ROMA INVISIBLE
Hay ciudades que se contemplan.
Y hay ciudades que se leen.
Roma pertenece a las segundas.
Quien llega a Roma por primera vez cree encontrarse ante una acumulación extraordinaria de ruinas, iglesias, columnas, fuentes, templos, palacios y monumentos. Pero después de algunos días comienza a suceder algo extraño: las piedras dejan de parecer simplemente piedras.
Una columna ya no es solamente una columna.
Una puerta ya no es solamente una puerta.
Una plaza ya no es solamente una plaza.
Una procesión, una estatua, una cruz, una cúpula, un obelisco, una inscripción, una tumba o incluso la dirección de una calle comienzan a adquirir un significado que excede su materialidad.
Es entonces cuando aparece la otra Roma.
La Roma invisible.
No estamos hablando necesariamente de fantasmas, espíritus o fuerzas sobrenaturales. La invisibilidad de Roma es, ante todo, simbólica.
Es aquello que no podemos tocar, pero que organiza aquello que podemos tocar.
Y aquí comienza nuestra última pregunta:
¿qué hace que una piedra se convierta en símbolo?
I. LA CIUDAD VISIBLE Y LA CIUDAD INVISIBLE
La antropología religiosa nos ha enseñado algo fundamental: el ser humano jamás habita únicamente un espacio físico.
Habita un espacio interpretado.
Una montaña puede ser una montaña.
Pero también puede ser un lugar sagrado.
Una cueva puede ser simplemente una cavidad geológica.
Pero puede convertirse en entrada al inframundo.
Un río puede transportar agua.
Pero también puede separar dos mundos.
Y una ciudad puede ser un conjunto de edificios.
O puede convertirse en el centro del universo.
Roma hizo precisamente eso.
Transformó el territorio en cosmología.
El pomerium, las fronteras sagradas, los templos, los altares, las vías procesionales, los espacios de los muertos y los lugares de poder no eran una organización puramente administrativa.
El espacio romano estaba cargado.
Tenía memoria.
Tenía jerarquía.
Tenía orientación.
Tenía significado.
Por eso Roma puede ser entendida como una ciudad que constantemente convertía el espacio en relato.
El romano no solamente caminaba por Roma.
Caminaba dentro de una interpretación del mundo.
II. EL CENTRO
Toda cosmología necesita un centro.
El centro no es simplemente el lugar que ocupa una cosa en un mapa.
Es el lugar desde el cual adquiere sentido el resto.
En muchas culturas antiguas encontramos esta estructura: el centro del mundo, el monte sagrado, el templo, el árbol cósmico, la ciudad primordial.
Roma construyó su propio centro.
El mundus.
Según la tradición romana, en el espacio originario de la ciudad existía un lugar llamado mundus, asociado simbólicamente con el mundo subterráneo y con la comunicación entre dimensiones.
Aquí encontramos una idea extraordinariamente poderosa.
La ciudad tiene un arriba.
Tiene un aquí.
Y tiene un abajo.
Roma no está solamente sobre la tierra.
Roma está entre mundos.
Y esta estructura resulta fundamental para comprender la imaginación romana.
El cielo pertenece a los dioses.
La tierra pertenece a los vivos.
El subsuelo pertenece a los muertos y a las potencias ctónicas.
Roma se encuentra en medio.
Por eso el centro no es simplemente geográfico.
Es ontológico.
Es un lugar de comunicación.
III. ARRIBA, AQUÍ Y ABAJO
Podemos representar la estructura simbólica de Roma mediante tres dimensiones:
Caelum — Terra — Inferi.
Cielo.
Tierra.
Mundo inferior.
Esta estructura aparece de distintas maneras en la religión romana.
El augur levanta la mirada hacia el cielo.
El sacerdote realiza el rito sobre la tierra.
El muerto desaparece bajo ella.
El emperador puede ser elevado simbólicamente después de la muerte.
Y el templo establece una relación entre lo humano y lo divino.
