viernes, 25 de septiembre de 2026

¿Por qué Gadamer? de Dilthey y Heidegger a la hermenéutica filosófica



Introducción: la pregunta detrás de la pregunta

Hans-Georg Gadamer publica en 1960 su obra fundamental, «Wahrheit und Methode. Grundzüge einer philosophischen Hermeneutik», traducida habitualmente como «Verdad y método. Fundamentos de una hermenéutica filosófica».

El título ya contiene una provocación.

Gadamer no escribe simplemente:

«Método hermenéutico».

Escribe:

«Verdad y método».

Y coloca ambos términos en una tensión.

La pregunta de fondo es ésta:

¿Toda verdad debe alcanzarse mediante un método?

Si la respuesta fuera afirmativa, entonces el modelo de conocimiento propio de las ciencias naturales tendría una especie de monopolio sobre la verdad.

Pero ¿qué ocurre con una obra de arte?

¿Con un poema?

¿Con un texto religioso?

¿Con una tradición?

¿Con una conversación?

¿Con un acontecimiento histórico?

¿Con la experiencia de comprender a otra persona?

¿Podemos comprender todo eso mediante el mismo procedimiento que utilizamos para verificar una reacción química?

Gadamer responde que no.

Y aquí comienza nuestra aventura.

La hermenéutica filosófica nace cuando la comprensión deja de ser considerada simplemente una técnica para interpretar textos y comienza a ser comprendida como una dimensión fundamental de nuestra existencia.

Por eso podemos formular desde el principio la tesis de esta conferencia:

«Gadamer no inventa la hermenéutica; transforma su significado filosófico».

Para comprender esa transformación debemos retroceder.


I. Antes de Gadamer: ¿qué significa hermenéutica?

La palabra procede del griego hermēneuein, relacionado con interpretar, explicar o traducir.

Tradicionalmente se la vinculó también con Hermes, aunque la etimología que relaciona directamente hermēneuein con el dios Hermes no puede considerarse demostrada de manera filológicamente sencilla.

Lo importante es otra cosa.

Hermenéutica significa, en términos generales, interpretar.

Pero interpretar puede significar varias cosas:

traducir,

explicar,

hacer comprensible,

desentrañar un significado,

mediar entre dos horizontes de sentido.

Un texto antiguo necesita interpretación.

Pero también una ley.

Un símbolo.

Una obra de arte.

Un gesto.

Una tradición.

Incluso una palabra pronunciada por otra persona.

La hermenéutica aparece, por tanto, allí donde existe una distancia entre el sentido que algo posee y aquel que intenta comprenderlo.

Y esto nos conduce a una primera intuición:

«La hermenéutica nace porque el sentido nunca está completamente disponible de manera inmediata».


II. La hermenéutica como técnica: Schleiermacher

Antes de Dilthey debemos detenernos brevemente en Friedrich Schleiermacher.

Schleiermacher (1768-1834) intenta convertir la hermenéutica en una teoría general de la comprensión.

Tradicionalmente existían hermenéuticas particulares:

hermenéutica bíblica,

jurídica,

filológica.

Schleiermacher pretende algo más ambicioso:

una hermenéutica general.

Su problema es extraordinariamente moderno:

¿Cómo comprendemos un discurso?

Aquí aparece la famosa relación entre la parte y el todo.

Para comprender una frase necesitamos comprender el texto.

Pero para comprender el texto necesitamos comprender sus frases.

Es lo que posteriormente llamaremos círculo hermenéutico.

No se trata de un círculo vicioso.

Es una estructura de la comprensión.

Comprendemos el todo desde las partes y las partes desde el todo.

Schleiermacher también distingue entre interpretación gramatical e interpretación técnica o psicológica.

La primera atiende al lenguaje.

La segunda intenta comprender la individualidad del autor.

Esto será enormemente influyente.

Pero Gadamer terminará apartándose de una cuestión decisiva:

la idea de que comprender un texto pueda consistir

fundamentalmente en reconstruir la intención psicológica de su autor.

Aquí comienza a abrirse la distancia entre Schleiermacher y Gadamer.


III. Dilthey: la gran pregunta

Wilhelm Dilthey (1833-1911) introduce el problema en otro nivel.

Dilthey vive en una época dominada por el extraordinario éxito de las ciencias naturales.

La física, la química y la biología muestran que el conocimiento puede formular leyes generales y establecer relaciones causales.

Entonces aparece una pregunta:

¿Pueden las ciencias históricas y humanas funcionar exactamente igual?

Dilthey responde que no.

Aquí encontramos una de sus distinciones más célebres:

«explicar» y «comprender».

Erklären:

explicar.

Verstehen:

comprender.

Las ciencias naturales tienden a explicar causalmente.

Las ciencias del espíritu buscan comprender las expresiones de la vida.

La famosa fórmula atribuida al horizonte diltheyano puede resumirse:

«Explicamos la naturaleza; comprendemos la vida psíquica».

Pero hay que ser precisos.

Dilthey no está diciendo que las ciencias humanas carezcan de rigor.

Está buscando un fundamento epistemológico propio para ellas.


IV. El concepto de Erlebnis

Para comprender a Dilthey necesitamos introducir una palabra alemana:

Erlebnis.

Habitualmente traducida como:

«vivencia».

La vida humana no se nos presenta primero como un conjunto de objetos externos.

La vivimos.

Experimentamos.

Recordamos.

Interpretamos.

Actuamos.

Sentimos.

Creamos.

Y después producimos expresiones objetivadas de esa vida:

textos,

obras de arte,

instituciones,

documentos,

leyes,

monumentos,

costumbres.

El mundo histórico es, por tanto, mundo humano objetivado.

La hermenéutica debe permitirnos comprender esas expresiones.

Aquí Dilthey está realizando algo extraordinario.

Ya no estamos simplemente preguntando:

«¿Qué significa este texto?»

Estamos preguntando:

«¿Cómo podemos comprender las manifestaciones históricas de la vida humana?»

La hermenéutica se convierte en fundamento de las ciencias del espíritu.


V. El problema de Dilthey

Pero aquí aparece una dificultad.

Si para comprender históricamente debemos reconstruir la vida que produjo una determinada expresión, ¿no estamos todavía buscando una especie de acceso objetivo al pasado?

¿Podemos salir de nuestra propia situación histórica y reconstruir el pasado desde fuera?

Dilthey todavía conserva, en buena medida, un ideal epistemológico.

Quiere fundamentar las ciencias del espíritu.

Pero la filosofía de Martin Heidegger cambiará completamente el escenario.

Y aquí ocurre el verdadero terremoto.


VI. Heidegger: la hermenéutica deja de ser método

Martin Heidegger publica «Sein und Zeit» («Ser y tiempo») en 1927.

Y aquí ocurre algo decisivo.

Heidegger no pregunta:

«¿Cómo podemos interpretar correctamente un texto?»

Pregunta algo mucho más radical:

«¿Qué significa comprender?»

Y descubre que la comprensión no es simplemente una actividad intelectual que realizamos ocasionalmente.

La comprensión pertenece a nuestra propia manera de existir.

Aquí aparece el concepto:

Dasein.

Literalmente:

«ser-ahí».

No es simplemente «hombre».

No es simplemente «persona».

Es el ente para el cual está en juego su propio ser.

Y una de sus estructuras fundamentales es:

Verstehen.

Comprender.


VII. Comprender no es una operación intelectual

Ésta es probablemente la transformación más importante que Gadamer heredará de Heidegger.

Cuando decimos:

«Voy a comprender este texto»

parece que primero existimos y después realizamos una actividad llamada comprensión.

Heidegger invierte la perspectiva.

No es que ocasionalmente comprendamos.

Existimos comprendiendo.

Antes de cualquier interpretación explícita ya nos encontramos en un mundo que tiene significado para nosotros.

Antes de analizar un martillo como objeto físico, sabemos utilizarlo.

Antes de teorizar sobre una puerta, sabemos qué significa abrirla

Antes de elaborar una teoría sobre el lenguaje, ya hablamos.

Antes de estudiar la interpretación, ya interpretamos.

La comprensión es anterior al método.

Ésta será una de las grandes herencias de Heidegger en Gadamer.


VIII. El mundo no es un conjunto de objetos

Aquí Heidegger rompe con una concepción cartesiana del conocimiento.

Descartes había planteado el problema del sujeto que conoce objetos.

Heidegger considera insuficiente esta estructura.

Nosotros no aparecemos primero como sujetos aislados frente a un conjunto de objetos.

Estamos ya «en el mundo».

In-der-Welt-sein.

