EL SÍNODO DE LA SINODALIDAD Y LA EDUCACIÓN
Fundamentos teológicos, desafíos pedagógicos y perspectivas para una Iglesia que educa desde la comunión, la participación y la misión.
La educación constituye uno de los ámbitos más importantes para comprender el alcance y las consecuencias del proceso sinodal que la Iglesia católica ha desarrollado durante el pontificado del papa Francisco. Si el Sínodo de la Sinodalidad propone una transformación en la manera de ser, relacionarse, discernir y evangelizar de la Iglesia, resulta inevitable preguntarse por las consecuencias que semejante transformación tiene sobre los procesos educativos, tanto dentro como fuera de las instituciones eclesiales.
La cuestión no es secundaria. Una Iglesia que pretende caminar conjuntamente, escuchar a todos los bautizados, reconocer los carismas, discernir comunitariamente y asumir corresponsabilidades en su misión evangelizadora necesita revisar necesariamente sus modelos de formación. No puede pretender una Iglesia sinodal manteniendo, al mismo tiempo, estructuras educativas que formen personas pasivas, acostumbradas a obedecer sin comprender, a repetir sin discernir y a recibir conocimientos sin desarrollar una conciencia crítica y responsable.
La sinodalidad, por tanto, plantea una cuestión fundamental a la educación católica: ¿qué tipo de persona estamos formando y para qué tipo de Iglesia y sociedad?
Esta pregunta nos obliga a superar una concepción meramente instrumental de la educación cristiana. Educar no consiste exclusivamente en transmitir contenidos doctrinales, conocimientos bíblicos, normas morales o prácticas religiosas. La educación cristiana tiene como finalidad contribuir al desarrollo integral de la persona, introducirla en la experiencia de la fe, capacitarla para el discernimiento y acompañarla en el descubrimiento de su vocación y responsabilidad dentro del Pueblo de Dios.
Desde esta perspectiva, el Sínodo de la Sinodalidad no debe interpretarse simplemente como una reforma organizativa de la Iglesia. Su alcance es profundamente teológico, antropológico, espiritual y educativo.
La tesis central de esta disertación es la siguiente: no puede existir una auténtica Iglesia sinodal sin una profunda renovación de sus procesos educativos, porque la sinodalidad necesita sujetos formados para escuchar, dialogar, discernir, participar, asumir responsabilidades y vivir la comunión en la diversidad.
La educación no es, por consiguiente, una actividad periférica de la sinodalidad. Constituye una de las condiciones fundamentales para hacerla posible y garantizar su continuidad histórica.
I. EL SÍNODO DE LA SINODALIDAD: NATURALEZA, FINALIDAD Y ALCANCE ECLESIOLÓGICO
Para comprender la relación entre sinodalidad y educación es necesario establecer previamente qué significa la sinodalidad y cuál es su fundamento teológico.
El proceso sinodal convocado por el papa Francisco en 2021, bajo el lema «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión», ha supuesto uno de los procesos de consulta, escucha y discernimiento eclesial de mayor amplitud en la historia reciente de la Iglesia católica.
Su desarrollo comprendió una fase diocesana, una fase continental y dos sesiones de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebradas en octubre de 2023 y octubre de 2024.
El proceso culminó con el Documento Final del 26 de octubre de 2024, titulado Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión.
Es importante señalar que el Sínodo no pretendía exclusivamente elaborar nuevas estructuras administrativas ni introducir procedimientos democráticos en la Iglesia. Su finalidad consistía en profundizar en la identidad de la Iglesia como Pueblo de Dios que camina unido, bajo la acción del Espíritu Santo, hacia el cumplimiento de su misión evangelizadora.
La sinodalidad puede comprenderse desde tres dimensiones inseparables:
Comunión. Expresa la naturaleza espiritual y sacramental de la Iglesia. Los bautizados participan de una misma dignidad fundamental, comparten la fe apostólica y están llamados a vivir en unidad, respetando la diversidad de vocaciones, ministerios y carismas.
Participación. Supone que todos los bautizados, de acuerdo con su vocación, responsabilidad y competencia, tienen un lugar en la vida y misión de la Iglesia. La participación no es una concesión administrativa de la jerarquía, sino una consecuencia de la incorporación bautismal al Pueblo de Dios.
Misión. La comunión y la participación no constituyen fines en sí mismos. Su razón de ser es la evangelización. La Iglesia existe para anunciar a Jesucristo y servir a la humanidad.
Estos tres elementos tienen una consecuencia educativa evidente: la formación cristiana no puede limitarse a preparar personas que conozcan la doctrina o desempeñen determinadas funciones eclesiales. Debe formar creyentes capaces de vivir la comunión, participar responsablemente y asumir la misión evangelizadora.
El Documento Final de 2024 insiste en que la sinodalidad implica una conversión de las relaciones, de los procesos y de los vínculos eclesiales. Esta conversión requiere formación, aprendizaje y transformación de las mentalidades.
Aquí encontramos el primer punto de encuentro entre sinodalidad y educación: la Iglesia necesita aprender a ser sinodal, y ese aprendizaje exige procesos educativos permanentes.
No se nace con una conciencia sinodal plenamente desarrollada. Se adquiere mediante la formación, la experiencia comunitaria, el ejercicio de la escucha, la práctica del discernimiento y la participación en la vida eclesial.
II. PRIMER FUNDAMENTO TEOLÓGICO: LA TRINIDAD COMO PRINCIPIO DE LA EDUCACIÓN SINODAL
La sinodalidad encuentra su fundamento último en el misterio de la Santísima Trinidad.
La Iglesia no es una asociación humana constituida exclusivamente por intereses comunes, afinidades ideológicas o acuerdos organizativos. Es una comunidad convocada por Dios, incorporada a Cristo y vivificada por el Espíritu Santo.
La comunión eclesial encuentra su origen y modelo en la comunión trinitaria.
El Concilio Vaticano II expresa esta realidad cuando afirma que la Iglesia es un pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Lumen gentium, 4).
