural semítico noroccidental


De ese mundo encontramos:


fenicios → ciudades costeras septentrionales

israelitas/hebreos → comunidades cananeas que desarrollan identidad israelita

moabitas → al este del Jordán

amonitas → Transjordania

edomitas → al sur/sureste

filisteos → costa meridional, con una importante aportación egea inicial


Y posteriormente:


Pĕlešet / Filistea


↓


Palaistinē


↓


Palaestina


↓


Palestina


Aquí aparece una de las cuestiones más fascinantes de la historia de las religiones: el Israel bíblico no aparece fuera del mundo cananeo, sino dentro de él, y precisamente por eso resulta tan interesante estudiar cómo Yahvé acaba diferenciándose de El, Baal, Aserá y las demás divinidades del entorno hasta llegar a la afirmación bíblica del monoteísmo.

¿Qué relación existe entre fenicios y cananeos?



¿Qué relación existe entre fenicios y cananeos?

Aquí debemos introducir una distinción histórica fundamental.

Los fenicios eran cananeos.

«Fenicio» es principalmente una denominación posterior, de origen griego, para las poblaciones cananeas de la franja costera septentrional del Levante.

Los propios habitantes de las ciudades fenicias no constituían necesariamente una nación unificada llamada «Fenicia».

Existían ciudades-estado como:

Biblos

Sidón

Tiro

Arvad


Cada una poseía sus propias estructuras políticas.

Los griegos utilizaron el término Phoinikes, que los romanos latinizaron como Phoenices. De ahí procede «fenicios».

Los fenicios hablaban lenguas cananeas. Su religión también pertenece al ámbito religioso cananeo.


Por tanto:

Cananeo = categoría cultural y lingüística más amplia.

Fenicio = denominación histórica de determinados pueblos cananeos, especialmente los de las ciudades de la costa levantina septentrional.

Y esto explica por qué encontramos tantas semejanzas entre la religión fenicia y la religión de Ugarit, Israel, Moab, Amón y otros pueblos del Levante.

Todos ellos pertenecen, con sus diferencias, a un amplio mundo cultural semítico noroccidental.


¿Y qué relación tenían los cananeos con los hebreos?

Aquí la cuestión es todavía más interesante.

Los antiguos israelitas/hebreos formaron parte del mundo cananeo, especialmente en las primeras etapas de su historia.

Esto no significa que «hebreos = cananeos» sin más.

Significa que Israel surgió dentro del mismo espacio cultural, lingüístico y religioso del Levante.

El hebreo es una lengua cananea dentro de la familia de las lenguas semíticas noroccidentales.

El fenicio también pertenece a las lenguas cananeas.

El moabita también presenta una relación muy estrecha con el hebreo.

Por eso la inscripción de la estela de Mesa, del siglo IX a. C., escrita en moabita, resulta tan importante: lingüísticamente se encuentra extraordinariamente cerca del hebreo bíblico.

Podemos imaginar el panorama así:

Lenguas semíticas noroccidentales

→ grupo cananeo

→ hebreo

→ fenicio

→ moabita

→ amonita

→ edomita

→ otras variedades levantinas


No significa que todos fueran una sola población.

Significa que compartían una familia lingüística y una matriz cultural común.


¿Entonces Israel apareció dentro de Canaán?

Históricamente, la respuesta más razonable es sí: el antiguo Israel surgió dentro del mundo cananeo.

La arqueología del período de transición entre la Edad del Bronce y la Edad del Hierro muestra una continuidad considerable entre poblaciones cananeas anteriores y las nuevas comunidades identificadas como israelitas.

Esto resulta especialmente importante porque obliga a matizar una lectura excesivamente simplificada del relato bíblico de la conquista.

El texto bíblico presenta a Israel entrando en la tierra y enfrentándose a los cananeos.

La arqueología, sin embargo, muestra una realidad más compleja: parte importante de la población que acabó formando Israel procedía de las propias poblaciones locales de Canaán.

La identidad israelita se fue formando progresivamente.

Esto no invalida automáticamente el relato bíblico; significa que debemos distinguir entre la memoria teológica y literaria de Israel y la reconstrucción histórica y arqueológica de sus orígenes.

¿Quiénes eran los filisteos?



Los filisteos fueron un pueblo que se estableció en la franja meridional de la costa de Canaán, aproximadamente en la zona que comprende las ciudades bíblicas de Gaza, Ascalón, Asdod, Ecrón y Gat.

Estas cinco ciudades constituyen la conocida pentápolis filistea.

Los filisteos aparecen repetidamente en la Biblia como adversarios de los israelitas, especialmente durante el período de los Jueces y los primeros tiempos de la monarquía.

