domingo, 18 de mayo de 2025

Homilía del Papa León XIV en la Misa de inicio de su pontificado



Queridos hermanos cardenales, hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, distinguidas autoridades y miembros del Cuerpo diplomático, hermanos y hermanas:


Los saludo a todos con el corazón lleno de gratitud, al inicio del ministerio que me ha sido confiado. Escribía San Agustín: «Nos has hecho para ti, [Señor,] y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones, 1,1.1).


En estos últimos días, hemos vivido un tiempo particularmente intenso. La muerte del Papa Francisco ha llenado de tristeza nuestros corazones y, en esas horas difíciles, nos hemos sentido como esas multitudes que el Evangelio describe «como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36). Precisamente en el día de Pascua recibimos su última bendición y, a la luz de la resurrección, afrontamos ese momento con la certeza de que el Señor nunca abandona a su pueblo, lo reúne cuando está disperso y lo cuida «como un pastor a su rebaño» (Jr 31,10).


Con este espíritu de fe, el Colegio de los cardenales se reunió para el cónclave; llegando con historias personales y caminos diferentes, hemos puesto en las manos de Dios el deseo de elegir al nuevo sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, un pastor capaz de custodiar el rico patrimonio de la fe cristiana y, al mismo tiempo, de mirar más allá, para saber afrontar los interrogantes, las inquietudes y los desafíos de hoy. Acompañados por sus oraciones, hemos experimentado la obra del Espíritu Santo, que ha sabido armonizar los distintos instrumentos musicales, haciendo vibrar las cuerdas de nuestro corazón en una única melodía.

Fui elegido sin tener ningún mérito y, con temor y trepidación, vengo a ustedes como un hermano que quiere hacerse siervo de su fe y de su alegría, caminando con ustedes por el camino del amor de Dios, que nos quiere a todos unidos en una única familia.


Amor y unidad: estas son las dos dimensiones de la misión que Jesús confió a Pedro.


Nos lo narra ese pasaje del Evangelio que nos conduce al lago de Tiberíades, el mismo donde Jesús había comenzado la misión recibida del Padre: “pescar” a la humanidad para salvarla de las aguas del mal y de la muerte. Pasando por la orilla de ese lago, había llamado a Pedro y a los primeros discípulos a ser como Él “pescadores de hombres”; y ahora, después de la resurrección, les corresponde precisamente a ellos llevar adelante esta misión: no dejar de lanzar la red para sumergir la esperanza del Evangelio en las aguas del mundo; navegar en el mar de la vida para que todos puedan reunirse en el abrazo de Dios.

¿Cómo puede Pedro llevar a cabo esta tarea? El Evangelio nos dice que es posible sólo porque ha experimentado en su propia vida el amor infinito e incondicional de Dios, incluso en la hora del fracaso y la negación. Por eso, cuando es Jesús quien se dirige a Pedro, el Evangelio usa el verbo griego agapao —que se refiere al amor que Dios tiene por nosotros, a su entrega sin reservas ni cálculos—, diferente al verbo usado para la respuesta de Pedro, que en cambio describe el amor de amistad, que intercambiamos entre nosotros.


Cuando Jesús le pregunta a Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn 21,16), indica pues el amor del Padre. Es como si Jesús le dijera: sólo si has conocido y experimentado el amor de Dios, que nunca falla, podrás apacentar a mis corderos; sólo en el amor de Dios Padre podrás amar a tus hermanos “aún más”, es decir, hasta ofrecer la vida por ellos.


A Pedro, pues, se le confía la tarea de “amar aún más” y de dar su vida por el rebaño. El ministerio de Pedro está marcado precisamente por este amor oblativo, porque la Iglesia de Roma preside en la caridad y su verdadera autoridad es la caridad de Cristo. No se trata nunca de atrapar a los demás con el sometimiento, con la propaganda religiosa o con los medios del poder, sino que se trata siempre y solamente de amar como lo hizo Jesús.

Él —afirma el mismo apóstol Pedro— «es la piedra que ustedes, los constructores, han rechazado, y ha llegado a ser la piedra angular» (Hch 4,11). Y si la piedra es Cristo, Pedro debe apacentar el rebaño sin ceder nunca a la tentación de ser un líder solitario o un jefe que está por encima de los demás, haciéndose dueño de las personas que le han sido confiadas (cf. 1 P 5,3); por el contrario, a él se le pide servir a la fe de sus hermanos, caminando junto con ellos. Todos, en efecto, hemos sido constituidos «piedras vivas» (1 P 2,5), llamados con nuestro Bautismo a construir el edificio de Dios en la comunión fraterna, en la armonía del Espíritu, en la convivencia de las diferencias. Como afirma San Agustín: «Todos los que viven en concordia con los hermanos y aman a sus prójimos son los que componen la Iglesia» (Sermón 359,9).


Hermanos y hermanas, quisiera que este fuera nuestro primer gran deseo: una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado.


En nuestro tiempo, vemos aún demasiada discordia, demasiadas heridas causadas por el odio, la violencia, los prejuicios, el miedo a lo diferente, por un paradigma económico que explota los recursos de la tierra y margina a los más pobres. Y nosotros queremos ser, dentro de esta masa, una pequeña levadura de unidad, de comunión y de fraternidad. Nosotros queremos decirle al mundo, con humildad y alegría: ¡miren a Cristo! ¡Acérquense a Él! ¡Acojan su Palabra que ilumina y consuela!


Escuchen su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo somos uno. Y esta es la vía que hemos de recorrer juntos, unidos entre nosotros, pero también con las Iglesias cristianas hermanas, con quienes transitan otros caminos religiosos, con aquellos que cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad, para construir un mundo nuevo donde reine la paz.

Este es el espíritu misionero que debe animarnos, sin encerrarnos en nuestro pequeño grupo ni sentirnos superiores al mundo; estamos llamados a ofrecer el amor de Dios a todos, para que se realice esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada pueblo.


Hermanos, hermanas, ¡esta es la hora del amor! La caridad de Dios, que nos hace hermanos entre nosotros, es el corazón del Evangelio. Con mi predecesor León XIII, hoy podemos preguntarnos: si esta caridad prevaleciera en el mundo, «¿no parece que acabaría por extinguirse bien pronto toda lucha allí donde ella entrara en vigor en la sociedad civil?» (Carta enc. Rerum novarum, 20).


Con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, construyamos una Iglesia fundada en el amor de Dios y signo de unidad, una Iglesia misionera, que abre los brazos al mundo, que anuncia la Palabra, que se deja cuestionar por la historia, y que se convierte en fermento de concordia para la humanidad.


Juntos, como un solo pueblo, todos como hermanos, caminemos hacia Dios y amémonos los unos a los otros.


Jesús nos invita a amarnos los unos a los otros



Domingo 5 (C) de Pascua

Hoy, Jesús nos invita a amarnos los unos a los otros. También en este mundo complejo que nos toca vivir, complejo en el bien y en el mal que se mezcla y amalgama. Frecuentemente tenemos la tentación de mirarlo como una fatalidad, una mala noticia y, en cambio, los cristianos somos los encargados de aportar, en un mundo violento e injusto, la Buena Nueva de Jesucristo.


En efecto, Jesús nos dice que «os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34). Y una buena manera de amarnos, un modo de poner en práctica la Palabra de Dios es anunciar, a toda hora, en todo lugar, la Buena Nueva, el Evangelio que no es otro que Jesucristo mismo.


«Llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2Cor 4,7). ¿Cuál es este tesoro? El de la Palabra, el de Dios mismo, y nosotros somos los recipientes de barro. Pero este tesoro es una preciosidad que no podemos guardar para nosotros mismos, sino que lo hemos de difundir: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes (...) enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20). De hecho, San Juan Pablo II escribió: «quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo».


Con esta confianza, anunciamos el Evangelio; hagámoslo con todos los medios disponibles y en todos los lugares posibles: de palabra, de obra y de pensamiento, por el periódico, por Internet, en el trabajo y con los amigos... «Que vuestro buen trato sea conocido de todos los hombres. El Señor está cerca» (Flp 4,5).


Por tanto, y como nos recalca el Papa Juan Pablo II, hay que utilizar las nuevas tecnologías, sin miramientos, sin vergüenzas, para dar a conocer las Buenas Nuevas de la Iglesia hoy, sin olvidar que sólo siendo gente de buen trato, sólo cambiando nuestro corazón, conseguiremos que también cambie nuestro mundo.



