miércoles, 29 de mayo de 2024

Stetter-Karp y el no del Papa Francisco



Irme Stetter-Karp, presidente del Comité Central de los Católicos Alemanes (ZdK), ha reaccionado con calma al “no” de Francisco a las diaconisas ordenadas y no renuncia a su agenda en este sentido.

Stetter-Karp, jefa de la principal asociación alemana de laicos, no concede gran importancia al renovado “no” del Papa a la ordenación de mujeres durante una entrevista. «Tomo esta declaración individual con calma. Ha dado tantas entrevistas que es difícil seguirle», dijo el martes en Erfurt antes del inicio de la asamblea general de la ZdK.

Para Stetter-Karp, más importantes que sus palabras son sus actos, y durante mucho tiempo ha abogado por dar a las mujeres acceso a todos los cargos de la Iglesia católica. Paradójicamente, le ha irritado más la tibieza del cardenal Jean-Claude Hollerich en este tema que la tajante negativa papal. “Podrían ponerme furiosa las recientes declaraciones del cardenal Jean-Claude Hollerich, que exige mucha paciencia a las mujeres sobre este asunto”.

Hollerich, partidario de la ordenación de diaconisas en algún futuro remoto, también lo es de ir despacio para que no parezca algo que «los católicos progresistas quieren impulsar». Se necesita “tacto y paciencia si se quieren soluciones reales”, aseguró el prelado luxemburgués.

Homosexualidad y Seminarios católicos




La polémica saltó el lunes por la tarde cuando Il Corriere della Sera y La Reppublica (medios de referencia en Italia) publicaron un trozo de una conversación privada del Papa con los obispos italianos la semana pasada. Y resalto "privada" como dato importante, ya que es una violación a una conversación privada que se sacó de contexto con la única finalidad de hacer daño al Papa Francisco.

Preguntado por la admisión o no de homosexuales en los seminarios, el Papa respondió a los obispos italianos diciendo que «ya había demasiado mariconeo» en algunos seminarios. El Papa utilizó la palabra frocciagine que sorprendió a los propios obispos italianos por la connotación negativa y despectiva que tiene ese término. Algunos medios italianos señalan que el Papa no era consciente de que esa palabra tuviera esa connotación, lo que provocó algunas risas de sorpresa entre varios prelados italianos cuando escucharon esa palabra salir de la boca del Papa.


El revuelo internacional ha sido de tal calibre, que la Oficina de prensa de la Santa Sede ha emitido un comunicado para dar su versión sobre lo ocurrido. El director de comunicación del Vaticano, Matteo Bruni asegura que «el Papa Francisco está al corriente de los recientes artículos sobre una conversación, a puerta cerrada, con los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana. Como ha dicho en varias ocasiones, «en la Iglesia hay sitio para todos, para todos»».


La Santa Sede afirma en la nota que «el Papa nunca ha pretendido ofender ni expresarse en términos homófobos, y presenta sus disculpas a quienes se hayan sentido ofendidos por el uso de un término, divulgado por otros».


Con este concreto comunicado, el Vaticano reconoce indirectamente que se ha usado las palabras del Papa para hacer daño a su imagen. El Papa ha pedido a los obispos de Italia que no acepten personas homosexuales en sus seminarios, pero no como una novedad, ya que el derecho canónico vigente desde 1983 así lo contempla. Es por tanto una provocación de los medios para crear confusión.


La Santa Sede pide disculpas por la mala expresión del Papa en un idioma que no es el suyo natal, y recuerda que la Iglesia es para todos, sin excepción.  Además de definir sus normativas que se han mantenido desde 1983. Me parece deshonesto de los obispos italianos que hayan filtrado una conversación de índole privada y con una intención dañina.

¿Quién es el Papa Pablo VI?



Pablo VI o Paulo VI (en latín: Paulus PP. VI),​ de nombre secular Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini (Concesio, 26 de septiembre de 1897-Castel Gandolfo, 6 de agosto de 1978), fue el 262.° papa de la Iglesia católica y soberano de la Ciudad del Vaticano desde el 21 de junio de 1963 hasta su muerte en 1978. Fue canonizado en 2018, durante el pontificado de Francisco, lo que lo convierte en santo de la Iglesia católica.


Sucediendo a Juan XXIII, decidió continuar con el Concilio Vaticano II, gran obra del pontífice anterior. Asimismo, fomentó las relaciones ecuménicas con las iglesias ortodoxas, anglicanas y protestantes, dando lugar a muchas reuniones y acuerdos históricos.


Entre 1922 y 1954 trabajó en la secretaría de Estado de la Santa Sede. Durante su estadía allí, Montini, junto a Domenico Tardini fueron considerados como los más cercanos e influyentes colaboradores de Pío XII, quien en 1954 lo nombró arzobispo de Milán, la diócesis más grande de Italia, por lo que se convertía automáticamente en secretario de la Conferencia Episcopal Italiana. Allí fue conocido pronto como el «arzobispo de los pobres», por su amistad con los trabajadores de las fábricas a los que visitaba.​ Juan XXIII lo elevó al cardenalato en 1958, y después de la muerte de Juan XXIII, Montini fue considerado uno de los más probables sucesores.


Tomó el nombre de Pablo para indicar su misión renovadora en todo el mundo de la difusión del mensaje de Cristo. Reabrió el Concilio Vaticano II, dándole prioridad y dirección. Después de que el Concilio hubiera finalizado su labor, Pablo VI se hizo cargo de la interpretación y aplicación de sus mandatos, a menudo caminando por una delgada línea entre las expectativas contrapuestas de los distintos grupos dentro de la Iglesia católica. La magnitud y la profundidad de las reformas afectaron a todas las áreas de la Iglesia, superando durante su pontificado las políticas similares de reforma de sus predecesores y sucesores.


Pablo VI fue un gran devoto mariano, por lo que constantemente habló en congresos marianos y reuniones mariológicas, visitó varios santuarios y publicó tres encíclicas marianas. Citando las enseñanzas de Ambrosio de Milán, nombró a María como la Madre de la Iglesia durante el Concilio Vaticano II. Pablo VI buscó el diálogo con el mundo, con otras religiones y no creyentes. Se vio como un humilde servidor de la humanidad y exigió cambios significativos de los acaudalados de Estados Unidos y Europa a favor de los pobres en el Tercer Mundo.


Sus posiciones sobre el control de la natalidad (véase Humanae vitae) y otros temas fueron controvertidos en Europa Occidental y América del Norte, pero fueron aplaudidos en Europa Oriental y América Latina. Durante su pontificado se llevaron a cabo muchos cambios en el mundo, revueltas estudiantiles, la guerra de Vietnam y otros trastornos mundiales. Pablo VI trató de entenderlos a todos, pero al mismo tiempo, de defender el «depósito de la fe», que se le había confiado.


El 24 de diciembre de 1974 presidió la apertura de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro, dando inicio al Jubileo de 1975, que fue seguido por aproximadamente mil millones de personas en todo el mundo.


De entre los cardenales que creó, tres llegarían a ser sus sucesores como papa: Albino Luciani el 15 de agosto de 1973, quien se convertiría en Juan Pablo I el 26 de agosto de 1978; Karol Wojtyła el 26 de junio de 1967, quien tomaría el nombre de Juan Pablo II el 16 de octubre de 1978; y Joseph Ratzinger el 27 de junio de 1977, electo papa el 19 de abril de 2005 bajo el nombre de Benedicto XVI.


Su proceso de beatificación comenzó el 11 de mayo de 1993.8​ El 7 de mayo de 2014 se aprobó un milagro por el cual el papa Pablo VI, sería declarado beato. El cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, se reunió con el papa Francisco para acordar la fecha de beatificación, que finalmente se fijó para el 19 de octubre de 2014.9​ La beatificación tuvo lugar en la misa de clausura del Sínodo extraordinario de obispos sobre la familia realizada en la plaza de San Pedro.5​10​ En 2017, fue aprobado un segundo milagro atribuido a la intercesión de Pablo VI,11​ cuya canonización fue presidida por el papa Francisco en la plaza de San Pedro el 14 de octubre de 2018.

martes, 21 de mayo de 2024

Partes de la Misa Romana



Partes de la Misa

Para poder comprender de que va la Misa, debemos comprender las partes que la componen, es por ello que a continuación te presentaremos las partes de la misa y como se debe actuar en cada una de estas partes.


Ritos Iniciales

Estos son los que dan inicio a una Santa Misa, es una parte llena de oraciones de arrepentimiento y de reafirmación de la fe, estos ritos iniciales son todos precedidos por el sacerdote que va a llevar a cabo la misa en conjunto con una participación activa de los fieles que se encuentren en la misa.


Ritual de Entrada

Al ver al sacerdote, todos deben ponerse de pie y mientras este se dirige al altar, se procede a hacer el canto de entrada. La finalidad de este canto es aperturar la celebración y generar un ambiente de unión en los fieles que ahí se han reunido, este ambiente genera una elevación de los pensamientos para la contemplación de la Santa Misa.


Saludo al altar y a los fieles congregados

Nos mantenemos de pie, cuando el sacerdote llega al altar procede a besarlo. Al terminar el canto de entrada, tanto el sacerdote como los fieles hacen la señal de la Santa Cruz. Posteriormente a la Señal de la Cruz, el sacerdote realiza el saludo y les manifiesta a sus fieles que están en la presencia del Señor.


Acto Penitencial

Una vez que termine el saludo, el sacerdote o bien el monaguillo que se encuentre asistiendo al sacerdote en ese momento pueden hacer a los fieles una breve introducción referente a la misa del día. Luego, el sacerdote invita a realizar el Acto penitencial el cual se realiza de pie y es donde toda la comunidad se confiesa y esta parte finaliza con una pequeña conclusión del sacerdote.


