viernes, 2 de octubre de 2026

¿Podemos asociar a Elohim» (אֱלֹהִים, ʾĕlōhîm) con Baal» (בַּעַל, baʿal)?



La respuesta rigurosa es: no, «Elohim» y «Baal» no son términos equiparables, aunque en determinados contextos del antiguo Levante pueden referirse a realidades divinas dentro del mismo universo religioso semítico y, en algunos textos bíblicos, pueden entrar en competencia o incluso superponerse funcionalmente. La distinción lingüística, histórica y teológica es fundamental.

«Elohim» (אֱלֹהִים, ʾĕlōhîm) es, ante todo, una forma hebrea plural de ʾĕlōah, relacionada con la raíz semítica ʾl, «dios/deidad». Su morfología es plural, pero cuando designa al Dios de Israel suele acompañarse de verbos y adjetivos en singular. Así ocurre, por ejemplo, en Génesis 1,1: «En el principio creó [בָּרָא, bārāʾ, singular] Dios [אֱלֹהִים, ʾĕlōhîm] los cielos y la tierra». Por tanto, traducir automáticamente Elohim como «dioses» es incorrecto. El término puede tener distintos valores según el contexto: puede designar al Dios de Israel, a dioses/deidades en sentido plural, o incluso a determinados seres celestiales.

«Baal» (בַּעַל, baʿal), en cambio, significa literalmente «señor», «amo» o «dueño». Es inicialmente un título y no necesariamente un nombre propio. En las religiones cananeas, Baal llegó a funcionar como designación de una divinidad concreta, especialmente el dios de la tormenta y la fertilidad, conocido en los textos de Ugarit como Baʿlu. Su ciclo mitológico aparece principalmente en los textos ugaríticos de Ras Shamra, del segundo milenio a. C.

Por tanto, ya lingüísticamente tenemos una diferencia:

ʾĕlōhîm = categoría/designación de divinidad o, en determinados contextos, nombre/título del Dios de Israel.

Baʿal = «señor», título que llegó a identificar a una divinidad específica del ámbito cananeo, particularmente el dios de la tormenta.


Ahora bien, hay una cuestión mucho más interesante.


El problema de El y Elohim

Si queremos comprender correctamente la relación entre la religión israelita y la religión cananea, no debemos empezar por Baal, sino por El.

En la religión del antiguo Levante, El (אֵל) era una deidad suprema del panteón cananeo. En Ugarit aparece como Ilu/El, padre de los dioses, asociado a la autoridad y la ancianidad divina. Su consorte es Athirat, conocida en otros contextos como Aserá.

Y aquí encontramos uno de los puntos más importantes para la historia de la religión israelita.


El término hebreo ʾel significa «Dios/dios» y pertenece al mismo ámbito lingüístico que ʾĕlōhîm. También aparece en nombres teofóricos israelitas: Isra-el, Dani-el, Gabri-el, Samu-el, etc.

Además, determinados textos bíblicos conservan rasgos que permiten observar una antigua concepción de Yahvé dentro del lenguaje religioso de El.


Un ejemplo extraordinariamente importante es Deuteronomio 32,8-9. El texto masorético dice:

«Cuando el Altísimo (ʿElyôn) dio a las naciones su heredad... estableció las fronteras de los pueblos según el número de los hijos de Israel.»


Pero la tradición textual más antigua presenta una lectura diferente. Los manuscritos de Qumrán y la Septuaginta conservan una lectura que suele reconstruirse como:

«según el número de los hijos de Dios»

(bene ʾelohim / una forma equivalente).


La importancia histórica de este pasaje es enorme porque refleja una concepción de un Dios Altísimo rodeado por seres divinos o celestiales, dentro de una antigua cosmovisión semítica.

El Salmo 82 proporciona otro ejemplo:

«Dios (Elohim) se levanta en la asamblea divina; en medio de los dioses (elohim) juzga.»

(Sal 82,1).

Aquí elohim claramente no significa exclusivamente «Yahvé» en todos sus usos. El término puede referirse a seres divinos.


Esto demuestra algo fundamental:

«Elohim» no es originalmente el nombre exclusivo de Yahvé.

Es un término semítico relacionado con «dios/deidad» que, en la Biblia hebrea, termina funcionando de manera privilegiada como designación del Dios de Israel.


Entonces, ¿Elohim y Baal son «dioses» del mismo tipo?

En sentido estrictamente histórico-religioso, no.

Baal pertenece a una determinada tradición divina cananea y aparece como una divinidad específica, especialmente asociada a la tormenta, la lluvia, la fertilidad y la realeza.


Elohim, en cambio, es una categoría lingüística y religiosa mucho más amplia.


La comparación correcta sería aproximadamente:

Elohim : dios/deidad :: Baal : una determinada divinidad/título divino.


Es decir, sería parecido a comparar «divinidad» con «Zeus». No son categorías equivalentes.


Sin embargo, existe una complicación histórica fascinante: la religión de Israel surgió dentro del mismo ambiente cultural semítico occidental en el que existían las tradiciones de El, Baal, Aserá y otras divinidades.


Por eso la Biblia conserva huellas de una historia religiosa compleja.


Yahvé y Baal: aquí sí existe una oposición explícita


La verdadera contraposición bíblica no es «Elohim contra Baal», sino fundamentalmente Yahvé contra Baal.


Esto aparece con enorme claridad en el ciclo de Elías.


En 1 Reyes 18, los profetas de Baal invocan a su dios en el monte Carmelo, mientras Elías invoca a Yahvé.


El relato presenta deliberadamente una confrontación:


«¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yahvé es Dios, seguidle; si lo es Baal, seguidle.»

(1 Re 18,21).


En hebreo, el juego conceptual es todavía más interesante porque aparece ʾĕlōhîm:


אִם־יְהוָה הָאֱלֹהִים לְכוּ אַחֲרָיו

«Si Yahvé es ha-Elohim, seguidle.»


La cuestión no es que Yahvé sea «un Elohim más» en el sentido de que simplemente compita con Baal como una divinidad entre otras.

El relato está afirmando progresivamente que Yahvé es el verdadero Dios frente a Baal.


¿Existió una identificación entre Yahvé y El?

Aquí entramos en un problema histórico mucho más complejo.

Una parte importante de la investigación contemporánea sostiene que la religión israelita experimentó un proceso de identificación entre Yahvé y la antigua figura de El.

Hay indicios bíblicos relevantes.

Por ejemplo, Éxodo 6,2-3 afirma:

«Yo soy Yahvé. Me aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como El Shaddai, pero mi nombre Yahvé no se lo di a conocer.»

(Ex 6,2-3).

Y Génesis 14,18-22 presenta a El Elyon, «Dios Altísimo», en relación con Abraham.

Además, algunos nombres divinos antiguos parecen haber sido integrados en la concepción israelita de Yahvé:


El Elyon — Dios Altísimo.

El Shaddai — Dios Todopoderoso/El Shaddai.

El Olam — Dios eterno.

El Roi — Dios que ve.


Con el desarrollo de la religión israelita, estos títulos terminan integrándose en la comprensión de Yahvé.

Esto es históricamente significativo porque muestra que el monoteísmo israelita no aparece necesariamente como una construcción instantánea y completamente acabada.

Existe un proceso histórico de concentración de la identidad divina en Yahvé.


¿Y dónde queda Baal?

Baal pertenece a otro linaje teológico.

En Ugarit, Baal es el dios de la tormenta. Su dominio sobre la lluvia y las aguas resulta fundamental para una sociedad agrícola.

Esto explica algo que resulta especialmente interesante cuando se lee la Biblia.

Muchas funciones que en la literatura cananea están vinculadas con Baal aparecen atribuidas a Yahvé en textos bíblicos.

Yahvé domina la tormenta, las nubes, el mar, el rayo y la lluvia.

El Salmo 29, por ejemplo, describe una «voz de Yahvé» que resuena sobre las aguas, mientras las imágenes recuerdan poderosamente el lenguaje de las tradiciones semíticas de la tormenta.

La investigación académica ha discutido ampliamente si el Salmo 29 contiene una apropiación israelita de un antiguo himno cananeo de Baal o si simplemente utiliza un repertorio poético semítico común. La primera hipótesis ha sido influyente, pero no debe presentarse como una certeza absoluta.

