jueves, 2 de febrero de 2017

Problemas que atentan contra la esperanza en el matrimonio / Ronald Rivera



Problemas que atentan contra la esperanza
 En el matrimonio

El olvido de los intereses comunes

            “¡Oh, ya está bien con tu diploma!”
            “No me cuentes nada de tu jefe”
            “Las mujeres lloronas le vuelven a uno loco”
            “¿Ir a la cama contigo? Estoy demasiado cansada”
            “Oye, no vuelvas a meter las manos en mis papeles. No entiendes nada”
            “Tú haces los hijos y yo me encargo de mi profesión, Con eso basta.”

            El doctor Edward Kaufmann, abogado americano especialista en causas de divorcio, preparó diagramas en los que podía leer cómo se encontraban las parejas de los jóvenes que querían divorciarse respecto a sus intereses comunes. Pudo advertir que la falta de intereses comunes era la más elemental, la más frecuente y la más específica de las causas de divorcio para la mayor parte de matrimonios arruinados.

            Para el éxito y la subsistencia de un matrimonio son de importancia decisiva la creación, mantenimiento y profundización de seis especies de intereses:

  1. La comunidad de intereses espirituales.
  2. La comunidad de intereses profesionales.
  3. La cooperación en aquello que el cónyuge vive y sufre en su vida sentimental.
  4. La intimidad sexual.
  5. La comunión económica.
  6. El interés común por los hijos.
            Los intereses comunes son el fundamento de cualquier diálogo en el matrimonio. Con razón es definido el matrimonio como un diálogo perenne, y se recomienda elegir como cónyuge a aquella persona con la que mejor se pueda prolongar el diálogo.

            Cualquier mujer puede adquirir conocimientos sobre la profesión de su marido. Cualquier marido puede “ocuparse” de los hijos. En cambio, la falta de intereses tiene que ver con la falta d estima hacia el propio cónyuge. La ausencia de intereses atrofia los puntos en común. La esperanza languidece…

La falta de puntualidad

            “Bueno, a las ocho en el metro, amor mío; sé puntual, por favor”, dice el marido cuando se va a la oficina por la mañana. A las ocho y media, una vez más, su mujer no ha llegado aún según lo acordado.  Él comienza a preocuparse ¿Le habrá sucedido algo? A cierto punto, llega, con una sonrisa, la mujer presenta todas las excusas que se ofrecen en tales casos: el paraguas no aparecía, una visita que ha tenido que atender a última hora…

            En tales faltas de puntualidad, especialmente si se repiten constantemente, se manifiesta desinterés. Un desinterés del cónyuge y una falta de realismo. El marido esperará cierto tiempo, pero luego comprenderá que la falta de puntualidad de su mujer es una especie de capricho o de poco interés. Él se preguntará: “¿Tendré que ser siempre el que espera?” Un día abandonará irritado el lugar de la cita y se alegrará de la desilusión que experimentará su mujer al no encontrarlo. O bien, en adelante no volverá a aceptar ninguna clase de citas. Volverá a casa cada tarde y, en lugar de los breves momentos de felices atardeceres, se establecerá la monotonía. O quizá llegue dar cita a su propia secretaria en otra ocasión, que casualmente es puntual.

La lentitud

            “Antes de acostarnos vamos a dar un paseo en el parque”, propone el marido a la mujer. “Ven tal como estás.” La mujer en cambio muestra lentitud en aceptar la propuesta, dura una eternidad limpiando los zapatos…. Mientras, el marido se le ha pasado las ganas de dar el paseo. Los zapatos limpios no logran compensarlo de la larga espera. La próxima vez dará el paseo sólo, o bien no saldrá de casa.

La falta de un plan

            Las vacaciones están cerca. La joven pareja tiene la posibilidad de hacer un viaje. El autobús sale a las cuatro de la tarde. Cuando el marido llega a casa a mediodía encuentra la casa patas arriba. Todas las puertas del apartamento y los cajones de la cómoda abiertos. Hay ropa encima de todas las sillas. El marido tropieza con las maletas, los libros, las raquetas de tenis esparcidas por todas partes. “¿Qué has hecho en toda la mañana?”, pregunta cortésmente.

