El preservativo y las píldoras anticonceptivas desde la teología moral católica
Introducción: el problema moral no es simplemente «anticoncepción sí o no»
La moral sexual católica parte de una antropología determinada: la sexualidad humana posee simultáneamente una dimensión unitiva y una dimensión procreativa. El matrimonio constituye, para la Iglesia, la alianza en la que estas dimensiones encuentran su expresión propia.
Esta concepción aparece especialmente desarrollada en Gaudium et spes 48-51 y Humanae vitae 10-14, y posteriormente en Familiaris consortio, el Catecismo de la Iglesia Católica (CCC 2360-2372) y la teología del cuerpo de Juan Pablo II.
El punto decisivo de Humanae vitae 12 es la inseparabilidad de los significados unitivo y procreador del acto conyugal. Por eso, en el n. 14, Pablo VI rechaza «toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación».
Esto permite formular una primera tesis:
La Iglesia no considera que el preservativo sea malo por ser un objeto de látex, ni que una píldora sea mala por ser una sustancia farmacológica. El problema moral aparece cuando se utiliza una intervención para impedir deliberadamente la procreación dentro de un acto sexual cuyo significado conyugal es precisamente unitivo y procreativo.
Pero esa afirmación debe ser examinada según el contexto.
1. Fuera del matrimonio
Aquí hay que separar el problema del acto sexual del problema del anticonceptivo.
La Iglesia considera que las relaciones sexuales fuera del matrimonio son objetivamente ilícitas. El Catecismo denomina «fornicación» a la unión sexual entre personas no casadas (CCC 2353).
Por tanto, utilizar un preservativo fuera del matrimonio no transforma una relación sexual extramatrimonial en lícita.
Lo mismo sucede con la píldora anticonceptiva.
Una persona no puede razonar moralmente:
«Si utilizo preservativo, entonces el sexo fuera del matrimonio deja de ser pecado porque no existe posibilidad de embarazo».
El preservativo modifica una consecuencia posible del acto —el embarazo—, pero no modifica la valoración que la Iglesia hace de la relación sexual extramatrimonial.
Lo mismo vale para la anticoncepción hormonal.
Sin embargo, aquí aparece una distinción muy importante: la Iglesia no sostiene que el preservativo sea intrínsecamente malo en cualquier circunstancia imaginable. Su rechazo específico se refiere a su utilización como medio anticonceptivo dentro de la acción sexual.
Esto será especialmente importante cuando lleguemos al VIH.
2. Dentro del matrimonio: preservativo y píldora anticonceptiva
Aquí encontramos el núcleo de la doctrina católica.
El matrimonio constituye, según la Iglesia, una comunidad de vida y amor ordenada tanto al bien de los esposos como a la generación y educación de los hijos (CCC 1601).
Por eso Humanae vitae 11-14 considera moralmente ilícita la anticoncepción deliberadamente buscada.
Esto comprende métodos como:
preservativo utilizado para impedir la concepción;
píldora anticonceptiva utilizada para impedir la concepción;
esterilización anticonceptiva;
coitus interruptus;
otros procedimientos cuyo propósito sea hacer imposible la procreación del acto conyugal.
El Catecismo resume esta enseñanza en CCC 2370:
«Es intrínsecamente mala toda acción que, bien en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio hacer imposible la procreación.»
Por tanto, desde la doctrina católica, un matrimonio no puede utilizar deliberadamente el preservativo o la píldora como anticonceptivos simplemente porque desea mantener relaciones sexuales sin posibilidad de embarazo.
Pero hay una excepción conceptual fundamental que suele olvidarse.
Tratamiento médico ≠ anticoncepción
Supongamos que una mujer padece una enfermedad y necesita un tratamiento hormonal. El medicamento produce como efecto secundario una infertilidad temporal.
Si la infertilidad no es buscada como finalidad anticonceptiva, sino que constituye un efecto secundario no querido de un tratamiento proporcionado, estamos ante una situación moral diferente.
La diferencia está en la intención y en el objeto moral.
Por ejemplo:
«Tomo este medicamento para tratar una enfermedad y sé que temporalmente puede impedir la ovulación».
no es moralmente idéntico a:
«Tomo este medicamento para poder mantener relaciones sexuales evitando deliberadamente la concepción».
Esta distinción es fundamental para no convertir Humanae vitae en una prohibición absurda de cualquier medicamento que pueda afectar a la fertilidad.
¿Y qué propone la Iglesia?
La alternativa moralmente aceptable para espaciar los nacimientos es la regulación natural de la fertilidad, cuando existen razones proporcionadas para ello.
Humanae vitae 16 admite la utilización de períodos infecundos para espaciar los nacimientos, y el Catecismo desarrolla la cuestión en CCC 2370.
Aquí encontramos una diferencia conceptual:
anticoncepción: modificar deliberadamente el acto para impedir la fertilidad;
regulación natural: reconocer los períodos de fertilidad e infertilidad y decidir responsablemente cuándo mantener relaciones sexuales.