Esta afirmación posee una enorme relevancia educativa.
La Trinidad no debe presentarse únicamente como un contenido doctrinal que el estudiante aprende para reproducir en una evaluación. Es también una referencia fundamental para comprender la relación, la alteridad, la unidad y la diversidad.
En el misterio trinitario encontramos una unidad que no destruye la distinción personal. La comunión no significa uniformidad, ni la diferencia significa separación.
Desde esta perspectiva, la educación sinodal debe enseñar a reconocer la diferencia como una posibilidad de enriquecimiento y no necesariamente como una amenaza.
La comunidad educativa cristiana está llamada a convertirse en un espacio donde las personas aprendan a convivir sin anularse, a dialogar sin imponerse y a construir relaciones sin renunciar a sus convicciones.
Esto exige superar dos deformaciones educativas.
La primera es el individualismo, que concibe al sujeto como una realidad autosuficiente, desconectada de los demás y responsable exclusivamente de sus intereses particulares.
La segunda es el colectivismo uniformador, que sacrifica la singularidad de las personas en beneficio de una supuesta unidad comunitaria.
La antropología cristiana rechaza ambas posiciones.
La persona es un ser relacional. Su identidad no se desarrolla mediante el aislamiento, sino a través de relaciones que reconocen su dignidad y libertad.
Por eso, una educación inspirada en la sinodalidad debe desarrollar la capacidad de establecer relaciones maduras, reconocer al otro como interlocutor y comprender que la verdad no se construye mediante la imposición, aunque tampoco se reduzca a una suma de opiniones subjetivas.
La referencia trinitaria permite afirmar que la educación cristiana debe formar personas capaces de vivir una comunión que respete la diferencia.
No se trata simplemente de enseñar a trabajar en equipo. Se trata de formar sujetos capaces de comprender teológicamente el significado de la comunión.
III. SEGUNDO FUNDAMENTO TEOLÓGICO: LA ECLESIOLOGÍA DEL PUEBLO DE DIOS Y LA DIGNIDAD BAUTISMAL
Uno de los fundamentos más importantes de la sinodalidad se encuentra en la eclesiología desarrollada por el Concilio Vaticano II, particularmente en el capítulo segundo de la constitución dogmática Lumen gentium, dedicado al Pueblo de Dios.
El Concilio establece una comprensión de la Iglesia que supera una visión exclusivamente jerárquica y pone de manifiesto la dignidad y responsabilidad de todos los bautizados.
En Lumen gentium, 9, se presenta al Pueblo de Dios como una comunidad convocada por Dios y constituida en Cristo mediante la nueva alianza.
Posteriormente, en el número 10, el Concilio explica la relación entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial.
Ambos participan del único sacerdocio de Cristo, aunque difieren esencialmente y no solamente en grado.
Esta distinción es fundamental para evitar interpretaciones equivocadas de la sinodalidad.
La participación de todos los bautizados no significa que desaparezca la estructura jerárquica de la Iglesia, ni que todos los ministerios sean intercambiables. Significa que la diversidad de ministerios y responsabilidades debe comprenderse dentro de una misma dignidad bautismal y al servicio de una misión común.
Desde el punto de vista educativo, esta doctrina exige abandonar modelos de formación que reduzcan a los laicos a simples receptores de instrucciones pastorales.
Los bautizados no son espectadores de la vida eclesial.
Son sujetos de la misión.
La educación debe ayudarlos a descubrir esta responsabilidad, desarrollar sus capacidades y reconocer sus carismas.
En este contexto adquiere especial relevancia Lumen gentium, 12, donde el Concilio aborda el sentido de la fe del Pueblo de Dios, conocido como sensus fidei.
El Espíritu Santo concede a los fieles una capacidad espiritual para reconocer y adherirse a la verdad de la fe.
Sin embargo, esto no significa que cualquier opinión individual tenga automáticamente valor doctrinal, ni que la verdad revelada dependa de las mayorías.
El sensus fidei requiere una vida de fe, comunión eclesial, escucha de la Palabra y apertura a la acción del Espíritu.
Aquí aparece una cuestión educativa decisiva: formar el sentido de la fe.
Una persona puede conocer numerosas afirmaciones del catecismo y, sin embargo, carecer de madurez espiritual para interpretar la realidad desde el Evangelio.
La formación cristiana debe contribuir a que el creyente desarrolle una conciencia eclesial capaz de integrar conocimiento doctrinal, experiencia espiritual, discernimiento y responsabilidad comunitaria.
El Sínodo de la Sinodalidad recupera esta perspectiva: la Iglesia no está constituida por una minoría activa que piensa y decide mientras la mayoría escucha pasivamente.
La Iglesia es el Pueblo de Dios, llamado a participar de manera diferenciada en la misión común.
Por ello, la educación sinodal debe formar bautizados conscientes de su dignidad, vocación y responsabilidad.
IV. TERCER FUNDAMENTO TEOLÓGICO: LA PALABRA DE DIOS COMO PRINCIPIO FORMATIVO
La educación sinodal no puede fundamentarse exclusivamente en las ciencias humanas, la pedagogía contemporánea o las teorías de participación social.
Su raíz fundamental es la revelación divina.
La constitución dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, presenta la revelación como una realidad profundamente relacional: Dios se comunica con los seres humanos y los invita a participar de su vida.
En Dei Verbum, 2, se explica que Dios se revela mediante acontecimientos y palabras íntimamente unidos, manifestando su voluntad de establecer una relación de comunión con la humanidad.
La educación cristiana debe introducir al creyente en esta dinámica de escucha y respuesta.
La formación sinodal exige recuperar el carácter pedagógico de la Palabra de Dios.
En la tradición bíblica encontramos numerosos episodios donde la educación, la escucha y el discernimiento aparecen como dimensiones inseparables de la relación entre Dios y su pueblo.
En el Antiguo Testamento, Israel recibe la responsabilidad de transmitir la experiencia de la alianza a las nuevas generaciones.