Pensamientos para el Evangelio de hoy

«Ésta es la única salvación para nuestra carne y nuestra alma: la caridad para con ellos [enfermos, necesitados]» (San Gregorio Nacianceno)


«Lo esencial en estas palabras es el “nuevo fundamento” del ser que se nos ha dado. La novedad solamente puede venir del don de la comunión con Cristo, del vivir en Él» (Benedicto XVI)


«La voluntad de nuestro Padre es ‘que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad’ (1Tm 2,3-4). El ‘usa de paciencia, no queriendo que algunos perezcan’ (2Pe 3,9). Su mandamiento que resume todos los demás y que nos dice toda su voluntad es que ‘nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado’ (Jn 13,34)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.822)

domingo, 11 de mayo de 2025

La Mirada del Buen Pastor



IV Domingo de Pascua 

Hoy, la mirada de Jesús sobre los hombres es la mirada del Buen Pastor, que toma bajo su responsabilidad a las ovejas que le son confiadas y se ocupa de cada una de ellas. Entre Él y ellas crea un vínculo, un instinto de conocimiento y de fidelidad: «Escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen» (Jn 10,27). La voz del Buen Pastor es siempre una llamada a seguirlo, a entrar en su círculo magnético de influencia.

Cristo nos ha ganado no solamente con su ejemplo y con su doctrina, sino con el precio de su Sangre. Le hemos costado mucho, y por eso no quiere que nadie de los suyos se pierda. Y, con todo, la evidencia se impone: unos siguen la llamada del Buen Pastor y otros no. El anuncio del Evangelio a unos les produce rabia y a otros alegría. ¿Qué tienen unos que no tengan los otros? San Agustín, ante el misterio abismal de la elección divina, respondía: «Dios no te deja, si tú no le dejas»; no te abandonará, si tu no le abandonas. No des, por tanto, la culpa a Dios, ni a la Iglesia, ni a los otros, porque el problema de tu fidelidad es tuyo. Dios no niega a nadie su gracia, y ésta es nuestra fuerza: agarrarnos fuerte a la gracia de Dios. No es ningún mérito nuestro; simplemente, hemos sido “agraciados”.

La fe entra por el oído, por la audición de la Palabra del Señor, y el peligro más grande que tenemos es la sordera, no oír la voz del Buen Pastor, porque tenemos la cabeza llena de ruidos y de otras voces discordantes, o lo que todavía es más grave, aquello que los Ejercicios de san Ignacio dicen «hacerse el sordo», saber que Dios te llama y no darse por aludido. Aquel que se cierra a la llamada de Dios conscientemente, reiteradamente, pierde la sintonía con Jesús y perderá la alegría de ser cristiano para ir a pastar a otras pasturas que no sacian ni dan la vida eterna. Sin embargo, Él es el único que ha podido decir: «Yo les doy la vida eterna» (Jn 10,28).

Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «‘El que entre por mí se salvará’, disfrutará de libertad para entrar y salir, y encontrará pastos abundantes. En efecto, entrará al abrirse a la fe; saldrá al pasar de la fe a la visión; encontrará pastos en el banquete eterno» (San Gregorio Magno)

  • «Ésta es precisamente la diferencia entre el verdadero pastor y el ladrón: para el ladrón, para los ideólogos y dictadores, las personas son sólo cosas que se poseen. Pero para el verdadero pastor, por el contrario, son seres libres en vista de alcanzar la verdad y el amor» (Benedicto XVI)

  • «La participación en la celebración común de la Eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad (…). Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.182)

viernes, 9 de mayo de 2025

Aspectos salvíficos para la humanidad

 



INTRODUCCIÓN

Cada uno de nosotros está llamado a actuar conforme a la gracia proveniente de Dios, quien diariamente nos expresa su amor, iluminando nuestra vida, y es menester ser agradecidos con nuestro Padre por haber sacrificado su vida y redimir la nuestra.

Si bien es cierto, mediante las escrituras sagradas hemos logrado comprender varios aspectos en relación a nuestra salvación, sin embargo desde mi perspectiva, es necesario profundizar y conceptualizar las principales facetas que están inmersas en el proceso.

Asumir que Cristo, sólo Él como creador de la humanidad, podía ser su Salvador, nadie más podía otorgarle redención al ser humano y se propuso llegar hasta las últimas consecuencias, sin importar si estas incluían humillación,  y dolor, todo lo que tuviese que soportar con la finalidad de restaurar al alma arrepentida y creyente a la armonía con Dios y su propósito de salvación, es esquivo a la comprensión de los seres humanos, es un misterio grande y sublime que sería casi imposible llegar a entenderlo por completo.

La palabra salvación tiene implícita la idea de precaución o preservación de alguna eventualidad y respecto al tema de la salvación espiritual, a través de este trabajo, mi objetivo es profundizar en las tres etapas que están inmersas en el proceso liberación, santificación y vivificación.


CAPÍTULO I


1.1 LOS TRES ASPECTOS DE LA SALVACIÓN

Para iniciar nuestro estudio analizando la terminología que se ocupa para hablar del tema.  Se suele hablar de la salvación en tres tiempos:

Pasado

Presente

Futuro

Si con esos términos se quiere hablar de lo Dios hizo en el pasado, lo que está haciendo ahora y lo que hará en el futuro, está bien.  Así lo entiende el autor Ron Sider.  O bien, si con esa clasificación se desea señalar las etapas en la experiencia personal del creyente, no hay problema, porque absolutamente todos fuimos salvos, estamos siendo salvados, y seremos salvos en el futuro.

Sin embargo, considero que la terminología más adecuada para describir las tres etapas de nuestra salvación, sustituyendo las palabras pasado, presente, futuro, prefiero hablar de:

Aspecto Inicial

Aspecto Progresivo

Aspecto Final

Desde mi punto de vista considero que esta terminología enfatiza la unidad del proceso salvífico más que la otra.  Entreteje las etapas como parte de una experiencia total.

Así lo entiende el teólogo Novo testamentario George Caird al decir, “La salvación es una acción de Dios con dimensión triple: es un hecho ya realizado, una experiencia que continúa en el presente, y una consumación todavía futura”. En este estudio, examinemos varias de las facetas de la salvación para comprobar la validez de que la salvación es un hecho integral que se realiza en tres etapas, y que sus diferentes aspectos se experimentan en cada una de estas etapas.


CAPÍTULO II


2.1 La salvación como liberación

La salvación está relacionada con liberación; existen tres términos que describen nuestra salvación y que informan la idea de liberación.

El primero es Salvar.

El segundo es Liberar.

El tercero Redimir.

Los cristianos hemos sido salvados (Ef. 2, 8; 2 Ti. 1, 9); estamos siendo salvados en el presente (1 Co. 15, 2); y seremos salvados en el futuro (Ro. 5, 9; 2 Tes. 2, 14). Hemos sido liberados del poder de Satanás (Col. 1, 13), somos liberados del poder del pecado en nuestra experiencia presente (Ro. 6, 14), y seremos liberados en el futuro de la ira de Dios (1 Tes 1, 10).  Fuimos redimidos en el pasado (Gal. 3, 13; Ef. 1, 7), gozamos hoy de la obra redentora de Jesús (Tito 2, 14); y un día gozaremos de la plenitud de la redención (Ro. 8, 23; Ef. 4, 40).

La doctrina bíblica de la salvación enseña que la muerte de Cristo arregló de manera completa el problema del pecado, que es lo que nos condena y nos esclaviza;  pero al aceptar por fe la obra de Cristo en la cruz, recibimos una liberación total del pecado y sus consecuencias.  En la fase inicial de la salvación, somos salvos de una vez por todas del castigo del pecado.  En la fase presente de nuestra salvación, somos liberados diaria y progresivamente del poder del pecado en nuestra vida.  Y en la fase de culminación, seremos salvos de la misma presencia del pecado y sus efectos, incluyendo la muerte.


2.2 LA JUSTIFICACIÓN

La justificación está inmersa en las tres fases de nuestra salvación,  porque la obra de  Dios por la que nos justifica y por lo general se relaciona con el aspecto inicial de nuestra salvación, ya que desde que comenzó, fuimos justificados (es decir que Dios nos declaró justos), cuando depositamos nuestra confianza en Cristo.

