martes, 17 de enero de 2017

"Convierte tu hogar en una Iglesia", Apuntes desde la enseñanza patrística / Por Ronald Rivera

"Convierte tu hogar en una Iglesia",
 Apuntes desde la enseñanza patrística

            "Convierte tu hogar en una Iglesia", les pedía San Juan Crisóstomo a los padres de familia, en sus homilías y comentarios al Evangelio, ¿Cómo? En primer lugar, mediante la oración, la lectura, la explicación y la aplicación de la Palabra de Dios, relacionada ésta con el Banquete Eucarístico; los invitaba también a orar en torno a la mesa familiar. La participación de los fieles en las catequesis de su pastor debía ser mucho más espontánea en aquellos tiempos, puesto que oímos a San Juan Crisóstomo dirigiéndose a los fieles en estos términos: "Cuando ayer os dije: Que cada uno de ustedes convierta su casa en una Iglesia, aclaman a grandes voces y dan signos del placer con que aquellas palabras les inundaron".

            Fue así como surgió el concepto de Iglesia doméstica, a raíz del recuerdo de la primitiva experiencia cristiana que San Juan Crisóstomo recogió en sus enseñanzas, que invitaban constantemente a la vida de oración.

            Pero no bastaba la oración. San Juan Crisóstomo hace referencia también al buen ejemplo, al buen gobierno de la propia casa ("si administramos así nuestras casas, nos hacemos capaces de dirigir la Iglesia, porque en el hogar es una pequeña Iglesia"), y sobre todo a la caridad con los pobres, como señal privilegiada de eclesialidad: "de este modo, nuestra casa que antes parecía un teatro se convertirá en una Iglesia". Y, en coherencia con su constante enseñanza sobre la relevancia del servicio a los pobres y su vinculación con la eucaristía, insistía en que la Iglesia doméstica debía hacer gala de esa caridad.

            Relacionaba estrechamente a la familia con la Iglesia local, poniendo de relieve que aquella es expresión de ésta, por la oración, la Palabra, la Eucaristía, los servicios o ministerios y las relaciones comunitarias fraternas. En otras palabras, estos aspectos, que como manifestaciones esenciales del ser del Reino, constituyen la misión y la esencia de la "Iglesia grande", al ser vivenciados en el hogar lo convierten en Iglesia doméstica.

            En la misma línea iba el pensamiento de San Agustín: "Te imploro, por Aquél de quien has recibido este don, que tú y tu Iglesia doméstica se acuerden de incluirme también en sus oraciones". Pero llegaba aun más lejos al comparar el ministerio de los padres de familia y el ministerio de los obispos, aspecto de enorme riqueza teológica y catequética: San Agustín invita a los padres a hacer en el hogar las veces del obispo, que se llama así (obispo) precisamente por ejercer en su Iglesia el mismo cuidado de supervisión que los padres deben ejercer en sus casas".

            Tan arraigada estaba en los Padres de la Iglesia primitiva la concepción de la familia como una pequeña Iglesia doméstica, que no dudaron en atribuir a los esposos una especie de "profesión" en la Iglesia, un "oficio" o un "grado", expresiones todas que suelen reservarse a los ministerios sagrados. Para mayor asombro nuestro convendría recordar que San Gregorio Magno llegó a distinguir entre los "órdenes" de la Iglesia a los pastores o predicadores, a los continentes y a los casados.


            Lamentablemente, tan rica reflexión no fue más allá de la era patrística. Después de ella notamos un relativo vacío en el pensamiento y en la pastoral de la familia comprendida como Iglesia doméstica. Habría que esperar al concilio Vaticano II para que se pusiera de nuevo en actualidad.

Ronald Rivera

La Familia, "Comunidad de Esperanza" Desde la doctrina bíblica / Por Ronald Rivera

La Familia, "Comunidad de Esperanza"
Desde la doctrina bíblica

            En nuestros días, vemos el resultado de grandes cambios desde la gran familia patriarcal a la familia en la que los esposos son compañeros. Un resultado donde se han ido fortaleciendo el carácter personal sobre las funciones culturales del pasado. Este cambio sociológico nos enseña que no es lícito desarrollar una imagen bíblica de la familia sin salvar las diferencias culturales y de época de la misma. A esto se añade que la Escritura habla más bien de clan, tribu y matrimonio que de familia. La teología de la familia como comunidad de esperanza habrá de partir de la doctrina bíblica sobre el matrimonio y la comunidad.