Ser-en-el-mundo.

No observamos el mundo desde una distancia absoluta.

Estamos implicados en él.

Por eso la comprensión nunca parte desde cero.

Ya tenemos:

lenguaje,

historia,

costumbres,

expectativas,

relaciones,

prejuicios,

conceptos.

Comprender significa interpretar desde una situación previa.


IX. El círculo hermenéutico cambia de significado

Recordemos el círculo hermenéutico.

Antes podía parecer una técnica:

comprender la parte desde el todo y el todo desde la parte.

Heidegger profundiza enormemente esta estructura.

Toda interpretación presupone una comprensión previa.

No existe interpretación absolutamente neutral.

Llegamos al texto con:

expectativas,

preguntas,

conceptos,

experiencias,

precomprensiones.

Comprendemos desde una situación.

Esto no significa que «todo vale».

Aquí conviene evitar una interpretación relativista de Heidegger y Gadamer.

Que toda comprensión tenga presupuestos no significa que todas las interpretaciones sean igualmente válidas.

Significa que la ausencia absoluta de presupuestos es imposible.


X. Y aquí aparece Gadamer

Hans-Georg Gadamer nace en 1900 y muere en 2002.

Su pensamiento se encuentra profundamente marcado por Heidegger.

Pero Gadamer realiza algo propio.

Toma la transformación ontológica de la hermenéutica realizada por Heidegger y la lleva hacia:

la historia,

el lenguaje,

el arte,

la tradición,

la conversación,

la filosofía práctica.

Su pregunta ya no es solamente:

«¿Cómo existe el Dasein?»

Sino:

«¿Cómo acontece la comprensión humana en la historia?»

Y aquí comienza «Verdad y método».


XI. ¿Por qué el título «Verdad y método»?

Porque Gadamer está enfrentándose a un problema epistemológico enorme.

La modernidad científica ha identificado progresivamente verdad y método.

Si algo puede demostrarse mediante un método reproducible, entonces parece que poseemos conocimiento verdadero.

Pero Gadamer pregunta:

¿Es la experiencia de la verdad reducible a procedimiento?

Pensemos en una obra de arte.

Una persona contempla «Las meninas» de Velázquez.

Puede estudiar:

pigmentos,

perspectiva,

composición,

materiales,

fecha,

historia de conservación.

Todo eso es conocimiento legítimo.

Pero ¿agota la verdad de la obra?

No.

Hay una experiencia de la obra que no puede reducirse a un procedimiento metodológico.

Lo mismo ocurre con una tragedia griega.

Con un poema de Paul Celan.

Con un texto bíblico.

Con una obra musical.

Con una experiencia histórica.

Con una conversación verdaderamente transformadora.

Aquí está la provocación gadameriana:

«La verdad acontece también allí donde no existe un método científico capaz de producirla».


XII. Verdad no significa simplemente correspondencia

Gadamer no está diciendo que la verdad científica sea falsa.

Eso sería absurdo.

Está diciendo que la experiencia de la verdad es más amplia que el modelo metodológico de las ciencias naturales.

La obra de arte puede revelarnos algo.

La tradición puede revelarnos algo.

Una conversación puede revelarnos algo.

Un texto puede decirnos algo que no habíamos previsto.

La verdad aparece entonces como:

acontecimiento de comprensión.

Y esto nos conduce al concepto central:

Erfahrung.

Experiencia.

Pero no simplemente Erlebnis en el sentido diltheyano.

Gadamer recupera una concepción de experiencia como aquello que nos transforma.

La verdadera experiencia no es solamente:

«yo experimenté algo».

Es:

«algo me ocurrió y modificó mi comprensión».


XIII. La experiencia hermenéutica

Éste es uno de los puntos más bellos de Gadamer.

Supongamos que comenzamos a leer un texto convencidos de que sabemos lo que significa.

Y el texto nos contradice.

Entonces tenemos dos posibilidades.

Cerrar el libro.

O permitir que el texto cuestione nuestras presuposiciones.

Para Gadamer, la comprensión auténtica exige apertura.

No significa abandonar todo criterio.

Significa aceptar la posibilidad de que el otro tenga algo que decirnos.

Aquí aparece una dimensión ética de la hermenéutica.

Comprender implica escuchar.


XIV. El prejuicio: una de las grandes revoluciones de Gadamer

La palabra alemana Vorurteil significa literalmente:

pre-juicio.

En la modernidad ilustrada, el prejuicio suele entenderse como un obstáculo irracional que debe eliminarse.

Gadamer introduce una inversión.

No podemos eliminar todos nuestros prejuicios.

Porque antes de comenzar a interpretar ya estamos situados históricamente.

Tenemos:

lengua,

tradición,

educación,

familia,

cultura,

religión,

instituciones,

experiencias.

Todo ello configura nuestras precomprensiones.

Por tanto:

«No podemos comenzar desde cero».

La tarea hermenéutica no consiste en eliminar todo prejuicio, sino en reconocerlo y someterlo a prueba en el encuentro con aquello que queremos comprender.


XV. Autoridad y tradición

Aquí Gadamer desafía otro supuesto moderno.

La Ilustración tendió a considerar la tradición como algo que debía ser superado.

Gadamer propone una concepción más compleja.

La tradición no es simplemente una cadena que nos encadena.

También es aquello que nos ha permitido llegar hasta donde estamos.

Nosotros no comenzamos la historia.

Nacemos dentro de ella.

Recibimos:

lenguaje,

conceptos,

instituciones,

símbolos,

textos,

costumbres,

preguntas.

Nuestra libertad no consiste en carecer de tradición.

Consiste también en poder relacionarnos críticamente con ella.


XVI. Wirkungsgeschichte: historia efectual

Éste es uno de los conceptos fundamentales de Gadamer.

Wirkungsgeschichte.

Podemos traducirlo como:

«historia efectual»

o

«historia de los efectos».

Significa que nosotros no solamente interpretamos la historia.

La historia también actúa sobre nosotros.

Pensemos en Platón.

No leemos a Platón desde el siglo IV a.C.

Lo leemos desde nuestra situación histórica.

Platón ha sido interpretado por:

Aristóteles,

Plotino,

Agustín,

Tomás,

el Renacimiento,

el idealismo alemán,

Nietzsche,

Heidegger,

la filosofía contemporánea.

Cuando nosotros leemos «La República», llegamos a Platón después de veinticinco siglos de interpretaciones.

No podemos borrar esos efectos.

Nuestra lectura está históricamente mediada.

Eso es Wirkungsgeschichte.


XVII. Conciencia de la historia efectual

Gadamer habla también de:

Wirkungsgeschichtliches Bewusstsein.

«Conciencia de la historia efectual».

No significa que podamos conocer absolutamente todos los condicionamientos históricos que nos afectan.

Significa que debemos ser conscientes de que nuestra comprensión está históricamente situada.

Éste es un punto extraordinariamente profundo.

El intérprete no es un espectador exterior a la historia.

Es parte de ella.

Y por eso:

«comprender es siempre comprender desde una situación histórica».


XVIII. Horizontes

Llegamos a otro concepto esencial:

Horizont.

Horizonte.

Un horizonte es el campo de visión que delimita lo que podemos ver desde una determinada posición.

Mi horizonte no es el tuyo.

El horizonte de un griego del siglo V a.C. no es el horizonte de un europeo del siglo XXI.

El horizonte de un medieval no es el horizonte de un científico contemporáneo.

Pero aquí aparece una cuestión fascinante:

¿Podemos ampliar nuestro horizonte?

Sí.

La comprensión puede ampliar nuestra capacidad de ver.

Y aquí llegamos a uno de los conceptos más conocidos de Gadamer:

Horizontverschmelzung.

«Fusión de horizontes».

Esta expresión ha sido frecuentemente malinterpretada.

No significa que mi horizonte desaparezca y sea absorbido por el horizonte del otro.

Tampoco significa que dos horizontes se mezclen hasta producir una especie de promedio.

Significa que el encuentro con el otro puede transformar el horizonte desde el cual comprendemos.

Imaginemos que leo a Aristóteles.

Tengo mis categorías contemporáneas.

Aristóteles tiene las suyas.

No puedo convertirme mágicamente en un griego del siglo IV a.C.

Pero puedo permitir que su pensamiento transforme mi horizonte.

Después de leerlo, quizá comprendo de otra manera:

naturaleza,

sustancia,

causa,

virtud,

felicidad,

alma.

Mi horizonte se ha ampliado.

Eso es comprensión hermenéutica.


XX. La hermenéutica como diálogo

Aquí Gadamer recupera una estructura profundamente socrática.

