viernes, 12 de diciembre de 2025

Cultura POP, Cine y Satanismo



En el fondo, la cultura pop lleva décadas jugando a disfrazarse de satánica, aunque casi siempre lo hace sin comprender del todo el universo simbólico que intenta imitar. Lo que sigue es una sinopsis afilada —sin concesiones— de las películas que más han moldeado la imagen del satanismo contemporáneo y que, directa o indirectamente, siguen alimentando su estética, sus gestos y sus malentendidos. Esto es anatomía cultural con bisturí.


“Rosemary’s Baby” (1968, Roman Polanski)

La madre fundacional del satanismo pop. Esta película convirtió la gestación en un campo de batalla entre el deseo humano y la manipulación demoníaca. El satanismo que presenta es más doméstico que ritual: vecinos amables, té caliente, conspiración suburbana. Influenció para siempre la idea del “culto infiltrado” y la obsesión con el cuerpo femenino como territorio de lo oscuro. Los círculos satanistas reales la adoptaron de forma ambivalente: les fascinaba la imagen del aquelarre urbano, pero rechazaban el tono victimista. Aun así, su impacto es total: cimentó la estética del “Satanás como invasor silencioso”.


“The Exorcist” (1973, William Friedkin)

Aunque no es una película “satánica” en sentido estricto —el demonio no es un aliado sino un enemigo—, su sombra es tan vasta que acabó definiendo el imaginario de posesión y el combate espiritual. En ambientes satanistas se la cita como la gran distorsión: convirtió el rito en espectáculo y la figura demoníaca en una caricatura grotesca y ruidosa. Pero incluso quienes se burlan de ella aceptan que su aura siniestra inspiró a generaciones de ocultistas a entrar en el juego de lo prohibido. Un ejemplo puro de cómo la ficción moldea el ritual real.


“The Omen” (1976, Richard Donner)

Aquí nace el Anticristo pop: niño bien vestido, mirada vacía, perro negro a su lado. Demonología en versión ejecutiva. El satanismo contemporáneo absorbió de esta película el gusto por la simbología elegante y el discurso apocalíptico envuelto en terciopelo. El film también alimentó la peligrosa idea de una “élite satánica global”, concepto que años después sería reciclado con fervor paranoico por movimientos conspiracionistas. Su influencia sigue activa en videoclips, moda y narrativa de “linajes oscuros”.


“The Ninth Gate” (1999, Roman Polanski)

Una pieza de culto para círculos esotéricos. Sustituye el satanismo sangriento por un satanismo intelectualizado: manuscritos enigmáticos, coleccionistas obsesivos, y un Lucifer que actúa más como idea que como presencia. A los practicantes reales les fascinó porque mostraba un sendero de búsqueda interior, cercano a ciertas corrientes luciferinas. Aquí el diablo no necesita gritar; se insinúa en la obsesión humana por el conocimiento prohibido. Este matiz filosófico dejó huella en el satanismo postmoderno que prefiere bibliotecas a calderos.


“Hereditary” (2018, Ari Aster)

Una disección contemporánea del culto demoníaco, brutal en su sutileza. Presenta el satanismo como una red transgeneracional y absolutamente pragmática: sacrifican lo que haga falta para “ascender”. Los satanistas reales suelen dividirse con esta película: unos la acusan de reforzar el estigma, otros la celebran por su visión fría, casi burocrática, del mal. En la cultura pop, sin embargo, marcó un giro hacia lo ritualista sin maquillaje: símbolos auténticos, liturgias sobrias y un tono clínico que recuerda que el horror puede ser metódico.


“The Witch” (2015, Robert Eggers)

Aunque se sitúa en el siglo XVII, hoy es un tótem para quienes coquetean con el satanismo folk. Aquí el diablo es libertad pura, ruptura radical con la moral opresiva. Es una seducción silenciosa que se pasea por el bosque. Su influencia es enorme en grupos neopaganos, círculos luciferinos y la estética “witchy” contemporánea. Presenta la tentación no como monstruo, sino como emancipación. Esto la volvió icono de la contracultura moderna.


