La hechicería, el satanismo y la magia en las principales culturas religiosas
Introducción: tres palabras, tres historias
Cuando pronunciamos las palabras magia, hechicería y satanismo tendemos a imaginarlas como pertenecientes a un mismo universo: conjuros, espíritus, maldiciones, demonios, pactos y rituales secretos. Sin embargo, desde una perspectiva histórico-religiosa, esta asociación es problemática.
La magia es una categoría analítica moderna que utilizamos para describir determinadas prácticas destinadas a producir efectos mediante palabras, objetos, gestos, fórmulas, sustancias, símbolos o relaciones con poderes sobrenaturales.
La hechicería suele designar, especialmente en las tradiciones occidentales, prácticas consideradas ilícitas, dañinas o socialmente peligrosas. Pero tampoco existe una definición universal. Una práctica puede ser considerada medicina en una cultura, magia en otra y hechicería en una tercera.
El satanismo plantea un problema todavía mayor. No podemos llamar «satánica» a cualquier religión que adore divinidades diferentes del Dios bíblico. Baal no era Satanás; Seth no era Satanás; Hades no era Satanás; Ahrimán no era Satanás. La identificación de divinidades extranjeras con demonios pertenece a procesos históricos de reinterpretación y demonización.
Por eso, una historia rigurosa debe formular una pregunta más profunda:
¿En qué momento una práctica religiosa legítima comienza a ser denominada «magia», «hechicería» o «demoníaca» por otra tradición religiosa?
Y todavía más:
¿Quién posee la autoridad para decidir qué ritual es religión y cuál es magia?
I. Magia y religión: una frontera mucho menos clara de lo que parece
Durante mucho tiempo se presentó una oposición sencilla:
religión = oración dirigida a Dios;
magia = intento de manipular fuerzas sobrenaturales.
La antropología de la religión ha demostrado que esta distinción no siempre funciona.
Un sacerdote que pronuncia una fórmula ritual, unge a una persona, utiliza agua, incienso, aceite, objetos sagrados y determinadas palabras está realizando acciones destinadas a producir consecuencias religiosas.
Un especialista ritual mesopotámico podía recitar una fórmula, utilizar agua consagrada, quemar determinadas sustancias y realizar gestos específicos para expulsar una entidad.
Un sacerdote egipcio podía utilizar nombres sagrados, amuletos y fórmulas para proteger al individuo.
Un sacerdote católico utiliza agua bendita, aceite, incienso, reliquias, oraciones y fórmulas sacramentales.
Desde una perspectiva puramente externa, existen semejanzas.
La diferencia no se encuentra necesariamente en la existencia de rituales, objetos o palabras eficaces, sino en la concepción teológica de la eficacia, en la autoridad que realiza el acto y en la relación que se establece con lo sagrado.
Éste es uno de los grandes problemas de la historia comparada de las religiones.
II. Mesopotamia: cuando la magia formaba parte del orden cósmico
Mesopotamia constituye uno de los primeros grandes laboratorios documentados de la historia de la magia.
Sumerios, acadios, asirios y babilonios desarrollaron complejos sistemas de adivinación, exorcismo, protección y curación.
No existía una separación absoluta entre religión, medicina, astrología y ritual.
El especialista conocido como āšipu desempeñaba funciones relacionadas con el diagnóstico ritual, la expulsión de entidades perjudiciales y la realización de procedimientos protectores. Junto a él existía el āšû, asociado más directamente a la medicina.
Los mesopotámicos podían interpretar:
el comportamiento de los astros;
los sueños;
las entrañas de animales sacrificados;
determinados fenómenos naturales;
las enfermedades;
los acontecimientos políticos.
La enfermedad podía ser interpretada simultáneamente como fenómeno corporal y como consecuencia de una perturbación religiosa o sobrenatural.
Aquí encontramos una idea fundamental:
la magia no era necesariamente una rebelión contra la religión.
Podía ser una herramienta de la propia religión.
Los textos antihechicería, como la serie Maqlû, muestran precisamente la preocupación por neutralizar prácticas consideradas dañinas.
El problema no era simplemente «magia sí» o «magia no».
La cuestión era:
¿quién está utilizando el poder ritual, con qué finalidad y bajo qué autoridad?
III. Egipto: heka, poder ritual y supervivencia
En el antiguo Egipto encontramos una concepción todavía más compleja.
El término heka suele traducirse como «magia», aunque esta traducción puede inducir a error porque el concepto egipcio no corresponde exactamente a nuestra idea moderna de magia.
Heka era una potencia fundamental del universo y podía estar relacionada con los dioses, los seres humanos y la eficacia de las palabras y rituales.