Comprender se parece a conversar.

Cuando conversamos realmente, no sabemos de antemano todo lo que vamos a decir.

La conversación tiene cierta autonomía.

Una pregunta genera otra.

Una respuesta modifica la pregunta.

El interlocutor nos obliga a replantearnos.

Por eso Gadamer utiliza frecuentemente el modelo del diálogo.

No se trata de imponer un significado.

Se trata de entrar en un proceso en el que el sentido emerge entre interlocutores.


XXI. La pregunta es más importante de lo que parece

Gadamer insiste extraordinariamente en la estructura de la pregunta.

Una pregunta auténtica abre un espacio.

Pero una pregunta falsa ya contiene la respuesta.

Por ejemplo:

«¿Por qué es evidente que esta teoría es falsa?»

No estoy preguntando realmente.

Estoy afirmando algo disfrazado de pregunta.

Una buena pregunta abre.

Una mala pregunta cierra.

Por eso la hermenéutica gadameriana es profundamente socrática.

Comprender no consiste en acumular respuestas.

Consiste también en aprender a preguntar.


XXII. «El ser que puede ser comprendido es lenguaje»

Una de las frases más famosas de Gadamer aparece en «Verdad y método»:

«Sein, das verstanden werden kann, ist Sprache».

«El ser que puede ser comprendido es lenguaje».

Gadamer no está diciendo simplemente:

«Todo es lenguaje».

La afirmación es mucho más sofisticada.

Nuestro acceso al mundo humano está mediado lingüísticamente.

El lenguaje no es simplemente una herramienta que utilizamos desde fuera.

Habitamos el lenguaje.

Nombramos.

Interpretamos.

Preguntamos.

Recordamos.

Transmitimos.

Comprendemos.

La realidad humana se nos presenta dentro de horizontes lingüísticos.

Por eso la hermenéutica es inseparable del lenguaje.


XXIII. «El lenguaje es la casa del ser»: cuidado con la cita

Aquí debemos hacer una precisión filológica importante.

La frase:

«El lenguaje es la casa del ser»

pertenece a Martin Heidegger, concretamente a «Carta sobre el humanismo» (1947), no a Gadamer.

Gadamer está profundamente influido por esta concepción heideggeriana, pero no debemos atribuirle la frase.

Y ésta es precisamente una buena demostración de por qué necesitamos hermenéutica:

comprender una frase exige conocer:

autor,

contexto,

fecha,

obra,

tradición interpretativa.

La cita aislada puede engañar.


XXIV. Lenguaje y diálogo

Para Gadamer el lenguaje tiene una estructura esencialmente dialógica.

No hablamos simplemente para transmitir información.

Hablamos para comprender.

Preguntar.

Responder.

Corregir.

Escuchar.

Interpretar.

Por eso la conversación constituye una metáfora privilegiada de la hermenéutica.

Una conversación auténtica exige que el interlocutor sea capaz de decir algo que yo no había previsto.

Si solamente quiero confirmar lo que ya pienso, no estoy conversando.

Estoy utilizando al otro.


XXV. El problema del otro

Aquí Gadamer toca un problema que puede conectarse con Emmanuel Levinas, aunque ambos desarrollan filosofías diferentes.

¿Cómo puedo comprender al otro sin reducirlo a mis propias categorías?

La hermenéutica corre siempre el peligro de convertir al otro en una versión de mí mismo.

Gadamer intenta evitarlo mediante la apertura.

Comprender al otro implica reconocer que puede tener razón.

Esta frase es mucho más radical de lo que parece:

«El otro puede tener razón».

La comprensión comienza cuando aceptamos esa posibilidad.


XXVI. Aplicación a la teología

Y aquí, creo que está uno de los puntos donde Gadamer puede resultar particularmente fecundo en orden a la teología:

La teología trabaja constantemente con textos y tradiciones:

Biblia,

Padres de la Iglesia,

Concilios,

Magisterio,

liturgia,

símbolos,

dogmas,

tradición viva.

Pero una hermenéutica teológica no puede limitarse a preguntar:

«¿Qué significaba este texto originalmente?»

Debe preguntar también:

«¿Cómo ha sido comprendido dentro de la tradición?»

«¿Qué significa hoy?»

«¿Qué ocurre cuando el horizonte contemporáneo encuentra el horizonte bíblico?»

Aquí Gadamer puede dialogar muy fecundamente con la hermenéutica teológica contemporánea.

Pero hay que distinguir.

Gadamer no es un teólogo.

Su hermenéutica filosófica no puede convertirse sin más en una metodología de interpretación dogmática.

Puede proporcionar una estructura filosófica para pensar la comprensión.

La teología deberá realizar después su propio trabajo normativo y doctrinal.


XXVII. Gadamer y la Biblia

Imaginemos el texto:

«Ama a tu enemigo».

Mateo 5,44.

Podemos hacer una exégesis histórica:

contexto judío,

contexto romano,

semántica griega,

tradiciones sinópticas.

Podemos estudiar la intención literaria de Mateo.

Pero cuando un lector contemporáneo encuentra el texto, ocurre algo más.

El texto le pregunta.


¿Qué significa amar al enemigo?

¿Es posible?

¿Significa perdonar?

¿Significa renunciar a la violencia?

¿Significa amar la persona pero rechazar su acción?

¿Tiene implicaciones políticas?

¿Tiene implicaciones psicológicas?

La comprensión no termina cuando reconstruimos el pasado.

El texto entra en diálogo con nuestro presente.

Eso es profundamente gadameriano.


XXVIII. Comprensión, aplicación y actualidad

Gadamer rechaza la separación rígida entre:

comprender,

interpretar,

aplicar.

En «Verdad y método», la aplicación —Anwendung— no es simplemente un paso posterior.

Comprender algo implica comprender su significado para una situación concreta.

Esto tiene una enorme importancia para la hermenéutica jurídica y teológica.

Un juez no interpreta una ley solamente para conocer qué significaba en abstracto.

Debe determinar cómo se aplica.

Un creyente no interpreta un texto bíblico únicamente para reconstruir su contexto.

Pregunta también qué significa para su existencia.

Comprensión y aplicación están internamente relacionadas.


XXIX. Arte y verdad

Otra gran aportación de Gadamer es recuperar el arte como experiencia de verdad.

En la estética moderna existe una tendencia a separar:

verdad científica

de

experiencia estética.

Gadamer cuestiona esta separación.

Una obra de arte puede revelar algo sobre nuestra existencia.

No porque sea una proposición científica.

Sino porque acontece en nosotros como experiencia de comprensión.

Por eso comienza «Verdad y método» con una reflexión sobre el arte.

El arte no es simplemente un objeto que observamos.

La obra nos interpela.

Entramos en ella.

La obra transforma nuestro horizonte.


XXX. Juego: Spiel

Gadamer utiliza un concepto extraordinariamente bello:

Spiel.

Juego.

Cuando contemplamos una obra de arte, no somos simplemente sujetos que contemplan un objeto.

Existe un «juego» en el que participamos.

La obra acontece.

La experiencia estética nos incorpora.

Por eso Gadamer puede hablar del juego como una estructura de la experiencia artística.

No es simplemente:

«yo observo la obra».

Hay una experiencia en la que la obra también parece «dirigirse» hacia nosotros.


XXXI. El concepto de pertenencia

Aquí aparece una palabra fundamental:

Zugehörigkeit.

Pertenencia.

Para comprender algo necesitamos pertenecer, de alguna manera, al horizonte desde el cual ese algo puede hablar.

Esto parece paradójico.

¿Cómo puedo comprender una cultura completamente distinta?

No puedo hacerlo desde ninguna posición absolutamente exterior.

Necesito encontrar puntos de contacto.

Lenguaje.

Tradiciones.

Preguntas.

Experiencias.

Analogías.

Pero también necesito conservar la alteridad del otro.

Por eso la comprensión es simultáneamente:

pertenencia

y

distancia.


XXXII. Gadamer contra el historicismo

Aquí llegamos a un punto especialmente importante.

El historicismo había descubierto algo fundamental:

todo pensamiento está históricamente situado.

Pero llevado al extremo, el historicismo puede producir un problema:

si todo pertenece a su época, ¿cómo podemos comprender algo fuera de nuestra época?

Gadamer responde:

No necesitamos salir completamente de nuestra historia.

Necesitamos entrar en diálogo con ella.

No existe una posición absolutamente neutral desde la cual contemplar todas las épocas.

Somos seres históricos.

Y precisamente por eso podemos comprender históricamente.


XXXIII. El concepto de conciencia histórica

La modernidad tiene una conciencia histórica muy desarrollada.

