jueves, 27 de agosto de 2026

La Virgen María y las diosas romanas



En el contexto del curso «Simbología en la ciudad de Roma»


Introducción: una mujer en una ciudad llena de diosas

Cuando un cristiano del siglo IV caminaba por las calles de Roma, no se encontraba en una ciudad religiosamente vacía.

Roma estaba llena de dioses.

Pero también estaba llena de diosas.

Venus protegía el amor, la fecundidad y la memoria mítica de Roma.

Diana estaba vinculada a la naturaleza, la caza y la virginidad.

Ceres representaba la agricultura y la fecundidad de la tierra.

Fortuna presidía la incertidumbre de la existencia humana.

Minerva simbolizaba la sabiduría y determinadas dimensiones de la actividad intelectual y artesanal.

Juno aparecía vinculada al matrimonio, a la maternidad y a la protección de la comunidad.

Cibeles, aunque de origen anatolio y no propiamente romana en su nacimiento, había sido incorporada al universo religioso de Roma como Magna Mater, la Gran Madre.

Y, junto a ellas, Isis adquirió una enorme popularidad dentro del Imperio romano.

En medio de este paisaje religioso aparece una figura aparentemente desconcertante:

una mujer judía, María de Nazaret.

No es una diosa.

No es una sacerdotisa pagana.

No es una personificación de la naturaleza.

No es una divinidad cósmica.

Es, según el cristianismo, una criatura humana que recibe una misión extraordinaria: convertirse en madre de Jesucristo.

Sin embargo, con el paso de los siglos, su figura comenzará a adquirir una extraordinaria densidad simbólica.

María aparecerá coronada.

Con un niño en brazos.

Entregando protección.

Relacionada con la pureza.

Con la maternidad.

Con la misericordia.

Con la ciudad.

Con la Iglesia.

Con el cielo.

Y entonces surge una pregunta inevitable:

¿estamos ante la transformación cristiana de las antiguas diosas?

La respuesta histórica y teológica exige mucho más cuidado.


I. Roma: una ciudad donde lo femenino también era sagrado

La religión romana no concebía lo divino exclusivamente en términos masculinos.

La presencia femenina en el panteón era enorme.

Esto tiene importancia antropológica.

Las sociedades antiguas proyectaban sobre las divinidades aquello que consideraban fundamental para la supervivencia individual y colectiva.

La maternidad, la fecundidad, la sexualidad, la agricultura, la protección del hogar, la guerra, la sabiduría, el matrimonio, la prosperidad y el destino podían representarse mediante figuras femeninas.

La diosa no era simplemente «una mujer poderosa».

Era una forma de representar simbólicamente fuerzas que excedían al individuo.

Por eso las diosas romanas podían cumplir funciones que hoy consideraríamos contradictorias.

Una misma divinidad podía ser protectora y terrible.

Madre y guerrera.

Virgen y cazadora.

Amante y destructora.

La religión antigua no necesitaba la separación moderna entre categorías.

El símbolo podía contener simultáneamente fuerzas opuestas.


II. Venus: belleza, maternidad y poder

Venus constituye uno de los ejemplos más importantes.

En Roma terminó convirtiéndose en una divinidad de extraordinaria importancia política.

La familia Julio-Claudia vinculaba su genealogía con Venus a través de Eneas y, por tanto, con la tradición troyana.

Julio César llegó a asociarse especialmente con Venus Genetrix, Venus Madre.

Aquí aparece algo interesante para nuestro estudio.

Venus no representa solamente erotismo.

Representa también origen.

La maternidad puede convertirse en fundamento de legitimidad política.

El cuerpo femenino se transforma simbólicamente en genealogía.

Roma puede decir:

«Nuestro origen está en Venus».

Esto será importante cuando posteriormente observemos la iconografía mariana.

María también será presentada como madre.

Pero la diferencia es decisiva.

Venus engendra una genealogía mítica.

María, según la fe cristiana, engendra al Logos encarnado.


III. Juno: esposa, madre y protectora

Juno ocupaba una posición extraordinaria dentro de la religión romana.

Era esposa de Júpiter y formaba parte de la tríada capitolina junto con Júpiter y Minerva.

Como Juno Lucina estaba vinculada al parto.

Como Juno Regina aparecía como reina.

Como protectora del matrimonio adquiría una importancia fundamental para la estructura familiar romana.

Juno permite comprender algo:

la sociedad romana estaba perfectamente acostumbrada a atribuir a una figura femenina funciones de protección, dignidad y autoridad.

Cuando el cristianismo desarrolla posteriormente determinadas formas de devoción mariana, encuentra una cultura que ya comprende simbólicamente la figura de una mujer protectora.

Pero María no se convierte por ello en Juno.

La semejanza pertenece al lenguaje simbólico.

La diferencia pertenece a la ontología religiosa.


IV. Diana: la virgen

Diana ofrece una comparación todavía más interesante.

Diana era una divinidad asociada con la naturaleza, la caza y la virginidad.

Su carácter virginal era fundamental.

En la mentalidad antigua, la virginidad podía representar autonomía, pureza, separación y poder.

María también será denominada «virgen».

Pero existe aquí una diferencia fundamental.

La virginidad de Diana forma parte de la naturaleza propia de una divinidad pagana.

La virginidad de María, en el cristianismo, está vinculada a su relación con Dios y al misterio de la Encarnación.

Diana permanece dentro de la mitología religiosa romana.

María aparece dentro de la historia de la salvación.

Esta diferencia entre mito e historia será fundamental para comprender la autocomprensión cristiana.


V. Ceres: la madre y el misterio de la vida

Ceres representa otro arquetipo femenino fundamental.

La agricultura dependía de los ciclos de la tierra.

Semilla.

Muerte.

Enterramiento.

Germinación.

Fruto.

La maternidad humana podía contemplarse mediante el mismo lenguaje simbólico.

La mujer produce vida.

La tierra produce vida.

La naturaleza produce vida.

Por eso la figura de la madre posee una extraordinaria potencia religiosa.

En el cristianismo, María terminará adquiriendo también una simbología relacionada con la vida.

Pero nuevamente aparece una diferencia.

María no es identificada con la naturaleza.

Es criatura.

Su grandeza no procede de ser una fuerza cósmica, sino de su relación con Dios.


VI. Cibeles: la Magna Mater

Cibeles merece una atención especial.

Procedente de Anatolia, fue incorporada al mundo religioso romano y terminó siendo conocida como Magna Mater, la Gran Madre.

Su culto adquirió enorme importancia.

Era una divinidad vinculada a la fertilidad, la protección y las fuerzas de la naturaleza.

Su carácter maternal podía adquirir dimensiones cósmicas.

Aquí encontramos uno de los grandes arquetipos religiosos de la Antigüedad:

la Gran Madre.

Una figura femenina que protege, alimenta, engendra y contiene.

Posteriormente, algunos estudiosos han querido explicar la devoción mariana exclusivamente como una cristianización de este arquetipo.

La explicación es tentadora.

Pero resulta insuficiente.

Porque María no aparece en el cristianismo como una divinidad femenina equivalente a la Magna Mater.

La teología cristiana mantiene una diferencia absoluta entre Creador y criatura.


VII. Isis: la comparación más peligrosa y más interesante

Probablemente ninguna figura religiosa del Mediterráneo antiguo resulta tan importante para una comparación con María como Isis.

Isis era originalmente una divinidad egipcia.

Su culto se expandió extraordinariamente durante la época helenística y romana.

En Roma llegó a poseer templos y comunidades de culto.

Isis podía aparecer como madre, protectora, reina, señora de la naturaleza y figura de salvación.

En numerosas representaciones aparece con su hijo Horus.

Aquí tenemos una imagen de enorme importancia:

una mujer divina que sostiene a un niño divino.

La imagen posee una potencia visual extraordinaria.

Madre.

Niño.

Protección.

Ternura.

Divinidad.

Es inevitable compararla con las primeras imágenes cristianas de María con Jesús.

Y aquí debemos formular una pregunta seria:

¿Los cristianos copiaron a Isis?