Lo que sí podemos afirmar con seguridad es que Yahvé acaba asumiendo características que en el entorno cananeo podían asociarse al dios de la tormenta.

Esto es parte de la progresiva afirmación de la supremacía de Yahvé.


El caso de Aserá

Aquí aparece otro elemento indispensable para comprender la cuestión.

En la religión cananea, Aserá era una importante figura divina asociada a El.

La arqueología de Kuntillet Ajrud y las inscripciones de Khirbet el-Qom han generado un debate muy importante sobre la relación entre Yahvé y Aserá.


Algunas inscripciones contienen fórmulas que han sido interpretadas como referencias a «Yahvé y su Aserá».

Pero hay que ser extremadamente cuidadosos.


No significa que podamos afirmar sin más:

«Los antiguos israelitas adoraban a Yahvé y Aserá como una pareja divina.»


La evidencia es mucho más compleja y su interpretación continúa siendo objeto de debate académico.

Lo que sí podemos decir es que la religión israelita antigua estuvo históricamente en contacto con formas de religiosidad en las que Yahvé podía ser comprendido dentro de un paisaje religioso mucho más plural que el monoteísmo bíblico posterior.


Entonces, ¿los Elohim son Baales?


No.


Y aquí podemos formular la respuesta con precisión académica:


Los Elohim no son los Baales.


Elohim es una designación hebrea de amplio campo semántico relacionada con «Dios/dioses» y, dependiendo del contexto, puede referirse al Dios de Israel o a seres divinos.


Baal significa «señor» y llegó a designar particularmente a una divinidad cananea, especialmente al dios de la tormenta.


Lo que sí comparten es el contexto religioso semítico del antiguo Levante.


Más aún: la historia de Israel muestra una progresiva diferenciación entre Yahvé y las divinidades del entorno cananeo, acompañada por procesos de identificación de Yahvé con antiguas categorías de El y por la apropiación de atributos que otras religiones asociaban a divinidades como Baal.


Desde la perspectiva de la historia de las religiones, podemos visualizar el proceso de manera esquemática:


El / Elohim → lenguaje semítico de la divinidad


Yahvé → divinidad nacional de Israel → identificación progresiva con El → afirmación de Yahvé como único Dios


Baal → divinidad cananea de la tormenta → principal rival cultual de Yahvé en determinados períodos y regiones


Y aquí se encuentra una de las claves para comprender la Biblia: el monoteísmo bíblico no debe proyectarse mecánicamente sobre todas las etapas anteriores de la religión israelita. La Biblia es el resultado de una larga historia religiosa, literaria y teológica.


Desde la teología católica, naturalmente, podemos afirmar posteriormente que la Revelación alcanza en Israel su comprensión monoteísta culminante y que Yahvé es el único Dios verdadero. Pero eso constituye una afirmación teológica distinta de la reconstrucción histórico-religiosa de cómo se desarrollaron las categorías mediante las cuales Israel expresó esa fe.


Las dos perspectivas pueden dialogar, pero no deben confundirse.


Fuentes primarias y bibliografía académica


La investigación debería partir de los textos bíblicos y ugaríticos:


Génesis 1,1; 14,18-22; 32,29-30.

Éxodo 3; 6,2-3.

Deuteronomio 32,8-9.

Salmos 29; 82; 89.

1 Reyes 18.

Textos ugaríticos del ciclo de Baal (KTU 1.1–1.6).


Para el estudio académico:Mark S. Smith, The Early History of God: Yahweh and the Other Deities in Ancient Israel, Eerdmans, 2002.


Mark S. Smith, The Origins of Biblical Monotheism: Israel's Polytheistic Background and the Ugaritic Texts, Oxford University Press, 2001.


John Day, Yahweh and the Gods and Goddesses of Canaan, Sheffield Academic Press, 2002.


Patrick D. Miller, The Religion of Ancient Israel, Westminster John Knox, 2000.


Frank Moore Cross, Canaanite Myth and Hebrew Epic, Harvard University Press, 1973.


Karel van der Toorn, Bob Becking y Pieter W. van der Horst (eds.), Dictionary of Deities and Demons in the Bible, Brill/Eerdmans, 1999.


Theodore J. Lewis, The Origin and Character of God: Ancient Israelite Religion through the Lens of Deuteronomy, Oxford University Press, 2020.


La conclusión más importante, por tanto, es esta: si queremos estudiar históricamente la relación entre Yahvé, Elohim y Baal, la pareja conceptual más significativa no es «Elohim/Baal», sino «Yahvé/El/Baal». Elohim pertenece al vocabulario de la divinidad; El constituye una figura divina específica del antiguo Levante; Baal otra; y Yahvé atraviesa históricamente un proceso mediante el cual acaba identificándose con el Dios único de Israel y absorbiendo funciones y títulos que anteriormente pertenecían al paisaje religioso semítico más amplio.

Prejuicio, tradición e historicidad de la comprensión


Prejuicio, tradición e historicidad de la comprensión

Una disertación sobre Hans-Georg Gadamer


La hermenéutica filosófica de Hans-Georg Gadamer representa uno de los desplazamientos decisivos de la filosofía contemporánea: la pregunta deja de ser simplemente «¿cómo podemos interpretar correctamente un texto?» para convertirse en una cuestión mucho más radical: «¿qué significa comprender?».

Esta transformación tiene consecuencias epistemológicas, ontológicas e históricas. Comprender no constituye, para Gadamer, una operación técnica mediante la cual un sujeto situado frente a un objeto consigue reproducir correctamente su significado. La comprensión pertenece a la estructura misma de nuestra existencia histórica. Antes de interpretar un texto, una obra de arte, una tradición o incluso una acción humana, ya nos encontramos situados en un mundo de significados.

Por eso, tres conceptos adquieren una importancia fundamental: prejuicio, tradición e historicidad. No son tres temas independientes. Forman una estructura unitaria: comprendemos desde determinados prejuicios; esos prejuicios se encuentran configurados por una tradición; y tanto el intérprete como aquello que interpreta están insertos en la historicidad.


La hermenéutica gadameriana pretende mostrar, en definitiva, que no existe comprensión desde ningún lugar.


1. El problema hermenéutico: de la metodología a la ontología

Gadamer desarrolla su proyecto fundamentalmente en Wahrheit und Methode (Verdad y método, 1960). Su propósito no consiste en elaborar un nuevo método para las ciencias humanas equivalente al método de las ciencias naturales.

El propio título resulta significativo. Gadamer no pretende proporcionar «el método» mediante el cual podamos garantizar objetivamente la verdad de una interpretación. Su pregunta es anterior: ¿hay experiencias de verdad que no puedan ser reducidas al modelo metodológico de las ciencias?

De ahí su diálogo con la tradición filosófica alemana, especialmente con Dilthey, Husserl y Heidegger.

Dilthey había establecido una distinción fundamental entre explicar (Erklären) y comprender (Verstehen). Las ciencias naturales explicarían causalmente los fenómenos, mientras que las ciencias del espíritu intentarían comprender las expresiones de la vida histórica.

Gadamer considera insuficiente esta formulación porque todavía conserva demasiado del ideal moderno de fundamentación metodológica. El problema no consiste solamente en encontrar el método adecuado para comprender, sino en reconocer que la comprensión acontece antes de cualquier metodología consciente.

Aquí aparece la influencia decisiva de Heidegger.

En Ser y tiempo, Heidegger había mostrado que la comprensión no es primordialmente una actividad intelectual realizada ocasionalmente por un sujeto. El Dasein existe ya comprendiendo.


Heidegger afirma:

«El comprender es el ser existencial del propio poder-ser del Dasein mismo.»

(Heidegger, Ser y tiempo, §31).


Gadamer trasladará esta intuición desde la analítica existencial hacia la hermenéutica filosófica.

No comprendemos porque hayamos aprendido primero un método hermenéutico. Comprendemos porque nuestra existencia es ya interpretativa.


2. El prejuicio: rehabilitación de un concepto desacreditado

Probablemente ninguna afirmación de Gadamer haya resultado más provocadora que su defensa del concepto de «prejuicio».

En la modernidad, especialmente bajo el influjo de la Ilustración, el prejuicio adquirió una connotación predominantemente negativa.