El lenguaje poseía poder.
Conocer el nombre podía proporcionar conocimiento y capacidad de actuación.
El amuleto protegía.
La fórmula ritual podía preservar.
La palabra pronunciada correctamente podía producir efectos.
Esto aparece de manera extraordinaria en los textos funerarios egipcios.
El muerto necesitaba conocimientos, nombres, fórmulas y protección para atravesar el mundo del más allá.
Los llamados Textos de las Pirámides, Textos de los Sarcófagos y posteriormente el conjunto tradicionalmente denominado Libro de los Muertos contienen numerosas fórmulas destinadas a proteger al difunto.
Desde nuestra perspectiva moderna podríamos llamarlas «mágicas».
Para los egipcios, sin embargo, formaban parte de una concepción religiosa del cosmos.
Aquí aparece nuevamente una distinción fundamental:
la magia no era necesariamente lo contrario de la religión.
Podía ser una dimensión de la religión.
IV. Grecia: pharmakeia, goeteia y el nacimiento de una frontera moral
En el mundo griego encontramos un vocabulario mucho más variado.
Existían prácticas relacionadas con:
adivinación;
amuletos;
encantamientos;
filtros amorosos;
maldiciones;
tablillas de maldición;
necromancia;
ritos funerarios;
curación;
protección.
La palabra griega pharmakeia, por ejemplo, podía relacionarse con el uso de sustancias, preparados y pociones. De ahí procede nuestra palabra «farmacia», aunque el significado histórico de pharmakeia era mucho más amplio.
La goeteia podía asociarse con prácticas mágicas y evocaciones.
La figura de la hechicera aparece en la literatura griega en personajes como Circe o Medea.
Pero aquí debemos hacer otra distinción.
Circe y Medea son personajes literarios. No constituyen automáticamente evidencia de cómo practicaban magia las mujeres griegas reales.
Los testimonios documentales, especialmente las defixiones o tablillas de maldición, muestran que determinadas personas utilizaban fórmulas rituales para influir sobre litigios, competiciones, relaciones amorosas o rivales.
La magia podía convertirse entonces en una forma de competencia por el poder.
V. Roma: magia, religión y legislación
Roma heredó y transformó numerosos elementos religiosos del mundo griego y mediterráneo.
Los romanos distinguieron progresivamente entre prácticas religiosas legítimas y prácticas consideradas peligrosas.
La adivinación oficial podía tener reconocimiento político.
El augur podía desempeñar una función institucional.
Pero determinadas formas de magia privada podían ser perseguidas.
Esta distinción es importantísima porque muestra que la clasificación de una práctica como «magia» no depende únicamente de su contenido ritual.
También depende del poder político.
Un ritual autorizado por el Estado podía ser religio.
Un ritual realizado clandestinamente podía convertirse en superstitio o ser considerado ilícito.
La historia romana demuestra que la cuestión religiosa es también una cuestión de autoridad.
VI. Canaán y el Levante: dioses que posteriormente se convertirían en demonios
Aquí entramos en uno de los capítulos más interesantes para comprender la historia posterior del demonio.
El antiguo Levante estaba compuesto por diversas tradiciones religiosas relacionadas entre sí.
Encontramos figuras como:
El;
Elyon;
Baal;
Anat;
Asherah;
Astarté;
Reshef;
Dagan.
No constituían simplemente un sistema religioso homogéneo.
Existieron transformaciones, fusiones y conflictos entre tradiciones.
La religión israelita surgió dentro de este ambiente cultural.
Por eso encontramos una cuestión histórica fascinante: algunos nombres y atributos divinos presentes en el entorno cananeo aparecen posteriormente incorporados, transformados o rechazados por la tradición israelita.
Baal es un caso especialmente importante.
Baal fue originalmente una divinidad del ámbito semítico noroccidental, asociada especialmente con la tormenta y la fertilidad en determinadas tradiciones.
Pero en determinados textos bíblicos se convierte en símbolo de idolatría y rivalidad religiosa.
Más tarde, en la tradición cristiana, determinadas figuras vinculadas al mundo pagano serán reinterpretadas demonológicamente.
Aquí aparece un mecanismo histórico fundamental:
la divinidad del otro puede convertirse en el demonio del otro.
Eso no significa que Baal fuera originalmente «Satanás».
Significa que una tradición religiosa posterior puede reinterpretar negativamente una figura perteneciente a una tradición anterior.
VII. Israel y el judaísmo antiguo: prohibición de la hechicería
La Biblia hebrea contiene numerosas críticas contra prácticas adivinatorias y mágicas.