Sansón, Saúl y David aparecen relacionados con conflictos filisteos. El episodio de David y Goliat, por ejemplo, pertenece precisamente a este contexto.

Pero la arqueología ha complicado considerablemente la imagen bíblica.

Durante mucho tiempo se pensó que los filisteos eran simplemente «cananeos» que habitaban la costa. Actualmente existe evidencia considerable de que su cultura presenta elementos procedentes del Mediterráneo oriental y del mundo egeo, aunque se mezclaron rápidamente con las poblaciones locales.

Su aparición se relaciona habitualmente con los denominados Pueblos del Mar, aunque hay que evitar afirmar que «los filisteos = los Pueblos del Mar». La relación histórica existe, pero la identificación no es tan sencilla.

Los egipcios de época de Ramsés III mencionan a los Peleset, generalmente relacionados con los filisteos. Las representaciones de Medinet Habu muestran a estos grupos dentro de las migraciones y conflictos del Mediterráneo oriental de finales de la Edad del Bronce.

La arqueología filistea también muestra elementos egeos en cerámica, arquitectura, alimentación y prácticas culturales, particularmente durante las primeras fases de asentamiento.

Sin embargo, con el paso del tiempo los filisteos se levantinizaron.

Es decir, no permanecieron culturalmente «europeos» o «egeos». Adoptaron progresivamente lengua, prácticas religiosas, costumbres y estructuras locales.

Por eso debemos pensar en ellos como una población que llegó al Levante y se integró en el mundo cananeo, conservando inicialmente determinados rasgos propios.


¿Y dónde quedan los filisteos dentro de este mapa?

Aquí podemos establecer una distinción muy útil:


Cananeos: población autóctona del Levante meridional y septentrional, con una cultura semítica noroccidental.

Fenicios: poblaciones cananeas de las ciudades costeras septentrionales.

Hebreos/israelitas: población que surgió dentro del ámbito cananeo y desarrolló progresivamente una identidad propia alrededor de Israel y Yahvé.

Filisteos: población establecida principalmente en la costa meridional de Canaán, con elementos culturales inicialmente relacionados con el Mediterráneo oriental/egeo, que posteriormente se integró profundamente en el mundo levantino.


Por eso no debemos colocarlos como cuatro pueblos completamente aislados.

Había contacto, comercio, guerras, matrimonios, intercambio cultural y asimilación.


¿Qué significa «Palestina»?

Aquí hay que ser particularmente precisos porque el término tiene una historia lingüística antiquísima y posteriormente adquirió significados políticos y geográficos diferentes.

El nombre Palestina está relacionado con el término utilizado para los filisteos.

La cadena histórica es aproximadamente:

Peleset → Peleshet → Philistia → Palaestina → Palestina


En hebreo bíblico aparece el término פְּלֶשֶׁת (Pĕlešet), «Filistea», es decir, la tierra de los filisteos.


La Septuaginta griega utiliza formas relacionadas con Philistie/Philistim.

Posteriormente, en latín, Palaestina se convirtió en una denominación geográfica.

Los romanos utilizaron oficialmente Syria Palaestina después de la revuelta de Bar Kojba (132–135 d. C.), cuando la provincia romana de Judea fue reorganizada administrativamente.

Aquí hay que introducir una precisión importante: no es correcto decir simplemente que Roma «inventó Palestina» después de la revuelta de Bar Kojba.


El término ya existía mucho antes.

Heródoto, por ejemplo, utiliza una forma griega relacionada con Palaistinē en el siglo V a. C. para referirse a una región del Levante.

Es decir, el término tiene una historia anterior a Roma.

Lo que Roma hizo fue convertir Palaestina en una denominación administrativa provincial de enorme importancia histórica.


¿«Palestina» significa «tierra de los filisteos»?


En su origen etimológico, la conexión es muy fuerte.


Pĕlešet = Filistea.


Palaistinē = denominación griega relacionada.


Palaestina = forma latina.


Por eso es razonable explicar «Palestina» como un nombre históricamente relacionado con Filistea/los filisteos.

Pero hay que evitar una conclusión equivocada:

Palestina no significa que toda la región estuviera habitada exclusivamente por filisteos.

Filistea era originalmente una región concreta de la costa meridional, mientras que con el tiempo «Palestina» pasó a designar un territorio geográfico mucho más amplio.

Es exactamente el tipo de fenómeno que ocurre cuando un nombre inicialmente asociado a una población termina convirtiéndose en el nombre de una región.