Prejuicio significa aparentemente un juicio formulado antes de disponer de una justificación suficiente.

La Ilustración pretende sustituir el prejuicio por la razón.

Gadamer considera que aquí se produce un problema fundamental: si para comprender debemos eliminar todos nuestros prejuicios, ¿desde dónde comenzamos a comprender?

La pregunta es decisiva.

El intérprete no llega al texto como una conciencia absolutamente vacía. Llega con lenguaje, educación, cultura, experiencias, conceptos, expectativas, valores, memoria y tradiciones.

Por eso Gadamer afirma:

«Los prejuicios no son necesariamente injustificados y erróneos, ni por ello distorsionan inevitablemente la verdad.»

(Gadamer, Verdad y método, II, especialmente la discusión sobre la rehabilitación del prejuicio).

La tesis es mucho más profunda de lo que parece.

Gadamer no afirma que todos los prejuicios sean verdaderos. Afirma algo diferente: el hecho de poseer prejuicios es inevitable.

Por tanto, debemos distinguir entre dos cuestiones:


prejuicio ≠ error.


Y también:


prejuicio ≠ verdad.


El prejuicio es una precomprensión desde la cual comenzamos a interpretar.


3. La crítica gadameriana a la Ilustración

Gadamer analiza históricamente la lucha contra el prejuicio y encuentra en la Ilustración una determinada concepción de la razón.

La Ilustración sospecha de aquello que procede de la autoridad, la tradición y la costumbre.

La razón debería examinar críticamente todo aquello que hemos recibido.

Esta exigencia posee, evidentemente, una legitimidad. Gadamer no propone regresar ingenuamente a una sociedad donde la tradición sea incuestionable.

Su crítica se dirige a una consecuencia extrema de la Ilustración: creer que la razón puede comenzar desde cero.

La razón histórica no comienza desde cero.

El sujeto que critica una tradición ya ha sido formado por alguna tradición.

Incluso la crítica de la tradición necesita conceptos, lenguaje y categorías que históricamente hemos recibido.

Por eso Gadamer escribe:

«En realidad no es la historia la que nos pertenece, sino que nosotros pertenecemos a ella.»

(Gadamer, Verdad y método, Parte II, sección sobre los fundamentos para una teoría de la experiencia hermenéutica).

Esta frase constituye una de las claves de toda su filosofía.


Normalmente pensamos:

«Yo estudio la historia.»


Gadamer invierte la relación:

la historia también me constituye a mí.


4. La tradición no es simplemente el pasado

Aquí aparece el segundo concepto fundamental.

¿Qué es la tradición?

Desde una perspectiva superficial, tradición podría significar aquello que procede del pasado y que una generación transmite a la siguiente.


Para Gadamer, esta definición resulta insuficiente.


La tradición no es simplemente un objeto que tenemos delante de nosotros.

La tradición es aquello dentro de lo cual ya estamos.

No existe primero un sujeto neutral y posteriormente una tradición que dicho sujeto decide estudiar.

El sujeto ya está formado lingüística, cultural e históricamente.

Cuando un cristiano lee el Evangelio, por ejemplo, no lo hace desde una neutralidad absoluta. Su comprensión está atravesada por siglos de lenguaje teológico, liturgia, dogma, espiritualidad, filosofía, arte, instituciones y experiencias históricas.


Pero tampoco significa que la tradición determine mecánicamente la interpretación.

Aquí aparece una tensión fundamental.

La tradición nos condiciona, pero no nos determina completamente.

La tradición es condición de posibilidad de la comprensión.


5. Tradición y autoridad

Uno de los puntos más delicados de Gadamer es su rehabilitación del concepto de autoridad.

La modernidad tendió a establecer una oposición:


autoridad ↔ razón.


Gadamer considera que esta oposición es demasiado simplista.

La autoridad no tiene necesariamente su fundamento en la coerción.

Puede existir una autoridad reconocida porque alguien posee una experiencia, conocimiento o comprensión que nosotros todavía no poseemos.

Reconocer autoridad no implica renunciar a la razón.

Significa admitir que otro puede saber algo que yo todavía no sé.


Gadamer afirma:

«La autoridad no tiene nada que ver con obediencia ciega a una orden.»

(Gadamer, Verdad y método, discusión sobre autoridad y tradición).


La cuestión adquiere especial importancia en ámbitos como la religión, la filosofía, el derecho o la educación.

Una tradición puede ejercer autoridad sin convertirse por ello en una instancia absolutamente incuestionable.


6. El círculo hermenéutico

Aquí debemos introducir uno de los conceptos clásicos de la hermenéutica: el círculo hermenéutico.

Comprendemos las partes desde el todo y el todo desde las partes.

Por ejemplo, para comprender una frase necesitamos comprender el texto; pero para comprender el texto necesitamos comprender las frases.

Esto no constituye necesariamente un círculo vicioso.

Es una estructura dinámica.

Gadamer recibe esta problemática de la tradición hermenéutica anterior, pero la radicaliza mediante Heidegger.

Antes de interpretar conscientemente ya tenemos una determinada anticipación de sentido.

Comprendemos algo desde algo que previamente creemos comprender.

La interpretación modifica nuestra comprensión inicial.

Y esa nueva comprensión vuelve a transformar nuestra lectura.


Podemos representarlo así:

precomprensión → interpretación → revisión de la comprensión → nueva interpretación.

Por eso la comprensión no es un acto instantáneo.

Es un proceso.


7. La anticipación de sentido

El intérprete se aproxima al texto esperando encontrar algo.

Tiene preguntas.

Tiene expectativas.

Tiene hipótesis.

Tiene conocimientos previos.

Estas anticipaciones no constituyen necesariamente obstáculos.

Son precisamente las condiciones que permiten comenzar a comprender.

Pero aquí Gadamer introduce una exigencia crítica fundamental: debemos permitir que el texto cuestione nuestras anticipaciones.

La buena interpretación no consiste en encontrar en el texto aquello que ya pensábamos.

Consiste en exponernos a la posibilidad de que el texto tenga algo que decirnos.

Esta es una diferencia decisiva.

El intérprete dogmático utiliza el texto para confirmar sus prejuicios.

El intérprete hermenéutico permite que el texto ponga a prueba sus prejuicios.

Por eso Gadamer considera fundamental la experiencia de la alteridad.


8. El encuentro con lo diferente

Comprender no significa simplemente proyectar nuestra propia visión sobre aquello que interpretamos.

Si el texto no puede decirnos nada nuevo, realmente no hemos comprendido al otro.

La comprensión exige que exista una diferencia.

El otro debe poder resistirse a nuestra interpretación.

Por eso Gadamer habla de la necesidad de estar abierto a aquello que puede cuestionar nuestras expectativas.

Aquí aparece una dimensión ética de la hermenéutica.

Comprender implica escuchar.

No solamente mirar.

No solamente clasificar.

No solamente dominar conceptualmente.

Escuchar significa aceptar la posibilidad de que aquello que tenemos delante pueda tener razón en algo que nosotros no habíamos visto.


9. La historicidad de la comprensión

Llegamos así al tercer concepto central: la historicidad.

El ser humano es histórico no solamente porque viva después de otros seres humanos.

Es histórico porque su propia comprensión está constituida por una historia.

Tenemos un lenguaje que no inventamos.

Tenemos conceptos que no inventamos.

Tenemos símbolos que no inventamos.

Tenemos instituciones que no inventamos.

Tenemos tradiciones religiosas, filosóficas, jurídicas y culturales que nos preceden.

Nuestra conciencia está situada.

Gadamer desarrolla aquí el concepto de conciencia de la historia efectual (wirkungsgeschichtliches Bewusstsein).

No somos simplemente conscientes de la historia.

Somos también resultado de los efectos que la historia ha producido sobre nosotros.

Por eso la historia no es solamente aquello que ocurrió.

Es aquello que continúa actuando en nuestro presente.


10. La historia efectual

La expresión alemana Wirkungsgeschichte puede traducirse como «historia efectual» o «historia de los efectos».

Una obra del pasado no existe únicamente en el momento en que fue producida.

Continúa produciendo efectos mediante las interpretaciones posteriores.

Pensemos en Platón.

Platón no pertenece exclusivamente al siglo IV a. C.

