domingo, 1 de marzo de 2026

Jesús Proto-Sacramento



Jesús es el Sacramento original; porque este hombre, Hijo de Dios, es destinado por el Padre a ser en su humanidad el único acceso a la realidad de salvación. El encuentro humano con Jesús es el Sacramento del encuentro con Dios.  Dios se ha puesto en contacto con la persona a través de la encarnación de su Hijo. Él es el Sacramento, unión de Palabra de Dios (elemento invisible) y carne humana (elemento visible).

La persona es interlocutora de la palabra de Dios en la historia. Esta posibilidad es real desde que Dios se ha puesto en contacto con la persona. Contacto que es posible con la mediación de unos signos históricos, es decir, con la corporalidad y con la historicidad o, lo que es lo mismo, con el hecho sensible. Cuando Dios ha querido tocar la cima de ese diálogo con la persona ha encarnado su Palabra (cf. Jn 1,14). He aquí el Sacramento que es Jesucristo, unión de Palabra de Dios y carne humana.


La Palabra de Dios como elemento visible

La Palabra de Dios es el elemento invisible, la gracia inasequible. La carne humana es el elemento sensible e histórico. Sensible porque la palabra se reviste de corporeidad. Histórico porque esta aparición corporal de la Palabra de Dios tuvo lugar en un tiempo y lugar concreto (cf. Lc 3,1-3)

La definición de Calcedonia, según la cual Cristo es “una persona divina en dos naturalezas”, supone que una sola persona, el Hijo de Dios, quiso manifestarse también en forma humana.

Sacramento significa don divino de salvación en y por una forma exteriormente perceptible, constatable, que concretiza ese don: un don salvífico en visibilidad histórica. La manifestación humana de la Palabra de Dios y de su fuerza de salvación (en la persona de Jesús) exige un aspecto de visibilidad concreta: en otros términos, la sacramentalidad. El hombre Jesús, en cuanto manifestación terrestre personal de la gracia de redención divina, es el Sacramento por excelencia: el Sacramento original; porque este hombre, Hijo de Dios, es destinado por el Padre a ser en su humanidad el acceso único a la realidad de salvación. El encuentro humano con Jesús es pues el Sacramento del encuentro con Dios.

El misterio de la encarnación es un misterio de sacramentalidad, y sacramento es un misterio de nupcias o de unión fecunda entre lo invisible y sobrenatural con lo sensible y natural. Misterio sacramental que, cristalizando en acontecimiento histórico es capaz de interpelar a la persona, que si responde a Él abrién­dose a esa transcendencia, se encontrará con la presencia salvífica de Dios.


Prolongación en la tierra

De acuerdo con el adagio teológico de que el Verbo de Dios “lo que una vez asumió nunca lo abandonó, Cristo por su resurrección no ha dejado el cuerpo que tomó en su encarnación. La humanidad glorificada de Cristo ya no puede ser, para la persona histórica, sacra­mento o signo sensible de nuestra comunicación con Dios porque vive en otro régimen vital distinto del nuestro.

Domingo 2 (A) de Cuaresma



Domingo 2 (A) de Cuaresma

Hoy, iniciada la Cuaresma, la liturgia de la Palabra nos invita a contemplar el misterio de la Transfiguración del Señor: «Jesús (…) los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos» (Mt 17,1-2), una experiencia que ellos no olvidarán (cf., por ejemplo, 2Pe 1,16-19). Que Cristo nos transforma la vida, es una experiencia de la que, poco o mucho, todos podemos dar testimonio. Tantas veces el Señor nos da vida haciendo que pequeños gestos de nuestra existencia ordinaria se transformen en hechos extraordinarios.


Tantas veces nuestras oraciones y peticiones se hacen realidad y nos sorprenden, como la presencia resplandeciente de Jesús, que hoy deja boquiabiertos a Pedro, Santiago y Juan. Porque Jesús es la revelación del amor del Padre en nosotros. Y, entonces, podemos hacer nuestras las palabras de Simón Pedro: «Señor, bueno es estarnos aquí» (Mt 17,4).


Pero, acto seguido, el Padre nos invita a tomar una actitud que tanto nos cuesta poner en práctica: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (Mt 17,5). En varias ocasiones el Papa León XIV nos ha hecho la reflexión de que «Cristo transforma la vida y nos llama a escucharlo». Esta es la clave de la Transfiguración: escuchar al Hijo de Dios. Escuchar a la Palabra… significa también prestar atención a nuestros pastores, escuchar al hijo o la hija con inquietudes, o a aquella persona que vive en soledad o desesperación, o al enfermo… y, sobre todo, escuchar a nuestro corazón en oración, desde donde el Señor nos habla.


«Levantaos, no tengáis miedo» (Mt 17,7), les dice Jesucristo inmediatamente. La Transfiguración es también un anticipo de la Resurrección. Nos recuerda que, tras la cruz, está la Gloria. En los momentos de oscuridad, enfermedad o sufrimiento, esta escena nos da esperanza: la última palabra no la tiene el dolor, sino la luz. Ojalá que esta actitud de sorpresa, esperanza y escucha nos acompañe especialmente en esta segunda semana de Cuaresma.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

«En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión voluntaria conturbara su fe» (San León Magno)


«‘Escúchenlo’. Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, los discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras» (Francisco)


«Los Evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su ‘Hijo amado’. Jesús se designa a sí mismo como ‘el Hijo Único de Dios’ (Jn 3,16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en ‘el Nombre del Hijo Único de Dios’ (Jn 3,18) (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 444)