Hans Urs von Balthasar nunca jugó con medias tintas. Se adentró en el misterio del infierno con la misma osadía con la que abordó la belleza divina: sin ingenuidad, sin simplificaciones, y sin miedo a incomodar. Su propuesta no es un eslogan para catequesis. Es un territorio teológico denso, donde el drama de la libertad humana y la radicalidad del amor de Dios se tensan hasta el límite.
La clave es su célebre frase-título: ¿Podemos esperar que todos se salven? El verbo es decisivo. No afirma que todos se salvarán. No convierte la teología en una promesa que Dios nunca hizo. Lo que plantea es otra cosa: el creyente, confrontado con el Cristo que desciende a los infiernos —ese descenso real, no simbólico—, ¿puede permitirse desear la condenación eterna de alguien? Balthasar se mueve ahí, donde la especulación teológica toca la fibra moral del creyente.
Para él, el infierno no desaparece ni se relativiza. Es posibilidad real, seria, surgida del respeto absoluto que Dios concede a la libertad. Una libertad capaz de amar, pero también capaz de cerrarse sobre sí misma con una obstinación casi metafísica. Esa posibilidad es lo que mantiene en pie toda la tradición cristiana sobre la condenación. Negarla sería trivializar el drama humano hasta volverlo caricatura.
Pero Balthasar insiste en que esa posibilidad no autoriza a nadie a anticipar su cumplimiento. La Iglesia, dice, nunca ha declarado que alguien esté en el infierno —ni siquiera Judas—. Afirma la existencia del infierno y la posibilidad de la condenación, pero no el hecho concreto de que se haya consumado. Ese silencio magisterial, lejos de ser un descuido, es para él signo de una esperanza teologal que se niega a clausurar la historia de gracia en cualquier persona mientras Dios siga siendo Dios.
Su argumento más provocador está en el corazón de su teología dramática: Cristo, en su descenso al infierno, toca el punto más extremo de la soledad humana, el lugar donde el rechazo a Dios parecería absoluto. Ese contacto —casi una colisión entre la obstinación y el amor— revela que no existe un “lugar” donde Dios no pueda irrumpir. Pero no convierte esa irrupción en imposición. La posibilidad de la resistencia permanece intacta. Ese es el vértigo de la teología balthasariana: un amor que llega hasta el último rincón del no, pero que no lo anula por la fuerza.
Por eso su postura se sitúa entre dos abismos. Rechaza el universalismo fácil, para él una ingenuidad que diluye el peso del mal. Y rechaza el pesimismo teológico que da por hecho un porcentaje de condenados, como si la salvación fuera un cálculo estadístico. Su camino es más exigente: situarse en la tradición, respetar la libertad humana, tomar en serio el infierno y, aun así, no renunciar a esperar. Una esperanza que no es sentimentalismo, sino disciplina espiritual. Esperar que todos se salven no porque sea probable, sino porque Cristo así lo desea.
Esta esperanza no es garantía, sino responsabilidad. El cristiano se reconoce implicado en la historia de cada persona: nadie se salva solo, nadie se pierde solo. Si la comunión es real, también lo es este vínculo en la frontera última. La teología de Balthasar exige madurez: obliga a mantener juntos el juicio y la compasión, la lucidez y la misericordia, sin convertir ninguno en excusa para evadir la tensión dramática de la existencia.
Al final, su visión del infierno no reduce la tradición, sino que la vuelve más seria: reafirma su posibilidad, pero impide usarla como arma. Nos deja en un terreno inquietante, pero honesto: un Dios que lo da todo y una libertad capaz de rechazarlo todo. Entre ambos extremos, la esperanza como acto teologal y como ética del corazón cristiano.
Esa tensión —fuerte, incómoda, brillante— es el legado de Balthasar para quien se atreve a estudiar teología sin anestesia.
La Mística
Hans Urs von Balthasar no trató la mística como un adorno piadoso ni como un territorio reservado a almas excéntricas. Para él, la mística es la respiración profunda del cristianismo: el punto donde la verdad no se piensa solamente, sino que se vive, se padece y se deja irrumpir. Sin esa dimensión, la teología se queda en esqueleto frío. Con ella, se vuelve carne y riesgo.
Balthasar bebió de los grandes místicos cristianos —Ignacio, Juan de la Cruz, Teresa, Adrienne von Speyr— no para copiarles su lenguaje, sino para recuperar la lógica interior de la experiencia espiritual. En su lectura, la mística tiene tres rasgos esenciales.
Primero, es encuentro. El ser humano no asciende por sus fuerzas a un estado superior. Es Dios quien desbarata las defensas y entra. De ahí que la mística sea humilde y, a la vez, abrasadora: quien la recibe sabe que no se la ha fabricado. Por eso la describe como “pasividad activa”: Dios actúa, y la libertad humana responde, vibra, y se deja moldear.
Segundo, es dramática. Nada de experiencias edulcoradas. En la mística balthasariana, el alma experimenta el toque de Dios como belleza, sí, pero también como exigencia. La belleza divina —su gran categoría estética— no es decoración, es fuego. La contemplación revela lo que uno debe entregar, no solo lo que uno admira. Por eso los místicos en su obra aparecen siempre marcados por una disponibilidad radical: ven, y por eso obedecen.
Tercero, es eclesial. Este punto es crucial. La mística no es un proyecto espiritual privado, ni un club esotérico que opera al margen de la Iglesia. La experiencia profunda de Dios, si es auténtica, desemboca en misión, obediencia y servicio. Adrienne von Speyr, su gran colaboradora, es el ejemplo que él mismo propone: sus visiones no se quedan en intimidad; generan oración, confianza y entrega pastoral. Para Balthasar, si una experiencia mística rompe el tejido eclesial, pierde credibilidad.
¿Dónde se cruza esto con su visión del infierno? En un detalle decisivo: la mística para Balthasar ilumina el abismo de la libertad humana desde dentro. El místico contempla a Dios tan de cerca que entiende —sin necesidad de discursos— que el rechazo definitivo a esa belleza es la tragedia última. La mística le permite hablar del infierno no desde el miedo, sino desde la experiencia de un amor que quiere consumarlo todo.
Su teología del descenso de Cristo a los infiernos tiene un pulso místico: Cristo atraviesa el lugar donde la luz no llega, no como espectáculo, sino como comunión. Esta experiencia extrema —ese “Sábado Santo eterno”, como lo llaman algunos intérpretes— se convierte para él en el acto supremo de la mística cristiana: Dios entrando donde no debería poder entrar. La mística es, en ese sentido, la gramática secreta de su esperanza: quien se ha dejado arder por Dios sabe que su luz no se limita a templos ni a almas puras, sino que busca hasta al más hundido.
Por eso Balthasar no separa la mística del pensamiento. La trata como una profundidad imprescindible para entender la fe sin convertirla en matemática del más allá. Su contribución es clara: la mística no es evasión, sino lucidez. No es fuga, sino entrega. Es el lugar donde el ser humano comprende que la realidad es más vasta que sus teorías y que el amor de Dios no puede reducirse a fórmulas doctrinales sin perder su filo.
Explorar la mística en Balthasar es entrar en esa zona donde pensar y contemplar se vuelven inseparables. Es la zona que hace a los estudiantes de teología más libres, porque les recuerda que toda especulación seria nace de un corazón que ha sido tocado por algo más grande que él mismo.