Existe también el Platón interpretado por Aristóteles, Plotino, Agustín, el neoplatonismo, el Renacimiento, Heidegger y la filosofía contemporánea.

Cada época descubre determinados aspectos de Platón.

Pero Platón también modifica a cada época.

La relación funciona en ambas direcciones.

Por eso la historia de la filosofía no consiste únicamente en reconstruir objetivamente lo que un filósofo «realmente quiso decir».

También implica comprender cómo sus textos han llegado hasta nosotros y qué preguntas contemporáneas hacen posible determinadas interpretaciones.


11. La famosa «fusión de horizontes»

Este concepto es quizá el más conocido de Gadamer.

El intérprete posee un horizonte.

El texto pertenece a otro horizonte histórico.

Pero estos horizontes no permanecen necesariamente separados.

Puede producirse una fusión de horizontes (Horizontverschmelzung).

El horizonte no es una frontera rígida.

Es el campo de visión desde el cual algo puede aparecer como significativo.

Gadamer afirma:

«Horizonte es el ámbito de visión que abarca y encierra todo lo que es visible desde un determinado punto.»

(Gadamer, Verdad y método, Parte II).


Comprender significa ampliar nuestro horizonte mediante el encuentro con otro horizonte.

Por eso la comprensión no consiste en abandonar nuestro presente para convertirnos artificialmente en personas del pasado.

Tampoco consiste en imponer nuestro presente al pasado.

Consiste en establecer una relación entre ambos.


12. Comprender no es reconstruir psicológicamente al autor

Aquí Gadamer se distancia de determinadas formas de hermenéutica romántica, especialmente de Schleiermacher.

La hermenéutica romántica podía considerar que comprender significaba reconstruir la intención del autor.

Gadamer considera que esto no basta.

Cuando interpretamos una obra, no necesitamos simplemente reconstruir psicológicamente la mente de quien la escribió.

La obra puede decir más de lo que su autor conscientemente pretendía decir.

Esto resulta especialmente importante para los textos filosóficos, jurídicos, literarios y religiosos.

Un texto puede adquirir nuevas posibilidades de significado dentro de nuevos horizontes históricos.

No porque cualquier interpretación sea válida, sino porque el sentido puede actualizarse históricamente.


13. El lenguaje como casa de la comprensión

Aquí llegamos a una de las tesis más profundas de Gadamer:

el ser que puede ser comprendido es lenguaje.

La frase aparece al final de Verdad y método:

«El ser que puede ser comprendido es lenguaje.»

(Gadamer, Verdad y método, Parte III).


No significa simplemente que todo sea palabras.

Significa que aquello que puede entrar en el ámbito de nuestra comprensión lo hace dentro de una estructura lingüística.

El lenguaje no es únicamente una herramienta que utilizamos.

Es el medio en el que acontece nuestra comprensión.

Por eso Gadamer considera que comprender es fundamentalmente un acontecimiento lingüístico.


14. Comprender como conversación

Esta concepción lleva a Gadamer a utilizar la metáfora del diálogo.

Interpretar es conversar con aquello que interpretamos.

Una conversación auténtica tiene una característica fundamental: ninguno de los interlocutores controla completamente de antemano hacia dónde llegará.

Si ya sé exactamente qué voy a decir y qué responderá el otro, no estoy realmente conversando.

La conversación acontece cuando permitimos que el otro transforme nuestro horizonte.

Por eso Gadamer vincula hermenéutica y diálogo.

Comprender significa entrar en una conversación con una tradición, un texto, una obra, una persona o una cuestión.


15. La pregunta como estructura fundamental

La hermenéutica gadameriana otorga una importancia extraordinaria a la pregunta.

Una pregunta verdadera abre un espacio.

Cuando preguntamos:

«¿Qué significa este texto?»

ya estamos mostrando que no poseemos completamente su significado.

Pero además, nuestras preguntas están históricamente condicionadas.

Una época pregunta determinadas cosas que otra época no preguntaba.

Por ejemplo, la filosofía medieval preguntó con intensidad por la relación entre fe y razón.

La modernidad preguntó por la autonomía del sujeto.

La filosofía contemporánea ha formulado con particular intensidad preguntas sobre lenguaje, historicidad, existencia, poder, interpretación y pluralidad.

La historia transforma nuestras preguntas.

Y cuando cambian nuestras preguntas, cambian también las posibilidades de comprensión.


16. Prejuicio, tradición e historicidad: una estructura única

Podemos reunir ahora los tres conceptos.


El prejuicio es nuestra precomprensión.


La tradición es el horizonte histórico-lingüístico que configura esa precomprensión.


La historicidad es la condición por la cual tanto intérprete como tradición se encuentran en un proceso histórico de efectos y transformaciones.


Por tanto:

no hay comprensión sin precomprensión;

no hay precomprensión sin tradición;

no hay tradición fuera de la historia;

y no hay comprensión histórica sin transformación del horizonte.

Esta estructura impide concebir al intérprete como una conciencia absolutamente neutral.


17. Una consecuencia epistemológica decisiva

Gadamer introduce así una crítica profunda al ideal moderno de objetividad.

No significa que Gadamer rechace la verdad.

Todo lo contrario.

Su proyecto se titula precisamente Verdad y método.


Lo que cuestiona es la identificación de la verdad con aquello que puede ser producido mediante un procedimiento metodológico universal.

Existen experiencias de verdad en el arte, la filosofía, la historia, la conversación y la tradición que no pueden ser reducidas al modelo de las ciencias naturales.

La verdad puede acontecer como una transformación de nuestra comprensión.

A veces comprendemos algo verdaderamente cuando descubrimos que nuestra interpretación anterior era insuficiente.

Por eso la hermenéutica tiene una dimensión de experiencia.

No solamente adquirimos información.

Podemos ser transformados por aquello que comprendemos.


18. La hermenéutica y la teología

Para tu ámbito teológico, Ronald, este planteamiento posee una importancia enorme.

Un teólogo no se aproxima a la Escritura como una conciencia absolutamente neutral.

Lee desde una tradición.

La Iglesia posee una historia interpretativa.

Existe una tradición patrística, conciliar, litúrgica, dogmática y espiritual.

La Escritura misma ha sido transmitida mediante una comunidad histórica.

Por tanto, la interpretación teológica no puede consistir simplemente en extraer del texto una información objetiva eliminando toda tradición.

Pero tampoco puede consistir en afirmar que cualquier interpretación tradicional es automáticamente verdadera.

La hermenéutica gadameriana permite formular una posición intermedia mucho más sofisticada:

la tradición constituye una condición de posibilidad de la comprensión, pero también debe permanecer abierta a ser interrogada por aquello que transmite.

Esto resulta especialmente importante para la relación entre Escritura y Tradición.

La Tradición no debería entenderse simplemente como una colección de afirmaciones antiguas.

Es un proceso vivo de transmisión, interpretación y actualización.

Aquí encontramos una afinidad interesante con la concepción católica de la Tradición viva.


El Concilio Vaticano II afirma en Dei Verbum 8:

«Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo.»


Y añade:

«Crece, en efecto, la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas.»

(Dei Verbum, 8).


Desde una perspectiva hermenéutica, esta afirmación resulta extraordinariamente fecunda.

La tradición no cambia simplemente porque cada generación invente una nueva interpretación.

Hay crecimiento de comprensión dentro de una continuidad histórica.


19. Gadamer y la tradición católica: una cautela necesaria

Sin embargo, sería intelectualmente incorrecto afirmar que Gadamer simplemente confirma la teología católica.

No es así.

Gadamer desarrolla una hermenéutica filosófica, no una teoría dogmática de la Revelación.

La tradición gadameriana y la Tradición apostólica católica son conceptos relacionados, pero no idénticos.

En la teología católica, la Tradición posee una dimensión constitutiva vinculada a la Revelación divina.

En Gadamer, «tradición» pertenece fundamentalmente a la estructura histórica de la comprensión.

La analogía es, por tanto, fecunda, pero no debe convertirse en identificación.


20. Una paradoja fundamental

La filosofía de Gadamer puede formularse mediante una paradoja:

para comprender críticamente nuestros prejuicios necesitamos ya estar dentro de una tradición que nos proporcione los instrumentos para criticarlos.

