Teología: su misión e historia
Introducción
Hablar de teología no es hablar de una disciplina más entre otras. Es hablar del acto reflexivo de la fe cuando esta se toma en serio a sí misma. La teología no nace en la academia; nace en la escucha. Antes de ser ciencia, es obediencia: fides ex auditu (Rm 10,17).
Desde el inicio, la teología ha vivido en una tensión fecunda: entre la fe recibida y la inteligencia que busca comprenderla; entre la revelación que se da y la razón que pregunta; entre el misterio que supera y la palabra que intenta decirlo sin traicionarlo.
San Anselmo lo expresó con una fórmula que sigue siendo insuperable: fides quaerens intellectum. No una fe que duda de sí, sino una fe que no se conforma con callar.
I. La misión de la teología
La misión de la teología no es inventar a Dios, ni domesticarlo, ni hacerlo funcional. Su misión es servir a la verdad revelada, ayudando a la Iglesia a comprender, custodiar y anunciar lo que ha recibido.
La Sagrada Escritura ya establece esta dinámica. San Pedro exhorta:
“Estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3,15).
Dar razón no es justificar ideológicamente, sino hacer inteligible la fe sin vaciarla.
El Concilio Vaticano II lo expresa con claridad en Dei Verbum 10:
“La sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia están tan unidos que ninguno puede subsistir sin los otros”.
La teología, por tanto, no es un cuarto poder. No está por encima del Magisterio, ni al margen de la Escritura, ni desligada de la Tradición viva. Es mediación crítica y fiel.
Su misión concreta puede formularse en tres verbos:
Escuchar la Palabra de Dios.
Comprenderla con rigor racional.
Comunicarla de modo inteligible a cada época.
Cuando la teología deja de escuchar, se vuelve ideología.
Cuando deja de pensar, se vuelve repetición estéril.
Cuando deja de comunicar, se vuelve irrelevante.
II. Breve historia de la teología
1. Teología bíblica y apostólica
La primera teología es la del Nuevo Testamento. San Pablo es ya un teólogo cuando interpreta la cruz como sabiduría de Dios (cf. 1 Co 1,18-25). El Evangelio de Juan es teología en forma narrativa: “El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14). Aquí se fija el núcleo: Dios se revela en la historia, no al margen de ella.
2. Teología patrística
Los Padres de la Iglesia no separan teología, liturgia y vida. Para ellos, pensar a Dios es adorarlo correctamente. Ireneo de Lyon resume esta visión: “La gloria de Dios es el hombre vivo” (Adversus haereses IV,20,7).
La teología patrística es defensiva y contemplativa a la vez: combate las herejías, pero nunca pierde el sentido del misterio. Aquí nace la teología como servicio eclesial.
3. Teología medieval
Con la escolástica, la teología se convierte en ciencia, sin dejar de ser fe. Tomás de Aquino afirmará que la teología es scientia subalternata, una ciencia que parte de principios recibidos por revelación (cf. Summa Theologiae I, q.1, a.2).
Razón y fe no se oponen; se ordenan. Esta síntesis sigue siendo normativa. Fides et Ratio lo reafirma:
“La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad” (FR, Introducción).
4. Crisis moderna y renovación
La modernidad pone en cuestión la posibilidad misma de la teología. La razón se vuelve autosuficiente; la fe, sospechosa. La respuesta de la Iglesia no fue el repliegue, sino el discernimiento.
El Concilio Vaticano II marca una renovación profunda. Gaudium et Spes 62 exhorta a una teología atenta a los signos de los tiempos, sin diluir el contenido de la fe.
Benedicto XVI lo expresó con precisión:
“La fe no es un conjunto de prohibiciones, sino una opción positiva” (Deus Caritas Est, 1).
III. Teología hoy: desafíos y responsabilidades
Hoy la teología enfrenta desafíos inéditos: secularización, relativismo, tecnocracia, fragmentación del saber. Pero su misión no ha cambiado.
El Papa Francisco, en Veritatis Gaudium (2017), señala cuatro criterios para la renovación de los estudios teológicos: centralidad del kerygma, diálogo, interdisciplinariedad y cultura del encuentro. No es una rebaja doctrinal; es una exigencia de profundidad mayor.
La teología debe ser:
Eclesial, no individualista.
Crítica, no servil.
Misionera, no autorreferencial.
Humilde, consciente de que el misterio siempre excede el concepto.
San Pablo lo recuerda con sobriedad:
“Ahora vemos como en un espejo, confusamente” (1 Co 13,12).
Conclusión
La teología no salva, pero sirve a la salvación. No sustituye la fe, pero la purifica. No agota el misterio, pero lo protege del silencio y de la banalización.
En un mundo que sospecha de la verdad y desconfía del sentido, la teología sigue teniendo una misión insustituible: pensar la fe para que la fe siga siendo pensable, sin dejar de ser adoración.
Como afirmó San Juan Pablo II:
“La Iglesia necesita de la teología para anunciar el Evangelio de modo creíble” (Fides et Ratio, 92).
Mientras haya fe que busque comprender, la teología seguirá viva. Y mientras haya misterio que se revele, la teología seguirá siendo necesaria.
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