            Y la mujer responde furiosa: “¿Qué qué he hecho? Estoy trabajando desde el amanecer, y tú apenas llegas, me haces preguntas idiotas. ¡Oh! Se queman las arepas…”

            Muchas parejas pierden las mejores vacaciones de su vida porque no son capaces de hacer proyectos y prepararse metódicamente.

Sofocar la vida matrimonial a base de compromisos

            “Mira, esta tarde dan “La Bohème” por televisión. Me gusta. Sabes por qué, ¿Verdad? Fue la primera película que vimos juntos…”, exclama la mujer.

            “Oh, lo siento; esta tarde no puedo ver televisión. ¿No te he dicho que había invitado a nuestra casa a unos compañeros de trabajo?”

            “No, no me has dicho nada.”

            Citas, compromisos… Si se va más allá de ellos, generalmente llega a descubrirse la angustia de ciertos cónyuges que no logran hacer nada solos o en compañía del otro cónyuge, la angustia de no tener nada que decirse a sí mismos. Este vacío viene camuflado con una activa vida mundana. Con tal perspectiva no hay posibilidad alguna de que la vida matrimonial vuelva a florecer. El resultado son las relaciones extramatrimoniales y el amor junto al matrimonio. Cada nuevo brote de vida es sofocado por los compromisos.

Quejarse

            “Esa comida está desabrida”
            “La ropa siempre está arrugada”
            “La cocina siempre llena de platos sucios”

            Semejantes lamentaciones se les oye decir más de un marido apenas pone el pie en casa. Hasta en la cama tiene que salir a relucir los problemas e insatisfacciones del hogar. 

            Lo más prudente es detenerse en los temas agradables y en una línea optimista ante los problemas que caer en discusiones que empiezan por detalles superables.

Comparar

            “Mira lo que le ha comprado Carlos a su mujer”

            Cuando la pareja empieza a tratarse como objetos de sus sentimientos insatisfechos de rivalidad no deberían sorprenderse después de que su cónyuge busque paz y distensión fuera del matrimonio.

Insulto a los parientes

            “Una cosa semejante no habría sucedido nunca en casa de mis padres”

            Cuando el marido o la mujer atacan o maltratan a los parientes del otro, en el fondo incluyen en ellos al otro cónyuge. Las ofensas a los parientes son, por lo general, ataques simulados contra la pareja. Camuflar o disimular los problemas del matrimonio crea nuevos problemas.

Controlar

            “¿No se te ocurre nada mejor que lavar el coche el domingo?”

            Órdenes, exhortaciones, consejos y mandato; la pareja ya no goza de paz. Todo lo que hace merece una corrección. No puede ocultar debilidad alguna. En casos semejantes un cónyuge se vuelve “yunque”, y el otro, “el martillo”. De esta manera, el matrimonio es mal interpretado: se convierte en una relación de subordinación entre inferior y superior, y al revés. Debe existir lo contrario en un matrimonio, una relación de paridad y de colaboración.

Ningún espacio vital

            “¿En qué piensas? ¿En nada? ¡No puede ser! Te veo en los ojos que has pensado en algo muy preciso. Vamos dímelo”

            Algunos cónyuges están sepultados vivos en su matrimonio ¿Por qué? Porque permiten a su pareja que los “devore” por puro amor y todo lo pretenden de él o ella. Es necesario un espacio propio.

La fe religiosa

            “¡Cuándo acabarás de mascullar avemarías! Ya esas son cosas superadas.”

            La falta de respeto hacia los sentimientos religiosos de la pareja, el mofarse de la su fe en Dios, la indiferencia para con cualquier forma de religión denuncia sordidez y pobreza de espíritu, significa ofender lo más noble que existe en el corazón humano. Hasta el ateo más atravesado ha de respetar y mostrar comprensión por la fe que él no tiene. Tampoco se puede imponer a la pareja la propia concepción filosófica o la propia mentalidad.

Descuido y desorden

            “¿Has visto por algún sitio las llaves de casa?”

