Tertuliano es decisivo porque introduce el vocabulario y el giro conceptual que marcarán a Occidente durante siglos. No sistematiza los sacramentos —eso vendrá después—, pero fija las intuiciones fuertes.
Tertuliano entiende sacramentum en sentido romano: juramento sagrado, compromiso irrevocable que liga al creyente con Cristo y con la Iglesia. No parte del esquema griego mysterion como “realidad escondida”, sino de una lealtad sellada.
Esto se concreta así:
Tertuliano llama sacramentum al Bautismo de manera explícita. Es el sacramento por excelencia. En De baptismo afirma que el agua no es mágica, pero Dios actúa a través del signo. El bautizado queda marcado por un compromiso público, casi militar: quien entra en el agua jura fidelidad a Cristo y rompe con el mundo antiguo.
Para él, el sacramento es signo visible y acción real, aunque todavía sin el lenguaje técnico posterior. El agua lava, pero sobre todo consagra. No simboliza solamente: opera porque Dios ha querido actuar ahí.
Aplica el término sacramentum también a la Eucaristía, aunque con menos precisión doctrinal. Habla del sacramentum corporis Christi. Defiende con fuerza la realidad del cuerpo de Cristo frente al docetismo, aunque mantiene un lenguaje simbólico robusto: el signo no anula la realidad, la comunica.
Introduce una idea clave: el sacramento implica disciplina moral. No hay sacramento sin coherencia de vida. En De paenitentia y De pudicitia insiste en que los sacramentos no son un seguro automático. El juramento puede traicionarse.
Aquí aparece su rasgo más áspero: Tertuliano subraya el carácter serio, exigente y peligroso del sacramento. Quien lo recibe y peca gravemente profanó un juramento sagrado. Esta severidad marcará la teología latina durante siglos.
En síntesis clara y sin eufemismos:
Para Tertuliano, los sacramentos no son “ritos consoladores”, sino actos de alianza, sellos visibles de una pertenencia radical. Son eficaces porque Dios actúa en ellos, pero comprometen. El sacramento salva, sí, pero también juzga.
Aquí está el germen del sacramento occidental: menos iniciación mistérica, más responsabilidad histórica. Un cristianismo sin romanticismo litúrgico y con consecuencias reales.
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