El mapa conceptual completo

Si ponemos todo junto, aparece un panorama extraordinariamente rico:


EL


↓

divinidad suprema del antiguo Levante

↓

Aserá/Athirat, consorte

↓

asamblea divina / hijos de El

↓

entre ellos, diversas divinidades

↓

Baal, dios de la tormenta


Paralelamente, en el plano histórico:


CANAÁN


↓

amplio mundo cultural semítico noroccidental


De ese mundo encontramos:


fenicios → ciudades costeras septentrionales

israelitas/hebreos → comunidades cananeas que desarrollan identidad israelita

moabitas → al este del Jordán

amonitas → Transjordania

edomitas → al sur/sureste

filisteos → costa meridional, con una importante aportación egea inicial


Y posteriormente:


Pĕlešet / Filistea


↓


Palaistinē


↓


Palaestina


↓


Palestina


Aquí aparece una de las cuestiones más fascinantes de la historia de las religiones: el Israel bíblico no aparece fuera del mundo cananeo, sino dentro de él, y precisamente por eso resulta tan interesante estudiar cómo Yahvé acaba diferenciándose de El, Baal, Aserá y las demás divinidades del entorno hasta llegar a la afirmación bíblica del monoteísmo.

¿Quién es Baal?



Baal (hebreo בַּעַל, baʿal) significa literalmente «señor», «amo» o «dueño». Al principio es un título que podía aplicarse a distintas divinidades; posteriormente se convirtió en la designación característica de una importante divinidad del Levante, especialmente del dios de la tormenta conocido en los textos de Ugarit como Baʿlu.

La principal documentación procede de Ugarit, ciudad situada en la costa septentrional de la actual Siria, destruida hacia finales del siglo XIII a. C. Sus textos, escritos en una lengua semítica estrechamente relacionada con el hebreo, permiten reconstruir buena parte de la mitología cananea.

En el ciclo ugarítico, Baal es fundamentalmente el dios de la tormenta, la lluvia, la fertilidad y el poder regio. Su arma característica es el rayo. Su dominio sobre la lluvia tiene una importancia evidente en sociedades agrícolas dependientes de las precipitaciones.

Pero Baal no es «el dios supremo» del panteón ugarítico. Ese lugar corresponde a El.

La estructura aproximada sería:

El → padre y autoridad suprema del panteón

Athirat/Aserá → consorte de El

Baal → poderoso dios de la tormenta

Asamblea divina → conjunto de divinidades vinculadas a El

El relato mítico más importante es el denominado Ciclo de Baal, donde se narran sus conflictos con Yam, asociado al mar y al caos, y con Mot, relacionado con la muerte y la esterilidad.

Esto resulta especialmente interesante para la Biblia porque algunos atributos de Baal —tormenta, nubes, lluvia, dominio sobre las aguas— aparecen también atribuidos a Yahvé. El Salmo 29 constituye un ejemplo particularmente significativo, aunque la cuestión de si procede directamente de un antiguo himno a Baal sigue siendo discutida.

La Biblia polemiza constantemente contra el culto a Baal. En 1 Reyes 18, por ejemplo, la confrontación entre Elías y los profetas de Baal representa una disputa por la identidad del verdadero Dios de Israel.

Por tanto, cuando la Biblia habla de «Baal», no está hablando simplemente de «un demonio» en el sentido cristiano posterior. Baal fue originalmente una divinidad del antiguo Levante. La demonización posterior de divinidades extranjeras constituye un proceso histórico-teológico diferente.

¿El Dios El (ʾIl/Ilu) es el padre de los 72 Elohim y los Baales?



Sí, pero aquí conviene hacer una precisión importante porque estás tocando un punto real de la religión cananea, aunque la formulación de «72 Elohim» requiere matices.

En la mitología cananea de Ugarit, El (ʾIl/Ilu) ocupa efectivamente la posición de divinidad suprema y aparece como padre o progenitor de numerosas divinidades. Athirat (Aserá) aparece como su consorte. El es presentado como una figura patriarcal del panteón: anciano, creador/padre de los dioses y cabeza de la asamblea divina.

Los textos ugaríticos utilizan expresiones como «los hijos de El» (bn ʾil) para referirse al ámbito de las divinidades que constituyen su corte o familia divina. Baal pertenece a ese mundo divino y aparece en relación genealógica y política con El, aunque su posición exacta dentro de la genealogía varía según los textos y las reconstrucciones académicas.

Ahora bien, la afirmación de que «El era el padre de los 72 Elohim» necesita una corrección histórica.

No tenemos en los textos cananeos conservados una doctrina explícita según la cual El tuviera exactamente 72 hijos llamados Elohim. El número 72 procede de una combinación posterior de tradiciones y de determinadas interpretaciones del material bíblico y ugarítico, pero no podemos presentarlo como una doctrina cananea documentada.

Hay, sin embargo, un dato extraordinariamente interesante que probablemente está detrás de tu planteamiento.