No podemos escapar completamente de la historia para juzgar la historia.

No podemos salir completamente del lenguaje para juzgar el lenguaje.

No podemos eliminar absolutamente todos nuestros prejuicios para comenzar a comprender.

La verdadera madurez hermenéutica consiste entonces no en alcanzar una conciencia sin prejuicios, sino en hacer conscientes nuestros prejuicios y permitir que entren en diálogo con aquello que queremos comprender.


21. La hermenéutica como educación

Esto tiene una enorme importancia pedagógica.

Educar no significa simplemente transmitir información.

Significa transformar horizontes de comprensión.

Un buen profesor no entrega únicamente respuestas.

También enseña a formular mejores preguntas.

En este sentido, Gadamer recupera algo profundamente socrático.

Sócrates no educaba principalmente proporcionando información.

Educaba mostrando que aquello que creíamos saber podía ser problemático.

La hermenéutica comparte esa estructura.

Comprender verdaderamente algo implica estar dispuesto a descubrir que nuestra comprensión inicial era limitada.


22. Conclusión: comprender es pertenecer

La tesis fundamental de Gadamer podría condensarse de esta manera:

no somos sujetos situados fuera de la historia que posteriormente interpretan la historia; somos seres históricos cuya propia capacidad de comprender ha sido formada históricamente.

Por eso el prejuicio no constituye simplemente un enemigo de la razón.

Es el punto de partida inevitable de toda comprensión.

La tradición no es simplemente aquello que debemos conservar.

Es aquello desde lo cual podemos comprender y aquello que podemos reinterpretar.

La historicidad no es un accidente de nuestra existencia.

Es la estructura misma dentro de la cual acontece nuestra comprensión.

Y la hermenéutica, finalmente, no consiste en conquistar un punto de vista absolutamente neutral.

Consiste en entrar en diálogo con aquello que nos precede, reconocer los límites de nuestro propio horizonte y permitir que el encuentro con otro horizonte transforme nuestra comprensión.

La grandeza de Gadamer está precisamente aquí: la comprensión deja de ser una técnica que un sujeto aplica a un objeto y se convierte en un acontecimiento en el que el propio sujeto puede ser transformado.

Comprender, entonces, no significa simplemente saber más.

Significa llegar a ser otro sin dejar de ser uno mismo.

Y quizá esa sea la formulación más radical de la historicidad hermenéutica: nuestra identidad intelectual no es una posesión estática, sino una identidad capaz de transformarse mediante aquello que heredamos, interrogamos y comprendemos.

Fuentes fundamentales

Gadamer, Hans-Georg. Verdad y método I. Fundamentos de una hermenéutica filosófica. Salamanca: Sígueme, 1993. Especialmente las secciones sobre la rehabilitación del prejuicio, tradición, conciencia de la historia efectual, fusión de horizontes y lenguaje.

Gadamer, Hans-Georg. Verdad y método II. Salamanca: Sígueme, 1998. Especialmente los ensayos sobre hermenéutica, historicidad y aplicación.

Gadamer, Hans-Georg. El giro hermenéutico. Madrid: Cátedra, 1998.

Gadamer, Hans-Georg. Los caminos de Heidegger. Barcelona: Herder, 2002.

Heidegger, Martin. Ser y tiempo. Madrid: Trotta, 2003, especialmente §§31–34 y la problemática de la comprensión, interpretación y precomprensión.

Dilthey, Wilhelm. Introducción a las ciencias del espíritu. Madrid: Alianza.

Schleiermacher, Friedrich D. E. Los discursos sobre hermenéutica. Madrid: Istmo.

Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Dei Verbum, especialmente nn. 8–10.

Ricoeur, Paul. Del texto a la acción. Ensayos de hermenéutica II. México: Fondo de Cultura Económica, 2002.

Grondin, Jean. Introducción a Gadamer. Barcelona: Herder, 2003.


jueves, 1 de octubre de 2026

La magia en Mesopotamia, Egipto y el antiguo Mediterráneo



La magia en Mesopotamia, Egipto y el antiguo Mediterráneo

De la magia ritual a la construcción histórica de la hechicería

Introducción: antes de Satanás existían los demonios

Cuando en la cultura contemporánea escuchamos palabras como «magia», «hechicería», «demonio» o «satanismo», tendemos a introducirlas dentro de un mismo imaginario.

Una mujer que prepara un filtro.

Un sacerdote que invoca a un espíritu.

Una tablilla con un conjuro.

Una figura demoníaca.

Un círculo ritual.

Un sacrificio.

Un hechizo.

Y finalmente Satanás.

Históricamente, sin embargo, esa secuencia es engañosa.

El mundo antiguo no poseía una categoría única equivalente a nuestra palabra «magia». Tampoco dividía siempre las prácticas religiosas en dos campos perfectamente diferenciados: por un lado, la religión legítima; por otro, la magia ilegítima.

Un sacerdote podía recitar un encantamiento.

Un rey podía consultar a un adivino.

Un médico podía utilizar fórmulas rituales.

Una persona podía llevar un amuleto.

Un especialista podía realizar un ritual contra un demonio.

Y todas esas prácticas podían formar parte de una misma concepción del cosmos.

La pregunta histórica fundamental, por tanto, no es:

«¿Creían en la magia?»

La respuesta sería demasiado sencilla.

La verdadera pregunta es:

¿Cómo entendieron las sociedades antiguas la posibilidad de intervenir ritualmente en el orden invisible de la realidad?

Y aquí comienza nuestra historia.


I. Magia y religión: una frontera que todavía no estaba trazada

Una de las dificultades para estudiar la magia antigua consiste en utilizar categorías modernas.

En la antropología clásica se intentó distinguir entre religión y magia.

James George Frazer, por ejemplo, planteó en The Golden Bough una oposición entre magia y religión que tuvo enorme influencia, aunque muchos de sus modelos evolucionistas han sido posteriormente cuestionados.

Bronisław Malinowski introdujo después una comprensión más funcional de la magia dentro de la vida social.

Más recientemente, historiadores de las religiones como Fritz Graf, David Frankfurter y otros han insistido en que la categoría «magia» es histórica y culturalmente problemática.

Esto resulta fundamental.

Un antiguo mesopotamio no necesariamente pensaba:

«Ahora voy a abandonar la religión y practicar magia.»

Podía pensar:

«Estoy realizando un procedimiento ritual eficaz para restaurar el orden que ha sido perturbado.»

Por eso conviene hablar de:

ritualidad,

encantamiento,

adivinación,

protección,

exorcismo,

coerción ritual,

apotropaísmo

y solamente después utilizar la categoría general de «magia».


II. Mesopotamia: el universo como realidad vulnerable

Mesopotamia constituye uno de los grandes laboratorios históricos para estudiar la relación entre religión, magia y demonología.

En las sociedades mesopotámicas —Sumer, Acad, Babilonia y Asiria— el universo era concebido como un espacio poblado por fuerzas divinas y no humanas.

Los dioses podían intervenir en el mundo.

Los espíritus podían afectar a las personas.

Las enfermedades podían tener una dimensión sobrenatural.

Los sueños podían transmitir información.

Los acontecimientos podían interpretarse mediante signos.

Por tanto, conocer los signos y realizar correctamente determinados rituales tenía una enorme importancia.

Aquí encontramos una primera característica fundamental:

La magia mesopotámica no era simplemente «hacer cosas sobrenaturales». Era una tecnología ritual del orden cósmico.


III. El āšipu: especialista en lo invisible

Uno de los personajes más importantes para comprender la religiosidad mesopotámica es el especialista ritual conocido como āšipu —frecuentemente traducido como exorcista o especialista en rituales de purificación—.

Su función podía incluir:

diagnosticar una aflicción;

identificar una causa sobrenatural;

recitar encantamientos;

realizar rituales de purificación;

utilizar objetos protectores;

expulsar entidades perjudiciales;

neutralizar maleficios.

No debemos imaginarlo necesariamente como un «brujo» en el sentido moderno.

Podía desempeñar una función reconocida dentro del sistema religioso y cortesano.

Esto es crucial para nuestra historia.

El mismo fenómeno que una cultura considera ritual legítimo, otra puede considerarlo magia prohibida.

La frontera entre ambos conceptos depende en gran medida de quién realiza el ritual, con qué finalidad y bajo qué autoridad.