El símbolo funciona precisamente porque une aquello que normalmente permanece separado.
De hecho, la palabra «símbolo» procede del griego sýmbolon, relacionado con symbállein: reunir, lanzar conjuntamente.
El símbolo une.
El signo puede señalar.
El símbolo, en cambio, reúne.
Y Roma fue una extraordinaria civilización de símbolos porque constantemente intentó reunir:
dioses y hombres,
vida y muerte,
cielo y tierra,
pasado y presente,
poder y eternidad.
IV. ROMA Y LOS MUERTOS
Quizá ninguna ciudad comprende tan bien la importancia de los muertos como Roma.
Los muertos no desaparecen completamente.
Se convierten en antepasados.
El mos maiorum —la costumbre de los antepasados— convierte el pasado en autoridad.
La memoria de los muertos legitima el presente.
Por eso las tumbas romanas situadas a lo largo de las vías no son una casualidad.
El viajero entra y sale de Roma acompañado por los muertos.
La ciudad de los vivos está rodeada por la ciudad de los muertos.
Es casi una pedagogía silenciosa:
«Recuerda que estás caminando sobre una historia que comenzó antes de ti y continuará después de ti».
La muerte, entonces, no se encuentra completamente fuera de Roma.
Está en sus márgenes.
Y precisamente por eso define su centro.
V. EL ROSTRO Y LA MÁSCARA
Existe aquí otro símbolo fundamental: el rostro.
Los romanos conservaron la memoria de sus antepasados mediante las imagines maiorum, representaciones de los familiares muertos que podían ser exhibidas en determinados contextos.
La persona muerta continúa apareciendo.
Pero aparece como imagen.
Aquí podemos introducir una pregunta profundamente antropológica:
¿cuándo una imagen deja de representar a alguien y comienza, simbólicamente, a hacerlo presente?
Esta pregunta nos acompañará durante toda la historia occidental.
La encontramos en Roma.
La encontramos después en los iconos cristianos.
La encontramos en las reliquias.
La encontramos en los retratos.
Y, en cierto sentido, también la encontramos hoy.
Una fotografía de alguien que amamos no es solamente papel.
Podemos saber perfectamente que no contiene físicamente a la persona.
Y, sin embargo, la tratamos de otra manera.
La imagen despierta una presencia.
Aquí aparece una de las paradojas fundamentales del símbolo:
sabemos que no es la realidad y, sin embargo, nos relacionamos con ella como si algo de la realidad estuviera allí.
VI. EL PODER TAMBIÉN ES UN SÍMBOLO
Roma comprendió algo que todos los grandes sistemas políticos han comprendido después:
el poder necesita ser visible.
Pero necesita también parecer eterno.
Por eso el emperador no podía ser simplemente un hombre con ejército.
Debía convertirse en imagen.
La púrpura.
La corona.
El águila.
El triunfo.
Las monedas.
Las estatuas.
Los templos.
Los títulos.
Todo construía una semántica del poder.
El emperador era un hombre.
Pero el sistema necesitaba representarlo como algo más que un hombre.
Aquí aparece una cuestión filosófica extraordinaria:
¿qué diferencia existe entre el poder que alguien posee y el poder que los demás reconocen?
La respuesta nos conduce directamente a la filosofía del símbolo.
Una corona no posee poder físico.
No golpea.
No dispara.
No alimenta.
Y, sin embargo, puede conseguir que miles de personas obedezcan.
¿Por qué?
Porque el símbolo puede producir efectos reales sin ser materialmente aquello que representa.
Una bandera es tela.
Pero un ejército puede morir por ella.
Una moneda es metal o papel.
Pero puede ordenar una sociedad.
Una corona es un objeto.
Pero puede convertir a un individuo en soberano.
La realidad humana está llena de entidades invisibles que producen consecuencias absolutamente visibles.
VII. EL LOGOS OCULTO
Aquí podemos acercarnos a una cuestión que conecta Roma con la filosofía del lenguaje.