            La familia sana fomenta las categorías originarias del amor: en el amor entre los padres; en el amor de los padres al hijo, ese inclinarse creador, protector, desinteresado, comprensivo; en el amor de los hijos a los padres, esa confianza que lo espera todo y que sin preguntar nada se sabe dependiente y segura; en el amor entre hermanos, la solidaridad originaria y abandonada del convivir, que conserva la personalidad de cada uno de los integrantes (cfr. Holzherr, Myterium Salutis, tomo II, pág 597).

            La familia, sin lugar a dudas, estaba presente el proyecto original, cuando Dios creó el cielo y la tierra. Dios deseaba que el hombre viviera en un jardín, un edén o paraíso (Gn 2, 5-9). Y durante siglos fue preparando la tierra, para entregarla al cuidado y en provecho del hombre (Gn 2, 15). Y cuando Él lo dispuso mostró todo su arte en la pareja humana. Para el hombre y la mujer eran todas las cosas. Por eso el día en que tomó barro entre sus dedos para modelar la figura humana, Dios dejó fluir todo su amor y todas sus emociones. La pareja humana es la obra de arte más hermosa del Padre Dios (cfr. Gn 2, 18-25).

            En la pareja humana Dios fundó la familia como comunidad de esperanza para toda su creación… 

En una familia estaba ya establecido, en la libertad de Dios, que nacería la salvación para todo lo creado. Nacería el niño Jesús, el niño Dios.

Podemos señalar a lo largo del Antiguo Testamento cinco características de esta Comunidad de Esperanza:

Belleza. La belleza es una cualidad de Dios presente en la familia. Se presenta en el Cantar de los Cantares 8, 11: “Salomón tenía una viña en Baal hamón”. La viña podemos tomarla como imagen de la familia en su unión esponsal, que desde su dimensión escatológica se traduce en el amor de la Iglesia con su creador. Una familia cuya belleza deja enamorado al Creador… La viña no existía: La ha plantado Él en terreno propicio. Ésta es una constante del género: cuando en vez de viña se diga ciudad, se dirá la “ha construido Él”. A la vez autor y enamorado.

            En el Cantar de los Cantares la amada es una viña o huerto, y Él es invitado a comer de sus frutos exquisitos (Ct 4, 16). Es huerto protegido por una tapia y cerrado; su riego está asegurado por un pozo central… La belleza de la familia parte del amor humano entre un hombre y una mujer, que desean unir sus fuerzas para formar una Iglesia doméstica. La belleza es para la contemplación… una contemplación como búsqueda y disfrute de la revelación del amor.

            Unidad. La unicidad en la diversidad es otro aspecto que encontramos en Dios y está presente en la familia. A pesar que nuestra familia está integrada por varias personas distintas todos juntos conformamos una sola identidad que hace que mis padres, hermanos, esposa o esposo e hijos, levantemos un sólo árbol genealógico, que se mantiene vivo por lazos muy fuertes de amor. Así podemos leerlo en Lv 18, donde la legislación del pueblo escogido tiene presente esa “gran familia”. Como unidad social, la familia cuenta en el censo y puede ser responsable en bloque (Nm 16; Jos 7). La familia en unidad es receptora del lote o heredad (para las Sagradas Escritura este lote está representado en la tierra ocupada). Es la unidad familiar la que garantiza la transmisión del nombre (identidad del grupo) y a veces el oficio. La familia es la unidad cúltica de la fiesta de Pascua.

            Maestría. Es propio de la familia el papel de “maestra”. Especialmente en relación con la educación de los hijos, como lo podemos leer en Proverbio 1, 8: “Hijo mío, escucha la corrección de tu padre, no rechaces las instrucciones de tu madre”. La corrección que recibimos en la familia es faro que nos guiará siempre en momentos de oscuridad: “Hijo mío, guarda los consejos de tu padre, no rechaces las instrucciones de tu madre. Llévalos siempre atados en el corazón y cuélgatelos al cuello: cuando camines, te guiarán, cuando descanses, te guardarán; cuando despiertes, te hablarán” (Prov 6, 20-23).