Señor, ten piedad

Esta oración muchas veces se incluye dentro del acto penitencial, en caso de que no haya sido incluido este se puede cantar o bien recitar, los fieles se mantienen de pie durante esta oración. Esta oración busca que Dios interceda por nosotros ante el perdón de los pecados.


Gloria

Este es el himno con el cual la iglesia congregada bajo el manto del Espíritu Santo glorifica a Dios Padre y al Cordero de Dios, y le presenta sus súplicas. Este himno puede ser cantado o bien puede ser recitado por todos, los fieles se mantienen de pie.


Oración colecta

El rito de Entrada finaliza con la Oración colecta, en este momento el sacerdote invita a sus fieles a orar y todos junto con el sacerdote permanecen un rato en silencio. Luego, el sacerdote procede a leer la oración donde se expresa el motivo de la celebración de la misa del día y a esto todos responden de pie “amén”.


Liturgia de la Palabra

Durante este momento de la misa, son leídas las lecturas correspondientes a ese día, debemos recordar que el punto central de la misa es la Eucaristía y es mediante las lecturas que nos podríamos acercar a este momento cumbre. Estas lecturas se dividen de la siguiente forma:


Primera Lectura

Esta primera lectura es tomada del  Antiguo Testamento, se nos invita a escucharla sentados y la finalidad de esta lectura es para poder entender muchas de las cosas que hizo Jesús o bien al final son reflexiones que prevalecen en el tiempo.



 Salmo Responsorial

Esta parte de la lectura también es conocida como los Cantos interleccionales. Luego de ser escuchada la primera lectura corresponde continuar con el Salmo Responsorial el cual es tomado de un leccionario. El encargado de leer el salmo proclama las estrofas del salmo mientras que los fieles participan activamente respondiendo dicho salmo, este acto se realiza sentado.


La Segunda Lectura

Esta lectura es tomada del Nuevo Testamento, estas lecturas son un poco más versátiles ya que existen muchas partes del nuevo testamento donde se pueden tomar estas lecturas. Por lo general la segunda lectura es tomada de los Hechos de los Apóstoles o bien de las cartas que escribieron los apóstoles, esta lectura al igual que la primera se escucha sentado.


La segunda lectura tienen la finalidad de enseñarnos cómo vivieron los primeros cristianos y de cómo ellos predicaban las enseñanzas de Jesús. Esta lectura nos ayuda a conocer y comprender  de mejor manera lo que Jesús nos enseñó, además de que ayuda a entender muchas de las tradiciones de la iglesia.


Luego de finalizar la segunda lectura, se canta el Aleluya, este es un canto alegre el cual recuerda la Resurrección, este canto después de la segunda lectura puede en dependencia del tiempo litúrgico.


El Evangelio

Podríamos decir que de todas las lecturas es la más importante ya que se toca directamente la vida de Jesús, esta se escucha de pie a diferencia de las otras lecturas. El evangelio se toma de cualquiera de los cuatro Evangelios dependiendo del tiempo litúrgico en el que nos encontremos. Estas lecturas narran una pequeña parte de la vida o bien de las enseñanzas de Jesús.  En estas lecturas se nos permite conocer cómo era Jesús, lo qué sentía, lo qué hacía, cómo enseñaba y qué nos quiere transmitir, esta lectura es realizada por el sacerdote.


Homilía

Al finalizar el evangelio, el sacerdote pide a sus fieles que tomen asiento y esto se debe a que iniciará la homilía. Este momento es llevado a cabo por el sacerdote y este procede a explicar las lecturas siempre intentando hacer comparaciones con la cotidianidad. La finalidad de la Homilía es tocar la conciencia de sus oyentes en base a las enseñanzas de Jesús cuando estuvo de paso en la tierra y que dichas enseñanzas puedan ser aplicadas en el día a día.



Profesión de fe

Al finalizar la Homilía, en señal de que la palabra de Dios ha sido proclamada a través de sus lecturas y propiamente en la Homilía, los fieles proceden a  recitar el Credo. El Credo es aquella oración que proclama y reafirma la fe de los fieles en Jesús.


Oración universal

La oración universal pone fin a la Liturgia de la palabra, en esta oración los fieles y el sacerdote ruegan por todos los hombres, incluyendo en este orden al Papa, a la Iglesia, a las autoridades eclesiásticas del país, al  Estado y finalmente a necesidades particulares que en ese momento el sacerdote diga. Los fieles elevan la oración del sacerdote con una invocación común, la cual se pronuncia después de cada intención.


Liturgia Eucarística

Cuando finaliza la oración de los fieles, se le da inicio al momento central de la misa, este es el de la Liturgia Eucarística, es en este momento donde Jesús se hace presente a través del pan y del vine y se le llama a los fieles a comulgar siempre y cuando hayan sido confesados recientemente o bien estén absuelto de culpas.


Preparación de los dones

Al comenzar el momento de la Liturgia eucarística, son llevados al altar los dones que luego se convertirán en el cuerpo y en la Sangre de Cristo, estos dones de los que hablamos son el Pan y el vino. En ese momento el sacerdote le pide a los fieles que se pongan de pie y además se acompaña este momento con el canto del ofertorio el cual podría ser alargado hasta que los dones hayan sido colocados sobre el altar.


Plegaria eucarística

Este es el punto cumbre de la Liturgia Eucarística y de toda la misa, en esta parte se eleva una plegaria a modo de acción de gracias y a su vez de consagración. En al sentido, esta oración es la que invita a que toda la congregación de fieles se una con Jesús para reconocer las grandezas de Dios y en la ofrenda del sacrificio. A continuación se comentaran los elementos que componen a la Plegaria Eucarística.



Acción de gracias

Se hace de pie e inicia cuando ya los dones son colocados en el altar, en esta parte se expresa todo lo que se encuentra en el Prefacio. El Prefacio es aquella oración que se usa a modo de acción de gracias  y esta es pronunciada  todos los días del año. Este es una oración bastante dinámica ya que el sacerdote ora y los fieles responden.


 Santo

Esta es una oración cuyo fin es aclamar las alabanzas de Dios, en este punto todos los fieles en conjunto con todas las jerarquías celestiales recitan esta oración. Esta oración se hace de pie e incluso muchas iglesias han optado por cantar esta oración.


Epíclesis

Para dar inicio a la epíclisis debemos arrodillarnos, con esta la Iglesia por medio de diversas invocaciones, suplica el poder divino para que los dones ya previamente presentados sean consagrados. Cuando se hace referencia a consagrar, se dice que estos dones serán convertidos  en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, esto es para que aquella persona que reciba a Jesús en forma de Pan y de Vino  sea salvo por los siglos de los siglos.


Narración de la institución y consagración

Nos mantenemos de rodillas desde la Epíclisis, es en  este momento donde con las palabras y gestos de Cristo se procede a realizar el sacrificio que él mismo instituyó en la última cena. Este es el momento más importante de toda la Misa, aquí se lleva a cabo el misterio de la transformación real del pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo.


Dios se hace presente en ese momento para que podamos estar muy cerca de Él a través del sacramento de la comunión. La consagración es un misterio de amor maravilloso el cual se debe contemplar con mucho respeto y devoción, este es el momento que debemos aprovechar para adorar a Dios en la Eucaristía.



Anámnesis

En este punto, se realiza el memorial de Cristo el cual contempla los misterios de la pasión, la muerte, la resurrección y finalmente la ascensión al cielo. En este momento podemos ponernos de pie o bien el sacerdote lo indica.


Oblación

Nos mantenemos de pie, para la oblación, los fieles que se encuentran en la iglesia le ofrecen a Dios la  víctima inmaculada y a su vez con ella se ofrece el amor de cada uno de los fieles.


Intercesiones

Las intercesiones se hacen de pie, con estas se da a entender que la Eucaristía se celebra en comunión con todos los fieles y también con la iglesia tanto celeste como la que conforman los fieles.


Doxología final

En esta parte, se expresa la glorificación de Dios y así de esta manera se da fin a la plegaria eucarística, esta finalmente se confirma con el “Amén” de los fieles y además se hace de pie.


Rito de la comunión

El rito de la Eucaristía y la consagración tienen su finalidad, ya que la celebración eucarística es una invitación pascual, es importante que se cumpla el cargo de Jesús en la última cena de que  su Cuerpo y su Sangre sean recibidos por sus fieles como alimento espiritual y para ello deberían de estar completamente dispuestos a recibirlo.



La comunión significa «común unión», al decidir comulgar, además de recibir a Jesús dentro de nosotros llenos de gozo y de amor, nos estamos también uniendo a toda la Iglesia la cual se encuentra en el mismo gozo y el mismo amor que nosotros. El rito de l comunión a su vez se divide en varias partes y para la mejor comprensión de este momento, a continuación las presentamos.


Oración dominical

La oración dominical no es más que el “Padre Nuestro”, en esta oración dominical pedimos de pie por el pan de cada día, pero más allá del alimento, también pedimos por el pan eucarístico y a su vez se pide perdón por los pecados. Para finalizar esta oración, todos los fieles le piden a dios por la liberación de todos los males.


El rito de la paz

En este momento de la Paz, los fieles piden por la paz y la unidad para la iglesia y para toda la humanidad, el sacerdote invita a sus fieles a darse un fraternal saludo de paz con las personas que tienen cerca y se finaliza este rito con el canto de Cordero, todo el rito de la paz se hace de pie.


La fracción del pan

Luego del rito de la paz, nos mantenemos de pie y así como Jesús lo hizo en la última cena y durante el tiempo en que los apóstoles predicaban la palabra de Jesús por el mundo, la acción de la fracción del pan sirvió para determinar la integra acción eucarística. El significado de este momento es que al ser muchos los fieles congregados en ese momento, durante la comunión se da un solo pan de vida el cual es Jesús y mediante la comunión nos hacemos un solo cuerpo con él.



Inmixión o mezcla

El sacerdote deja caer una parte del pan ya consagrado en el cáliz, esto nos indica que en ese momento el cuerpo y la sangre son uno sólo y son de la misma persona. Antes se tenía por tradición dejar caer un trozo de pan consagrado del domingo anterior en el Cádiz consagrado de ese día.