El mundo humano está tejido de palabras.
Imperator.
Caesar.
Augustus.
Pax.
Roma.
Senatus.
Deus.
Estas palabras no son simplemente sonidos.
Organizan realidades.
Nombrar es clasificar.
Clasificar es ordenar.
Y ordenar es construir mundo.
Wittgenstein nos enseñará muchos siglos después que el significado de una palabra está vinculado a su uso.
Pero Roma ya sabía, de manera práctica, que las palabras hacen cosas.
Un juramento obliga.
Una sentencia condena.
Una proclamación transforma la condición pública de una persona.
Un nombre puede otorgar dignidad.
Otro puede destruirla.
El lenguaje posee una dimensión performativa.
La palabra no solamente describe la realidad.
Puede producir una nueva situación dentro de la realidad humana.
Por eso la Roma invisible es también una Roma lingüística.
Una ciudad construida con palabras.
VIII. EL NOMBRE SECRETO
Y aquí aparece una de las dimensiones más fascinantes de la religión antigua: el poder del nombre.
En numerosas culturas tradicionales existe la convicción de que conocer el verdadero nombre de algo proporciona un determinado acceso a su identidad.
No debemos convertir esto automáticamente en «magia» en sentido moderno.
Hay algo más profundo.
El nombre establece una relación.
Nombrar es sacar algo del anonimato.
En el pensamiento religioso antiguo, el nombre puede participar de la identidad.
Y esto permite comprender por qué el secreto tiene tanta importancia en las religiones mistéricas y en determinados rituales.
Lo secreto no es simplemente aquello que nadie conoce.
Es aquello cuyo conocimiento está reservado porque se considera peligroso, sagrado o transformador.
El secreto protege una frontera.
Entre iniciado y no iniciado.
Entre profano y sagrado.
Entre visible e invisible.
IX. ROMA Y LO OCULTO
Cuando hablamos de ocultismo debemos ser intelectualmente rigurosos.
No podemos proyectar sobre Roma todas las doctrinas esotéricas desarrolladas muchos siglos después.
La cábala, por ejemplo, es una tradición judía medieval y no podemos atribuir a los romanos antiguos una «cábala romana» histórica sin caer en anacronismo.
Pero sí podemos establecer una comparación filosófica.
Porque existen estructuras simbólicas que reaparecen en diferentes culturas:
la correspondencia entre arriba y abajo;
la relación entre nombre y realidad;
la búsqueda de un centro;
la interpretación del cosmos;
el número como estructura;
la luz como símbolo de conocimiento;
la oscuridad como símbolo de ignorancia o misterio;
la iniciación como transformación del individuo.
En este sentido, Roma puede dialogar posteriormente con la tradición hermética, con el neoplatonismo y, más tarde, con la cábala cristiana.
Pero debemos distinguir:
influencia histórica no es lo mismo que analogía simbólica.
Esta distinción es esencial para cualquier aproximación seria al esoterismo.
X. EL NÚMERO
Roma también puede ser leída mediante el número.
El número organiza.
Cuenta.
Divide.
Jerarquiza.
Ordena.
Pero las culturas tradicionales frecuentemente hicieron algo más: otorgaron al número un valor cualitativo.
Uno puede representar unidad.
Dos, dualidad.
Tres, totalidad o mediación.
Cuatro, orden terrestre.
Siete, plenitud.
Estos significados no deben atribuirse automáticamente a cada monumento romano.
Sin embargo, el pensamiento simbólico permite comprender por qué arquitectura, ritual y número pudieron relacionarse.
La geometría puede convertirse en cosmología.
La proporción puede convertirse en belleza.
Y la belleza puede convertirse en teología.
XI. LA LUZ
Y llegamos a uno de los símbolos más poderosos de nuestra historia:
la luz.
La luz hace visible.
Por eso se convierte naturalmente en símbolo del conocimiento.
La oscuridad oculta.
Por eso puede convertirse en símbolo del misterio, de la ignorancia, del peligro o de lo desconocido.