Deuteronomio 6,4-9 constituye un texto fundamental. El mandato de escuchar a Dios y transmitir sus palabras a los hijos expresa una concepción de la educación que integra memoria, identidad, experiencia y responsabilidad intergeneracional.
La fe no debe quedar reducida a una experiencia privada. Debe transmitirse, explicarse, celebrarse y convertirse en una forma de vida.
En el Nuevo Testamento, Jesús aparece como maestro y formador de una comunidad de discípulos.
Su pedagogía no se limita a la transmisión de conocimientos. Implica convivencia, preguntas, correcciones, experiencias, parábolas, confrontación con las propias contradicciones y envío misionero.
El episodio de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35) constituye una referencia especialmente significativa.
Jesús se aproxima, camina con ellos, escucha sus preocupaciones, interpreta las Escrituras, comparte el pan y permite que reconozcan su presencia.
En este relato encontramos una verdadera estructura pedagógica:
Primero, la proximidad con el educando.
Segundo, la escucha de su experiencia.
Tercero, la interpretación de los acontecimientos a la luz de la Palabra.
Cuarto, la apertura a una experiencia transformadora.
Quinto, el regreso a la comunidad y el testimonio.
La educación sinodal encuentra aquí una inspiración fundamental.
No se trata de imponer respuestas prefabricadas, sino de acompañar a las personas para que puedan interpretar su propia experiencia desde la fe y descubrir la llamada de Dios en su realidad concreta.
Esto no significa relativizar la doctrina ni sustituir la enseñanza por conversaciones sin contenido. Significa reconocer que la verdad cristiana debe ser anunciada, explicada, comprendida, interiorizada y vivida.
La formación sinodal necesita, por tanto, una sólida educación bíblica y teológica.
Sin conocimiento de la Escritura, la sinodalidad corre el riesgo de convertirse en una técnica de participación sin fundamento espiritual.
V. CUARTO FUNDAMENTO TEOLÓGICO: EL ESPÍRITU SANTO Y EL DISCERNIMIENTO COMUNITARIO
La sinodalidad no es simplemente una metodología de trabajo colectivo. Su fundamento es pneumatológico.
El Espíritu Santo es el protagonista de la vida de la Iglesia.
La comunidad cristiana no se reúne únicamente para intercambiar opiniones, alcanzar acuerdos o establecer consensos humanos. Se reúne para discernir la voluntad de Dios y reconocer los caminos que el Espíritu abre para la misión.
Esta afirmación tiene consecuencias educativas muy importantes.
Una educación sinodal debe enseñar a discernir.
El discernimiento cristiano no es equivalente a la espontaneidad, a la intuición subjetiva ni a la preferencia individual.
Tampoco consiste en aceptar automáticamente aquello que obtiene mayor respaldo numérico.
Discernir significa examinar la realidad a la luz de la Palabra, la Tradición, el Magisterio, la experiencia de fe, la razón y los signos de los tiempos, permaneciendo abiertos a la acción del Espíritu Santo.
San Pablo proporciona una referencia fundamental en 1 Corintios 12, donde presenta la diversidad de carismas, ministerios y operaciones dentro de una misma acción del Espíritu.
La comunidad no necesita que todos desempeñen las mismas funciones. Necesita reconocer la complementariedad de los dones recibidos.
En consecuencia, la educación sinodal debe desarrollar varias capacidades:
La capacidad de escucha espiritual.
La capacidad de distinguir entre opiniones, intereses y convicciones fundamentadas.
La capacidad de argumentación teológica.
La capacidad de reconocer los propios prejuicios.
La capacidad de aceptar la corrección.
La capacidad de discernir comunitariamente sin renunciar a la responsabilidad personal.
En este sentido, el método de la conversación en el Espíritu, utilizado durante el proceso sinodal, tiene una importante dimensión pedagógica.
No se trata de una técnica de debate en la que cada participante intenta defender su posición hasta conseguir que los demás la acepten.
Es un proceso de escucha que integra oración, reflexión personal, comunicación de la propia experiencia, atención a los demás y discernimiento de aquello que puede estar suscitando el Espíritu.
Su aplicación educativa puede contribuir a transformar las relaciones dentro de las parroquias, las comunidades religiosas, los centros de formación teológica y las instituciones educativas católicas.
Sin embargo, debe advertirse un peligro: convertir la conversación en el Espíritu en una fórmula automática que otorgue legitimidad espiritual a cualquier decisión grupal.
La acción del Espíritu no puede identificarse sin más con el resultado de una reunión.
El discernimiento necesita criterios teológicos, fidelidad a la revelación, comunión eclesial y acompañamiento pastoral.
Una Iglesia que no forma para el discernimiento puede terminar confundiendo participación con improvisación.
VI. QUINTO FUNDAMENTO TEOLÓGICO: LA ANTROPOLOGÍA CRISTIANA Y LA EDUCACIÓN INTEGRAL
La sinodalidad requiere una determinada comprensión del ser humano.
No es posible construir una comunidad eclesial participativa si no se reconoce previamente la dignidad de cada persona.
La antropología cristiana afirma que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27).
Esta afirmación constituye el fundamento de su dignidad y establece que ninguna persona puede ser reducida a un instrumento, una función social o una categoría administrativa.
La educación debe respetar esta dignidad y favorecer el desarrollo integral de todas las dimensiones de la persona.
En esta perspectiva, el documento conciliar Gravissimum educationis resulta indispensable.
El Concilio Vaticano II afirma en su número 1 que todos los seres humanos, independientemente de su condición, tienen derecho a una educación que responda a su propio fin, a su carácter, a la diferencia de sexo y a la cultura y tradiciones de su patria, y que favorezca la fraternidad con los demás pueblos.
En su número 2, presenta la educación cristiana como una formación que persigue la madurez de la persona humana y, al mismo tiempo, busca que los bautizados conozcan progresivamente el misterio de la salvación y vivan conforme a la fe.
Esta concepción permite superar una reducción de la educación religiosa a la enseñanza de contenidos doctrinales.