La respuesta más rigurosa sería:

no existe evidencia suficiente para afirmar una simple transferencia directa y consciente del culto de Isis al culto de María.

Pero sí existía un universo cultural compartido.

Los artistas cristianos vivían en sociedades donde determinadas formas iconográficas ya tenían significado.

Por tanto, una imagen de una madre sosteniendo a su hijo podía resultar inmediatamente comprensible.

La iconografía cristiana no nació en un vacío cultural.


VIII. El cristianismo frente a las imágenes paganas

Durante los primeros siglos, los cristianos mantuvieron una relación compleja con las imágenes.

El judaísmo había desarrollado una fuerte tradición de rechazo de los ídolos.

El cristianismo heredó esa sensibilidad.

Pero también introdujo una novedad extraordinaria:

Dios se había hecho visible en Jesucristo.

La Encarnación modificaba radicalmente el problema de la representación.

Si el Logos había asumido carne humana, podía representarse la humanidad de Cristo.

Este argumento adquiriría posteriormente una enorme importancia en la teología cristiana de las imágenes.

Y una vez representado Cristo, inevitablemente podía aparecer también María.

La madre del niño comienza a adquirir una importancia iconográfica creciente.


IX. María en el Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento habla de María de manera relativamente sobria.

Aparece especialmente en los Evangelios de Mateo y Lucas.

En Lucas encontramos la Anunciación.

El Arcángel Gabriel anuncia a María que concebirá y dará a luz a Jesús.

Ella responde:

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Posteriormente aparece el Magnificat:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor».

En Juan aparece María en Caná y al pie de la cruz.

La literatura neotestamentaria no presenta todavía la inmensa iconografía mariana que aparecerá posteriormente.

Pero contiene elementos que permitirán su desarrollo.

María es madre.

Es creyente.

Es discípula.

Está vinculada al misterio de Cristo.

Y participa de manera singular en la historia de la salvación.


X. El título Theotokos

Uno de los acontecimientos teológicos decisivos será el Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431.

Allí se consolidó solemnemente el título Theotokos.

La palabra griega significa literalmente:

«la que da a luz a Dios».

En español suele traducirse como «Madre de Dios».

Pero debemos entender correctamente la afirmación.

La Iglesia no estaba diciendo que María fuese una diosa.

Tampoco afirmaba que María fuese anterior a Dios.

La afirmación era cristológica.

Si Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, y María es madre de Jesucristo según su humanidad, entonces puede llamarse Theotokos porque aquel que nace de ella es verdaderamente el Hijo de Dios encarnado.

La mariología nace, en gran medida, de la cristología.

Esta afirmación es absolutamente fundamental.

María no explica quién es Cristo.

Es Cristo quien explica quién es María.


XI. Del Theotokos a la iconografía de la Virgen

A partir de los siglos posteriores, la imagen de María adquiere una fuerza extraordinaria.

Aparece como:

Madre de Dios.

Virgen.

Reina.

Intercesora.

Protectora.

Madre de la Iglesia.

Nueva Eva.

Mujer del Apocalipsis.

Figura de la Iglesia.

La iconografía comienza a multiplicarse.

La Virgen con el Niño se convierte en una de las imágenes fundamentales del arte cristiano.

Y aquí Roma se convierte en un laboratorio simbólico excepcional.

La ciudad antigua no desaparece de un día para otro.

Sus edificios cambian de función.

Sus símbolos se transforman.

Sus habitantes cambian sus prácticas religiosas.

Pero la memoria visual de la ciudad permanece.


XII. Santa Maria Antiqua: la transformación del espacio romano

Un ejemplo extraordinario es Santa Maria Antiqua, situada en el Foro Romano.

El edificio había tenido una función anterior dentro del complejo del Foro.

Posteriormente se convirtió en iglesia.

En sus muros encontramos importantes ciclos pictóricos cristianos.

El fenómeno resulta simbólicamente fascinante.

El espacio que había pertenecido a la Roma pagana comienza a formar parte de la Roma cristiana.

No estamos simplemente ante la destrucción del pasado.

Estamos ante una transformación de significado.

El espacio cambia de lenguaje.

El Foro deja de ser exclusivamente el escenario monumental de los dioses y del poder imperial.

La ciudad comienza a ser reinterpretada cristianamente.


XIII. Santa Maria en Cosmedin y la memoria pagana

Otro ejemplo significativo es Santa Maria en Cosmedin.

La iglesia se encuentra en una zona profundamente vinculada con la Roma antigua.

Su historia permite observar cómo edificios y espacios relacionados con funciones antiguas fueron integrados en una ciudad progresivamente cristiana.

Esto nos lleva a una idea importante:

la cristianización de Roma no consistió únicamente en construir iglesias nuevas.

Consistió también en reinterpretar una ciudad preexistente.

La memoria urbana fue bautizada.


XIV. La Virgen y la ciudad

Existe además una transformación simbólica particularmente importante.

Las antiguas diosas podían proteger ciudades.

Atenea protegía Atenas.

Juno estaba vinculada a Roma.

Fortuna podía proteger determinadas comunidades.

La ciudad antigua podía imaginarse bajo la tutela de una divinidad.

Con el cristianismo aparece progresivamente la figura de María como protectora.

Roma desarrolla una relación especial con la Virgen.

Iglesias como Santa Maria Maggiore expresan esta transformación.

La ciudad comienza a contemplar a María no como una diosa local, sino como intercesora y madre espiritual.


XV. Santa Maria Maggiore: una de las grandes síntesis

La basílica de Santa Maria Maggiore constituye uno de los lugares fundamentales para comprender la simbología mariana en Roma.

Su construcción está vinculada tradicionalmente al contexto posterior al Concilio de Éfeso.

El templo está dedicado a María.

Los mosaicos del arco triunfal presentan escenas relacionadas con la vida de Cristo y María.

Aquí podemos observar algo decisivo:

la Iglesia no está creando una diosa.

Está construyendo visualmente una cristología.

La Virgen aparece porque Cristo está presente.

María es inseparable del misterio de la Encarnación.


XVI. La mujer que reemplaza a la diosa

Llegamos entonces a una cuestión provocadora.

¿Podemos afirmar que María sustituyó a las diosas?

En términos estrictamente históricos, debemos responder:

no de manera general y automática.

La transformación religiosa del Imperio romano fue mucho más compleja.

Los cultos paganos fueron desapareciendo por procesos políticos, sociales, religiosos y jurídicos.

El cristianismo desarrolló sus propios símbolos.

Algunos lugares paganos fueron abandonados.

Otros fueron reutilizados.

Algunos símbolos antiguos fueron resignificados.

Y determinadas necesidades religiosas y antropológicas encontraron nuevas expresiones.

Por eso sería más correcto hablar de:

continuidad simbólica,

transformación cultural,

resignificación religiosa,

y ruptura teológica.


XVII. La diferencia fundamental: diosa y criatura

Aquí aparece el punto central de toda nuestra disertación.

Venus es una diosa.

Diana es una diosa.

Juno es una diosa.

Cibeles es una diosa.

Isis es una diosa.

María no lo es.

La diferencia no es secundaria.

Es estructural.

En el paganismo antiguo, una diosa pertenece al orden de lo divino.

En el cristianismo, María pertenece al orden de la creación.

Dios es increado.

María es creada.

Dios es absoluto.

María depende de Dios.

Dios es fuente de la gracia.

María recibe la gracia.

Por eso el cristianismo puede honrar a María sin convertirla teológicamente en una divinidad.


XVIII. Latría, dulía e hiperdulía

La teología católica desarrolló posteriormente una distinción fundamental.

A Dios corresponde la latría: adoración.

A los santos corresponde la dulía: veneración.

A María se le atribuye una veneración singular denominada hiperdulía.

La diferencia puede resumirse así:

Dios es adorado.

Los santos son venerados.

María es venerada de manera eminente entre las criaturas.

La doctrina católica intenta proteger así la diferencia entre culto divino y veneración de las criaturas.