Sabemos que las ideas cambian.

Sabemos que las instituciones cambian.

Sabemos que los conceptos tienen historia.

Pero Gadamer lleva esto más lejos:

no solamente los objetos tienen historia.

Nosotros también.

Yo interpreto desde una tradición.

Y esa tradición está operando en mí incluso cuando no soy consciente de ella.

Por eso la conciencia histórica no consiste únicamente en conocer fechas.

Consiste en reconocer nuestra propia historicidad.


XXXIV. Gadamer y Heidegger: continuidad y ruptura

Ahora podemos responder con mayor precisión a nuestra pregunta:

¿Por qué Gadamer después de Heidegger?

Porque Gadamer recibe de Heidegger:

la comprensión como estructura existencial,

el ser-en-el-mundo,

la historicidad,

la precomprensión,

el círculo hermenéutico,

la crítica al sujeto cartesiano,

la prioridad del lenguaje.

Pero Gadamer desplaza el centro de gravedad hacia:

la tradición,

el diálogo,

la historia efectual,

la fusión de horizontes,

la experiencia del arte,

la filosofía práctica,

la conversación.

Podemos expresarlo así:

Dilthey pregunta:

«¿Cómo fundamentamos las ciencias del espíritu?»

Heidegger pregunta:

«¿Qué significa existir comprendiendo?»

Gadamer pregunta:

«¿Cómo acontece la comprensión dentro de nuestra historicidad y nuestro lenguaje?»

Ésta es la genealogía.


XXXV. Dilthey → Heidegger → Gadamer

Podemos construir ahora un mapa conceptual:

SCHLEIERMACHER

Hermenéutica general

↓

Comprender el discurso

↓

Círculo hermenéutico


DILTHEY

Vida

↓

Erlebnis

↓

Expresión

↓

Comprensión

↓

Ciencias del espíritu


HEIDEGGER

Comprensión

↓

Dasein

↓

Ser-en-el-mundo

↓

Precomprensión

↓

Historicidad

↓

Hermenéutica ontológica


GADAMER

Historicidad

↓

Tradición

↓

Historia efectual

↓

Horizonte

↓

Fusión de horizontes

↓

Lenguaje

↓

Diálogo

↓

Comprensión


Y finalmente:


«Verdad».


XXXVI. Entonces, ¿por qué Gadamer?

Ahora podemos contestar la pregunta que da título a nuestra disertación.

¿Por qué Gadamer?

Porque nos obliga a abandonar una ilusión:

la ilusión de que podemos comprender desde ninguna parte.

No existe un intérprete absolutamente neutro.

No existe una mirada completamente exterior a la historia.

No existe una lectura sin presupuestos.

No existe una comprensión que no esté mediada por el lenguaje.

Pero esto no conduce al relativismo.

Y aquí está una de las mayores riquezas de Gadamer.

El hecho de que estemos situados históricamente no significa que estemos encerrados en nuestra subjetividad.

Precisamente porque podemos dialogar con aquello que es diferente podemos ampliar nuestro horizonte.


XXXVII. La hermenéutica no dice «todo depende del intérprete»

Éste es uno de los malentendidos más frecuentes.

Gadamer no sostiene:

«El texto significa lo que yo quiera».

Eso destruiría la hermenéutica.

Si yo leo a Aristóteles y digo:

«Aristóteles afirma que la materia es una sustancia absolutamente independiente de la forma»,

mi interpretación puede ser simplemente errónea.

El texto tiene resistencia.

La tradición tiene resistencia.

El otro tiene resistencia.

La realidad tiene resistencia.

El diálogo auténtico exige dejar que aquello que interpretamos pueda contradecirnos.

Por eso la hermenéutica no es subjetivismo.

Es apertura al sentido.


XXXVIII. Comprender es dejarse decir algo

Podríamos formular la hermenéutica gadameriana con una frase sencilla:

«Comprender significa estar dispuesto a que aquello que queremos comprender tenga algo que decirnos».

Esta actitud exige humildad intelectual.

El intérprete no domina completamente el objeto.

En cierto sentido, se encuentra expuesto ante él.

El texto puede sorprender.

La tradición puede corregir.

El otro puede cuestionar.

La historia puede desmontar nuestras categorías.

Y entonces la comprensión se convierte en una experiencia transformadora.


XXXIX. La actualidad de Gadamer

¿Por qué Gadamer sigue siendo importante?

Porque vivimos en una época de interpretaciones instantáneas.

Redes sociales.

Algoritmos.

Fragmentos.

Titulares.

Memes.

Descontextualización.

Polarización.

Información acelerada.

La hermenéutica gadameriana nos recuerda algo que nuestra época olvida:

«Comprender requiere tiempo».

Necesitamos contexto.

Necesitamos lenguaje.

Necesitamos historia.

Necesitamos escuchar.

Necesitamos formular preguntas.

Necesitamos aceptar que quizá no hemos comprendido todavía.

En este sentido, Gadamer es sorprendentemente contemporáneo.


XL. Gadamer y la inteligencia artificial

Y aquí podemos llevar la hermenéutica un paso más allá.

Una inteligencia artificial puede procesar cantidades enormes de lenguaje.

Puede establecer relaciones.

Puede resumir.

Comparar.

Traducir.

Detectar patrones.

Pero la cuestión filosófica gadameriana permanece:

¿comprender consiste solamente en procesar información?

Para Gadamer, probablemente no.

Comprender implica pertenencia histórica, lenguaje, tradición, diálogo y transformación del horizonte.

Por eso podemos distinguir:

procesamiento de información

de

comprensión hermenéutica.

La cuestión no es simplemente:

«¿Puede una máquina interpretar?»

La pregunta más profunda sería:

«¿Qué significa comprender cuando quien interpreta está situado históricamente en un mundo de sentido?»

Ésta es una cuestión abierta y filosóficamente apasionante.


XLI. Una última conexión con Zubiri

Y aquí, podemos hacer un puente interesante con Xavier Zubiri.

No debemos identificar a Zubiri con Gadamer.

Son proyectos filosóficos diferentes.

Pero existe una posibilidad de diálogo.

Gadamer insiste en que la comprensión está lingüística e históricamente mediada.

Zubiri insiste en que la inteligencia humana está radicalmente vinculada a la realidad: inteligencia sentiente.

Podríamos plantear entonces una pregunta:

¿La hermenéutica interpreta solamente significados o interpreta una realidad que previamente nos afecta?

Zubiri permitiría insistir en la anterioridad de la realidad sentida.

Gadamer permitiría insistir en la mediación histórica y lingüística mediante la cual comprendemos esa realidad.

Podríamos formular provisionalmente:

Zubiri nos recuerda que no vivimos solamente entre textos.

Gadamer nos recuerda que incluso cuando hablamos de la realidad lo hacemos desde un horizonte lingüístico e histórico.

No son idénticos.

Pero pueden dialogar.


XLII. Gadamer y la teología: una advertencia

Para un teólogo existe aquí un peligro.

Utilizar Gadamer para afirmar:

«Como toda interpretación es histórica, entonces cualquier interpretación de la Escritura es válida».

Eso no es Gadamer.

La hermenéutica filosófica no elimina la cuestión de la verdad.

Al contrario.

La hace más exigente.

En teología habrá que mantener la relación entre:

texto,

tradición,

comunidad,

historia,

lenguaje,

Magisterio,

liturgia,

dogma,

y experiencia creyente.

Una hermenéutica teológica no puede convertirse en arbitrariedad interpretativa.

La apertura hermenéutica debe convivir con criterios de fidelidad.


XLIII. La gran lección

Podemos resumir todo el recorrido en una secuencia:

Schleiermacher nos enseñó a pensar la hermenéutica como comprensión general.

Dilthey la vinculó con la comprensión de la vida histórica.

Heidegger descubrió que la comprensión no es solamente un método, sino una estructura del existir.

Gadamer mostró que esa existencia comprensiva está siempre situada en:

una tradición,

un lenguaje,

una historia,

un horizonte,

y una conversación.

Por eso la hermenéutica deja de ser una técnica.

Se convierte en filosofía.


XLIV. Conclusión: comprender es exponerse

Quisiera terminar esta disertación con una idea que considero especialmente adecuada para un curso sobre Gadamer.

La comprensión no consiste en conquistar el significado.

Consiste en entrar en relación con él.

No comprendemos realmente cuando conseguimos que el texto diga exactamente aquello que nosotros queríamos que dijera.

Comprendemos cuando el texto consigue decirnos algo que todavía no habíamos pensado.