La formación cristiana debe integrar:
La dimensión intelectual, mediante el conocimiento de la revelación, la teología, la filosofía y las ciencias.
La dimensión espiritual, mediante la oración, la liturgia, la vida sacramental y el encuentro personal con Jesucristo.
La dimensión ética, mediante la formación de la conciencia y el desarrollo de la responsabilidad moral.
La dimensión afectiva, mediante la maduración de las relaciones humanas y la educación para el amor.
La dimensión social, mediante el compromiso con la justicia, la solidaridad y la defensa de la dignidad humana.
La dimensión comunitaria, mediante el aprendizaje de la corresponsabilidad y la participación eclesial.
La dimensión misionera, mediante la capacidad de anunciar el Evangelio y servir a los demás.
Una Iglesia sinodal necesita personas integralmente formadas, no solamente individuos capacitados para desempeñar determinadas tareas.
Esta perspectiva también permite comprender la importancia de la educación de adultos, la formación permanente de los agentes pastorales y la educación teológica de los laicos.
La formación no puede finalizar con la recepción de un sacramento, la culminación de un itinerario catequético o la obtención de un título académico.
La madurez cristiana exige un proceso permanente.
VII. EL SÍNODO Y LA TRANSFORMACIÓN DEL MODELO EDUCATIVO ECLESIAL
Uno de los principales desafíos que plantea la sinodalidad es la transformación de los modelos educativos tradicionales de la Iglesia.
Durante siglos, numerosos procesos formativos han estado organizados mediante una estructura predominantemente vertical: una autoridad transmite conocimientos y los destinatarios los reciben.
Este modelo ha tenido una función histórica importante, especialmente en la transmisión de la doctrina, la preservación de la tradición y la formación de los ministros ordenados.
No obstante, cuando se convierte en el único modelo educativo, puede generar pasividad, dependencia intelectual y escasa capacidad de discernimiento.
El problema no reside en la autoridad docente ni en la transmisión de contenidos. El problema aparece cuando la formación no permite desarrollar una comprensión personal y responsable de aquello que se enseña.
La educación sinodal no propone eliminar la autoridad, sino comprenderla desde una perspectiva de servicio, acompañamiento y responsabilidad.
La autoridad educativa conserva su función de enseñar, orientar, corregir y garantizar la fidelidad doctrinal.
Sin embargo, debe evitar que el proceso formativo se transforme en una relación de dependencia permanente.
Un educador cristiano no debe aspirar a producir personas que dependan indefinidamente de sus decisiones, sino creyentes capaces de pensar, discernir y actuar responsablemente dentro de la comunión eclesial.
Esta cuestión afecta particularmente a los seminarios, las facultades de teología, los institutos superiores de ciencias religiosas, las escuelas de formación de catequistas y los centros de formación pastoral.
La formación de los futuros sacerdotes y agentes pastorales no puede limitarse a transmitir conocimientos teológicos o capacitar para la administración de estructuras eclesiales.
Debe preparar para el ejercicio de una autoridad que escucha, discierne, acompaña y promueve la participación de los demás.
El Documento Final del Sínodo de 2024 concede especial importancia a la formación para la sinodalidad, particularmente en su tratamiento de la formación de los discípulos misioneros.
La formación debe comprender tanto la dimensión intelectual como la espiritual, relacional y práctica.
No basta con enseñar qué es la sinodalidad. Es necesario aprender a practicarla.
Esto significa que los procesos educativos deben incorporar experiencias reales de corresponsabilidad, diálogo, discernimiento y participación.
La sinodalidad no puede enseñarse exclusivamente mediante conferencias sobre sinodalidad.
Debe convertirse en una experiencia educativa.
VIII. LA EDUCACIÓN CATÓLICA COMO ESPACIO PRIVILEGIADO DE SINODALIDAD
Las instituciones educativas católicas tienen una responsabilidad especialmente importante en este proceso.
Las escuelas, universidades, facultades e institutos de formación constituyen espacios donde se construyen las mentalidades, las relaciones y las estructuras culturales que posteriormente influyen en la vida social y eclesial.
Por ello, la educación católica no puede permanecer ajena a la renovación sinodal.
El papa Francisco ha insistido reiteradamente en la necesidad de construir una educación que coloque a la persona en el centro y contribuya a una sociedad más humana, fraterna y solidaria.
En septiembre de 2019 impulsó el Pacto Educativo Global, una iniciativa que buscaba renovar el compromiso educativo de la humanidad.
Entre sus planteamientos fundamentales encontramos la necesidad de colocar a la persona en el centro, escuchar a las generaciones jóvenes, promover la participación de las mujeres, reconocer a la familia como primera educadora, abrirse a las personas vulnerables y renovar la economía y la política desde una perspectiva humanizadora.
El Pacto Educativo Global no es idéntico al proceso sinodal, pero ambos comparten fundamentos antropológicos, sociales y eclesiológicos.
Los dos reconocen que la educación es una responsabilidad compartida y que la formación de las nuevas generaciones no puede quedar reducida a la transmisión de conocimientos técnicos.
La educación católica debe ser capaz de formar personas intelectualmente competentes, moralmente responsables y espiritualmente abiertas.
En este contexto, la sinodalidad puede contribuir a renovar las relaciones entre:
El profesorado y el alumnado.
Las familias y las instituciones educativas.
Los responsables pastorales y los educadores.
Las comunidades parroquiales y los centros educativos.
Las instituciones universitarias y la sociedad.
La educación sinodal debe promover una cultura donde el alumnado no sea considerado exclusivamente como receptor de información, sino como sujeto de su propio proceso de aprendizaje.
Esto no significa que el docente pierda su autoridad o que todas las opiniones tengan el mismo valor académico.
Significa que el proceso educativo debe fomentar el pensamiento crítico, el diálogo razonado, la investigación, la responsabilidad y la participación.
Desde una perspectiva católica, esta transformación tiene una finalidad más profunda: formar personas capaces de reconocer la dignidad de los demás y comprometerse con la construcción del bien común.
