Roma: la ciudad donde dialogan los dioses
Introducción
Cuando caminamos por las calles de Roma solemos pensar que estamos recorriendo la capital del antiguo Imperio o el centro de la Iglesia católica. Sin embargo, ambas afirmaciones resultan insuficientes. Roma es, ante todo, un inmenso lenguaje simbólico. Sus plazas, templos, columnas, iglesias, obeliscos y monumentos constituyen una conversación ininterrumpida entre civilizaciones que se prolonga desde hace casi tres mil años.
En Roma no desaparecen completamente los símbolos antiguos. Se transforman. Cada época recibe la herencia de la anterior y la reinterpreta desde un nuevo horizonte cultural y religioso. Comprender este proceso significa descubrir que la historia de las religiones no es únicamente una sucesión de rupturas, sino también de continuidades.
Esta primera sesión pretende responder una pregunta fundamental: ¿por qué los símbolos sobreviven incluso cuando cambian las religiones?
¿Qué es un símbolo?
La palabra símbolo proviene del griego symbolon, que designaba originalmente dos fragmentos de un mismo objeto que, al unirse, permitían reconocer una alianza o una identidad compartida. Con el tiempo, el término pasó a designar cualquier realidad visible capaz de remitir a otra realidad invisible.
El símbolo no sustituye la realidad; la hace presente de un modo distinto.
Por ello, el ser humano nunca ha vivido únicamente de conceptos. Necesita imágenes, gestos, colores, sonidos y espacios capaces de expresar aquello que las palabras, por sí solas, no alcanzan a comunicar.
El símbolo habla simultáneamente a la inteligencia, a la memoria, a la imaginación y a la experiencia religiosa.
Diferencia entre signo, mito y símbolo
Aunque solemos emplearlos como sinónimos, conviene distinguir tres conceptos.
El signo posee un significado preciso y convencional. Un semáforo en rojo significa detenerse. Una señal de tráfico indica una dirección determinada. Su función consiste en informar.
El mito es un relato que expresa una verdad profunda mediante un lenguaje narrativo. No pretende describir necesariamente un hecho histórico, sino ofrecer una interpretación del mundo, del origen del ser humano o del sentido de la existencia.
El símbolo, en cambio, es una realidad concreta que remite continuamente a un significado mayor que nunca se agota. Una cruz es madera o metal; sin embargo, para un cristiano representa el amor llevado hasta el extremo. Un obelisco es un bloque de piedra; pero para los antiguos egipcios era un rayo petrificado del sol.
Como afirmaba Paul Ricoeur, "el símbolo da que pensar". Su riqueza consiste precisamente en que nunca termina de decir todo lo que contiene.
Roma como síntesis religiosa del Mediterráneo
Roma nunca fue una cultura cerrada sobre sí misma.
Su grandeza consistió en absorber tradiciones muy diversas y convertirlas en una nueva síntesis.
Los primeros romanos heredaron numerosos elementos de los etruscos.
Posteriormente incorporaron el universo religioso griego.
Más tarde recibieron cultos procedentes de Egipto, Siria, Persia y Asia Menor.
En sus calles convivieron templos dedicados a Júpiter, Isis, Mitra, Cibeles y Serapis.
Finalmente llegaron el judaísmo y el cristianismo.
Roma terminó convirtiéndose en un verdadero laboratorio donde las religiones dialogaban, competían y, en ocasiones, se transformaban mutuamente.
La influencia etrusca
Antes del predominio romano, la civilización etrusca ejerció una enorme influencia sobre el Lacio.
De los etruscos heredó Roma muchas prácticas religiosas.
Los sacerdotes consultaban el vuelo de las aves para interpretar la voluntad divina.
Los rayos y los fenómenos atmosféricos eran considerados mensajes de los dioses.
Los templos comenzaron a ocupar un lugar central dentro de la ciudad.
Incluso algunos símbolos del poder político poseen raíces etruscas.
La religión era inseparable de la vida pública.
La influencia griega
Cuando Roma conquistó Grecia, ocurrió una paradoja descrita por el poeta Horacio:
"La Grecia conquistada conquistó a su feroz vencedor."
Los dioses romanos comenzaron a identificarse con los dioses griegos.
Júpiter con Zeus.
Venus con Afrodita.
Marte con Ares.
Mercurio con Hermes.
Pero la influencia griega fue mucho más profunda.