La fe le fue acreditada por justicia a Abraham en el momento en que creyó; “Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia” (Ro. 4, 3).  Lo mismo pasa hoy: “al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Ro. 4, 5).  Desde que creímos en Cristo, cuando dejamos de confiar en nuestros propios esfuerzos y pusimos la fe sólo en él, Dios aplicó a nuestra cuenta la justicia de Cristo, con base en su obra perfecta y en cruz, y nos declaró justos.  Es por eso que Pablo puede decir: “Justificados pues, por la fe, tenemos paz para con Dios” (Ro. 5, 1).

La etapa inicial de nuestra salvación incluye la justificación, la cual será confirmada en la consumación final.  Pero, ¿qué hay de la etapa presente?  La vida cristiana consiste de cierta manera en un proceso en que nuestra práctica se va ajustando progresivamente a nuestra posición, diariamente asumimos retos y renovamos nuestra fe y nuestras creencias, es una labor progresiva, nuestra posición es la de justos, la justicia se debería mostrar de manera creciente en nuestra experiencia actual.

Esto es lo que San Pablo enfatiza cuando dice, en la misma carta a los romanos, que el propósito de Dios al enviar a su Hijo fue “para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, los que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Ro. 8, 4).  El propósito supremo de Dios para nosotros es conformarnos a la imagen de su Hijo (Ro. 8, 29), y eso incluye desarrollar en nosotros la justicia.

Hay mucho campo para la reflexión sobre este asunto.  La justicia incluye tratar a todos sin preferencia ni discriminación.  Incluye ser imparcial tanto en los reconocimientos que se dan como con las sanciones que haya que aplicar.  Incluye una conducta recta en todo sentido. Que no exista en ningún momento o lugar algún trato preferente para nadie. Dios debería poder decir de cada uno de nosotros, como sucedió con Job, “¿No has considerado a mi siervo Juan (o mi sierva María) que no otro como él (o ella) en la tierra, varón (o mujer) perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?” (Job 1, 8).

Cuánto mayor sería el impacto de la Iglesia en nuestros países si todos nos condujéramos de esa manera.  La reproducción de la justicia de Dios en nuestro diario caminar es un reto que debemos tener siempre presente, y una aspiración que nos esforzamos por alcanzar mediante nuestra conducta y acciones con Dios, quien debe ser nuestra principal motivación, nuestros hermanos y nosotros mismos.


2.3 SANTIFICACIÓN

Las tres fases de la salvación se ven de manera clara en otro de sus aspectos—la santificación.  La santificación es la separación del pecado y separación para Dios.  Fuimos santificados inicialmente cuando creímos en Cristo; Dios nos apartó para sí mismo y nos sacó de la esfera de pecado en que vivíamos.  La salvación para la cual Dios nos escogió, y a la cual nos llamó por el evangelio, se realizó “mediante la santificación del Espíritu” (2 Tes. 2, 13).  San Pablo describe a los creyentes en la problemática Iglesia de Corinto como “los santificados en Cristo Jesús” (1 Co. 1, 2).

La santificación comienza cuando creemos en Cristo y recibimos el precioso regalo de la salvación.  Así como Dios nos declara “justos” desde ese momento, también nos llama “santos”. San Pablo pudo decir a los de corintios, “ya habéis sido santificados” (1 Co. 6, 11)  Este aspecto de la salvación se puede llamar “santificación posicional”.  Nuestra posición ante Dios es la de santos, porque nos ha apartado para él y nos ha limpiado (Tito 2, 5).

A la vez, la santificación tiene mucha relación con nuestra experiencia presente. San Pablo dice a los Tesalonicenses, “la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tes. 4, 3).  El apóstol relaciona esta verdad con el problema de inmoralidad.  Hace un contraste entre la relación matrimonial en la que uno tiene “a su esposa en santidad y honor” (4, 4), y la fornicación, que representa “pasión de concupiscencia” (4, 5).

Resume su enseñanza diciendo que “no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (4, 7).  En un mundo en que el sexo y la promiscuidad se comercializan y la satisfacción sexual se busca por cualquier medio, es importante que hagamos un llamado continuo a la santidad y comprendamos que vivir en libertinaje sexual mancilla nuestro cuerpo y nuestro espíritu, en los cuales debe habitar la pureza y principios morales.

La santificación tiene que ver con todas las áreas de nuestra conducta, no solamente la sexual.  Una de las razones por las que fuimos santificados es para que hagamos buenas obras (Tito 2, 14).  Una evidencia de estamos experimentando la santificación presente es que serviremos a la justicia (Ro. 6, 18-19).

El aspecto futuro de nuestra santificación no es menos importante.  Cuando Cristo venga, el proceso santificador será consumado.  La oración del apóstol por los Tesalonicenses, de que Dios “os santifique por completo”, será contestada finalmente “para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes. 5, 23).  La meta de Dios, de “presentarnos santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Col. 1, 22) está relacionada con la reconciliación cósmica que está aún por efectuarse (Col. 1, 20).  La obra santificadora del Espíritu se culminará cuando se hace realidad nuestro destino de “alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tes. 2, 14), lo cual sucederá en su segunda venida.  Como comenta Charles Wanamaker, “Cuando Pablo habla de obtener la gloria de Cristo tiene en mente la transformación escatológica del pueblo de Dios asociada con la resurrección”.


2.4 VIVIFICACIÓN

La nueva vida que recibimos como resultado de la salvación también se experimenta en las tres etapas.  En el momento en que creímos en Cristo, recibimos vida; “estando nosotros muertos en pecados, (Dios) nos dio vida juntamente con Cristo” (Ef. 2, 5).  Fuimos “engendrados por el evangelio” (1 Co. 4, 15).  Esa vida representa el comienzo de una nueva y viva relación con Dios.

Pero la nueva vida que recibimos en Cristo es sólo el comienzo.  El plan de Dios es que “nosotros andemos en vida nueva” (Ro. 6, 54). El verbo “andar” sugiere un proceso, un caminar continuo.  La nueva vida que tenemos no es nuestra; es la vida de Cristo en nosotros.  Para San Pablo, esto era lo importante: “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gá. 2, 20).  Las aflicciones que experimentamos como cristianos tienen como uno de sus propósitos permitir que “la vida de Cristo se manifieste en nuestros cuerpos” (2 Co. 4, 10).

Una vida como la de Jesús, eso es lo que Dios desea reproducir en nosotros.  Y la manifestación de esa vida en nosotros es una salvación—salvación de nuestra auto-dependencia, de nuestro ego, de nuestras metas equivocadas.  La vida de Cristo en nosotros se manifiesta por las cualidades que su Espíritu desarrolla en nosotros—el fruto del Espíritu que es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Gá. 5, 22-23).  Los que demuestran la vida de Jesús en su diario caminar “han crucificado la carne con sus pasiones” (5, 24), y evitan la vanagloria y la envidia (5, 26).  Viven en verdadera libertad, no sirviendo a la carne, sino sirviendo “por amor los unos a los otros” (Gál 5, 13).

Nuestra nueva vida tendrá su plena realización cuando Cristo venga otra vez.  Seremos “vivificados” no sólo porque entraremos a una nueva y hermosa esfera de vida, sino también porque nuestros cuerpos mortales serán resucitados, o transformados si nos encontramos vivos en su regreso.  “Esto corruptible” se visitará “de incorrupción” y “esto mortal” se visitará “de inmortalidad” (1 Co. 15, 53).

De nuevo podemos ver que la esperanza de nuestra plena salvación en el futuro representa un poderoso orientador para el presente.  Pablo dice que “cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados en él en gloria” (Col. 3, 4).  El apóstol utiliza esa esperanza de vida plena y gloriosa para exhortar a sus lectores a “hacer morir lo terrenal en vosotros” (3, 5).

¡Cómo sería la Iglesia si todos viviéramos manifestando la vida de Cristo!  Tal manifestación puede ser una realidad si cumplimos con los requisitos de mantener una comunión íntima con nuestro Señor, a través de la oración, el estudio de la Palabra, y la confesión diaria de pecado.  Es cuando contemplamos la gloria del Señor que somos transformados a su imagen (2 Co. 3, 18).


