En el contexto del curso «Simbología en la ciudad de Roma»
Introducción: una mujer en una ciudad llena de diosas
Cuando un cristiano del siglo IV caminaba por las calles de Roma, no se encontraba en una ciudad religiosamente vacía.
Roma estaba llena de dioses.
Pero también estaba llena de diosas.
Venus protegía el amor, la fecundidad y la memoria mítica de Roma.
Diana estaba vinculada a la naturaleza, la caza y la virginidad.
Ceres representaba la agricultura y la fecundidad de la tierra.
Fortuna presidía la incertidumbre de la existencia humana.
Minerva simbolizaba la sabiduría y determinadas dimensiones de la actividad intelectual y artesanal.
Juno aparecía vinculada al matrimonio, a la maternidad y a la protección de la comunidad.
Cibeles, aunque de origen anatolio y no propiamente romana en su nacimiento, había sido incorporada al universo religioso de Roma como Magna Mater, la Gran Madre.
Y, junto a ellas, Isis adquirió una enorme popularidad dentro del Imperio romano.
En medio de este paisaje religioso aparece una figura aparentemente desconcertante:
una mujer judía, María de Nazaret.
No es una diosa.
No es una sacerdotisa pagana.
No es una personificación de la naturaleza.
No es una divinidad cósmica.
Es, según el cristianismo, una criatura humana que recibe una misión extraordinaria: convertirse en madre de Jesucristo.
Sin embargo, con el paso de los siglos, su figura comenzará a adquirir una extraordinaria densidad simbólica.
María aparecerá coronada.
Con un niño en brazos.
Entregando protección.
Relacionada con la pureza.
Con la maternidad.
Con la misericordia.
Con la ciudad.
Con la Iglesia.
Con el cielo.
Y entonces surge una pregunta inevitable:
¿estamos ante la transformación cristiana de las antiguas diosas?
La respuesta histórica y teológica exige mucho más cuidado.
I. Roma: una ciudad donde lo femenino también era sagrado
La religión romana no concebía lo divino exclusivamente en términos masculinos.
La presencia femenina en el panteón era enorme.
Esto tiene importancia antropológica.
Las sociedades antiguas proyectaban sobre las divinidades aquello que consideraban fundamental para la supervivencia individual y colectiva.
La maternidad, la fecundidad, la sexualidad, la agricultura, la protección del hogar, la guerra, la sabiduría, el matrimonio, la prosperidad y el destino podían representarse mediante figuras femeninas.
La diosa no era simplemente «una mujer poderosa».
Era una forma de representar simbólicamente fuerzas que excedían al individuo.
Por eso las diosas romanas podían cumplir funciones que hoy consideraríamos contradictorias.
Una misma divinidad podía ser protectora y terrible.
Madre y guerrera.
Virgen y cazadora.
Amante y destructora.
La religión antigua no necesitaba la separación moderna entre categorías.
El símbolo podía contener simultáneamente fuerzas opuestas.
II. Venus: belleza, maternidad y poder
Venus constituye uno de los ejemplos más importantes.
En Roma terminó convirtiéndose en una divinidad de extraordinaria importancia política.
La familia Julio-Claudia vinculaba su genealogía con Venus a través de Eneas y, por tanto, con la tradición troyana.
Julio César llegó a asociarse especialmente con Venus Genetrix, Venus Madre.
Aquí aparece algo interesante para nuestro estudio.
Venus no representa solamente erotismo.
Representa también origen.
La maternidad puede convertirse en fundamento de legitimidad política.
El cuerpo femenino se transforma simbólicamente en genealogía.
Roma puede decir:
«Nuestro origen está en Venus».
Esto será importante cuando posteriormente observemos la iconografía mariana.
María también será presentada como madre.
Pero la diferencia es decisiva.
Venus engendra una genealogía mítica.
María, según la fe cristiana, engendra al Logos encarnado.
III. Juno: esposa, madre y protectora
Juno ocupaba una posición extraordinaria dentro de la religión romana.