IX. LA FORMACIÓN PERMANENTE DEL LAICADO: UNA NECESIDAD SINODAL
Uno de los ámbitos donde la relación entre educación y sinodalidad adquiere mayor relevancia es la formación de los laicos.
La Iglesia no puede desarrollar una auténtica corresponsabilidad bautismal si sus miembros carecen de formación teológica, espiritual, bíblica y pastoral.
La participación sin formación puede generar confusión.
La formación sin participación puede generar pasividad.
La participación y la formación, integradas, permiten desarrollar una auténtica corresponsabilidad eclesial.
Esta afirmación tiene especial importancia en el contexto actual, donde numerosos laicos participan en actividades pastorales, procesos de evangelización, acompañamiento espiritual, catequesis, formación comunitaria y acción social.
Sin embargo, la participación en actividades eclesiales no equivale necesariamente a una formación teológica sólida.
Es necesario superar la idea de que la formación doctrinal está reservada a los sacerdotes, religiosos o especialistas académicos.
La teología constituye una dimensión fundamental de la vida de la Iglesia y debe estar al alcance de todos los bautizados, respetando los distintos niveles de preparación y las competencias correspondientes.
En este sentido, la constitución apostólica Veritatis gaudium, del papa Francisco, sobre las universidades y facultades eclesiásticas, ofrece una referencia importante.
El documento propone renovar los estudios eclesiásticos para responder a las necesidades del mundo contemporáneo, promover el diálogo entre las disciplinas y favorecer una formación que contribuya a la misión evangelizadora.
La formación teológica de los laicos debería contemplar, al menos, cinco grandes dimensiones.
En primer lugar, una formación bíblica que permita conocer la historia de la salvación, interpretar adecuadamente las Escrituras y comprender su relación con la vida cristiana.
En segundo lugar, una formación dogmática que proporcione conocimientos sólidos sobre la Trinidad, la cristología, la pneumatología, la eclesiología, la mariología y la escatología.
En tercer lugar, una formación moral y social que permita interpretar los problemas contemporáneos desde la antropología cristiana y la doctrina social de la Iglesia.
En cuarto lugar, una formación espiritual que ayude a integrar el conocimiento teológico con la oración, la liturgia y la experiencia de fe.
En quinto lugar, una formación pastoral y sinodal que capacite para el acompañamiento, la escucha, el discernimiento, la resolución de conflictos y el ejercicio de la corresponsabilidad.
Esta formación debe ser permanente, accesible y progresiva.
La Iglesia necesita laicos preparados, no simplemente voluntarios disponibles.
Necesita creyentes capaces de fundamentar sus convicciones, argumentar su fe, interpretar los desafíos culturales y participar responsablemente en la misión evangelizadora.
X. LA EDUCACIÓN SINODAL ANTE LOS DESAFÍOS CULTURALES CONTEMPORÁNEOS
La educación sinodal debe desarrollarse en un contexto cultural profundamente complejo.
La secularización, la transformación de las estructuras familiares, la crisis de las instituciones tradicionales, la digitalización, la polarización ideológica y la fragmentación social constituyen desafíos que afectan directamente a la transmisión de la fe.
La Iglesia no puede responder a estos fenómenos exclusivamente mediante la repetición de modelos educativos del pasado.
Necesita comprender la realidad contemporánea sin renunciar a su identidad doctrinal.
Esta cuestión exige una formación que integre la teología con la filosofía, la sociología, la psicología, la pedagogía y las ciencias de la comunicación.
No se trata de sustituir la teología por las ciencias humanas, sino de establecer un diálogo riguroso entre los distintos saberes.
La educación sinodal debe prestar especial atención a cuatro desafíos.
1. La cultura digital y la formación del discernimiento.
Las nuevas tecnologías han transformado profundamente las formas de comunicación, aprendizaje y construcción de la identidad.
La Iglesia necesita formar personas capaces de utilizar críticamente los medios digitales, distinguir información de manipulación, identificar discursos de odio y evitar la polarización.
La formación cristiana no puede limitarse a utilizar plataformas digitales para difundir contenidos religiosos.
Debe educar en la responsabilidad comunicativa y en la construcción de comunidades digitales donde se respeten la dignidad humana y la verdad.
2. La pluralidad cultural y religiosa.
Las sociedades contemporáneas son espacios de convivencia entre diferentes tradiciones culturales, religiosas y filosóficas.
La educación católica debe formar personas capaces de dialogar sin renunciar a su identidad.
El diálogo interreligioso no significa afirmar que todas las religiones son equivalentes, ni abandonar la confesión cristológica de la Iglesia.
Significa reconocer la dignidad del interlocutor, comprender las diferencias y buscar espacios de colaboración para el bien común.
La declaración conciliar Nostra aetate constituye un fundamento esencial para esta dimensión educativa.
3. La inclusión y la atención a las personas vulnerables.
Una educación inspirada en la sinodalidad debe prestar especial atención a quienes habitualmente tienen menos posibilidades de participar.
Entre ellos encontramos a las personas mayores, las personas con discapacidad, los migrantes, las personas empobrecidas, quienes viven situaciones de exclusión y quienes experimentan dificultades para integrarse en las comunidades eclesiales.
Una Iglesia que escucha únicamente a quienes tienen formación académica, disponibilidad económica o reconocimiento institucional corre el riesgo de reproducir las desigualdades que debería combatir.
La educación sinodal debe enseñar a reconocer la experiencia de los vulnerables como una fuente de conocimiento humano y una interpelación evangélica.
4. La educación para la paz y la fraternidad.
La polarización política, la violencia social y los conflictos internacionales exigen una formación que supere la lógica de la confrontación permanente.
La encíclica Fratelli tutti ofrece una reflexión especialmente importante sobre la fraternidad, la amistad social y la cultura del encuentro.
En su número 103, Francisco recuerda que la fraternidad tiene una dimensión universal que no puede reducirse a la pertenencia a un grupo.