La Iglesia considera moralmente relevante esta diferencia porque entiende que no es lo mismo actuar directamente contra la fecundidad que respetar la estructura biológica de la fertilidad.
3. Preservativo o píldora ante una violación inminente
Aquí entramos en una situación radicalmente diferente.
Una violación no es un acto sexual libre, sino una agresión contra la persona.
Y esto cambia completamente el análisis moral.
Una mujer que se encuentra ante el riesgo inminente de ser violada no está obligada moralmente a permanecer pasiva frente a la posibilidad de una concepción producida por la agresión.
La prevención de un embarazo procedente de una violación no equivale moralmente a la anticoncepción voluntaria practicada por esposos que mantienen relaciones sexuales libremente.
La diferencia fundamental es el objeto moral.
En la anticoncepción matrimonial se intenta impedir deliberadamente la procreación de un acto sexual conyugal.
En la profilaxis frente a una violación se intenta impedir las consecuencias reproductivas de una agresión que la víctima no consiente.
Por eso la cuestión debe analizarse dentro de una ética de legítima defensa y protección de la víctima.
Pero hay una condición fundamental: la intervención no debe ser abortiva.
Si existe una posibilidad de embarazo, una intervención destinada a impedir la ovulación o la fecundación puede ser moralmente distinta de una intervención destinada a destruir un embrión ya concebido.
Aquí la cronología biológica resulta moralmente decisiva para la doctrina católica:
ovulación → fecundación → implantación → desarrollo embrionario.
La Iglesia considera que la vida humana debe ser respetada desde la concepción.
Por ello, una intervención que destruyera deliberadamente un embrión ya concebido sería considerada abortiva.
En cambio, una intervención profiláctica que impida la fecundación puede ser valorada de otra manera en el contexto específico de una agresión sexual.
Por eso, en un caso real de violación o riesgo inminente, no sería responsable que un sacerdote sin conocimientos médicos dijera simplemente «toma» o «no tomes» determinado medicamento. Debe intervenir personal sanitario competente y conocedor de la doctrina moral católica, determinando qué mecanismo tiene el medicamento.
4. Preservativo para evitar el contagio del sida/VIH
Este es probablemente el caso que más ha obligado a la teología moral contemporánea a precisar sus categorías.
Durante décadas se produjo una enorme controversia.
La cuestión puede formularse así:
¿Es moralmente lícito utilizar un preservativo para impedir la transmisión del VIH, aunque la doctrina católica rechace su utilización como anticonceptivo?
La respuesta contemporánea requiere distinguir la finalidad anticonceptiva de la finalidad profiláctica.
Benedicto XVI introdujo una consideración pastoral importante en Luz del mundo (2010), cuando reconoció que, en determinadas circunstancias, el uso del preservativo podía constituir un primer paso de responsabilidad moral en situaciones concretas de riesgo de infección.
Posteriormente, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó Nota sobre la banalización de la sexualidad a propósito de algunas interpretaciones de «Luz del mundo» (2010), aclarando que Benedicto XVI no estaba modificando la doctrina de Humanae vitae sobre la anticoncepción.
La distinción es fundamental.
No significa:
«La Iglesia ha aprobado el preservativo».
Significa más bien:
«El uso de un preservativo para reducir el riesgo de transmisión de una enfermedad infecciosa no debe identificarse sin más con el uso anticonceptivo del preservativo».
Pero todavía queda una cuestión más profunda.
Supongamos un hombre infectado por VIH que mantiene deliberadamente relaciones sexuales sin protección con otra persona, sabiendo que existe un riesgo importante de transmisión.
Desde la moral cristiana existe una obligación evidente de evitar causar un daño grave al otro.
El principio moral de no hacer daño adquiere aquí una importancia enorme.
Por tanto, incluso manteniendo la doctrina tradicional sobre la anticoncepción, la prevención de la transmisión del VIH constituye un problema moral diferente.
Y aquí tenemos una conclusión bastante interesante:
el preservativo puede ser moralmente problemático como anticonceptivo y, sin embargo, su utilización como medida de reducción de un riesgo sanitario puede recibir una valoración moral diferente.
No hay contradicción si comprendemos que el objeto moral no es idéntico.
5. El preservativo y la prostitución
La situación es especialmente compleja porque aquí confluyen dos problemas diferentes: prostitución y prevención sanitaria.
La Iglesia considera moralmente ilícita la prostitución y la compra de servicios sexuales. El Catecismo, en CCC 2355, afirma que la prostitución atenta contra la dignidad de quien se prostituye y de quien paga.
Pero existe una distinción fundamental entre:
«¿Es moralmente lícito prostituirse?»
y
«Una persona que ya se encuentra en una situación de prostitución, ¿debe adoptar medidas para impedir la transmisión de VIH u otras infecciones?»
La respuesta a la primera pregunta es negativa desde la doctrina católica.