Preparación de los fieles y del sacerdote

Este momento es bastante íntimo durante el rito de comunión, tanto los fieles como los sacerdotes oran en silencio y sus peticiones son libres, esto se hace a modo de preparación para el momento de la comunión. Comulgar es la mejor manera de participar del sacrificio que se celebra. Este momento de preparación puede hacerse de rodillas o bien de pie.


Momento de la Comunión

Cuando se procede a comulgar, se les indica a los fieles que no deben comulgar aquellos que no hayan sido confesados recientemente o que no tengan un estado de conciencia limpia. Mientras el sacerdote les da el pan y el vino a los fieles y se produce el Sacramento de la comunión, en paralelo tiene lugar el canto de comunión.


Este canto de comunión debe expresar  la unión espiritual de aquellos que comulgan y al mismo tiempo demostrar  la alegría del corazón por ese momento y hacer más fraternal la procesión de aquellos que recibirán el Cuerpo de Cristo. En caso de que no haya canto, se reza la antífona propuesta por la Misal.


Una vez que se haya finalizado el sacramento de la comunión, el sacerdote y los fieles proceden nuevamente a orar en silencio, por lo general en esta oración se da gracias por participar del sacramento de la comunión.


En otras iglesias, durante este momento se puede también cantar un himno, un salmo o cualquier otro canto de alabanza. Luego de esta oración en silencio posterior a la comunión, sacerdote ruega para que se obtengan los frutos del sacramento de la comunión que en ese momento se celebró, los fieles responden ante esta plegaria “Amén”.



Rito de Conclusión

Para dar fin a la misa, el sacerdote procede a hacer un saludo y luego a dar una bendición sacerdotal, con esta bendición la congregación de fieles es disuelta y así de esta manera cada uno vuelva a sus hogares siendo honestos con sus quehaceres de alabanza hacia Dios. Muchos sacerdotes antes de este rito de conclusión tienen la costumbre de dar un resumen de las actividades que se llevaran a cabo en esa semana en la Iglesia.

La actual misa romana



No intentaremos explicar aquí cómo se celebra la misa romana. Todas las diversas reglas y rúbricas pormenorizadas a las que deben sujetarse el celebrante y sus ministros, así como los detalles de coincidencia y conmemoración, y que deben ser aprendidas por los seminaristas antes de su ordenación, deben buscarse en un libro de ceremonial (Le Vavasseur, citado en la bibliografía del presente artículo, es quizás el mejor). En esta misma ENCICLOPEDIA CATÓLICA se pueden encontrar también artículos acerca de las partes principales de la misa, la descripción de cómo se desarrollan éstas, los ornamentos, la música, etc. Bastará, entonces, dar una breve descripción general. El ritual de la misa se ve afectado por (1) la persona que celebra, (2) el día o la ocasión que se celebra, y (3) el tipo de misa de que se trate (solemne o simple). Pero el esquema general es siempre el mismo. Se puede pensar que el prototipo de ritual es el de la misa solemne, cantada por un sacerdote en domingo o en una fiesta que no contenga características especiales.


Normalmente la misa debe celebrarse en un templo consagrado o bendecido (los oratorios privados o salones pueden ser utilizados con permiso en ocasiones especiales. Cfr. Le vavasseur, I, 200-204) y sobre un altar consagrado (o por lo menos sobre un ara consagrada, aunque esta condición dejó de entrar en vigor después del Concilio Vaticano II, cfr. Institución General del Misal Romano, N.T.). Puede celebrarse a cualquier hora entre el alba y medio día, cualquier día del año, excepto el Viernes Santo (hay restricciones para la celebración privada en Sábado Santo o en oratorios privados en ciertas fiestas). (Las restricciones de horario han variado significativamente después del Concilio Vaticano II. Ya es posible celebrar a cualquier hora del día, N.T.). Un sacerdote únicamente puede celebrar una misa cada día, excepción hecha de la festividad de Navidad, cuando puede hacerlo tres veces, con la condición de que la primera la celebre inmediatamente después de medianoche (norma que ya no vige tampoco, dadas las condiciones pastorales de muchas parroquias. N.T.). En algunos países (España y Portugal) los sacerdotes también pueden celebrar tres veces en la festividad de los fieles difuntos (2 de noviembre). En el caso de que sea necesario para que los fieles cumplan su obligación de asistir a misa, el obispo local puede permitir a algunos sacerdotes que celebren dos veces en domingos o días festivos. En las catedrales y colegiatas, al igual que en las iglesias de las órdenes religiosas obligadas a recitar públicamente las Horas canónicas, debe celebrarse una misa que se vincule con esa liturgia y forme con ella el círculo completo del culto a Dios. Dicha misa oficial es conocida como misa conventual. De ser posible, debe celebrarse solemnemente, pero aún cuando ello no pueda llevarse a cabo, deben conservarse algunas características de la misa solemne. En las festividades y domingos, la hora de la la celebración de esa misa es después del rezo coral de la hora tercia. En las ferias (días normales), es después de la sexta. En las ferias de Adviento, Cuaresma y en las vigilias, es después de nona. Las misas votivas y de requiem de la conmemoración de los fieles difuntos, también se celebran después de Nona, aunque los requiem ordinarios se dicen después de prima. El celebrante debe estar en estado de gracia, libre de irregularidad o censura y haber ayunado desde la media noche anterior (aunque esto último ya no está en vigor el día de hoy, N.T.). Debe observar todas las rúbricas (normas) y leyes respectivas a la materia (pan ázimo y vino puro), a los ornamentos, vasos sagrados y ceremonial.


El esquema de la misa solemne (conviene, por lo menos, para conocer los rasgos generales de la misa actual, ver los números 1348-1355 del Catecismo de la Iglesia Católica, de 1992, N.T.) es como sigue: la procesión se acerca al altar. Consta de turiferario, acólitos, maestro de ceremonias (ceremoniero), subdiácono (este grado ministerial ya no existe en la Iglesia Católica, N.T.), diácono y celebrante. Todos llevan los ornamentos indicados por las rúbricas (Cfr. VESTIDURAS SAGRADAS, ORNAMENTOS). Primero, se recitan las oraciones preparatorias al pie del altar; se inciensa el altar; el celebrante lee el introito y el Kyrie al lado sur del altar, lado de la Epístola (actualmente ya no hay diferencia en los lados del altar, construido éste de modo que el sacerdote celebre de frente al pueblo, y las lecturas son proclamadas desde un único ambón, colocado, generalmente, en lo que antes se llamaba “lado del Evangelio”. Cfr. Institución General del Misal Romano # 272. N.T.). Los días en los que en el Oficio (actualmente, Liturgia de las Horas, N.T.) se reza el “Te Deum”, el celebrante entona el “Gloria in excelsis”, que debe ser continuado por el coro. Mientras eso sucede, el celebrante, el diácono y el subdiácono lo recitan individualmente, hecho lo cual se sientan hasta la terminación del coro. Después del saludo “Dominus vobiscum”, y de su respuesta: “Et cum spiritu tuo”, el celebrante canta la colecta del día y todas las que sean necesarias para conmemorar otras fiestas u ocasiones, o las que hayan sido ordenadas por el obispo. En días sin fiesta especial el celebrante puede escoger alguna de su predilección de entre las que ofrece el misal y de acuerdo a las rúbricas. El subdiácono lee la Epístola y el coro canta el gradual. Ambos elementos son seguidos por el celebrante en el misal desde el altar. De acuerdo a las normas vigentes- antes del Concilio Vaticano II- el celebrante debe recitar individualmente todo lo que los demás canten. Bendice el incienso, recita la oración “Munda cor meum” y lee el Evangelio en el lado norte (lado del Evangelio) del templo. Mientras tanto el diácono se prepara para cantar el Evangelio. Para ello, él avanza en procesión con el subdiácono, turiferario y acólitos a un sitio al norte del coro, donde procede a cantarlo, con el subdiácono sosteniendo el libro ahí donde no hubiera ambón. Si hay sermón, debe ser pronunciado inmediatamente después del Evangelio. El lugar tradicional de la homilía es después de las lecturas (Justino Mártir, I Apolog.” LXVII, 4). Enseguida se canta el Credo, si se trata de domingo o ciertas fiestas, como es el caso para el “Gloria”. Es en este punto, antes o después del Credo (que, como vimos, es de introducción posterior), donde termina en teoría la misa de los catecúmenos. De pie en medio del altar, el celebrante canta “Dominus vobiscum” y “Oremus”- el último vestigio de la antiguas oraciones de los fieles (que ya han sido reincorporadas en el rito de la misa posterior al Concilio Vaticano II y colocadas al final del Credo, N.T.). Sigue el ofertorio. Se ofrece el pan a Dios con la oración “Suscipe sancte Pater”; el diácono pone vino en el cáliz y el subdiácono añade un poco de agua. El celebrante ofrece el cáliz del mismo modo que ofreció el pan (Offerimus tibi, Domine), después de lo cual se inciensa todo: las ofrendas, el altar, el celebrante, los ministros y la asamblea. En tanto, el coro canta el ofertorio. Enseguida, el celebrante lava sus manos mientras recita la oración “Lavabo”. Posterior a otra oración de ofrenda (Suscipe Sancta Trinitas) y a una invitación a la asamblea (Orate, fratres) a la que esta responde sin cantar (se trata de una adición posterior), el celebrante recita la secreta, que corresponden a la colecta. La última secreta termina con una Ekphonesis: “Per omnia saecula saeculorum”. Esto constituye una advertencia de lo que está por llegar. Cuando las oraciones comenzaron a ser recitadas en silencio, se buscó una manera de señalar su términación, para que los fieles supieran qué estaba pasando. Así que se comenzó a cantar las palabras finales. En los ritos orientales se desarrollaron mucho estas ekphonesis. En la misa romana hay tres ejemplos de ellas, siempre con las palabras “Per omnia saecula saeculorum” a las que el coro responde “Amen”. Luego de la ekphonesis de la secreta se abre el diálogo “Sursum corda”, etc., que se usa en todos los ritos con algunas variaciones. De ese modo el inicio de la oración eucarística al que llamamos prefacio dejó de formar parte del canon. El coro canta y el celebrante recita el sanctus. A ello sigue el canon, a partir de las palabras “Te igitur” y terminando con una ekphonesis antes del Padre Nuestro. Todas estas partes están descritas en el artículo CANON DE LA MISA. A continuación está el Padre Nuestro, antecedido por unas breves palabras (Praeceptis salutaribus moniti) y seguido de un embolismo (Cfr. LIBERA NOS), que se recita silenciosamente y se termina con la tercera ekphonesis. Se inicia la fracción del pan con el versículo “Pax Domini sit semper vobiscum”, que busca introducir el beso de paz. El coro canta el “Agnus Dei” mientras el sacerdote lo recita también unido a la primera oración de comunión, antes de dar al diácono el beso de la paz. Después recita las otras dos oraciones de comunión y comulga bajo las dos especies. La comunión de la asamblea (poco frecuente en las misas solemnes) es la siguiente parte del rito y durante su celebración el coro canta la comunión (Cfr. ANTIFONA DE LA COMUNION). Mientras el cáliz es purificado se canta la postcomunión, que corresponde a las colectas y secretas. Al igual que las colectas, la postcomunión empieza con el saludo “Dominus vobiscum” y su correspondiente respuesta; el sacerdote se encuentra en el lado sur del altar. Luego de que el celebrante expresa otro saludo más, el diácono canta la despedida (Cfr. ITE MISSA EST). Sin embargo, aún no es el fin. Hay tres adiciones posteriores (de las cuales las dos últimas ya fueron eliminadas del misal en la revisión posterior al Concilio Vaticano II, N.T.): la bendición del celebrante, una breve oración pidiendo a Dios que acepte el sacrificio (Placeat tibi) y el “Último Evangelio”, que en realidad era el inicio del Evangelio de San Juan (Cfr. EL EVANGELIO EN LA LITURGIA). La procesión retorna a la sacristía.


