miércoles, 28 de enero de 2026

Diferencia entre Signo y Símbolo en la Teología de los Sacramentos



Hablar de signo y símbolo en teología no es un ejercicio semántico; es una toma de posición sobre cómo Dios se comunica. Quien confunde ambos términos termina, sin notarlo, empobreciendo la sacramentalidad cristiana o diluyéndola en psicología religiosa.


Comencemos con una distinción filosófica básica.


El signo es aquello que remite a otra cosa distinta de sí. Su función es indicar. La flecha señala una dirección; la palabra “agua” no moja. El signo es instrumental: cumple su función y puede ser reemplazado sin pérdida ontológica. En términos clásicos, el signo aliud stat pro alio: está en lugar de otro.


El símbolo, en cambio, no solo remite: participa. Viene del symbolon griego, la pieza partida que solo adquiere sentido al reunirse con su otra mitad. El símbolo contiene lo que manifiesta. No informa solamente; implica y convoca. No se agota en su función.


Este contraste se vuelve decisivo en teología.


En el pensamiento bíblico y patrístico temprano, Dios no se comunica mediante signos neutros, sino mediante símbolos eficaces. El agua bautismal no “representa” limpieza: purifica. El pan eucarístico no “recuerda” el cuerpo de Cristo como una señal convencional: lo hace presente. Aquí el símbolo no es decorativo ni pedagógico; es evento.


San Agustín es clave porque introduce una precisión que marcará a Occidente. Define el sacramento como signum rei sacrae. Pero atención: para Agustín el signo sacramental no es un simple indicador. Es un signo que contiene y comunica la realidad que significa. Por eso habla de signum et res. El lenguaje es de signo; la ontología es simbólica.


Aquí aparece el error recurrente de la modernidad: reducir el símbolo a lo subjetivo y el signo a lo objetivo. En teología ocurre lo contrario. El símbolo es más real que el signo, porque participa del orden de la encarnación. Dios no señala desde fuera: entra en la materia.


El signo pertenece al orden de la información. El símbolo pertenece al orden de la presencia.


En la teología sacramental, decir que el sacramento es “solo un símbolo” es una forma elegante de negarlo. El cristianismo no es simbólico en sentido débil; es sacramental en sentido fuerte. El símbolo cristiano no apunta a otra cosa ausente: hace presente una realidad que actúa.


Por eso Oriente prefiere hablar de mysterion. No pregunta qué significa el rito, sino qué acontece en él. Occidente, más analítico, habla de signo eficaz. Ambos enfoques convergen: el sacramento es un signo que actúa simbólicamente, o un símbolo que se expresa visiblemente.


Conclusión:

El signo explica.

El símbolo transforma.


Y la teología cristiana, si quiere ser fiel a la encarnación, no puede contentarse con explicar a Dios; debe atreverse a afirmar que Dios se da realmente en signos que son, a la vez, símbolos vivos.

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