La magia en Mesopotamia, Egipto y el antiguo Mediterráneo
De la magia ritual a la construcción histórica de la hechicería
Introducción: antes de Satanás existían los demonios
Cuando en la cultura contemporánea escuchamos palabras como «magia», «hechicería», «demonio» o «satanismo», tendemos a introducirlas dentro de un mismo imaginario.
Una mujer que prepara un filtro.
Un sacerdote que invoca a un espíritu.
Una tablilla con un conjuro.
Una figura demoníaca.
Un círculo ritual.
Un sacrificio.
Un hechizo.
Y finalmente Satanás.
Históricamente, sin embargo, esa secuencia es engañosa.
El mundo antiguo no poseía una categoría única equivalente a nuestra palabra «magia». Tampoco dividía siempre las prácticas religiosas en dos campos perfectamente diferenciados: por un lado, la religión legítima; por otro, la magia ilegítima.
Un sacerdote podía recitar un encantamiento.
Un rey podía consultar a un adivino.
Un médico podía utilizar fórmulas rituales.
Una persona podía llevar un amuleto.
Un especialista podía realizar un ritual contra un demonio.
Y todas esas prácticas podían formar parte de una misma concepción del cosmos.
La pregunta histórica fundamental, por tanto, no es:
«¿Creían en la magia?»
La respuesta sería demasiado sencilla.
La verdadera pregunta es:
¿Cómo entendieron las sociedades antiguas la posibilidad de intervenir ritualmente en el orden invisible de la realidad?
Y aquí comienza nuestra historia.
I. Magia y religión: una frontera que todavía no estaba trazada
Una de las dificultades para estudiar la magia antigua consiste en utilizar categorías modernas.
En la antropología clásica se intentó distinguir entre religión y magia.
James George Frazer, por ejemplo, planteó en The Golden Bough una oposición entre magia y religión que tuvo enorme influencia, aunque muchos de sus modelos evolucionistas han sido posteriormente cuestionados.
Bronisław Malinowski introdujo después una comprensión más funcional de la magia dentro de la vida social.
Más recientemente, historiadores de las religiones como Fritz Graf, David Frankfurter y otros han insistido en que la categoría «magia» es histórica y culturalmente problemática.
Esto resulta fundamental.
Un antiguo mesopotamio no necesariamente pensaba:
«Ahora voy a abandonar la religión y practicar magia.»
Podía pensar:
«Estoy realizando un procedimiento ritual eficaz para restaurar el orden que ha sido perturbado.»
Por eso conviene hablar de:
ritualidad,
encantamiento,
adivinación,
protección,
exorcismo,
coerción ritual,
apotropaísmo
y solamente después utilizar la categoría general de «magia».
II. Mesopotamia: el universo como realidad vulnerable
Mesopotamia constituye uno de los grandes laboratorios históricos para estudiar la relación entre religión, magia y demonología.
En las sociedades mesopotámicas —Sumer, Acad, Babilonia y Asiria— el universo era concebido como un espacio poblado por fuerzas divinas y no humanas.
Los dioses podían intervenir en el mundo.
Los espíritus podían afectar a las personas.
Las enfermedades podían tener una dimensión sobrenatural.
Los sueños podían transmitir información.
Los acontecimientos podían interpretarse mediante signos.
Por tanto, conocer los signos y realizar correctamente determinados rituales tenía una enorme importancia.
Aquí encontramos una primera característica fundamental:
La magia mesopotámica no era simplemente «hacer cosas sobrenaturales». Era una tecnología ritual del orden cósmico.
III. El āšipu: especialista en lo invisible
Uno de los personajes más importantes para comprender la religiosidad mesopotámica es el especialista ritual conocido como āšipu —frecuentemente traducido como exorcista o especialista en rituales de purificación—.
Su función podía incluir:
diagnosticar una aflicción;
identificar una causa sobrenatural;
recitar encantamientos;
realizar rituales de purificación;
utilizar objetos protectores;
expulsar entidades perjudiciales;
neutralizar maleficios.
No debemos imaginarlo necesariamente como un «brujo» en el sentido moderno.
Podía desempeñar una función reconocida dentro del sistema religioso y cortesano.
Esto es crucial para nuestra historia.
