La Revelación, en sentido teológico estricto, no es la comunicación de ideas religiosas ni la transmisión de verdades abstractas sobre Dios. La Revelación es, ante todo, autocomunicación de Dios. Dios no revela “algo”, sino que se revela a sí mismo en la historia. Esta afirmación, hoy clásica, hunde sus raíces en la Escritura y encuentra su formulación sistemática en el Magisterio contemporáneo.
La Sagrada Escritura testimonia que la Revelación acontece siempre como iniciativa divina. En Ex 3,14, Dios no ofrece una definición conceptual, sino una presencia: “Yo soy el que soy”, expresión que indica fidelidad, cercanía y acción histórica. El Deuteronomio lo expresa con claridad: “El Señor habló con vosotros cara a cara, desde el fuego” (Dt 5,4). Revelar es entrar en relación.
Los profetas profundizan esta lógica relacional. La Revelación no se agota en la ley ni en el oráculo, sino que compromete la vida misma de Dios con su pueblo. “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo” (Jer 31,33). Aquí la Revelación adopta forma de alianza, no de información.
Esta dinámica alcanza su plenitud cristológica en el Nuevo Testamento. El prólogo del Evangelio de Juan es decisivo: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer” (Jn 1,18). La Revelación ya no es solo palabra inspirada, sino Persona encarnada. Cristo no transmite un mensaje separado de sí mismo: Él es la Revelación.
Desde aquí se comprende la afirmación central de Dei Verbum (Concilio Vaticano II):
“Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos y trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía” (DV 2).
Este texto marca un punto de inflexión: la Revelación es diálogo, iniciativa amorosa y comunión.
Desde la teología sacramental, esta autocomunicación divina posee una estructura profundamente significativa: la Revelación acontece mediante signos visibles que comunican una realidad invisible. Este principio, que san Agustín formuló en términos de signum et res, atraviesa toda la economía salvífica. La historia, los gestos, las palabras y, en último término, los sacramentos, son lugares reales de la Revelación.
Cristo mismo es definido por el Magisterio como el “sacramento primordial del Padre”. San Juan Pablo II afirma que “Cristo es el signo visible del Dios invisible” (Redemptor Hominis, 7). Esta afirmación es clave: la Revelación no se opone a la sacramentalidad; la funda. Donde Dios se revela, lo hace encarnándose en lo sensible, lo histórico y lo humano.
Benedicto XVI, en Verbum Domini, profundiza esta visión al afirmar que la Palabra de Dios no es solo texto escrito, sino acontecimiento vivo:
“La Revelación cristiana no es una palabra escrita y muda, sino el Verbo encarnado y vivo” (VD 7).
Esto impide reducir la Revelación a un fundamentalismo bíblico o a una pura experiencia subjetiva.
Desde esta perspectiva, la Revelación posee tres rasgos esenciales. Primero, es histórica: acontece en el tiempo, culminando en Cristo (cf. Heb 1,1–2). Segundo, es sacramental: se comunica mediante signos eficaces. Tercero, es eclesial: no se da al individuo aislado, sino a un pueblo convocado. San Pablo lo expresa con claridad: “La fe viene de la predicación” (Rom 10,17).
El Magisterio es explícito al afirmar que la Revelación quedó definitivamente concluida en Cristo, aunque no agotada en su comprensión. Dei Verbum afirma: “No hay que esperar ninguna revelación pública antes de la manifestación gloriosa de nuestro Señor Jesucristo” (DV 4). Esto preserva a la fe tanto del progresismo doctrinal como del inmovilismo estéril.
Francisco, en continuidad, subraya la dimensión existencial de esta verdad cuando afirma que la Revelación no es un sistema cerrado, sino una llamada viva que interpela la libertad humana (Evangelii Gaudium, 36). La Revelación no se impone: se ofrece.
En síntesis, la realidad conceptual de la Revelación, desde la teología sacramental, puede formularse así: la Revelación es el acto por el cual Dios se comunica a sí mismo en la historia mediante signos visibles, culminando en Cristo, para introducir al ser humano en la comunión trinitaria. No es información sobre Dios, sino participación en su vida. Por eso, toda auténtica comprensión de la Revelación conduce necesariamente al sacramento, a la Iglesia y a la vida concreta del creyente.
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