Por tanto, desde la perspectiva católica, afirmar que María es una «diosa» sería teológicamente incorrecto.


XIX. Pero el símbolo tiene memoria

Aquí debemos introducir una perspectiva antropológica.

Aunque la teología diga que María no es una diosa, las culturas no funcionan únicamente mediante definiciones doctrinales.

Funcionan mediante imágenes.

Una madre con un niño.

Una mujer coronada.

Una mujer vestida de azul.

Una figura luminosa.

Una protectora.

Una intercesora.

Una reina.

Estas imágenes poseen una historia cultural anterior al cristianismo.

Por eso un romano que contemplaba una imagen de María podía reconocer determinados patrones visuales.

No necesariamente pensaba:

«Esta es Isis».

Pero podía reconocer la estructura simbólica de una madre protectora.

La cultura visual tiene memoria.


XX. La Virgen negra

Las llamadas Vírgenes negras constituyen otro fenómeno fascinante.

En Europa existen numerosas imágenes medievales y modernas de María representada con piel oscura.

A veces se han relacionado popularmente con antiguas diosas de la fertilidad.

La realidad histórica es mucho más compleja.

Algunas imágenes se oscurecieron debido al humo, los pigmentos, el envejecimiento de los materiales o procesos de restauración.

Otras fueron concebidas efectivamente con tonalidades oscuras.

No existe fundamento histórico para afirmar que todas las Vírgenes negras sean antiguas diosas paganas disfrazadas.

Pero desde la antropología religiosa resulta interesante estudiar cómo el símbolo de la madre oscura, terrestre, fecunda y protectora puede adquirir nuevas interpretaciones.


XXI. María y la luna

La simbología lunar merece también atención.

La iconografía cristiana representa a María en ocasiones sobre la luna, especialmente en relación con Apocalipsis 12:

«Una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas».

La imagen adquirió una enorme importancia durante la Edad Media y posteriormente.

La luna había tenido una larga historia religiosa en el Mediterráneo.

Diana, Selene y otras divinidades podían estar relacionadas con ella.

Pero la iconografía cristiana no necesita convertir a María en una diosa lunar.

La luna puede ser reinterpretada como símbolo de la criatura que recibe la luz.

Esta interpretación posee una enorme riqueza teológica:

Cristo es la luz.

María refleja esa luz.


XXII. María como nueva Eva

Uno de los grandes desarrollos de la teología cristiana fue la comparación entre Eva y María.

Ireneo de Lyon, en el siglo II, desarrolló de manera especialmente significativa esta relación.

Eva participa simbólicamente en la desobediencia.

María participa en la obediencia.

Eva escucha una palabra que conduce a la caída.

María escucha la palabra del ángel y responde:

«Hágase en mí».

De ahí surge la fórmula teológica:

Eva y María.

Una representa la antigua humanidad.

La otra representa la nueva obediencia.

Esta interpretación es mucho más importante para comprender el desarrollo mariano que cualquier supuesto intento de sustituir directamente a una diosa romana.


XXIII. María como Arca

Otra imagen poderosa es la del Arca de la Alianza.

El Arca contenía las tablas de la Ley y simbolizaba la presencia de Dios entre Israel.

Los Padres de la Iglesia comenzaron a interpretar a María como un nuevo Arca.

¿Por qué?

Porque María lleva en su seno a Cristo.

La lógica simbólica es extraordinariamente poderosa:

el Arca contenía los signos de la alianza;

María contiene al autor de la nueva alianza.

Por tanto, María no es presentada como una divinidad.

Es el espacio humano en el que acontece el misterio de la Encarnación.


XXIV. La paradoja cristiana

Y aquí encontramos una paradoja extraordinaria.

El cristianismo nace dentro de una tradición profundamente crítica de la idolatría.

Sin embargo, termina produciendo una de las culturas visuales más poderosas de la historia.

Iconos.

Mosaicos.

Frescos.

Estatuas.

Procesiones.

Basílicas.

Imágenes de Cristo.

Imágenes de María.

Imágenes de santos.

¿Cómo ocurrió?

La respuesta se encuentra en la Encarnación.

El cristianismo afirma que Dios no permaneció invisible y abstracto.

El Logos se hizo carne.

Por eso la materia puede convertirse en vehículo simbólico de lo espiritual.

La cuestión no consiste simplemente en representar una imagen.

Consiste en determinar qué significa esa imagen.


XXV. María frente a Venus: dos maternidades diferentes

Podemos establecer ahora una comparación directa.

Venus puede representar el deseo, la belleza, la fecundidad y la genealogía.

María representa la maternidad virginal, la obediencia, la humildad y la relación con Cristo.

Venus es una diosa.

María es criatura.

Venus pertenece al mito.

María pertenece, según la fe cristiana, a la historia de la Encarnación.

Venus genera genealogías divinas y heroicas.

María da a luz a Cristo.

La semejanza está en la maternidad.

La diferencia está en el significado teológico de esa maternidad.


XXVI. María frente a Diana: dos formas de virginidad

Diana es virgen porque pertenece a un universo divino donde la virginidad expresa independencia y poder.

María es virgen en relación con el misterio de la Encarnación.

La virginidad de María no significa esterilidad.

Al contrario:

la tradición cristiana presenta la paradoja de una virginidad fecunda.

La mujer que no concibe mediante una relación sexual concibe por obra del Espíritu Santo.

Desde la antropología simbólica, esta imagen resulta poderosísima.

La fecundidad deja de ser exclusivamente biológica.

Se convierte también en espiritual.


XXVII. María frente a Cibeles: dos maternidades cósmicas

Cibeles representa la Gran Madre.

María no es la Madre de la naturaleza.

Es la Madre de Cristo.

Pero la teología cristiana terminará utilizando un lenguaje de maternidad espiritual universal.

Aquí aparece una transformación.

La maternidad deja de ser una función cósmica de una diosa y se convierte en una relación espiritual de una criatura con la comunidad creyente.


XXVIII. María frente a Isis: la comparación más cercana

Isis con Horus y María con Jesús presentan una semejanza iconográfica evidente.

Madre.

Niño.

Protección.

Realeza.

Pero la teología es diferente.

Isis es una divinidad.

Horus es una divinidad.

María es humana.

Jesús, según la fe cristiana, es Dios encarnado.

Por eso la imagen cristiana de la Virgen con el Niño puede utilizar una estructura visual que recuerda a imágenes anteriores sin significar que el cristianismo simplemente haya copiado el culto de Isis.

Una cultura puede reutilizar una forma sin conservar su significado original.


XXIX. La cristianización de Roma

Roma no fue destruida para convertirse en cristiana.

Fue reinterpretada.

Sus columnas permanecieron.

Sus caminos permanecieron.

Sus plazas permanecieron.

Sus edificios permanecieron.

Pero el significado de muchos espacios cambió.

Los símbolos antiguos fueron reinterpretados.

Las antiguas divinidades fueron sustituidas por una nueva cosmología.

El emperador dejó de ser el centro de la sacralidad política.

La cruz comenzó a aparecer en el paisaje urbano.

Las basílicas cristianas ocuparon progresivamente lugares fundamentales.

Y María comenzó a aparecer en la ciudad como una figura central del nuevo imaginario cristiano.

Roma pasó de ser una ciudad poblada por dioses a convertirse en una ciudad poblada de memoria cristiana.


XXX. ¿Destrucción o transformación?

La respuesta correcta es:

ambas cosas.

Hubo destrucción.

Hubo prohibiciones.

Hubo abandono de templos.

Hubo confiscación de propiedades.

Hubo conflictos violentos.

Pero también hubo reutilización.

Adaptación.

Sincretismo cultural.

Reinterpretación.

Continuidad estética.

La historia religiosa rara vez funciona mediante sustituciones absolutamente limpias.

Las religiones nuevas nacen dentro de culturas antiguas.

Por eso conservan palabras, imágenes, edificios, fiestas y símbolos.

Pero los reinterpretan.


XXXI. El gran error del «copiar y pegar» religioso

Existe una explicación popular que afirma:

«La Iglesia tomó las diosas paganas y las convirtió en María».