Era esposa de Júpiter y formaba parte de la tríada capitolina junto con Júpiter y Minerva.
Como Juno Lucina estaba vinculada al parto.
Como Juno Regina aparecía como reina.
Como protectora del matrimonio adquiría una importancia fundamental para la estructura familiar romana.
Juno permite comprender algo:
la sociedad romana estaba perfectamente acostumbrada a atribuir a una figura femenina funciones de protección, dignidad y autoridad.
Cuando el cristianismo desarrolla posteriormente determinadas formas de devoción mariana, encuentra una cultura que ya comprende simbólicamente la figura de una mujer protectora.
Pero María no se convierte por ello en Juno.
La semejanza pertenece al lenguaje simbólico.
La diferencia pertenece a la ontología religiosa.
IV. Diana: la virgen
Diana ofrece una comparación todavía más interesante.
Diana era una divinidad asociada con la naturaleza, la caza y la virginidad.
Su carácter virginal era fundamental.
En la mentalidad antigua, la virginidad podía representar autonomía, pureza, separación y poder.
María también será denominada «virgen».
Pero existe aquí una diferencia fundamental.
La virginidad de Diana forma parte de la naturaleza propia de una divinidad pagana.
La virginidad de María, en el cristianismo, está vinculada a su relación con Dios y al misterio de la Encarnación.
Diana permanece dentro de la mitología religiosa romana.
María aparece dentro de la historia de la salvación.
Esta diferencia entre mito e historia será fundamental para comprender la autocomprensión cristiana.
V. Ceres: la madre y el misterio de la vida
Ceres representa otro arquetipo femenino fundamental.
La agricultura dependía de los ciclos de la tierra.
Semilla.
Muerte.
Enterramiento.
Germinación.
Fruto.
La maternidad humana podía contemplarse mediante el mismo lenguaje simbólico.
La mujer produce vida.
La tierra produce vida.
La naturaleza produce vida.
Por eso la figura de la madre posee una extraordinaria potencia religiosa.
En el cristianismo, María terminará adquiriendo también una simbología relacionada con la vida.
Pero nuevamente aparece una diferencia.
María no es identificada con la naturaleza.
Es criatura.
Su grandeza no procede de ser una fuerza cósmica, sino de su relación con Dios.
VI. Cibeles: la Magna Mater
Cibeles merece una atención especial.
Procedente de Anatolia, fue incorporada al mundo religioso romano y terminó siendo conocida como Magna Mater, la Gran Madre.
Su culto adquirió enorme importancia.
Era una divinidad vinculada a la fertilidad, la protección y las fuerzas de la naturaleza.
Su carácter maternal podía adquirir dimensiones cósmicas.
Aquí encontramos uno de los grandes arquetipos religiosos de la Antigüedad:
la Gran Madre.
Una figura femenina que protege, alimenta, engendra y contiene.
Posteriormente, algunos estudiosos han querido explicar la devoción mariana exclusivamente como una cristianización de este arquetipo.
La explicación es tentadora.
Pero resulta insuficiente.
Porque María no aparece en el cristianismo como una divinidad femenina equivalente a la Magna Mater.
La teología cristiana mantiene una diferencia absoluta entre Creador y criatura.
VII. Isis: la comparación más peligrosa y más interesante
Probablemente ninguna figura religiosa del Mediterráneo antiguo resulta tan importante para una comparación con María como Isis.
Isis era originalmente una divinidad egipcia.
Su culto se expandió extraordinariamente durante la época helenística y romana.
En Roma llegó a poseer templos y comunidades de culto.
Isis podía aparecer como madre, protectora, reina, señora de la naturaleza y figura de salvación.
En numerosas representaciones aparece con su hijo Horus.
Aquí tenemos una imagen de enorme importancia:
una mujer divina que sostiene a un niño divino.
La imagen posee una potencia visual extraordinaria.
Madre.
Niño.
Protección.
Ternura.
Divinidad.
Es inevitable compararla con las primeras imágenes cristianas de María con Jesús.
Y aquí debemos formular una pregunta seria:
¿Los cristianos copiaron a Isis?