Por eso la hermenéutica es una disciplina de humildad.

El intérprete auténtico no dice:

«Ya sé lo que esto significa».

Pregunta:

«¿Qué me está diciendo esto que todavía no había comprendido?»

Y ahí Gadamer se encuentra, sorprendentemente, con Sócrates.

Porque el verdadero conocimiento comienza cuando descubrimos que nuestra comprensión era insuficiente.

La hermenéutica gadameriana podría resumirse entonces en una sola fórmula:

«Comprender no es dominar un significado; es participar en el acontecimiento mediante el cual el significado llega a nosotros».

Y por eso Gadamer.

No porque haya dado simplemente «un método para interpretar».

Sino porque nos mostró que antes de interpretar textos, interpretamos el mundo; antes de comprender textos, ya estamos comprendiendo; antes de preguntar qué significa algo, ya estamos situados dentro de una historia que nos ha enseñado a preguntar.

La hermenéutica no empieza con el libro.

Empieza con nuestra existencia.

jueves, 24 de septiembre de 2026

Magia y religión. ¿Cuándo surge la hechicería?

 


1. La pregunta aparentemente sencilla


Preguntar «¿cuándo surge la hechicería?» parece sencillo.


Podríamos responder:

«Desde la Prehistoria».


Pero esa respuesta, aunque intuitiva, es históricamente demasiado rápida.


¿Por qué?


Porque encontramos en la Prehistoria enterramientos, objetos rituales, pigmentos, representaciones animales, figuras humanas, modificaciones corporales, espacios ceremoniales y otras evidencias que permiten hablar de comportamiento simbólico y posiblemente ritual.

Pero no podemos demostrar, a partir de esas evidencias, que aquellos individuos practicaran lo que nosotros denominamos «hechicería».


Éste será uno de los principios metodológicos de nuestro tema:


«Una cosa es encontrar una práctica ritual y otra demostrar la categoría religiosa o mágica que nosotros le atribuimos».


La Venus de Willendorf, por ejemplo, puede haber tenido una función ritual, simbólica o social. Pero afirmar que era un «objeto mágico de fertilidad» es una interpretación, no un hecho arqueológico demostrado.

Lo mismo ocurre con las pinturas rupestres.

Durante mucho tiempo se habló de «magia simpática»: representar un animal para favorecer su captura.

La interpretación clásica fue formulada de manera influyente por James George Frazer y posteriormente aplicada al arte paleolítico por autores como Henri Breuil.

Pero hoy debemos ser mucho más prudentes.

No sabemos exactamente qué significaba para una comunidad paleolítica representar un bisonte.

Puede haber tenido funciones rituales, narrativas, sociales, cosmológicas, iniciáticas o múltiples funciones simultáneamente.

Aquí comienza nuestra historia.


No sabemos exactamente cuándo nació la magia.

Pero sí podemos observar cuándo aparecen sociedades capaces de dejar testimonios documentales de prácticas que nosotros podemos identificar razonablemente como mágicas.

Y ahí ocurre algo extraordinario:

La escritura aparece y, con ella, aparece también la posibilidad de documentar con mayor precisión la magia.


2. Antes de la magia está el problema de la definición


¿Qué es magia?

Ésta es probablemente una de las preguntas más difíciles de todo este contenido.

Durante mucho tiempo se intentó definirla mediante una oposición:


religión = oración


magia = manipulación.


La religión pediría.

La magia obligaría.

La religión confiaría en la divinidad.

La magia intentaría controlar fuerzas sobrenaturales.

Esta distinción aparece de diferentes maneras en autores clásicos de la antropología.

James George Frazer, en «The Golden Bough» (1890), distinguió entre magia y religión de una manera célebre.

Para Frazer, la magia intentaría operar mediante leyes supuestamente impersonales de semejanza y contacto, mientras que la religión implicaría la propiciación o conciliación de poderes personales superiores.

La famosa estructura frazeriana puede resumirse así:

«La magia intenta controlar; la religión intenta propiciar».

El problema es que la realidad histórica es mucho más compleja.

Un sacerdote egipcio podía realizar una oración y, simultáneamente, ejecutar un procedimiento ritual.

Un sacerdote mesopotámico podía invocar a una divinidad y emplear fórmulas rituales.

Un cristiano puede rezar por un enfermo, utilizar agua bendita, realizar una imposición de manos y pedir la intervención de Dios.


¿Dónde termina la religión y comienza la magia?

No existe una frontera universalmente aceptada.

Y aquí aparece Bronisław Malinowski.

En «Magic, Science and Religion» (1925), Malinowski observó que magia, religión y conocimiento práctico cumplen funciones diferentes, pero pueden coexistir dentro de una misma sociedad.

Su famosa investigación entre los trobriandeses mostró que el conocimiento técnico no desaparece cuando aparece el ritual.

El pescador conoce las condiciones de navegación.

Pero cuando entra en situaciones de peligro o incertidumbre, aparecen también prácticas rituales.

Esto nos conduce a una intuición fundamental:

«La magia no necesariamente aparece porque el ser humano sea ignorante; puede aparecer precisamente allí donde el conocimiento técnico no garantiza el resultado».


3. Magia como respuesta a la incertidumbre

Éste es uno de los grandes puntos que debemos conservar.

El ser humano desea controlar acontecimientos que no controla.

La enfermedad.

La fertilidad.

La muerte.

La guerra.

El clima.

La cosecha.

El amor.

La sexualidad.

La protección de los hijos.

El enemigo.

La fortuna.

La desgracia.

El futuro.

Cuando la causalidad observable no proporciona seguridad suficiente, aparecen sistemas simbólicos destinados a intervenir en la realidad.


Pero cuidado:

Esto no significa que debamos reducir la magia a «superstición».

Una reducción semejante sería históricamente pobre.

La magia puede cumplir funciones psicológicas, sociales, jurídicas, económicas y religiosas.

Malinowski observó precisamente que el ritual podía proporcionar seguridad emocional en contextos de incertidumbre.

(Bronisław Malinowski, «Magic, Science and Religion», 1925).


4. El problema de Frazer: ¿evolución de magia a religión y ciencia?

Frazer propuso una famosa secuencia evolutiva:


MAGIA → RELIGIÓN → CIENCIA.


Según su esquema, la humanidad habría atravesado diferentes estadios de comprensión del mundo.

Primero intentaría controlar la naturaleza mediante la magia.

Después reconocería la existencia de seres sobrenaturales y recurriría a la religión.

Finalmente desarrollaría la explicación científica.

Históricamente, esta teoría tuvo enorme influencia.

Pero hoy no podemos aceptarla como una descripción universal de la evolución humana.


¿Por qué?


Porque magia, religión y ciencia pueden coexistir.

Incluso en sociedades científicamente avanzadas encontramos prácticas mágicas, supersticiones, astrología, esoterismo y rituales.

Y, al mismo tiempo, una persona puede utilizar simultáneamente medicina científica y oración religiosa.

Por tanto:

«La historia humana no demuestra una sustitución lineal de magia por religión y religión por ciencia».

Frazer fue fundamental para la historia comparada de las religiones, pero su modelo evolucionista debe ser utilizado críticamente.


5. Marcel Mauss y una definición mucho más sofisticada

Marcel Mauss, sobrino de Émile Durkheim y uno de los grandes fundadores de la antropología francesa, publicó junto con Henri Hubert «Esquisse d'une théorie générale de la magie» (1902-1903).

Aquí encontramos una contribución fundamental.

Mauss comprendió que no podemos definir la magia simplemente por sus objetos.

La magia implica:

el mago,

el rito,

la representación,

la comunidad,

la tradición,

los tiempos y lugares,

los objetos,

las palabras,

y las relaciones sociales que legitiman al especialista.

La magia es también una institución social.

Esto es importantísimo para nuestro curso.

Porque la hechicera no es solamente una persona que «hace cosas extrañas».

Es una persona a la que una sociedad atribuye —o niega— una determinada capacidad.

Y esto nos conduce directamente al futuro concepto de bruja.


6. La magia no es todavía hechicería

Aquí debemos introducir una distinción fundamental.

«Magia» es una categoría amplia.

«Hechicería» es una categoría mucho más específica.

Y «brujería» tiene además una historia cultural particular.

Podemos utilizar provisionalmente esta diferenciación:

Magia: conjunto amplio de prácticas rituales destinadas a producir determinados efectos mediante procedimientos simbólicos, palabras, objetos, sustancias, invocaciones o relaciones con poderes sobrenaturales.

Hechicería: prácticas mágicas atribuidas a un individuo especializado, normalmente orientadas a producir un efecto concreto.