            El descuido y desorden si son hechos que se repiten regularmente, el cónyuge que siempre debe esperar o ayudar al otro a buscar algo acaba por ponerse de un humor de mil demonios. Advierte sin demasiada dificultad que el otro lo tiraniza con su desorden y su descuido. En tal caso sólo hay un camino a seguir: no dejarse ganar por el desorden ni tomar la costumbre de la otra pareja de olvidar, buscar o hacer esperar.

Buscar las cinco patas al gato

            “¿Por qué están hoy las papas tan frías?”


            Buscar las cinco patas al gato es una manera de hacer que los demás actúen a la forma que yo pienso. ¡Atención! ¡No se dejen tiranizar por cosas semejantes! Indiquen a su pareja desde el comienzo dónde están los límites respectivos. 

lunes, 23 de enero de 2017

La hora de la Familia: El Concilio Vaticano II / Por Ronald Rivera



La hora de la Familia: El Concilio Vaticano II

            Cuando hablamos de la atención que tomó el Concilio Vaticano II al tema de la familia, vale recordar el papel importante que realizó el obispo Pietro Fiordelli, Italia, quien en los debates de la constitución dogmática sobre la Iglesia, promovió intensamente retomar la concepción de familia enseñada por los Santos Padres.

            El obispo Fiordelli sostenía que la Iglesia universal está formada por un enorme número de Iglesias particulares o diócesis, pero que la diócesis no es la última subdivisión de la misma. Las familias cristianas, decía, deben concebirse como "Iglesias en miniatura". En prueba de la antiguedad de esta enseñanza, citaba los textos de San Juan Crisóstomo y San Agustín que ya conocemos. Y concluía: "Por tanto, siguiendo el ejemplo de los Padres, podemos llamar a la familia cristiana una Iglesia minúscula que expresa el misterio de la unidad de Cristo con la Iglesia" (cf. Ef 5, 32).

            Es interesante señalar que el mismo obispo Fiordelli posteriormente prefirió la expresión pequeña Iglesia más que la de Iglesia doméstica; alegaba: "La idea es buena, pero la expresión, aparentemente paulina, aunque no se cita en Pablo, tenía su peculiar contexto histórico que es completamente diferente del tratamiento del matrimonio que se discute aquí. Por tanto, en lugar de Iglesia doméstica deberíamos decir pequeña Iglesia, como hacen los Padres". Esta preferencia del obispo Fiordelli por el término pequeña Iglesia se basaba también en San Juan Crisóstomo, quien en varios lugares asocia la casa familiar (oikia) con la pequeña Iglesia (ekklesia mikra). Sin embargo, el Concilio acabó decidiéndose por Iglesia doméstica.

            El Concilio Vaticano II hace tal apreciación tras haber estudiado la familia en íntima vinculación con el matrimonio "que es imagen y participción de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia" (Ef 5, 32). Y recordando que la familia cristiana "manifiesta a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros". Como conclusión de todo el número dedicado a la santidad de la familia y el matrimonio, la Constitución Gaudium et Spes (GS) presenta a la familia como "testimonio viviente de Cristo y de la Iglesia, el amor de Cristo hacia los hombres y de la verdadera naturaleza de la Iglesia, que es comunidad de caridad de todos los hijos de Dios".

            La idea de que la familia es una Iglesia doméstica es afirmada por el Concilio también en el decreto sobre el laicado: "La familia ha recibido directamente de Dios la misión de ser célula primera y vital de la sociedad. Cumplirá esta misión si,`por la mutua piedad de sus miembros y la oración en común dirigida a Dios, se ofrece como santuario doméstico de la Iglesia". La palabra "santuario" connota aquí un lugar dedicado a la oración y el amor. Está claro que el Concilio se inspira en el magisterio ordinario de papas recientes (para el momento del Concilio), especialmente en la Casti Connubii (CC) y en numerosas alocuciones de Pío XII y en la encíclica Mater et Magistra,  de San Juan XXIII.