La respuesta más rigurosa sería:
no existe evidencia suficiente para afirmar una simple transferencia directa y consciente del culto de Isis al culto de María.
Pero sí existía un universo cultural compartido.
Los artistas cristianos vivían en sociedades donde determinadas formas iconográficas ya tenían significado.
Por tanto, una imagen de una madre sosteniendo a su hijo podía resultar inmediatamente comprensible.
La iconografía cristiana no nació en un vacío cultural.
VIII. El cristianismo frente a las imágenes paganas
Durante los primeros siglos, los cristianos mantuvieron una relación compleja con las imágenes.
El judaísmo había desarrollado una fuerte tradición de rechazo de los ídolos.
El cristianismo heredó esa sensibilidad.
Pero también introdujo una novedad extraordinaria:
Dios se había hecho visible en Jesucristo.
La Encarnación modificaba radicalmente el problema de la representación.
Si el Logos había asumido carne humana, podía representarse la humanidad de Cristo.
Este argumento adquiriría posteriormente una enorme importancia en la teología cristiana de las imágenes.
Y una vez representado Cristo, inevitablemente podía aparecer también María.
La madre del niño comienza a adquirir una importancia iconográfica creciente.
IX. María en el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento habla de María de manera relativamente sobria.
Aparece especialmente en los Evangelios de Mateo y Lucas.
En Lucas encontramos la Anunciación.
El ángel Gabriel anuncia a María que concebirá y dará a luz a Jesús.
Ella responde:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Posteriormente aparece el Magnificat:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor».
En Juan aparece María en Caná y al pie de la cruz.
La literatura neotestamentaria no presenta todavía la inmensa iconografía mariana que aparecerá posteriormente.
Pero contiene elementos que permitirán su desarrollo.
María es madre.
Es creyente.
Es discípula.
Está vinculada al misterio de Cristo.
Y participa de manera singular en la historia de la salvación.
X. El título Theotokos
Uno de los acontecimientos teológicos decisivos será el Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431.
Allí se consolidó solemnemente el título Theotokos.
La palabra griega significa literalmente:
«la que da a luz a Dios».
En español suele traducirse como «Madre de Dios».
Pero debemos entender correctamente la afirmación.
La Iglesia no estaba diciendo que María fuese una diosa.
Tampoco afirmaba que María fuese anterior a Dios.
La afirmación era cristológica.
Si Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, y María es madre de Jesucristo según su humanidad, entonces puede llamarse Theotokos porque aquel que nace de ella es verdaderamente el Hijo de Dios encarnado.
La mariología nace, en gran medida, de la cristología.
Esta afirmación es absolutamente fundamental.
María no explica quién es Cristo.
Es Cristo quien explica quién es María.
XI. Del Theotokos a la iconografía de la Virgen
A partir de los siglos posteriores, la imagen de María adquiere una fuerza extraordinaria.
Aparece como:
Madre de Dios.
Virgen.
Reina.
Intercesora.
Protectora.
Madre de la Iglesia.
Nueva Eva.
Mujer del Apocalipsis.
Figura de la Iglesia.
La iconografía comienza a multiplicarse.
La Virgen con el Niño se convierte en una de las imágenes fundamentales del arte cristiano.
Y aquí Roma se convierte en un laboratorio simbólico excepcional.
La ciudad antigua no desaparece de un día para otro.
Sus edificios cambian de función.
Sus símbolos se transforman.
Sus habitantes cambian sus prácticas religiosas.
Pero la memoria visual de la ciudad permanece.
XII. Santa Maria Antiqua: la transformación del espacio romano
Un ejemplo extraordinario es Santa Maria Antiqua, situada en el Foro Romano.
El edificio había tenido una función anterior dentro del complejo del Foro.
Posteriormente se convirtió en iglesia.
En sus muros encontramos importantes ciclos pictóricos cristianos.
El fenómeno resulta simbólicamente fascinante.
El espacio que había pertenecido a la Roma pagana comienza a formar parte de la Roma cristiana.