Brujería: categoría histórica y cultural que, especialmente en Europa, terminó asociándose con determinadas formas de magia maléfica y, posteriormente, con la relación de la persona acusada con el demonio.

Satanismo: fenómeno muchísimo más tardío y conceptualmente distinto, que presupone una construcción histórica previa de Satanás como figura teológica y posteriormente como símbolo de oposición, inversión o culto.


Esto significa que:

«No toda magia es hechicería».


«No toda hechicería es brujería».


«No toda brujería implica satanismo».


Y esto último será fundamental.


7. Mesopotamia: cuando la magia entra en la historia escrita

Si queremos buscar testimonios documentales de prácticas mágicas, Mesopotamia ocupa un lugar extraordinario.

En las civilizaciones sumeria, acadia, babilónica y asiria encontramos textos rituales, encantamientos, exorcismos, prescripciones y procedimientos destinados a combatir enfermedades, demonios, maleficios y diversas formas de contaminación ritual.

Aquí aparece una figura fascinante:

el āšipu.

Podemos traducirlo aproximadamente como especialista ritual o exorcista.

Su actividad no corresponde exactamente a nuestra idea moderna de «mago».

El āšipu podía intervenir frente a enfermedades, posesión, contaminación ritual o ataques atribuidos a entidades sobrenaturales.

Y esto nos muestra algo fundamental:

«En el antiguo Oriente Próximo, lo que nosotros llamaríamos magia podía formar parte del sistema religioso legítimo».

No necesariamente existía la oposición:

religión = bueno

magia = malo.

Un especialista ritual podía formar parte de la estructura religiosa y política.

El mundo mesopotámico conocía además una distinción entre prácticas protectoras y prácticas dañinas.

El problema no era necesariamente «¿hay magia?».

El problema podía ser:

«¿Quién está realizando el ritual y con qué finalidad?»

Aquí comienza a aparecer una distinción que será decisiva en la historia posterior:

magia lícita / magia ilícita;

magia protectora / magia maléfica;

ritual autorizado / ritual prohibido.


8. Egipto: heka

Egipto nos ofrece otro caso extraordinario.

Existe una palabra egipcia fundamental:

heka.

Normalmente traducida como «magia», aunque la traducción resulta imperfecta.

Pero heka no era simplemente una actividad marginal.

Formaba parte de la cosmología egipcia.

La magia podía ser considerada una fuerza presente en el orden del cosmos.

Los rituales, fórmulas, amuletos, nombres y palabras tenían una enorme importancia.

Y aparece aquí algo que será decisivo en toda la historia de la magia:

«La palabra puede ser considerada una acción».

Nombrar no es simplemente describir.

Pronunciar correctamente puede significar actuar.

Esto aparece repetidamente en las culturas antiguas.

La palabra adquiere eficacia.

El nombre posee poder.

La fórmula ritual produce una transformación.

Esta concepción nos permitirá comprender posteriormente los encantamientos, conjuros, invocaciones y fórmulas mágicas.


9. Grecia: pharmakon, goēteia y magia

En el mundo griego la situación se vuelve todavía más interesante.

La palabra «magia» procede del griego mageia, vinculada originalmente a los magos —los magoi— asociados históricamente con los sacerdotes persas.

Pero el mundo griego desarrolló muchas categorías diferentes para prácticas que nosotros podemos incluir bajo el término magia.

Aparecen conceptos como:

goēteia,

pharmakeia,

epōdē,

katadesmoi.

Aquí encontramos:

encantamientos,

pócimas,

amuletos,

maldiciones,

tablillas de defixión,

prácticas adivinatorias,

invocaciones.

Las tablillas de maldición —defixiones— son particularmente importantes.

Una persona podía escribir el nombre de alguien sobre una tablilla, realizar un ritual y pedir a determinadas potencias que perjudicaran al destinatario.

Esto se aproxima mucho más a aquello que posteriormente llamaremos hechicería.

Y aparece una cuestión fascinante:

«La misma sociedad que posee religión oficial también produce magia privada».

No son dos mundos completamente separados.


10. La hechicera en la literatura griega

Aquí aparece una figura que todos reconocemos:

Circe.

En la «Odisea» de Homero, Circe es una mujer dotada de conocimientos extraordinarios, asociada a pócimas, transformación y poderes rituales.

También aparece Medea.

Medea representa una figura mucho más próxima al imaginario occidental posterior de la hechicera:

conocimiento de hierbas,

pócimas,

encantamientos,

relación con fuerzas divinas,

capacidad de producir daño.

Pero debemos tener cuidado.

Medea no es una «bruja medieval».

Es una construcción literaria griega.

Y esta diferencia es esencial.

La literatura crea modelos imaginarios que posteriormente influirán en la representación de la hechicera.


11. Roma: veneficium y maleficium

En Roma encontramos otro desarrollo importante.

Aparecen conceptos como:

veneficium,

maleficium,

strigae,

sagae,

veneficae.

Veneficium está relacionado con venenum, sustancia o poción, y puede referirse al uso de sustancias con finalidad dañina.

Maleficium significa literalmente una «mala acción» o acción dañina.

Con el tiempo, términos como estos adquirirán una importancia enorme en la construcción jurídica y religiosa de la brujería.

Pero todavía no estamos ante el concepto medieval de pacto satánico.


Ese elemento aparecerá mucho más tarde.


12. Y entonces aparece Israel

Aquí nuestra perspectiva teológica resulta especialmente importante.

La Biblia no ofrece una teoría sistemática de «la magia».

Ofrece, más bien, numerosas referencias a prácticas de adivinación, necromancia, hechicería, encantamiento y consulta de poderes sobrenaturales.

Por ejemplo:

«No practicaréis adivinación ni agüeros».

Levítico 19,26.


Y:


«No haya en medio de ti [...] quien practique adivinación, astrología, hechicería o magia, ningún encantador, ni consultor de espectros o adivinos, ni evocador de muertos».


Deuteronomio 18,10-11.

También encontramos:

«A la hechicera no la dejarás con vida».


Éxodo 22,17 en algunas numeraciones; 22,18 en la numeración hebrea y en muchas Biblias modernas.

Pero aquí necesitamos hacer una observación filológica.


El término hebreo es mekhashefah.

La traducción tradicional «hechicera» es razonable dentro de la tradición bíblica, pero las categorías hebreas de adivinación, magia, necromancia y hechicería no coinciden exactamente con nuestras categorías modernas.


Por eso, un curso universitario debe trabajar con el texto hebreo cuando sea necesario y no limitarse a las traducciones.


13. La bruja de Endor

Uno de los relatos bíblicos más importantes para nuestro curso aparece en 1 Samuel 28.


Saúl, desesperado, consulta a una mujer de Endor capaz de realizar una evocación.


Es una escena extraordinaria.


Saúl había prohibido a los médiums y adivinos.


Sin embargo, él mismo termina buscando a una mujer que realiza una práctica prohibida.


Y aquí aparece Samuel.


La pregunta teológica es extraordinariamente compleja:

¿La mujer realmente hace aparecer a Samuel?

¿Es una visión?

¿Es una intervención divina?

¿Es un fenómeno narrativo?

El texto no desarrolla una teoría sistemática de la necromancia.

Y las tradiciones posteriores interpretarán el episodio de diferentes maneras.

Pero desde el punto de vista histórico-literario, el relato es fundamental porque documenta la existencia de prácticas de consulta de los muertos dentro del universo cultural israelita.


14. Una cuestión decisiva: ¿por qué Israel prohíbe la magia?

Aquí entramos directamente en la teología.

La prohibición bíblica no significa simplemente:

«Dios compite contra otros dioses».

Hay algo más profundo.

Israel desarrolla progresivamente una concepción radical de la soberanía de YHWH.

El futuro no debe ser controlado mediante técnicas ocultas.

El conocimiento de lo que ocurrirá pertenece a Dios.

Por eso Deuteronomio 18 relaciona las prácticas adivinatorias con una forma de infidelidad religiosa.El problema teológico no es solamente el procedimiento.

Es la pretensión humana de acceder a un poder o conocimiento que pertenece a Dios.

Esta cuestión será decisiva posteriormente en la teología cristiana.


15. San Agustín: el gran giro cristiano

Llegamos a uno de los momentos fundamentales.

Agustín de Hipona.

En «De civitate Dei», especialmente en el libro X, Agustín analiza sacrificios, demonios, culto y prácticas que pretenden obtener beneficios sobrenaturales.

Agustín introduce una idea decisiva:

El problema de la magia no es solamente que sea falsa.