El mismo fenómeno que una cultura considera ritual legítimo, otra puede considerarlo magia prohibida.
La frontera entre ambos conceptos depende en gran medida de quién realiza el ritual, con qué finalidad y bajo qué autoridad.
IV. El universo de los demonios mesopotámicos
Mesopotamia desarrolló una extraordinaria demonología.
Entre las figuras conocidas encontramos, por ejemplo:
Lamaštu, asociada particularmente con peligros para mujeres y niños;
Pazuzu, una entidad demoníaca vinculada a los vientos y utilizada también como fuerza protectora contra Lamaštu;
Utukku, término utilizado para determinados tipos de entidades espirituales;
Gallu, asociado en distintos contextos con fuerzas demoníacas.
Pero aquí debemos evitar otro error.
«Demonio» no significa necesariamente «diablo».
La concepción cristiana posterior de un universo dividido entre Dios y Satanás, ángeles y demonios rebeldes, no puede proyectarse directamente sobre Mesopotamia.
El mundo mesopotámico poseía una pluralidad de entidades sobrenaturales con funciones diversas.
Algunas podían ser destructivas.
Otras podían proteger.
Algunas podían ser ambiguas.
Y su clasificación dependía del contexto.
V. Maqlû: la lucha contra la hechicería
Aquí aparece uno de los documentos más fascinantes para la historia de la hechicería.
La serie ritual Maqlû, cuyo nombre significa aproximadamente «quemadura» o «combustión», contiene rituales y encantamientos dirigidos contra la brujería.
El contexto es extraordinariamente importante.
El problema no es simplemente:
«¿Existe la magia?»
El problema es:
«Alguien está utilizando una acción ritual contra mí.»
El ritual intenta identificar y neutralizar al supuesto hechicero.
Se utilizan fórmulas, objetos, sustituciones simbólicas y procedimientos destinados a destruir el efecto del maleficio.
Aquí encontramos algo que tendrá una enorme importancia en la historia posterior de la brujería:
la construcción social del enemigo mágico.
No basta con creer que existe la magia.
Tiene que existir alguien que pueda ser acusado de utilizarla.
VI. La hechicería como inversión del orden
En muchas culturas antiguas encontramos una lógica semejante:
la comunidad posee rituales legítimos;
existe un orden religioso;
existe una autoridad;
y, paralelamente, aparece la figura de quien utiliza procedimientos rituales de manera ilegítima.
La bruja, el hechicero o el maleficus pueden convertirse entonces en figuras de inversión.
No necesariamente porque sus técnicas sean radicalmente diferentes de las utilizadas por los especialistas legítimos.
A veces la diferencia está en:
quién las utiliza,
contra quién,
con qué finalidad,
y fuera de qué autoridad.
Éste será uno de los mecanismos fundamentales mediante los cuales la historia de la magia se transformará posteriormente en historia de la hechicería.
VII. Egipto: heka no significa simplemente «magia»
Egipto presenta un panorama todavía más interesante.
El término egipcio heka suele traducirse como «magia», pero esa traducción puede inducir a error.
Heka era una potencia fundamental del cosmos.
No era necesariamente una fuerza antirreligiosa.
De hecho, formaba parte del funcionamiento mismo del universo.
En el pensamiento egipcio, las palabras, los nombres, las imágenes y los rituales podían poseer eficacia.
La realidad no era concebida como un mecanismo puramente material.
El lenguaje podía actuar.
El nombre tenía poder.
La imagen podía participar simbólicamente de aquello que representaba.
El rito podía restablecer el orden.
Por eso, en Egipto, la magia estaba profundamente integrada en la religión.
VIII. El sacerdote y el mago
Aquí aparece una cuestión fundamental para nuestra historia.
¿Quién podía practicar magia?
La respuesta es mucho más compleja que «el mago».
Los sacerdotes podían utilizar fórmulas mágicas.
Los médicos podían emplear encantamientos.
Las personas podían llevar amuletos.
Los rituales funerarios incorporaban fórmulas destinadas a proteger al difunto.
El Libro de los Muertos contiene numerosos textos destinados a ayudar al fallecido en su tránsito hacia el más allá.
Desde nuestra perspectiva moderna podríamos llamar «magia» a muchas de estas prácticas.
