Ludwig Wittgenstein: los límites del lenguaje y el problema de lo indecible
Introducción: cuando el lenguaje llega al borde del mundo
Hay una pregunta que atraviesa buena parte de la filosofía de Ludwig Wittgenstein:
¿Hasta dónde podemos llegar mediante el lenguaje?
La pregunta parece lingüística, pero en realidad es ontológica, epistemológica, lógica, ética y, finalmente, existencial.
Cuando afirmamos «la mesa está sobre el suelo», parece evidente que estamos hablando de algo que ocurre en el mundo. Podemos comprobarlo, describirlo y determinar si nuestra afirmación es verdadera o falsa.
Pero ¿qué sucede cuando afirmamos: «Dios existe»?
¿«La vida tiene sentido»?
¿«El bien es absoluto»?
¿«La muerte es el final»?
¿«La belleza es objetiva»?
¿Son estas proposiciones del mismo tipo que «la mesa está sobre el suelo»?
El joven Wittgenstein responderá que no.
Y aquí comienza una de las aventuras filosóficas más extraordinarias del siglo XX: intentar establecer con precisión la frontera entre aquello que puede decirse y aquello que solamente puede mostrarse.
Esta cuestión constituye el núcleo del Tractatus Logico-Philosophicus, publicado originalmente en 1921.
Pero existe una paradoja desde el principio: Wittgenstein escribe un libro para explicar aquello que puede y no puede decirse, y finalmente sostiene que las propias proposiciones filosóficas deben ser superadas.
Por eso el Tractatus no debe entenderse simplemente como un tratado de lógica.
Es una especie de camino filosófico.
El lector entra buscando una teoría sobre el lenguaje y termina frente al silencio.
1. Wittgenstein y la pregunta por el sentido
Ludwig Wittgenstein nació en Viena en 1889 y murió en Cambridge en 1951.
Su formación inicial estuvo vinculada a la ingeniería, pero sus intereses lo llevaron hacia las matemáticas y los fundamentos lógicos.
En Cambridge entró en contacto con Bertrand Russell y con el proyecto de construir una fundamentación lógica rigurosa del conocimiento matemático.
Pero Wittgenstein llevó el problema mucho más lejos.
No preguntó solamente:
¿Cómo funciona la lógica?
Preguntó:
¿Cómo es posible que el lenguaje represente la realidad?
Y todavía más:
¿Qué hace que una proposición tenga sentido?
Esta pregunta será decisiva.
Porque antes de preguntar si una afirmación es verdadera, debemos determinar si realmente estamos ante una afirmación con sentido.
2. El mundo no es simplemente un conjunto de cosas
El Tractatus comienza con una frase célebre:
«El mundo es todo lo que acaece».
Y continúa:
«El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.»
Esta distinción es fundamental.
Imaginemos una copa y una mesa.
Tenemos dos objetos.
Pero la proposición:
«La copa está sobre la mesa»
no se refiere simplemente a la existencia aislada de la copa y de la mesa.
Se refiere a una determinada relación entre ambas.
Lo que constituye un hecho es precisamente esa configuración.
Por eso Wittgenstein piensa que la realidad puede analizarse en términos de hechos y estados de cosas.
La filosofía del primer Wittgenstein comienza, por tanto, desde una concepción estructurada de la realidad.
3. La proposición como figura de la realidad
Aquí aparece uno de los conceptos fundamentales del Tractatus:
la proposición es una figura de la realidad.
En alemán, Wittgenstein utiliza el término Bild, que puede traducirse como «figura», «imagen» o «representación».
La idea puede comprenderse mediante un ejemplo sencillo.
Un mapa no es una ciudad.
Un mapa de Madrid no contiene físicamente edificios, automóviles y personas en las mismas dimensiones que Madrid.
Sin embargo, puede representar Madrid porque reproduce determinadas relaciones espaciales.
Existe una estructura común entre el mapa y aquello que representa.
Wittgenstein piensa que algo semejante ocurre entre la proposición y la realidad.
La proposición puede representar un estado de cosas porque posee una estructura lógica que puede corresponderse con la estructura de aquello que representa.
Por eso la relación entre lenguaje y mundo no es meramente una asociación arbitraria de palabras.
Existe una posibilidad de correspondencia estructural.
4. El sentido de una proposición
Aquí debemos distinguir cuidadosamente tres cosas:
una proposición puede tener sentido;
puede ser verdadera;
puede ser falsa.
Por ejemplo:
«La puerta está abierta».
Esta proposición tiene sentido incluso si la puerta está cerrada.