La norma es la misa solemne. Solamente se puede entender la ceremonia cuando los ritos se celebran en totalidad, con presencia de diácono y subdiácono. Es por ello que el Ordinario (Ritual) de la misa siempre supone que se trata de misa solemne. La misa simple, celebrada por un sacerdote solo, con un acólito, es una forma abreviada y simplificada de la solemne; su ritual únicamente puede ser explicado haciendo referencia al de aquella. Por ejemplo, el celebrante se dirige al lado norte del altar para leer el Evangelio porque ese es el lado a donde el diácono va en procesión durante la misa solemne; siempre gira hacia la derecha porque en la misa solemne no debe dar la espalda al diácono, etc. La misa cantada (missa cantata) es un arreglo intermedio moderno. En realidad es una misa simple, si se toma en cuenta que la esencia de la misa solemne no es la música sino la presencia del diácono y del subdiácono. Solamente en aquellos templos donde no hay persona ordenada fuera de un sacerdote, y con lo que se imposibilita la misa solemne, se permite que se celebre la misa (en domingos y fiestas) utilizando los elementos ornamentales de la misa solemne, con cantos y (generalmente) con incienso. La Sagrada Congregación de Ritos en varias ocasiones (9 de junio de 1884; 7 de diciembre de 1888) ha prohibido el uso de incienso en la Missa Cantata, sin embargo, se han hecho excepciones en algunas diócesis y generalmente se tolera la costumbre de usarlo (La Vavasseur, op. cit. I, 514-515). También en este caso el celebrante adopta las partes del diácono y del subdiácono. No hay beso de paz..


Otra cosa que también afecta el ritual de la misa es la dignidad del celebrante, según que se trate de un presbítero o un obispo. Debemos decir algo también a este respecto, porque así como se dijo que la misa simple es una versión simplificada de la misa solemne, también se debe decir que la misa celebrada por un presbítero es una versión simplificada de la que celebra el obispo (misa pontifical). Pero no se trata de un paralelo perfecto. Algunas de las partes del complicado ceremonial pontifical constituyen adornos añadidos posteriormente. El rasgo principal de la pontifical (además de algunos ornamentos peculiares) es que el obispo permanece en su trono (excepción hecha de las oraciones al pie del altar y la incensación al altar) hasta el ofertorio, recalcando con ella la división entre la misa de los catecúmenos y la de los fieles. Del mismo modo, el obispo no se pone el manípulo (una pieza de tela adornada, del mismo color que el resto del ornamento, que el celebrante colocaba sobre su brazo izquierdo; su uso ha sido descontinuado, N.T.) hasta después de las oraciones preparatorias, lo cual también es un toque arcaico que subraya el hecho de que dichas oraciones no formaban originalmente parte de la ceremonia. En la misa simple, el rango episcopal se indica con algunos detalles poco importantes y por la ultilización tardía del manípulo. Algunos prelados no obispos utilizan algunas ceremonias pontificales en la misa. La misa papal también tiene ciertas acciones peculiares. Algunas de ellas son vestigios de antiguas costumbres. Un ejemplo de ello es que el Papa comulga sentado en su trono y bebe del cáliz consagrado a través de un tubito llamado fistula (costumbre, también ésta, ya fuera de uso en la liturgia contemporánea, N.T.).


Durandus (Rationale, IV, 1) y todos los autores simbólicos, de acuerdo a principios místicos distinguen varias partes de la misa. Esta tendría cuatro partes que corresponderían a la cuatro clases de oración enumeradas en I Tim 2, 1. Del introito al ofertorio es una obsecratio; una oratio del ofertorio al Pater Noster; una postulatio en la comunión; una gratiarum actio, de ahí hasta el final (Durandus, ibid.; cfr. MISA, SACRIFICIO DE LA, Vol. X). En forma especial es el canon la parte que más divisiones ha sufrido, de acuerdo a los sistemas más ingeniosos. Pero las distinciones que realmente interesan al estudioso de la liturgia son, en primer lugar, aquellas de tipo histórico entre la misa de los catecúmenos y la de los fieles, que ya fueron explicadas y, en segundo lugar, las de tipo práctico entre las partes variables e invariables. La misa consiste de un cuadro inmutable de referencia en el cual, en puntos fijos, se van colocando los elementos variables como las oraciones, las lecturas y los cantos. Esos dos elementos se conocen como el común y el propio del día (el cual, a su vez, puede ser tomado de una misa común utilizable en varias ocasiones como, por ejemplo, el común de varias clases de santos). El común es el ordinario de la misa (Ordinarium Missae), que en el misal de Pio V fue insertado entre el Sábado Santo y el día de Pascua. Toda misa se apega a ese esquema; para seguirla, primero hay que encontrar el “ordinario”. En él aparecen las diferentes rúbricas (así llamadas porque están escritas en color rojo) que indican que algo, que no aparece impreso en este lugar, se debe decir o cantar. La primera rúbrica de ese tipo ocurre luego de la incensación inicial: “Enseguida el celebrante hace la señal de la cruz sobre si mismo y comienza el introito”. Pero en el “ordinario” no aparece el texto de ningún introito. El sacerdote debe saber qué misa corresponde y buscar el introito correspondiente a ella, así como las demás partes propias, bajo el título apropiado, entre la larga lista de misas que se ofrecen en el libro. Estas partes variables, o “propias”, son, en primer lugar los cuatro cantos del coro: el introito, el gradual (o tracto, aleluya y, a veces, luego de éste, una secuencia), el ofertorio y la comunión. En segundo lugar, las lecturas (epístola, Evangelio y en ocasiones, lecturas del Antiguo Testamento). Siguen las oraciones que debe recitar el celebrante (colecta, secreta, postcomunión; frecuentemente son varias de cada tipo para conmemorar otras fiestas o días). La misa se construye colocando cada uno de estos elementos propios en el lugar que les corresponde en el “ordinario”. Hay, sin embargo, otros dos elementos que ocupan un sitio intermedio entre el ordinario y el propio. Estos son el prefacio y parte del canon. Tenemos once prefacios: diez propios y uno común. Ellos no cambian con tanta frecuencia como para justificar su impresión entre las misas propias, de modo que están todos incluidos en el ordinario. Y de entre ellos se debe elegir el apropiado según las rúbricas. Del mismo modo, hay cinco grandes fiestas que llevan una cláusula especial dentro de la oración Communicantes del canon. Hay dos (Pascua y Pentecostés) que tienen un “Hanc igitur” propio; el Jueves Santo tiene una forma modificada del “Quam pridie”. Tales excepciones están impresas luego de los prefacios correspondientes. Pero la correspondiente al Jueves Santo, como éste es una fiesta única en el año, se debe buscar en el propio de ese día (Cfr. CANON DE LA MISA).