Pero para los egipcios no constituían necesariamente una religión alternativa.
Formaban parte de la relación entre ser humano, cosmos, dioses y mundo invisible.
IX. La palabra como poder
Uno de los elementos más fascinantes de la magia egipcia es la importancia de la palabra.
El universo podía ser afectado mediante la pronunciación correcta.
Los nombres tenían importancia.
Conocer el nombre de una entidad podía proporcionar poder sobre ella.
Esta concepción reaparecerá en numerosas tradiciones mágicas posteriores.
De ahí surge una idea extremadamente poderosa:
conocer el nombre secreto de algo significa, en cierto sentido, conocer su estructura y adquirir poder sobre ello.
Encontraremos ecos de esta idea en la magia greco-egipcia, en tradiciones herméticas y posteriormente en diversos sistemas esotéricos.
X. Amuletos, imágenes y protección
El mundo egipcio estaba lleno de objetos apotropaicos.
Amuletos.
Estatuillas.
Imágenes.
Inscripciones.
Fórmulas.
El objetivo podía ser:
proteger al vivo;
proteger al niño;
proteger al difunto;
evitar enfermedades;
favorecer la fertilidad;
proteger durante el parto;
acompañar al muerto.
Un amuleto no era simplemente «un objeto supersticioso».
Formaba parte de una determinada ontología religiosa.
Su eficacia dependía de la relación entre materialidad, imagen, palabra, divinidad y ritual.
XI. De Egipto al Mediterráneo
A partir del primer milenio a. C., el Mediterráneo se convierte en un enorme espacio de intercambio.
Egipcios.
Griegos.
Fenicios.
Sirios.
Judíos.
Romanos.
Mesopotámicos.
Y posteriormente comunidades cristianas.
Ideas, dioses, rituales, símbolos y técnicas circulaban.
Aquí empieza una etapa decisiva para la historia de la magia.
Las tradiciones locales comienzan a mezclarse.
El resultado será un extraordinario fenómeno de sincretismo religioso.
XII. Grecia: mageia, goēteia y pharmakeia
En el mundo griego encontramos diversas palabras y categorías relacionadas con prácticas que hoy agrupamos bajo «magia».
Mageia está relacionada etimológicamente con los magoi, los «magos», término asociado originalmente a especialistas religiosos de origen persa en la percepción griega.
Pero existían otras categorías.
Goēteia podía referirse a prácticas de encantamiento, hechicería o rituales asociados al goēs.
Pharmakeia estaba relacionada con el uso de pharmaka: sustancias, preparados, drogas, venenos o remedios, según el contexto.
Esto demuestra nuevamente que «magia» no era una categoría única.
XIII. Circe: la mujer que transforma
En la Odisea, Circe constituye una figura fundamental para comprender el imaginario posterior de la hechicera.
Utiliza pharmaka.
Transforma hombres en animales.
Conoce poderes extraordinarios.
Habita fuera del orden social ordinario.
Es una mujer que posee un conocimiento peligroso.
Circe se convertirá posteriormente en uno de los grandes arquetipos occidentales de la hechicera.
Pero Homero no está describiendo «satanismo».
Está construyendo una figura literaria dentro de la cosmología mítica griega.
La distinción es fundamental.
XIV. Medea: magia, conocimiento y transgresión
Medea constituye otro arquetipo decisivo.
En Eurípides aparece como mujer conocedora de:
hierbas;
filtros;
rituales;
fuerzas sobrenaturales;
conocimientos ocultos.
Pero la importancia de Medea para la historia de la hechicería no reside únicamente en que «haga magia».
Representa una forma de conocimiento femenino percibido como potencialmente peligrosa cuando queda fuera del control social.
La figura de la mujer que conoce sustancias, cuerpos, sexualidad, fertilidad, enfermedad y muerte tendrá una importancia enorme en la posterior construcción europea de la bruja.
XV. Platón y la magia: una relación ambivalente
Platón resulta especialmente interesante.
No podemos reducir la filosofía griega a una oposición sencilla entre filosofía racional y superstición.
Platón conserva un lenguaje religioso, cosmológico y ritual muy complejo.