En los números 215-217 desarrolla la necesidad de construir una cultura del encuentro.
La educación sinodal debe contribuir a formar personas capaces de reconocer al adversario como ser humano, defender sus convicciones sin deshumanizar al otro y participar en la construcción de una sociedad reconciliada.
XI. LOS PRINCIPALES RIESGOS DE UNA INTERPRETACIÓN DEFICIENTE DE LA EDUCACIÓN SINODAL
Una reflexión académica sobre la sinodalidad debe reconocer también sus posibles deformaciones.
No toda participación es sinodal y no todo proceso educativo que utiliza dinámicas grupales responde a una auténtica concepción cristiana de la formación.
Existen, al menos, cinco riesgos que deben ser considerados.
Primer riesgo: confundir sinodalidad con democratización de la Iglesia.
La Iglesia no es una organización política cuya verdad doctrinal dependa de la voluntad de una mayoría.
La participación de los bautizados no elimina la autoridad apostólica ni la estructura sacramental y jerárquica de la Iglesia.
La educación debe explicar esta distinción con claridad para evitar interpretaciones equivocadas.
Segundo riesgo: sustituir la formación doctrinal por el intercambio de opiniones.
Escuchar es fundamental, pero la escucha no puede convertirse en una excusa para abandonar la enseñanza de la fe.
La educación católica debe mantener su fidelidad a la revelación, a la Tradición y al Magisterio.
La apertura al diálogo no significa relativismo doctrinal.
Tercer riesgo: reducir la sinodalidad a una metodología.
La conversación en el Espíritu, las asambleas y las consultas son instrumentos valiosos, pero no constituyen por sí mismos la sinodalidad.
Una comunidad puede organizar numerosas reuniones y continuar siendo profundamente autoritaria, excluyente o incapaz de escuchar.
La sinodalidad exige una conversión espiritual y relacional.
Cuarto riesgo: mantener estructuras educativas que contradicen el discurso sinodal.
No tiene sentido enseñar la participación mientras se impide que los participantes asuman responsabilidades reales.
Tampoco resulta coherente promover la escucha y mantener relaciones formativas donde las preguntas son consideradas una amenaza.
La coherencia entre discurso y práctica constituye una exigencia fundamental.
Quinto riesgo: confundir acompañamiento con ausencia de autoridad.
El educador cristiano tiene una responsabilidad que no puede abandonar.
Debe enseñar, corregir, orientar y establecer criterios de formación.
La sinodalidad no significa que todas las decisiones deban negociarse ni que desaparezcan las responsabilidades diferenciadas.
La autoridad bien ejercida protege la comunión y favorece el crecimiento de las personas.
Por tanto, la educación sinodal debe integrar libertad, responsabilidad, autoridad, fidelidad doctrinal y participación.
XII. PROPUESTAS PARA UNA PEDAGOGÍA VERDADERAMENTE SINODAL
La relación entre sinodalidad y educación debe traducirse en propuestas concretas.
No basta con desarrollar una reflexión teológica sobre la necesidad de formar para la sinodalidad. Es necesario establecer itinerarios pedagógicos que permitan incorporar sus principios a la vida de las comunidades educativas y eclesiales.
Propongo siete líneas de actuación.
1. Incorporar la formación sinodal en los itinerarios de educación cristiana.
La sinodalidad debería formar parte de los programas de catequesis de adultos, formación de agentes pastorales, escuelas de teología, seminarios y centros de formación eclesial.
No como una asignatura aislada, sino como un principio transversal que atraviese la metodología y las relaciones educativas.
2. Desarrollar una formación teológica rigurosa para los laicos.
Es necesario superar una formación excesivamente superficial que reduzca el conocimiento cristiano a nociones elementales.
Los laicos deben tener acceso a itinerarios progresivos de formación bíblica, dogmática, moral, espiritual y pastoral.
3. Crear espacios permanentes de escucha y discernimiento.
Las comunidades deben incorporar experiencias formativas donde sus miembros aprendan a escuchar, argumentar, discernir y tomar responsabilidades.
Estas experiencias deben contar con criterios teológicos y acompañamiento adecuado.
4. Renovar la formación de los educadores cristianos.
Los docentes, catequistas, responsables pastorales y formadores necesitan prepararse para ejercer su función desde una perspectiva de autoridad servicial.
La competencia doctrinal debe ir acompañada de madurez humana, capacidad pedagógica y sensibilidad eclesial.
5. Favorecer el diálogo interdisciplinar.
La formación cristiana necesita integrar teología, filosofía, pedagogía, antropología, psicología y ciencias sociales.
La realidad contemporánea exige educadores capaces de comprender los problemas humanos desde distintas perspectivas y ofrecer respuestas fundamentadas.
6. Promover una educación intergeneracional.
Las personas mayores, los jóvenes, los adultos y los niños deben encontrar espacios donde sus experiencias puedan enriquecerse mutuamente.
La transmisión de la fe no debe ser una actividad exclusivamente vertical, sino una experiencia de encuentro entre generaciones.
7. Evaluar la transformación de las relaciones comunitarias.
El éxito de la educación sinodal no debe medirse exclusivamente por el número de cursos impartidos, las personas inscritas o los certificados expedidos.
Debe evaluarse también por la capacidad de las personas para escuchar, participar, discernir, colaborar, asumir responsabilidades y construir relaciones de comunión.
La formación debe producir una transformación verificable de la vida comunitaria.
XIII. UNA CUESTIÓN ESPECIAL: LA FORMACIÓN TEOLÓGICA COMO SERVICIO A LA MISIÓN DE LA IGLESIA
Quisiera detenerme en una cuestión que considero especialmente importante: la relación entre formación teológica, responsabilidad laical y misión eclesial.
Durante mucho tiempo, en determinados contextos pastorales, la formación teológica de los laicos ha sido considerada una actividad complementaria, mientras que las prioridades se concentraban en la organización parroquial, la catequesis elemental y el mantenimiento de las actividades sacramentales.
La sinodalidad obliga a revisar esta concepción.