Puede existir detrás de ella una relación con poderes espirituales que no son Dios.

En la concepción agustiniana, los demonios desempeñan un papel fundamental en la explicación cristiana de determinadas prácticas paganas.

Y aquí comienza a construirse una conexión que será esencial siglos después:


MAGIA → DEMONIOS → PACTO → HEREJÍA → BRUJERÍA.


Pero atención:

Esta cadena no aparece completa desde el principio.

Se construye históricamente.

Éste será uno de los ejes centrales de nuestro curso.


16. El cristianismo no inventó la brujería

Esto es importante decirlo con absoluta claridad.

El cristianismo no inventó:

la magia,

la adivinación,

la necromancia,

los encantamientos,

las pociones,

los amuletos,

las maldiciones.

Todo eso existía mucho antes.

Lo que el cristianismo hará será reinterpretar determinadas prácticas dentro de una nueva estructura teológica.


Especialmente:

Dios.

ángeles.

demonios.

idolatría.

pecado.

superstición.

culto.

pacto.

Y eventualmente:

herejía.


17. La palabra «superstitio»

Para comprender la historia cristiana de la magia hay que estudiar también «superstitio».

En el mundo latino el término tenía una historia compleja.

Los cristianos terminaron utilizándolo para designar prácticas religiosas consideradas ilegítimas.

Agustín desempeñará un papel fundamental.

En «De doctrina christiana», II, 20-24, analiza signos, superstición y prácticas adivinatorias.

Aquí aparece un principio teológico importante:

No todo signo es un signo cristianamente legítimo.

Una práctica puede parecer religiosa y, sin embargo, ser considerada supersticiosa porque atribuye eficacia a procedimientos que no proceden de Dios.

Esto prepara el terreno para la posterior clasificación de determinadas prácticas mágicas como superstición.


18. Entonces, ¿cuándo nace realmente la hechicería?

Ahora podemos responder con mayor precisión.

No podemos señalar:

«Año X: nació la hechicería».

No existe tal fecha.

Podemos hablar de diferentes estratos históricos.

Primero tenemos comportamientos rituales prehistóricos, cuya interpretación es necesariamente hipotética.

Después encontramos prácticas mágicas documentadas con claridad en las primeras civilizaciones escritas, especialmente Mesopotamia y Egipto.

Posteriormente encontramos formas claramente reconocibles de hechicería en Grecia y Roma: maldiciones, filtros, invocaciones, amuletos y prácticas privadas.

Después aparece la reinterpretación judeocristiana de estas prácticas.

Durante la Antigüedad tardía y la Edad Media se produce progresivamente una demonización teológica de determinadas formas de magia.

Y mucho más tarde, en Europa medieval y moderna, determinadas acusaciones de hechicería se integrarán en el concepto de brujería diabólica.

Y solamente después podremos hablar propiamente de la construcción histórica del «satanismo».


19. La gran transformación: de la magia al pacto demoníaco

Aquí tenemos uno de los temas más fascinantes de nuestro curso.

En muchas culturas antiguas el especialista mágico no necesitaba establecer un «pacto con Satanás».

Podía invocar:

dioses,

espíritus,

demonios,

antepasados,

fuerzas cósmicas,

héroes,

genios,

entidades intermediarias.

La idea cristiana del pacto demoníaco es diferente.


Aquí aparece una relación jurídica y teológica:

yo entrego algo;

el demonio concede algo.

Y esto se aproxima a una especie de contrato.

El desarrollo de esta idea será fundamental para la posterior conceptualización de la brujería diabólica.

Pero no debemos proyectarla retrospectivamente sobre Mesopotamia, Egipto o Grecia.


20. El concepto de demonio cambia

También tenemos que detenernos aquí.

En Grecia, daimōn no significa necesariamente «demonio maligno».

Puede significar una entidad espiritual, un poder divino o intermediario.

El cristianismo transforma radicalmente el campo semántico.

Los demonios pasan a identificarse con espíritus malignos enemigos de Dios.

Esto es crucial.

La historia del satanismo requiere primero una historia del demonio.

Y la historia del demonio requiere una historia de la demonología.

Satanás no aparece originalmente en la Biblia como el «príncipe absoluto del mal» tal como será representado posteriormente en determinados imaginarios cristianos y culturales.

La figura experimenta una evolución.

En Job, por ejemplo, «el satán» funciona como acusador dentro de la corte divina:

«Yahvé dijo al Satán: “¿De dónde vienes?”».

Job 1,7.


El desarrollo posterior de la tradición bíblica y cristiana transformará progresivamente esta figura.

En el Nuevo Testamento encontramos ya una identificación mucho más fuerte entre Satanás, el diablo y el adversario de Dios.

Pero incluso aquí debemos distinguir textos, épocas y géneros literarios.


21. El nacimiento de una categoría: la brujería diabólica


Aquí entramos ya en la Edad Media.

Durante siglos, la Iglesia condenó prácticas mágicas, adivinación y superstición.

Pero eso no significa que durante siglos existiera la imagen de la «bruja satánica» tal como aparecerá posteriormente.

La construcción de esa imagen será progresiva.

Uno de los documentos fundamentales para comprender esta historia es el llamado «Canon Episcopi», conservado en colecciones canónicas medievales.

El texto describe mujeres que creen viajar de noche con la diosa Diana.

Lo extraordinario es que inicialmente la interpretación eclesiástica puede ser que tales viajes no ocurren realmente: se trataría de una ilusión demoníaca.

Esto es importantísimo.

En determinados momentos medievales, la Iglesia no está afirmando:

«Estas mujeres vuelan realmente y participan en aquelarres».

Puede estar afirmando:

«Creen que lo hacen, pero están engañadas por el demonio».

Esta diferencia es fundamental.

La teoría del aquelarre satánico colectivo se desarrollará mucho más tarde y de manera compleja.


22. El siglo XV: cambio de paradigma

Aquí entramos en uno de los capítulos más oscuros de la historia europea.

Durante los siglos XIV y XV se produce una transformación progresiva.

La figura de la bruja comienza a integrarse dentro de un modelo mucho más amplio:

la bruja no solamente realiza magia;

reniega de Dios;

hace pacto con el demonio;

participa en reuniones;

realiza maleficios;

profana elementos cristianos;

y actúa como enemiga de la comunidad cristiana.

Esta construcción se consolidará en tratados demonológicos y jurídicos.

Uno de los textos más conocidos será:

Heinrich Kramer, «Malleus Maleficarum» (1486/1487).

Pero hay que ser extremadamente rigurosos:

El «Malleus» no es la explicación de toda la historia de la brujería europea.

Es una obra concreta, polémica y demonológica que refleja y contribuye a un determinado momento histórico.

No debemos utilizarla como si describiera una realidad universal.


23. Y aquí aparece una cuestión profundamente teológica

¿Por qué el cristianismo termina considerando la magia un problema demonológico?

La respuesta está relacionada con una cuestión fundamental:

¿Puede una criatura controlar mediante una técnica una realidad espiritual?

La teología cristiana responderá negativamente respecto de Dios.

Dios no es una fuerza manipulable.

No se puede «obligar» a Dios mediante una fórmula.

No existe una técnica que fuerce la voluntad divina.

Por eso podemos establecer una diferencia teológica profunda:


ORACIÓN:

«Hágase tu voluntad».


MAGIA:

«Hago esto para producir este resultado».


Por supuesto, la realidad histórica es mucho más compleja y existen formas de religiosidad popular que mezclan ambas actitudes.

Pero conceptualmente la distinción es poderosa.

La oración reconoce la soberanía divina.

La magia, cuando pretende manipular una potencia sobrenatural mediante una técnica, transforma la relación con lo sobrenatural en una relación instrumental.

Esta será una de las razones por las cuales la teología cristiana criticará la magia.


24. Tomás de Aquino

Aquí debemos incorporar a Santo Tomás.

En la «Summa Theologiae», II-II, cuestión 96, Tomás trata la superstición.

En particular, analiza prácticas relacionadas con adivinación y observancias supersticiosas.

La lógica tomista es extraordinariamente importante.

No toda utilización de signos es supersticiosa.

El problema aparece cuando se atribuye eficacia a signos o procedimientos de una manera que no corresponde al orden racional, natural o divino.

Tomás también desarrolla una demonología donde los demonios poseen determinadas capacidades naturales superiores a las humanas, pero no son omnipotentes ni poseen la soberanía de Dios.

Esto será fundamental para desmontar una idea popular:

«El demonio puede hacer cualquier cosa».

Teológicamente, eso es falso.

En la tradición cristiana clásica, Satanás es criatura.