            Esta eclesialidad da a la familia una naturaleza llena de esperanza. La esperanza aunque corresponde a la familia como algo intrínsico ontológico, al mismo tiempo que dinámico y existencial, debe entenderse en un sentido análogo respecto a la Iglesia universal y local, que a su vez junto a todos los bautizados, forman el cuerpo Místico de Jesucristo.

            Profundizando en el contenido de las afirmaciones del Génesis acerca de la creación del hombre, la constitución Gaudium et Spes llega a nuevas conclusiones sobre lo que significa la familia dentro del designio creador de Dios. El Concilio deduce del hecho de la creación del hombre la paternidad divina, extendida a todos los hombres considerados como una gran familia, la familia de Dios. Consiguientemente, la estructura familiar es esencial en la sociedad y se encuentra en ella desde los orígenes. La fraternidad de todos los hombres, como miembros de una sola y verdadera familia, no es una consideración utópica sino una realidad fundamental del ser humano. Toda familia humana posee siempre un carácter prototípico, ejemplar, que le confiere su grandeza y dignidad. Se podría decir que las familias humanas, concretas y singulares, son como un "sacramento natural" a través del cual Dios sigue revelando y realizando su designio creador.

            Podemos sintetizar la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la familia en estos puntos:

  1. El fundamento eclesial de la familia son los sacramentos del bautismo y del matrimonio;
  2. La familia entera es sacramental, en cuanto se convierte en signo y participación manifestativos del amor de Cristo a su Iglesia, y de las notas propias de este amor: unidad, fidelidad, fecundidad, esperanza...;
  3. La Iglesia doméstica es porción fundamental y "sacramento" de la Iglesia universal, en cuanto participa de su misterio y su misión;
  4. Esta eclesialidad de la familia se manifiesta privilegiadamente en la oración familiar (santuario doméstico), la caridad, la hospitalidad, la fecundidad, la educación cristiana de los hijos, el ser portadora de esperanza y el apostolado.
            El mismo año (1962) en que el obispo Fiordelli hablaba por primera vez de la familia como Iglesia doméstica, el teólogo ortodoxo, establecido en París, Paul Evdokimov contiene referencias patrísticas adicionales y se concentra en la relación entre marido y mujer más concretamente en la familia y en la interacción de los padre con sus hijos. Las dos aportaciones se complementan mutuamente de forma eficaz y muestran una feliz simbiosis de la teología oriental y occidental.


            Después el Concilio, la expresión Iglesia doméstica continúa usándose con frecuencia en fidelidad a la enseñanza conciliar. Cabe subrayar aquí la exhortación apostólica post-sinodal Familiaris Consortio (FC), del Papa San Juan Pablo II, que recoge el trabajo del Sínodo de 1980 sobre la vida familiar y se inspira en lo dicho por el Concilio Vaticano II.

miércoles, 18 de enero de 2017

"Convierte tu hogar en una Iglesia", Apuntes desde la enseñanza patrística / Por Ronald Rivera



"Convierte tu hogar en una Iglesia",
 Apuntes desde la enseñanza patrística

            "Convierte tu hogar en una Iglesia", les pedía San Juan Crisóstomo a los padres de familia, en sus homilías y comentarios al Evangelio, ¿Cómo? En primer lugar, mediante la oración, la lectura, la explicación y la aplicación de la Palabra de Dios, relacionada ésta con el Banquete Eucarístico; los invitaba también a orar en torno a la mesa familiar. La participación de los fieles en las catequesis de su pastor debía ser mucho más espontánea en aquellos tiempos, puesto que oímos a San Juan Crisóstomo dirigiéndose a los fieles en estos términos: "Cuando ayer os dije: Que cada uno de ustedes convierta su casa en una Iglesia, aclaman a grandes voces y dan signos del placer con que aquellas palabras les inundaron".

            Fue así como surgió el concepto de Iglesia doméstica, a raíz del recuerdo de la primitiva experiencia cristiana que San Juan Crisóstomo recogió en sus enseñanzas, que invitaban constantemente a la vida de oración.

