sábado, 14 de febrero de 2026

La Biblia como parte de la Revelación



La Revelación es el acto por el cual Dios se da a conocer en la historia, culminando en Cristo. El libro viene después.

La afirmación clásica es clara: la plenitud de la Revelación es una Persona, no un texto.

Entonces, ¿Por qué la Biblia es parte constitutiva de esa Revelación?

Primero: La revelación es el acontecimiento.

Segundo: La Escritura es el testimonio normativo de ese acontecimiento.

La Iglesia sostiene que Dios actuó en la historia de Israel y en Jesucristo. Esos eventos fueron transmitidos oralmente, celebrados litúrgicamente, interpretados comunitariamente y, finalmente, consignados por escrito bajo inspiración divina. A ese proceso lo llamamos Tradición apostólica.

Aquí entra el concepto técnico: inspiración. No significa dictado mecánico. Significa que Dios es autor principal y el escritor humano autor verdadero. Hay cooperación, no anulación. El texto tiene historia, géneros literarios, redacción, evolución teológica. La gracia no elimina la cultura.

¿Por qué la Biblia pertenece a la Revelación?

Porque la Iglesia afirma que esos escritos están vinculados de modo único al acontecimiento revelador y garantizados por la acción del Espíritu Santo.

Ahora el punto crucial: la Iglesia no cree que la Biblia sea la Revelación aislada. Afirma que Escritura y Tradición forman un único depósito. Esto fue definido de manera clara en el Concilio de Trento frente a la Reforma, y desarrollado con mayor profundidad en el Concilio Vaticano II, especialmente en la constitución Dei Verbum.

El argumento teológico es lógico:

Cristo no escribió nada.

Fundó una comunidad.

Esa comunidad predicó antes de escribir.

La Iglesia discernió qué escritos eran auténticamente apostólicos.

El canon no cayó del cielo. Fue reconocido progresivamente por la Iglesia bajo la guía del Espíritu.

Esto implica algo delicado: la Biblia es Palabra de Dios porque pertenece al acontecimiento revelador custodiado por la Iglesia. No es autónoma frente a la comunidad que la reconoce como inspirada.

Teológicamente, la Escritura es normativa porque:

– Testimonia de manera privilegiada la economía salvífica.

– Es regla de fe.

– Está inspirada.

– Ha sido recibida universalmente en la Iglesia.

Hay una razón cristológica más profunda.

Si Dios se encarna, entonces lo histórico y lo material pueden ser vehículo real de lo divino. La Escritura es una prolongación analógica de la Encarnación: palabra divina expresada en lenguaje humano. Es una especie de “kénosis textual”. Dios acepta límites lingüísticos.

Desde una perspectiva estrictamente dogmática, negar la inspiración sería negar que Dios pueda actuar en la historia concreta del lenguaje.

Ahora bien, cuidado con el fundamentalismo. La Iglesia no sostiene que la Biblia sea un manual científico ni una crónica moderna. Afirma que enseña “sin error la verdad que Dios quiso consignar para nuestra salvación”. Esa cláusula es decisiva. El objetivo es soteriológico, no cosmológico.

En síntesis conceptual:

La Revelación es Cristo.

La Tradición es la transmisión viva de esa Revelación.

La Escritura es el testimonio inspirado y normativo dentro de esa Tradición.

La Biblia no es parte de la Revelación como objeto aislado, sino como forma escrita del único acontecimiento revelador.

Y aquí aparece la pregunta interesante: si la Revelación culmina en Cristo, ¿Qué significa decir que está “cerrada”? La Iglesia sostiene que no habrá una nueva revelación pública después de los apóstoles. Lo que continúa no es nueva Revelación, sino comprensión más profunda.

Eso abre un terreno fascinante sobre desarrollo doctrinal, hermenéutica y autoridad magisterial. Ahí la discusión se vuelve verdaderamente filosófica.


El Catecismo de la Iglesia Católica trata la Sagrada Escritura principalmente en los números 101–141. Ahí expone su naturaleza, inspiración, verdad, interpretación y relación con la Tradición.


Primero: origen divino.

El Catecismo afirma que Dios es el autor de la Escritura porque inspiró a los autores humanos. La fórmula clásica es clara: Dios actúa en ellos y por ellos, respetando sus facultades. No es dictado mecánico; es cooperación. Esto se fundamenta en 2 Tim 3,16 y en la constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II.


Segundo: verdad.

La Escritura enseña “sin error la verdad que Dios quiso consignar para nuestra salvación” (CEC 107). Observa la delimitación: la verdad está orientada a la salvación. El Catecismo no afirma inerrancia científica ni literalismo absoluto. La intención salvífica es el criterio.


Tercero: interpretación.

El Catecismo insiste en tres criterios:


Leer la Escritura en la unidad de toda la Biblia.

Leerla en la Tradición viva de la Iglesia.

Atender a la analogía de la fe (coherencia interna de las verdades reveladas).

Aquí se introduce la clásica distinción de sentidos:

– Sentido literal: lo que el autor humano quiso expresar.

– Sentido espiritual, que se subdivide en alegórico, moral y anagógico.

Esto no es arbitrariedad mística; es una hermenéutica desarrollada desde los Padres.


Cuarto: relación Escritura–Tradición.

El Catecismo afirma que ambas “brotan de la misma fuente divina” y forman un único depósito de la fe (CEC 80–82). La Iglesia no deriva la certeza de la Revelación sólo de la Escritura. Esta afirmación responde históricamente al debate con la Reforma y fue definida en el Concilio de Trento.


Quinto: canon.

El Catecismo enumera los 73 libros reconocidos por la Iglesia Católica, incluyendo los llamados deuterocanónicos. El criterio de canonicidad es eclesial: la Iglesia, bajo el Espíritu, reconoce los libros inspirados.


Sexto: centralidad cristológica.

Una frase clave del Catecismo: “Cristo es el centro de toda la Escritura”. El Antiguo Testamento se entiende a la luz del Nuevo, y el Nuevo presupone el Antiguo. Unidad sin confusión.


Séptimo: dimensión eclesial y litúrgica.

La Escritura no es sólo objeto de estudio académico. Es proclamada en la liturgia, es norma de predicación y alimento espiritual. El Catecismo retoma la expresión patrística: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo” (san Jerónimo).


En síntesis doctrinal:

– Inspirada por Dios.

– Verdadera en orden a la salvación.

– Interpretada en la Iglesia.

– Unida inseparablemente a la Tradición.

– Centrada en Cristo.


El Catecismo no propone una bibliolatría. Propone una teología de la Palabra encarnada en la historia y custodiada por la Iglesia.

Y aquí aparece el desafío hermenéutico contemporáneo: cómo articular el método histórico-crítico con la lectura creyente sin caer ni en el positivismo reductivo ni en el fundamentalismo ingenuo. Ese equilibrio es uno de los grandes debates teológicos actuales.

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