Pero aquí debemos tener cuidado.
La oscuridad no es necesariamente mala.
Hay una oscuridad fecunda.
La oscuridad del vientre.
La oscuridad de la noche.
La oscuridad del templo.
La oscuridad del misterio.
En francés existe una palabra preciosa: clair-obscur.
Claroscuro.
No se trata simplemente de luz contra oscuridad.
Se trata de una realidad en la que ambas necesitan existir para que podamos percibir la forma.
Y quizá Roma sea eso:
un gran clair-obscur.
XII. EL CRISTIANISMO ENTRA EN ROMA
Después llega el cristianismo.
Y sucede algo extraordinario.
El cristianismo no destruye simplemente el universo simbólico romano.
Lo reinterpreta.
Este fenómeno será decisivo.
El Sol.
La luz.
El agua.
La cruz.
El cordero.
El pastor.
La victoria.
El templo.
La tumba.
La resurrección.
Muchos símbolos anteriores adquieren un significado nuevo.
No porque todos procedan directamente del paganismo, sino porque las culturas reutilizan constantemente sus lenguajes simbólicos.
El cristianismo introduce una afirmación radical:
el símbolo ya no apunta únicamente hacia un mundo divino distante.
En Cristo, Dios mismo entra en la historia.
Aquí aparece la categoría cristiana por excelencia:
la encarnación.
El invisible se hace visible.
El eterno entra en el tiempo.
El trascendente asume materia.
El Logos se hace carne.
Y esta afirmación transforma radicalmente la relación entre símbolo y realidad.
XIII. EL LOGOS Y LA CARNE
Podríamos formularlo así:
En la filosofía antigua, buscamos el Logos.
En el cristianismo, el Logos se hace persona.
Esto cambia completamente la antropología simbólica.
El cristianismo no afirma simplemente que Dios dejó mensajes ocultos en el universo.
Afirma algo mucho más perturbador:
que la materia puede convertirse en lugar de presencia.
El agua bautismal.
El pan.
El vino.
El aceite.
La imposición de manos.
La cruz.
El cuerpo.
La tumba.
La carne.
La materia ya no es simplemente materia.
Puede convertirse en sacramento.
Y aquí Roma vuelve a ser extraordinariamente importante.
Porque la ciudad que había construido un universo de símbolos paganos se convierte progresivamente en uno de los grandes escenarios de la simbología cristiana.
XIV. LAS CATACUMBAS
Las catacumbas constituyen quizá una de las mejores imágenes de nuestra «Roma invisible».
Debajo de la ciudad visible existe otra ciudad.
Pasillos.
Nichos.
Tumbas.
Inscripciones.
Símbolos.
El pez.
El ancla.
El buen pastor.
La paloma.
La vid.
Jonás.
Y, progresivamente, la cruz.
Es fascinante pensar que mientras el poder imperial construía monumentos gigantescos sobre la tierra, una comunidad perseguida construía su memoria en las profundidades.
Arriba estaba el Imperio.
Abajo, los muertos cristianos.
Pero finalmente sería la memoria de esos muertos la que conquistaría simbólicamente la ciudad.
Aquí aparece una paradoja histórica:
Roma quiso hacer eterna su autoridad; los cristianos quisieron hacer eterna su esperanza.
Y ganó la segunda.
XV. EL SÍMBOLO COMO MEMORIA
Un símbolo sobrevive cuando una comunidad lo recuerda.
Por eso ningún símbolo es completamente individual.
Necesita una tradición.
Necesita interpretación.
Necesita repetición.
Una cruz abandonada en un desierto puede convertirse simplemente en un objeto arqueológico.
Una cruz ante la cual una comunidad reza es otra cosa.
La materia puede ser idéntica.
El significado cambia.
Esto nos lleva nuevamente a la filosofía del lenguaje.
El significado no está encerrado dentro del objeto como una sustancia.
Se produce dentro de una forma de vida.