Es una explicación atractiva porque parece sencilla.

Pero históricamente resulta demasiado pobre.

No podemos explicar la mariología simplemente mediante un proceso de sustitución.

La devoción mariana hunde sus raíces en:

el Nuevo Testamento;

la cristología;

la tradición judeocristiana;

la interpretación patrística de Eva;

la doctrina de la Encarnación;

el desarrollo de la liturgia;

el Concilio de Éfeso;

la espiritualidad monástica;

la evolución de la iconografía cristiana;

y también, ciertamente, en el contacto con culturas mediterráneas que poseían antiguos arquetipos femeninos.

No hay una sola causa.

Hay una convergencia de tradiciones.


XXXII. La ciudad como palimpsesto

Podemos utilizar aquí una metáfora propia de la gestión documental.

Roma es un palimpsesto.

Un documento antiguo sobre el cual se escribe una nueva historia sin borrar completamente la anterior.

Debajo de la Roma cristiana permanece la Roma imperial.

Debajo de la Roma imperial permanecen las tradiciones republicanas.

Debajo de ellas encontramos memorias aún más antiguas.

Y sobre todo ello aparece la ciudad cristiana.

María participa de ese palimpsesto.

No es simplemente una antigua diosa con un nuevo nombre.

Es una figura cristiana que entra en una ciudad que ya posee una gramática simbólica femenina.


XXXIII. La paradoja final

Quizá la comparación entre María y las diosas romanas pueda resumirse en una paradoja.

El mundo pagano necesitaba diosas para expresar determinadas dimensiones de la realidad:

amor,

fertilidad,

naturaleza,

sabiduría,

guerra,

destino,

maternidad.

El cristianismo rechazó la existencia de esas divinidades como dioses verdaderos.

Pero no eliminó necesariamente los símbolos humanos asociados a ellas.

Los transformó.

La belleza dejó de necesitar a Venus.

La sabiduría dejó de necesitar a Minerva.

La maternidad dejó de necesitar a una Gran Madre divina.

La virginidad dejó de necesitar a Diana.

La protección maternal encontró en María una nueva expresión.

No porque María fuese una diosa.

Sino porque el cristianismo afirmó que una mujer humana podía ocupar un lugar excepcional en la historia de Dios con la humanidad.

Conclusión: de la diosa a la mujer

La comparación entre María y las diosas romanas nos permite comprender una transformación profunda de la cultura occidental.

El paganismo podía divinizar a la mujer.

El cristianismo, paradójicamente, hizo algo diferente:

elevó a una mujer sin convertirla en diosa.

María no es Venus.

No es Diana.

No es Juno.

No es Ceres.

No es Cibeles.

No es Isis.

Pero cuando el cristianismo comenzó a representarla, lo hizo en un mundo que ya conocía profundamente esos símbolos.

Por eso María heredó determinadas formas visuales y simbólicas de la cultura mediterránea, aunque las introdujo dentro de una estructura teológica completamente diferente.

La clave está en la Encarnación.

Una mujer.

Un cuerpo.

Un niño.

Dios entrando en la historia.

Y Roma, la ciudad que durante siglos había levantado templos a sus diosas, terminó llenándose de imágenes de una mujer que, para el cristianismo, no era una divinidad.

Era algo teológicamente mucho más desconcertante:

una criatura humana que, según la fe cristiana, había sido elegida para convertirse en Madre de Dios.

Y quizá por eso la figura de María pudo conquistar tan profundamente el imaginario de Roma.

Las antiguas diosas representaban poderes divinos.

María representa, para el cristianismo, la posibilidad de que la humanidad misma se convierta en lugar de encuentro con Dios.

La ciudad que antes decía:

«Aquí habitan los dioses»,

comenzó a decir:

«Aquí Dios se hizo hombre».

Ese es el verdadero cambio simbólico que transforma Roma.

domingo, 23 de agosto de 2026

Domingo 21 (A) del tiempo ordinario



Domingo 21 (A) del tiempo ordinario

Hoy, la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo abre la última etapa del ministerio público de Jesús preparándonos al acontecimiento supremo de su muerte y resurrección. Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús decide retirarse por un tiempo con sus apóstoles para intensificar su formación. En ellos empieza hacerse visible la Iglesia, semilla del Reino de Dios en el mundo.

Hace dos domingos, al contemplar como Pedro andaba sobre las aguas y se hundía en ellas, escuchábamos la reprensión de Jesús: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» (Mt 14,31). Hoy, la reconvención se troca en elogio: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás» (Mt 16,17). Pedro es dichoso porque ha abierto su corazón a la revelación divina y ha reconocido en Jesucristo al Hijo de Dios Salvador. A lo largo de la historia se nos plantean las mismas preguntas: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (…). Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,13.15). También nosotros, en un momento u otro, hemos tenido que responder quién es Jesús para mí y qué reconozco en Él; de una fe recibida y transmitida por unos testigos (padres, catequistas, sacerdotes, maestros, amigos…) hemos pasado a una fe personalizada en Jesucristo, de la que también nos hemos convertido en testigos, ya que en eso consiste el núcleo esencial de la fe cristiana.

Solamente desde la fe y la comunión con Jesucristo venceremos el poder del mal. El Reino de la muerte se manifiesta entre nosotros, nos causa sufrimiento y nos plantea muchos interrogantes; sin embargo, también el Reino de Dios se hace presente en medio de nosotros y desvela la esperanza; y la Iglesia, sacramento del Reino de Dios en el mundo, cimentada en la roca de la fe confesada por Pedro, nos hace nacer a la esperanza y a la alegría de la vida eterna. Mientras haya humanidad en el mundo, será preciso dar esperanza, y mientras sea preciso dar esperanza, será necesaria la misión de la Iglesia; por eso, el poder del infierno no la derrotará, ya que Cristo, presente en su pueblo, así nos lo garantiza.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

«El bienaventurado Pedro es el primero de los apóstoles, amador impetuoso de Cristo, de quien mereció escuchar: ‘Y yo te digo que tú eres Pedro’, y sobre esta piedra edificaré la fe que acabas de confesar» (San Agustín)

«Cada uno de nosotros es una pequeña piedra, pero en las manos de Jesús se orienta a la construcción de la Iglesia: ella es comunidad de vida, hecha de muchísimas piedras, todas distintas, que forman un único edificio en el signo de la fraternidad y de la comunión» (Francisco)

«En el colegio de los doce Simón Pedro ocupa el primer lugar. Jesús le confía una misión única (…). Cristo, ‘Piedra viva’ (1Pe 2,4), asegura a su Iglesia, edificada sobre Pedro, la victoria sobre los poderes de la muerte. Pedro (…) tendrá la misión de custodiar [la] fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus hermanos (cf. Lc 22,32)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 552)

sábado, 22 de agosto de 2026

Historia de la creación del Estado Moderno de Israel



Tipos de judíos, historia de Palestina, historia de la creación del Estado Moderno de Israel y enumerar los principales conflictos


Introducción: antes de hablar de Israel hay que hablar de judaísmo y de los judíos

Hablar del conflicto entre Israel y Palestina exige comenzar desmontando una primera confusión: judío, israelí y sionista no son sinónimos.

Un judío es, dependiendo del contexto, una persona perteneciente al pueblo judío, a la religión judía, a una tradición cultural e histórica o a una combinación de estas dimensiones. Un israelí es un ciudadano del Estado de Israel, y entre los ciudadanos israelíes existen judíos, musulmanes, cristianos, drusos y otras comunidades. Finalmente, un sionista es una persona que sostiene alguna forma de nacionalismo judío vinculado al establecimiento y/o mantenimiento de un hogar nacional o Estado judío en la tierra histórica de Israel.

Por tanto, es perfectamente posible ser judío y no ser sionista; ser judío y ser crítico del Estado de Israel; ser sionista y no ser judío; ser israelí y no ser judío; e incluso ser judío antisionista.