IV. El universo de los demonios mesopotámicos

Mesopotamia desarrolló una extraordinaria demonología.

Entre las figuras conocidas encontramos, por ejemplo:

Lamaštu, asociada particularmente con peligros para mujeres y niños;

Pazuzu, una entidad demoníaca vinculada a los vientos y utilizada también como fuerza protectora contra Lamaštu;

Utukku, término utilizado para determinados tipos de entidades espirituales;

Gallu, asociado en distintos contextos con fuerzas demoníacas.

Pero aquí debemos evitar otro error.

«Demonio» no significa necesariamente «diablo».

La concepción cristiana posterior de un universo dividido entre Dios y Satanás, ángeles y demonios rebeldes, no puede proyectarse directamente sobre Mesopotamia.

El mundo mesopotámico poseía una pluralidad de entidades sobrenaturales con funciones diversas.

Algunas podían ser destructivas.

Otras podían proteger.

Algunas podían ser ambiguas.

Y su clasificación dependía del contexto.


V. Maqlû: la lucha contra la hechicería

Aquí aparece uno de los documentos más fascinantes para la historia de la hechicería.

La serie ritual Maqlû, cuyo nombre significa aproximadamente «quemadura» o «combustión», contiene rituales y encantamientos dirigidos contra la brujería.

El contexto es extraordinariamente importante.

El problema no es simplemente:

«¿Existe la magia?»

El problema es:

«Alguien está utilizando una acción ritual contra mí.»

El ritual intenta identificar y neutralizar al supuesto hechicero.

Se utilizan fórmulas, objetos, sustituciones simbólicas y procedimientos destinados a destruir el efecto del maleficio.

Aquí encontramos algo que tendrá una enorme importancia en la historia posterior de la brujería:

la construcción social del enemigo mágico.

No basta con creer que existe la magia.

Tiene que existir alguien que pueda ser acusado de utilizarla.


VI. La hechicería como inversión del orden

En muchas culturas antiguas encontramos una lógica semejante:

la comunidad posee rituales legítimos;

existe un orden religioso;

existe una autoridad;

y, paralelamente, aparece la figura de quien utiliza procedimientos rituales de manera ilegítima.

La bruja, el hechicero o el maleficus pueden convertirse entonces en figuras de inversión.

No necesariamente porque sus técnicas sean radicalmente diferentes de las utilizadas por los especialistas legítimos.

A veces la diferencia está en:

quién las utiliza,

contra quién,

con qué finalidad,

y fuera de qué autoridad.

Éste será uno de los mecanismos fundamentales mediante los cuales la historia de la magia se transformará posteriormente en historia de la hechicería.


VII. Egipto: heka no significa simplemente «magia»

Egipto presenta un panorama todavía más interesante.

El término egipcio heka suele traducirse como «magia», pero esa traducción puede inducir a error.

Heka era una potencia fundamental del cosmos.

No era necesariamente una fuerza antirreligiosa.

De hecho, formaba parte del funcionamiento mismo del universo.

En el pensamiento egipcio, las palabras, los nombres, las imágenes y los rituales podían poseer eficacia.

La realidad no era concebida como un mecanismo puramente material.

El lenguaje podía actuar.

El nombre tenía poder.

La imagen podía participar simbólicamente de aquello que representaba.

El rito podía restablecer el orden.

Por eso, en Egipto, la magia estaba profundamente integrada en la religión.


VIII. El sacerdote y el mago

Aquí aparece una cuestión fundamental para nuestra historia.

¿Quién podía practicar magia?

La respuesta es mucho más compleja que «el mago».

Los sacerdotes podían utilizar fórmulas mágicas.

Los médicos podían emplear encantamientos.

Las personas podían llevar amuletos.

Los rituales funerarios incorporaban fórmulas destinadas a proteger al difunto.

El Libro de los Muertos contiene numerosos textos destinados a ayudar al fallecido en su tránsito hacia el más allá.

Desde nuestra perspectiva moderna podríamos llamar «magia» a muchas de estas prácticas.

Pero para los egipcios no constituían necesariamente una religión alternativa.

Formaban parte de la relación entre ser humano, cosmos, dioses y mundo invisible.


IX. La palabra como poder

Uno de los elementos más fascinantes de la magia egipcia es la importancia de la palabra.

El universo podía ser afectado mediante la pronunciación correcta.

Los nombres tenían importancia.

Conocer el nombre de una entidad podía proporcionar poder sobre ella.

Esta concepción reaparecerá en numerosas tradiciones mágicas posteriores.

De ahí surge una idea extremadamente poderosa:

conocer el nombre secreto de algo significa, en cierto sentido, conocer su estructura y adquirir poder sobre ello.

Encontraremos ecos de esta idea en la magia greco-egipcia, en tradiciones herméticas y posteriormente en diversos sistemas esotéricos.


X. Amuletos, imágenes y protección

El mundo egipcio estaba lleno de objetos apotropaicos.

Amuletos.

Estatuillas.

Imágenes.

Inscripciones.

Fórmulas.

El objetivo podía ser:

proteger al vivo;

proteger al niño;

proteger al difunto;

evitar enfermedades;

favorecer la fertilidad;

proteger durante el parto;

acompañar al muerto.

Un amuleto no era simplemente «un objeto supersticioso».

Formaba parte de una determinada ontología religiosa.

Su eficacia dependía de la relación entre materialidad, imagen, palabra, divinidad y ritual.


XI. De Egipto al Mediterráneo

A partir del primer milenio a. C., el Mediterráneo se convierte en un enorme espacio de intercambio.

Egipcios.

Griegos.

Fenicios.

Sirios.

Judíos.

Romanos.

Mesopotámicos.

Y posteriormente comunidades cristianas.

Ideas, dioses, rituales, símbolos y técnicas circulaban.

Aquí empieza una etapa decisiva para la historia de la magia.

Las tradiciones locales comienzan a mezclarse.

El resultado será un extraordinario fenómeno de sincretismo religioso.


XII. Grecia: mageia, goēteia y pharmakeia

En el mundo griego encontramos diversas palabras y categorías relacionadas con prácticas que hoy agrupamos bajo «magia».

Mageia está relacionada etimológicamente con los magoi, los «magos», término asociado originalmente a especialistas religiosos de origen persa en la percepción griega.

Pero existían otras categorías.

Goēteia podía referirse a prácticas de encantamiento, hechicería o rituales asociados al goēs.

Pharmakeia estaba relacionada con el uso de pharmaka: sustancias, preparados, drogas, venenos o remedios, según el contexto.

Esto demuestra nuevamente que «magia» no era una categoría única.


XIII. Circe: la mujer que transforma

En la Odisea, Circe constituye una figura fundamental para comprender el imaginario posterior de la hechicera.

Utiliza pharmaka.

Transforma hombres en animales.

Conoce poderes extraordinarios.

Habita fuera del orden social ordinario.

Es una mujer que posee un conocimiento peligroso.

Circe se convertirá posteriormente en uno de los grandes arquetipos occidentales de la hechicera.

Pero Homero no está describiendo «satanismo».

Está construyendo una figura literaria dentro de la cosmología mítica griega.

La distinción es fundamental.


XIV. Medea: magia, conocimiento y transgresión

Medea constituye otro arquetipo decisivo.

En Eurípides aparece como mujer conocedora de:

hierbas;

filtros;

rituales;

fuerzas sobrenaturales;

conocimientos ocultos.

Pero la importancia de Medea para la historia de la hechicería no reside únicamente en que «haga magia».

Representa una forma de conocimiento femenino percibido como potencialmente peligrosa cuando queda fuera del control social.

La figura de la mujer que conoce sustancias, cuerpos, sexualidad, fertilidad, enfermedad y muerte tendrá una importancia enorme en la posterior construcción europea de la bruja.


XV. Platón y la magia: una relación ambivalente

Platón resulta especialmente interesante.

No podemos reducir la filosofía griega a una oposición sencilla entre filosofía racional y superstición.

Platón conserva un lenguaje religioso, cosmológico y ritual muy complejo.

En Leyes y otros diálogos encontramos preocupación por prácticas mágicas, encantamientos y perjuicios rituales.

Esto demuestra algo importante:

La filosofía antigua no eliminó el pensamiento mágico de un golpe.