Roma adoptó su filosofía, su arte, su arquitectura y su manera de representar visualmente lo divino.
Por ello, gran parte del lenguaje artístico del cristianismo primitivo será también heredero de Grecia.
La influencia oriental
Durante el Imperio llegaron nuevos cultos procedentes del Oriente.
La diosa Isis ofrecía esperanza de vida después de la muerte.
Mitra proponía una religión de iniciación muy difundida entre los soldados.
Cibeles representaba la gran madre de la naturaleza.
Estos cultos introdujeron ceremonias de iniciación, banquetes sagrados, purificaciones y un fuerte simbolismo relacionado con la salvación.
Aunque el cristianismo no deriva de ellos, sí se desarrolló en un ambiente donde esas experiencias religiosas eran conocidas por muchos habitantes del Imperio.
La llegada del judaísmo
Mucho antes del nacimiento de Jesús existían importantes comunidades judías en Roma.
Traían consigo una característica completamente distinta del resto de las religiones mediterráneas.
Mientras la mayoría de los pueblos aceptaba numerosos dioses, Israel afirmaba la existencia de un único Dios creador.
Su símbolo central no era una imagen, sino la Palabra revelada.
El judaísmo aportó a Roma una nueva comprensión del tiempo, de la historia y de la alianza entre Dios y la humanidad.
La irrupción del cristianismo
El cristianismo nace dentro del judaísmo, pero se expresa rápidamente en un mundo profundamente grecorromano.
Los primeros cristianos no destruyen el lenguaje simbólico existente.
Lo reinterpretan.
El Buen Pastor recuerda al antiguo Hermes Crióforo, pero ahora representa a Cristo.
El pavo real deja de simbolizar únicamente la inmortalidad para convertirse en imagen de la resurrección.
Los obeliscos egipcios terminan coronados por una cruz.
La basílica, que había sido un edificio civil romano, se transforma en espacio litúrgico.
El símbolo permanece.
Su significado cambia.
Algunos símbolos de Roma
El águila imperial representaba el poder universal de Roma y el triunfo del emperador. Más tarde, el cristianismo conservará el águila como símbolo de san Juan, cuyo Evangelio se eleva hacia el misterio de Dios.
El lobo capitolino expresa el origen legendario de Roma mediante la figura de Rómulo y Remo. Es una imagen de protección, maternidad y fundación.
El fuego de Vesta simbolizaba la permanencia de la ciudad. Mientras el fuego permaneciera encendido, Roma viviría. El cristianismo reinterpretará posteriormente la luz como signo de Cristo resucitado y de la presencia permanente de Dios.
El templo constituía la morada de la divinidad. Sin embargo, el cristianismo afirmará progresivamente que el verdadero templo es Cristo y, por participación, la comunidad de los creyentes.
El altar era el lugar del sacrificio. En la liturgia cristiana conservará su centralidad, aunque el sacrificio ya no consistirá en animales, sino en la actualización sacramental del único sacrificio de Cristo.
El incienso era utilizado tanto en los templos paganos como en el Templo de Jerusalén. La Iglesia conservará este elemento para expresar honor, oración y la presencia de lo sagrado.
La procesión, presente en prácticamente todas las religiones antiguas, será asumida por el cristianismo como signo del pueblo de Dios que camina hacia la plenitud del Reino.
Conclusión
La historia de Roma demuestra que las religiones no viven únicamente de doctrinas.
Viven también de imágenes, espacios, gestos y símbolos.
Cuando cambia una religión, no siempre desaparecen los símbolos anteriores.
Con frecuencia son purificados, reinterpretados y orientados hacia un nuevo significado.
Quizá esta sea una de las grandes lecciones de Roma.
Las civilizaciones pueden cambiar de dioses, pero el ser humano continúa necesitando un lenguaje capaz de expresar aquello que supera las palabras.
Por eso Roma sigue siendo, aún hoy, una ciudad donde dialogan los dioses.
Pregunta para la reflexión
¿Por qué el cristianismo nunca eliminó completamente el lenguaje simbólico romano?
Tal vez porque comprendió que los símbolos no pertenecen exclusivamente a una religión determinada, sino a la estructura misma del ser humano. Un símbolo puede nacer en una cultura concreta y, sin perder su belleza, recibir un significado completamente nuevo. La historia de Roma es, precisamente, la historia de esa extraordinaria capacidad de transformación.
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