Ludwig Wittgenstein I
El mundo, el lenguaje y los límites de lo decible
Introducción: un joven filósofo que quiso resolver la filosofía
Hay una escena intelectual extraordinaria detrás del Tractatus Logico-Philosophicus.
A comienzos del siglo XX, la filosofía europea se encontraba profundamente preocupada por una cuestión que podía parecer extremadamente técnica: ¿cómo funciona el lenguaje y cómo puede representar la realidad?
Pero detrás de esa pregunta aparentemente abstracta había un problema mucho más profundo.
Cuando decimos «el mundo es así», ¿qué estamos haciendo realmente?
Cuando afirmamos «Dios existe», «el bien es universal», «la muerte es el final» o «esta acción es moralmente correcta», ¿estamos diciendo cosas del mismo tipo que cuando afirmamos «está lloviendo»?
Wittgenstein responderá que no.
Y esa distinción será revolucionaria.
El primer Wittgenstein intenta determinar rigurosamente qué puede decirse con sentido y qué queda fuera del lenguaje proposicional.
Su conclusión será paradójica: la filosofía debe conducirnos hasta los límites del lenguaje y, una vez allí, debe guardar silencio.
Pero ese silencio no significa que aquello que no puede decirse carezca de importancia.
Aquí comienza precisamente la dimensión más fascinante del Tractatus.
1. El joven Wittgenstein
Ludwig Wittgenstein nació en Viena en 1889, dentro de una de las familias más ricas y culturalmente importantes del Imperio austrohúngaro.
Su padre, Karl Wittgenstein, había construido una enorme fortuna en la industria siderúrgica.
En la casa familiar circulaban músicos y artistas. La música ocupaba un lugar central.
Pero Ludwig no estaba destinado inicialmente a ser filósofo.
Estudió ingeniería y se interesó por la aeronáutica.
Su camino hacia la filosofía pasó por las matemáticas.
Y aquí aparece una figura fundamental:
Gottlob Frege.
Frege había desarrollado una nueva concepción de la lógica y de los fundamentos de las matemáticas.
Wittgenstein quedó fascinado.
Frege le recomendó acudir a Cambridge y estudiar con Bertrand Russell.
Ese encuentro determinaría la trayectoria del joven austríaco.
2. Russell y el problema de la lógica
Bertrand Russell estaba intentando construir, junto con Alfred North Whitehead, una fundamentación lógica de las matemáticas.
Su proyecto partía de una convicción:
el pensamiento puede analizarse mediante estructuras lógicas.
Wittgenstein quedó profundamente impresionado por esta posibilidad.
Pero ocurrió algo extraordinario.
El alumno comenzó a cuestionar al maestro.
Russell reconoció rápidamente el talento de Wittgenstein.
Llegó a considerarlo una de las personas intelectualmente más brillantes que había conocido.
Wittgenstein, sin embargo, no quería simplemente continuar el proyecto de Russell.
Quería llevarlo hasta sus últimas consecuencias.
Su pregunta fundamental era:
¿cómo se relacionan el lenguaje, el pensamiento y el mundo?
3. El problema fundamental: lenguaje y realidad
Imaginemos que digo:
«La mesa está sobre el suelo».
Esta proposición parece representar una situación del mundo.
Tenemos una mesa.
Tenemos un suelo.
Y existe una determinada relación espacial entre ambos.
Wittgenstein comienza preguntándose:
¿Qué hace que esta oración pueda representar esa situación?
¿Por qué determinadas palabras pueden decir algo sobre la realidad?
La respuesta del Tractatus se encuentra en la idea de la figura o imagen lógica (Bild).
Una proposición puede representar una situación porque comparte con ella una estructura.
La proposición funciona como una especie de modelo de la realidad.
No significa que las palabras sean físicamente iguales a las cosas.
La semejanza es estructural.
Un mapa no se parece físicamente a una ciudad.
Pero reproduce determinadas relaciones espaciales de la ciudad.
Del mismo modo, una proposición puede representar una situación porque reproduce lógicamente su estructura.