Lo sometió a crítica, reinterpretación y racionalización.

La filosofía y la magia coexistieron, entraron en conflicto y también se influyeron mutuamente.


XVI. Roma: entre religión, magia y derecho

Roma introduce otra dimensión: la jurídica.

El Estado romano podía tolerar determinados rituales y perseguir otros.

El problema ya no era solamente:

«¿Funciona el ritual?»

También era:

«¿Es legítimo realizarlo?»

La legislación romana contra determinadas prácticas mágicas muestra que la magia podía convertirse en un problema político.

Particularmente importante era la utilización de prácticas destinadas a perjudicar a otras personas.

La magia podía pasar de ser un problema religioso a convertirse en:

problema jurídico,

problema social,

problema político.

Y ésta será una característica esencial de la posterior persecución de la hechicería.


XVII. Las defixiones: la magia escrita

Uno de los fenómenos más fascinantes del Mediterráneo antiguo son las llamadas tabellae defixionum, las tablillas de maldición.

Eran pequeñas láminas, frecuentemente de plomo, sobre las cuales se escribían fórmulas destinadas a perjudicar, limitar o someter simbólicamente a otra persona.

Podían estar relacionadas con:

competencia;

amor;

litigios;

negocios;

venganza;

deporte;

conflictos personales.

Algunas invocaban divinidades o entidades sobrenaturales.

Aquí aparece una característica que será esencial en la historia posterior de la magia:

la escritura como instrumento ritual.

La palabra escrita deja de ser simplemente comunicación.

Se convierte en acto.


XVIII. La magia greco-egipcia

En los primeros siglos de nuestra era aparece uno de los conjuntos documentales más extraordinarios para estudiar la magia mediterránea:

los Papiros Mágicos Griegos, conocidos habitualmente como Greek Magical Papyri.

No constituyen un «libro sagrado» de una religión única.

Son una colección heterogénea de textos rituales procedentes del ambiente greco-egipcio.

En ellos encontramos:

invocaciones;

fórmulas;

nombres divinos;

voces mágicas;

amuletos;

procedimientos de adivinación;

ritos amorosos;

protección;

curación;

coerción;

contacto con entidades sobrenaturales.

Aquí confluyen tradiciones egipcias, griegas, judías y otras corrientes del Mediterráneo.

Es un auténtico laboratorio religioso.


XIX. Los nombres divinos y la mezcla de tradiciones

En los papiros mágicos aparecen nombres y fórmulas procedentes de diferentes tradiciones.

Dioses egipcios.

Divinidades griegas.

Nombres hebreos o bíblicos.

Figuras angelológicas.

Entidades cosmológicas.

Esto resulta fundamental para comprender el nacimiento de la magia occidental.

No existe una línea pura:

Egipto → Grecia → Roma → Europa.

Existe una red.

Las tradiciones se cruzan.

Los especialistas incorporan nombres extranjeros porque consideran que pueden aumentar la eficacia ritual.

El resultado es una religión práctica, ecléctica y sincrética.


XX. ¿Dónde aparece entonces Satanás?

Aquí debemos hacer una pausa.

Porque hasta este momento hemos hablado de:

dioses;

espíritus;

demonios;

hechiceros;

rituales;

maldiciones;

entidades sobrenaturales.

Pero Satanás todavía no ocupa el lugar que tendrá posteriormente en el imaginario occidental.

La palabra hebrea śāṭān significa fundamentalmente «adversario», «oponente» o «acusador», dependiendo del contexto.

En algunos textos bíblicos antiguos no aparece todavía como el principio absoluto del mal que encontramos en determinadas representaciones cristianas posteriores.

El desarrollo de una demonología más estructurada ocurre progresivamente.

Intervienen:

la literatura judía del período del Segundo Templo;

la influencia de diversas tradiciones culturales;

la reflexión sobre el mal;

la angelología;

la literatura apocalíptica;

y posteriormente la teología cristiana.


XXI. De demonios a demonología

Aquí se produce un cambio conceptual extraordinariamente importante.

En las religiones antiguas encontramos numerosas entidades sobrenaturales.

Pero el cristianismo comienza a integrar esas representaciones dentro de una estructura teológica más amplia.

Dios.

Ángeles.

Demonios.

Satanás.

Mal.

Pecado.

Idolatría.

Hechicería.

La magia empieza a poder interpretarse como algo más que una técnica religiosa alternativa.

Puede convertirse en una práctica relacionada con poderes espirituales considerados contrarios a Dios.

Y aquí se encuentra uno de los antecedentes fundamentales de la posterior asociación entre:

magia → demonios → diablo → satanismo.

Pero todavía debemos esperar muchos siglos antes de que aparezca el concepto moderno de satanismo.


XXII. El cristianismo antiguo y la transformación del vocabulario

Los primeros cristianos vivieron dentro de un Mediterráneo profundamente religioso.

No llegaron a un mundo secular.

Llegaron a un mundo lleno de:

sacrificios;

oráculos;

templos;

amuletos;

ritos;

adivinación;

cultos mistéricos;

magia;

hechicería;

demonología.

La novedad cristiana consistió en interpretar ese universo desde la afirmación de la soberanía absoluta del Dios único y creador.

En ese marco, la cuestión cambia.

El problema ya no es simplemente:

«¿Funciona este ritual?»

Sino:

«¿A quién se está recurriendo mediante este ritual?»


Esta pregunta es decisiva.


XXIII. La crítica cristiana a la magia

Autores cristianos como Justino Mártir, Ireneo de Lyon, Tertuliano, Agustín de Hipona y otros desarrollaron críticas contra prácticas mágicas, adivinatorias y cultuales.

Agustín es especialmente importante.

En De doctrina christiana y De civitate Dei, analiza prácticas adivinatorias y relaciones con poderes espirituales.

Para Agustín, el problema no se reduce a que el ritual sea supersticioso.

Existe una cuestión teológica:

¿qué relación está estableciendo el ser humano con la criatura invisible?

Aquí se desarrolla una comprensión cristiana de la magia como posible forma de relación ilegítima con poderes espirituales.


XXIV. De la magia al «pacto demoníaco»

Éste será uno de los pasos fundamentales de la historia posterior.

Si la magia produce efectos, surge una pregunta:

«¿De dónde procede su poder?»

Una respuesta cristiana medieval cada vez más desarrollada será:

«Del demonio.»

Y entonces aparece el concepto de pacto.

El hechicero ya no es simplemente alguien que conoce técnicas rituales.

Puede ser interpretado como alguien que establece una alianza con poderes demoníacos.

Aquí la hechicería comienza a aproximarse conceptualmente a aquello que siglos después llamaremos satanismo.

Pero todavía estamos lejos del satanismo moderno.


XXV. La gran transformación medieval

Durante la Antigüedad, el especialista mágico podía pertenecer al sistema religioso.

Durante la Edad Media occidental, la clasificación cambia.

La autoridad cristiana establece una distinción mucho más rígida entre:

religión legítima

y

práctica supersticiosa o demoníaca.

La adivinación, los encantamientos y determinados rituales pueden ser reinterpretados como prácticas inspiradas por demonios.

Aparece entonces un mecanismo que tendrá consecuencias históricas enormes:

la demonización de prácticas religiosas, médicas, adivinatorias o populares anteriormente heterogéneas.

Esto no significa que todas las personas acusadas de hechicería fueran practicantes de cultos demoníacos.

Significa precisamente lo contrario.

La categoría de «hechicero» podía construirse desde fuera.


XXVI. La bruja no es simplemente el «mago antiguo»

Éste es otro punto que conviene dejar absolutamente claro.

La bruja europea medieval y moderna no es una supervivencia directa de la sacerdotisa egipcia.

Tampoco es simplemente una heredera de Circe.

Ni una sacerdotisa de Hécate.

La figura de la bruja europea se construye mediante la convergencia de múltiples elementos:

creencias populares;

magia;

adivinación;

medicina tradicional;

sexualidad;

misoginia;

demonología cristiana;

miedos sociales;

legislación;

teología;

conflictos comunitarios;

y literatura.

El resultado histórico es nuevo.


XXVII. Hécate y la construcción de la noche

Hécate merece una mención especial.