¿Por qué?
Porque podemos comprender qué estado de cosas representa.
La proposición describe una posibilidad.
Si esa posibilidad corresponde a la realidad, es verdadera.
Si no corresponde, es falsa.
Por tanto:
sentido no equivale a verdad.
Esta distinción resulta fundamental para comprender la concepción wittgensteiniana.
5. La lógica como condición del lenguaje
Si una proposición puede representar la realidad, debe existir alguna estructura que haga posible esa representación.
Wittgenstein denomina a esta estructura forma lógica.
La forma lógica no es una cosa que encontremos dentro del mundo.
No podemos señalarla como señalamos una silla.
Es la estructura que permite que una proposición pueda representar un estado de cosas.
Podemos pensar nuevamente en un mapa.
El mapa funciona porque existe una estructura espacial.
Pero esa estructura no es otro edificio de Madrid.
Es la condición que permite representar las relaciones espaciales.
Algo semejante ocurre con la lógica.
La lógica establece las condiciones formales de aquello que puede ser pensado y expresado.
6. Pensamiento, lenguaje y mundo
Aquí aparece una de las grandes intuiciones del primer Wittgenstein.
Existe una conexión entre:
mundo → pensamiento → lenguaje.
El pensamiento es una figura lógica de los hechos.
La proposición expresa ese pensamiento.
Y la realidad proporciona aquello que puede ser representado.
Por eso Wittgenstein puede afirmar:
«La figura lógica de los hechos es un pensamiento.»
Y posteriormente:
«El pensamiento es la proposición con sentido.»
El lenguaje no es simplemente una colección de etiquetas colocadas sobre las cosas.
Existe una estructura lógica profunda que permite representar la realidad.
7. Los límites del lenguaje
Llegamos ahora al corazón de nuestra disertación.
Si el lenguaje puede representar hechos, debemos preguntarnos:
¿Qué puede representar?
La respuesta será:
aquello que puede constituir un estado de cosas.
Podemos decir:
«La nieve es blanca».
Podemos decir:
«El agua hierve a determinada temperatura bajo determinadas condiciones».
Podemos decir:
«Pedro está sentado».
Estas afirmaciones describen situaciones posibles del mundo.
Pero ¿podemos hablar de la misma manera del valor absoluto?
¿Podemos describir el sentido último de la existencia como describimos una mesa?
Aquí comienza la frontera.
8. El mundo de los hechos y aquello que está más allá
Para Wittgenstein, el mundo es la totalidad de los hechos.
Pero el valor no es simplemente otro hecho.
Supongamos que alguien ayuda a una persona necesitada.
Podemos describir el acontecimiento:
«Juan entregó dinero a una persona sin recursos».
Esto es descriptible como un hecho.
Pero decir:
«La acción de Juan es absolutamente buena»
introduce algo diferente.
La bondad absoluta no es un objeto que podamos localizar en el mundo.
No podemos fotografiarla.
No podemos medirla como medimos la temperatura.
No podemos encontrarla entre los hechos.
Aquí aparece la separación entre hecho y valor.
9. La ética no es un hecho
Wittgenstein afirma en el Tractatus:
«Es claro que la ética no se puede expresar.»
Esta afirmación puede desconcertar.
¿Acaso Wittgenstein está diciendo que no existe la ética?
No.
Está diciendo que el valor absoluto no puede expresarse como un hecho del mundo.
Podemos describir conductas.
Podemos establecer normas.
Podemos hablar de consecuencias.
Pero el «bien absoluto» no aparece como un objeto entre otros objetos.
Por eso la ética pertenece al ámbito de aquello que no puede formularse como una proposición factual.
10. Lo indecible no significa lo inexistente
Este es uno de los errores más frecuentes al interpretar a Wittgenstein.
Lo que no puede decirse no es necesariamente lo que no existe.
Esta distinción es decisiva.
El hecho de que algo no pueda expresarse mediante una proposición factual no significa que carezca de importancia.
Precisamente al contrario.
Para el joven Wittgenstein, la ética, la estética y lo místico apuntan hacia aquello que está más allá de la descripción factual.
Podríamos decirlo así:
lo indecible no es necesariamente lo irrelevante; puede ser precisamente aquello que da sentido a lo decible.
11. Decir y mostrar
Aquí encontramos uno de los conceptos más importantes de toda la filosofía de Wittgenstein:
decir y mostrar.
Hay cosas que pueden ser dichas.
Pero existen otras que solamente pueden mostrarse.