Deuteronomio 18:10-12, por ejemplo, menciona prácticas como la adivinación, los augurios, la hechicería, los encantamientos y la consulta de los muertos.
Sin embargo, sería demasiado sencillo concluir:
«Los hebreos no tenían magia».
La realidad histórica es mucho más compleja.
En el propio mundo bíblico encontramos:
sueños;
visiones;
profetas;
oráculos;
objetos rituales;
bendiciones;
maldiciones;
consultas religiosas;
prácticas de purificación;
narraciones de prodigios.
La diferencia fundamental está en la legitimidad.
La cuestión no es necesariamente:
«¿Existe un mundo sobrenatural?»
La respuesta bíblica es claramente afirmativa.
La cuestión es:
«¿Quién tiene autoridad sobre ese mundo y de dónde procede el poder utilizado?»
Aquí comienza a construirse una diferencia decisiva entre profecía legítima y adivinación ilegítima, entre culto verdadero e idolatría, entre poder divino y prácticas consideradas prohibidas.
VIII. Persia y el problema del dualismo
El mundo iranio, especialmente el zoroastrismo, merece una consideración especial.
La tradición zoroastriana presenta una compleja oposición entre asha —verdad, orden, rectitud— y druj —engaño, falsedad, desorden—.
En la tradición zoroastriana aparecen Ahura Mazda y las fuerzas asociadas al mal, especialmente Angra Mainyu/Ahriman en desarrollos posteriores.
También encontramos los daēvas, cuya valoración negativa adquiere importancia dentro de esta tradición.
Aquí surge una cuestión fundamental para la historia de las religiones:
¿Influyó el pensamiento iranio en el desarrollo posterior de la angelología y demonología judías?
Es posible identificar paralelos e influencias históricas, especialmente durante y después del período persa, pero no debemos convertir esos paralelos en una genealogía mecánica.
No podemos decir:
«El judaísmo tomó simplemente su demonología de Persia».
La historia es mucho más compleja.
Lo correcto es hablar de interacción cultural, reinterpretación y desarrollo interno.
IX. Cristianismo: del demonio bíblico a la demonología cristiana
Con el cristianismo se produce una transformación fundamental.
El Nuevo Testamento utiliza distintas figuras y conceptos relacionados con el mal, especialmente Satanás y el diablo.
Pero tampoco debemos imaginar que Satanás aparece en la Biblia desde el principio como el equivalente exacto del «Lucifer» medieval.
La concepción bíblica del adversario se desarrolla históricamente.
En determinados textos antiguos, «satán» puede significar adversario o acusador. La figura adquiere progresivamente una dimensión cósmica más definida dentro de la literatura judía del Segundo Templo y posteriormente en el cristianismo.
El cristianismo desarrollará progresivamente una demonología compleja.
Los antiguos dioses paganos podían ser reinterpretados como demonios.
Esto tuvo consecuencias enormes.
Una estatua de una divinidad pagana podía dejar de ser simplemente la imagen de un dios extranjero para convertirse, desde una perspectiva cristiana, en representación de una entidad demoníaca.
La religión del otro comenzaba a ser interpretada como engaño demoníaco.
Pero hay que distinguir entre:
demonología cristiana;
hechicería;
brujería;
magia ceremonial;
paganismo;
satanismo.
No son sinónimos.
X. Edad Media: de la hechicería al pacto demoníaco
Durante la Edad Media occidental se produce una transformación decisiva.
La preocupación por determinadas prácticas mágicas se combina progresivamente con una concepción teológica del pacto con los demonios.
La hechicería comienza a interpretarse, especialmente en determinados contextos intelectuales y jurídicos, no solamente como una práctica supersticiosa sino como una posible alianza con fuerzas demoníacas.
Este desarrollo alcanza una enorme importancia entre los siglos XV y XVII.
La figura de la bruja se convierte entonces en una construcción religiosa, jurídica, social y cultural.
Aquí debemos ser extremadamente cuidadosos.
No toda persona acusada de brujería era realmente practicante de magia.
Muchas acusaciones podían estar relacionadas con:
conflictos vecinales;
enfermedades;
mortalidad infantil;
problemas agrícolas;
tensiones económicas;
marginalidad;
misoginia;
miedo social;
conflictos religiosos.
La imagen de la «bruja satánica» fue construida mediante una compleja combinación de creencias populares, demonología erudita, procedimientos judiciales y discursos religiosos.
XI. El satanismo: una categoría mucho más reciente
Aquí llegamos al punto que probablemente más interesa para el curso.
El satanismo no debe proyectarse hacia el antiguo Egipto, Mesopotamia, Grecia o Roma.
El satanismo moderno surge en un contexto occidental mucho más reciente.