Y aquí Wittgenstein vuelve a hablarnos desde el siglo XX:
el símbolo vive dentro de una práctica.
Una cruz no «habla» por sí sola.
Habla dentro de una tradición.
XVI. ROMA COMO PALIMPSESTO
Quizá ésta sea la mejor manera de comprender Roma.
Roma es un palimpsesto.
Una escritura sobre otra escritura.
Debajo de la Roma cristiana encontramos la Roma imperial.
Debajo de la Roma imperial encontramos la Roma republicana.
Debajo de ella encontramos las tradiciones arcaicas.
Y debajo de las tradiciones históricas encontramos capas todavía más antiguas de religiosidad itálica.
Nada desaparece completamente.
Se transforma.
Un templo puede convertirse en iglesia.
Una vía puede conservar su trazado.
Una fiesta puede sobrevivir cambiando de significado.
Una imagen puede recibir una nueva interpretación.
Una ciudad puede cambiar de religión sin dejar de ser la misma ciudad.
Roma es memoria acumulada.
XVII. EL EROTISMO DEL SÍMBOLO
Y aquí quiero introducir una dimensión menos habitual.
El símbolo también posee una dimensión erótica.
No necesariamente sexual.
Éros, en su sentido filosófico, es deseo de unión.
Deseo de acercarse a aquello que nos falta.
Por eso el símbolo seduce.
No entrega completamente su significado.
Lo promete.
Una puerta entreabierta es más simbólica que una puerta completamente abierta.
La penumbra puede ser más sugestiva que la iluminación absoluta.
Un rostro parcialmente oculto puede producir más deseo que un rostro completamente expuesto.
El símbolo conserva algo.
Y aquello que conserva nos llama.
Por eso existe una relación profunda entre símbolo, deseo y misterio.
El símbolo nos dice:
«Hay algo aquí que todavía no has visto».
Y nosotros nos acercamos.
XVIII. EL MISTERIO
La modernidad ha desarrollado una enorme capacidad para explicar.
Pero explicar no siempre significa comprender.
Podemos conocer la composición química de una rosa y seguir preguntándonos por qué la belleza nos conmueve.
Podemos conocer la anatomía del cuerpo humano y seguir preguntándonos qué significa amar un cuerpo.
Podemos estudiar arqueológicamente un templo y continuar preguntándonos por qué los seres humanos construyeron templos.
La explicación científica describe mecanismos.
El símbolo pregunta por significados.
No debemos enfrentar ambos conocimientos.
Debemos distinguirlos.
La ciencia pregunta:
«¿Cómo funciona?»
El símbolo pregunta:
«¿Qué significa para nosotros?»
Y la filosofía pregunta:
«¿Qué queremos decir cuando hacemos esta pregunta?»
XIX. ROMA INVISIBLE
Ahora podemos regresar al título.
¿Qué es Roma invisible?
No es una ciudad fantasmal.
Es la ciudad de los significados.
Es la Roma que permanece cuando desaparecen los edificios.
Es la memoria de los muertos.
Es el poder de los nombres.
Es el lenguaje de los monumentos.
Es el miedo de los hombres ante los dioses.
Es el deseo de eternidad de los emperadores.
Es la esperanza de resurrección de los cristianos.
Es el misterio de la luz.
Es la oscuridad de las catacumbas.
Es la ciudad que continúa hablando después de que sus habitantes han muerto.
Y quizá por eso Roma tiene una cualidad inquietante.
Porque allí comprendemos que las civilizaciones pueden desaparecer físicamente y, sin embargo, continuar viviendo dentro de nosotros.
XX. LA GRAN PREGUNTA
Pero entonces aparece una última pregunta.
¿Qué ocurre cuando nosotros mismos nos convertimos en símbolos?
Porque también nosotros somos leídos.
Nuestro cuerpo.
Nuestra ropa.
Nuestra casa.
Nuestra manera de hablar.
Nuestros gestos.
Nuestros silencios.
Nuestros muertos.