La lógica, por ejemplo, no puede convertirse simplemente en un hecho más.
La estructura lógica del lenguaje se muestra en el propio funcionamiento del lenguaje.
Algo semejante ocurre con determinadas dimensiones de la experiencia humana.
Podemos intentar hablar sobre ellas, pero nuestras proposiciones no pueden convertirlas en objetos ordinarios de conocimiento.
Por eso Wittgenstein establece una diferencia entre:
lo que puede decirse
y
lo que puede mostrarse.
Esta distinción será esencial para comprender su concepción de la filosofía.
12. La filosofía como clarificación
Wittgenstein no concibe la filosofía como una ciencia más.
La filosofía no descubre nuevos hechos.
No compite con la física, la biología o la historia.
Su tarea es aclarar el pensamiento.
Podemos imaginar a una persona atrapada en una habitación llena de espejos.
El problema no es que carezca de información.
El problema es que no sabe orientarse.
La filosofía sería entonces una actividad de orientación.
Nos permite descubrir dónde estamos utilizando incorrectamente el lenguaje.
Por eso Wittgenstein puede entender la filosofía como una actividad terapéutica.
La filosofía no necesariamente añade una nueva teoría.
Puede disolver una confusión.
13. El problema de la metafísica
Esto tiene consecuencias enormes para la metafísica.
Tradicionalmente, la metafísica pregunta:
¿Qué es el ser?
¿Qué es el alma?
¿Qué es Dios?
¿Qué es el bien?
¿Qué es el absoluto?
Wittgenstein no responde simplemente proporcionando nuevas definiciones.
Pregunta previamente:
¿qué estamos haciendo cuando formulamos estas preguntas?
Quizá algunas preguntas metafísicas intenten utilizar palabras fuera de las condiciones en las que esas palabras pueden tener sentido proposicional.
De ahí la importancia de distinguir entre:
una pregunta difícil
y
una pregunta que está mal formulada.
No todo problema profundo es necesariamente un problema bien construido.
14. Dios
La cuestión de Dios es especialmente interesante.
Wittgenstein no trata a Dios como un objeto dentro del universo.
En el Tractatus encontramos:
«Dios no se revela en el mundo.»
La afirmación no debe entenderse como una simple negación de Dios.
El problema es que si pensamos a Dios como un objeto situado dentro del universo, estamos reduciendo a Dios a una cosa entre otras cosas.
Pero la concepción religiosa tradicional de Dios no lo considera un ente intramundano.
Dios sería el fundamento último de la realidad, no una pieza adicional dentro de ella.
Por eso Wittgenstein coloca lo religioso en una dimensión que no puede reducirse al discurso factual.
15. El sentido de la vida
Aquí aparece uno de los aspectos más existenciales de Wittgenstein.
Podemos describir nuestra vida.
Podemos hacer una biografía.
Podemos enumerar acontecimientos.
Podemos decir dónde nacimos, dónde estudiamos, con quién nos relacionamos y qué hicimos.
Pero ninguna acumulación de hechos responde necesariamente a la pregunta:
¿Para qué vivo?
El sentido de la vida no es simplemente otro hecho.
No podemos encontrarlo como encontramos una ciudad en un mapa.
Por eso Wittgenstein escribe:
«La solución del problema de la vida se ve en la desaparición de este problema.»
La frase puede parecer oscura.
Podría interpretarse como que el sentido no se encuentra mediante una teoría sobre la vida, sino mediante una transformación de nuestra relación con ella.
16. La muerte
La muerte ocupa también un lugar fundamental.
Wittgenstein afirma:
«La muerte no es un acontecimiento de la vida. La muerte no se vive.»
La frase parece paradójica.
La muerte evidentemente ocurre.
Pero Wittgenstein está señalando otra cosa.
Nuestra muerte no puede aparecer en nuestra experiencia como aparece cualquier otro acontecimiento.
Podemos experimentar el nacimiento de otra persona.
Podemos presenciar la muerte de otra persona.
Pero no podemos experimentar nuestra propia muerte como un acontecimiento posterior dentro de nuestra vida.
La muerte marca el límite.
Y por eso el problema de la muerte está conectado con el problema de los límites del mundo.
17. El sujeto y los límites del mundo
Una de las afirmaciones más conocidas del Tractatus dice:
«Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo.»
Esta frase merece ser comprendida cuidadosamente.
Wittgenstein no está diciendo simplemente que quien conozca más palabras tenga un universo más grande.
El concepto es mucho más profundo.
Mi mundo es el mundo tal como puede ser pensado y expresado desde mi posición como sujeto.