“Lords of Chaos” (2018, Jonas Åkerlund)

La brutal y turbia historia del black metal noruego. No es satanismo en sentido estricto, pero explica cómo una estética pretendidamente demoníaca puede degenerar en violencia real cuando adolescentes con delirios de grandeza juegan a invocar lo que no entienden. Su tono crudo ayuda a separar la pirotecnia simbólica del satanismo auténtico de la teatralidad nihilista que marcó a una generación. Muestra el daño que puede causar la idea infantil de que “todo vale en nombre del mal”.


“The House of the Devil” (2009, Ti West)

Un homenaje a las cintas satánicas de los 70, donde el culto opera como engranaje oculto en la vida cotidiana. Aquí el satanismo se presenta como algo desapasionado, casi administrativo, que ejecuta su agenda con precisión. Es un recordatorio de por qué la figura del culto clandestino sigue siendo magnéticamente poderosa en el imaginario colectivo. Su influencia actual se nota en la narrativa de series como True Detective o Archive 81.


La cultura pop nunca representó al satanismo tal como es, pero sí lo convirtió en un espejo deformante que influyó —para bien o para mal— a movimientos reales, a estéticas enteras y a generaciones que encontraron en el diablo un símbolo para expresar rebeldía, deseo, frustración o fascinación metafísica. Estas películas, cada una a su manera, siguen vivas porque no hablan solo del demonio, sino del hambre humana por aquello que le dice que existe algo más allá del límite… incluso si ese “más allá” quema.


II Parte: Órdenes Secretas

La cultura pop lleva medio siglo seducida por el olor a incienso rancio de las sociedades secretas y los ritos clandestinos. Cuando el satanismo no basta, el cine recurre a hermandades ocultas que mezclan poder, transgresión moral y liturgias que jamás pasarían el filtro de una sacristía. Aquí tienes un suplemento incisivo —fiable y sin maquillaje— de películas que han moldeado este imaginario de lo prohibido.


“Eyes Wide Shut” (1999, Stanley Kubrick)

La joya incómoda del cine moderno sobre rituales elitistas. Kubrick retrata una sociedad secreta donde el sexo y el poder se mezclan con una liturgia que parece sacada de un grimorio veneciano. No es satanismo, pero su atmósfera de culto hermético ha influido en infinidad de teorías conspirativas. El film expone la fragilidad moral del individuo ante la fascinación por lo oculto y lo prohibido. Elegante y sórdida a la vez.


“Kill List” (2011, Ben Wheatley)

Una historia que empieza como thriller criminal y termina sumergida en un culto clandestino que opera con una frialdad casi quirúrgica. Su visión del ritual es brutal, despojada de cualquier romanticismo. Aquí lo secreto no es glamuroso, sino profundamente deshumanizador. Esta película es estudiada por especialistas porque representa con precisión la lógica interna de ciertos grupos destructivos: aislamiento, obediencia, sacrificio.


“The Skulls” (2000, Rob Cohen)

Con estética de thriller universitario, explora las fraternidades secretas de las élites. Aunque no entra en rituales demoníacos, muestra cómo las estructuras de poder cerradas funcionan a base de juramentos, coerción y lealtades fértiles en corrupción. Su legado cultural está en haber popularizado la idea de que la universidad puede ser un semillero de pequeños cultos seculares.


“The Wicker Man” (1973, Robin Hardy)

Una comunidad insular, aislada del mundo, vive según un sistema ritual ajeno al cristianismo. La película expone un paganismo feroz, sin filtros, que se enfrenta a la moral tradicional con una sonrisa inquietante. No hay demonios, pero sí un choque entre cosmovisiones. Es un retrato quirúrgico de los mecanismos psicológicos que sostienen un culto cerrado.