En Leyes y otros diálogos encontramos preocupación por prácticas mágicas, encantamientos y perjuicios rituales.
Esto demuestra algo importante:
La filosofía antigua no eliminó el pensamiento mágico de un golpe.
Lo sometió a crítica, reinterpretación y racionalización.
La filosofía y la magia coexistieron, entraron en conflicto y también se influyeron mutuamente.
XVI. Roma: entre religión, magia y derecho
Roma introduce otra dimensión: la jurídica.
El Estado romano podía tolerar determinados rituales y perseguir otros.
El problema ya no era solamente:
«¿Funciona el ritual?»
También era:
«¿Es legítimo realizarlo?»
La legislación romana contra determinadas prácticas mágicas muestra que la magia podía convertirse en un problema político.
Particularmente importante era la utilización de prácticas destinadas a perjudicar a otras personas.
La magia podía pasar de ser un problema religioso a convertirse en:
problema jurídico,
problema social,
problema político.
Y ésta será una característica esencial de la posterior persecución de la hechicería.
XVII. Las defixiones: la magia escrita
Uno de los fenómenos más fascinantes del Mediterráneo antiguo son las llamadas tabellae defixionum, las tablillas de maldición.
Eran pequeñas láminas, frecuentemente de plomo, sobre las cuales se escribían fórmulas destinadas a perjudicar, limitar o someter simbólicamente a otra persona.
Podían estar relacionadas con:
competencia;
amor;
litigios;
negocios;
venganza;
deporte;
conflictos personales.
Algunas invocaban divinidades o entidades sobrenaturales.
Aquí aparece una característica que será esencial en la historia posterior de la magia:
la escritura como instrumento ritual.
La palabra escrita deja de ser simplemente comunicación.
Se convierte en acto.
XVIII. La magia greco-egipcia
En los primeros siglos de nuestra era aparece uno de los conjuntos documentales más extraordinarios para estudiar la magia mediterránea:
los Papiros Mágicos Griegos, conocidos habitualmente como Greek Magical Papyri.
No constituyen un «libro sagrado» de una religión única.
Son una colección heterogénea de textos rituales procedentes del ambiente greco-egipcio.
En ellos encontramos:
invocaciones;
fórmulas;
nombres divinos;
voces mágicas;
amuletos;
procedimientos de adivinación;
ritos amorosos;
protección;
curación;
coerción;
contacto con entidades sobrenaturales.
Aquí confluyen tradiciones egipcias, griegas, judías y otras corrientes del Mediterráneo.
Es un auténtico laboratorio religioso.
XIX. Los nombres divinos y la mezcla de tradiciones
En los papiros mágicos aparecen nombres y fórmulas procedentes de diferentes tradiciones.
Dioses egipcios.
Divinidades griegas.
Nombres hebreos o bíblicos.
Figuras angelológicas.
Entidades cosmológicas.
Esto resulta fundamental para comprender el nacimiento de la magia occidental.
No existe una línea pura:
Egipto → Grecia → Roma → Europa.
Existe una red.
Las tradiciones se cruzan.
Los especialistas incorporan nombres extranjeros porque consideran que pueden aumentar la eficacia ritual.
El resultado es una religión práctica, ecléctica y sincrética.
XX. ¿Dónde aparece entonces Satanás?
Aquí debemos hacer una pausa.
Porque hasta este momento hemos hablado de:
dioses;
espíritus;
demonios;
hechiceros;
rituales;
maldiciones;
entidades sobrenaturales.
Pero Satanás todavía no ocupa el lugar que tendrá posteriormente en el imaginario occidental.
La palabra hebrea śāṭān significa fundamentalmente «adversario», «oponente» o «acusador», dependiendo del contexto.
En algunos textos bíblicos antiguos no aparece todavía como el principio absoluto del mal que encontramos en determinadas representaciones cristianas posteriores.
El desarrollo de una demonología más estructurada ocurre progresivamente.
Intervienen:
la literatura judía del período del Segundo Templo;
la influencia de diversas tradiciones culturales;
la reflexión sobre el mal;
la angelología;
la literatura apocalíptica;
y posteriormente la teología cristiana.
XXI. De demonios a demonología
Aquí se produce un cambio conceptual extraordinariamente importante.