Durante siglos, «satanista» fue principalmente una acusación.
Un grupo podía ser acusado de adorar al demonio sin que existiera evidencia de que realmente lo hiciera.
El satanismo como identidad religiosa o filosófica explícita es fundamentalmente moderno.
En el siglo XIX aparecen reinterpretaciones literarias, ocultistas y anticristianas de Satanás.
En el siglo XX, especialmente con Anton LaVey y la Church of Satan fundada en 1966, aparece una forma organizada de satanismo moderno que no equivale necesariamente a la adoración literal de un ser sobrenatural.
Posteriormente aparecen otras corrientes satanistas, algunas teístas y otras no teístas.
Por eso conviene hablar de «satanismos», en plural.
Algunos entienden a Satanás como entidad real.
Otros lo interpretan como símbolo de individualismo, rebelión, autonomía, transgresión o crítica al cristianismo.
Esto demuestra que satanismo y magia tampoco son equivalentes.
Un satanista no necesariamente practica magia.
Y una persona que practica magia no necesariamente es satanista.
XII. Islam: magia, sihr y demonología
El islam posee también una concepción compleja de la magia.
El término siḥr designa la magia y aparece asociado a una valoración negativa en diversos contextos coránicos.
También encontramos la figura de los jinn, seres espirituales que poseen una posición específica dentro de la cosmología islámica.
Iblīs ocupa un lugar fundamental.
Pero aquí debemos evitar una equivalencia simplista:
Iblīs = Satanás cristiano = demonio de cualquier religión.
Existen similitudes, pero las tradiciones tienen desarrollos propios.
En el islam, la magia puede aparecer asociada al engaño, al perjuicio y a prácticas prohibidas. Al mismo tiempo, la tradición islámica desarrolló una rica cultura de protección mediante recitación coránica, súplicas y prácticas religiosas.
Nuevamente aparece la cuestión de la legitimidad:
no todo acto destinado a protegerse de un mal espiritual es considerado magia ilícita.
XIII. India: magia, mantra y poder ritual
Las tradiciones religiosas de la India obligan a ampliar considerablemente nuestra definición occidental.
En el hinduismo encontramos prácticas rituales relacionadas con:
mantras;
yantras;
tantras;
pujas;
ascetismo;
meditación;
amuletos;
invocaciones;
prácticas destinadas a protección o transformación.
La palabra «magia» puede utilizarse desde una perspectiva comparativa, pero no debe hacernos creer que todas estas prácticas constituyen una especie de «brujería india».
El tantra, por ejemplo, es una tradición extremadamente compleja que no puede reducirse a sexualidad, magia o ocultismo.
Existen prácticas rituales destinadas a modificar estados de conciencia, obtener protección, alcanzar liberación espiritual o interactuar ritualmente con determinadas potencias.
Aquí el esquema occidental «religión contra magia» resulta especialmente insuficiente.
XIV. Budismo: el problema de los poderes sobrenaturales
El budismo presenta una situación igualmente interesante.
Las tradiciones budistas históricas contienen referencias a:
devas;
yakṣas;
nāgas;
espíritus;
demonios;
protecciones rituales;
mantras;
ritos;
amuletos;
prácticas de curación.
Sin embargo, el núcleo de la enseñanza budista no consiste en dominar fuerzas sobrenaturales.
El objetivo fundamental es la liberación del sufrimiento mediante la transformación de la conciencia.
Esto permite distinguir entre una religión que incorpora elementos rituales protectores y una religión cuyo objetivo central sea el control mágico de la realidad.
La comparación resulta muy útil para demostrar que «magia» es una categoría demasiado amplia si no especificamos exactamente qué estamos estudiando.
XV. Tradiciones africanas y afroatlánticas: el peligro del prejuicio colonial
Las religiones africanas tradicionales fueron durante siglos descritas por observadores europeos mediante términos como:
fetichismo;
brujería;
superstición;
magia.
Hoy sabemos que estas categorías muchas veces reflejaban más los prejuicios del observador que la complejidad de las sociedades observadas.
En diversas tradiciones africanas existen especialistas rituales, sistemas de adivinación, medicina tradicional, culto a los antepasados y prácticas protectoras.
Posteriormente, en el Caribe y América Latina, estas tradiciones interactuaron con el cristianismo y con otras culturas.
Surgieron religiones complejas como:
Santería/Lukumí;
Vodou;
Candomblé;
Umbanda, entre otras.
Reducirlas a «brujería» sería históricamente incorrecto.
Son sistemas religiosos completos, con cosmologías, rituales, especialistas, mitologías, comunidades y concepciones éticas.