            Pero no bastaba la oración. San Juan Crisóstomo hace referencia también al buen ejemplo, al buen gobierno de la propia casa ("si administramos así nuestras casas, nos hacemos capaces de dirigir la Iglesia, porque en el hogar es una pequeña Iglesia"), y sobre todo a la caridad con los pobres, como señal privilegiada de eclesialidad: "de este modo, nuestra casa que antes parecía un teatro se convertirá en una Iglesia". Y, en coherencia con su constante enseñanza sobre la relevancia del servicio a los pobres y su vinculación con la eucaristía, insistía en que la Iglesia doméstica debía hacer gala de esa caridad.

            Relacionaba estrechamente a la familia con la Iglesia local, poniendo de relieve que aquella es expresión de ésta, por la oración, la Palabra, la Eucaristía, los servicios o ministerios y las relaciones comunitarias fraternas. En otras palabras, estos aspectos, que como manifestaciones esenciales del ser del Reino, constituyen la misión y la esencia de la "Iglesia grande", al ser vivenciados en el hogar lo convierten en Iglesia doméstica.

            En la misma línea iba el pensamiento de San Agustín: "Te imploro, por Aquél de quien has recibido este don, que tú y tu Iglesia doméstica se acuerden de incluirme también en sus oraciones". Pero llegaba aun más lejos al comparar el ministerio de los padres de familia y el ministerio de los obispos, aspecto de enorme riqueza teológica y catequética: San Agustín invita a los padres a hacer en el hogar las veces del obispo, que se llama así (obispo) precisamente por ejercer en su Iglesia el mismo cuidado de supervisión que los padres deben ejercer en sus casas".

            Tan arraigada estaba en los Padres de la Iglesia primitiva la concepción de la familia como una pequeña Iglesia doméstica, que no dudaron en atribuir a los esposos una especie de "profesión" en la Iglesia, un "oficio" o un "grado", expresiones todas que suelen reservarse a los ministerios sagrados. Para mayor asombro nuestro convendría recordar que San Gregorio Magno llegó a distinguir entre los "órdenes" de la Iglesia a los pastores o predicadores, a los continentes y a los casados.


            Lamentablemente, tan rica reflexión no fue más allá de la era patrística. Después de ella notamos un relativo vacío en el pensamiento y en la pastoral de la familia comprendida como Iglesia doméstica. Habría que esperar al concilio Vaticano II para que se pusiera de nuevo en actualidad.

Ronald Rivera

La Familia, "Comunidad de Esperanza" Desde la doctrina bíblica / Por Ronald Rivera




La Familia, "Comunidad de Esperanza"
Desde la doctrina bíblica

            En nuestros días, vemos el resultado de grandes cambios desde la gran familia patriarcal a la familia en la que los esposos son compañeros. Un resultado donde se han ido fortaleciendo el carácter personal sobre las funciones culturales del pasado. Este cambio sociológico nos enseña que no es lícito desarrollar una imagen bíblica de la familia sin salvar las diferencias culturales y de época de la misma. A esto se añade que la Escritura habla más bien de clan, tribu y matrimonio que de familia. La teología de la familia como comunidad de esperanza habrá de partir de la doctrina bíblica sobre el matrimonio y la comunidad.

            La familia sana fomenta las categorías originarias del amor: en el amor entre los padres; en el amor de los padres al hijo, ese inclinarse creador, protector, desinteresado, comprensivo; en el amor de los hijos a los padres, esa confianza que lo espera todo y que sin preguntar nada se sabe dependiente y segura; en el amor entre hermanos, la solidaridad originaria y abandonada del convivir, que conserva la personalidad de cada uno de los integrantes (cfr. Holzherr, Myterium Salutis, tomo II, pág 597).

            La familia, sin lugar a dudas, estaba presente el proyecto original, cuando Dios creó el cielo y la tierra. Dios deseaba que el hombre viviera en un jardín, un edén o paraíso (Gn 2, 5-9). Y durante siglos fue preparando la tierra, para entregarla al cuidado y en provecho del hombre (Gn 2, 15). Y cuando Él lo dispuso mostró todo su arte en la pareja humana. Para el hombre y la mujer eran todas las cosas. Por eso el día en que tomó barro entre sus dedos para modelar la figura humana, Dios dejó fluir todo su amor y todas sus emociones. La pareja humana es la obra de arte más hermosa del Padre Dios (cfr. Gn 2, 18-25).