4. El mundo
El Tractatus comienza con una afirmación extraordinariamente famosa:
«El mundo es todo lo que acaece».
Y posteriormente:
«El mundo se divide en hechos.»
Aquí debemos detenernos.
Wittgenstein no dice que el mundo esté constituido fundamentalmente por objetos.
Lo fundamental son los hechos.
Un objeto aislado no constituye todavía un hecho.
Lo que existe es una determinada configuración de objetos.
Por ejemplo:
«La copa está sobre la mesa».
No tenemos simplemente copa + mesa.
Tenemos una relación determinada entre ambas.
Eso constituye un estado de cosas.
El mundo está constituido por hechos.
5. Objetos, estados de cosas y hechos
Para comprender al primer Wittgenstein debemos distinguir varios conceptos.
El objeto es un componente simple de la realidad.
Los objetos pueden combinarse.
Una determinada combinación de objetos constituye un estado de cosas (Sachverhalt).
Cuando un estado de cosas efectivamente existe, tenemos un hecho.
Podemos expresarlo esquemáticamente:
Objeto → combinación → estado de cosas → hecho.
Y el conjunto de los hechos constituye el mundo.
Esta concepción es fundamental para entender el proyecto del Tractatus.
6. La proposición como imagen
Ahora podemos regresar al lenguaje.
Supongamos que digo:
«La pelota está dentro de la caja».
La proposición representa un posible estado de cosas.
Si efectivamente la pelota está dentro de la caja, la proposición es verdadera.
Si la pelota está fuera, es falsa.
Pero incluso una proposición falsa puede tener sentido.
¿Por qué?
Porque representa una posibilidad.
Esto conduce a una distinción fundamental:
tener sentido no significa ser verdadero.
Una proposición puede tener sentido y ser falsa.
«La pelota está dentro de la caja» tiene sentido aunque la pelota esté fuera.
En cambio, una expresión que no configura una posibilidad lógica no constituye una proposición con sentido en el mismo sentido.
7. La lógica como estructura del mundo
Aquí Wittgenstein llega a una de sus afirmaciones más profundas.
La lógica no es simplemente una herramienta inventada por los seres humanos.
La lógica expresa las condiciones estructurales que permiten que algo pueda ser pensado y dicho.
Por eso lenguaje, pensamiento y mundo poseen una estructura común.
Podemos imaginar tres niveles:
realidad;
pensamiento;
lenguaje.
La lógica constituye la estructura que permite que estos tres niveles puedan corresponderse.
Por eso el análisis lógico del lenguaje puede revelar los límites de lo pensable.
8. La forma lógica
Aquí aparece uno de los conceptos más difíciles del Tractatus:
la forma lógica.
La forma lógica no es un objeto que podamos señalar.
No podemos decir:
«Aquí está la forma lógica».
Es aquello que permite que una proposición represente una situación.
Por ejemplo, un mapa posee una estructura espacial que permite representar una ciudad.
Pero esa estructura no es simplemente otro edificio dentro de la ciudad.
Es la condición de representación.
De manera semejante, la forma lógica es aquello que lenguaje y realidad comparten para que la representación sea posible.
9. Decir y mostrar
Este es probablemente el núcleo filosófico más importante del primer Wittgenstein.
Wittgenstein distingue entre decir (sagen) y mostrar (zeigen).
Hay cosas que podemos decir mediante proposiciones.
Pero existen otras realidades que no pueden ser formuladas directamente como proposiciones y, sin embargo, se muestran en el lenguaje o en nuestra experiencia.
La lógica, por ejemplo, no puede ser expresada completamente como si fuera un hecho más del mundo.
La lógica se muestra en el funcionamiento de las proposiciones.
Esto conduce a una paradoja:
El Tractatus intenta mostrarnos los límites del lenguaje utilizando proposiciones que, en cierto sentido, nos llevan hasta esos límites.
Por eso Wittgenstein compara su obra con una escalera.
En la proposición 6.54 afirma:
«Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo: quien me entiende las reconoce al final como absurdas, cuando por medio de ellas —sobre ellas— ha salido fuera de ellas.»