CONCLUSIÓN


La salvación en prácticamente todos sus aspectos se desarrolla en tres etapas o fases: la inicial, la progresiva, y la final.  Vale la pena citar nuevamente a George Caird:

Casi todos estos términos (los que tienen que ver con la salvación) se pueden usar indistintamente para referir a cualquiera de los tres tiempos.  Nuestra lógica moderna quizá preferiría guardar un grupo de términos para cada aspecto de la tríada: por ejemplo, justificación para el hecho consumado, santificación para la experiencia continua, y glorificación para la meta. Pero el uso de los términos en el Nuevo Testamento no se conforma a ese tipo de patrón.  Lo único que puede asegurar la lógica es que hay diferencias de énfasis.  La justificación tiene primordialmente una referencia al pasado, pero es también una condición dentro de la cual se vive la vida cristiana… antes del veredicto final que se espera ansiosamente… Los cristianos han sido salvos una vez por todas, pero también están siendo salvados… y esperan la salvación todavía futura… Han sido libertados, pero deben vivir como personas libres… mientras esperan su liberación final.  Han sido lavados, pero el proceso limpiador continúa, hasta que se alcanza la pureza perfecta”. 

Podríamos mencionar otros aspectos de nuestra salvación como la glorificación y la reconciliación, que también se experimentan de alguna manera en cada etapa de nuestra salvación.  Pero los aspectos ya tocados son suficientes para poder afirmar que nuestra salvación es completa—maravillosamente completa.

¿Cómo debe afectar mi conducta como cristiano el reconocer que Dios me ha salvado de esta manera?  Primero, me infunde confianza el saber que “el que comenzó en vosotros la buena obra la seguirá perfeccionando hasta el día de Jesucristo” (Fil 1, 6).  Puedo enfrentar el futuro con total descanso en mi corazón, sabiendo que ya soy poseedor de una salvación completa.

En segundo lugar, comprender mi salvación me anima a vivir agradecido con Dios, y deseoso de corresponder a la inmensa obra salvadora con la cual he sido beneficiado.  Debo procurar constantemente que la posición que tengo en Cristo se transfiera a mi experiencia diaria.  Ya que he sido justificado, debo practicar una vida recta y justa.  Porque he sido reconciliado, debo buscar la reconciliación y la comunión con todos mis hermanos.  Porque he sido santificado, debo vivir en santidad.  Porque soy receptor de la glorificación, debo desear que la gloria de Cristo se manifieste en mi vida.  Porque Dios me ha dado vida, debo cultivar y desarrollar esa preciosa relación con mi Señor, apartando tiempo para estar con él  y viviendo en comunión con él durante todo el día.

En vista de la salvación tan grande que Cristo compró en la cruz con el precio incalculable de su sangre, debo valorar mi salvación. Y si la valoro, voy a querer compartir con otros el mensaje del Evangelio que es “poder de Dios para salvación”.

Que Dios nos ayude a comprender cada día más lo grandioso de nuestra salvación, a corresponder a ella con una vida acorde con sus valores, y a compartir con otros éste  bello y poderoso  mensaje.

jueves, 8 de mayo de 2025

¿Quién es Robert Prevost, el nuevo Papa León XIV?



León XIV​ (en latín: Leo PP. XIV), de nombre secular Robert Francis Prevost, O.S.A. (Chicago, 14 de septiembre de 1955), es el 267.º papa de la Iglesia católica. Como sumo pontífice, es el jefe de Estado y noveno soberano de la Ciudad del Vaticano.

Prevost, de doble nacionalidad estadounidense-peruana (nació en Estados Unidos y se naturalizó peruano tras haber residido más de 30 años en dicho país), fue prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina desde enero de 2023 hasta abril de 2025.

El 8 de mayo de 2025 fue elegido papa asumiendo el nombre de León XIV, convirtiéndose en el primer papa estadounidense y el primero peruano (primero también en poseer una doble nacionalidad), y el segundo procedente de América, tras su predecesor, el papa Francisco. También es el primer angloparlante nativo desde Adriano IV.


Biografía

Familia

Robert Francis Prevost nació el 14 de septiembre de 1955, en la ciudad estadounidense de Chicago. Hijo de Louis Marius Prevost, de ascendencia francesa e italiana, y Mildred Martínez, descendiente de españoles y franceses asentados en Nueva Orleans, en el siglo XIX.


Formación

Realizó su formación secundaria en el Seminario Menor de los PP. Agustinos, graduándose en 1973. En 1977 obtuvo en la Universidad Villanova el grado en Ciencias Matemáticas, junto con una especialización en Filosofía.

Al año siguiente obtuvo una maestría en Divinidad en la Unión Teológica Católica de Chicago. Mientras estuvo allí enseñó matemáticas en el Mendel Catholic High School, y trabajó ocasionalmente como profesor de física suplente en la escuela secundaria St. Rita of Cascia.

Posteriormente se trasladó a Roma para proseguir sus estudios en Derecho canónico en la Universidad Angelicum, donde obtuvo la licenciatura en 1984, y luego obtuvo el doctorado con mención «magna cum laude», con la tesis titulada: «El rol del prior local de la Orden de San Agustín» (1987).

Es políglota, pues habla el inglés, español, italiano, francés, portugués, y lee el latín y el alemán.


Vida religiosa

El 1 de septiembre de 1977, ingresó al noviciado de la Orden de San Agustín de la Provincia Agustiniana de «Nuestra Señora del Buen Consejo» Saint Louis. Realizó su primera profesión de votos religiosos el 2 de septiembre de 1978, y la profesión solemne el 29 de agosto de 1981. Su ordenación sacerdotal fue el 19 de junio de 1982, en Roma, a manos del arzobispo Jean Jadot.

Tras su ordenación fue destinado a trabajar en la misión de Chulucanas, en Perú (1985-1986), siendo vicario parroquial de la Catedral y canciller de la diócesis.

Entre 1987 a 1988, fue promotor de la pastoral vocacional en Estados Unidos y director de misiones de la Provincia Agustiniana «Madre del Buen Consejo» en Olympia Fields. Además, se dedicó a conseguir fondos económicos para las misiones de su provincia, en especial para la misión de Chulucanas.

A su regreso a Perú en 1988, fue enviado a la misión de Trujillo para ser el director del proyecto de formación común de los aspirantes agustinos de los Vicariatos de Chulucanas, Iquitos y Apurímac. Allí se desempeñó como prior de la comunidad (1988-1992), director de formación (1988-1998) y maestro de profesos (1992-1998).

En la arquidiócesis de Trujillo prestó servicio como vicario judicial (1989-1998), profesor de Derecho canónico, Patrística y Moral en el Seminario Mayor; también ejerció como director de estudios del mencionado centro de formación sacerdotal, y fue rector encargado durante un año.

Fue párroco fundador de la parroquia Nuestra Señora de Monserrat (1992-1999) y de la Capilla Nuestra Señora, Madre de la Iglesia (hoy Parroquia Santa Rita de Cascia), entre 1988 a 1999. En 1998, fue elegido prior provincial de su Provincia «Madre del Buen Consejo» (Chicago), para asumir el cargo en marzo de 1999.

​En 2001, el Capítulo General Ordinario lo eligió como prior general. Fue elegido para un segundo mandato de seis años en 2007. Fue moderador del Instituto «Augustinianum» y responsable de las relaciones de su Orden con los dicasterios vaticanos.

De 2013 a 2014, fue director de formación en el Convento de San Agustín en Chicago, así como primer consejero y vicario provincial de la Provincia de «Nuestra Madre del Buen Consejo».


Episcopado

Obispo de Chiclayo

El 3 de noviembre de 2014, el papa Francisco lo nombró obispo titular de Sufar y administrador apostólico de Chiclayo.​ El 7 de noviembre siguiente, tomó posesión canónica de la Sede ante la presencia del entonces nuncio apostólico en Perú, James Patrick Green, y del Colegio de Consultores. Fue consagrado el 12 de diciembre del mismo año, en la Catedral de Chiclayo, a manos del arzobispo James Patrick Green. El 26 de septiembre de 2015, el papa Francisco lo nombró obispo de Chiclayo.

El 2015, obtuvo la nacionalidad peruana.

El 13 de julio de 2019, fue nombrado miembro de la Congregación para el Clero.

El 15 de abril de 2020, fue nombrado administrador apostólico sede vacante del Callao, cargo que ocupó hasta el 26 de mayo de 2021.

El 21 de noviembre de 2020, el papa Francisco lo nombró miembro de la Congregación para los Obispos.

