La fe del teólogo no es una categoría opcional ni un adorno espiritual. Es constitutiva. Sin fe, el teólogo no hace teología; hace historia de las ideas religiosas.
En la tradición católica —y aquí conviene recordar a San Tomás de Aquino— la teología es fides quaerens intellectum, expresión que viene de Anselmo de Canterbury. Es decir: la fe que busca comprender. No es comprensión que produce fe, sino fe que se despliega en inteligencia.
La fe del teólogo tiene dos dimensiones clásicas:
Primero, la fides qua creditur: el acto personal de creer.
Segundo, la fides quae creditur: el contenido objetivo de lo creído.
Un teólogo puede conocer perfectamente la fides quae —dogmas, concilios, definiciones— y carecer de la fides qua. En ese caso es un especialista en religión, no un teólogo en sentido pleno.
Ahora bien, ¿Qué significa creer para el teólogo?
No es credulidad. La fe, según la definición clásica retomada por el Concilio Vaticano I, es un acto del entendimiento movido por la voluntad bajo la gracia. No es salto irracional; es asentimiento razonable a una verdad revelada por Dios que no puede engañarse ni engañarnos.
El teólogo, por tanto, cree en cuanto miembro de la Iglesia, no como investigador aislado. La teología es eclesial. La fe del teólogo está situada dentro del sensus fidei del pueblo de Dios. Esto fue profundizado por el Concilio Vaticano II en Lumen Gentium y Dei Verbum.
Aquí aparece una tensión interesante.
El teólogo está llamado a pensar críticamente. Pero su crítica no es demolición, sino penetración. Su tarea no es sospechar de la Revelación, sino comprenderla mejor. La sospecha radical pertenece a la filosofía moderna; la teología opera desde la confianza fundamental en que Dios ha hablado.
Esto no elimina la investigación histórica ni el método crítico. Significa que el punto de partida no es la neutralidad, sino la adhesión.
La fe del teólogo tiene también una dimensión ascética. No se trata solo de precisión conceptual, sino de conversión. En la tradición francesa —pienso en Henri de Lubac— la inteligencia teológica se deforma cuando se separa de la vida espiritual. La teología fría termina siendo ideología.
En términos fenomenológicos, la fe del teólogo no es mero contenido mental. Es una estructura existencial. Configura la manera de habitar el mundo. Si la Revelación es verdadera, entonces la realidad entera se interpreta desde Cristo. Eso transforma la ontología práctica del creyente.
Existe, además, una responsabilidad pública. El teólogo enseña. Su fe no es intimismo. Es servicio. La tradición habla de munus docendi: participación, en modo derivado, en la función magisterial de la Iglesia. Por eso la fe del teólogo debe estar en comunión con el Magisterio. No por censura, sino por coherencia eclesial.
Ahora bien:
Hay crisis de fe en teólogos. Las ha habido siempre. La historia lo demuestra. El teólogo no es un ángel inmune a la duda. La diferencia está en cómo gestiona la duda. Puede convertirse en ocasión de purificación intelectual o en ruptura eclesial.
La fe madura del teólogo acepta que la Revelación supera su comprensión. El dogma no es jaula; es horizonte delimitado que permite pensar sin disolverse en relativismo.
En síntesis:
La fe del teólogo es:
– Personal, no solo profesional.
– Eclesial, no individualista.
– Razonable, no fideísta.
– Crítica, pero no escéptica.
– Orientada a la verdad, no a la notoriedad académica.
Y aquí hay un punto delicado: cuando el teólogo pierde la fe, su discurso puede volverse brillante, pero pierde su centro. Se convierte en analista del cristianismo, no en servidor de la Palabra.
La teología auténtica nace de rodillas y piensa con rigor. Si pierde cualquiera de esas dos dimensiones, se desfigura.
Un repaso de algunos teólogos contemporáneos:
Joseph Ratzinger (1927–2022)
Su teología es profundamente cristocéntrica. Integra exégesis, liturgia y dogmática. Defendió que la fe no es mito premoderno sino Logos encarnado. Su proyecto fue mostrar la racionalidad interna del cristianismo frente al relativismo contemporáneo. Fuerte énfasis en la continuidad entre Escritura, Tradición y Magisterio.
Karl Rahner (1904–1984)
Aunque ya fallecido, sigue siendo estructuralmente contemporáneo por su impacto. Propuso la idea del “existencial sobrenatural”: todo ser humano está abierto a la gracia de Dios en su estructura trascendental. Intentó traducir la teología clásica al horizonte filosófico moderno (influencia de Heidegger).
Hans Urs von Balthasar (1905–1988)
Su obra monumental articula estética, dramatismo y teología. Para él, la gloria de Dios se revela en la forma de Cristo. Introduce una teología de la belleza como categoría central. Es uno de los intentos más audaces de síntesis sistemática del siglo XX.
Henri de Lubac (1896–1991)
Revalorizó la relación entre naturaleza y gracia. Combatió el dualismo que separaba lo natural de lo sobrenatural. Fue clave en la renovación que desembocó en el Vaticano II.
Yves Congar (1904–1995)
Eclesiología y ecumenismo. Recuperó el papel del laicado y la dimensión pneumatológica de la Iglesia. Su teología influyó decisivamente en Lumen Gentium.
Paso a autores aún más cercanos:
Jean-Luc Marion
Filósofo más que teólogo sistemático, pero con impacto teológico. Trabaja la fenomenología del don y la revelación como “fenómeno saturado”. Propone que Dios se manifiesta desbordando nuestras categorías conceptuales.
Walter Kasper
Eclesiología y teología de la misericordia. Enfatiza la dimensión pastoral de la verdad. Su pensamiento influyó en debates contemporáneos sobre sinodalidad y sacramentalidad.
Gerhard Ludwig Müller
Dogmática clásica con fuerte énfasis en continuidad doctrinal. Defensa rigurosa del depósito de la fe frente a interpretaciones que considera rupturistas.
Robert Sarah
Más espiritual que sistemático. Subraya silencio, liturgia y centralidad de Dios en una cultura secularizada.
En el ámbito latinoamericano:
Gustavo Gutiérrez
Teología de la liberación. Interpreta la salvación en clave histórica y social. Pone el acento en la opción preferencial por los pobres, intentando evitar reduccionismos marxistas en su evolución posterior.
Juan Carlos Scannone
Influyente en el pensamiento pastoral latinoamericano. Integra filosofía, cultura y teología del pueblo.
En el ámbito anglosajón:
Alasdair MacIntyre
Filósofo moral con enorme influencia teológica indirecta. Recupera la tradición aristotélico-tomista frente al emotivismo moderno.
N. T. Wright
Nuevo Testamento. Propone una lectura histórica de Pablo centrada en la fidelidad del Mesías y la narrativa de Israel. Muy influyente en debates sobre justificación.
En el ámbito ortodoxo:
John Zizioulas
Eclesiología ontológica. La persona se comprende desde la comunión trinitaria. Ha influido incluso en teólogos católicos.
Observación crítica.
La teología contemporánea oscila entre dos polos:
– Continuidad dogmática con desarrollo orgánico.
– Relectura contextual que intenta dialogar con la modernidad y la posmodernidad.
El desafío actual no es producir originalidad brillante, sino sostener la inteligibilidad de la fe en un mundo que ha perdido la gramática metafísica clásica.
La pregunta decisiva para evaluar a cualquier teólogo no es si es progresista o conservador, sino si su obra conserva tres elementos:
Cristocentrismo real.
Fidelidad eclesial.
Rigor intelectual.
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