Introducción
Hablar de deseo y de carne en clave mística exige desmontar dos prejuicios persistentes: que la mística es evasión del cuerpo y que el deseo es, por naturaleza, enemigo del espíritu. Ambos supuestos son teológicamente pobres. La gran tradición mística cristiana —bíblica, patrística y medieval— afirma lo contrario: el deseo es la energía profunda de la criatura orientada hacia Dios, y la carne es el lugar histórico donde esa orientación se juega, se hiere y se transfigura.
Este informe propone una lectura teológico‑espiritual del deseo y la carne desde la mística, con referencias bíblicas fundamentales, evitando tanto el dualismo platónico como el moralismo reductivo.
1. Antropología bíblica: carne y deseo
En la Escritura, la carne (hebreo basar, griego sarx) no designa primariamente el cuerpo físico, sino la condición humana en su fragilidad, historicidad y exposición al límite. «El Verbo se hizo carne» (Jn 1,14) es la afirmación más radical contra toda sospecha espiritualista.
El deseo, por su parte, aparece como dinamismo constitutivo del ser humano. El Salmo 42 lo expresa con una imagen corporal y ardiente: «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío». No es un deseo etéreo; es sed, es urgencia vital.
La Escritura no opone deseo y Dios; opone deseos desordenados y deseo verdadero. El problema no es desear, sino qué se desea y cómo se desea.
2. Pablo: tensión, no desprecio del cuerpo
San Pablo es con frecuencia malinterpretado. Cuando contrapone carne y espíritu (cf. Gal 5,16‑25; Rom 8,1‑13), no establece un dualismo ontológico, sino una tensión existencial. La carne es el ser humano cerrado sobre sí mismo; el espíritu es el ser humano abierto al don de Dios.
«El deseo de la carne es contrario al espíritu» (Gal 5,17) no significa que el cuerpo sea malo, sino que el deseo autocentrado se vuelve destructivo. Pablo no propone amputar el deseo, sino redirigirlo: «Glorificad a Dios en vuestro cuerpo» (1 Cor 6,20). La mística cristiana heredará esta clave dinámica.
3. El Cantar de los Cantares: eros como lenguaje de Dios
El texto bíblico más citado por los místicos es también el más corporal: el Cantar de los Cantares. Besos, perfumes, lechos, búsqueda nocturna del amado (cf. Cant 1–3). No es un accidente. El eros humano se convierte en símbolo legítimo del deseo de Dios.
«Yo soy de mi amado y mi amado es mío» (Cant 6,3) expresa una reciprocidad que desborda la moral de la mera obediencia. Aquí el deseo no se suprime: se vuelve teológico.
La tradición alegórica no espiritualiza el texto para negarle su corporeidad, sino para afirmar que el cuerpo puede hablar de Dios sin blasfemia.
4. Los místicos: del deseo herido al deseo unificado
a) Agustín: el deseo como peso del alma
San Agustín formula una intuición decisiva: pondus meum amor meus («mi amor es mi peso»). El deseo orienta al ser humano hacia aquello que ama. El problema no es amar demasiado, sino amar mal. «Nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones I,1).
La inquietud del deseo no se cura reprimiéndolo, sino llevándolo a su término.
b) Bernardo y la tradición cisterciense
San Bernardo comenta el Cantar sin pudor ascético. El deseo corporal es asumido como pedagogía espiritual. Dios no anula el eros; lo purifica hasta hacerlo caridad ardiente.
c) Teresa de Ávila y Juan de la Cruz
En Teresa, el cuerpo tiembla, suda, enferma y goza en la experiencia mística. El famoso transverberamiento no es metáfora anestesiada: es experiencia corporal de un deseo atravesado por Dios.
Juan de la Cruz es aún más radical: el deseo debe pasar por la noche, no para morir, sino para unificarse. «Mata mis deseos» no significa extinción, sino liberación del apego que fragmenta.
5. Clave teológica: encarnación y resurrección
La mística cristiana es incomprensible sin dos dogmas: la Encarnación y la Resurrección de la carne. Dios no salva al ser humano a pesar de su carne, sino en su carne.
«El Espíritu del que resucitó a Jesús dará vida también a vuestros cuerpos mortales» (Rom 8,11). El destino del deseo no es la negación, sino la plenitud escatológica.
6. San Juan de la Cruz: purificación, deseo y carne atravesada por Dios
San Juan de la Cruz representa el punto de máxima densidad teológica en la reflexión cristiana sobre el deseo. Su lenguaje es radical porque su experiencia lo es. No escribe para tranquilizar conciencias, sino para describir un proceso real de transformación del deseo humano hasta su unificación en Dios.
a) El deseo como problema central
Para Juan, el problema espiritual no es el cuerpo, sino el deseo desordenado. Utiliza el término apetito para designar toda forma de apropiación: afectiva, sensorial, intelectual o espiritual. «Un solo apetito basta para impedir la unión» (Subida, I,11). La frase es brutal, pero precisa: no condena la multiplicidad del deseo, sino su fijación.
La carne aparece como el lugar donde los apetitos se manifiestan con mayor fuerza, pero no como su causa última. Juan no es dualista: el alma no se salva huyendo del cuerpo, sino atravesando sus dinamismos.
b) La noche: pedagogía del deseo
La noche oscura no es castigo ni patología espiritual. Es pedagogía divina. Dios priva al sujeto de los apoyos sensibles y afectivos para liberar el deseo de su dependencia. «Para venir a gustarlo todo, no quieras gustar algo en nada» (Subida, I,13).
Esta fórmula, a menudo mal leída, no propone una aniquilación del deseo, sino su des‑apropiación. El deseo deja de aferrarse a objetos finitos para abrirse a lo infinito.
c) Carne, pasividad y eros purificado
En Juan de la Cruz, la experiencia mística es profundamente pasiva. El cuerpo experimenta sequedad, cansancio, a veces dolor. La carne no desaparece: se vuelve lugar de recepción. Esta pasividad no es negación del eros, sino su transfiguración.
En el Cántico espiritual, el lenguaje erótico reaparece con fuerza: heridas de amor, embriaguez, desposorio. El deseo que atravesó la noche reaparece unificado, sin ansiedad posesiva. «Ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio» (Cántico, est. 28): el deseo ha encontrado su centro.
d) Unión transformante y resurrección del deseo
La unión con Dios no elimina la humanidad. Juan habla de transformación en Dios, no de absorción. El deseo humano permanece, pero participa del modo divino de amar. Aquí la carne alcanza su verdad escatológica.
Leído correctamente, san Juan de la Cruz no es un místico del vacío, sino de la plenitud. Su radicalidad no es negación de la vida, sino rechazo de toda forma de deseo que no sea capaz de soportar el peso de Dios.
Conclusión
La aportación de san Juan de la Cruz es decisiva: muestra que el cristianismo no resuelve el drama del deseo suprimiéndolo, sino llevándolo hasta su límite. La carne no es enemiga del espíritu; es el crisol donde el deseo aprende a arder sin consumirse.
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