Esta distinción es fundamental porque, cuando se confunden estas categorías, la crítica legítima a determinadas políticas del Estado de Israel puede convertirse injustamente en hostilidad hacia los judíos, mientras que la defensa del Estado de Israel puede confundirse erróneamente con una defensa de todas sus políticas.

La cuestión que debemos estudiar es mucho más compleja.

¿Cómo se formó históricamente el pueblo judío? ¿Qué ocurrió con él después de la destrucción de los antiguos reinos israelitas? ¿Qué era Palestina antes de la creación de Israel? ¿Por qué surgió el sionismo en la Europa del siglo XIX? ¿Cómo intervino el Imperio otomano y posteriormente Gran Bretaña? ¿Qué ocurrió entre la Declaración Balfour y 1948? ¿Por qué la creación de Israel produjo una guerra? ¿Y por qué el conflicto continúa hasta nuestros días?

Para responder tenemos que recorrer varios milenios.


I. Los principales grupos e identidades dentro del pueblo judío

1. Judíos asquenazíes

Los asquenazíes constituyeron históricamente las comunidades judías de Europa central y oriental.

La palabra «Ashkenaz» procede de una denominación hebrea medieval asociada a Alemania y, posteriormente, al espacio judío europeo.

Durante siglos desarrollaron una cultura propia, caracterizada entre otras cosas por el uso del yidis, una lengua germánica con elementos hebreos, arameos y eslavos.

Las comunidades asquenazíes sufrieron persecuciones, expulsiones y pogromos, particularmente en Europa oriental. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, una parte importante de la emigración judía hacia Palestina y, sobre todo, hacia Estados Unidos, Argentina y otros países, procedía de este mundo.

Muchos de los protagonistas del sionismo político europeo procedían de ambientes asquenazíes.

Pero debemos evitar una simplificación: los asquenazíes no constituyen «los judíos europeos» en sentido absoluto, ni todos los judíos europeos compartían las mismas posiciones políticas.


2. Judíos sefardíes

Los sefardíes son los descendientes de las comunidades judías de la península Ibérica, especialmente después de las expulsiones de 1492 en Castilla y Aragón y de 1497 en Portugal.

La palabra «Sefarad» significa «España» en la tradición bíblica y posteriormente pasó a designar la tradición judía hispánica.

Los sefardíes se dispersaron por el norte de África, el Imperio otomano, Italia, los Países Bajos y otros territorios.

Desarrollaron una extraordinaria tradición intelectual y cultural.

Su lengua tradicional, el judeoespañol o ladino, constituye uno de los testimonios más interesantes de la supervivencia de una cultura hispanojudía después de la expulsión.

Es importante señalar que el mundo sefardí tampoco fue homogéneo. Las comunidades judías de Salónica, Sarajevo, Estambul, Marruecos o Jerusalén tuvieron historias diferentes.


3. Judíos mizrajíes

El término mizrají hace referencia principalmente a comunidades judías originarias de Oriente Medio y otras regiones de Asia.

Existieron comunidades judías en Babilonia, Persia, Yemen, Siria, Irak y otros lugares durante muchos siglos.

De hecho, existe aquí una paradoja histórica importante.

Cuando se habla de «los judíos» se tiende a pensar inmediatamente en Europa. Sin embargo, una parte considerable de la historia judía se desarrolló fuera de Europa.

La comunidad judía de Babilonia, por ejemplo, tuvo una importancia extraordinaria para la formación del judaísmo rabínico.

El Talmud de Babilonia constituye una de las grandes obras de la tradición judía.


4. Judíos religiosos y judíos seculares

Otra clasificación fundamental no es étnica, sino religiosa.

Existen judíos ortodoxos, ultraortodoxos, conservadores, reformistas, reconstruccionistas, movimientos religiosos liberales y personas culturalmente judías pero no religiosas.

También existen judíos completamente seculares.

Esto resulta particularmente importante cuando hablamos de sionismo.

El sionismo no nació simplemente como una consecuencia de la religión judía.

Nació principalmente como un movimiento nacional moderno del siglo XIX, aunque pudo apoyarse en una antigua memoria religiosa y cultural de retorno a Sion.


II. Judaísmo, tierra de Israel y memoria histórica

Para comprender el problema debemos retroceder mucho antes del nacimiento del sionismo.

La tradición bíblica sitúa en Canaán la formación de los antiguos pueblos israelitas.

Durante la Edad del Hierro aparecieron estructuras políticas que conocemos como los reinos de Israel y Judá.

El reino de Israel, en el norte, fue conquistado por el Imperio asirio en el siglo VIII a. C.

El reino de Judá sobrevivió hasta la conquista babilónica en el siglo VI a. C.

Jerusalén fue destruida y una parte importante de la población fue deportada a Babilonia.

Posteriormente, el Imperio persa permitió el retorno de parte de la población y la reconstrucción del templo de Jerusalén.

La historia posterior incluye la dominación helenística, la revuelta de los Macabeos, el período asmoneo y finalmente la incorporación del territorio al Imperio romano.

En el año 70 d. C., después de la gran rebelión judía contra Roma, el Segundo Templo de Jerusalén fue destruido.

En el año 132–135 d. C. tuvo lugar la rebelión de Bar Kojba.

Después de su derrota, Roma intensificó la reorganización de la provincia y utilizó el nombre «Syria Palaestina» para la provincia romana.

Esto no significa que en 135 desaparecieran los judíos de la región.

Eso sería históricamente falso.

Continuaron existiendo comunidades judías en Palestina durante siglos, especialmente en Galilea y Jerusalén, aunque la mayoría del pueblo judío terminó viviendo fuera de la región.


III. La diáspora judía

La palabra diáspora procede del griego y significa dispersión.

Pero tampoco debemos entender la diáspora como una desaparición completa de los judíos de Palestina.

La realidad histórica fue más compleja.

Existió una combinación de presencia judía permanente en la tierra de Israel y dispersión por distintas regiones.

Surgieron comunidades judías importantes en Babilonia, Persia, el norte de África, la península Ibérica y posteriormente Europa.

Durante la Edad Media, las comunidades judías desarrollaron formas extraordinariamente sofisticadas de organización religiosa, comercial e intelectual.

Pero también sufrieron persecuciones.

Hubo expulsiones, conversiones forzadas, pogromos, acusaciones de asesinato ritual, discriminaciones legales y violencia periódica.

La historia europea de los judíos no fue exclusivamente una historia de persecución, pero la persecución constituye un componente decisivo para comprender el surgimiento del sionismo moderno.


IV. La cuestión palestina antes del sionismo

Aquí debemos corregir otra idea frecuente.

Palestina no era un «Estado palestino» moderno antes de 1948.

Durante siglos estuvo integrada en diferentes estructuras imperiales.

Después de las conquistas árabes del siglo VII, el territorio pasó a formar parte del mundo islámico.

Posteriormente estuvo bajo diferentes poderes, incluidos los cruzados, los ayubíes, los mamelucos y finalmente el Imperio otomano.

Desde el siglo XVI hasta la Primera Guerra Mundial, Palestina formó parte del Imperio otomano.

La población era mayoritariamente árabe, principalmente musulmana, con importantes comunidades cristianas y judías.

Por tanto, en vísperas del siglo XX existía una población árabe palestina con una historia local considerable, pero todavía no existía un Estado-nación palestino independiente en el sentido moderno.

También existían comunidades judías históricas en Jerusalén, Hebrón, Safed y Tiberíades.

Esto es importante: la presencia histórica de los judíos y la presencia histórica de los árabes palestinos no se excluyen mutuamente.

Ambas forman parte de la historia de la región.


V. El nacimiento del nacionalismo moderno

Aquí aparece el verdadero punto de inflexión.

Durante el siglo XIX Europa experimentó el desarrollo de los nacionalismos.

Italianos, alemanes, húngaros, polacos y otros pueblos comenzaron a formular proyectos políticos basados en la idea de nación.

Los judíos también comenzaron a preguntarse:

¿Somos simplemente una comunidad religiosa dispersa o somos también un pueblo?

La respuesta varió enormemente.