Nuestro nombre.
Todo puede convertirse en símbolo.
El ser humano nunca está completamente desnudo ante los demás.
Incluso cuando creemos mostrar simplemente «lo que somos», estamos siendo interpretados.
Somos cuerpos materiales habitados por significados.
Y aquí la antropología se encuentra con la teología.
Porque el cristianismo afirma algo extraordinario:
el ser humano no es simplemente materia.
Es imagen.
Imago Dei.
Imagen de Dios.
Y quizá ésa sea la última gran arquitectura invisible.
No somos únicamente habitantes de un mundo lleno de símbolos.
Nosotros mismos somos símbolos.
XXI. ROMA Y LA ETERNIDAD
Roma quiso ser eterna.
Lo proclamó.
Lo representó.
Lo grabó en piedra.
Lo puso en sus monedas.
Lo convirtió en mito.
Pero ninguna ciudad humana es eterna.
Las piedras se rompen.
Los imperios desaparecen.
Las lenguas cambian.
Los dioses dejan de recibir sacrificios.
Los emperadores mueren.
Sin embargo, algo permanece.
El significado.
La memoria.
La pregunta.
La imagen.
La búsqueda.
Por eso quizá la verdadera eternidad de Roma no consiste en que Roma no haya muerto.
Consiste en que todavía podemos conversar con ella.
XXII. EL ÚLTIMO SÍMBOLO
Imaginemos Roma al anochecer.
El Foro está casi vacío.
Las columnas proyectan sombras largas.
El mármol conserva todavía el calor del día.
Una iglesia cercana hace sonar sus campanas.
En algún lugar, bajo la tierra, descansan los muertos.
Sobre la ciudad, el cielo comienza a oscurecerse.
Y entonces comprendemos que la ciudad que vemos no es toda Roma.
Hay otra.
Una Roma hecha de memoria.
De deseo.
De miedo.
De fe.
De sangre.
De belleza.
De poder.
De muerte.
De esperanza.
Una Roma que no puede localizarse completamente en un mapa porque no está solamente en el espacio.
Está en la conciencia de Occidente.
Y quizá ésa sea la razón por la que seguimos regresando.
No regresamos únicamente a Roma.
Regresamos a nosotros mismos.
Porque Roma conserva una pregunta que ninguna arqueología puede resolver:
¿qué parte de nosotros sobrevive cuando desaparece aquello que construimos?
Tal vez los romanos respondieron construyendo monumentos.
Los cristianos respondieron construyendo memoria.
Los filósofos respondieron construyendo conceptos.
Los amantes respondieron construyendo recuerdos.
Y los muertos...
los muertos simplemente guardaron silencio.
Pero ese silencio también se convirtió en símbolo.
EPÍLOGO: ROMA, CIUDAD DEL CLARO-OSCURO
Quizá podamos terminar nuestra travesía romana con una imagen francesa:
le clair-obscur.
El claroscuro.
Roma no es solamente luz.
Tampoco es solamente oscuridad.
Es la tensión entre ambas.
El templo y la catacumba.
El emperador y el mártir.
El triunfo y la muerte.
El deseo y la culpa.
El cuerpo y el espíritu.
El paganismo y el cristianismo.
La piedra y la memoria.
La historia y el mito.
Lo visible y lo invisible.
Y quizá toda civilización sea finalmente eso:
una tentativa de iluminar aquello que teme y de dar forma a aquello que no puede comprender.
Roma lo hizo con piedra.
Nosotros lo hacemos con palabras.
Pero seguimos buscando lo mismo.
Un centro.
Un significado.
Una permanencia.
Una respuesta al hecho insoportable de estar vivos.
Por eso, cuando caminemos por Roma, no miremos solamente sus monumentos.
Escuchemos.
Porque debajo de cada piedra hay una pregunta.
Y detrás de cada símbolo,
un misterio.
Roma no termina donde termina la ciudad visible.
Roma comienza allí donde la piedra empieza a significar.