En las religiones antiguas encontramos numerosas entidades sobrenaturales.
Pero el cristianismo comienza a integrar esas representaciones dentro de una estructura teológica más amplia.
Dios.
Ángeles.
Demonios.
Satanás.
Mal.
Pecado.
Idolatría.
Hechicería.
La magia empieza a poder interpretarse como algo más que una técnica religiosa alternativa.
Puede convertirse en una práctica relacionada con poderes espirituales considerados contrarios a Dios.
Y aquí se encuentra uno de los antecedentes fundamentales de la posterior asociación entre:
magia → demonios → diablo → satanismo.
Pero todavía debemos esperar muchos siglos antes de que aparezca el concepto moderno de satanismo.
XXII. El cristianismo antiguo y la transformación del vocabulario
Los primeros cristianos vivieron dentro de un Mediterráneo profundamente religioso.
No llegaron a un mundo secular.
Llegaron a un mundo lleno de:
sacrificios;
oráculos;
templos;
amuletos;
ritos;
adivinación;
cultos mistéricos;
magia;
hechicería;
demonología.
La novedad cristiana consistió en interpretar ese universo desde la afirmación de la soberanía absoluta del Dios único y creador.
En ese marco, la cuestión cambia.
El problema ya no es simplemente:
«¿Funciona este ritual?»
Sino:
«¿A quién se está recurriendo mediante este ritual?»
Esta pregunta es decisiva.
XXIII. La crítica cristiana a la magia
Autores cristianos como Justino Mártir, Ireneo de Lyon, Tertuliano, Agustín de Hipona y otros desarrollaron críticas contra prácticas mágicas, adivinatorias y cultuales.
Agustín es especialmente importante.
En De doctrina christiana y De civitate Dei, analiza prácticas adivinatorias y relaciones con poderes espirituales.
Para Agustín, el problema no se reduce a que el ritual sea supersticioso.
Existe una cuestión teológica:
¿qué relación está estableciendo el ser humano con la criatura invisible?
Aquí se desarrolla una comprensión cristiana de la magia como posible forma de relación ilegítima con poderes espirituales.
XXIV. De la magia al «pacto demoníaco»
Éste será uno de los pasos fundamentales de la historia posterior.
Si la magia produce efectos, surge una pregunta:
«¿De dónde procede su poder?»
Una respuesta cristiana medieval cada vez más desarrollada será:
«Del demonio.»
Y entonces aparece el concepto de pacto.
El hechicero ya no es simplemente alguien que conoce técnicas rituales.
Puede ser interpretado como alguien que establece una alianza con poderes demoníacos.
Aquí la hechicería comienza a aproximarse conceptualmente a aquello que siglos después llamaremos satanismo.
Pero todavía estamos lejos del satanismo moderno.
XXV. La gran transformación medieval
Durante la Antigüedad, el especialista mágico podía pertenecer al sistema religioso.
Durante la Edad Media occidental, la clasificación cambia.
La autoridad cristiana establece una distinción mucho más rígida entre:
religión legítima
y
práctica supersticiosa o demoníaca.
La adivinación, los encantamientos y determinados rituales pueden ser reinterpretados como prácticas inspiradas por demonios.
Aparece entonces un mecanismo que tendrá consecuencias históricas enormes:
la demonización de prácticas religiosas, médicas, adivinatorias o populares anteriormente heterogéneas.
Esto no significa que todas las personas acusadas de hechicería fueran practicantes de cultos demoníacos.
Significa precisamente lo contrario.
La categoría de «hechicero» podía construirse desde fuera.
XXVI. La bruja no es simplemente el «mago antiguo»
Éste es otro punto que conviene dejar absolutamente claro.
La bruja europea medieval y moderna no es una supervivencia directa de la sacerdotisa egipcia.
Tampoco es simplemente una heredera de Circe.
Ni una sacerdotisa de Hécate.
La figura de la bruja europea se construye mediante la convergencia de múltiples elementos:
creencias populares;
magia;
adivinación;
medicina tradicional;
sexualidad;
misoginia;
demonología cristiana;
miedos sociales;
legislación;
teología;
conflictos comunitarios;
y literatura.
El resultado histórico es nuevo.
XXVII. Hécate y la construcción de la noche
Hécate merece una mención especial.