            Fidelidad.  Es la voluntad del amor de Dios que su familia le sea fiel. La familia de Dios está representada en Jerusalén, su pueblo amado. Pero la historia de salvación está llena de infidelidades y manchas producto del pecado… Pero la fidelidad siempre se manifiesta en el amor de Dios, que sale a la búsqueda de su pueblo para extender su mano misericordiosa… Dios que es amor nos pide que como familia oremos juntos para no caer en la idolatría o prostitución con falsos dioses, y mantenernos siempre en Él. Recordemos el texto de Oseas 2, 16-18: “Por tanto, voy a seducirla llevándomela al desierto y hablándole al corazón… Allí me responderá como en su juventud, como cuando salió de Egipto. Aquel día me llamarás esposo mío, ya no me llamarás ídolo mío.”

            Fecundidad. Dios nos ha llamado a ser fecundos y no estériles. La familia debe ser sinónimo de vida y esta debe ser abundante y de calidad. Nuestra familia es “Comunidad de Esperanza” en cuanto sea capaz de brindar vida en los espacios en que se promueve la muerte, como por ejemplo el aborto o las guerras. Para el Antiguo Testamento  la felicidad en la familia se amplía por la mayor cantidad posible de hijos (Gen 24, 60; Sal 127). El prestigio de la madre crece con el número de sus hijos. Tener fecundidad para el antiguo Israel es tener la bendición de Dios.

            Dios por tanto bendice el engendrar y dar a luz como actos, la maternidad y paternidad como estado. Dios bendice el nacimiento de cada niño. El tema de la maternidad domina la escena del Antiguo Testamento. A pesar de la primacía de los textos al varón, es llamativo que el papel de las figuras femeninas destaquen tan imperiosamente, como el grito triunfal de Eva, las hijas de Lot, Sara, Rebeca, Lía y Raquel, Tamar, Ana, Noemí y Rut, la hija de Jefté.

            La madre, de ordinario, de ordinario representada por Jerusalén, cobra más relieve. Hay que escuchar el gozo de la maternidad sobre el fondo de la tragedia, que puede ser esterilidad o dar a luz en vano o perder los hijos: Jr 31; Is 49; Bar 4. Se pueden añadir “las preñadas y paridas” de Jr 31, el parto anunciado en Miq 5, el parto prodigioso de la tierra madre en Is 26, de Jerusalén en Is 66.

            La expresión de la familia como “Comunidad de Esperanza”, en el Nuevo Testamento, tiene su máxima representación en la propia familia de Jesús, en el hogar santo de Nazaret.

Jesús y la familia

            La familia judía tenía una importancia decisiva en la vida religiosa del pueblo y constituía el lugar de verificación de su propia identidad. A ella estaban unidos la alianza, el sacrificio, la circuncisión, las bendiciones divinas, y sobre todo la pascua. En tiempos de Jesús, la familia seguía siendo el lugar de las principales manifestaciones del culto judío: la pascua se celebraba en el templo y en Jerusalén, pero también en familia, como memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto; las comidas sobre todo las del sábado, mantenían su carácter religioso y sagrado, de agradecimiento a Dios creador por sus dones, y de fraternidad; la misma oración de la mañana y de la tarde era un elemento esencial del culto familiar que así confesaba su fe en Dios y pedía perdón de sus pecados; también los diversos ritos domésticos, como el encendido de la lámpara de la tarde, o la celebración de los momentos claves de la vida (esponsales, matrimonio) y las costumbres familiares que acompañaban a las grandes fiestas (tabernáculos, año nuevo, expiación…). En esa rica tradición familiar se nutrió Jesús, quien, lejos de rechazar esos ritos familiares judíos, los asumió y los purificó de formalismos y convencionalismos circunstanciales, abriéndoles a un horizonte mayor.

La familia en la experiencia personal de Jesús

            La experiencia personal de Jesús parte de los años vividos en el hogar de Nazaret, junto a sus padres, María y José. Allí experimentó personalmente lo que significa la familia humana, vivida intensamente como taller de hombres, como escuela de valores y como hogar. Esta experiencia vivencial se iría enriqueciendo desde la perspectiva de la misión y el servicio al Reino de Dios. Todo lo que Jesús enseña lo vive en persona. Su misión es “preocuparse de las cosas del Padre” (Lc 2, 49). En Caná reprocha a su propia Madre al plantearle un problema, aparentemente, al margen de los intereses del Reino (Jn 2). Enseña que su familia de carne y sangre ha sido superada por una familia mayor: “¿Quienes son mi padre y mi madre, mis hermanos?” (Mt 12, 46). A quien felicita a María por ser madre, “Bienaventurados los pechos que te alimentaron”, le responde: “No, bienaventurados más bien aquellos que escuchan la palabra y la practican” (Lc 11, 27-28). Advierte que muchas veces la fidelidad al Reino generará conflictos en el seno familiar: “Yo vine a separar al hijo del padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra”, lo que significa a veces, los enemigos del discípulo serán sus propios parientes (Mt 10, 35-36).