En Deuteronomio 32,8, la tradición textual más antigua conservada en Qumrán y reflejada también en la Septuaginta presenta una lectura que difiere del texto masorético.

La reconstrucción suele ser:

«Cuando Elyón repartió las naciones,

cuando separó a los hijos de Adán,

fijó las fronteras de los pueblos

según el número de los hijos de Dios (bene ʾelohim).»

El texto masorético, en cambio, tiene:

«según el número de los hijos de Israel.»

Esto es importantísimo porque muestra una antigua concepción según la cual Elyón distribuye las naciones entre seres divinos.

Además, Deuteronomio 32,9 continúa:

«Pero la porción de Yahvé fue su pueblo,

Jacob, la parte de su heredad.»

La estructura conceptual que aparece aquí es muy antigua:

Elyón → hijos divinos → naciones → Yahvé → Israel.

Esto guarda un notable paralelismo con la concepción de una asamblea divina presente en la literatura ugarítica.

Pero aquí hay que distinguir cuidadosamente El, Elyón, Elohim y Yahvé, porque si los fusionamos demasiado pronto perdemos precisamente el fenómeno histórico que queremos estudiar.


En Ugarit:

El = divinidad suprema, padre de los dioses.

Athirat/Aserá = consorte de El.

Baal = importante divinidad de la tormenta, perteneciente al mundo de los hijos/divinidades de El.

«Hijos de El» = colectivo divino asociado a la corte de El.


En la Biblia hebrea:

El/Eloah/Elohim = vocabulario semítico de «Dios/dios».

Elyón = «Altísimo», título divino.

Yahvé = nombre propio del Dios de Israel.

bene ʾelohim / bene elim = «hijos de Dios/divinidad», expresión que puede designar seres de la esfera divina.


Y aquí ocurre algo teológicamente fascinante: la Biblia conserva elementos de la antigua estructura semítica de la asamblea divina, pero los reorganiza progresivamente alrededor de Yahvé.

Por ejemplo, Salmo 82,1 dice:

«Elohim se levanta en la asamblea divina;

en medio de los elohim juzga.»

Aquí el mismo término elohim puede funcionar en dos niveles: Elohim como designación del Dios supremo y elohim como designación de otros seres divinos.

Esto demuestra por qué no debemos traducir automáticamente todos los elohim por «Dios».

Y hay otro elemento extraordinariamente importante: el número 70/72.

En el mundo bíblico antiguo existe una tradición sobre las naciones del mundo relacionada con 70. Génesis 10 presenta la llamada «tabla de las naciones», y en la tradición hebrea el número de naciones suele contabilizarse como 70, mientras que la Septuaginta de Deuteronomio 32,8 conserva una lectura asociada a «ángeles de Dios» y la tradición textual griega puede conducir al número 72 dependiendo de cómo se contabilicen las naciones.

Por eso algunos investigadores relacionan:

70/72 naciones → 70/72 seres celestiales → distribución divina de las naciones.

Pero eso no equivale a demostrar que la religión cananea poseyera una doctrina formal de «72 Elohim».

La formulación históricamente más segura sería:

En la antigua religión semítica occidental, El aparece como la divinidad suprema y padre de la familia divina, acompañado por Athirat/Aserá como consorte. Los textos ugaríticos hablan de los «hijos de El», dentro de una asamblea divina en la que se encuentra Baal. La Biblia hebrea conserva vestigios de una concepción semejante de la asamblea divina, particularmente en Deuteronomio 32 y Salmo 82, pero posteriormente reinterpreta esta estructura en una dirección monoteísta centrada en Yahvé. La asociación exacta con un grupo de 72 Elohim no está documentada de manera directa en las fuentes cananeas conservadas.

Y esto nos permite hacer una reconstrucción mucho más interesante que simplemente decir «los cananeos eran politeístas».

Tenemos, esquemáticamente:

EL + ASERÁ

↓

familia/asamblea divina

↓

hijos de El / seres divinos

↓

Baal y otras divinidades

↓

dominios y pueblos


Mientras que en determinados estratos bíblicos podemos observar una transformación:


EL / ELYÓN

↓

asamblea de seres divinos

↓

YAHVÉ

↓

Israel como heredad


Y posteriormente:


YAHVÉ = EL = ELYÓN = único Dios

↓

los demás elohim dejan de ser dioses verdaderos y pasan a ser seres celestiales, ángeles o poderes subordinados.

Este proceso es fundamental para comprender cómo se pasa del paisaje divino del antiguo Levante a la afirmación bíblica del monoteísmo. No se trata simplemente de que «Israel rechazó a los dioses cananeos», sino de una compleja transformación de categorías religiosas que la propia Biblia conserva parcialmente en sus textos.