En la tradición griega aparece vinculada, entre otras dimensiones, a:
cruces de caminos;
noche;
fronteras;
espacios liminales;
fantasmas;
magia.
Con el tiempo, su figura será asociada cada vez más estrechamente con la magia y la hechicería.
Pero tampoco debemos convertirla retrospectivamente en «diosa satánica».
Eso sería históricamente incorrecto.
Hécate pertenece al universo religioso griego.
La posterior cultura occidental la reinterpretará de diversas maneras.
XXVIII. Del demonio antiguo al demonio cristiano
Aquí podemos establecer una genealogía conceptual:
Espíritu antiguo
↓
Entidad peligrosa
↓
Demonio
↓
Espíritu maligno
↓
Agente del diablo
↓
Poder demoníaco
↓
Satanás como principio personal del mal
↓
pacto con Satanás
↓
satanismo
Pero esta flecha no representa una evolución lineal.
Es una reconstrucción conceptual, no una cadena histórica automática.
Entre cada etapa existen transformaciones teológicas, sociales y culturales.
XXIX. ¿Existió «satanismo» en Egipto?
No.
¿Existió satanismo en Mesopotamia?
No, en el sentido histórico moderno del término.
¿Existió satanismo en Grecia?
No.
¿Existían prácticas mágicas?
Sí.
¿Existían entidades demoníacas?
Sí.
¿Existían prácticas consideradas peligrosas o ilícitas?
Sí.
¿Existían rituales para perjudicar a enemigos?
Sí.
¿Existían cultos que posteriormente fueron reinterpretados negativamente por autores cristianos?
Sí.
Pero convertir todo eso en «satanismo antiguo» sería un anacronismo.
XXX. Entonces, ¿por qué son importantes estas culturas para estudiar el satanismo?
Porque proporcionan algunos de los materiales culturales que posteriormente serán reorganizados por la demonología occidental.
Mesopotamia aporta una rica demonología y una sofisticada tradición de exorcismo y ritual.
Egipto aporta una poderosa concepción de heka, el poder de la palabra, los nombres, los amuletos y la eficacia ritual.
Grecia aporta figuras como Hécate, Circe y Medea, además de categorías como mageia, goēteia y pharmakeia.
Roma desarrolla mecanismos jurídicos y sociales para distinguir prácticas permitidas y prohibidas.
El judaísmo del Segundo Templo desarrolla progresivamente una demonología y angelología más estructuradas.
El cristianismo reorganiza ese universo bajo una teología del pecado, los demonios y Satanás.
La Edad Media desarrolla la teoría del pacto demoníaco.
La Edad Moderna produce la gran persecución de la brujería.
Y el siglo XIX comienza a producir nuevas reinterpretaciones
literarias, ocultistas y anticristianas.
Sólo mucho después aparece el satanismo moderno como fenómeno identificable.
XXXI. Una cuestión metodológica: no confundir magia, ocultismo y satanismo
Para tu curso sobre historia de la hechicería y satanismo, yo establecería una distinción terminológica rigurosa.
Magia
Prácticas rituales destinadas a producir, modificar o controlar determinados efectos mediante procedimientos considerados eficaces.
Hechicería
Categoría histórica variable utilizada para designar determinadas prácticas mágicas, especialmente cuando son consideradas ilegítimas, peligrosas o dañinas.
Demonología
Conjunto de ideas y sistemas relativos a entidades demoníacas.
Ocultismo
Categoría principalmente moderna relacionada con conocimientos y prácticas sobre realidades ocultas, esotéricas o sobrenaturales.
Satanismo
Fenómeno histórico mucho más tardío, que puede adoptar diferentes formas, pero que implica específicamente una relación simbólica, religiosa, filosófica o ritual con la figura de Satanás o con el satanismo como tradición moderna.
Esta última categoría no debe proyectarse sobre Mesopotamia.
XXXII. La verdadera importancia histórica
La importancia de Mesopotamia, Egipto y el Mediterráneo antiguo no consiste en que encontremos allí «los primeros satanistas».
No los encontramos.
Su importancia es mucho más profunda.