Una Iglesia que desea una participación madura no puede prescindir de la formación intelectual y teológica de sus miembros.
La teología no es un conocimiento reservado a los especialistas. Es una reflexión sistemática sobre la fe de la Iglesia y constituye un servicio a la comprensión de la revelación.
Naturalmente, no todos los bautizados necesitan alcanzar el mismo nivel académico ni desarrollar las mismas competencias.
Pero todos deben tener posibilidades reales de crecer en el conocimiento de su fe.
El papa Francisco, en Evangelii gaudium, 133, reclama una formación que promueva el diálogo entre fe y razón, y que permita responder a las cuestiones planteadas por las culturas contemporáneas.
En el número 171, aborda la necesidad del acompañamiento espiritual, mostrando que la formación cristiana requiere una relación personal que ayude a descubrir la acción de Dios en la propia existencia.
La educación sinodal debe integrar estas dos dimensiones: conocimiento y acompañamiento.
Una formación exclusivamente intelectual puede producir especialistas sin compromiso eclesial.
Una formación exclusivamente experiencial puede generar comunidades con escasa capacidad de fundamentación doctrinal.
La Iglesia necesita integrar ambas dimensiones.
Por eso, considero que los centros de formación teológica para laicos, las comunidades virtuales de estudio, las escuelas de pensamiento cristiano y los institutos de formación permanente pueden desempeñar una función especialmente relevante en la recepción del proceso sinodal.
Su misión no consiste únicamente en transmitir información religiosa, sino en formar creyentes intelectualmente responsables, espiritualmente maduros y comprometidos con la evangelización.
La educación teológica debe convertirse en un instrumento de maduración del Pueblo de Dios.
XIV. CONCLUSIÓN: EDUCAR PARA UNA IGLESIA QUE APRENDE A CAMINAR UNIDA
El Sínodo de la Sinodalidad ha puesto de manifiesto que la Iglesia necesita una profunda renovación de sus relaciones, estructuras, procesos de discernimiento y formas de participación.
Pero esta renovación no será posible si no se transforma también la manera en que la Iglesia educa y forma a sus miembros.
La sinodalidad necesita personas capaces de vivir la comunión, reconocer la diversidad, participar responsablemente, escuchar a los demás y discernir la acción del Espíritu Santo.
Ninguna estructura eclesial podrá sostener una auténtica cultura sinodal si las personas que la integran no han desarrollado las capacidades humanas, intelectuales, espirituales y comunitarias necesarias para vivirla.
La educación, por tanto, no constituye una consecuencia secundaria del proceso sinodal. Es una de sus condiciones fundamentales.
Desde el punto de vista teológico, esta relación se sostiene sobre cinco grandes fundamentos.
Primero, el misterio trinitario, que revela la comunión como origen y modelo de la vida eclesial.
Segundo, la eclesiología del Pueblo de Dios, que reconoce la dignidad bautismal y la corresponsabilidad de todos los fieles.
Tercero, la Palabra de Dios, que constituye el fundamento de la transmisión de la fe y del discernimiento cristiano.
Cuarto, la acción del Espíritu Santo, que suscita los carismas y conduce a la Iglesia hacia la verdad.
Quinto, la antropología cristiana, que reconoce la dignidad de cada persona y exige una educación integral.
Estos fundamentos permiten comprender que educar para la sinodalidad significa mucho más que enseñar a participar en reuniones o desarrollar técnicas de diálogo.
Significa formar personas capaces de comprender su identidad bautismal, asumir su vocación, reconocer la dignidad de los demás y contribuir responsablemente a la misión de la Iglesia.
La educación sinodal debe ser intelectualmente exigente, doctrinalmente fundamentada, espiritualmente profunda y pastoralmente comprometida.
No puede convertirse en una pedagogía de la superficialidad, ni en una simple adaptación de las modas educativas contemporáneas.
La Iglesia necesita una educación que no tenga miedo de enseñar, pero que tampoco tenga miedo de escuchar; que no renuncie a la autoridad, pero que comprenda la autoridad como servicio; que transmita la tradición sin convertirla en inmovilismo y que se abra al futuro sin perder su identidad.
El verdadero desafío no consiste en conseguir que todos hablen, sino en conseguir que todos aprendan a escuchar, discernir y participar desde la verdad del Evangelio.
Una Iglesia sinodal no se construye exclusivamente mediante documentos, asambleas o reformas institucionales.
Se construye formando cristianos capaces de vivir la comunión.
Y esa formación comienza en la educación.
La afirmación final podría expresarse de la siguiente manera:
La sinodalidad es una vocación eclesial que necesita una pedagogía propia. Educar para la sinodalidad significa formar al Pueblo de Dios para que descubra que la comunión no se impone, la participación no se improvisa, el discernimiento no se improvisa ni se reduce a una opinión colectiva y la misión no puede delegarse exclusivamente en quienes ejercen el ministerio ordenado. Una Iglesia que desea caminar unida necesita, ante todo, aprender a formar personas capaces de caminar juntas.
XV. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Y DOCUMENTALES
Las siguientes referencias constituyen el fundamento documental de la disertación. Se priorizan las fuentes magisteriales, los documentos conciliares y las aportaciones teológicas directamente relacionadas con la eclesiología, la formación y la educación.
A. Sagrada Escritura
- Biblia de Jerusalén. (2009). Biblia de Jerusalén. Nueva edición revisada y aumentada. Desclée De Brouwer.
Pasajes fundamentales para el desarrollo del tema:
- Génesis 1,26-27: la dignidad del ser humano creado a imagen de Dios.
- Deuteronomio 6,4-9: la transmisión de la fe entre generaciones.
- Lucas 24,13-35: la pedagogía de Jesús en el camino de Emaús.
- Mateo 28,19-20: el mandato misionero y la enseñanza.
- Juan 14–16: la promesa del Espíritu Santo.
- Hechos 2,42-47: la comunidad cristiana primitiva.
- Hechos 15,1-29: discernimiento y decisión comunitaria.
