Domingo 2 de Pascua
Hoy, la Iglesia nos invita a celebrar la misericordia del Señor, ese amor inmenso y delicado de Dios, que nos ama a pesar de ser nosotros tan poca cosa. Durante toda la Semana Santa hemos contemplado hasta qué punto puede llegar nuestra miseria y, sobre todo, cuán grande y misericordioso es el amor de Dios.
En el Evangelio de hoy encontramos una nueva muestra de que su amor quiere alcanzar incluso los rincones más oscuros de nuestro corazón. Contemplamos cómo Jesucristo quiere perdonar los pecados a través de sus discípulos: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,23). Dios nos ama hasta tal punto que desea perdonarnos siempre. Quiere hacerse presente en toda nuestra vida y en nuestra historia; quiere descender hasta la profundidad de nuestro pecado para amarnos y transformarnos por completo, en todo lo que afecta a nuestra persona.
El papa León XIV, contemplando el Sábado Santo, decía: «Es el día en el que el cielo visita la tierra en lo más profundo. Es el tiempo en el que cada rincón de la historia humana es tocado por la luz de la Pascua. Y si Cristo ha podido descender hasta allí, nada puede quedar excluido de su redención. Ni siquiera nuestras noches, ni siquiera nuestros pecados más antiguos, ni siquiera nuestros vínculos rotos. No hay pasado tan arruinado, no hay historia tan herida que no pueda ser tocada por su misericordia».
Así es el amor de Dios: un amor como no hay otro, que abraza nuestra miseria y quiere perdonarnos para devolvernos siempre a la luz. Y quiere hacerlo de un modo aún más sorprendente: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20,21). Es decir, quiere hacerlo a través de la Iglesia, por medio de otros hombres —los sacerdotes—, también pecadores, como quien se confiesa, pero llamados a ser testigos e instrumentos de su misericordia.
Pensamientos para el Evangelio de hoy
«Y a ti, oh Señor, que ves nítidamente con tus ojos los abismos de la conciencia humana, ¿qué podría pasarte desapercibido de mí, aun cuando yo me negara a confesártelo?» (San Agustín)
«Muchas veces pensamos que ir a confesarnos es como ir a la tintorería. Pero Jesús en el confesionario no es una tintorería. La confesión es un encuentro con Jesús que nos espera tal como somos» (Francisco)
«Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los pecadores: ‘Hijo, tus pecados están perdonados’ (Mc 2,5); es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de Él para curarlos; los restaura y los devuelve a la comunión fraterna. Por tanto, la confesión personal es la forma más significativa de la reconciliación con Dios y con la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.484)

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