            En la pareja humana Dios fundó la familia como comunidad de esperanza para toda su creación… 

En una familia estaba ya establecido, en la libertad de Dios, que nacería la salvación para todo lo creado. Nacería el niño Jesús, el niño Dios.

Podemos señalar a lo largo del Antiguo Testamento cinco características de esta Comunidad de Esperanza:

Belleza. La belleza es una cualidad de Dios presente en la familia. Se presenta en el Cantar de los Cantares 8, 11: “Salomón tenía una viña en Baal hamón”. La viña podemos tomarla como imagen de la familia en su unión esponsal, que desde su dimensión escatológica se traduce en el amor de la Iglesia con su creador. Una familia cuya belleza deja enamorado al Creador… La viña no existía: La ha plantado Él en terreno propicio. Ésta es una constante del género: cuando en vez de viña se diga ciudad, se dirá la “ha construido Él”. A la vez autor y enamorado.

            En el Cantar de los Cantares la amada es una viña o huerto, y Él es invitado a comer de sus frutos exquisitos (Ct 4, 16). Es huerto protegido por una tapia y cerrado; su riego está asegurado por un pozo central… La belleza de la familia parte del amor humano entre un hombre y una mujer, que desean unir sus fuerzas para formar una Iglesia doméstica. La belleza es para la contemplación… una contemplación como búsqueda y disfrute de la revelación del amor.

            Unidad. La unicidad en la diversidad es otro aspecto que encontramos en Dios y está presente en la familia. A pesar que nuestra familia está integrada por varias personas distintas todos juntos conformamos una sola identidad que hace que mis padres, hermanos, esposa o esposo e hijos, levantemos un sólo árbol genealógico, que se mantiene vivo por lazos muy fuertes de amor. Así podemos leerlo en Lv 18, donde la legislación del pueblo escogido tiene presente esa “gran familia”. Como unidad social, la familia cuenta en el censo y puede ser responsable en bloque (Nm 16; Jos 7). La familia en unidad es receptora del lote o heredad (para las Sagradas Escritura este lote está representado en la tierra ocupada). Es la unidad familiar la que garantiza la transmisión del nombre (identidad del grupo) y a veces el oficio. La familia es la unidad cúltica de la fiesta de Pascua.

            Maestría. Es propio de la familia el papel de “maestra”. Especialmente en relación con la educación de los hijos, como lo podemos leer en Proverbio 1, 8: “Hijo mío, escucha la corrección de tu padre, no rechaces las instrucciones de tu madre”. La corrección que recibimos en la familia es faro que nos guiará siempre en momentos de oscuridad: “Hijo mío, guarda los consejos de tu padre, no rechaces las instrucciones de tu madre. Llévalos siempre atados en el corazón y cuélgatelos al cuello: cuando camines, te guiarán, cuando descanses, te guardarán; cuando despiertes, te hablarán” (Prov 6, 20-23).

            Fidelidad.  Es la voluntad del amor de Dios que su familia le sea fiel. La familia de Dios está representada en Jerusalén, su pueblo amado. Pero la historia de salvación está llena de infidelidades y manchas producto del pecado… Pero la fidelidad siempre se manifiesta en el amor de Dios, que sale a la búsqueda de su pueblo para extender su mano misericordiosa… Dios que es amor nos pide que como familia oremos juntos para no caer en la idolatría o prostitución con falsos dioses, y mantenernos siempre en Él. Recordemos el texto de Oseas 2, 16-18: “Por tanto, voy a seducirla llevándomela al desierto y hablándole al corazón… Allí me responderá como en su juventud, como cuando salió de Egipto. Aquel día me llamarás esposo mío, ya no me llamarás ídolo mío.”

