sábado, 5 de septiembre de 2026

Dinámica política del estado de Israel



Conviene desmontar una idea frecuente: “la política de Israel” no es una política monolítica ni existe un bloque político judío uniforme. Israel es una democracia parlamentaria profundamente plural, pero también extraordinariamente polarizada. Además, el conflicto palestino no explica por sí solo todas las divisiones internas.


Israel tiene un sistema parlamentario unicameral. La Knéset tiene 120 escaños y los ciudadanos votan listas de partidos, no directamente a un primer ministro. Para entrar en la distribución de escaños, una lista necesita superar el umbral electoral del 3,25 %. El presidente del Estado tiene principalmente funciones ceremoniales; quien concentra el poder ejecutivo es el primer ministro, que necesita formar una coalición parlamentaria.


La característica fundamental es que prácticamente ningún partido gobierna solo. Israel funciona mediante coaliciones.


En términos muy simplificados, el mapa político actual puede entenderse así:


Likud, dirigido por Benjamin Netanyahu, es la principal fuerza de la derecha nacional-conservadora. 

Es un partido judío predominantemente secular-tradicional, aunque mantiene una alianza política muy estrecha con partidos religiosos. Defiende una concepción nacional del Estado de Israel, una posición generalmente dura respecto a la seguridad y una fuerte oposición a concesiones territoriales que considere peligrosas.


A su derecha encontramos partidos como Otzma Yehudit (Poder Judío), asociado a Itamar Ben-Gvir, de nacionalismo religioso radical, y Partido Sionista Religioso, vinculado a Bezalel Smotrich. Estos sectores tienen una concepción mucho más fuerte del carácter judío de la soberanía israelí y son particularmente relevantes en la cuestión de los asentamientos y de Judea y Samaria/Cisjordania.


Después están los partidos ultraortodoxos.

Shas representa principalmente a judíos ultraortodoxos sefardíes y mizrajíes. Su tradición religiosa está vinculada al mundo rabínico sefardí y a la autoridad espiritual de grandes rabinos. Aunque es un partido religioso, su política social y económica no puede reducirse simplemente al nacionalismo de derechas.


United Torah Judaism (Judaísmo Unido de la Torá) representa fundamentalmente a sectores ultraortodoxos ashkenazíes. Es una coalición de partidos haredíes, tradicionalmente muy preocupados por la educación religiosa, las instituciones ultraortodoxas, la exención del servicio militar para estudiantes de yeshivá y la financiación de sus comunidades.


Jabad-Lubavitch: distinción fundamental:

Jabad-Lubavitch no es un partido político israelí.

Y tampoco debemos identificar automáticamente a los haredim con Jabad. Jabad constituye una corriente jasídica particular dentro del universo ultraortodoxo, mientras que los partidos haredíes tienen otras procedencias y estructuras rabínicas.


En el centro y centro-derecha encontramos partidos como National Unity, asociado históricamente con Benny Gantz y otros sectores centristas de seguridad nacional. Su posición suele ser menos ideológica que la de la derecha religiosa.


También existen fuerzas de centro liberal, como Yesh Atid, de Yair Lapid. Representa buena parte del electorado secular, urbano y liberal israelí y ha sido uno de los principales adversarios de Netanyahu.


A la izquierda y centroizquierda encontramos partidos como Labor, aunque su peso parlamentario ha disminuido enormemente respecto al Israel histórico del Partido Laborista.


Y existen partidos árabes israelíes, que son absolutamente fundamentales para comprender el sistema.


Entre ellos encontramos Ra'am, de orientación islamista árabe, y Hadash-Ta'al, una alianza que reúne elementos de izquierda y representación árabe. También han existido otras formaciones árabes a lo largo de la historia parlamentaria.


Esto significa que en la Knéset no todos los diputados son judíos.


Hay ciudadanos árabes de Israel, musulmanes, cristianos y drusos, entre otros. Los ciudadanos árabes tienen derecho a votar y ser elegidos. Ha habido diputados árabes desde los primeros años del Estado.


Por tanto, cuando surge la pregunta: qué “tipos de judíos” están presentes en el Parlamento, debemos distinguir al menos:


judíos seculares;


judíos tradicionales (masortim);


judíos religiosos sionistas;


judíos ultraortodoxos (haredim);


judíos jasídicos;


judíos sefardíes y mizrajíes;


judíos ashkenazíes;


y judíos pertenecientes a distintas corrientes religiosas o culturales.