Y añade la imagen famosa:
«Debe, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido por ella.»
La filosofía nos lleva hasta un lugar desde el cual podemos ver que algunas de nuestras preguntas estaban mal formuladas.
10. La filosofía no es una ciencia
Esta conclusión es fundamental para entender el proyecto de Wittgenstein.
La filosofía no produce teorías científicas sobre el mundo.
No descubre nuevas partículas.
No descubre nuevas especies.
No formula leyes físicas.
Su función consiste en aclarar el pensamiento.
En este sentido, la filosofía es una actividad.
No una doctrina.
Por eso la filosofía no debe competir con las ciencias.
La ciencia dice cómo son determinados hechos.
La filosofía pregunta si aquello que estamos diciendo tiene sentido y qué estructura posee nuestro lenguaje.
11. ¿Qué puede decirse?
Llegamos ahora a la famosa frontera.
Podemos hablar con sentido sobre hechos posibles del mundo.
Podemos formular proposiciones susceptibles de ser verdaderas o falsas.
Pero existen cuestiones que no son hechos del mundo.
Por ejemplo:
¿Qué sentido tiene la vida?
¿Por qué existe el mundo?
¿Qué es el bien absoluto?
¿Qué es Dios?
¿Qué valor tiene la belleza?
Estas cuestiones son enormemente importantes.
Pero no pueden ser tratadas como si fueran afirmaciones científicas sobre hechos.
Y aquí aparece la dimensión religiosa del Tractatus.
12. Ética y estética
Wittgenstein afirma que:
«La ética no puede ser expresada.»
Esto no significa que la ética sea inútil.
Significa que el valor absoluto no es un hecho dentro del mundo.
Podemos describir que alguien ayuda a un anciano.
Podemos describir la conducta.
Pero la afirmación:
«Ayudar al anciano es absolutamente bueno»
no funciona del mismo modo que:
«El anciano está sentado en una silla».
La primera introduce un valor absoluto.
Y los valores absolutos no son hechos.
Aquí aparece una de las grandes paradojas de Wittgenstein:
aquello que más importa no puede ser reducido a una descripción científica del mundo.
13. Dios
Esta cuestión resulta especialmente interesante para tus estudiantes de filosofía y teología.
Wittgenstein no desarrolla una demostración filosófica de Dios.
Pero tampoco debemos convertir el Tractatus en un libro ateo.
En la proposición 6.432 escribe:
«Cómo sea el mundo es completamente indiferente para lo superior. Dios no se revela en el mundo.»
Esta frase debe interpretarse con cuidado.
Dios no es un hecho adicional dentro del universo.
No podemos descubrir a Dios como descubrimos una estrella.
Dios no es una cosa situada en algún punto del espacio.
Por eso la pregunta:
«¿Dónde está Dios dentro del universo?»
sería, desde esta perspectiva, una mala pregunta.
Dios pertenece a una dimensión que no puede reducirse al conjunto de hechos del mundo.
14. El sentido de la vida
Aquí encontramos uno de los puntos donde la filosofía de Wittgenstein adquiere una extraordinaria dimensión existencial.
En el Tractatus encontramos la afirmación:
«La solución del problema de la vida se ve en la desaparición de este problema.»
No significa necesariamente que la vida carezca de sentido.
Significa que el sentido de la vida no es un hecho que podamos descubrir dentro del mundo.
Podemos enumerar todos los acontecimientos de nuestra existencia.
Pero esa enumeración no nos proporcionará automáticamente el sentido de nuestra existencia.
El sentido no es otro hecho.
15. La muerte
Wittgenstein escribe:
«La muerte no es un acontecimiento de la vida. La muerte no se vive.»
Esta frase merece una lectura detenida.
Podemos observar la muerte de otra persona.
Podemos describir biológicamente el momento de la muerte.
Pero nuestra propia muerte no aparece como una experiencia posterior dentro de nuestra vida.
Desde el punto de vista del sujeto, la muerte establece un límite.