No estamos simplemente ante la destrucción del pasado.
Estamos ante una transformación de significado.
El espacio cambia de lenguaje.
El Foro deja de ser exclusivamente el escenario monumental de los dioses y del poder imperial.
La ciudad comienza a ser reinterpretada cristianamente.
XIII. Santa Maria in Cosmedin y la memoria pagana
Otro ejemplo significativo es Santa Maria in Cosmedin.
La iglesia se encuentra en una zona profundamente vinculada con la Roma antigua.
Su historia permite observar cómo edificios y espacios relacionados con funciones antiguas fueron integrados en una ciudad progresivamente cristiana.
Esto nos lleva a una idea importante:
la cristianización de Roma no consistió únicamente en construir iglesias nuevas.
Consistió también en reinterpretar una ciudad preexistente.
La memoria urbana fue bautizada.
XIV. La Virgen y la ciudad
Existe además una transformación simbólica particularmente importante.
Las antiguas diosas podían proteger ciudades.
Atenea protegía Atenas.
Juno estaba vinculada a Roma.
Fortuna podía proteger determinadas comunidades.
La ciudad antigua podía imaginarse bajo la tutela de una divinidad.
Con el cristianismo aparece progresivamente la figura de María como protectora.
Roma desarrolla una relación especial con la Virgen.
Iglesias como Santa Maria Maggiore expresan esta transformación.
La ciudad comienza a contemplar a María no como una diosa local, sino como intercesora y madre espiritual.
XV. Santa Maria Maggiore: una de las grandes síntesis
La basílica de Santa Maria Maggiore constituye uno de los lugares fundamentales para comprender la simbología mariana en Roma.
Su construcción está vinculada tradicionalmente al contexto posterior al Concilio de Éfeso.
El templo está dedicado a María.
Los mosaicos del arco triunfal presentan escenas relacionadas con la vida de Cristo y María.
Aquí podemos observar algo decisivo:
la Iglesia no está creando una diosa.
Está construyendo visualmente una cristología.
La Virgen aparece porque Cristo está presente.
María es inseparable del misterio de la Encarnación.
XVI. La mujer que reemplaza a la diosa
Llegamos entonces a una cuestión provocadora.
¿Podemos afirmar que María sustituyó a las diosas?
En términos estrictamente históricos, debemos responder:
no de manera general y automática.
La transformación religiosa del Imperio romano fue mucho más compleja.
Los cultos paganos fueron desapareciendo por procesos políticos, sociales, religiosos y jurídicos.
El cristianismo desarrolló sus propios símbolos.
Algunos lugares paganos fueron abandonados.
Otros fueron reutilizados.
Algunos símbolos antiguos fueron resignificados.
Y determinadas necesidades religiosas y antropológicas encontraron nuevas expresiones.
Por eso sería más correcto hablar de:
continuidad simbólica,
transformación cultural,
resignificación religiosa,
y ruptura teológica.
XVII. La diferencia fundamental: diosa y criatura
Aquí aparece el punto central de toda nuestra disertación.
Venus es una diosa.
Diana es una diosa.
Juno es una diosa.
Cibeles es una diosa.
Isis es una diosa.
María no lo es.
La diferencia no es secundaria.
Es estructural.
En el paganismo antiguo, una diosa pertenece al orden de lo divino.
En el cristianismo, María pertenece al orden de la creación.
Dios es increado.
María es creada.
Dios es absoluto.
María depende de Dios.
Dios es fuente de la gracia.
María recibe la gracia.
Por eso el cristianismo puede honrar a María sin convertirla teológicamente en una divinidad.
XVIII. Latría, dulía e hiperdulía
La teología católica desarrolló posteriormente una distinción fundamental.
A Dios corresponde la latría: adoración.
A los santos corresponde la dulía: veneración.
A María se le atribuye una veneración singular denominada hiperdulía.
La diferencia puede resumirse así:
Dios es adorado.
Los santos son venerados.
María es venerada de manera eminente entre las criaturas.
La doctrina católica intenta proteger así la diferencia entre culto divino y veneración de las criaturas.