“Suspiria” (1977, Dario Argento; y la versión de 2018, Luca Guadagnino)

Brujería organizada en forma de academia de danza. Argento creó un culto matriarcal que mezcla arte, disciplina y magia prohibida. La versión moderna añade capas de política, poder y transformación corporal. Ambas muestran cómo un ritual puede infiltrarse en la vida cotidiana y convertirse en una estructura total.


“Midsommar” (2019, Ari Aster)

El folk horror llevado al extremo. Una comunidad nórdica que convierte cada gesto humano en parte de un rito ancestral. Lo prohibido aquí no es el satanismo, sino la ruptura total con la moral occidental. Su estética hipnótica atrae y repugna a la vez. Una obra que explica por qué las sociedades secretas son tan seductoras: prometen pertenencia absoluta, aunque el precio sea la identidad.


“The Invitation” (2015, Karyn Kusama)

Un ejemplo afinado de cómo una secta puede camuflarse bajo la apariencia de un grupo terapéutico. Ritual minimalista, pero devastador. Muestra la seducción emocional que ejercen los cultos cuando prometen alivio a un sufrimiento profundo. Lo prohibido aquí no es lo ritual, sino la manipulación psicológica.


“The Ritual” (2017, David Bruckner)

Un grupo de amigos se interna en un bosque sueco y se topa con una sociedad adoradora de una entidad pagana. La película mezcla mitología nórdica con la lógica brutal de un culto: selección, ofrenda, obediencia. Es un buen ejemplo de cómo lo “secreto” puede ser también lo “ancestral”.


“The Believers” (1987, John Schlesinger)

Policías neoyorquinos descubren un culto que practica rituales sincretistas con sacrificios humanos. Aunque estereotipada en algunos aspectos, sigue siendo un clásico al explorar el choque entre modernidad y creencias ocultas, y cómo lo “prohibido” se infiltra en el tejido urbano.


“A Cure for Wellness” (2016, Gore Verbinski)

Una institución sanitaria que funciona como fachada para un sistema ritual siniestro. La película presenta un culto donde la ciencia enferma, no sana, y donde la estética de lo “limpio” esconde un núcleo corrupto. Es un recordatorio de que las sociedades secretas más eficaces son las que se disfrazan de instituciones respetables.


Estas películas amplían el mapa del satanismo pop para incluir algo más vasto: la fascinación humana por lo clandestino, lo ritual y lo moralmente inaceptable. El público las consume porque responden a una pulsión básica: la intuición de que, bajo la superficie civilizada, hay estructuras simbólicas que siguen latiendo, esperando ser descubiertas.


III Parte: Órdenes Secretas con rituales sexuales

“La Historia de O” (1975, Just Jaeckin)

La película fundacional del erotismo ritual moderno. Adaptada de la novela de Pauline Réage, narra el itinerario de O, una mujer que es introducida en una sociedad secreta de dominación conocida como Roissy. No se trata de simple sadomasoquismo: es un sistema jerárquico cerrado, una hermandad elitista donde el cuerpo femenino se convierte en símbolo de obediencia absoluta y moneda de intercambio. Cada acto —las marcas, los sometimientos, las entregas— es un rito con reglas estrictas, códigos internos y una estética que mezcla aristocracia decadente y liturgia profana.

Roissy funciona como un culto discreto: juramentos, grados de iniciación, ceremonias de posesión y un lenguaje simbólico que recuerda más a una logia que a una relación erótica. Su núcleo es la transformación de la identidad de O en algo maleable, moldeado por la voluntad de otros. Y eso es lo que la hace decisiva: transforma el deseo en estructura de poder, el sexo en ritual y la sumisión en sacramento laico.

Lejos de ser una simple fantasía, La Historia de O definió un imaginario entero de sociedades secretas eróticas donde lo prohibido no es el placer, sino la renuncia voluntaria al yo. Por eso sigue apareciendo en debates sobre representación, ritualidad y límites psicológicos: es pura alquimia entre cuerpo, mito y jerarquía.