Desde marzo de 2018 hasta enero de 2023 fue vicepresidente segundo de la Conferencia Episcopal Peruana, siendo también parte del consejo permanente. Fue presidente de la Comisión de Educación y Cultura. También fue miembro del consejo económico y miembro de la dirección de Caritas Perú.


Dicasterio para los Obispos

El 30 de enero de 2023, el papa Francisco lo nombró prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, elevándolo a la vez a la dignidad de arzobispo ad personam.

El 7 de febrero de 2023 fue nombrado miembro de la Sección para la primera evangelización y las nuevas Iglesias particulares del Dicasterio para la Evangelización, y de los dicasterios para la Doctrina de la Fe, para las Iglesias Orientales, para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica y para la Cultura y la Educación. El 25 de abril de 2023 fue nombrado miembro del Dicasterio para los Textos Legislativos, ad quinquennium et durante munere.


Cardenalato

Fue creado cardenal por el papa Francisco durante el consistorio del 30 de septiembre de 2023, con el titulus de cardenal diácono de Santa Mónica.

El 4 de octubre de 2023 fue nombrado miembro de la Sección para la primera evangelización y las nuevas Iglesias particulares del Dicasterio para la Evangelización, de los dicasterios para la Doctrina de la Fe, para las Iglesias Orientales, para el Clero, para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, para la Cultura y la Educación, para los Textos Legislativos y de la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano.

El 6 de febrero de 2025, fue promovido a la orden de los obispos del Colegio Cardenalicio, asignándole la sede suburbicaria de Albano.


Papado

Elección

El 8 de mayo de 2025, el cónclave, integrado por 133 cardenales, alcanzó el consenso necesario en la cuarta votación, celebrada durante el segundo día de deliberaciones. A las 18:08 (hora local de Roma), la tradicional fumata blanca se elevó desde la chimenea de la Capilla Sixtina, anunciando al mundo la elección de un nuevo papa. Se convirtió en el primer papa perteneciente a la Orden de San Agustín en la historia de la Iglesia. Pese a que Eugenio IV y otros papas estuvieron vinculados estrechamente a la orden agustina, no fueron frailes agustinos.

Prevost eligió el nombre de León XIV, convirtiéndose en el 14.º papa con ese nombre y el 267.º en la historia de la Iglesia Católica. Este nombre evoca a papas anteriores como León I el Magno y León XIII, conocidos por su liderazgo y compromiso social.

En su primer discurso como Papa​, León XIV expresó gratitud por el legado de su predecesor, el Papa Francisco, y dirigió un mensaje de paz a todos los pueblos. También se dirigió en español a su antigua diócesis en Perú, mostrando su cercanía con la comunidad latinoamericana.

martes, 6 de mayo de 2025

La Esperanza como virtud



La virtud de la esperanza es una de las tres virtudes teologales, junto con la fe y la caridad, que son fundamentales en la tradición cristiana. En esencia, la esperanza es la confianza en Dios y en sus promesas de salvación, incluyendo la vida eterna. Es la expectativa alegre y confiada de alcanzar la felicidad en Dios, incluso en medio de las dificultades de la vida. 

En detalle:

Confianza en Dios:

La esperanza se basa en la creencia en la bondad y el poder de Dios, y en su amor por la humanidad. 

Expectativa de la vida eterna:

La esperanza nos ayuda a mirar más allá de las dificultades y desafíos de la vida presente, con la expectativa de alcanzar la felicidad eterna en Dios. 

Unión con Dios:

La esperanza nos impulsa a buscar la unión con Dios y a vivir de acuerdo con sus mandamientos, buscando la santidad y la vida eterna. 

Resistencia ante la adversidad:

La esperanza nos da fuerza y fortaleza para soportar las dificultades y el sufrimiento con paciencia y confianza en que Dios nos guiará. 

Purificación de las esperanzas terrenales:

La esperanza no se limita a las aspiraciones terrenales, sino que las purifica y las orienta hacia el Reino de los Cielos, buscando la verdadera felicidad en Dios. 

En resumen, la esperanza es una virtud que nos permite mirar el futuro con optimismo y confianza en que Dios cumplirá sus promesas de salvación y vida eterna. 


La Esperanza en el pontificado del Papa Francisco:

El pontificado del Papa Francisco se ha caracterizado por un mensaje central de esperanza, invitando a la comunidad global a no desanimarse ante la adversidad y a confiar en la misericordia de Dios. Su enfoque ha sido particularmente relevante en un mundo marcado por la incertidumbre y el sufrimiento, ofreciendo un faro de luz y un llamado a la acción. 

El enfoque de Francisco en la esperanza:

Esperanza activa:

Francisco no presenta la esperanza como una actitud pasiva, sino como un compromiso para construir un futuro mejor. 

Esperanza en la misericordia de Dios:

Su mensaje se centra en la confianza en la bondad y el perdón de Dios, incluso en los momentos más difíciles. 

Esperanza como motor de cambio:

La esperanza es vista como una fuerza impulsora que puede transformar la realidad y animar a la acción. 

Esperanza en la Iglesia:

Francisco ha llamado a la Iglesia a ser un signo de esperanza para el mundo, a través de su servicio a los más necesitados y su compromiso con la paz. 

Esperanza en la juventud:

El Papa ha mostrado una gran confianza en las nuevas generaciones, invitándolas a ser agentes de cambio y a construir un futuro más justo. 

Ejemplos de su mensaje de esperanza:

Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz:

En sus mensajes para la Jornada Mundial de la Paz, el Papa Francisco siempre ha resaltado la importancia de la paz y ha llamado a la esperanza como un elemento fundamental para superar los conflictos. 

Autobiografía "Esperanza":

En su autobiografía, Francisco reflexiona sobre su vida, su fe y su pontificado, destacando la importancia de la esperanza como un motor de cambio y como una fuente de fortaleza en medio de la adversidad. 

Catequesis sobre la esperanza:

En sus catequesis, el Papa ha profundizado en la virtud de la esperanza, destacando su importancia para la vida cristiana y su capacidad para superar la desesperanza. 

En resumen, el pontificado de Francisco ha sido una fuente de esperanza para muchos, al ofrecer un mensaje de optimismo y compromiso en un mundo que a menudo se siente abrumado por la incertidumbre y el sufrimiento. 

El Papa Francisco ha dedicado varios documentos a la esperanza, incluyendo su encíclica Fratelli Tutti y la bula Spes non confundit, que anuncia el Año Santo 2025, dedicado a la esperanza. También ha hablado sobre la esperanza en sus catequesis y en su libro Esperanza.

Documentos clave:

Fratelli Tutti:

Esta encíclica, aunque no está específicamente centrada en la esperanza, sí enfatiza la importancia de la fraternidad y la amistad social, que son elementos fundamentales para mantener viva la esperanza en un mundo marcado por la división. 

Spes non confundit:

Esta bula, publicada para anunciar el Año Santo 2025, está dedicada a la esperanza. Define la esperanza como una virtud teologal, una fuerza que nos impulsa a mirar al futuro con confianza y a actuar con valentía en el presente. 

Catequesis sobre la esperanza:

El Papa Francisco ha dedicado varias catequesis a la virtud de la esperanza, explorando su naturaleza, su importancia y cómo podemos cultivarla en nuestras vidas. 

Libro Esperanza:

En este libro, el Papa Francisco reflexiona sobre la esperanza, su significado y su papel en la vida de las personas y de la Iglesia, según noticias de Vatican News. 

En resumen, la esperanza es un tema recurrente en el ministerio del Papa Francisco, presente en sus documentos oficiales, sus catequesis y sus publicaciones, donde la define como una virtud esencial para la vida cristiana y un faro de luz en un mundo que a menudo se siente desanimado. 


La Esperanza desde las culturas no cristianas

Los griegos, tan visuales y figurativos, pensaron que la Esperanza era hija de la Noche (Nyx) y madre de la Fama (Fême). La representaron como una mujer joven que lleva flores o una cornucopia (símbolo de la riqueza) en su mano derecha, mientras que con la izquierda hace ademán de levantarse la falda. De esta manera tan elocuente todavía aparece representada en una moneda tardía, un tetradracma de bronce acuñado en Alejandría en el siglo III para conmemorar el primer aniversario del reinado de Dioclesiano.