Por tanto, desde la perspectiva católica, afirmar que María es una «diosa» sería teológicamente incorrecto.
XIX. Pero el símbolo tiene memoria
Aquí debemos introducir una perspectiva antropológica.
Aunque la teología diga que María no es una diosa, las culturas no funcionan únicamente mediante definiciones doctrinales.
Funcionan mediante imágenes.
Una madre con un niño.
Una mujer coronada.
Una mujer vestida de azul.
Una figura luminosa.
Una protectora.
Una intercesora.
Una reina.
Estas imágenes poseen una historia cultural anterior al cristianismo.
Por eso un romano que contemplaba una imagen de María podía reconocer determinados patrones visuales.
No necesariamente pensaba:
«Esta es Isis».
Pero podía reconocer la estructura simbólica de una madre protectora.
La cultura visual tiene memoria.
XX. La Virgen negra
Las llamadas Vírgenes negras constituyen otro fenómeno fascinante.
En Europa existen numerosas imágenes medievales y modernas de María representada con piel oscura.
A veces se han relacionado popularmente con antiguas diosas de la fertilidad.
La realidad histórica es mucho más compleja.
Algunas imágenes se oscurecieron debido al humo, los pigmentos, el envejecimiento de los materiales o procesos de restauración.
Otras fueron concebidas efectivamente con tonalidades oscuras.
No existe fundamento histórico para afirmar que todas las Vírgenes negras sean antiguas diosas paganas disfrazadas.
Pero desde la antropología religiosa resulta interesante estudiar cómo el símbolo de la madre oscura, terrestre, fecunda y protectora puede adquirir nuevas interpretaciones.
XXI. María y la luna
La simbología lunar merece también atención.
La iconografía cristiana representa a María en ocasiones sobre la luna, especialmente en relación con Apocalipsis 12:
«Una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas».
La imagen adquirió una enorme importancia durante la Edad Media y posteriormente.
La luna había tenido una larga historia religiosa en el Mediterráneo.
Diana, Selene y otras divinidades podían estar relacionadas con ella.
Pero la iconografía cristiana no necesita convertir a María en una diosa lunar.
La luna puede ser reinterpretada como símbolo de la criatura que recibe la luz.
Esta interpretación posee una enorme riqueza teológica:
Cristo es la luz.
María refleja esa luz.
XXII. María como nueva Eva
Uno de los grandes desarrollos de la teología cristiana fue la comparación entre Eva y María.
Ireneo de Lyon, en el siglo II, desarrolló de manera especialmente significativa esta relación.
Eva participa simbólicamente en la desobediencia.
María participa en la obediencia.
Eva escucha una palabra que conduce a la caída.
María escucha la palabra del ángel y responde:
«Hágase en mí».
De ahí surge la fórmula teológica:
Eva y María.
Una representa la antigua humanidad.
La otra representa la nueva obediencia.
Esta interpretación es mucho más importante para comprender el desarrollo mariano que cualquier supuesto intento de sustituir directamente a una diosa romana.
XXIII. María como Arca
Otra imagen poderosa es la del Arca de la Alianza.
El Arca contenía las tablas de la Ley y simbolizaba la presencia de Dios entre Israel.
Los Padres de la Iglesia comenzaron a interpretar a María como un nuevo Arca.
¿Por qué?
Porque María lleva en su seno a Cristo.
La lógica simbólica es extraordinariamente poderosa:
el Arca contenía los signos de la alianza;
María contiene al autor de la nueva alianza.
Por tanto, María no es presentada como una divinidad.
Es el espacio humano en el que acontece el misterio de la Encarnación.
XXIV. La paradoja cristiana
Y aquí encontramos una paradoja extraordinaria.
El cristianismo nace dentro de una tradición profundamente crítica de la idolatría.
Sin embargo, termina produciendo una de las culturas visuales más poderosas de la historia.
Iconos.
Mosaicos.
Frescos.
Estatuas.
Procesiones.
Basílicas.
Imágenes de Cristo.
Imágenes de María.