“The Night Porter” (1974, Liliana Cavani)

Una relación sadomasoquista entre víctima y verdugo que resucita años después del horror nazi. No es una sociedad secreta en sentido clásico, pero gira alrededor de un círculo de antiguos oficiales que operan como una hermandad clandestina. Su ritualismo es perverso, cargado de memoria traumática y obediencias enfermizas. El film muestra cómo el poder puede fosilizarse en el deseo.


“The Story of Sin” (1975, Walerian Borowczyk)

Borowczyk —hermano estético de Jaeckin en el cine erótico de arte— presenta un descenso moral cargado de ritualidad emocional. No hay una hermandad explícita, pero sí un sistema de poder y sumisión donde la protagonista atraviesa espacios sociales que funcionan como microcultos degradantes. Su atmósfera densa y su erotismo simbólico la emparentan con La historia de O.


“The Duke of Burgundy” (2014, Peter Strickland)

Una de las películas más elegantes sobre relaciones ritualizadas de dominación y sumisión. Aquí la sociedad secreta parece una cofradía velada de entomólogas que practican una liturgia BDSM codificada, casi monástica. Strickland muestra cómo una relación privada puede convertirse en un ritual secreto con jerarquías, normas, símbolos y pruebas.


“Salò o le 120 giornate di Sodoma” (1975, Pier Paolo Pasolini)

No es apta para estómagos sensibles, pero es posiblemente la versión más extrema de una sociedad secreta que usa el cuerpo como instrumento político. Los señores fascistas del film forman una hermandad de poder absoluto donde cada acto es un rito de dominación. El film está construido como un grimorio del abuso sistemático. Brutal, necesaria, insoportable.


“L’Image” (1975, Radley Metzger)

Adaptada de la novela de Jean de Berg (Catherine Robbe-Grillet), contemporánea de O, muestra un sistema de iniciación erótica en el que la protagonista es guiada a través de rituales privados, con reglas y jerarquías. Es una “sociedad secreta de dos”, pero con una estructura tan formalizada que se asemeja a un culto íntimo.


“9½ Weeks” (1986, Adrian Lyne)

Más comercial, menos ritual, pero mantiene el elemento iniciático: un proceso donde una persona es introducida en un mundo erótico con reglas implícitas y límites que se van evaporando. No hay secta, pero sí la dinámica de un culto privado donde el poder emocional funciona como rito.


“Secretary” (2002, Steven Shainberg)

Un BDSM amable, pero con una estructura ritual clara: pruebas, obediencias, gestos codificados. Aunque más luminosa que O, comparte la idea de que el erotismo puede convertirse en una microinstitución secreta, con lógicas propias y un sistema ético paralelo.


“The Servant” (1963, Joseph Losey)

No es erótica en el sentido clásico, pero aborda una relación de dominación que opera como un culto psicológico privado. Una casa que funciona como templo, roles que se invierten y una atmósfera de manipulación ritual. La hermandad aquí es de dos, pero la perversión es sistemática.


“In the Realm of the Senses” (1976, Nagisa Oshima)

La historia real llevada al extremo: dos amantes que convierten su relación en un culto cerrado, masturbado por rituales obsesivos. Su intensidad insostenible la emparenta con las dinámicas espiraladas de los cultos destructivos: aislamiento, dependencia total, sacramento del cuerpo.


“The Cook, the Thief, His Wife & Her Lover” (1989, Peter Greenaway)

Un festín de violencia ritualizada. La banda del protagonista funciona como una sociedad secreta regida por un tirano grotesco; el restaurante es un templo y cada gesto está cargado de simbolismo. No es erótica en el sentido BDSM, pero sí en el sentido del poder corporal como espectáculo.


“The Housemaid” (2010, Im Sang-soo)

Una familia rica que opera como secta doméstica. Secreto, humillación ritual y un sistema de sumisión codificado. La película no necesita velas negras: la estructura social es el culto.

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