Encontramos allí algunos de los elementos fundamentales que posteriormente permitirán construir el imaginario occidental de la magia:
el ritual;
el encantamiento;
la palabra eficaz;
el nombre secreto;
el amuleto;
el exorcismo;
la maldición;
la adivinación;
la posesión;
el demonio;
la hechicería;
el especialista ritual;
el enemigo mágico;
la inversión del orden religioso.
Todos estos elementos serán reinterpretados en épocas posteriores.
XXXIII. Una genealogía:
MESOPOTAMIA
Magia ritual → exorcismo → adivinación → demonología → lucha contra la hechicería.
↓
EGIPTO
Heka → palabra eficaz → nombres → amuletos → ritual funerario → protección.
↓
GRECIA
mageia → goēteia → pharmakeia → Hécate → Circe → Medea.
↓
ROMA
Magia privada → defixiones → legislación → prácticas ilícitas.
↓
JUDAÍSMO DEL SEGUNDO TEMPLO
Ángeles → demonios → apocalíptica → conflicto cósmico → Satanás.
↓
CRISTIANISMO ANTIGUO
Idolatría → demonios → superstición → magia → oposición a Dios.
↓
EDAD MEDIA
Hechicería → demonología → pacto demoníaco.
↓
EDAD MODERNA
Caza de brujas → tratados demonológicos → confesiones → inquisición y tribunales.
↓
MODERNIDAD
Esoterismo → ocultismo → satanismo literario → satanismo moderno.
Esta última etapa requeriría una conferencia independiente.
XXXIV. Una conclusión teológica
Desde la perspectiva cristiana, hay además una cuestión que merece ser cuidadosamente delimitada.
La existencia histórica de prácticas mágicas y de creencias demonológicas no demuestra por sí misma la existencia ontológica de los demonios.
La historia de las religiones puede estudiar:
qué creían las personas;
qué rituales realizaban;
qué textos produjeron;
qué entidades describieron;
qué funciones sociales tenían esas creencias;
cómo evolucionaron.
La teología, en cambio, formula preguntas de otro orden:
¿existen realmente seres espirituales?
¿Qué significa demonio?
¿Qué relación existe entre libertad humana y mal?
¿Qué significa Satanás dentro de la revelación cristiana?
¿Puede una criatura espiritual rebelarse contra Dios?
Son niveles epistemológicos diferentes.
Precisamente por eso conviene mantenerlos separados.
Conclusión: antes del satanismo existió un universo mágico
La historia que debemos contar no es:
«Los antiguos adoraban a Satanás y de ahí nació el satanismo.»
Eso sería históricamente falso.
La historia es mucho más interesante.
Primero encontramos sociedades que conciben el cosmos como una realidad poblada por fuerzas divinas y espirituales.
Después aparecen especialistas capaces de intervenir ritualmente en ese universo.
Surgen prácticas de protección, curación, adivinación, maldición y exorcismo.
Algunas prácticas son consideradas legítimas.
Otras son condenadas.
Aparece la figura del hechicero.
Aparece la figura de la bruja.
Las religiones monoteístas reorganizan progresivamente el universo de los espíritus.
El cristianismo desarrolla una demonología propia.
El demonio comienza a ser interpretado dentro de una estructura teológica cuyo centro es Satanás.
La magia puede entonces ser interpretada como una alianza con poderes espirituales contrarios a Dios.
Y siglos después, en la modernidad, esa tradición será reinterpretada, invertida, secularizada o convertida en identidad religiosa y filosófica.
Por eso, para comprender el satanismo, no debemos comenzar con Satanás.
Debemos comenzar mucho antes:
con el miedo humano ante lo invisible;
con la convicción de que la palabra puede transformar la realidad;
con el deseo de protegerse de fuerzas desconocidas;
con la necesidad de explicar el sufrimiento;
con la búsqueda de poder sobre aquello que escapa al control;
y con la pregunta fundamental que atraviesa todas estas culturas:
¿Puede el ser humano intervenir en el mundo invisible?
La historia de la hechicería comienza, en buena medida, con esa pregunta.
La historia del satanismo llegará mucho después, cuando el «poder invisible» deje de ser simplemente una pluralidad de fuerzas y sea reinterpretado dentro de una concepción teológica del mal, del adversario y de la rebelión contra Dios.
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