- 1 Corintios 12: diversidad de carismas y unidad del cuerpo eclesial.
- Efesios 4,1-16: unidad, diversidad de ministerios y maduración del cuerpo de Cristo.
B. Concilio Vaticano II
1. Concilio Vaticano II. (1964). Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia. Especialmente números 4, 9, 10, 12, 30-33 y 37.
2. Concilio Vaticano II. (1965). Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación. Especialmente números 2, 10, 21 y 25.
3. Concilio Vaticano II. (1965). Declaración Gravissimum educationis sobre la educación cristiana. Especialmente números 1-2, 5, 8, 10 y 12.
4. Concilio Vaticano II. (1965). Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual. Especialmente números 22, 24, 26, 53-62.
5. Concilio Vaticano II. (1965). Declaración Nostra aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Especialmente números 2-5.
C. Magisterio pontificio
6. Pablo VI. (1965). Apostolica sollicitudo. Carta apostólica mediante la cual se instituye el Sínodo de los Obispos.
7. Juan Pablo II. (1990). Constitución apostólica Ex corde Ecclesiae. Sobre las universidades católicas.
8. Juan Pablo II. (1992). Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis. Especialmente su tratamiento de la formación sacerdotal integral.
9. Francisco. (2013). Exhortación apostólica Evangelii gaudium. Especialmente números 24, 31-33, 119-120, 132-134 y 169-173.
10. Francisco. (2015). Carta encíclica Laudato si'. Especialmente números 159 y 202-215, sobre la conversión ecológica y la educación.
11. Francisco. (2018). Constitución apostólica Veritatis gaudium. Sobre las universidades y facultades eclesiásticas.
12. Francisco. (2019). Discurso con ocasión del lanzamiento del Pacto Educativo Global, 12 de septiembre de 2019.
13. Francisco. (2019). Christus vivit. Exhortación apostólica postsinodal dirigida a los jóvenes. Especialmente números 221-223, sobre los ambientes educativos.
14. Francisco. (2020). Fratelli tutti. Carta encíclica sobre la fraternidad y la amistad social. Especialmente números 99-105 y 215-221.
15. Francisco. (2021). Discurso en la apertura del proceso sinodal, 9 de octubre de 2021. Fundamental para comprender la escucha, la participación y el discernimiento eclesial.
D. Documentos específicos del proceso sinodal
16. Secretaría General del Sínodo. (2021). Documento preparatorio de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión.
17. Secretaría General del Sínodo. (2022). Vademécum para el Sínodo sobre la sinodalidad. Documento orientativo para la consulta y participación del Pueblo de Dios.
18. Secretaría General del Sínodo. (2022). Documento de trabajo para la etapa continental. Ensancha el espacio de tu tienda.
19. Secretaría General del Sínodo. (2023). Instrumentum laboris para la primera sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
20. Secretaría General del Sínodo. (2024). Instrumentum laboris para la segunda sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
21. XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. (2024). Documento Final: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión. 26 de octubre de 2024.
Este último documento constituye la referencia principal para estudiar la recepción eclesial de la sinodalidad y sus consecuencias para la formación de los bautizados, la conversión de las relaciones y la renovación de las prácticas eclesiales.
E. Referencias teológicas complementarias
22. Congar, Y. (1973). Ministerios y comunión eclesial. Madrid: Ediciones Cristiandad.
23. Congar, Y. (1975). Jalones para una teología del laicado. Barcelona: Estela.
24. Ratzinger, J. (1969). El nuevo pueblo de Dios. Barcelona: Herder.
25. Ratzinger, J. (2005). El espíritu de la liturgia. Madrid: Ediciones Cristiandad.
26. Scola, A. (2005). ¿Quién es la Iglesia? Madrid: Ediciones Encuentro.
27. Guardini, R. (2013). El sentido de la Iglesia. Madrid: Ediciones Cristiandad.
28. Maritain, J. (1943). La educación en este momento crucial. Buenos Aires: Desclée de Brouwer.
29. Delors, J. (1996). La educación encierra un tesoro. Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI. Madrid: Santillana/UNESCO.
XVI. CONSIDERACIONES FINALES PARA LA INVESTIGACIÓN Y EL DEBATE TEOLÓGICO
Hay tres cuestiones que merecen una atención particular si esta disertación se utiliza en un contexto académico de formación teológica.
La primera es la distinción entre educación cristiana y formación para la sinodalidad. La primera tiene un alcance mucho más amplio: comprende el desarrollo integral de la persona y su incorporación progresiva a la vida cristiana. La segunda constituye una dimensión específica de aquella, orientada a desarrollar las capacidades necesarias para vivir la comunión, la participación y la misión.
La segunda es la relación entre autoridad y participación. La sinodalidad no suprime la constitución jerárquica de la Iglesia. La educación debe ayudar a comprender cómo se articulan la responsabilidad propia de los pastores, la dignidad bautismal de los fieles, el sentido de la fe y el discernimiento comunitario.
La tercera es la necesidad de establecer indicadores que permitan evaluar si la formación está produciendo una verdadera transformación sinodal. Una comunidad puede organizar numerosas actividades formativas sin modificar sus relaciones internas. Por eso, la evaluación debe considerar la participación efectiva, la capacidad de escucha, el conocimiento doctrinal, la corresponsabilidad y la apertura misionera.
Una última consideración teológica: el gran desafío educativo del Sínodo no consiste en enseñar a los cristianos a utilizar un nuevo lenguaje eclesial, sino en ayudarles a desarrollar una nueva madurez eclesial. Si después de un proceso formativo las personas siguen siendo incapaces de escuchar, dialogar, discernir, reconocer los carismas de los demás y asumir su responsabilidad bautismal, la formación habrá transmitido información sobre la sinodalidad, pero no habrá conseguido educar para ella.
Esta diferencia es esencial.
La Iglesia no necesita únicamente personas que sepan explicar qué es la sinodalidad. Necesita personas que hayan aprendido a vivirla desde su identidad cristiana.