Algunos judíos consideraron que la emancipación política y la integración en los Estados europeos eran suficientes.

Otros desarrollaron movimientos socialistas.

Otros defendieron formas de autonomía cultural.

Y otros comenzaron a defender el establecimiento de un hogar nacional judío.

De esta última corriente surgiría el sionismo moderno.


VI. ¿Qué es el sionismo?

El término Sion procede de Sion, nombre asociado tradicionalmente a Jerusalén.

El sionismo moderno surgió en Europa durante el siglo XIX.

Uno de sus principales representantes fue Theodor Herzl.

Herzl, periodista austrohúngaro de origen judío, publicó en 1896 «Der Judenstaat», traducido habitualmente como «El Estado judío».

Herzl sostenía que el antisemitismo europeo no podía resolverse simplemente mediante la asimilación.

Su propuesta era política:

crear un hogar nacional seguro para los judíos.

En 1897 se celebró en Basilea el Primer Congreso Sionista.

El movimiento comenzó entonces a adquirir una estructura política internacional.

Pero debemos hacer otra distinción.

No existe un único sionismo.

Hubo sionismo político, sionismo socialista, sionismo revisionista, sionismo religioso y otras corrientes.

El sionismo socialista tuvo gran importancia en la construcción de instituciones colectivas y posteriormente en la sociedad israelí.

El sionismo revisionista, asociado a Vladimir Jabotinsky, defendió una concepción más nacionalista y territorial.

El sionismo religioso combinó el nacionalismo judío con interpretaciones religiosas de la relación entre el pueblo judío y la tierra de Israel.

Por tanto, decir simplemente «el sionismo» puede ser tan impreciso como hablar de «el socialismo» sin distinguir sus corrientes.


VII. El problema fundamental: la tierra no estaba vacía

Aquí aparece uno de los puntos más delicados.

El movimiento sionista buscaba establecer un hogar nacional judío en una tierra que ya estaba habitada.

La inmigración judía aumentó especialmente desde finales del siglo XIX.

Llegaron diferentes oleadas de inmigrantes, conocidas como aliyot.

Compraron tierras, fundaron asentamientos, desarrollaron instituciones agrícolas, educativas, económicas y políticas.

Desde la perspectiva sionista, se trataba de reconstruir una vida nacional judía.

Desde la perspectiva de muchos habitantes árabes, se estaba produciendo una transformación demográfica y política de su territorio sin que ellos hubieran aceptado convertirse en una minoría dentro de un proyecto nacional ajeno.

Aquí aparece el núcleo moderno del conflicto.

Dos movimientos nacionales comenzaron a reivindicar el mismo territorio.


VIII. La Primera Guerra Mundial y la Declaración Balfour

La Primera Guerra Mundial destruyó el Imperio otomano.

Gran Bretaña pasó a controlar Palestina bajo el sistema de Mandatos de la Sociedad de Naciones.

En 1917 se produjo un acontecimiento decisivo: la Declaración Balfour.

El Gobierno británico manifestó su apoyo al establecimiento en Palestina de un «hogar nacional para el pueblo judío», aclarando que no debían perjudicarse los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes.

Pero apareció inmediatamente un problema.

Los árabes palestinos constituían la mayoría de la población.

La declaración no establecía un Estado judío, pero sí respaldaba un proyecto nacional judío en Palestina.

La tensión aumentó durante el Mandato británico.


IX. El Mandato británico

Entre 1920 y 1948 Palestina estuvo bajo administración británica.

Durante ese período aumentó la inmigración judía.

Al mismo tiempo, aumentó la oposición árabe.

Se produjeron episodios de violencia intercomunitaria.

Hubo disturbios en 1920, 1921 y 1929.

En 1936 comenzó la gran revuelta árabe palestina, dirigida contra el Mandato británico y contra la creciente inmigración y adquisición de tierras por parte de organizaciones judías.

Gran Bretaña respondió militarmente y mediante diversas propuestas políticas.

Mientras tanto, las instituciones judías desarrollaron una estructura política y militar cada vez más organizada.

La principal organización militar del movimiento sionista fue la Haganá.

También existieron organizaciones más radicales, como el Irgún y el Lehi.


X. El Holocausto cambia la dimensión del problema

Entre 1933 y 1945, la Alemania nazi y sus colaboradores asesinaron sistemáticamente a aproximadamente seis millones de judíos europeos.

El Holocausto constituye uno de los acontecimientos centrales de la historia contemporánea.

No fue la causa única del sionismo.

El sionismo ya existía desde hacía décadas.

Pero el Holocausto transformó radicalmente la percepción internacional de la cuestión judía.

Millones de supervivientes quedaron desplazados.

Muchos países restringieron la inmigración judía durante el período de persecución nazi y también después.

Para muchos judíos, la conclusión fue terrible pero aparentemente evidente:

si los judíos dependían exclusivamente de la protección de otros Estados, podían volver a quedar indefensos.

La idea de un Estado judío adquirió una legitimidad y una urgencia nuevas.


XI. El final del Mandato y el Plan de Partición

Después de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña se mostró incapaz de resolver el conflicto.

La cuestión fue trasladada a las Naciones Unidas.

En 1947 la Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución 181, conocida como Plan de Partición.

Proponía dividir el territorio en un Estado árabe y un Estado judío, con un régimen internacional especial para Jerusalén.

La dirigencia sionista aceptó el plan como base para la creación del Estado.

La dirigencia árabe palestina y los Estados árabes lo rechazaron.

El rechazo se explica, entre otras razones, por la percepción de que la propuesta concedía una parte considerable del territorio a una población judía que todavía constituía una minoría.

Pero el conflicto ya había comenzado antes de la proclamación de Israel.


XII. 1948: nacimiento del Estado de Israel

El 14 de mayo de 1948, David Ben-Gurión proclamó el establecimiento del Estado de Israel.

Al día siguiente terminó formalmente el Mandato británico.

Los Estados árabes vecinos intervinieron militarmente.

Comenzó la primera guerra árabe-israelí.

Israel consiguió sobrevivir y ampliar el territorio que le había asignado el Plan de Partición.

Al finalizar la guerra, Israel controlaba aproximadamente el 78 % de la Palestina bajo Mandato.

Jordania controló Cisjordania y Jerusalén Oriental.

Egipto controló la Franja de Gaza.

El Estado árabe palestino previsto por la ONU no llegó a establecerse.


XIII. La Nakba

Para los palestinos, 1948 recibe el nombre de Nakba, «catástrofe».

Durante la guerra, aproximadamente 700.000 palestinos huyeron o fueron expulsados de sus lugares de residencia. 

Centenares de localidades palestinas quedaron despobladas o fueron destruidas.

La cuestión de los refugiados se convirtió desde entonces en uno de los problemas centrales del conflicto.

Israel sostiene una narrativa histórica en la que la guerra fue provocada por el rechazo árabe a la partición y la invasión de los Estados árabes.

La narrativa palestina enfatiza la expulsión, la pérdida de tierras y la destrucción de comunidades.

Las dos narrativas contienen elementos históricos reales, pero ninguna debería utilizarse para borrar la experiencia histórica de la otra.


XIV. Los principales conflictos

1. Guerra árabe-israelí de 1948

Es la guerra asociada al nacimiento del Estado de Israel.

Consecuencias:

creación y consolidación del Estado de Israel;

desplazamiento masivo de población palestina;

ausencia de un Estado palestino;

establecimiento de las fronteras del armisticio de 1949;

nacimiento del problema de los refugiados palestinos.


2. Crisis de Suez de 1956

Israel, Gran Bretaña y Francia intervinieron militarmente contra Egipto después de la nacionalización del canal de Suez por Gamal Abdel Nasser.

La presión internacional, especialmente de Estados Unidos y la Unión Soviética, obligó finalmente a retirarse.

El episodio demostró que el conflicto regional estaba vinculado a la política internacional de la Guerra Fría.


3. Guerra de los Seis Días de 1967

Es probablemente el acontecimiento más importante para comprender el conflicto contemporáneo.