Pero es en los Trabajos y días, poema escrito unos mil años antes, donde se narra el gran mito en que aparece la esperanza. Hesíodo cuenta allí la historia de la trampa que le tendió el titán Prometeo a Zeus, con el objeto de robarle el fuego y dárselo a los mortales. Zeus, enfurecido, tramó entonces una terrible venganza contra los hombres: ordenó a Hefesto que modelara en barro la figura de una hermosísima doncella a la que Afrodita dio todas sus gracias, Atenea enseñó sus labores y Hermes “dotó de una mente cínica y un carácter voluble”, “mentiras en el pecho y palabras seductoras”. A esta bellísima mujer le dieron por nombre Pandora, que en griego significa “todos los regalos”. Esto porque traía un ánfora de barro (no una caja, como después ha querido la tradición popular) lleno de engañosos regalos de todos los dioses, los cuales, en realidad, eran más bien males con que perjudicar a los hombres.


Temeroso de la venganza de Zeus, Prometeo había pedido a su hermano Epimeteo que no aceptara ningún regalo de los dioses. Sin embargo, al ver aquella irresistible doncella, Epimeteo olvidó las advertencias de su hermano y aceptó el engañoso regalo. Entonces Pandora abrió la tapa del ánfora que traía y salieron de ella todo tipo de males que se diseminaron por el mundo, calamidades, bajas pasiones, pestes y enfermedades, “procurando a los hombres lamentables inquietudes”. Epimeteo, recordando la advertencia de su hermano, se apresuró a tapar de nuevo el ánfora, aunque ya tarde. Por eso solo la esperanza fue lo único que no pudo salir, quedando atrapada en su interior.


Muchos de los elementos del mito de Pandora se repiten con sospechosa insistencia en casi todas las mitologías del Mediterráneo oriental, desde las sagas egipcias al Poema del Gilgamesh. También en el libro del Génesis, Adán es modelado a partir del barro, y Eva, la primera mujer, es culpada de los males que aquejan a la humanidad. Es sin embargo el papel de la esperanza lo que ha intrigado durante años a los helenistas estudiosos del texto de Hesíodo, al punto de haberse convertido en una de las controversias filológicas más antiguas a la vez que enconadas. ¿Por qué la esperanza es lo único que queda atrapado en el ánfora? ¿Por qué se trata del único bien que envían los dioses, mezclado con todos los males? ¿Es realmente la esperanza un bien?

Pandora y otra versión

Otras versiones del mito relatan que, en realidad, la jarra contenía bienes y no males. La apertura de la jarra ocasionó que los bienes volaran regresando a las mansiones de los dioses, sustrayéndose de la vida de los hombres que en adelante solo viven afligidos por males. Lo único que pudieron conservar de aquellos bienes es la esperanza. No obstante, la figura de los toneles que contienen tanto el mal como el bien ya está reflejada incluso en la Ilíada, en la que se nos dice que «dos toneles están fijos en el umbral de Zeus: uno contiene los males y el otro los bienes que nos obsequian. A quien Zeus, que se deleita con el rayo, le da una mezcla, unas veces se encuentra con algo malo y otras con algo bueno. Pero a quien solo da miserias, lo hace objeto de toda afrenta, y una cruel aguijada lo va azuzando por la límpida tierra y vaga sin el aprecio ni de los dioses ni de los mortales»


Canción: Esperando con María


El Señor ha estado grande,

a Jesús resucitó,

con María, sus hermanos,

entendieron qué pasó.

Como el viento que da vida,

el Espíritu sopló,

y aquella fe incierta

en firmeza se cambió.

                             

GLORIA AL SEÑOR, ES NUESTRA ESPERANZA,

Y CON MARIA SE HACE VIDA SU PALABRA.

GLORIA AL SEÑOR PORQUE EN EL SILENCIO

GUARDO LA FE SENCILLA Y GRANDE CON AMOR.


Pues sus ojos se abrieron

y también su corazón,

la tristeza fue alegría,

fue su gozo el dolor.

Esperando con María

se llenaron del Señor,

porque Dios está presente

si está limpio el corazón.

Nuestro tiempo es tiempo nuevo

cada vez que sale el sol

y escuchamos su Palabra,

fuerza viva de su amor,

que disipa las tinieblas

y aleja del temor.

Se hacen fuertes nuestras manos

con la Madre del Señor.


domingo, 4 de mayo de 2025

El Maestro los había convertido en “pescadores de hombres”



Domingo III (C) de Pascua

Hoy, tercer Domingo de Pascua, contemplamos todavía las apariciones del Resucitado, este año según el evangelista Juan, en el impresionante capítulo veintiuno, todo él impregnado de referencias sacramentales, muy vivas para la comunidad cristiana de la primera generación, aquella que recogió el testimonio evangélico de los mismos Apóstoles.


Éstos, después de los acontecimientos pascuales, parece que retornan a su ocupación habitual, como habiendo olvidado que el Maestro los había convertido en “pescadores de hombres”. Un error que el evangelista reconoce, constatando que —a pesar de haberse esforzado— «no pescaron nada» (Jn 21,3). Era la noche de los discípulos. Sin embargo, al amanecer, la presencia conocida del Señor le da la vuelta a toda la escena. Simón Pedro, que antes había tomado la iniciativa en la pesca infructuosa, ahora recoge la red llena: ciento cincuenta y tres peces es el resultado, número que es la suma de los valores numéricos de Simón (76) y de ikhthys (=pescado, 77). ¡Significativo!


Así, cuando bajo la mirada del Señor glorificado y con su autoridad, los Apóstoles, con la primacía de Pedro —manifestada en la triple profesión de amor al Señor— ejercen su misión evangelizadora, se produce el milagro: “pescan hombres”. Los peces, una vez pescados, mueren cuando se los saca de su medio. Así mismo, los seres humanos también mueren si nadie los rescata de la oscuridad y de la asfixia, de una existencia alejada de Dios y envuelta de absurdidad, llevándolos a la luz, al aire y al calor de la vida. ¿De qué vida? De la vida de Cristo, que él mismo alimenta desde la playa de su gloria, figura espléndida de la vida sacramental de la Iglesia y, primordialmente, de la Eucaristía. En ella el Señor da personalmente el pan y, con él, se da a sí mismo, como indica la presencia del pez, que para la primera comunidad cristiana era un símbolo de Cristo y, por tanto, del cristiano.



Pensamientos para el Evangelio de hoy

«Y habiendo comido delante de ellos, tomó las sobras y se las dio. Para demostrarles la veracidad de su resurrección, se dignó a comer con ellos, para que viesen que había resucitado de una manera real, y no de un modo imaginario» (San Beda)


«¿Cuál es hoy la mirada de Jesús sobre mí? ¿Cómo me mira Jesús? ¿Con una llamada? ¿Con un perdón? ¿Con una misión? Estamos todos bajo la mirada de Jesús. Él mira siempre con amor. Nos pide algo y nos da una misión» (Francisco)


«El encuentro con Jesús resucitado se convierte en adoración: ‘Señor mío y Dios mío’ (Jn 20,28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: ‘¡Es el Señor!’ (Jn 21,7)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 448)

viernes, 2 de mayo de 2025

Amor de Dios Vs Amor humano



El amor de los hombres y el amor de Dios son conceptos distintos. El amor de Dios, a menudo denominado "agape" (caridad), es un amor incondicional y desinteresado que busca el bien del otro, mientras que el amor humano puede ser egoísta y condicionado por el deseo de satisfacción personal. 

El amor de Dios:

Incondicional:

El amor de Dios no depende de las acciones o la condición del ser amado. Bíblica Sagrada Online dice que Dios demostró su amor por la humanidad enviando a su hijo a morir por los pecados del mundo, incluso cuando todavía eran pecadores. 

Desinteresado:

El amor de Dios no busca recompensa ni satisfacción personal. Es un amor que se ofrece para el beneficio del otro. 

Eterno y trascendente:

El amor de Dios se considera un amor eterno y trascendente que no tiene límites ni condiciones. 

Fundamento de la caridad:

El amor de Dios es la base del amor que debemos tener a los demás, a menudo llamado caridad o amor al prójimo. 

El amor de los hombres:

Condicionado:

El amor humano puede estar condicionado por deseos, necesidades y expectativas.

Egoísta:

En muchas relaciones, cada persona busca su propia satisfacción y bienestar.

Limitado:

El amor humano puede ser vulnerable a la decepción, el rencor y el desamor.

Relativo:

El amor humano puede variar según la persona, la situación y el tiempo. 