            Fecundidad. Dios nos ha llamado a ser fecundos y no estériles. La familia debe ser sinónimo de vida y esta debe ser abundante y de calidad. Nuestra familia es “Comunidad de Esperanza” en cuanto sea capaz de brindar vida en los espacios en que se promueve la muerte, como por ejemplo el aborto o las guerras. Para el Antiguo Testamento  la felicidad en la familia se amplía por la mayor cantidad posible de hijos (Gen 24, 60; Sal 127). El prestigio de la madre crece con el número de sus hijos. Tener fecundidad para el antiguo Israel es tener la bendición de Dios.

            Dios por tanto bendice el engendrar y dar a luz como actos, la maternidad y paternidad como estado. Dios bendice el nacimiento de cada niño. El tema de la maternidad domina la escena del Antiguo Testamento. A pesar de la primacía de los textos al varón, es llamativo que el papel de las figuras femeninas destaquen tan imperiosamente, como el grito triunfal de Eva, las hijas de Lot, Sara, Rebeca, Lía y Raquel, Tamar, Ana, Noemí y Rut, la hija de Jefté.

            La madre, de ordinario, de ordinario representada por Jerusalén, cobra más relieve. Hay que escuchar el gozo de la maternidad sobre el fondo de la tragedia, que puede ser esterilidad o dar a luz en vano o perder los hijos: Jr 31; Is 49; Bar 4. Se pueden añadir “las preñadas y paridas” de Jr 31, el parto anunciado en Miq 5, el parto prodigioso de la tierra madre en Is 26, de Jerusalén en Is 66.

            La expresión de la familia como “Comunidad de Esperanza”, en el Nuevo Testamento, tiene su máxima representación en la propia familia de Jesús, en el hogar santo de Nazaret.

Jesús y la familia

            La familia judía tenía una importancia decisiva en la vida religiosa del pueblo y constituía el lugar de verificación de su propia identidad. A ella estaban unidos la alianza, el sacrificio, la circuncisión, las bendiciones divinas, y sobre todo la pascua. En tiempos de Jesús, la familia seguía siendo el lugar de las principales manifestaciones del culto judío: la pascua se celebraba en el templo y en Jerusalén, pero también en familia, como memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto; las comidas sobre todo las del sábado, mantenían su carácter religioso y sagrado, de agradecimiento a Dios creador por sus dones, y de fraternidad; la misma oración de la mañana y de la tarde era un elemento esencial del culto familiar que así confesaba su fe en Dios y pedía perdón de sus pecados; también los diversos ritos domésticos, como el encendido de la lámpara de la tarde, o la celebración de los momentos claves de la vida (esponsales, matrimonio) y las costumbres familiares que acompañaban a las grandes fiestas (tabernáculos, año nuevo, expiación…). En esa rica tradición familiar se nutrió Jesús, quien, lejos de rechazar esos ritos familiares judíos, los asumió y los purificó de formalismos y convencionalismos circunstanciales, abriéndoles a un horizonte mayor.

La familia en la experiencia personal de Jesús

            La experiencia personal de Jesús parte de los años vividos en el hogar de Nazaret, junto a sus padres, María y José. Allí experimentó personalmente lo que significa la familia humana, vivida intensamente como taller de hombres, como escuela de valores y como hogar. Esta experiencia vivencial se iría enriqueciendo desde la perspectiva de la misión y el servicio al Reino de Dios. Todo lo que Jesús enseña lo vive en persona. Su misión es “preocuparse de las cosas del Padre” (Lc 2, 49). En Caná reprocha a su propia Madre al plantearle un problema, aparentemente, al margen de los intereses del Reino (Jn 2). Enseña que su familia de carne y sangre ha sido superada por una familia mayor: “¿Quienes son mi padre y mi madre, mis hermanos?” (Mt 12, 46). A quien felicita a María por ser madre, “Bienaventurados los pechos que te alimentaron”, le responde: “No, bienaventurados más bien aquellos que escuchan la palabra y la practican” (Lc 11, 27-28). Advierte que muchas veces la fidelidad al Reino generará conflictos en el seno familiar: “Yo vine a separar al hijo del padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra”, lo que significa a veces, los enemigos del discípulo serán sus propios parientes (Mt 10, 35-36).