La familia en la acción ministerial de Jesús

            Jesús cumplía los ritos de purificación en familia. Subía al templo a celebrar la Pascua pero también celebraba en familia. Aceptaba invitaciones a comer en diversas viviendas familiares. Muchas de sus predicaciones, bendiciones y curaciones fueron realizadas en el marco de un hogar, de una familia. Por ejemplo el primer milagro en Caná, el llamado a la conversión de Zaqueo, la amistad con la familia de su amigo Lázaro, la predicación en casa de un fariseo cuando critica la exterioridad y anuncia el Reino y, finalmente, la cena de la nueva Pascua en víspera de su Pasión. En todas partes aparece, de una forma u otra, el contexto familiar.

La familia en la predicación de Jesús

            La enseñanza de Jesús sobre la familia se situaba casi siempre en la perspectiva del Reino.

            El Reino-Reinado de Dios tiene sus exigencias: lo acogen quienes reconocen a Dios como padre y quieren sentirse hermanos de todas las criaturas en la perspectiva de una gran familia. Es obvio que, en la perspectiva de ese reino, la familia tiene una tarea:  ya no vale el “me casé, déjame ir a…” (Lc 14, 20). La familia ha de entender que su vocación la supera y trasciende, que su realidad no puede encerrarse entre las cuatro paredes e una casa. Hay que dejar que los “muertos entierren a sus muertos” (Lc 9, 59), pues los valores e intereses del Reino priman muchas veces sobre los exclusivamente familiares. Hay que amar a Cristo más que al hermano, a la esposa, al esposo (Mt 10, 37-39). La pasión por el Reino desborda el amor familiar, que aunque válido e importante no es suficiente, pues debe trascenderse a sí mismo de cara al Reino que Cristo quiere instaurar.

            Si se vive el matrimonio como sacramento, la familia se convierte en un templo, y lo que pasa entre marido y mujer es obra también del Espíritu de Jesús.

            Jesús no desprecia la familia, al contrario, la valora mucho y la supone como base para la formación de una familia más grande. El reino que Él trae es un proyecto universal donde la familia está presente en esa misma dinámica salvadora.

Jesús ve en la familia una “Comunidad de Esperanza”

            Desde la perspectiva de la misión de Jesús, el proyecto de la familia cristiana, como el de toda la Iglesia, es construir la unidad, hacer la comunión, “reunir a los hijos dispersos”; pero la familia debe realizar esa misión desde su peculiaridad, básicamente, a través del amor recíproco que sacramentaliza una “Comunidad de Esperanza” dinamizada por el amor de Dios. Por eso cada familia en esta tierra tiene una belleza original. En cada familia habita el mismo Dios, como en el más hermoso templo. A cada familia Dios la ama intensamente. Él es el Padre de todos y de cada uno de los que formamos la humanidad, es decir, la familia de Dios.

            ¿La Esperanza qué  nos ofrece?

            Que vivamos en una tierra llena de colores y armonía. Que vivamos en el amor de unos con otros (Mc, 12, 31). Que experimentemos todos los días que Dios nos ama como a hijos, que nos cuida más que a los pájaros y que nos viste más hermosamente que a las flores; que nos conoce tanto que hasta los cabellos de la cabeza Él nos ha contado y que Él nos escucha hasta en el silencio de nuestra habitación sin necesidad de llenarle los oídos con palabras (Lc 12, 24-28). Dios nos creó para que llegáramos a ser como Él y amar como se ama la Santa Trinidad.

            Poder decir “Padre” a Dios nos hace parte de su familia, es algo emocionante (Cfr. Mt 6, 9). Nos hace vivir de un modo nuevo nuestra relación con Él. Nos hace poner en Él nuestros sueños y proyectos, sin temores ni recelos. A nuestro Dios simplemente le entregamos la vida entera, cada día y cada hora. Somos sus hijos. Él es nuestro Padre. Y los hombres son nuestros hermanos. Todos juntos una misma familia, Comunidad de Esperanza.