Pero el sujeto mismo no aparece dentro del mundo como aparece una mesa.
El sujeto es, en cierto sentido, el límite desde el cual se organiza el mundo.
Aquí Wittgenstein utiliza una analogía extraordinaria:
el ojo no aparece dentro de su propio campo visual como un objeto más.
De manera semejante, el sujeto metafísico no puede localizarse como una cosa dentro del mundo.
18. La voluntad y el mundo
Wittgenstein también distingue entre el mundo de los hechos y la actitud del sujeto ante ese mundo.
No puedo cambiar mediante mi voluntad las leyes lógicas de la realidad.
Pero puedo transformar mi manera de vivir.
Esto introduce una dimensión ética.
Dos personas pueden vivir exactamente en el mismo conjunto de circunstancias y experimentar esas circunstancias de maneras radicalmente diferentes.
El problema ético no consiste solamente en modificar los hechos.
Consiste también en modificar la relación del sujeto con los hechos.
Aquí la filosofía lógica comienza a convertirse en una filosofía de la existencia.
19. Lo místico
El Tractatus culmina en una dimensión que Wittgenstein denomina «lo místico».
La proposición 6.522 afirma:
«Existe, ciertamente, lo inexpresable. Esto se muestra; es lo místico.»
Esta frase es fundamental.
Wittgenstein no dice simplemente que existan cosas que todavía no conocemos.
Está diciendo que existe una dimensión de la realidad que no puede ser expresada mediante proposiciones sobre hechos.
Lo místico aparece relacionado con la totalidad del mundo, el valor, el sentido y aquello que no puede convertirse en una descripción factual.
20. La paradoja del Tractatus
Aquí llegamos a la gran paradoja.
Wittgenstein nos explica qué puede decirse.
Nos explica qué no puede decirse.
Pero ¿acaso las afirmaciones del propio Tractatus no son proposiciones filosóficas?
Sí.
Y por eso aparece la célebre metáfora de la escalera.
Wittgenstein afirma:
«Debe, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido por ella.»
El lector utiliza las proposiciones del libro para llegar a una comprensión.
Una vez alcanzada esa comprensión, debe abandonar la escalera.
El libro no pretende convertirse en una nueva metafísica.
Pretende transformar nuestra manera de entender el lenguaje.
21. El silencio final
La última proposición del Tractatus es probablemente la frase más conocida de Wittgenstein:
«De lo que no se puede hablar, hay que callar.»
Esta afirmación ha sido interpretada de muchas maneras.
Pero debemos evitar una interpretación simplista.
No significa:
«La religión es una tontería».
No significa:
«Solo existe aquello que puede demostrarse científicamente».
No significa:
«La ética no importa».
Significa que debemos respetar los límites del lenguaje proposicional.
Cuando intentamos convertir lo absoluto en un hecho ordinario, probablemente estamos utilizando el lenguaje de manera ilegítima.
El silencio no necesariamente es negación.
Puede ser reconocimiento del misterio.
22. Wittgenstein y la religión
Aquí podemos establecer un diálogo particularmente interesante con la teología.
La tradición cristiana también posee una larga tradición de teología negativa o apofática.
Dionisio Areopagita, Gregorio de Nisa y otros autores cristianos insistieron en que Dios supera nuestros conceptos.
Podemos hablar de Dios, pero nuestras palabras no agotan a Dios.
Wittgenstein no es simplemente un teólogo apofático y existen diferencias profundas entre ambos planteamientos.
Pero existe una convergencia metodológica:
Dios no puede ser reducido a un objeto entre otros objetos.
La diferencia fundamental es que el cristianismo sostiene además que Dios se revela.
Y aquí aparece una cuestión filosófica fascinante:
¿qué ocurre cuando lo indecible se manifiesta históricamente?
Para el cristianismo, la respuesta es Cristo.
El Logos se hace carne.
23. Wittgenstein y el cristianismo: una tensión fecunda
El problema puede formularse así.
Wittgenstein sostiene que aquello que está fuera de los hechos no puede ser expresado como una proposición factual.
El cristianismo afirma:
«El Verbo se hizo carne».
Es decir, algo que pertenece al misterio de Dios entra en la historia.
Esto no significa necesariamente que el misterio se convierta en un objeto completamente agotable por el lenguaje.
La teología cristiana afirma precisamente lo contrario:
Cristo puede ser conocido verdaderamente, pero el misterio de Dios no queda agotado por nuestras categorías.