Esto tiene una consecuencia filosófica muy poderosa:
la muerte no es simplemente un acontecimiento más que podamos contemplar desde fuera.
Es el límite de nuestro mundo vivido.
16. El sujeto no aparece dentro del mundo
Aquí encontramos otra afirmación fascinante.
Para Wittgenstein, el sujeto metafísico no es un objeto dentro del mundo.
No podemos localizarlo.
No podemos decir:
«Aquí está el sujeto».
El ojo no aparece dentro del campo visual de la misma manera que los objetos que ve.
Wittgenstein utiliza precisamente una analogía relacionada con el ojo y el campo visual.
El sujeto es condición del mundo representado, pero no aparece como un objeto más dentro de él.
Esto recuerda, aunque con enormes diferencias, algunas cuestiones que posteriormente desarrollará la fenomenología.
17. El mundo y la voluntad
El Tractatus termina aproximándose a cuestiones éticas.
Wittgenstein distingue entre el mundo como totalidad de hechos y la actitud del sujeto ante el mundo.
No podemos modificar la estructura lógica del mundo mediante nuestra voluntad.
Pero podemos cambiar nuestra manera de relacionarnos con él.
De ahí surge la figura del hombre feliz.
La persona que acepta el mundo tal como es no vive exactamente en el mismo «mundo» que quien lo experimenta como una realidad insoportable.
Aquí la filosofía lógica comienza a transformarse en filosofía de la existencia.
18. El silencio
Llegamos finalmente a la proposición que probablemente todo estudiante de filosofía conoce:
«De lo que no se puede hablar, hay que callar.»
Es la proposición 7.
Pero sería un error interpretarla como:
«No debemos hablar de religión».
O:
«La filosofía no sirve».
O:
«Solo existe aquello que puede demostrar la ciencia».
Wittgenstein está diciendo algo mucho más preciso.
Si una proposición no puede representar un estado de cosas posible, no debemos fingir que estamos haciendo una afirmación factual.
El silencio no es desprecio.
Es reconocimiento del límite.
19. El gran misterio del Tractatus
Aquí podemos plantear a los estudiantes una paradoja.
Si Wittgenstein afirma que ciertas cosas no pueden decirse, ¿por qué escribe un libro entero hablando sobre ellas?
Precisamente por eso aparece la metáfora de la escalera.
El Tractatus nos conduce hasta el límite.
Después debemos abandonar las proposiciones filosóficas que nos llevaron allí.
Esto explica por qué el libro puede ser leído casi como una experiencia espiritual.
No nos entrega simplemente información.
Pretende transformar nuestra relación con el lenguaje y con el mundo.
20. Wittgenstein y Tolstói
Durante la Primera Guerra Mundial Wittgenstein llevó consigo una versión abreviada de los Evangelios de Tolstói.
La lectura tuvo una enorme influencia sobre él.
Esto permite comprender mejor algo que podría pasar desapercibido en una lectura puramente lógica del Tractatus.
Wittgenstein no estaba interesado exclusivamente en saber cómo funciona una proposición.
Estaba preocupado por una pregunta mucho más antigua:
¿Cómo debe vivir el ser humano?
La lógica establece los límites de lo que puede decirse.
La ética apunta hacia aquello que da sentido a la existencia.
Y la religión aparece en ese horizonte de lo que no puede reducirse a hechos.
21. Una lectura teológica posible
Desde la teología podemos encontrar una intuición especialmente interesante.
Wittgenstein no permite convertir a Dios en un objeto.
Esto coincide, al menos parcialmente, con una convicción clásica de la teología apofática.
Dios no es un ente más entre los entes.
No podemos colocar a Dios dentro del universo como colocamos una piedra, una estrella o una persona.
La diferencia, evidentemente, es que la teología cristiana sí sostiene que Dios se revela.
Y aquí aparece un problema que será muy interesante discutir en clase:
¿La revelación cristiana constituye un «hecho» del mundo o rompe precisamente la concepción del mundo como mero conjunto de hechos?
El cristianismo afirma que Dios se revela históricamente en Jesucristo.
