sábado, 14 de febrero de 2026

Los Profetas Mayores



Los profetas no son adivinos de feria; son conciencia crítica de Israel en crisis histórica. Cada uno habla desde una catástrofe distinta. Sin contexto político, no se entienden.

Voy por partes, cronológicamente.


ISAÍAS

Aquí hay que hablar con rigor: el libro no es obra de un solo autor. La investigación histórico-crítica distingue al menos tres grandes estratos:

Proto-Isaías (caps. 1–39), siglo VIII a.C., en tiempos de la amenaza asiria.

Deutero-Isaías (40–55), durante el exilio en Babilonia, siglo VI a.C.

Trito-Isaías (56–66), etapa postexílica.

El Isaías histórico predica en Jerusalén durante la expansión del imperio asirio. Su tema central es la santidad de Dios y la confianza radical en YHWH frente a las alianzas políticas. El episodio de la vocación (Is 6) marca la teología del libro: Dios es tres veces santo, trascendente, pero interviene en la historia.

Deutero-Isaías introduce algo revolucionario: el monoteísmo explícito. “Yo soy y no hay otro”. Aquí aparecen los famosos “Cánticos del Siervo”, que la tradición cristiana aplicará a Jesús. En su contexto original, el Siervo probablemente representa a Israel sufriente o a una figura profética colectiva. La exégesis responsable distingue el sentido histórico del sentido teológico posterior.

Trito-Isaías refleja la desilusión del retorno del exilio. No todo fue gloria. Surgen tensiones sociales. El culto vacío vuelve a ser denunciado.

Tema estructural: juicio y esperanza. Dios castiga, pero no abandona. La historia no es absurda; es pedagógica.


JEREMÍAS

Profeta del colapso. Finales del siglo VII y comienzos del VI a.C. Vive la destrucción de Jerusalén por Babilonia (586 a.C.). Si Isaías es majestuoso, Jeremías es visceral.

El libro combina oráculos, narraciones biográficas y material redactado por su secretario Baruc. Aquí aparece con fuerza la dimensión interior de la fe. Jeremías habla de la “nueva alianza” escrita en el corazón (Jer 31,31–34). Es una teología de interiorización.

Es el profeta del fracaso político. Denuncia la falsa seguridad del Templo (“Templo del Señor, Templo del Señor”). Para él, el culto sin justicia es fraude religioso.

Teológicamente es clave porque introduce la idea de responsabilidad personal más marcada. El sufrimiento no siempre es castigo mecánico; es consecuencia histórica y también misterio.


EZEQUIEL

Sacerdote deportado a Babilonia en 597 a.C. Es contemporáneo del exilio.

Si Jeremías es fuego interior, Ezequiel es simbolismo visionario. Sus visiones son casi apocalípticas: la carroza divina (cap. 1), los huesos secos (cap. 37), el nuevo templo (caps. 40–48).

Tema central: la gloria de Dios abandona el Templo antes de su destrucción. Esto es teológicamente explosivo. Dios no está prisionero de un edificio. La presencia divina es móvil.

Ezequiel desarrolla la responsabilidad individual con mayor claridad que antes: “El hijo no cargará con la culpa del padre”. Aquí se rompe definitivamente con la lógica puramente colectiva.

La visión de los huesos secos no es inicialmente “resurrección individual” sino restauración nacional. Israel parecía muerto; Dios puede reanimarlo.

Ezequiel prepara el terreno para una espiritualidad sin Templo, fundamental para el judaísmo posterior.


LAMENTACIONES

Según la tradición, Jeremías sería el autor de este libro que se compone de cuatro elegías, mezcladas con plegarias a Yahveh y confesión de los pecados, y una oración comunitaria por Jerusalén tras su destrucción por los babilonios.

Los lamentos fueron escritos por un testigo ocular que expresa su sentimiento personal así como la reflexión que le lleva a dar a los hechos un sentido teológico: La destrucción de Judá es consecuencia de la ira de Yahaveh a causa de los pecados del pueblo, siendo los principales responsables los sacerdotes y los profetas cultuales. Indica, como medios para superar la crisis de fe, la oración y el arrepentimiento.


BARUC

Baruc fue secretario y compañero de Jeremías, aunque el libro que lleva su nombre no le pertenece. Su composición se debe a varios autores y no es anterior al año 300 aC. El autor se sirve de la historia del Exilio para señalar a la diáspora helenista el camino de la salvación y darle confianza en ella.


DANIEL

Aquí cambia el género literario. Daniel no es profecía clásica, sino literatura apocalíptica. Fue redactado en el siglo II a.C., durante la persecución de Antíoco IV Epífanes.

Aunque ambientado en el exilio babilónico, el contexto real es la crisis macabea. La apocalíptica surge cuando la historia parece cerrada y la injusticia triunfa.

Características:

– Uso de visiones simbólicas (bestias que representan imperios).

– Intervención decisiva de Dios al final de la historia.

– Aparición de la figura del “Hijo del Hombre” (Dan 7), que luego será clave en el cristianismo.

– Desarrollo explícito de la resurrección individual (Dan 12,2), uno de los textos más claros del Antiguo Testamento sobre vida futura.

Daniel introduce una novedad: la historia universal está bajo soberanía divina, aunque los imperios parezcan invencibles. La esperanza ya no es solo nacional; es cósmica.


Visión de conjunto

Isaías proclama la santidad y la universalidad de Dios.

Jeremías interioriza la alianza.

Ezequiel desacraliza el espacio y enfatiza la responsabilidad personal.

Daniel proyecta la esperanza hacia el final de la historia.

Cuatro momentos de una misma crisis: ¿Cómo creer cuando el mundo se derrumba?

La respuesta evoluciona. Desde el juicio histórico hasta la escatología cósmica.

Si se leen juntos, muestran algo fascinante: la teología bíblica no cae del cielo completa. Se desarrolla bajo presión histórica. La revelación no flota fuera del tiempo; dialoga con imperios, derrotas y exilios.

Y eso vuelve el texto más humano… y más inquietante.

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