Son estas partes de la misa las que van variando y es a causa de ellas que podemos hablar de la misa de este día o de aquella fiesta. Para poder encontrar la misa propia de cierto día hay que conocer una complicada serie de reglas. Esta aparecen en las rúbricas al inicio del misal. A grandes rasgos el sistema es como se explica enseguida. Primero, hay una misa para cada día del año, siguiendo el calendario de la Iglesia. Los días ordinarios entre semana (feriae) tienen la misa del domingo que les antecede con algunas modificaciones regulares. Pero las “feriae” de Cuaresma, de la semana anterior a la Ascención, los días de ayuno y las vigilias tienen misas especiales. Todo ello ocupa la primera parte del misal, llamado Proprium de tempore. El año está sobrecargado de una gran cantidad de fiestas de santos o de eventos especiales determinados por el día del mes (esto forma el Proprium Sanctorum). Casi cada día es una fiesta. A veces, incluso, hay varias en un mismo día. Se dan entonces las coincidencias (concurrentia) de varias misas posibles el mismo día. Se dan casos en los que se dicen dos o más misas conventuales, una por cada uno de los oficios que coinciden. De ese modo, en las ferias que tienen oficio especial, si concurre una fiesta, la misa de esta última se dice después de la Tercia y la de la feria después de Nona. Si la fiesta cae en la víspera de la Ascención entonces se dicen tres misas conventuales: la de la fiesta, después de Tercia; la de la Vigilia, después de Sexta y la de la víspera de la fiesta, después de Nona. Pero en las iglesias donde no hay misa conventual oficial, y en los casos en que el sacerdote dice la misa por su propia devoción, sólo se celebra una de las misas coincidentes, y las otras son simplemente recordadas a base de recitar las colectas, secretas y postcomuniones correspondientes después de las propias de la misa seleccionada. Para saber qué misa escoger uno debe conocer los diversos grados de dignidad. Todos los días o fiestas siguen la siguiente escala: feria, simple, semidoble doble, doble mayor, doble de segunda clase, doble de primera clase. Se selecciona la misa que tenga mayor rango. Para evitar que coincidan dos fiestas del mismo rango se transfiere una de ellas al siguiente día libre. Algunas fechas importantes gozan de ciertos privilegios, de modo que ni siquiera una fiesta de mayor rango pueda desplazarlas. Nada puede, por ejemplo, desplazar el primer domingo de Adviento y Cuaresma, ni los domingos de Pasión y Ramos. Ellos constituyen los así llamados “domingos de primera clase”. Nada puede tampoco desplazar el Miércoles de Ceniza ni ninguno de los días de la Semana Santa. Otros días (por ejemplo, los así llamados domingos de segunda clase, o sea, los demás de Adviento y Cuaresma, Septuaginta, Sexagesima y Quinquagesima) únicamente pueden ser substituidos por dobles de primera clase. Los domingos ordinarios cuentan como semidobles, pero tienen precedencia sobre otros semidobles. Los días de una octava son semidobles; el octavo día es doble. Las octavas de Epifanía, Pascua y Pentecostés (las tres fiestas mayores originales) son superiores a cualquier otra fiesta. La fiesta desplazada simplemente se conmemora, excepto si coincide alguna fiesta de grado muy inferior. Las reglas para estos casos están enumeradas en las “Rubricae generales” del misal (VII: De commemorationibus). En fiestas semidobles o días de rango inferior al semidoble siempre se añaden otras colectas a la de ese día para formar un número impar. Algunas están ya indicadas en el misal; el celebrante puede añadir otras según su criterio. El obispo puede ordenar que se digan otras colectas por motivos especiales (los así llamados Orationes imperat). Como regla general, la misa debe corresponder al oficio del día, incluyendo las conmemoraciones. Pero el misal contiene una colección de misas votivas que pueden ser celebradas en días donde la propia no pasa del rango de semidoble. El obispo o el Papa puede ordenar la celebración de una misa votiva por algun motivo público mientras la misa propia del día no sea una del primer rango. Le Vavasseur explica todas estas normas en detalle (op. cit. I, 216-231) y lo mismo hacen las rúbricas del misal (Rubricae generales, IV). Hay otras dos misas que, por no corresponder al oficio, pueden ser llamadas misas votivas: la misa de esponsales (missa pro sponso et sponsa), que se celebra en las bodas, y la de requiem, celebrada a favor de los fieles difuntos. Ellas tienen características especiales (Cfr. MISA DE ESPONSALES y MISA DE REQUIEM). El calendario (Ordo) que se publica anualmente en cada diócesis o provincia señala el oficio y la misa para cada día. Para lo relacionado a los estipendios de la misa, cfr. SACRIFICIO DE LA MISA, Vol. X.


No hace falta recalcar que la misa, alrededor de la cual se ha elaborado un reglamento tan complicado, constituye el centro de la religión católica. La misa siempre ha sido el punto de conflicto, tanto durante la Reforma como en otros tiempos. Los reformadores ya lo dijeron con toda claridad: “La misa es lo que importa”. Los insurgentes de Cornish en 1549 se levantaron en contra de la nueva religión y así expresaron sus peticiones de que se retirara el rito de comunión regido por el libro de oraciones y se restaurara la antigua misa. La prolongada persecución de los católicos en Inglaterra adoptó su forma más estridente en la elaboración de leyes que prohibían la celebración de la misa. Durante siglos se obligó al ocupante del trono británico a declarar abiertamente su protestantismo no a base de rechazar el sistema general de la doctrina católica sino de repudiar formalmente la doctrina de la transubstanciación y de la misa. Así como la unión con Roma es el lazo que enlaza a los católicos entre si, se puede decir que, éste, el más venerado de los rituales en la cristiandad es el testigo y la salvaguarda de ese lazo. Es precisamente a través de participar en la misa a través de la comunión que el católico proclama su unión con la Iglesia universal. La excomunión es la pérdida de ese vínculo; la comunión y la misa son el lazo entre fieles, sacerdotes y obispo, que forman un cuerpo que participa de un único pan.


I. HISTORIA DE LA MISA . DUCHESNE, Origines du Culte chrétien (2a. ed., París, 1898); GIHR, Das heilige Messopfer (6a ed., Friburgo, 1897); RIETSCHEL, Lehrbuch der Liturgik, I (Berlín, 1900); PROBST, Liturgie der drei ersten christlichen Jahrhunderte (Tubinga, 1870); IDEM, Liturgie des vierten Jahrhunderts u. deren Reform (Münster, 1893); IDEM, Die ältesten römischen Sacramentarien u. Ordines (Münster, 1892); CABROL, Les Origines liturgiques (París, 1906); IDEM, Le Livre de la prière antique (París, 1900); BISHOP, The Genius of the Roman Rite en STALEY, Essays on Ceremonial (Londres, 1904), 283-307; SEMERIA, La Messa (Roma, 1907); RAUSCHEN, Eucharistie u. Bussakrament (Friburgo, 1908); DREWS, Zur Entstehungsgesch. des Kanons (Tubinga, 1902); IDEM, Untersuchungen über die sogen. clementinische Liturgie (Tubinga, 1906); BAUMSTARK, Liturgia Romana e liturgia dell' Esarcato (Roma, 1904); ALSTON Y TOURTON, Origines Eucharistic (Londres, 1908); WARREN, Liturgy of the Ante-Nicene Church (Londres, 1907); ROTTMANNER, Ueber neuere und ältere Deutungen des Wortes Missa in Tübinger Quartalschr. (1889), pp. 532 ss.; DURANDUS (Bishop of Mende, d. 1296), Rationale divinorum officiorum Libri VIII, es el clásico ejemplo del comentario medieval; cfr. otros en CANON DE LA MISA. BENEDICTO XIV (1740-1758), De SS. Sacrificio Miss , la mejor edición por SCHNEIDER (Mainz, 1879), es también una obra estandar de su clase. II. TEXTOS: CABROL Y LECLERCQ, Monumenta ecclesiae liturgica, I, 1 (París, 1900-2); RAUSCHEN, Florilegium Patristicum: VII, Monumenta eucharistica et liturgica vetustissima (Bonn, 1909); FELTOE, Sacramentarium Leonianum (Cambridge, 1896); WILS0N, The Gelasian Sacramentary (Oxford, 1894); Gregorian Sacramentary and the Roman Ordines en P.L., LXXVIII; ATCHLEY, Ordo Romanus Primus (Londres, 1905); DANIEL, Codex Liturgicus Ecclesiae universae I (Leipzig, 1847); MASKELL, The Ancient Liturgy of the Church of England (Londres, 1846); DICKENSON, Missale Sarum (Burntisland, 1861-83). III. USO ACTUAL. Además de las Rúbricas en los misales, el de Pio V y el de Pablo VI, y de las revisiones de Juan Pablo II, consulte DE HERDT, Sacr Liturgic Praxis (3 vols., 9ª. ed., Luvaina, 1894); LE VAVASSEUR, Manuel de Liturgie (2 vols., 10ª. ed., Paris, 1910); MANY, Pr lectiones de Missa (París, 1903). Vea más bibliografía en CABROL, Introduction aux études liturgiques (París, 1907), en CANON DE LA MISA y otros artículos sobre las diversas partes de la misa. Además, JOSEF ANDREAS JUNGMANN, Eucharist, en Sacramentum Mundi, 267-273, 1968. Idem, The Mass of the Roman Rite, 1951; Idem, “The most Sacred Mystery of the Eucharist”, en H. Vorglimer “Commentary on the Documents of Vatican II, vol I 31-45, 1967. Constitución Apostólica “Sacrosanctum Concilium” del Concilio Vaticano II. . CONGREGACIÓN DE RITOS . Eucharisticum Mysterium, 25 de mayo de 1967


ADRIAN FORTESCUE Transcrito por Douglas J. Potter Dedicado al Sagrado Corazón de Jesucristo. Traducción de Javier Algara Cossío.

Del siglo VII a los tiempos modernos.