Para la reflexión:


¿Cuáles son los signos de esperanza que tú percibes en el mundo?

Ronald Rivera

La familia como teología de esperanzas cotidianas / Por Ronald Rivera

La familia como teología de esperanzas cotidianas

La esperanza ¡qué palabra! inmediatamente se nos dibujan a la mente sueños y deseos, hermosos y profundos, del presente y del futuro. Y si la unimos a la palabra "familia" toma una dimensión más sensible y significativa, debido a la vinculación de dos términos profundamente antropológicos, es decir, propios de la persona humana.

La esperanza y la familia no sólo evocan deseos hermosos y profundos, también nos hacen recordar tristezas y amarguras que todos hemos padecido, porque el dolor también forma parte de nuestra humanidad, y toda ella, con sus tristezas y gozos, debe verse en una unidad que podemos identificar como: nuestra realidad vital.

La realidad vital es "teología", en cuanto asumimos una interpretación (hermenéutica) de nuestra cotidianidad (con sus luces y sombras) a la luz de Dios, a través de su Palabra, de los Santos Padres y la enseñanza de la Iglesia, para dar un sentido a nuestra existencia.

Para unos, la esperanza es lo máximo. Otros no logran entender por qué la esperanza es tan importante. Y hay quienes han perdido sus esperanzas y se sienten derrotados, como los discípulos de Jesús después que le crucificaron al Maestro.

Dos de ellos iban tristes y cabizbajos, camino de Emaús. De pronto se les unió un caminante. Él les preguntó qué les pasaba. Y ellos, extrañados, le contaron su dolor: hace tres días en Jerusalén habían crucificado a su Señor y con Él habían enterrado sus esperanzas. Al sentarse a la mesa, en el pueblo de Emaús, el caminante bendijo el pan. Entonces a los discípulos se les abrieron los ojos y se dieron cuenta que era Jesús quien estaba con ellos. El Señor desapareció de su mirada y ellos reconocieron mutuamente que el "corazón les había ardido de gozo" mientras Él les explicaba las Escrituras por el camino (cfr. Lc 24, 29).

Así es la esperanza. Y así la vivimos dentro de nuestra familia, brota en los momentos más difíciles gracias a una presencia inesperada de Jesús que no siempre sabemos reconocer. Estos dos discípulos veían todo negro. Habían puesto su confianza en el Señor y Él había terminado en una cruz. ¿Qué podían esperar de la vida? Pero, de pronto, una presencia, un gesto, una palabra... y volvió a sonreír el corazón de estos cristianos desconsolados.

De hecho nuestra familia está llena de pequeñas y grandes esperanzas. A veces esperamos una noticia y estamos impacientes hasta que nos enteramos. Otras veces, esperamos a un hijo, a una hermana, y preparamos lentamente el corazón para el encuentro. La familia se comprende desde momentos de esperanzas. La fotografía de la madre encinta. Su sola silueta nos habla de esperanza y lo decimos tan sencillamente: "ella está esperando"... Y es verdad. Notamos la presencia del niño que va a nacer aunque no veamos su rostro (cfr. Lc 1, 30-33).

Podemos afirmar que nadie puede vivir sin esperanza. Basta recordar cuando niños queríamos ser bomberos, profesores, constructores, militares... O simplemente queríamos ser como el papá y la mamá. Luego a medida que vamos creciendo tenemos la esperanza de tener un amigo del alma, y de ser comprendido, querido, acariciado, estimulado... Enfrentamos el hecho de nuestra propia existencia: Uno desea ser un técnico calificado, el otro quiere entrar en la Universidad. Todos queremos tener trabajo, y que sea decente y digno para mantener una familia.

Los novios sueñan con casarse y tener la casa propia. Los matrimonios sueñan con prolongarse a través de sus hijos... Y de allí que las esperanzas se confunden con los anhelos, con los sueños, con los deseos más profundos... Pero cuando llega la cuota de dolor, entonces no comprendemos... ¿Qué pasó? Nos falta entonces agregar la esperanza más profunda, la de aprender a amar. Es realizarme en el servicio a Dios y a mis hermanos dándole un sentido a nuestro pesar. Dar lo mejor de mí esperando sólo en el amor de Dios... y empezar a mirar la vida con la mirada que brota de la Fe.

Para la Reflexión:

¿Cuáles son tus esperanzas cotidianas?

Ronald Rivera

lunes, 16 de enero de 2017

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