Imágenes de santos.
¿Cómo ocurrió?
La respuesta se encuentra en la Encarnación.
El cristianismo afirma que Dios no permaneció invisible y abstracto.
El Logos se hizo carne.
Por eso la materia puede convertirse en vehículo simbólico de lo espiritual.
La cuestión no consiste simplemente en representar una imagen.
Consiste en determinar qué significa esa imagen.
XXV. María frente a Venus: dos maternidades diferentes
Podemos establecer ahora una comparación directa.
Venus puede representar el deseo, la belleza, la fecundidad y la genealogía.
María representa la maternidad virginal, la obediencia, la humildad y la relación con Cristo.
Venus es una diosa.
María es criatura.
Venus pertenece al mito.
María pertenece, según la fe cristiana, a la historia de la Encarnación.
Venus genera genealogías divinas y heroicas.
María da a luz a Cristo.
La semejanza está en la maternidad.
La diferencia está en el significado teológico de esa maternidad.
XXVI. María frente a Diana: dos formas de virginidad
Diana es virgen porque pertenece a un universo divino donde la virginidad expresa independencia y poder.
María es virgen en relación con el misterio de la Encarnación.
La virginidad de María no significa esterilidad.
Al contrario:
la tradición cristiana presenta la paradoja de una virginidad fecunda.
La mujer que no concibe mediante una relación sexual concibe por obra del Espíritu Santo.
Desde la antropología simbólica, esta imagen resulta poderosísima.
La fecundidad deja de ser exclusivamente biológica.
Se convierte también en espiritual.
XXVII. María frente a Cibeles: dos maternidades cósmicas
Cibeles representa la Gran Madre.
María no es la Madre de la naturaleza.
Es la Madre de Cristo.
Pero la teología cristiana terminará utilizando un lenguaje de maternidad espiritual universal.
Aquí aparece una transformación.
La maternidad deja de ser una función cósmica de una diosa y se convierte en una relación espiritual de una criatura con la comunidad creyente.
XXVIII. María frente a Isis: la comparación más cercana
Isis con Horus y María con Jesús presentan una semejanza iconográfica evidente.
Madre.
Niño.
Protección.
Realeza.
Pero la teología es diferente.
Isis es una divinidad.
Horus es una divinidad.
María es humana.
Jesús, según la fe cristiana, es Dios encarnado.
Por eso la imagen cristiana de la Virgen con el Niño puede utilizar una estructura visual que recuerda a imágenes anteriores sin significar que el cristianismo simplemente haya copiado el culto de Isis.
Una cultura puede reutilizar una forma sin conservar su significado original.
XXIX. La cristianización de Roma
Roma no fue destruida para convertirse en cristiana.
Fue reinterpretada.
Sus columnas permanecieron.
Sus caminos permanecieron.
Sus plazas permanecieron.
Sus edificios permanecieron.
Pero el significado de muchos espacios cambió.
Los símbolos antiguos fueron reinterpretados.
Las antiguas divinidades fueron sustituidas por una nueva cosmología.
El emperador dejó de ser el centro de la sacralidad política.
La cruz comenzó a aparecer en el paisaje urbano.
Las basílicas cristianas ocuparon progresivamente lugares fundamentales.
Y María comenzó a aparecer en la ciudad como una figura central del nuevo imaginario cristiano.
Roma pasó de ser una ciudad poblada por dioses a convertirse en una ciudad poblada de memoria cristiana.
XXX. ¿Destrucción o transformación?
La respuesta correcta es:
ambas cosas.
Hubo destrucción.
Hubo prohibiciones.
Hubo abandono de templos.
Hubo confiscación de propiedades.
Hubo conflictos violentos.
Pero también hubo reutilización.
Adaptación.
Sincretismo cultural.
Reinterpretación.
Continuidad estética.
La historia religiosa rara vez funciona mediante sustituciones absolutamente limpias.
Las religiones nuevas nacen dentro de culturas antiguas.
Por eso conservan palabras, imágenes, edificios, fiestas y símbolos.