Es comparativamente fácil seguirle los pasos a la historia de la misa de rito romano después de Gregorio el Grande (590-604). Tenemos ahora como documentos, en primer lugar, los tres famosos sacramentarios. El más antiguo, llamado Leoniano, existe en un manuscrito del siglo VII, pero su composición se adjudica variadamente al siglo V, VI y VII (Cfr. LIBROS LITURGICOS). Se trata de un fragmento, en el que falta el canon, pero en lo que se puede apreciar representa la misa como la conocemos (sin las adiciones gálicas posteriores). Aún están en uso muchas de sus colectas, secretas, postcomuniones y prefacios. El libro Gelasiano fue escrito entre los siglos VI a VIII. Está parcialmente galicizado y fue compuesto en el reino franco. En él sí aparece nuestro canon, palabra por palabra. El tercer sacramentario es el Gregoriano, que fue el que aparentemente fue enviado por el Papa Adrián I a Carlomagno entre 781 y 791. Contiene diversas misas creadas desde tiempos de Gregorio y algunos suplementos que fueron incorporados gradualmente al libro original resultando en añadidos francos (i.e. antiguos romanos y gálicos). Dom Suitbert Bäumer ("Ueber das sogen. Sacram. Gelasianum" en the "Histor. Jahrbuch", 1893, pp. 241-301) y Edmund Bishop ("The Earliest Roman Massbook" en "Dublin Review", 1894, pp. 245-78) explican el desarrollo del rito romano del siglo IX a XI de la siguiente manera: el sacramentario romano (puro) enviado por Adrián a Carlomagno fue ordenado por el rey para ser utilizado en el reino de los francos. Pero la gente estaba apegada a sus antiguas costumbres, que eran en parte romanas (Gelasiano) y parte gálicas. Como resultado, cuando el libro Gregoriano fue copiado, ellos (en especial Alcuino, + 804) le insertaron los suplementos francos. Dichos suplementos fueron gradualmente incorporados al libro original y, así modificado, regresó a Roma (por la influencia de los emperadores carolingios) y se convirtió en la “costumbre de la Iglesia Romana”. El “Missale Romano Lateranense” del siglo XI (Ed. Azevedo, Roma, 1752) muestra completo este rito fusionado y afirma que era el único en uso en Roma. La misa romana había sufrido, así, su última modificación desde la época de Gregorio el Grande: una fusión parcial con elementos gálicos. Según Bäumer y Bishop la influencia gálica es más notable en las variaciones para el curso del año. Su teoría es que Gregorio le dio a la misa mayor uniformidad (desde los tiempos del sacramentario Leoniano) y la acercó un poco al modelo inmutable de las liturgias orientales. La variedad que apreciamos hoy día para los diferentes días y tiempos retornó posteriormente con los libros mixtos. También se aprecia cierta influencia gálica en muchas ceremonias dramáticas y simbólicas, ajenas al estilo purista del rito romano (Cfr. Bishop, “The Genius of the Roman Rite”). Tales ceremonias son la bendición de las velas, las cenizas, las palmas, gran parte del ritual de Semana Santa, etc.


Los “Ordines” romanos, de los cuales doce fueron publicados por Mabillon en su “Museum Italicum” (y luego otros, por De Rossi y Duchesne), son fuentes valiosas que complementan los sacramentarios. Se trata de descripciones del ceremonial, sin las oraciones (como el “Caeremoniale Episcoporum”) y van desde el siglo VIII al XIV o XV. El primero (siglo VIII) y segundo (basado en el anterior, con añadidos francos) son los más importantes (Cfr. LIBROS LITÚRGICOS). A partir de ellos y de los sacramentarios podemos reconstruir la misa de Roma de los siglos VIII y IX. Aún no se acostumbraba recitar oraciones preparatorias al pie del altar. El Papa, acompañado de gran número de acólitos, cantores, diáconos y subdiáconos, entraba al templo mientras se cantaba el salmo del introito. Después de una postración se cantaba el Kyrie eleison, con nueve invocaciones (como hoy día) (Cfr. KYRIE ELEISON). En las fiestas, enseguida se cantaba el Gloria (Cfr. GLORIA IN EXCELSIS). El Papa entonaba la oración del día (Cfr. COLECTA), a la que seguían dos o tres lecturas (Cfr. LECTURAS EN LA LITURGIA), entre las que se cantaban salmos (Cfr. GRADUAL). Habían desaparecido las oraciones de los fieles, dejando tras de si únicamente las palabras Oremus, como un fragmento de recuerdo. Mientras se cantaba el salmo del ofertorio la gente llevaba al altar sus ofrendas, donde eran recibidas y acomodadas por los diáconos. Se recitaba la secreta (la única oración de ofertorio en aquel entonces) una vez que el Papa se hubiese lavado sus manos. Seguían, como actualmente, el prefacio, el sanctus y el canon. Una referencia a los frutos de la tierra llevó a las palabras “per quem haec omnia”, etc. Luego venían la oración del Padre Nuestro, la fracción, acompañada de una ceremonia muy complicada, el beso de paz, el Agnus Dei (a partir del Papa Sergio, 687- 701), la comunión bajo las dos especies, durante la que se entonaba el salmo de comunión (Cfr. ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN), la oración de la post-comunión, la despedida (Cfr. ITE, MISSA EST) y la procesión de regreso a la sacristía (para una descripción más detallada, cfr. C. Atchley, "Ordo Romanus Primus", Londres, 1905; Duchesne, "Origines du Culte chrétien", VI).


Ya se ha explicado cómo este rito romano “mixto” gradualmente tomó el lugar del gálico (Cfr. LITURGIA). Por los siglos X y XI ya prácticamente la única misa en uso en Occidente era la romana. Posteriormente y en algunos momentos se hicieron algunas modificaciones a la misa, ninguna de ellas de trascendencia. La recitación del Credo de Nicea fue importada de Constantinopla. Se dice que en 1014 el emperador Enrique II (1002- 1024) convenció al Papa Benedicto VIII (1012- 1024) de incluir dicha acción depués del Evangelio (Berno of Reichenau, "De quibusdam rebus ad Missæ offic,pertin.", II). Ya se había estado usando así en España, Galia y Alemania. La totalidad del actual ritual y las oraciones que recita el celebrante en el ofertorio fueron importados de Francia alrededor del siglo XIII ("Ordo Rom. XIV", LIII, es el primer testimonio de ello. P. L., LXXVIII, 1163-4). Antes, las únicas oraciones del ofertorio eran las secretas (“Micrologus”, XI, en P.L. CLI, 984). Surgió una abundante variedad de ellas a lo largo de la Edad Media y hasta la revisión del misal en tiempos del Papa Pio V (1570). La costumbre de incensar a personas y objetos también es de origen gálico. Roma no adoptó tal costumbre hasta el siglo XI o XII (Micrologus, IX). Anteriormente el incienso se utilizaba exclusivamente durante las procesiones (la entrada y la procesión del Evangelio; cfr. C. Atchley, “Ordo Romanus Primus”, 17-18). Las tres oraciones que dice el sacerdote antes de su comunión son devociones privadas que fueron introduciéndose gradualmente en el texto oficial. Durando (siglo XIII, “Rationale”, IV, LIII) menciona la primera (por la paz); el Rito Sarum tiene, a su vez, oraciones dirigida a Dios Padre (“Deus Pater fons et origo totius bonitatis”: Dios Padre, fuente y origen de toda bondad. Ed. Bumtisland, 625). El Micrologus menciona solamente la segunda (Domine Iesu Christe, qui ex voluntate Patris: Señor Jesucristo, quien por la voluntad del Padre), pero añade que en este momento se recitaban también muchas otras oraciones privadas. También en ello hubo gran variedad durante la Edad Media hasta la publicación del misal de Pio V. Las últimas adiciones a la misa son sus actuales inicio y final. El salmo “Iudica me”, la confesión de los pecados y las otras oraciones que se dicen al pie del altar son parte de la preparación del celebrante, y antiguamente se recitaban en la sacristía junto con muchos otros salmos y oraciones. Tales oraciones constityen la “Preparatio ad Missam” del misal actual. Pero hasta que Pio V estableció la regla moderna que rige lo que se debe decir ante el altar, hubo gran variedad de formas. Todo lo que sigue al “Ite Missa est” también es agregado, parte de la acción de gracias, y no fue oficialmente admitido sino hasta Pio V.


Ya hemos dado cuenta, hasta aquí, de todos los elementos de la misa. El siguiente paso en el estudio de su desarrollo es observar el crecimiento de numerosas variedades del rito romano en el Medioevo. Estos rituales medievales (Paris, Ruán, Triers, Sarum y otros en Europa Occidental) pueden ser considerados como simples exuberancias locales del viejo rito romano. Lo mismo se aplica a las costumbres de varias órdenes religiosas (cartujos, dominicos, carmelitas, etc.). Ninguna de ellas merece siquiera ser entendida como rito derivado. Sus cambios no pasan de ser simples adiciones y amplificaciones adornadas, aunque en algunos casos, como la preparación dominica de las ofrendas antes de la misa, señalan hacia alguna influencia gálica. Las liturgias milanesa y mozárabe son asunto aparte. Ellas descienden de un rito genuinamente distinto- el gálico original- a pesar de haber sido ellas también romanizadas considerablemente (Cfr. LITURGIA).


Mientras tanto, la misa iba sufriendo otro tipo de cambios. Durante los primeros siglos era costumbre que varios sacerdotes concelebraran. De pie alrededor de su obispo, ellos se unían a sus oraciones y consagraban las ofrendas con él. Esto aún se usa en los ritos orientales. En Occidente dicha costumbre había casi desaparecido en el siglo XIII. Santo Tomás de Aquino (+ 1274) discute la cuestión “si varios sacerdotes pueden consagrar la misma hostia” (Summa Theologica, III, Q. LXXXII, a. 2). Su respuesta es, claro, que sí pueden, pero sólo menciona el caso de la misa de ordenación. Y de hecho (hasta el Concilio Vaticano II y la reforma litúrgica que lo acompañó, N.T.) sólo se concelebraba en esas ocasiones. Durante la ordenación de sacerdotes y obispos todos los orenados concelebran con el ordenante. En los demás casos, la concelebración fue reemplazada en la Edad Media con varias celebraciones privadas separadas y simultáneas. Indudablemente que la costumbre de ofrecer cada misa por una intención especial fue lo que propició ese cambio. La celebración separada y simultánea llevó a la construcción de muchos altares en cada templo y a la reducción del ritual a su mínima forma posible. Se evitó la participación del diácono y el subdiácono; el celebrante asumió las funciones de ellos junto con las suyas propias. Un acólito tomó la parte del coro y de todos los demás auxiliares; todo pasó a ser recitado en vez de cantado; se omitió la incensación y el ósculo de paz. Y con ello llegamos al conocido ritual de la Missa privata. Y esto, a su vez, influyó en la Missa solemnis, durante la cual el celebrante también comenzó a recitar todas las oraciones, aunque también pudiesen ser cantadas por el coro, el diácono o el subdiácono.