En junio de 1967 Israel derrotó a Egipto, Jordania y Siria.

Israel ocupó:

Cisjordania;

Jerusalén Oriental;

Franja de Gaza;

Península del Sinaí;

Altos del Golán.

El Sinaí fue posteriormente devuelto a Egipto.

Pero Cisjordania, Jerusalén Oriental y los Altos del Golán adquirieron una importancia decisiva en el conflicto territorial.

La ocupación de Cisjordania y la expansión de asentamientos israelíes constituyen desde entonces uno de los principales puntos de disputa.


4. Guerra de Yom Kippur de 1973

Egipto y Siria atacaron Israel en octubre de 1973.

Inicialmente consiguieron avances militares, pero Israel terminó recuperándose.

La guerra condujo posteriormente a un proceso diplomático que culminaría en los Acuerdos de Camp David y el tratado de paz entre Egipto e Israel de 1979.


5. Primera Guerra del Líbano, 1982

Israel invadió Líbano con el objetivo de combatir a la Organización para la Liberación de Palestina.

El conflicto produjo una importante crisis regional.

Durante esta guerra tuvo lugar la masacre de Sabra y Chatila, perpetrada por milicias falangistas libanesas en campos de refugiados palestinos, mientras fuerzas israelíes controlaban el área.

Una comisión israelí posterior, la Comisión Kahan, estableció responsabilidad indirecta y consideró al entonces ministro de Defensa Ariel Sharon responsable por no impedirla.


XV. La Primera Intifada

En 1987 comenzó la Primera Intifada palestina.

La palabra «intifada» significa aproximadamente «levantamiento» o «sacudida».

Fue una rebelión palestina principalmente popular contra la ocupación israelí.

El movimiento transformó la percepción internacional del conflicto.

También contribuyó a la aparición y consolidación de Hamás como actor político y religioso.


XVI. Los Acuerdos de Oslo

En 1993 Israel y la Organización para la Liberación de Palestina alcanzaron los Acuerdos de Oslo.

Yitzhak Rabin y Yasser Arafat se reconocieron mutuamente.

Se creó la Autoridad Palestina.

La idea era avanzar progresivamente hacia una solución negociada.

Pero el proceso fracasó.

Uno de los acontecimientos más traumáticos fue el asesinato de Yitzhak Rabin en 1995 por un extremista judío israelí contrario a los acuerdos.

El proceso de paz quedó posteriormente debilitado por nuevos atentados, expansión de asentamientos, conflictos políticos y falta de acuerdo sobre las cuestiones fundamentales.


XVII. La Segunda Intifada

Entre 2000 y aproximadamente 2005 tuvo lugar la Segunda Intifada.

Fue mucho más violenta que la primera.

Hubo atentados suicidas palestinos contra población israelí y operaciones militares israelíes en los territorios palestinos.

Israel comenzó además la construcción de la barrera de separación en Cisjordania.

El Tribunal Internacional de Justicia consideró en 2004 que determinados tramos de la barrera y el régimen asociado eran contrarios al derecho internacional, aunque Israel ha defendido la barrera como una medida de seguridad frente a los atentados.


XVIII. Gaza, Hamás y el conflicto contemporáneo

En 2005 Israel retiró sus asentamientos y fuerzas permanentes del interior de la Franja de Gaza.

En 2006 Hamás obtuvo una importante victoria electoral en las elecciones legislativas palestinas.

En 2007 Hamás tomó el control de Gaza después de enfrentamientos con Fatah.

Desde entonces el territorio palestino quedó políticamente dividido:

Cisjordania bajo predominio de la Autoridad Palestina/Fatah.

Gaza bajo control de Hamás.

Israel, junto con Egipto en su frontera, estableció un régimen de bloqueo sobre Gaza con distintos niveles de intensidad.

Desde 2008 se produjeron sucesivas guerras y operaciones militares entre Israel y Hamás y otros grupos armados palestinos.


XIX. El 7 de octubre de 2023

El 7 de octubre de 2023 Hamás y otros grupos armados palestinos lanzaron un ataque masivo contra Israel.

Murieron aproximadamente 1.200 personas, en su mayoría civiles, y fueron tomados como rehenes alrededor de 250.

El ataque incluyó asesinatos de civiles y otras graves violaciones del derecho internacional humanitario.

Israel respondió con una campaña militar de enorme magnitud sobre Gaza.

La guerra produjo una devastación extraordinaria en la Franja y un número muy elevado de muertos, heridos y desplazados palestinos.

La situación humanitaria se convirtió en una de las mayores preocupaciones internacionales.

Al mismo tiempo, continuaron los lanzamientos de cohetes, la cuestión de los rehenes, los enfrentamientos regionales y la expansión de la violencia en otros frentes.

Por tanto, el 7 de octubre no constituye el comienzo histórico del conflicto.

Es un nuevo capítulo, extremadamente grave, dentro de un conflicto que comenzó mucho antes.


XX. ¿Cuáles son realmente los problemas que impiden la paz?

Después de recorrer la historia, podemos reducir el conflicto contemporáneo a varias cuestiones fundamentales.

1. Territorio

¿Dónde deben estar las fronteras de Israel y de un eventual Estado palestino?


2. Jerusalén

Israel considera Jerusalén su capital.

Los palestinos reivindican Jerusalén Oriental como capital de su futuro Estado.

La ciudad posee además una importancia religiosa excepcional para judíos, cristianos y musulmanes.


3. Asentamientos israelíes

La expansión de asentamientos israelíes en Cisjordania constituye uno de los principales obstáculos para una solución territorial.

La comunidad internacional, en términos generales, considera ilegales los asentamientos israelíes establecidos en territorio ocupado desde 1967.

Israel mantiene posiciones jurídicas y políticas diferentes sobre esta cuestión.


4. Refugiados palestinos

Existen millones de refugiados palestinos registrados por UNRWA y sus descendientes.

La cuestión fundamental es:

¿Tienen derecho a regresar a sus antiguos lugares de residencia dentro del actual Israel?

Israel considera que un retorno masivo amenazaría el carácter judío del Estado.

Los palestinos consideran el derecho al retorno una cuestión fundamental de justicia histórica.


5. Seguridad de Israel

Israel sostiene que su principal preocupación es la seguridad.

Después del Holocausto, las guerras árabe-israelíes, los atentados y especialmente el 7 de octubre de 2023, esta cuestión posee un enorme peso en la sociedad israelí.

La pregunta es:

¿cómo puede garantizarse la seguridad israelí sin mantener indefinidamente una estructura de ocupación o de control sobre millones de palestinos?


6. Estado palestino

Los palestinos reivindican soberanía nacional.

La solución de dos Estados intenta resolver precisamente esta cuestión:

un Estado de Israel y un Estado palestino coexistiendo.

Sin embargo, la expansión territorial de los asentamientos, la fragmentación de Cisjordania, Jerusalén, Gaza y las cuestiones de seguridad hacen cada vez más complicada esa posibilidad.


7. Hamás

Hamás constituye otro elemento fundamental.

Es simultáneamente un movimiento político, social, religioso y armado.

Estados Unidos, la Unión Europea y otros actores consideran a Hamás una organización terrorista.

Hamás ha utilizado atentados y ataques contra civiles y ha defendido históricamente posiciones incompatibles con la existencia de Israel en sus formulaciones fundacionales.

Pero también es necesario distinguir entre Hamás y la población palestina.

No todo palestino es miembro de Hamás.

Del mismo modo, las acciones de Hamás no pueden utilizarse para convertir a toda la población palestina en responsable de sus actos.


XXI. El problema religioso

A primera vista podría parecer que estamos ante una guerra religiosa.

No es exactamente así.

El conflicto contemporáneo es fundamentalmente nacional, territorial y político, aunque utiliza símbolos religiosos extraordinariamente poderosos.

Jerusalén constituye el ejemplo perfecto.

Para el judaísmo, Jerusalén está vinculada al Templo y al centro espiritual de Israel.

Para el cristianismo, es el lugar de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

Para el islam, alberga la mezquita de al-Aqsa y el Domo de la Roca y constituye uno de sus lugares sagrados fundamentales.