Por eso la filosofía de Wittgenstein puede ser utilizada como una herramienta crítica frente a una determinada tentación teológica:
convertir a Dios en un objeto manejable conceptualmente.
24. El primer Wittgenstein y la ciencia
Wittgenstein concede un lugar extraordinariamente importante a la ciencia.
La ciencia describe los hechos del mundo.
Pero existe un límite.
Incluso si conociéramos todos los hechos del universo, todavía quedaría abierta la pregunta:
¿por qué vale la pena vivir?
El conocimiento científico puede decirnos cómo funciona el universo.
Pero no necesariamente puede decirnos qué sentido tiene nuestra existencia.
Aquí aparece una distinción que sigue siendo extremadamente actual:
explicar no equivale necesariamente a comprender el sentido.
25. La filosofía como terapia
Esta dimensión terapéutica será todavía más explícita en el segundo Wittgenstein, pero ya está presente en el primero.
El filósofo debe combatir las confusiones producidas por el lenguaje.
Una persona puede sufrir un problema filosófico no porque le falte información, sino porque está atrapada dentro de una determinada forma de hablar.
Por eso la filosofía funciona como una especie de medicina conceptual.
No necesariamente proporciona nuevas respuestas.
A veces consigue algo más importante:
hacer desaparecer una falsa pregunta.
26. El primer Wittgenstein frente al segundo
Para comprender verdaderamente a Wittgenstein hay que saber que el filósofo del Tractatus no será exactamente el mismo filósofo de las Investigaciones filosóficas.
El primer Wittgenstein busca una estructura lógica fundamental del lenguaje.
El segundo Wittgenstein descubrirá que el lenguaje es mucho más plural.
Ya no existe un único modelo de lenguaje.
Hay múltiples «juegos de lenguaje».
La palabra adquiere significado dentro de su uso.
Por eso podríamos resumir la evolución de esta manera:
Primer Wittgenstein: ¿cuál es la estructura lógica del lenguaje?
Segundo Wittgenstein: ¿cómo funciona realmente el lenguaje en nuestras formas de vida?
Esta diferencia será fundamental para una clase posterior.
27. Una síntesis conceptual
Podemos ahora reunir las principales ideas del primer Wittgenstein.
El mundo está constituido por hechos.
Los hechos están estructurados.
Las proposiciones representan posibles estados de cosas.
La proposición tiene sentido cuando puede representar una posibilidad lógica.
La lógica constituye la estructura que permite la representación.
La filosofía no debe competir con la ciencia.
La ética no constituye un conjunto de hechos.
La estética no puede reducirse a hechos.
El sentido de la vida no es otro hecho.
Dios no es un objeto intramundano.
Lo místico no puede expresarse proposicionalmente.
Hay cosas que pueden decirse y cosas que solamente pueden mostrarse.
Y finalmente:
allí donde el lenguaje encuentra su límite, aparece el silencio.
Conclusión: el silencio como frontera, no como vacío
El pensamiento del primer Wittgenstein puede parecer inicialmente una filosofía extremadamente fría.
Lógica.
Proposiciones.
Hechos.
Estructuras.
Forma lógica.
Verdad.
Falsedad.
Pero cuanto más profundamente penetramos en el Tractatus, más descubrimos que debajo de la lógica existe una preocupación radicalmente humana.
Wittgenstein quiere saber qué puede decir el ser humano.
Pero, sobre todo, quiere saber qué ocurre cuando intentamos hablar de aquello que más profundamente nos importa.
El amor.
La muerte.
El bien.
La belleza.
Dios.
El sentido.
La existencia.
Y descubre una paradoja:
lo más importante no necesariamente puede convertirse en una proposición.
La ciencia puede describir el universo.
La lógica puede determinar las condiciones del sentido.
Pero ninguna ecuación, por perfecta que sea, contiene por sí misma el sentido de nuestra existencia.
Por eso el joven Wittgenstein termina colocando al filósofo frente a una frontera.
De un lado están los hechos, aquello que puede decirse.
Del otro está aquello que no puede convertirse en una descripción factual.
Y allí aparece lo indecible.
No necesariamente como ausencia.
No necesariamente como irracionalidad.
Sino como límite.
Por eso la última frase del Tractatus puede ser entendida no como una derrota de la filosofía, sino como su disciplina suprema:
«De lo que no se puede hablar, hay que callar.»
El filósofo llega hasta el borde del lenguaje.
Y entonces descubre que quizá su tarea no consiste siempre en seguir hablando.
A veces consiste en reconocer que el silencio también puede ser una forma de conocimiento.
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