XVI. La gran pregunta: ¿quién decide qué es magia?
Aquí podemos alcanzar una conclusión antropológica fundamental.
La categoría de magia muchas veces funciona como una categoría de frontera.
Mi ritual es religión.
El ritual del otro es magia.
Mi sacerdote es legítimo.
El especialista del otro es hechicero.
Mi divinidad es Dios.
La divinidad del otro es demonio.
Mi milagro es manifestación de lo sagrado.
El prodigio del otro es superstición.
Esta estructura aparece repetidamente en la historia religiosa.
Por eso la historia de la magia es también una historia del poder.
Quien controla la definición de lo legítimo controla parcialmente la frontera entre religión y superstición.
XVII. Una posible línea histórica
Podemos representar el proceso de manera esquemática:
Religiones antiguas → ritual → adivinación → curación → protección → maldición → culto → demonización del extranjero → prohibición religiosa → persecución de determinadas prácticas → demonología → concepto medieval de pacto → brujería → reinterpretaciones ocultistas → satanismo moderno.
Pero hay que colocar una advertencia enorme al final:
esto NO constituye una evolución lineal desde «la magia antigua» hasta «el satanismo moderno».
Son procesos diferentes que ocasionalmente se conectan mediante reinterpretaciones posteriores.
No podemos decir que los egipcios eran satanistas, que los cananeos adoraban a Satanás o que los druidas eran satanistas.
Eso sería anacronismo histórico.
XVIII. Una tipología para estudiar las prácticas mágicas
Para un curso académico, yo propondría abandonar inicialmente la clasificación popular de «magia blanca» y «magia negra» y utilizar una clasificación funcional:
Magia apotropaica: destinada a proteger contra el mal.
Magia curativa: relacionada con enfermedades y recuperación.
Magia adivinatoria: destinada a conocer acontecimientos ocultos o futuros.
Magia amorosa: destinada a favorecer relaciones, deseo o atracción.
Magia coercitiva: destinada a influir sobre la voluntad de otra persona.
Magia maléfica: destinada a producir daño.
Magia funeraria: relacionada con la protección y tránsito de los muertos.
Magia agrícola y de fertilidad: relacionada con cosechas, reproducción y fecundidad.
Magia ritual de transformación: destinada a producir estados espirituales o transformaciones del individuo.
Esta clasificación es mucho más útil para estudiar comparativamente Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma, Israel, Persia, India, África y otras tradiciones.
XIX. Magia blanca y magia negra: una clasificación moderna
También conviene explicar que la tradicional oposición entre «magia blanca» y «magia negra» no constituye una clasificación universal de las religiones antiguas.
Es fundamentalmente una construcción posterior.
La diferencia suele establecerse según la finalidad:
magia blanca → protección, curación, amor, prosperidad;
magia negra → daño, maldición, dominación o destrucción.
Pero una persona que realiza una práctica puede considerarla legítima mientras otra cultura la considera maléfica.
Por eso la clasificación depende de la perspectiva.
XX. Conclusión: del ritual al demonio
La historia de la magia, la hechicería y el satanismo puede comprenderse finalmente como una historia de las fronteras entre lo permitido y lo prohibido.
Mesopotamia nos muestra una sociedad donde el ritual mágico podía formar parte de la religión institucional.
Egipto nos muestra una concepción en la que heka participa del orden cósmico.
Grecia y Roma muestran la tensión entre religión legítima, magia privada y prácticas ilícitas.
Canaán nos permite observar cómo una divinidad extranjera puede convertirse posteriormente en símbolo de idolatría.
Israel introduce una distinción teológica cada vez más fuerte entre prácticas permitidas y prácticas prohibidas.
El judaísmo del Segundo Templo desarrolla nuevas concepciones sobre ángeles, demonios y fuerzas del mal.
El cristianismo desarrolla una demonología que reinterpretará buena parte del universo religioso pagano.
La Edad Media transforma progresivamente la hechicería en un problema también relacionado con el pacto demoníaco.
La Edad Moderna produce las grandes persecuciones por brujería.
Y finalmente la modernidad transforma a Satanás en una figura que puede ser demonio, símbolo literario, instrumento filosófico de rebelión o elemento de nuevas identidades religiosas.
Por eso, la pregunta más interesante no es simplemente:
«¿Existe la magia?»
La pregunta históricamente más poderosa es:
«¿Por qué una sociedad considera que determinados rituales son sagrados, otros mágicos, otros supersticiosos y otros demoníacos?»
Y todavía podemos profundizar un nivel más:
«¿Cuándo deja el dios del otro de ser simplemente un dios extranjero y comienza a convertirse en un demonio?»