Pero estas categorías se superponen. Un judío puede ser mizrají y secular; ashkenazí y ultraortodoxo; sefardí y sionista religioso; etc.


Hay además una fractura política particularmente importante: secularismo frente a religión.


Una parte considerable de la sociedad israelí quiere que el Estado sea predominantemente judío en sentido nacional, pero relativamente secular en sus instituciones.


Otra parte considera que el carácter judío del Estado debe expresarse mucho más profundamente en la legislación, el calendario, la educación, el matrimonio, la conversión, el Shabat y otras dimensiones de la vida pública.


Esta tensión es enorme.


Por ejemplo, Israel no posee matrimonio civil interno de la misma manera que muchos países europeos. El matrimonio judío está tradicionalmente bajo autoridad rabínica reconocida por el Estado, lo que genera fuertes críticas entre sectores seculares.


También existe una enorme controversia sobre el servicio militar.


Durante décadas, determinados sectores ultraortodoxos han recibido exenciones o aplazamientos para estudiar Torá en yeshivá. La cuestión se ha convertido en uno de los conflictos políticos más explosivos de la sociedad israelí, especialmente porque una parte de la población considera injusto que unos ciudadanos combatan y otros queden exentos.


Aquí se produce una fractura muy interesante:


el conflicto no es solamente judíos contra palestinos; también existe una disputa entre judíos sobre qué significa ser judío en un Estado judío.


Y existe otra fractura fundamental: Israel secular-liberal frente a Israel nacional-religioso.


Esto fue particularmente visible durante las grandes protestas de 2023 contra la reforma judicial impulsada por el gobierno de Netanyahu.


Millones de israelíes participaron durante meses en manifestaciones contra la reforma. Los partidarios del gobierno argumentaban que el sistema judicial había adquirido un poder excesivo y que era necesario devolver autoridad a los representantes electos. Sus adversarios consideraban que la reforma amenazaba los controles institucionales y podía conducir a una concentración excesiva del poder.


Fue uno de los momentos de mayor polarización política de la historia reciente de Israel.


Y después llegó el 7 de octubre de 2023.


El ataque de Hamás produjo inicialmente un enorme efecto de unidad nacional, pero posteriormente reaparecieron las divisiones: conducción de la guerra, responsabilidad política y militar por los fallos de seguridad, negociación sobre los rehenes, relación con Estados Unidos, futuro de Gaza, asentamientos y eventual solución de dos Estados.


Por eso actualmente pueden coexistir dos fenómenos aparentemente contradictorios:


una sociedad israelí extremadamente cohesionada en torno a determinadas cuestiones de seguridad y, al mismo tiempo, profundamente enfrentada sobre cómo debe gobernarse el país.


Y aquí llegamos a una cuestión que conecta directamente con nuestra conversación anterior sobre Jabad y el sionismo.


Hay, simplificando mucho, tres concepciones distintas de Israel que compiten entre sí:


El Israel nacional-secular, donde ser israelí significa fundamentalmente pertenecer a una nación judía soberana moderna.


El Israel religioso-nacional, donde la soberanía sobre la Tierra de Israel posee además una dimensión religiosa y bíblica.


Y el Israel haredí, donde la prioridad no es necesariamente construir un Estado teocrático, sino preservar una sociedad judía gobernada por la Torá y las autoridades rabínicas, manteniendo una relación pragmática con el Estado.


Jabad ocupa una posición peculiar respecto de estas tres categorías. Su pensamiento mesiánico y su relación con la Tierra de Israel pueden acercarlo a determinados sectores nacional-religiosos, pero su estructura internacional y su propia tradición no lo convierten simplemente en un partido del nacionalismo religioso.


Y existe todavía una cuarta posición: el Israel liberal-secular, que defiende un Estado judío pero con instituciones democráticas, pluralismo religioso y una separación considerable entre religión y Estado.


Es precisamente el choque entre estas concepciones lo que hace que la política israelí sea tan interesante.


En otras palabras: Israel no está solamente luchando por la definición de sus fronteras; también está luchando por definir qué significa ser un Estado judío.

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