No es el equivalente negativo de Dios.

No existe un dualismo ontológico cristiano en el que Dios y Satanás sean dos principios eternos enfrentados como iguales.

Dios es creador.

Satanás, en la tradición cristiana, es criatura.

Esta diferencia será fundamental para nuestro curso.


25. Una afirmación fundamental para la historia del satanismo

Podemos formularla así:

«El satanismo presupone una demonología previa».

No podemos tener satanismo sin una figura de Satanás.

Y no podemos comprender históricamente a Satanás sin estudiar:

la Biblia hebrea,

el judaísmo del Segundo Templo,

la literatura apocalíptica,

el cristianismo primitivo,

la demonología patrística,

la teología medieval,

la brujería europea,

la literatura moderna,

el Romanticismo,

el ocultismo,

la secularización,

y finalmente los movimientos satanistas modernos.

Por eso nuestra primera clase aparentemente habla de magia.

En realidad estamos colocando los primeros ladrillos de una historia muchísimo más amplia.


26. ¿Magia y religión son enemigas?

No necesariamente.

Esta sería una de las conclusiones antropológicas más importantes.

En numerosas sociedades, magia y religión están profundamente entrelazadas.

Un mismo ritual puede contener:

oración,

sacrificio,

palabra,

gesto,

objeto,

mito,

purificación,

invocación,

petición.

La separación absoluta entre «religión» y «magia» es en gran medida una construcción analítica.

Émile Durkheim, en «Les formes élémentaires de la vie religieuse» (1912), enfatizó la dimensión social de lo religioso y la distinción entre lo sagrado y lo profano.

Pero incluso esa distinción no nos permite simplemente colocar «religión» de un lado y «magia» del otro.

Por eso autores posteriores han cuestionado las definiciones demasiado rígidas.

Entre ellos destacan Stanley J. Tambiah, Fritz Graf, Richard Kieckhefer, Owen Davies, Ronald Hutton y otros historiadores de la magia y la brujería.


27. El error de pensar que «magia» significa simplemente ignorancia

Éste sería otro error que quiero evitar con los estudiantes.

La magia no debe estudiarse solamente desde la pregunta:

«¿Funcionaba realmente?»

Esa pregunta puede ser legítima desde la filosofía de la religión o desde la teología.

Pero históricamente hay otra pregunta mucho más interesante:

«¿Qué significaba para quien la practicaba?»

Y otra:

«¿Qué función desempeñaba dentro de su sociedad?»

Y otra:

«¿Quién tenía autoridad para realizarla?»

Y otra:

«¿Quién decidía que una práctica era magia legítima o magia prohibida?»

Y finalmente:

«¿Quién tenía poder para acusar a otro de practicarla?»

Aquí la historia de la magia se transforma también en historia del poder.


28. El nacimiento de la acusación

Y esto será fundamental para comprender la brujería.

Una cosa es:

«Yo practico un ritual».

Otra completamente diferente:

«La comunidad cree que tú eres responsable de una desgracia».

La acusación de hechicería puede aparecer cuando existe una explicación social para:

una enfermedad,

una muerte,

una pérdida de cosecha,

una impotencia,

una infertilidad,

una desgracia económica,

un accidente,

una muerte infantil.

El presunto hechicero se convierte entonces en un culpable.

Aquí aparece la dimensión social de la brujería.

No basta estudiar al «mago».

Tenemos que estudiar también:

al acusador,

al acusado,

al juez,

al sacerdote,

a la comunidad,

y al sistema jurídico.

La historia de la brujería no es solamente la historia de quienes practicaron magia.

Es también la historia de quienes fueron acusados de practicarla.


29. Y aquí aparece Carlo Ginzburg

Para profundizar en este aspecto, recomiendo especialmente a Carlo Ginzburg.

Su obra «Storia notturna. Una decifrazione del sabba» (1989), traducida como «Historia nocturna», estudia la formación histórica del imaginario del aquelarre y las relaciones entre tradiciones folklóricas, procesos inquisitoriales y construcciones culturales.

Ginzburg introduce una cuestión fascinante:

¿Hasta qué punto las autoridades construyeron una imagen coherente de la brujería a partir de testimonios muy diferentes?

Esto nos obliga a distinguir entre:

lo que las personas realmente practicaban,

lo que afirmaban practicar,

lo que los jueces pensaban que practicaban,

lo que los demonólogos describieron,

y lo que posteriormente los historiadores interpretaron.

Esta distinción es esencial para cualquier investigación seria.


30. ¿Existió realmente el aquelarre?

Pregunta provocadora.

La respuesta histórica es:

Hay abundante documentación sobre acusaciones de aquelarres.

Pero eso no equivale automáticamente a demostrar la existencia de reuniones satánicas exactamente como fueron descritas por los demonólogos.

Los testimonios judiciales están mediados por:

interrogatorios,

presiones,

tortura en determinados contextos,

expectativas culturales,

confesiones,

fórmulas jurídicas,

y modelos demonológicos previamente existentes.

Por eso el historiador debe analizar las fuentes críticamente.

No puede aceptar literalmente cada confesión.

Pero tampoco puede descartar automáticamente toda práctica popular como pura invención.

La realidad histórica está probablemente formada por múltiples fenómenos diferentes que posteriormente fueron agrupados bajo una misma categoría.


31. Una fórmula para recordar toda esta primera clase

Podemos construir una genealogía:


RITUAL

↓

MAGIA

↓

HECHICERÍA

↓

ADIVINACIÓN / NECROMANCIA / MALEFICIO

↓

DEMONOLOGÍA

↓

BRUJERÍA

↓

PACTO DEMONÍACO

↓

SATANISMO


Pero debemos colocar una advertencia enorme:


«Esta flecha no representa una evolución lineal inevitable».


Representa una genealogía conceptual.

Son capas históricas que en determinados momentos se conectan.


32. La gran paradoja

Y aquí quisiera dejar a los estudiantes con una paradoja.

La magia no aparece necesariamente contra la religión.

Muchas veces aparece dentro de la religión.

El problema surge cuando una determinada autoridad religiosa comienza a clasificar ciertas prácticas como:

ilícitas,

supersticiosas,

idolátricas,

demoníacas,

heréticas.

Por tanto, la pregunta:

«¿Es esto magia o religión?»

puede ser menos interesante que:

«¿Quién decidió que esto era magia y con qué finalidad?»

Ésta es una pregunta propiamente histórica.


33. Conclusión teológica

Desde una perspectiva católica, podemos establecer una distinción doctrinal clara.

La Iglesia Católica no considera que Dios y Satanás sean poderes equivalentes.

El Catecismo afirma:

«El poder de Satanás, sin embargo, no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios».


Catecismo de la Iglesia Católica, n. 395.

Esta frase es fundamental para todo nuestro curso.

Porque significa que el cristianismo no sostiene un dualismo metafísico.

No existen dos principios eternos:

Dios contra Satanás.

Bien contra Mal.

Como si fueran dos dioses enfrentados.

El mal no posee el mismo estatuto ontológico que Dios.

Satanás, en la teología cristiana, es criatura.

Y esto tendrá consecuencias enormes cuando estudiemos posteriormente el satanismo moderno.


34. Una última reflexión 

La pregunta «¿cuándo surgió la hechicería?» tiene una respuesta que puede parecer insatisfactoria:


«No lo sabemos con exactitud».

Pero precisamente esa respuesta es intelectualmente honesta.

Podemos decir que existen prácticas rituales desde tiempos prehistóricos.

Podemos documentar prácticas mágicas con bastante claridad en las primeras civilizaciones escritas.

Podemos estudiar hechicería, maleficio, encantamientos y adivinación en Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma.

Podemos estudiar las prohibiciones bíblicas.

Podemos estudiar la demonología cristiana.

Podemos reconstruir la formación medieval de la brujería diabólica.

Y podemos estudiar posteriormente el nacimiento del satanismo moderno.

Pero no debemos convertir esa historia compleja en un relato simple según el cual:

«el hombre primitivo inventó la magia, después apareció la religión, luego la brujería y finalmente Satanás».

Eso sería históricamente falso.

La historia real es mucho más interesante.

Es una historia de símbolos.

De miedo.

De esperanza.

De enfermedad.

De muerte.

De poder.

De religión.

De conocimiento.

De transgresión.

Y, sobre todo, de la eterna pregunta humana:

«¿Podemos intervenir en aquello que no comprendemos?»

Quizá ahí se encuentre el verdadero origen antropológico de la magia.

Y quizá también ahí comience la fascinante historia que estudiaremos en este curso.