En la tradición griega aparece vinculada, entre otras dimensiones, a:

cruces de caminos;

noche;

fronteras;

espacios liminales;

fantasmas;

magia.

Con el tiempo, su figura será asociada cada vez más estrechamente con la magia y la hechicería.

Pero tampoco debemos convertirla retrospectivamente en «diosa satánica».

Eso sería históricamente incorrecto.

Hécate pertenece al universo religioso griego.

La posterior cultura occidental la reinterpretará de diversas maneras.


XXVIII. Del demonio antiguo al demonio cristiano

Aquí podemos establecer una genealogía conceptual:


Espíritu antiguo


↓


Entidad peligrosa


↓


Demonio


↓


Espíritu maligno


↓


Agente del diablo


↓


Poder demoníaco


↓


Satanás como principio personal del mal


↓


pacto con Satanás


↓


satanismo


Pero esta flecha no representa una evolución lineal.


Es una reconstrucción conceptual, no una cadena histórica automática.

Entre cada etapa existen transformaciones teológicas, sociales y culturales.


XXIX. ¿Existió «satanismo» en Egipto?


No.


¿Existió satanismo en Mesopotamia?


No, en el sentido histórico moderno del término.


¿Existió satanismo en Grecia?


No.


¿Existían prácticas mágicas?


Sí.


¿Existían entidades demoníacas?


Sí.


¿Existían prácticas consideradas peligrosas o ilícitas?


Sí.


¿Existían rituales para perjudicar a enemigos?


Sí.


¿Existían cultos que posteriormente fueron reinterpretados negativamente por autores cristianos?


Sí.


Pero convertir todo eso en «satanismo antiguo» sería un anacronismo.


XXX. Entonces, ¿por qué son importantes estas culturas para estudiar el satanismo?

Porque proporcionan algunos de los materiales culturales que posteriormente serán reorganizados por la demonología occidental.

Mesopotamia aporta una rica demonología y una sofisticada tradición de exorcismo y ritual.

Egipto aporta una poderosa concepción de heka, el poder de la palabra, los nombres, los amuletos y la eficacia ritual.

Grecia aporta figuras como Hécate, Circe y Medea, además de categorías como mageia, goēteia y pharmakeia.

Roma desarrolla mecanismos jurídicos y sociales para distinguir prácticas permitidas y prohibidas.

El judaísmo del Segundo Templo desarrolla progresivamente una demonología y angelología más estructuradas.

El cristianismo reorganiza ese universo bajo una teología del pecado, los demonios y Satanás.

La Edad Media desarrolla la teoría del pacto demoníaco.

La Edad Moderna produce la gran persecución de la brujería.

Y el siglo XIX comienza a producir nuevas reinterpretaciones

literarias, ocultistas y anticristianas.

Sólo mucho después aparece el satanismo moderno como fenómeno identificable.


XXXI. Una cuestión metodológica: no confundir magia, ocultismo y satanismo

Para tu curso sobre historia de la hechicería y satanismo, yo establecería una distinción terminológica rigurosa.

Magia

Prácticas rituales destinadas a producir, modificar o controlar determinados efectos mediante procedimientos considerados eficaces.

Hechicería

Categoría histórica variable utilizada para designar determinadas prácticas mágicas, especialmente cuando son consideradas ilegítimas, peligrosas o dañinas.


Demonología

Conjunto de ideas y sistemas relativos a entidades demoníacas.


Ocultismo

Categoría principalmente moderna relacionada con conocimientos y prácticas sobre realidades ocultas, esotéricas o sobrenaturales.


Satanismo

Fenómeno histórico mucho más tardío, que puede adoptar diferentes formas, pero que implica específicamente una relación simbólica, religiosa, filosófica o ritual con la figura de Satanás o con el satanismo como tradición moderna.


Esta última categoría no debe proyectarse sobre Mesopotamia.


XXXII. La verdadera importancia histórica

La importancia de Mesopotamia, Egipto y el Mediterráneo antiguo no consiste en que encontremos allí «los primeros satanistas».

No los encontramos.

Su importancia es mucho más profunda.

Encontramos allí algunos de los elementos fundamentales que posteriormente permitirán construir el imaginario occidental de la magia:

el ritual;

el encantamiento;

la palabra eficaz;

el nombre secreto;

el amuleto;

el exorcismo;

la maldición;

la adivinación;

la posesión;

el demonio;

la hechicería;

el especialista ritual;

el enemigo mágico;

la inversión del orden religioso.

Todos estos elementos serán reinterpretados en épocas posteriores.


XXXIII. Una genealogía:


MESOPOTAMIA


Magia ritual → exorcismo → adivinación → demonología → lucha contra la hechicería.


↓


EGIPTO


Heka → palabra eficaz → nombres → amuletos → ritual funerario → protección.


↓


GRECIA


mageia → goēteia → pharmakeia → Hécate → Circe → Medea.


↓


ROMA


Magia privada → defixiones → legislación → prácticas ilícitas.


↓


JUDAÍSMO DEL SEGUNDO TEMPLO


Ángeles → demonios → apocalíptica → conflicto cósmico → Satanás.


↓


CRISTIANISMO ANTIGUO


Idolatría → demonios → superstición → magia → oposición a Dios.


↓


EDAD MEDIA


Hechicería → demonología → pacto demoníaco.


↓


EDAD MODERNA


Caza de brujas → tratados demonológicos → confesiones → inquisición y tribunales.


↓


MODERNIDAD


Esoterismo → ocultismo → satanismo literario → satanismo moderno.


Esta última etapa requeriría una conferencia independiente.


XXXIV. Una conclusión teológica

Desde la perspectiva cristiana, hay además una cuestión que merece ser cuidadosamente delimitada.

La existencia histórica de prácticas mágicas y de creencias demonológicas no demuestra por sí misma la existencia ontológica de los demonios.

La historia de las religiones puede estudiar:


qué creían las personas;


qué rituales realizaban;


qué textos produjeron;


qué entidades describieron;


qué funciones sociales tenían esas creencias;


cómo evolucionaron.


La teología, en cambio, formula preguntas de otro orden:


¿existen realmente seres espirituales?


¿Qué significa demonio?


¿Qué relación existe entre libertad humana y mal?


¿Qué significa Satanás dentro de la revelación cristiana?


¿Puede una criatura espiritual rebelarse contra Dios?


Son niveles epistemológicos diferentes.


Precisamente por eso conviene mantenerlos separados.


Conclusión: antes del satanismo existió un universo mágico


La historia que debemos contar no es:


«Los antiguos adoraban a Satanás y de ahí nació el satanismo.»


Eso sería históricamente falso.


La historia es mucho más interesante.


Primero encontramos sociedades que conciben el cosmos como una realidad poblada por fuerzas divinas y espirituales.


Después aparecen especialistas capaces de intervenir ritualmente en ese universo.


Surgen prácticas de protección, curación, adivinación, maldición y exorcismo.


Algunas prácticas son consideradas legítimas.


Otras son condenadas.


Aparece la figura del hechicero.


Aparece la figura de la bruja.


Las religiones monoteístas reorganizan progresivamente el universo de los espíritus.


El cristianismo desarrolla una demonología propia.


El demonio comienza a ser interpretado dentro de una estructura teológica cuyo centro es Satanás.


La magia puede entonces ser interpretada como una alianza con poderes espirituales contrarios a Dios.


Y siglos después, en la modernidad, esa tradición será reinterpretada, invertida, secularizada o convertida en identidad religiosa y filosófica.


Por eso, para comprender el satanismo, no debemos comenzar con Satanás.


Debemos comenzar mucho antes:

con el miedo humano ante lo invisible;

con la convicción de que la palabra puede transformar la realidad;

con el deseo de protegerse de fuerzas desconocidas;

con la necesidad de explicar el sufrimiento;

con la búsqueda de poder sobre aquello que escapa al control;

y con la pregunta fundamental que atraviesa todas estas culturas:


¿Puede el ser humano intervenir en el mundo invisible?

La historia de la hechicería comienza, en buena medida, con esa pregunta.

La historia del satanismo llegará mucho después, cuando el «poder invisible» deje de ser simplemente una pluralidad de fuerzas y sea reinterpretado dentro de una concepción teológica del mal, del adversario y de la rebelión contra Dios.