La religión no creó por sí sola el conflicto contemporáneo.

Pero proporciona una profundidad simbólica que hace mucho más difícil el compromiso.


XXII. Una cuestión particularmente delicada: ¿es el sionismo colonialismo?

Aquí debemos ser rigurosos.

Existen autores que interpretan el sionismo como una forma de colonialismo de asentamiento.

El argumento sostiene que un movimiento procedente principalmente de Europa se trasladó a un territorio habitado, desarrolló instituciones propias, adquirió tierras y finalmente creó un Estado que produjo el desplazamiento de buena parte de la población autóctona.

Otros historiadores rechazan esta explicación como insuficiente.

Argumentan que el pueblo judío posee una relación histórica milenaria con esa tierra, que los judíos no eran simplemente extranjeros europeos y que el sionismo fue también una respuesta a la persecución, al antisemitismo y finalmente al genocidio.

La discusión académica continúa.

Lo intelectualmente honesto es reconocer que ambas perspectivas intentan explicar dimensiones reales de la historia.

Reducir todo el sionismo a «colonialismo europeo» elimina la historia judía.

Reducir toda crítica al sionismo a «antisemitismo» elimina la historia palestina.

Ambas reducciones son intelectualmente pobres.


XXIII. ¿Es Israel un Estado colonial?

La respuesta depende del marco teórico utilizado.

Desde determinados enfoques poscoloniales, Israel puede analizarse mediante el concepto de colonialismo de asentamiento.

Desde otros enfoques históricos, Israel debe entenderse como un Estado nacional surgido de un pueblo perseguido y desplazado, con una relación histórica anterior con el territorio.

Además, existe una diferencia entre afirmar que determinadas políticas israelíes poseen características coloniales y afirmar que todos los judíos israelíes son colonizadores.

La segunda afirmación sería una generalización históricamente insostenible.


XXIV. La gran paradoja histórica

Aquí encontramos una de las tragedias fundamentales de esta historia.

El pueblo judío fue víctima durante siglos de persecución, discriminación y finalmente genocidio.

La creación de Israel pretendió proporcionar seguridad y autodeterminación nacional a ese pueblo.

Pero la creación de ese Estado produjo también el desplazamiento de cientos de miles de palestinos y dio lugar a un conflicto nacional que todavía continúa.

Es decir:

la solución de un problema histórico judío contribuyó a generar otro problema histórico palestino.

Esta afirmación no pretende establecer una relación moral de culpabilidad colectiva.

Describe una paradoja histórica.

Y precisamente por eso el conflicto es tan difícil.


XXV. Lo que no debemos decir

No debemos decir:

«Los judíos expulsaron a los palestinos simplemente porque son judíos».

Eso convierte un proceso histórico complejo en una explicación racial o religiosa.

Tampoco debemos decir:

«Los palestinos atacan a Israel simplemente porque odian a los judíos».

Eso ignora la cuestión territorial, la ocupación, los refugiados y el nacionalismo palestino.

Tampoco debemos decir:

«Israel apareció de la nada en 1948».

Existía una historia judía milenaria relacionada con la región y décadas de organización sionista previa a la fundación del Estado.

Tampoco debemos afirmar:

«Palestina era un Estado independiente que fue destruido en 1948».

No existía un Estado palestino soberano moderno antes de esa fecha.

Pero tampoco debemos afirmar:

«Como no existía un Estado palestino, los palestinos no tenían una historia ni derechos».

Eso sería igualmente falso.

Los palestinos constituían una población autóctona con vínculos familiares, económicos, culturales y religiosos con el territorio.


XXVI. La cuestión ética

Llegamos finalmente a una cuestión que trasciende la historia.

Un análisis histórico no debe convertirse en propaganda.

Podemos reconocer simultáneamente:

el derecho del pueblo judío a existir y vivir con seguridad;

el derecho del pueblo palestino a existir y vivir con dignidad y autodeterminación;

la gravedad del antisemitismo;

la gravedad de la islamofobia y del racismo antipalestino;

la ilegitimidad de atacar deliberadamente a civiles;

la ilegitimidad de utilizar el sufrimiento de una población civil como instrumento de guerra;

la necesidad de proteger a los civiles independientemente de su nacionalidad;

y la obligación de distinguir entre responsabilidad individual, responsabilidad política y responsabilidad colectiva.

Desde una perspectiva ética, un niño israelí no es responsable de las decisiones de su Gobierno.

Un niño palestino tampoco es responsable de las decisiones de Hamás.

La dignidad humana no puede depender de la bandera que uno tenga encima.


XXVII. Una lectura antropológica

Desde la antropología cultural podemos observar que Israel-Palestina constituye un conflicto de memoria.

Cada comunidad posee sus propios acontecimientos fundacionales.

Para muchos judíos:

Éxodo.

Tierra prometida.

Jerusalén.

Exilio.

Persecución.

Holocausto.

Sionismo.

Independencia de Israel.

Para los palestinos:

Arabidad histórica.

Vida en las ciudades y aldeas palestinas.

Fin del Imperio otomano.

Mandato británico.

Pérdida de tierras.

Nakba.

Refugio.

Ocupación.

Intifadas.

Desplazamiento.

Ambas memorias construyen identidad.

Y cuando dos comunidades consideran que su propia existencia histórica está amenazada por la existencia del otro, el conflicto deja de ser solamente territorial.

Se convierte en un conflicto ontológico:

«Si el otro tiene razón, ¿qué queda de mi propia historia?»

Esta es posiblemente una de las razones más profundas de la resistencia de ambas partes a determinadas narrativas históricas.


XXVIII. Conclusión

Después de todo este recorrido podemos formular una conclusión.

El conflicto entre israelíes y palestinos no comenzó en 1948.

Tampoco comenzó en 1967.

Ni comenzó el 7 de octubre de 2023.

1948 es el año de la creación del Estado de Israel y de la Nakba palestina.

1967 es el año que inaugura la ocupación israelí de Cisjordania, Jerusalén Oriental y Gaza, además de otros territorios posteriormente restituidos o incorporados.

1987 marca el comienzo de la Primera Intifada.

1993 representa el gran intento de negociación mediante Oslo.

2000 inaugura la Segunda Intifada.

2007 consolida la división política palestina entre Gaza y Cisjordania.

2023 abre una nueva fase de guerra regional y humanitaria de extraordinaria gravedad.

Pero debajo de todos estos acontecimientos existen cinco preguntas que todavía no han encontrado una respuesta satisfactoria:

¿Dónde termina Israel?

¿Dónde comienza Palestina?

¿Qué ocurre con Jerusalén?

¿Qué sucede con los refugiados palestinos?

¿Cómo puede garantizarse simultáneamente la seguridad de Israel y la libertad y autodeterminación de los palestinos?

Mientras estas cuestiones permanezcan sin resolver, el conflicto continuará encontrando nuevas formas de manifestarse.

Y aquí aparece la conclusión más importante de toda la exposición:

No necesitamos elegir entre la historia judía y la historia palestina.

Necesitamos conocer ambas.

Reconocer el sufrimiento de los judíos europeos no obliga a negar el sufrimiento palestino.

Reconocer la Nakba palestina no obliga a negar el derecho de los judíos a existir y vivir seguros.

Condenar los ataques contra civiles israelíes no obliga a justificar toda política del Gobierno de Israel.

Criticar la ocupación o los asentamientos israelíes no convierte automáticamente a una persona en antisemita.

La verdadera dificultad intelectual consiste precisamente en sostener simultáneamente varias verdades históricas que resultan incómodas.

Y quizá esa sea la primera condición para hablar de paz:

que ninguna comunidad tenga que desaparecer de la memoria para que la otra pueda existir.

El problema de Israel y Palestina no es solamente quién posee una tierra.

Es también quién tiene derecho a contar su historia sobre esa tierra.

Y mientras dos pueblos consideren que reconocer la memoria del otro significa negar la propia, la historia continuará siendo utilizada no como puente, sino como arma.