La costumbre de ofrecer cada misa por una intención especial llevó a los sacerdotes a celebrar diariamente. Claro que esto no se ha constituido en una norma constante. Por una parte, se escucha hablar de sacerdotes que decían varias misas al día, en contra de prohibiciones expresas de los concilios medievales. En el otro extremo, algunos sacerdotes demasiado piadosos no se atrevían a celebrar diariamente. Bossuet (+ 1704), por ejemplo, únicamente celebraba misa los domingos, las fiestas y todos los días de la Cuaresma o en aquellas ocasiones en que el misal indicara una misa especial. No existe ninguna obligación para que los sacerdotes celebren diariamente, aunque hoy es común que así lo hagan. El Concilio de Trento deseaba que los sacerdotes celebraran al menos los domingos y en las fiestas solemnes (Ses. XXIII, cap. XIV). (Las Nuevas Instituciones Generales del Misal Romano, del año 2000, indican que de ser posible los sacerdotes deben celebrar diariamente la misa, N.T.). La celebración sin asistencia de acólitos (Missa solitaria) ha sido continuamente prohibida, como por ejemplo, por el Concilio de Mainz en 813. Otro abuso era la missa bifaciata o trifaciata, en la cual el celebrante repetía varias veces la primera parte de la misa, del introito al prefacio, y después reunía todo en un solo canon, para dar satisfacción a varias solicitudes de intenciones. Tal práctica también fue prohibida por los concilios medievales (Durandus, “Rationale”, IV, I, 22). La missa sicca (misa seca) constituía una forma común de devoción en funerales o esponsales vespertinos, cuando no se podía celebrar una misa real. En ella, se seguía en todo el ritual excepto el ofertorio, la consagración y la comunión (Ibid. 23). La missa nautica y la missa venatoria también eran formas de misa seca, celebradas en alta mar durante alguna tormenta o en cacerías, cuando no se tenía suficiente tiempo. En algunos monasterios cada sacerdote estaba obligado a decir una misa seca después de la celebración de la misa real (la conventual). El Cardenal Bona (Rerum Liturg. Libro duo, I, XV) argumenta en contra de las misas secas. Afortunadamente desaparecieron después de la reforma de Pio V. La misa de los presantificados (missa praesantificatorum; leitourgia ton proegiasmenon) es una antigua costumbre descrita por el Segundo Concilio de Trulle, 692. Se trata de una celebración- no es una misa en sentido estricto- de comunión con hostias consagradas y reservadas en alguna misa anterior. Se acostumbra en la Iglesia Bizantina en los días de las semanas de Cuaresma (excepto sábados) y, en el rito romano, el Viernes santo.


Finalmente, llegó la uniformidad del rito romano y con ella la abolición de casi todas las variantes medievales. El Concilio de Trento consideró el asunto y nombró una comisión especial que preparara un misal uniforme. Ese misal fue publicado por Pio V por medio de la bula “Quo primum” el 14 de julio de 1570. Esa fue una de las últimas fases de la historia de la misa romana (El Concilio Vaticano II, con la promulgación el 4 de diciembre de 1963 del documento “Sacrosanctum Concilium”, originó una revisión del misal de Pio V, a la que siguió una serie de reformas al mismo que cristalizaron en el asi llamado “Misal de Paulo VI”, de 1969, y en sus últimas revisiones- a través de las “Institutio Generalis Missalis Romani” en 1975, todavía bajo Paulo VI, y en 2000, bajo el pontificado de Juan Pablo II, N.T.). El misal de Pio V fue utilizado en toda la Iglesia Latina, a excepción de los casos en los que él mismo autorizó alguna modificación, con prescripción en dos siglos. Estas excepciones salvaron las variantes utilizadas por algunas órdenes religiosas y algunos ritos locales y las liturgia mozárabe y milanesa. Clemente VIII (1604), Urbano VIII (1634) y León XIII (1884) revisaron ligeramente las rúbricas y la lecturas contenidas en el libro (Cfr. LIBROS LITÚRGICOS). Pio X revisó el canto litúrgico (1908). Pero dichas revisiones dejaron vigente el misal de Pio V. Desde la Edad Media ha habido un cambio incesante en el sentido de adiciones de misas propias de fiestas nuevas, y el misal cuenta ahora con un suplemento que no deja de crecer, si bien dichas adiciones no constituyen un cambio litúrgico propiamente dicho. Las nuevas misas se crean siguiendo estrictamente las líneas de las antiguas.


Veamos ahora la misa romana (según el Misal de Pio V, y al cual las reformas del Concilio Vaticano II sólo afectaron en aquello que se orienta más directamente al fomento de la participación comunitaria y activa de los fieles en la misa y a destacar la centralidad del Misterio Pascual,N.T.), que es sin comparación la más extendida e importante, y sin duda constituye, en muchos sentidos, la celebración eucarística más antigua de la cristiandad.

La Misa entre los siglos V y VII



Las cosas se empiezan a ver más claras al entrar el siglo V. Hay dos documentos de este período que nos aportan trozos bastante extensos de la misa romana. Inocencio I (401-417), en su carta a Decencio de Eugubio (alrededor del año 416; P.L. XX, 553), hace alusión a muchos detalles de la misa. Nos damos cuenta que ya se han hecho diversos cambios importantes: el beso de la paz se ha trasladado del inicio de la misa de los Fieles a un momento posterior a la consagración, la conmemoración de vivos y muertos se realiza en el canon, y ya no existen oraciones de los fieles antes del ofertorio (Cfr. CANON DE LA MISA). Retschel (Lehrbuch der Liturgik, I, 340-1) cree que la invocación del Espíritu Santo ya ha desaparecido de la misa. Inocencio no lo menciona, pero tenemos evidencia de ello posteriormente, bajo el pontificado de Gelasio I (492-496; Cfr. CANON DE LA MISA, especialmente Supplices te rogamus y EPICLESIS). Rietschel también piensa que había una razón dogmática detrás de esos cambios, para enfatizar el concepto de sacrificio. Sobre todo nos percatamos que en tiempos de Inocencio la oración de intercesión seguía a la consagración (Cfr. CANON DE LA MISA). El autor del tratado “De sacramentis” (equivocadamente atribuido a san Ambrosio, en P.L. XVI, 418 ss.) comienza diciendo que va a explicar la costumbre romana y para ello describe una gran parte del canon (el texto correspondiente aparece en CANON DE LA MISA, II).A partir de ese documento podemos reconstruir el siguiente esquema: la misa de los catecúmenos continúa siendo distinta de la de los fieles, al menos en teoría. El pueblo canta “Introibo ad altare Dei” al tiempo que el celebrante y sus ayudantes se acercan al altar (introito). Luego siguen lecturas de la Escritura, cantos (graduales) y el sermón (misa de los catecúmenos). La gente aún hacía ofrendas de pan y vino. Continúa el prefacio, el sanctus (laus Deo defertur: se hace alabanza a Dios), la oración de intercesión (oratione petitur pro populo, pro regibus, pro ceteris: se hace oración por el pueblo, por los gobernantes, por los demás ) y la consagración con las palabras de la institución (ut conficitur venerabilis sacramentum... utitur sermonibus Christi: para realizar el venerable sacramento su usan las palabras de Cristo). Desde ese momento se cita el texto del canon. Luego sigue la anamnesis (Ergo memores...) y, anexa a ella, la oración de oblación (offerimus tibi hanc immaculatam hostiam...), o sea, prácticamente nuestra oración de “Supra quae..” y la comunión bajo la forma “Corpus Christi” y su respuesta “Amen”, durante la cual se entona el salmo 22. Al final se recita la oración del Padre Nuestro.


En el “De sacramentis”, pues, la intercesión aparece antes de la consagración, mientras que en la carta de Inocencio es descrita como posterior a ella. Esta transposición puede considerarse como una de las características más importantes del desarrollo de la misa. El “Liber pontificalis” (ed. Duchesne, Paris, 1886-92) contiene varias afirmaciones acerca de los cambios y adiciones que algunos papas hicieron en la misa. Por ejemplo, León I (440-461) añadió las palabras “sanctum sacrificium, immaculatam hostiam” a la oración “Supra quae”; Sergio I (687-701) introdujo el Agnus Dei, etc. Tales afirmaciones, sin embargo, deben aceptarse con cautela, pues el libro aún requiere un examen crítico. En el caso del Agnus Dei la afirmación provoca suspicacias porque también se encuentra en el sacramentario Gregoriano (cuya fecha también está en duda). Una tradición muy antigua parece reconocer gran influencia de Gelasio I (492- 496) en la misa. Genadio (De Viribus Illustribus, XCIV) dice de él que escribió un sacramentario, el Liber Pontificalis habla de su trabajo litúrgico y debe haber una poderosa razón para explicar que su nombre se vincule con el famoso sacramentario Gelasiano. Pero aún falta saber exactamente qué fue lo que hizo Gelasio.