Wittgenstein, en cambio, sostiene en el Tractatus que lo místico no puede convertirse en una proposición factual ordinaria.
La tensión entre ambas perspectivas constituye una cuestión filosófico-teológica muy fecunda.
22. El primer Wittgenstein como filósofo del límite
Podemos resumir el proyecto del Tractatus mediante una serie de oposiciones:
Mundo / lenguaje.
Hecho / proposición.
Realidad / representación.
Decir / mostrar.
Ciencia / filosofía.
Hechos / valores.
Lo decible / lo indecible.
Lo que puede ser explicado / aquello que solamente puede mostrarse.
La lógica permite establecer las condiciones del sentido.
Pero la ética, la estética, la religión y el sentido último de la existencia apuntan más allá de la descripción factual.
Esta es la paradoja central:
Wittgenstein utiliza la lógica para descubrir que la realidad humana no se agota en aquello que la lógica puede decir.
23. ¿Es Wittgenstein un positivista lógico?
Esta es una pregunta que conviene plantear porque durante mucho tiempo se interpretó el Tractatus de esta manera.
El Círculo de Viena encontró en Wittgenstein elementos muy importantes para su proyecto.
Pero Wittgenstein no puede reducirse al positivismo lógico.
Para el positivismo lógico, las proposiciones metafísicas serían en gran medida pseudoproposiciones sin contenido cognoscitivo.
Wittgenstein es más complejo.
Para él, aquello que no puede decirse puede ser precisamente lo más importante desde el punto de vista ético o espiritual.
Por eso no debemos identificar:
indecible = absurdo = sin importancia.
El silencio de Wittgenstein no elimina la ética.
La coloca en otro nivel.
24. La importancia del Tractatus
El Tractatus Logico-Philosophicus fue publicado originalmente en alemán en 1921 y apareció en traducción inglesa en 1922.
Es un libro extraordinariamente breve.
Pero su influencia fue enorme.
Influyó en la filosofía analítica.
Influyó en la filosofía del lenguaje.
Influyó en la lógica.
Influyó en la reflexión sobre la ciencia.
Y también abrió una cuestión que posteriormente tendría enorme importancia:
¿puede el lenguaje expresar todo aquello que necesitamos decir para vivir?
El segundo Wittgenstein responderá de manera diferente.
Conclusión: el filósofo que quiso llegar al límite
El primer Wittgenstein puede entenderse como el filósofo que quiso llevar el lenguaje hasta su frontera.
Comienza con una pregunta lógica:
¿Cómo puede una proposición representar un hecho?
Pero termina ante preguntas mucho más profundas:
¿Qué sentido tiene vivir?
¿Qué es el bien?
¿Qué es la muerte?
¿Qué significa creer?
¿Qué puede decirse de Dios?
Y descubre algo desconcertante.
La lógica puede describir la estructura del mundo.
La ciencia puede describir los hechos.
Pero ninguna descripción factual parece capaz de proporcionar por sí misma el sentido de la existencia.
Por eso el Tractatus termina en silencio.
Pero no es un silencio vacío.
Es el silencio que queda cuando hemos llevado el lenguaje hasta donde puede llegar.
Wittgenstein no comenzó preguntándose qué cosas existen más allá del mundo. Comenzó preguntándose qué podemos decir con sentido sobre aquello que creemos que existe. Y al llevar esa pregunta hasta sus últimas consecuencias descubrió que el sentido de la vida, la ética, la estética y lo religioso no pueden ser tratados como simples hechos del mundo.
La paradoja final es magnífica: el libro que más rigurosamente intenta delimitar lo decible termina señalando hacia aquello que, precisamente porque es demasiado importante, no puede ser dicho adecuadamente.
Y por eso la última proposición del Tractatus no debería escucharse únicamente como una orden:
«De lo que no se puede hablar, hay que callar».
También puede escucharse como una invitación a preguntarnos:
¿qué es aquello ante lo cual nuestro lenguaje finalmente guarda silencio?
Para Wittgenstein, allí comienza el misterio.