La familia en la acción ministerial de Jesús

            Jesús cumplía los ritos de purificación en familia. Subía al templo a celebrar la Pascua pero también celebraba en familia. Aceptaba invitaciones a comer en diversas viviendas familiares. Muchas de sus predicaciones, bendiciones y curaciones fueron realizadas en el marco de un hogar, de una familia. Por ejemplo el primer milagro en Caná, el llamado a la conversión de Zaqueo, la amistad con la familia de su amigo Lázaro, la predicación en casa de un fariseo cuando critica la exterioridad y anuncia el Reino y, finalmente, la cena de la nueva Pascua en víspera de su Pasión. En todas partes aparece, de una forma u otra, el contexto familiar.

La familia en la predicación de Jesús

            La enseñanza de Jesús sobre la familia se situaba casi siempre en la perspectiva del Reino.

            El Reino-Reinado de Dios tiene sus exigencias: lo acogen quienes reconocen a Dios como padre y quieren sentirse hermanos de todas las criaturas en la perspectiva de una gran familia. Es obvio que, en la perspectiva de ese reino, la familia tiene una tarea:  ya no vale el “me casé, déjame ir a…” (Lc 14, 20). La familia ha de entender que su vocación la supera y trasciende, que su realidad no puede encerrarse entre las cuatro paredes e una casa. Hay que dejar que los “muertos entierren a sus muertos” (Lc 9, 59), pues los valores e intereses del Reino priman muchas veces sobre los exclusivamente familiares. Hay que amar a Cristo más que al hermano, a la esposa, al esposo (Mt 10, 37-39). La pasión por el Reino desborda el amor familiar, que aunque válido e importante no es suficiente, pues debe trascenderse a sí mismo de cara al Reino que Cristo quiere instaurar.

            Si se vive el matrimonio como sacramento, la familia se convierte en un templo, y lo que pasa entre marido y mujer es obra también del Espíritu de Jesús.

            Jesús no desprecia la familia, al contrario, la valora mucho y la supone como base para la formación de una familia más grande. El reino que Él trae es un proyecto universal donde la familia está presente en esa misma dinámica salvadora.

Jesús ve en la familia una “Comunidad de Esperanza”

            Desde la perspectiva de la misión de Jesús, el proyecto de la familia cristiana, como el de toda la Iglesia, es construir la unidad, hacer la comunión, “reunir a los hijos dispersos”; pero la familia debe realizar esa misión desde su peculiaridad, básicamente, a través del amor recíproco que sacramentaliza una “Comunidad de Esperanza” dinamizada por el amor de Dios. Por eso cada familia en esta tierra tiene una belleza original. En cada familia habita el mismo Dios, como en el más hermoso templo. A cada familia Dios la ama intensamente. Él es el Padre de todos y de cada uno de los que formamos la humanidad, es decir, la familia de Dios.

            ¿La Esperanza qué  nos ofrece?

            Que vivamos en una tierra llena de colores y armonía. Que vivamos en el amor de unos con otros (Mc, 12, 31). Que experimentemos todos los días que Dios nos ama como a hijos, que nos cuida más que a los pájaros y que nos viste más hermosamente que a las flores; que nos conoce tanto que hasta los cabellos de la cabeza Él nos ha contado y que Él nos escucha hasta en el silencio de nuestra habitación sin necesidad de llenarle los oídos con palabras (Lc 12, 24-28). Dios nos creó para que llegáramos a ser como Él y amar como se ama la Santa Trinidad.

            Poder decir “Padre” a Dios nos hace parte de su familia, es algo emocionante (Cfr. Mt 6, 9). Nos hace vivir de un modo nuevo nuestra relación con Él. Nos hace poner en Él nuestros sueños y proyectos, sin temores ni recelos. A nuestro Dios simplemente le entregamos la vida entera, cada día y cada hora. Somos sus hijos. Él es nuestro Padre. Y los hombres son nuestros hermanos. Todos juntos una misma familia, Comunidad de Esperanza.

Para la reflexión:


¿Cuáles son los signos de esperanza que tú percibes en el mundo?

Ronald Rivera