La segunda no puede responderse simplemente:
«Como la prostitución es ilícita, entonces no importa si se transmite una enfermedad».
Eso sería moralmente absurdo.
La obligación de evitar daños al prójimo permanece.
Por tanto, si una persona se encuentra en prostitución y existe riesgo de transmisión de VIH, el uso del preservativo como medida profiláctica puede ser considerado desde la finalidad de evitar un daño grave, aunque eso no convierta la prostitución en moralmente lícita.
Y aquí tenemos una distinción muy útil para la teología moral:
una medida puede reducir el mal de una situación sin convertir la situación completa en buena.
El preservativo no «santifica» la prostitución.
Puede, en determinadas circunstancias, evitar una consecuencia gravemente dañina dentro de una situación que continúa siendo moralmente problemática.
Una cuestión adicional: ¿y si la persona prostituida es explotada?
Aquí el análisis cambia todavía más.
Imaginemos una mujer obligada a prostituirse mediante trata, violencia, amenazas o extrema vulnerabilidad económica.
La Iglesia no puede colocar moralmente en el mismo nivel al explotador y a la víctima.
CCC 2355 reconoce precisamente que la responsabilidad puede estar condicionada por circunstancias como la miseria o el chantaje.
Por tanto, una persona explotada sexualmente necesita primordialmente protección, asistencia, salida de la explotación y recuperación de su dignidad.
No podemos aplicar mecánicamente una moral sexual pensada para personas libres a una persona sometida a violencia.
La cuestión de fondo: ¿por qué la Iglesia acepta unas intervenciones y rechaza otras?
Aquí podemos llegar al corazón filosófico de la cuestión.
La moral católica distingue entre regular la fertilidad y suprimir deliberadamente la fecundidad del acto sexual.
Esta distinción procede de una determinada antropología del cuerpo.
El cuerpo no sería simplemente una máquina biológica que podemos manipular según nuestra voluntad. Es parte constitutiva de la persona.
Por eso, desde la perspectiva católica, la sexualidad posee un lenguaje corporal.
El acto sexual dice corporalmente:
«Me entrego a ti».
Y simultáneamente:
«Nuestra unión puede estar abierta a una nueva vida».
La anticoncepción introduce deliberadamente una ruptura entre esos dos significados.
Esta es precisamente la lógica que Humanae vitae intenta expresar.
Ahora bien, cuando hablamos de violación o de prevención del VIH, estamos ante una situación diferente porque ya no estamos tratando simplemente de decidir si un matrimonio quiere o no quiere concebir.
Estamos tratando de impedir:
una agresión;
una enfermedad;
un daño grave;
o una consecuencia reproductiva no consentida.
Por eso no podemos construir una moral coherente utilizando una sola palabra —«anticoncepción»— para todos esos escenarios.
Síntesis
Podríamos resumir la posición católica así:
Fuera del matrimonio: el preservativo o la píldora no hacen lícita una relación sexual extramatrimonial. La cuestión principal es la relación sexual fuera del matrimonio.
Dentro del matrimonio: el uso deliberado del preservativo o de anticonceptivos hormonales para impedir la concepción es considerado moralmente ilícito por Humanae vitae y CCC 2370.
Como tratamiento médico: un medicamento que produzca infertilidad como efecto secundario no querido puede ser lícito si existe una verdadera finalidad terapéutica.
Ante una violación: la prevención de la concepción como consecuencia de una agresión sexual no debe identificarse automáticamente con la anticoncepción matrimonial. Debe evitarse cualquier mecanismo abortivo.
Para prevenir VIH: la finalidad profiláctica de impedir la transmisión de una enfermedad es moralmente diferente de la finalidad anticonceptiva. Benedicto XVI reconoció esta distinción en Luz del mundo, sin modificar la doctrina de Humanae vitae.
En prostitución: el preservativo no hace lícita la prostitución, pero la obligación de evitar la transmisión de enfermedades y daños al prójimo permanece. La situación de una persona explotada sexualmente requiere además un análisis de su libertad y responsabilidad.
La doctrina católica sobre anticoncepción no afirma que todo acto sexual que no produzca un embarazo sea moralmente malo. Una pareja anciana, una mujer naturalmente estéril o un matrimonio que mantiene relaciones durante un período infértil no están realizando por ello un acto anticonceptivo.
La cuestión no es «¿hubo embarazo?», sino «¿se ha intervenido deliberadamente contra la dimensión procreativa del acto sexual?»
Ése es el núcleo conceptual de Humanae vitae.
Y, precisamente por eso, el debate contemporáneo más interesante no consiste en preguntar simplemente si «la Iglesia está a favor o en contra del preservativo», sino en determinar qué entiende la Iglesia por acto conyugal, procreación, responsabilidad, enfermedad, legítima defensa, dignidad corporal y objeto moral. Ahí es donde la discusión deja de ser una polémica sobre un objeto de látex o una píldora y se convierte propiamente en teología moral.
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