En resumen:

El amor de Dios es un ideal de amor incondicional, desinteresado y eterno que se manifiesta en la caridad y el servicio al prójimo, mientras que el amor humano es más relativo, condicionado y puede ser influenciado por el egoísmo y la búsqueda de satisfacción personal. 


El amor en la filosofía griega:

En la filosofía griega, el amor no es un concepto único, sino que se entiende a través de diferentes palabras y conceptos, cada uno con su propio significado y matiz. Los griegos distinguían entre Eros, Philia, Agápē y Storge. Eros se refiere al amor romántico y pasional, Philia al amor de amistad y afecto, Agápē al amor incondicional y divino, y Storge al amor familiar y natural. 


Eros:

Es el amor de atracción, pasión y deseo, a menudo asociado con la belleza física y el deseo sexual. Platón y Sócrates lo consideraban como un impulso hacia la perfección y la belleza, un camino hacia la contemplación de la Idea de la Belleza. 

Philia:

Es el amor de amistad, basado en la confianza, la lealtad y el respeto mutuo. Aristóteles la veía como fundamental para la vida humana y la construcción de una sociedad justa. 

Agápē:

Es el amor incondicional y desinteresado, un amor que busca el bienestar del otro, incluso si no es recíproco. En la filosofía griega, se asociaba con el amor a Dios y se desarrolló posteriormente en el cristianismo. 

Storge:

Es el amor natural y afectuoso, especialmente el amor parental y familiar. 

Además de estos conceptos, la filosofía griega también exploró otros aspectos del amor, como:

El amor propio (Philautia):

El amor a uno mismo, que los griegos veían como un factor importante para la salud mental y la felicidad. 

El amor como un poder divino:

Muchos filósofos griegos consideraban que el amor era una fuerza divina, que influía en los destinos de los humanos y del universo. 

El amor como una búsqueda de perfección:

Para Platón y Sócrates, el amor era un impulso hacia la perfección y la unidad, un camino para alcanzar el conocimiento y la verdad. 

En resumen, la filosofía griega ofreció una visión compleja y rica del amor, explorando sus diferentes formas y significados, desde el amor romántico hasta el amor a Dios y el amor propio. 


El amor en la teología cristiana:

En la teología cristiana, el amor se considera un atributo central y fundamental de Dios, así como una llamada fundamental para los seres humanos. El amor, en este contexto, no es solo un sentimiento, sino una elección, un acto de voluntad que se manifiesta a través de la entrega de sí mismo y la búsqueda del bien del otro. 

El amor como atributo de Dios:

Dios es amor:

La teología cristiana enfatiza que Dios es, por su propia naturaleza, amor. Esta afirmación se expresa en la Biblia, especialmente en 1 Juan 4:8, que declara que "Dios es amor". 

Amor incondicional:

Dios ama a todos los seres humanos, sin condiciones, sin importar su comportamiento o merecimiento. Este amor incondicional es la base de su relación con la humanidad y es la razón de su sacrificio por la redención. 

El amor como acción:

El amor de Dios no es un sentimiento pasivo, sino una acción activa que se manifiesta a través de su providencia, su creación y, sobre todo, a través de la entrega de su Hijo Jesús. 

El amor como llamado humano:

Amor a Dios:

El amor a Dios es el primer mandamiento en la teología cristiana. Este amor se expresa a través de la fe, la obediencia a sus mandamientos y la adoración. 

Amor al prójimo:

Jesús enfatizó la importancia del amor al prójimo como un mandamiento fundamental. Este amor se manifiesta en el servicio a los demás, la compasión por los necesitados y la búsqueda del bien común. 

Amor como respuesta al amor de Dios:

Los cristianos creen que el amor a Dios y el amor al prójimo son una respuesta al amor incondicional que Dios les ha mostrado a través de la creación, la redención y la gracia. 

Amor como camino a la santidad:

El amor es visto como el camino hacia la santidad y la unión con Dios. A través del amor, los cristianos buscan reflejar el amor de Dios en su vida y en sus relaciones con los demás. 

En resumen: El amor en la teología cristiana es un concepto central que abarca tanto el amor incondicional de Dios hacia la humanidad como el llamado a los seres humanos a amar a Dios y a sus semejantes. Este amor es visto como la base de la fe cristiana y el camino hacia la santidad. 

En psicología, el amor se considera una emoción compleja e importante, involucrando sentimientos profundos, conexión y compromiso. Se caracteriza por una serie de aspectos emocionales, cognitivos y sociales que lo hacen un elemento clave en la vida humana y la salud mental. 


El amor en la psicología:

Aspectos psicológicos del amor:

Emociones y sentimientos:

El amor implica una variedad de emociones, como afecto, ternura, devoción, placer y conexión. 

Componentes:

Según la Teoría Triangular del Amor de Robert Sternberg, el amor se compone de intimidad, pasión y compromiso. 

Neurotransmisores y hormonas:

La psicología del amor también explora la influencia de sustancias como la dopamina, la oxitocina y la vasopresina en la experiencia amorosa, como la "molécula del enamoramiento" (PEA). 

Tipos de amor:

Se distinguen diversos tipos de amor, como el amor romántico, el amor familiar, el amor platónico, entre otros. 

Importancia en la salud mental:

El amor se considera fundamental para la felicidad, la salud mental y el bienestar emocional. 

Relaciones interpersonales:

El amor influye en la formación y el desarrollo de las relaciones interpersonales, tanto en pareja como en otros ámbitos. 

Desarrollo y evolución:

La psicología también estudia el proceso de enamoramiento, sus etapas y su evolución hacia un amor más maduro y estable. 

El amor en diferentes teorías:

Psicoanálisis (Freud):

Freud consideraba el amor como una forma de satisfacer necesidades y deseos, y el enamoramiento como una fase en la que se experimenta una fuerte atracción y fascina. 

Conductismo (Skinner):

Skinner veía el amor como un intercambio de reforzadores entre personas, donde el comportamiento amoroso es reforzado. 

Psicología social:

La psicología social estudia cómo el amor influye en la formación de grupos sociales, la cultura y las normas sociales. 

En resumen, la psicología ofrece una perspectiva amplia y compleja del amor, explorando sus aspectos emocionales, cognitivos, sociales y biológicos. Este estudio ayuda a comprender la importancia del amor en la vida humana, tanto en la salud mental como en la construcción de relaciones interpersonales. 

sábado, 26 de abril de 2025

“Miseria” y “Cor”


Domingo II de Pascua

Hoy, Domingo II de Pascua, completamos la octava de este tiempo litúrgico, una de las dos octavas —juntamente con la de Navidad— que en la liturgia renovada por el Concilio Vaticano II han quedado. Durante ocho días contemplamos el mismo misterio y tratamos de profundizar en él bajo la luz del Espíritu Santo.


Por designio del Papa San Juan Pablo II, este domingo se llama Domingo de la Divina Misericordia. Se trata de algo que va mucho más allá que una devoción particular. Como ha explicado el Santo Padre en su encíclica Dives in misericordia, la Divina Misericordia es la manifestación amorosa de Dios en una historia herida por el pecado. “Misericordia” proviene de dos palabras: “Miseria” y “Cor”. Dios pone nuestra mísera situación debida al pecado en su corazón de Padre, que es fiel a sus designios. Jesucristo, muerto y resucitado, es la suprema manifestación y actuación de la Divina Misericordia. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito» (Jn 3,16) y lo ha enviado a la muerte para que fuésemos salvados. «Para redimir al esclavo ha sacrificado al Hijo», hemos proclamado en el Pregón pascual de la Vigilia. Y, una vez resucitado, lo ha constituido en fuente de salvación para todos los que creen en Él. Por la fe y la conversión acogemos el tesoro de la Divina Misericordia.


La Santa Madre Iglesia, que quiere que sus hijos vivan de la vida del resucitado, manda que —al menos por Pascua— se comulgue y que se haga en gracia de Dios. La cincuentena pascual es el tiempo oportuno para el cumplimiento pascual. Es un buen momento para confesarse y acoger el poder de perdonar los pecados que el Señor resucitado ha conferido a su Iglesia, ya que Él dijo sólo a los Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,22-23). Así acudiremos a las fuentes de la Divina Misericordia. Y no dudemos en llevar a nuestros amigos a estas fuentes de vida: a la Eucaristía y a la Penitencia. Jesús resucitado cuenta con nosotros.