Pero los reinterpretan.
XXXI. El gran error del «copiar y pegar» religioso
Existe una explicación popular que afirma:
«La Iglesia tomó las diosas paganas y las convirtió en María».
Es una explicación atractiva porque parece sencilla.
Pero históricamente resulta demasiado pobre.
No podemos explicar la mariología simplemente mediante un proceso de sustitución.
La devoción mariana hunde sus raíces en:
el Nuevo Testamento;
la cristología;
la tradición judeocristiana;
la interpretación patrística de Eva;
la doctrina de la Encarnación;
el desarrollo de la liturgia;
el Concilio de Éfeso;
la espiritualidad monástica;
la evolución de la iconografía cristiana;
y también, ciertamente, en el contacto con culturas mediterráneas que poseían antiguos arquetipos femeninos.
No hay una sola causa.
Hay una convergencia de tradiciones.
XXXII. La ciudad como palimpsesto
Podemos utilizar aquí una metáfora propia de la gestión documental.
Roma es un palimpsesto.
Un documento antiguo sobre el cual se escribe una nueva historia sin borrar completamente la anterior.
Debajo de la Roma cristiana permanece la Roma imperial.
Debajo de la Roma imperial permanecen las tradiciones republicanas.
Debajo de ellas encontramos memorias aún más antiguas.
Y sobre todo ello aparece la ciudad cristiana.
María participa de ese palimpsesto.
No es simplemente una antigua diosa con un nuevo nombre.
Es una figura cristiana que entra en una ciudad que ya posee una gramática simbólica femenina.
XXXIII. La paradoja final
Quizá la comparación entre María y las diosas romanas pueda resumirse en una paradoja.
El mundo pagano necesitaba diosas para expresar determinadas dimensiones de la realidad:
amor,
fertilidad,
naturaleza,
sabiduría,
guerra,
destino,
maternidad.
El cristianismo rechazó la existencia de esas divinidades como dioses verdaderos.
Pero no eliminó necesariamente los símbolos humanos asociados a ellas.
Los transformó.
La belleza dejó de necesitar a Venus.
La sabiduría dejó de necesitar a Minerva.
La maternidad dejó de necesitar a una Gran Madre divina.
La virginidad dejó de necesitar a Diana.
La protección maternal encontró en María una nueva expresión.
No porque María fuese una diosa.
Sino porque el cristianismo afirmó que una mujer humana podía ocupar un lugar excepcional en la historia de Dios con la humanidad.
Conclusión: de la diosa a la mujer
La comparación entre María y las diosas romanas nos permite comprender una transformación profunda de la cultura occidental.
El paganismo podía divinizar a la mujer.
El cristianismo, paradójicamente, hizo algo diferente:
elevó a una mujer sin convertirla en diosa.
María no es Venus.
No es Diana.
No es Juno.
No es Ceres.
No es Cibeles.
No es Isis.
Pero cuando el cristianismo comenzó a representarla, lo hizo en un mundo que ya conocía profundamente esos símbolos.
Por eso María heredó determinadas formas visuales y simbólicas de la cultura mediterránea, aunque las introdujo dentro de una estructura teológica completamente diferente.
La clave está en la Encarnación.
Una mujer.
Un cuerpo.
Un niño.
Dios entrando en la historia.
Y Roma, la ciudad que durante siglos había levantado templos a sus diosas, terminó llenándose de imágenes de una mujer que, para el cristianismo, no era una divinidad.
Era algo teológicamente mucho más desconcertante:
una criatura humana que, según la fe cristiana, había sido elegida para convertirse en Madre de Dios.
Y quizá por eso la figura de María pudo conquistar tan profundamente el imaginario de Roma.
Las antiguas diosas representaban poderes divinos.
María representa, para el cristianismo, la posibilidad de que la humanidad misma se convierta en lugar de encuentro con Dios.
La ciudad que antes decía:
«Aquí habitan los dioses»,
comenzó a decir:
«Aquí Dios se hizo hombre».
Ese es el verdadero cambio simbólico que transforma Roma.