Llegamos al fin de una época con el pontificado de san Gregorio I (590-604). Gregorio prácticamente conoció la misa que conocemos ahora. De entonces para acá, ha habido, claro, modificaciones y adiciones, pero nada comparable a la casi total reestructura del canon que fue realizada antes de él. En lo que concierne al canon, al menos, se puede afirmar que Gregorio le dio los últimos toques. Su biógrafo, el Diácono Juan, dice que él “reunió el sacramentario de Gelasio en un solo libro, dejando fuera muchas cosas, haciendo pocos cambios, añadiendo algunas cosas a la exposición de los Evangelios” (Vita Sancti Gregorii, II, XVII). Reubicó el Padre Nuestro del fin de la misa a su lugar actual antes de la comunión, como él mismo confiesa en su carta a Juan de Siracusa: “Decimos la Oración del Señor. Inmediatamente después del canon [max post precem]... Me parecía inconveniente que sobre la oblación tuvieramos que decir el canon [prex], compuesto por algún estudioso desconocido [quem scholasticus compusuerat], y que sobre su cuerpo y sangre no dijeramos la oración que nos fue dejada por nuestro mismísimo Redentor “ (P.L. LXXVII, 956). A él también se le atribuye la adición: “diesque nostros”, etc. al “Hanc igitur” (Ibid. ; Cfr. CANON DE LA MISA). Benedicto XIV dice que “ningún papa ha modificado el canon desde san Gregorio” (De S. Missae sacrificio, p. 162). Ha habido un cambio importante desde entonces: el amalgamamiento del antiguo rito romano con las características gálicas, pero eso apenas afecta al canon. Se puede afirmar que si un católico moderno de rito latino fuese transportado a la Roma de los albores del siglo VII- aunque definitivamente sí percibiría la ausencia de algunos detalles a los que está acostumbrado- se sentiría como en casa con el rito que allí vería.


Esto nos conduce a la siguiente pregunta: ¿Cuándo y cómo se dio el cambio de la liturgia romana de tiempos de Justino Mártir a la de los tiempos de Gregorio I? El cambio es radical, especialmente en lo concerniente a la parte más importante de la misa, el canon. Las modificaciones de la parte primera, el menor número de lecturas, la omisión de algunas oraciones a favor de los catecúmenos y la despedida de éstos, de las oraciones de los fieles antes del ofertorio y algunas cosas más, pueden ser fácilmente explicadas como resultado de la característica tendencia romana a abreviar el ritos y excluir lo superfluo. También se ha hablado ya de la influencia del calendario. Pero queda por solucionar la gran cuestión del orden del canon. Todos admiten que las oraciones que configuran el canon son una dificultad cardinal. Los intentos anteriores por justificar el actual orden de cosas a base de razones simbólicas o místicas han tenido que ser abandonados por irrelevantes. El canon romano actual reviste características que lo hacen un problema difícil. Difiere fundamentalmente de las anáforas de todos los ritos orientales y del canon gálico. Mientras que en la familia antioquena de liturgias (incluyendo la gala) la gran intercesión sigue a la consagración, la cual a su vez sigue al sanctus, y en la categoría alejandrina la intercesión se recita durante lo que podríamos llamar el prefacio anterior al sanctus, en el rito romano la intercesión está dispersa a lo largo del canon; parte antes y parte después de la consagración. Podemos añadir aún otra dificultad: la omisión en Roma de cualquier tipo de invocación al Espíritu Santo (Epiklesis). Paul Drews ha tratado de resolver esa cuestión. Su teoría consiste en que la misa romana, comenzando con el rito primitivo, más indefinido (prácticamente, el de las Constituciones Apostólicas), al principio siguió el desarrollo de Jerusalén-Antioquía, y durante cierto tiempo fue semejante a la liturgia de Santiago. Posteriormente fue reconstruido y asemejado al de Alejandría. Tal cambio se debió probablemente a Gelasio I bajo la influencia de su huésped, Juan Talaia de Alejandría. Esta teoría está detalladamente explicada en el artículo CANON DE LA MISA. Sólo podemos añadir a lo dicho hasta aquí que dicha teoría ha recibido el apoyo de F.X. Funck (quien, al principio, se opuso a ella. Cfr. “Histor. Jahrbuch der Görresgesellschaft", 1903, pp. 62, 283, pero también "Kirchengesch. Abhandlungen", III, Paderborn, 1907, pp. 85-134, en la que él no admite abiertamente que ha cambiado de opinión). Consúltese las obras de A. Baumstark ("Liturgia romana e Liturgia dell' Esarcato", Roma, 1904), y G. Rauschen ("Eucharistie und Bussakrament", Friburgo, 1908, p. 86). También se han planteado otras teorías. Baumstark no está de acuerdo con Drews en los detalles. Él concibe el canon original (op. cit.) como consistiendo de un prefacio en el que se dan gracias a Dios por los beneficios de la creación; el sanctus interrumpe las oraciones, que se reinician de inmediato (Vere sanctus) con otra oración (ahora desaparecida) que agradece a Dios la redención y con ello se llega a la institución (Pridie autem quam pateretur...). Enseguida están la Anamnesis (Unde et memores...), el “Supra quae”, el “Te igitur”, al que se une una Epiklesis después de las palabras “haec sancta sacrificia illibata”. Sigue la intercesión (In primis quae tibi offerimus...), “Memento vivorum”, “Communicantes”, “Memento defunctorum”, (Nos quoque peccatores...intra sanctorum tuorum consortium non aestimator meriti sed veniae quaesumus largitor admitte, per Christum Dominum nostrum).


Según Baumstark, ese orden fue trastocado con la inserción de nuevos elementos como “Hanc igitur”, “Quam oblationem”, “Supra quae” y “Supplices” y la lista de santos en el “Nobis quoque”. Todas esas oraciones son hasta cierto punto duplicados de lo que ya estaba contenido en el canon. Representan una influencia combinada de Antioquía y Alejandría, que arribó a Roma a través de Aquilea y Rávena, donde alguna vez hubo un rito del tipo alejandrino. San León I fue quien comenzó a hacer esos cambios. Gregorio I le dio fin al proceso y le dio al canon la forma que aún tiene. Se verá que la teoría de Baumstark concuerda con la de Drews en lo principal: que en Roma toda la intercesión seguía al canon. Dom Cagin (Paléographie musicale, V, 80 ss.) propone un teoría totalmente distinta. Hasta aquí se ha reconocido que los ritos romano y gálico pertenecen a dos clases distintas: el gálico se acerca mucho al antioqueno, mientras que no se conoce bien el origen del romano. La idea de Cagin es que todo debe ser invertido; que el rito gálico no tiene relación alguna con el de Antioquía o con la liturgia oriental; que su origen también está en Roma. Fue la misma Roma la que modificó esta forma más primitiva en algún momento entre los siglos VI y VII. Antes de eso, el orden romano era: secretas, prefacio, sanctus, “Te igitur”. Después, “Hanc igitur”, “Quam oblationem”, “Qui pridie” (estas tres oraciones corresponden al post-sanctus gálico). Luego seguía un grupo como el “Post Pridie” gálico: “Unde et memores”, “Offerimus praeclarae”, “Supra quae”, “Supplices”, “Per eundem Christum”, “Per quem omnia” y la fracción. Enseguida venía el Padre Nuestro con su embolismo, del que formaba parte el “Nobis quoque”. Los dos mementos tenían lugar antes del prefacio. Dom Cagin definitivamente ha señalado varios puntos en los que Roma y la Galia (los ritos occidentales) forman la contraparte de los orientales. Dichos puntos son los cambios causados por el calendario, la introducción de la institución con las palabras “Qui pridie (el cual, la víspera)”, que en las liturgias orientales toman la forma “En la noche en que iba a ser entregado”. Además, el momento del ósculo de paz (en la Galia era antes del prefacio) no puede ser considerado como una diferencia entre esa región y Roma, pues en Roma también se situaba allí originalmente. Los dípticos gálicos van antes del prefacio, pero nadie sabe a ciencia cierta en qué momento se recitaban originalmente en Roma. Cagin los ubica en el mismo lugar de la primitiva misa romana. Su teoría puede ser estudiada a detalle en “Origines liturgiques” (pp 253-264), de Dom Cabrol. Monseñor Duchesne ha atacado dicha teoría con vigor, y con algún efecto, en la “Revue d’histoire el de literarture ecclésiatiques” (pp. 31 ss., 1900). Edmund Bishop critica las hipótesis alemanas (Drews, Baumstark, etc.) e insinúa en términos generales que el agrupar las liturgias debe ser reconsiderado sobre una nueva base, la de la forma de las palabras de la institución (Appendice de "Liturgical Homilies of Narsai" de Dom R. Connolly en "Cambridge Texts and Studies", VIII, I, 1909). Lamentablemente, ese autor nunca dejó en claro cuál era su posición; se contentó con criticar negativamente. El otro gran asunto, el de la desaparición de la epiklesis romana, no puede ser examinado aquí (Cfr. CANON DE LA MISA y EPICLESIS). A lo dicho hasta aquí sólo añadiremos que cada vez se afirma más la posición de que existía una invocación a la Segunda Persona de la Trinidad, una epiklesis del Logos, antes que hubiera una del Espíritu santo. La anáfora de Serapión (Egipto, siglo IV) exclusivamente contiene una epíclesis del Logos (en Funk, "Didascalia", II, Paderborn, 1905, pp. 174-6). Bishop, en el apéndice citado renglones arriba, piensa que la invocación al Espíritu Santo no surgió hasta mucho después- Cirilo de Jerusalén, alrededor del año 350, es el primer testigo de ello- y que Roma nunca lo tuvo; que su única eplíclesis era el “Quam oblationem” antes de las palabras de la institución. Una vez más, esto parece ser lo que evidencia la carta de Gelasio I (citada en CANON DE LA MISA, “Supplices te rogamus”).


La conclusión del presente párrafo es que la oración eucarística de Roma fue modificada y reconstruida substancialmente en algún momento entre los siglos IV, VI y VII. En ese mismo período desaparecieron las oraciones de los fieles antes del ofertorio, el ósculo de paz fue reubicado después de la consagración y la epíclesis fue omitida o recortada en lo que ahora tenemos como la oración del “Supplices”. De las varias teorías utilizadas para explicar eso sólo parece razonable afirmar con Rauschen: “Si bien no hay una decisión final al respecto, todo parece favorecer la teoría de Drews por contener tantos argumentos de peso. Debemos admitir que entre los años 400 y 500 el canon romano sufrió una gran transformación”. (Euch. U. Bussakar., 86)