Pensamientos para el Evangelio de hoy

«Y a ti, oh Señor, que ves nítidamente con tus ojos los abismos de la conciencia humana, ¿qué podría pasarte desapercibido de mí, aun cuando yo me negara a confesártelo?» (San Agustín)


«Muchas veces pensamos que ir a confesarnos es como ir a la tintorería. Pero Jesús en el confesionario no es una tintorería. La confesión es un encuentro con Jesús que nos espera tal como somos» (Francisco)


«Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los pecadores: ‘Hijo, tus pecados están perdonados’ (Mc 2,5); es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de Él para curarlos; los restaura y los devuelve a la comunión fraterna. Por tanto, la confesión personal es la forma más significativa de la reconciliación con Dios y con la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.484)

miércoles, 23 de abril de 2025

La muerte y la Ciencia



¿Qué significa morir?

Morir es un proceso, largo o corto, que ocurre desde que una persona sabe que su vida va a acabar hasta que acaba. Esto puede ocurrir en un hospital, durante días, mientras la persona se “apaga”, o de forma rápida, en un accidente, donde la persona puede no llegar ni a ser consciente que su vida va a acabar. Cada persona tiene una forma particular de afrontar la muerte dependiendo de sus condiciones. Para la mayoría de personas, saber que van a morir resulta angustiante, y produce un sentimiento de repulsión llegando, en algunas ocasiones, a exacerbarse como tanatofobia: un miedo irracional que impide realizar vida normal por temer que van a morir. En algunos casos, puede la muerte también puede presentarse como un alivio para la persona que la está padeciendo, todo depende de su situación.


La muerte clínica

Sin embargo, aunque la muerte es, por definición, un proceso, hay un punto en el que termina, y entonces entra en juego el concepto clínico de la muerte. La muerte clínica significa dar el paso a un nuevo estado. Es decir, lo que antes era una persona, ahora pasa a ser un cadáver y, por tanto ha cambiado su dimensión ontológica. Como ya no se trata de una persona, se abre la posibilidad de actuaciones trascendentes como pueden ser la firma de un parte de defunción, o la posibilidad de ofrecer una solicitud de donación de órganos a la familia del fallecido. Hoy en día, la muerte clínica es un diagnóstico médico al que se ha llegado mediante un convenio entre los profesionales de la salud y jurídicos. Pero su significado ha ido cambiando con el tiempo y ha requerido mucha ciencia para llegar a lo que conocemos actualmente como muerte.


Los médicos y la muerte

A finales del siglo XVIII, en el mundo occidental, el médico no solía estar presente en la muerte de sus pacientes. De hecho, se consideraba que la labor del médico era acompañar al paciente mientras todavía había posibilidades de mejorar su condición. En cambio, cuando se entraba en fase terminal, el paciente quedaba al cuidado de familiares. Además, debido al fuerte arraigo religioso, entraban en acción otros personajes que se encargarían de darle los últimos sacramentos (la extremaunción) y por último, el enterramiento.

De hecho, no sería hasta principios del siglo XIX cuando el médico comenzaría a tener la potestad para emitir un certificado legal que permitiría enterrar a los muertos. Aunque es cierto que ya se enterraba a los muertos anteriormente por temas religiosos, en aquel momento se comenzó a ligar el enterramiento con la salubridad, ya que se empezaba a entender el mecanismo de transmisión de las enfermedades.


¿Cómo sabemos que alguien ha fallecido?

En esta época, para certificar la muerte de una persona se tenía que mostrar ausencia de signos vitales y, en concreto, una parada cardiorrespiratoria. Es decir que ni respirase, ni su corazón latiese. Esta verificación era relativamente fácil con un examen visual, pero aún lo fue más con la creación de instrumentos específicos para registrar estos signos. Por ejemplo, en 1816 el médico francés René Laënnec inventó el estetoscopio, que permitía escuchar el corazón sin tener que pegar la oreja al pecho del paciente, una práctica que causaba reparos por considerarla antihigiénica. Su confirmación final también era sencilla ya que bastaba con esperar la aparición de signos de putrefacción para tener evidencias suficientes que evitasen los diagnósticos precipitados o erróneos de la muerte.

En este contexto, las maniobras de reanimación cardiopulmonar tuvieron un gran impacto sobre las creencias establecidas de la hora de la muerte. En aquella época, la RCP era una práctica no estandarizaba y daba pie a métodos muy poco ortodoxos. Por ejemplo, en ocasiones se podía atar al paciente boca abajo en un caballo y ponerlo a galopar con la esperanza que, con el movimiento, el aire saliese y entrase en la cavidad torácica. En vistas a que estas prácticas tenían relativamente poco éxito, en los años 50 y 60 se estudiaron y estandarizaron las prácticas de RCP que tenían mejor porcentaje de éxito, las que nos han llegado a la actualidad. Respecto a la muerte, la reanimación cardiopulmonar significaba que la gente podría “resucitar” según los criterios de entonces, por lo que empezó a cuestionarse qué era realmente la muerte definitiva.


¿Cuándo muere una persona?

La muerte del organismo está ligada a una falta de oxigenación de los tejidos denominada anoxia. Esta suele ocurrir tras el fallo de los pulmones o el corazón, porque no pueden suministrar oxígeno a al resto de órganos y, entonces, estos dejan de cumplir su función. El órgano más sensible a la anoxia es el cerebro, por lo que una parada cardiorrespiratoria sin voluntad de reanimación se traduce, por lo general, en la muerte total del encéfalo tras unos pocos minutos. Esta situación ya es ineludible e irrecuperable, porque acaba con sus funciones. Por tanto, la muerte clínica real solo ocurre con la muerte completa del cerebro, que en la mayoría de ocasiones estáprecedida de una parada cardiorrespiratoria.

Por ello, en los hospitales se suele indicar como defunción el momento en el que la parada cardiorrespiratoria es irreversible. Es lo que podemos ver en muchas películas y series, cuando, tras estar un rato intentando realizar labores de reanimación, los médicos desisten y miran el reloj para anunciar en alto la “hora de la muerte”. A partir de ese evento, el médico puede firmar el certificado de defunción ya que desde el punto de vista legal la sociedad civil considera que la vida propiamente humana del paciente ha terminado; que el cuerpo está en estado cadavérico y que puede ser enterrado transcurridas 24 horas.


Pero el cuerpo, en ocasiones, no muere

A mediados del siglo XX, los avances médicos favorecieron la aparición de los primeros pacientes en estado de coma y con asistencia ventilatoria que no salían de esa situación. Es decir, aparecieron los primeros casos de coma irreversible y, con ellos una nueva dificultad para diagnosticar la muerte y cómo tratar estos casos.

¿Se les debía de tratar como pacientes de pleno derecho? Es decir, ¿se debían dedicar los mismos esfuerzos que con otro paciente plenamente consciente? Pero esto también tiene implicaciones éticas. Si a estos pacientes se les mantenía con ventilación asistida y conectados a máquinas que permitan la circulación de la sangre, podría considerarse un encarnizamiento terapéutico. Es decir, mantener un cuerpo vivo en condiciones horribles y sin posibilidad de curarlo, sólo por alargar su vida.

Por ello, en 1968, el Comité de la Facultad de Medicina de Harvard, constituido por diez médicos, un abogado, un teólogo y un historiador, crearon el primer criterio para la determinación de la muerte basado en un total y permanente daño cerebral. Con ello se acuñó el término “muerte cerebral” o “muerte encefálica”. Desde entonces se ha revisado en varias ocasiones, pero su base está clara: Un individuo en el que no se observa ninguna actividad cerebral, incluyendo en la zona conocida como tallo cerebral, (la que une el cerebro y cerebelo con la médula espinal) se considera como muerto.

Gracias a los avances en la medicina moderna se cuenta con dos maneras para diagnosticar la muerte: el criterio cardiopulmonar y el criterio encefálico. Esto no quiere decir que haya dos formas de morir, si no que ambos permiten llegar a la misma conclusión. Pero como en toda ciencia, el conocimiento con el que contamos en la actualidad sobre la muerte no es fijo. Es posible que, con los futuros avances médicos, se consigan formas de reparar las conexiones neuronales y deje de emplearse incluso el criterio encefálico. Y es que con el tiempo, todo cambia, hasta nuestra forma de entender la vida y su final, hasta ahora, ineludible.